“Jamás se está solo cuando se escribe”

Entrevista a Héctor Prahim por Adriana Morán Sarmiento

Dice Héctor Prahim: “La escritura es espiritual porque viene de adentro, y a la vez es terrenal porque llega de afuera. Hay libros que tienen la capacidad de lograr un viraje potente en el lector, en las distintas etapas de la vida, y hay libros que tienen la fuerza ciclónica de cambiar al escritor, de rectificarlo, son aquellas poesías o novelas o cuentos, que llegan a orbitar más allá de la poesía, de la novela o del cuento, los colonos de los lugares lejanos, los fronterizos que se funden de fiebre en su expedición, y luego explotan en nuestras almas como supernovas”.

Lo que más aprecio de Héctor son las largas tardes mirando libros y charlando de todo lo que se nos ocurriera. Sus visitas dejaban la sensación de haber abierto una enciclopedia y tomado de ella todo el conocimiento posible. Libros, películas, amigos, historias familiares, nunca faltaban en nuestras charlas.

Desde mi primera lectura del cuento «El pabellón de los animales domésticos» hasta estos días de pandemia, han pasado muchos días y unas cuantas anécdotas: el libro El pabellón de los animales domésticos fue distinguido en la edición 59 del Premio Casa de las Américas 2018 de La Habana, Cuba, y se convirtió en uno de los más leídos del año.

“Es muy gratificante el cariño que va despertando el libro en escritores que siempre admiré, en lectores y libreros, en clubes de lecturas prestigiosos como “El otro cielo libros” o “Autores y sus obras” de la Fundación La Balandra. Es hermoso cuando te cuentan que el libro se está leyendo en talleres literarios. En el 2019, y gran parte de este 2020, por radio, diarios, páginas web, reseñadores, revistas y redes sociales, anduvieron diciendo que “El pabellón de los animales domésticos” estaba entre los 10 mejores libros de narrativa breve del año. Qué te puedo decir, me emociona mucho eso. Dios me acompañó, y lo demás fue un regalo”.

-¿Cómo se escribe en tiempos de pandemia?

-Me costó mucho regular esta nueva anormalidad y volver a escribir. Son tiempos difíciles, y como la mayoría, pasé por todos los estados de ánimo. Por suerte ya estoy de pie, y escribo mi segundo libro, y eso es bueno. En este contexto, quizás me ayudó bastante el ejercicio consistente de la persistencia, de la paciencia y de la esperanza que se tiene al ser padre de chicos de uno, cuatro y nueve años. Y luego está el arte, que siempre tiene la pulsión de encontrar la forma de ser más fuerte que su circunstancia. Acá y en gran parte del mundo la tierra está abierta, y hay dolor. Se está yendo una de las generaciones más tenaces que tuvimos, y en algunos casos no los pueden despedir como debieran. Más que nunca hay que seguir contando historias alrededor del fuego.

– ¿Escribes solo o acompañado?

-La soledad controlable es un instrumento más de esta ocupación, hay que adiestrarla, dosificarla, porque si no te agrieta, te desgarra. Siempre intenté escribir para salir de la soledad. Nunca he escrito un cuento que a mí no me haya llevado a ese sitio que describo, o a esos personajes que lo habitan. Jamás se está solo cuando se lee, lo mismo cuando se escribe.

-En tus cuentos se nota que hay un cuidado muy preciso de la palabra ¿Cuánto tiempo te lleva terminarlos?

-Me parece que, para lograr cierta profundidad en el relato, uno tiene que pasar tiempo con el texto, meses en mi caso, permitirle a las palabras realizar su proceso de maduración. Todo en beneficio de encontrar, después de haber desplegado los distintos picos de intensidad, el confort de marcha de lo que se está narrando, para que luego, eso mismo le permita al cuento ir hacia el final sin ningún ruido estridente. Pero bueno, todo eso varía según cada autor, excepto claro, que seas John Cheever y anotes en tus Diarios “Uno no se vuelve viejo en el curso de una tarde. Bueno, juguemos un poco”. Y el maestro jugó, tenía 52 años, y estaba escribiendo esa formidable y hermosa alegoría del fracaso humano que es “El nadador”, trabajó con un manuscrito inicial de 150 páginas de apuntes que al final quedó reducido al cuento de 15 páginas. Tardó dos meses en terminarlo, quizás mucho tiempo para él, que a veces, llegaba a escribir un cuento por semana, (“sin éxito, o en vano”, lo reconocía), o en un mes, siempre para pagar las cuentas.

– ¿Qué te dispara las ideas de los cuentos?

-Puede ser una conversación, un libro, una película, un aroma, un viaje. Suelo llevar un anotador en el bolsillo. Ahí pongo distintas impresiones, frases que se me ocurren, diálogos, imágenes, nombres y oficios. Más tarde llego al cuento por intuición, tanteando, ensamblando. El gusto está en explorar, y si es un tema que desconozco, mejor. Y ya cuando sé que hay algo para contar ahí, me informo bien a medida que avanzo, es lo que se llamaría trabajo de campo.

-Hemos hablado varias veces de tu camino en la literatura, en tu proceso, en la participación en concursos y en toda la experiencia acumulada… con la publicación del libro y el reconocimiento público ¿qué ves cuando miras atrás?

