“Muchas formas de violencia de Malasangre están presentes en el país”

Entrevista a Michelle Roche Rodríguez por Adriana Morán Sarmiento

Malasangre, publicada por el sello Anagrama, es una historia sobre la rebeldía y la transgresión.

Nos ubicamos en la Venezuela de 1921. Tiempos de dictadura de Juan Vicente Gómez, revolución petrolera y patriarcado militarista y religioso. Pareciera ser una Venezuela lejana, despintada, pero en la actualidad aún se conservan vestigios de esa época. Nos adentramos en la novela de Michelle Roche Rodríguez, escritora y periodista cultural venezolana que reside en Madrid.

—¿Es Malasangre una novela feminista?

Malasangre es una novela de formación ambientada en los años veinte que cuenta la conversión de una chica en una vamp, que fue una categoría creada por el patriarcado de la época para denostar a las sufragistas y el resto de las mujeres que demandaban derechos civiles para el género-, dice Michelle en entrevista para Muu+

La reseña va así: Diana tiene 14 años y forma parte de una familia de arribistas de Caracas. Descubre que ha heredado la hematofagia de su padre, un prestamista y hacendado muy relacionado –“enchufado” se diría ahora– con la dictadura de turno. Junto a su madre, una mujer de estrictas convicciones católicas, se empeña en casar a su hija con su novio. En todo este escenario, Diana se verá involucrada en las actividades ilícitas y las conspiraciones políticas de los socios de su padre, que la llevarán hasta las recámaras privadas del palacio presidencial.

En esta historia conviven lo fantástico y lo histórico, la exploración de la sexualidad y la política, la lucha por afirmar la identidad como mujer en una sociedad machista y el vampirismo como realidad y como símbolo.

—Te referiste a la novela como «histórica en clave del presente». ¿Cómo sería el mundo de Diana en la Venezuela de hoy?

—Cuando he que querido escribir sobre el presente lo he hecho, pero en este caso quise escribir sobre el gomecismo, porque Diana es un personaje de su época y de ninguna más. En Malasangre me refiero a una de las dictaduras más sangrientas de la historia de Venezuela y lo de la «clave del presente» (no me acuerdo cuándo o dónde dije eso) debe ser porque los códigos del autoritarismo son atávicos a lo largo de la historia del país y se repiten con cada nueva dictadura. En efecto, muchas formas de violencia a las que hago alusión allí están presentes todavía en el país.

—¿El tema del vampirismo funciona como metáfora de la política venezolana actual?

—Mientras un grupo de poderosos siga abusando de la tierra y de las personas para su provecho y para mantenerse en el poder, seguirá vigente el vampirismo que describo en Malasangre.

—Mucho se ha escrito en Latinoamérica sobre la figura del dictador. ¿Cuál es tu aporte con Malasangre?

—Me interesaba presentar los efectos de la dictadura sobre las personas normales y, en especial, sobre las mujeres.

—Cuáles fueron tus lecturas de base para escribir esta novela que combina terror, historia, machismo y corrupción.

—Yo entiendo cada libro como un proyecto de lectura: escribo para leer. Por eso no puedo señalar dos o tres «lecturas base». Apelé a un montón de libros y leí mucho para crear el ambiente de la época, tratar de comprender las características específicas de la dictadura gomecista, conocer las leyendas y los usos de aquella Caracas; también leí mucho para crear un mito del vampiro a la medida de mi protagonista, para poder construir una metáfora creíble que uniera el petróleo con la sangre y establecer la posibilidad de una visión orgánica y más animalesca del vampirismo. Pero también leí para crear el lenguaje particular de la novela, uno que pudiera comprenderse ahora y que no sea muy diferente de como se hablaba en esa época.

Sobre el gótico latinoamericano, género en el que puede destacar Malasangre, Michelle Roche dijo para una entrevista en El País que “el gótico latinoamericano florece en esa sordidez donde ya no son suficientes el realismo mágico ni la narrativa policial de las décadas recientes. Si la condición del relato fantástico es el miedo como motor del argumento, miedo es lo que sobra en la región. Por eso en Malasangre no asustan tanto los vampiros como los militares”.


Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es narradora, crítica literaria, periodista y profesora. Durante años fue referencia del periodismo cultural en el diario El Nacional, uno de los más importantes medios del país arrasado por el gobierno dictatorial de turno.

En 2014 fundó Colofón Revista Literaria. Ha publicado ensayo, crítica literaria y narrativa.

— Tu libro de relatos Gente decente ganó el Premio Francisco Ayala de Narrativa en 2017; y Malansangre (2020) fue publicada en España y Argentina. ¿Qué nuevos retos te traen tus libros?

—Ahora estoy tratando de terminar una colección de cuentos en la cual tocaré los temas de la soledad y el aislamiento.

—Con más de cinco años viviendo en España, ¿cómo ves el periodismo cultural venezolano desde la distancia?

—Leo de muchas fuentes distintas y me da la impresión de que hay una nueva generación formándose con mucho trabajo debido a las limitaciones del entorno que todos conocemos. Sin embargo, la mayoría de la información sobre la movida cultural venezolana, la encuentro en medios de comunicación producidos fuera del país o escrita por personas que emigraron. Dicho esto, creo que es importante tomar en cuenta la aparición de medios culturales dirigidos por gente que ha salido de Venezuela y ahora vive en otras partes del mundo, porque su trabajo está ampliando el alcance de nuestros intelectuales y el interés por nuestra cultura fuera de las fronteras del país. Un ejemplo interesante es la recién nacida revista Casapaís en donde uno de los directores es Jan Queretz, venezolano que vive en Uruguay. En su primer número, la revista presenta trabajos escritos por narradores, ensayistas y poetas de Venezuela y como compendio ofrece una perspectiva amplia de la diversidad de nuestros intereses como colectivo.

—¿En qué se diferencia para una escritora pensar Venezuela desde afuera, en comparación a haberlo hecho desde adentro?

—La distancia me permite ponderar los problemas del país con más tranquilidad porque no me encuentro metida en la vorágine del día a día. Vivo en un no lugar, como suspendida entre tres realidades que coexisten de forma inexplicable en mí: uno es la melancolía del lugar y el tiempo que dejé atrás; otro, la realidad de una Venezuela que sobrevive a pesar de todo y, el tercero, la del país donde ahora vivo, España, al que no pertenezco por completo, pero que también me afano en comprender. No es un sitio tranquilo ese no lugar, pero creo que es un buen semillero para la literatura.

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