Fragmentos del cuento de Krina Ber.
…en cada uno de los callejones que trepaban por las colinas de Lisboa o se hundían tan abruptamente como desfiladeros había una llamada inflexible y secreta que él no podía desobedecer. Este es un país muy raro. Aquí las cosas ocurren de otra manera, como si estuvieran pasando hace años y uno se acordara de ellas.
(Antonio Muñoz Molina: El invierno en Lisboa)
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A veces, en los sueños, vuelvo a Lisboa. No a la Lisboa de mi última visita, con Adinha doblada por la edad y mi suegro varado en su sillón como una estatua, no al vértigo de acero y vidrio en las estructuras de la Expo y la Estación del Sur ni a la uniformidad globalizada de las tiendas y siempre los mismos bazares chinos en los rincones que antes no me cansaba de explorar: vuelvo a la Lisboa de otros tiempos cuando me bastaba con ir a pie a mi trabajo de entonces o simplemente dar una vuelta por las calles del populoso vecindario donde vivían los padres de Mauro para reconciliarme conmigo misma y con mi lugar en el mundo. Cada vista inmediata o lejana, cada vitrina escondida en los soportales, cada clínica de muñecas o sastrería con ventanas al nivel de mis pies tenía algo de tesoro y de historias escondidas, entre las cuales también encajaba la mía. Sin saber por qué, yo amaba a Lisboa con gratitud y asombro, como se ama a algo que existe completo sin ti y, sin embargo, te ha sido ofrecido sin que lo esperaras ni movieras un dedo para ello. Un baño de espacios urbanos que me compensaba en cada visita por las carencias que sentía en Caracas. Me equilibraba, me situaba y, de alguna manera misteriosa me hacía más fácil volver. Aquella estadía y trabajo que he mencionado pertenecen al tiempo de tránsito, una tregua entre Venezuela y Venezuela, cuando la tarea de construir el futuro había sido suspendida para mí por unos largos meses de los que ha quedado registro en las cartas que escribía a mi marido, porque mi necesidad de escribir renacía precisamente en tiempos como esos. Siempre me he sentido más viva en el tránsito que en el destino: esta frase toca mi tecla sensible, la que mejor me define, creo, entre todas las que había leído o escuchado, y no sé si atribuir su autoría a Fernando Pessoa o a Eça de Queiroz o a la propia Adinha quien la había citado sin recordar la fuente, aunque nadie hubiese creído seriamente que semejantes frases pudieran brotar en nuestras interminables conversaciones entre ollas y trapos de cocina. Mauro ha conservado todas esas cartas. En ellas los nombres de las calles suenan a conjuro, los adoquines, el invierno y la vida dura se llaman Lisboa, brilla el amarillo de los tranvías y las escaleras de piedra bailan bajo mis pies.
En mis sueños vuelvo a vagar por las calles como si acariciara con el dedo las líneas de sus tejados y ventanas con los postigos cerrados o abiertos, y las fachadas se llenan de grises, ocres y rosados y potes de geranio en los balconcitos, sellando la continuidad irrompible de privacidad ajena cuyos atisbos me alcanzan a veces a través de las cortinas blancas y las zonas de sombra de los portones, territorio de patios y escaleras.
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Que yo fuera capaz de dibujar lo descubrí, literalmente —y por supuesto, en Lisboa— una tarde de verano como otras, mientras vigilaba a Sergio y a sus dos primos (Adán aún no había nacido) desde un banco en Alameda. Los niños correteaban por la grama con una pelota. Yo estaba aburrida. Saqué un marcador negro de punta fina y me puse a esbozar los contornos de la calle adyacente en mi infaltable libreta de notas. Era una calle cualquiera donde las ordenanzas urbanísticas no lograron disciplinar la mezcla de construcciones de diferentes alturas y estilos, y los techos planos alternaban con tejas y buhardillas. Desde mi posición de observador elevado, copas de árboles tapaban la vista de los dos primeros pisos. Atenta a los detalles, reproduje fielmente el desorden de las añadiduras, chimeneas y antenas, planos laterales revelados por desniveles de techos, me fijé en las ventanas tapiadas en un piso de almacenes, en los materos y farolas, en el saliente en forma de torrecita que redondeaba la esquina y la densidad de líneas verticales de la calle perpendicular. Se suponía que los arquitectos hacían eso, y no era la primera vez que trataba de dibujar algún paisaje urbano en ese u otro cuaderno, por eso siempre llevaba uno en mis grandes carteras de viajera. Hasta entonces, por más que me esforzara en esbozar las líneas de fuga, por más que cerrase un ojo para anular la profundidad y tomara medidas sobre un lápiz a la distancia del brazo estirado, los resultados eran siempre mediocres. Esta vez, contra todas las reglas que me habían enseñado, los detalles entraron a mi hoja antes que los planos generales y ni siquiera recordaba en qué orden, porque más que en el dibujo me había concentrado en el paisaje mirado. Nunca antes me había dejado absorber tan completamente en la observación de una realidad que no tenía otro mérito que el de existir ante mis ojos y la realidad, siempre tan reacia a ser captada en una hoja de papel, se había rendido dócilmente sin que se torcieran en lo más mínimo sus proporciones, sin un solo error en la perspectiva. Me embargó una ola de incrédula emoción. Había descubierto la puerta hacia algo íntimo que ignoraba poseer, un trazo nuevo, limpio, definido en su propia certeza sin esbozos ni borradores, base de ese famoso “estilo de arquitecto“ que tanto había admirado en los croquis de los hermanos Krier o del gran Álvaro Siza, aún desconocido entonces en su propio país. No se parecía a nada de lo que yo había dibujado o tratado de dibujar hasta entonces, a ninguna de esas líneas inseguras, repasadas una y otra vez sobre sí mismas en las hojas anteriores de ese mismo cuaderno.
Los muchachos estaban sudados y felices. Encaminé a mi pequeña tropa hacia la calle Cravinho Araujo donde Ada había preparado la merienda para los tres nietos y té para nosotras dos. Seguí arrullando mi excitación como a un niño oculto. No me atreví a mostrarle el dibujo, ni siquiera a ella. Tenía que seguir practicando, tenía que asegurarme de que era real, de que el don no iba a desaparecer tan inexplicablemente como se había declarado.
Aquella misma tarde dejé a los chicos frente al televisor de los abuelos y me escapé de la casa con el hambre de buscar vistas buenas, vistas en formato de hoja horizontal o vertical, vistas que me conmoviesen. Hasta esa zona popular de construcciones mediocres estaba llena de ellas. La Praza, construcción hexagonal del mercado donde Ada compraba pescado y legumbres era baja y de poco interés, pero me atrajo el movimiento circular de fachadas que provocaba a su alrededor. Tenía que comprobar, tenía que asegurarme de que podía hacerlo… Esa vez no existía la muletilla de los árboles que permitieran simplificar la curva ascendiente de la calzada, la confusión de carros estacionados, los portones, los postes y los toldos, sin embargo, el truco de dejarme absorber por los detalles funcionó de nuevo y todo ese desorden se metió en la página seguro y limpio, sin una sola línea repetida o inútil. Perdí la noción del tiempo hasta que cayó el crepúsculo y se encendieron las farolas. En el camino de vuelta me di cuenta de que las calles oscuras ya no eran las mismas.
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Fragmentos del cuento Los dibujos de Lisboa publicado en 2013 por La Vaca Mariposa Editora en su colección Hecho a mano.
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