Pasajeras. Antología del cautiverio

Mucho se ha discutido sobre lo trascendental de la pandemia como tema, teniendo en cuenta que aún transcurre entre nosotros, que no hemos podido distanciarnos de ella en el tiempo y en el aire.

¿Cómo narrar las repercusiones del padecimiento sin caer en la mera descripción, sobre todo cuando el mundo parece haberse unificado –casualmente– en el mismo tema de incertidumbre y confinamiento?

En Pasajeras, Antología del cautiverio podemos leer lo que la potencia creativa de la literatura es capaz de hacer con esta especie de presente detenido, el poder transformador de la mirada de sesenta autoras venezolanas de las que a continuación brindamos una pequeña muestra.

¿El paraíso está en el futuro? / Verónica Jaffé

Decenas de años después de que
el bosque ‘rojo’ de Chernobyl muriera,

linces y lobos, bisontes y caballos
ocuparon las ruinas:

la grisura y el horror convertidos
en belleza de cuerpos animales.

Consuela esta imagen del futuro paraíso,
sin masa, ni poder, ni progreso,

como los peces en los canales venecianos,
límpidos por gracia de la plaga.

Aunque nunca podré verlo
sino solo apuntarlo aquí

¿por ser futuro
y paraíso y humano?


Breviario insuficiente para sobrellevar cuarentenas / Ana María Hurtado

ejercitarse en mirar los reversos
aventurarse en las zonas oscuras de la casa
en rincones poco transitados

jugar a las escondidas con la sombra
sentir la respiración de las paredes

desenterrar retratos
invocar lares y penates

oler las flores secas en libros olvidados

agudizar el olfato y disfrutar el aroma
que esparce la mañana

escarbar en la tierra buscando raíces sanas
remover la mala hierba
no dar tregua a las alimañas

apartar granos de gorgojos
separar palabras muertas de las vivas
pararse a distinguir las voces de los ecos

descifrar el lenguaje de los pájaros
la escritura de su vuelo

aprender a navegar sin cartas marinas
ni astrolabios

dar pasos en la oscuridad
cultivar la convivencia con fantasmas
escuchar los sonidos oblicuos de la noche

rastrear los tránsitos de luz
instruirse en el dibujo de las constelaciones

mantener abiertas las ventanas
para que entren nubes

mirar de reojo en los espejos
aún creerse vivos

Y por favor,
sed rigurosos en no contar los días

cada día tiene su propio afán


Anestesia / Eleonora Requena

Me anestesio con historias truculentas
que terminan y comienzan
y terminan en la pantalla del teléfono
escucho el compás
de la respiración de los sumergidos
aspiran
a profundidad y exhalan, una y otra vez
afuera
exangüe va cayendo el mundo
riñe por aire


La letra C / Claudia Cavallin

DESDE PEQUEÑA ME HA LLAMADO LA ATENCIÓN el juego de las palabras y las letras, en especial, cuando queremos crear una forma de identificarnos con ellas. Siempre partimos del nombre y, en mi caso, mi nombre y dos apellidos terminaron conectándose con el trío de las C. Me gustaba escribirlas como un CCC, e intentaba que las curvas se unieran en sus extremos para crear una identidad circular, donde la primera C de Claudia, abriera paso a la segunda C de Cavallin para finalmente llegar a la tercera C de Calanche. Luego de los giros, quedaba siempre extenuada, imaginando de dónde venían esas C, si de la herencia protagónica de una actriz adorada por mis padres, Claudia Cardinale, o de Las Colinas Euganeas del Veneto, volcánicas y submarinas, de donde emerge la lava basáltica alejándose de sus orígenes, como lo hizo mi familia italiana cuando decidió emigrar a Venezuela. Creciendo, la letra C siguió ampliando mi prospecto de pertenencia a un lugar, pues me mudé a Caracas y comencé a vivir en Colinas de Bello Monte. Más allá de lo geográfico, a diario veía los pequeñísimos Colibríes, que no dejaron nunca de aletear, mientras se acercaban a las Cayenas que constantemente florecían en mi pequeño espacio. Mientras más crecía mi percepción alfabética del mundo, más palabras se sumaban a mi lista de las C, algunas Cándidas, otras Complicadas, muchas de ellas Cuestionables. Y de pronto, vino un nuevo giro geográfico. Salí de Caracas y me mudé a la ciudad de Norman. Llegué y olvidé las reglas del juego, pues el alfabeto volvió a multiplicarse en dos idiomas, poblados de disyunciones que no eran un juego infantil. Y comencé a estudiar y a trabajar al mismo tiempo (ya llevo tres líneas escritas sin la C), y a buscar a mis hijos en la escuela, mientras asistía a las reuniones académicas. Los tiempos laborales se multiplicaron, los horarios infinitos parecían no detenerse nunca. Y luego, algo sucedió. Un dolor de Cabeza. Un desmayo. Un ingreso al tubo. Un diagnóstico de Cáncer Cerebral. Y así retorné a la letra de mi infancia que, al mismo tiempo, se bloqueaba en mi Cerebro, luego de perder una parte mi Consciencia en la Cirugía. Entonces, Cada Curva Cerebral Completamente Cercenada Colapsó. Y de nuevo, la tercera letra del alfabeto dejó de jugar. Estuve mucho tiempo en el hospital, asumí mis tratamientos químicos evitando cualquier debilidad del aislamiento, pues era necesario que siguiera trabajando para la manutención de mis hijos. Y pasaron meses, luego años. Y ya había olvidado el juego, incluso si lo hubiese logrado recordar, no tuve más tiempo para jugarlo. Y asumí el retorno a la normalidad alfabéticamente común, sin la espera de lo inexplicable. Pero entonces, velozmente, algo sucedió. Una amenaza globalizada nos hizo regresar a todos a nuestro lugar más seguro y aislado. La Casa. El Coronavirus Censuró nuestra Capacidad de Convivir en la Calles. Ciertamente, Cada Centro Comercial y los Cines fueron Clausurados por Cuarentena. En mi Cuarto Cerrado volví a escribir sobre las C. No sé Cuándo ni Cómo saldremos del Coronavirus. Sé que, mientras Cierro esta Computadora, Conectada en mi Casa, logro Conducir mis ojos más allá del Confinamiento, Como Cualquier Corajudo Caballo, Cerca, Curiosamente Cerca, Corriendo Comúnmente Cercenados. CCC