-Veo a mi abuela Epi fascinada en un patio tucumano, contando a doña Teófila un capítulo de “Bonanza”. Veo a mi madre amasando pan un jueves antes de la tormenta, diciéndome que lo siga intentando. Veo a mi padre armando ruedas bajo un ciruelo, enseñándome el valor cósmico de las palabras. Siempre hubo manos generosas que se abrieron y me dieron su conocimiento. Hermanos que me sostuvieron cuando lo que intentaba escribir naufragaba sin remedio. Buenos amigos, como la gente de esta revista que me abrieron sus puertas cuando todas estaban cerradas. Escritores que me hicieron un lugar en su mesa y compartimos el pan y los libros. En mi haber tengo más concursos perdidos que ganados, más rechazos que aceptaciones, más desiertos que ciudades, y sin embargo hay gratitud, porque con el tiempo entendí que todo eso estaba ahí para darme la formidable posibilidad de renacer. Nunca creí en los elegidos, no son para mí. En esto y como en cualquier disciplina artística, hay pocos tipos y tipas que nacieron con el don, y son los que a veces ni se dan cuenta que lo tienen. La flor de loto está entre las más hermosas del mundo, pero por alguna razón tiene la particularidad de nacer y habitar en aguas estancadas, podridas. Eso es belleza, ahí está el arte para mí, en renacer.

-¿Hay un antes y un después del Premio Casa de las Américas?

-La transparencia, la trascendencia y el alto nivel de textos presentados en cada convocatoria, hacen que año a año el Premio Casa de las Américas conserve intacto su prestigio y eso no es poco en el tiempo esmerilado en que vivimos. Fue una alegría inmensa y un envión excepcional. Me pone muy contento cuando los lectores me hacen saber que el libro está a la altura de ese hermoso premio.

-¿Seguís escribiendo cuentos o te animas a una novela?

-Por ahí guardo dos novelas con el andamiaje puesto, en algún momento las seguiré trabajando. De todas formas, siento que mis cuentos comparten naturaleza con la poesía y con la novela, quizás por eso no tenga esa sensación de orfandad que, a veces, te quieren meter por ahí porque todavía no hiciste el salto a la novela. Hay cuentos alargados hasta el cansancio, disfrazados de novelas para colmar vaya uno a saber qué. Cada historia tiene su forma y su voz, eso es lo primero que tiene que aprender el autor, a escuchar, luego a respetar su propio trabajo. 

-El pabellón de los animales domésticos que publicamos en junio de 2017 en Muu+ es uno de los cuentos más leídos de la revista, me gusta pensar en lo profético de ese hecho, ¿qué opinas?

-Es maravilloso lo que decís, y algo de eso hay. Aquel relato ya tenía el germen del libro que estaba por nacer, y era como si emitiera un espectro de secuencias tonales de alta frecuencia, que fue percibido con limpieza en el momento justo, cuando yo estaba preparado. Hay más misterios en nuestras vidas del que podamos comprender. A veces parece que todo lo que hacemos está conectado, todo está por suceder. Cuando compartimos una historia estamos diciendo “aquí estoy, y estás en mí”, así funciona el viejo rito de contar. Clarice Lispector decía que había un caballo dentro de ella que raramente se expresaba, salvo cuando encontraba otro caballo, ahí sí hablaba, y la forma del caballo representaba lo mejor del ser humano.

-¿Qué es lo mejor de escribir?

-Escribir hace que te encuentres, y al rato te vuelvas a perder, y luego te encuentres de nuevo, eso te enriquece como persona. Paul Éluard decía: “Hay otros mundos, pero están en éste, hay otras vidas, pero están en ti”. En el ambiente del boxeo se sabe que hay manos que pueden entrar en el segundo o tercer round, pero el boxeador o la boxeadora recién van a caer por esas manos en el sexto o séptimo asalto. Alguien tocó mi vida con un libro, allá por el principio, y aún hoy, cada vez que me siento a escribir, intento generar eso mismo en otros, a modo de agradecimiento.

-¿Viviremos de las relecturas?

-Me gusta pensar que los libros que leímos, como Argos, el fiel perro de Ulises, son los únicos que nos reconocen cuando volvemos cansados y cambiados de deambular por el mar. Ahí están esas historias enormes que un día nos conmovieron, y que hoy, al volverlas a pasar por el corazón, nos llegan de otra manera. De igual forma, es importante no perder de vista lo que se está publicando en la actualidad, siempre estoy atento a las voces nuevas y las que tienen cierta trayectoria. Hay buenos libros, buena música, buen cine, buenas historias. Tanto como lector, espectador, o como escritor, sé que el acto de aprender es el motor de mi crecimiento, ojalá nunca pierda esa motivación.

Héctor Prahim. Narrador argentino. Sus cuentos han sido publicados en antologías, en diarios nacionales e internacionales. Colabora con las revistas: Muu+ Artes & Letras, Solo Tempestad, Dos Disparos Magazine, Chile, Almiar, Margen Cero, España, y El Narratorio, narrativa hispanoamericana. Su libro de relatos “El pabellón de los animales domésticos” Publicado por Indómita Luz editora, fue distinguido en la edición 59 del Premio Casa de las Américas 2018, celebrado en La Habana, Cuba. Recibió el Premio de Relatos Barracas al Sud 2018 de la Dirección General de Cultura, Arte y Espectáculos de la Municipalidad de Avellaneda — Premio Yo te cuento Buenos Aires Oro 2018. Legislatura Porteña — Premio XXXIV Concurso de Cuentos Gabriel Aresti 2017 Bilbao, España — Premio Antonio Porcelli Concursos Participativos 2017 — Premio Municipal de Relatos Manuel Mujica Láinez 2014.

Fotos de Merlina Deluchi.

Adriana Morán Sarmiento. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros y Revista Muu+ Artes y Letras.

Revista Muu+ Octubre 2020

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