A través de la ventana / Ana Teresa Torres

«EL OBJETIVO ES VISLUMBRAR PAISAJES (que no podemos ver) a través de las ventanas», dice en la invitación a participar en Pasajeras, y no se me ocurre un mejor propósito porque las que escribimos venimos de esa herencia, de las que miran por la ventana. Así, en un rápido recuento, pienso en el libro Mirar tras la ventana (1999) de Inés Quintero para hablar de las decimonónicas; o en Seis mujeres en el balcón (1943) de Dinora Ramos; o en el poema «Pupilas inmóviles» (1941) de Luz Machado en el que dice de «las tres ventanas de la sala»; o en La mujer tras la ventana (1999) de Silda Cordoliani, que abre con un epígrafe de Carmen Martin Gaite: «¿Quién puede, ni ha podido nunca, negarle a la mujer el consuelo de mirar por la ventana?». Y para no pecar de modesta copio un párrafo de un artículo que escribí para la Revista Veintiuno en 2006, se titula «Futuro como paisaje», y lo pensé mirando por la ventana.

Espero el futuro más que nunca. En la juventud todo es el mismo paisaje. La visión es tan amplia que detrás de cada montaña hay un valle, o el mar, y luego otra orilla. Hay, a cada paso, una nueva visión que despliega sus inagotables imágenes. Llegados a la cima, y comenzado el descenso, pensaríamos que se desvanecen, pero no es así, milagrosamente persisten.

Quiero decir que en este abril de 2020 mirar el futuro exige mucha imaginación, pero si somos escritoras estamos obligadas a tenerla. Memoria e imaginación. La primera para saber mirar hacia atrás y recuperar el hilo de la vida, la segunda para atreverse a mirar hacia adelante en medio del desconcierto y la incertidumbre. Pero, si a eso vamos, ¿cuándo la vida ha sido concertada y cierta? Siempre hemos vivido sin saber a dónde nos lleva el paso siguiente, o cuándo estamos por dar el último paso sin saberlo. No diré que nada ha cambiado, pero sí que la vida como certeza, que nos parece ahora haber perdido, es solo un fragmento del imaginario. Lo ocurrido, esto que llamamos pandemia, ha supuesto para todas una orden de detención. Estamos detenidas en nuestros proyectos, que ya no sabemos si continuarán; en nuestras viviendas a excepción de exigentes salidas furtivas, y también en una ancha franja de nuestras existencias. Pero la orden no incluye detener la creación, no impide seguir pensando y escribiendo. Si en todo este tiempo anterior hemos logrado amueblar ese mundo interior y hacerlo habitable, ese es nuestro seguro de vida. Allí está el paisaje al que podemos mirar y sentirnos cómodas adentro. Por ahora no está prohibido ni leer ni escribir. Así que ¡seguimos!


Las Provincias Unidas del Sud / María Celina Núñez

ESTA CUARENTENA PLANETARIA, obra maestra del joven Siglo XXI, me ha confirmado que el tiempo nos persigue y corre más veloz que nosotros. Menos de los que creen, podrán subirse a su lomo.
—Qué pesimista.
—Pero aquí yo encontré tus bellas crines.
—Bueno, pero igual me sigo preguntando ¿por qué me tenía que tocar justo a mí la versión pesimista de esta ola tropical?
—¡Mirá vos!
Corto la videollamada y voy a lavarme los dientes. Pertenezco a la minoría que no ha visto su trabajo interrumpido o acabado. Reviso mi salvoconducto y salgo.
Al bajar del tren, la distancia que respetamos al caminar refuerza mi sensación de que todos vamos en cámara lenta. Ya en la cola para mostrar el permiso de circulación, pienso que mis planes de Spanish Teacher se ven cada vez más lejos. Pero se me suaviza la amargura cuando recuerdo la primera señal que me diste de tu optimismo porteño:
—Esta época tan ruin y nosotros tan tontos.

Buenos Aires, mayo 2020


Señales (marzo 2020) Yolanda Pantin
Señales (marzo 2020) Yolanda Pantin

Los poemas de «Pasajeras, Antología del cautiverio» fueron compilados por Les Quintero y Graciela Bonnet, durante los meses de marzo, abril y mayo 2020; y publicados por la Editorial Lector Cómplice.
Acompaña los textos una selección de 12 fotografías de la serie Señales, de la poeta y fotógrafa venezolana Yolanda Pantin.

Para leer el libro completo 👉🏼 envíanos un mensaje AQUÍ

Revista Muu+ Abril 2021

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