“Las mías deben ser historias de redención”

Entrevista a Pablo Di Marco por Adriana Morán Sarmiento

Pablo Di Marco es un apasionado de los Beatles, los libros y el café. Es escritor, corrector y entrevista gente del mundo del libro para una columna que se publica en una revista colombiana. Si fuera librero recomendaría “volver a leer aquellas poesías, cuentos y novelas que alguna vez hicieron que nos enamoráramos de los libros”, dice.

Pablo escribe en los cafés de Buenos Aires, “aprendí a convivir con el bullicio”, dice; por lo que es muy posible encontrarlo sentado en alguna mesa, escribiendo y tomando un espresso. Otras veces está acompañado, porque es alrededor de la mesa, con una taza de café en la mano, que comparte con amigos las mejores historias.

En 2010, Las horas derramadas ganó el XXI Certamen Literario Ategua, en España y fue publicada por Trifaldi (Madrid, 2015). Este año será publicada en Argentina por Dualidad Editorial. Con Tríptico del desamparo, Pablo ganó en 2012 la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera” en Colombia; después fue publicada en España por Ediciones Palabras de agua (2014), en 2018 por una editorial argentina (Odelia Editora), y este año será editada nuevamente en Colombia por Sílaba editores. También es autor de Espiral, finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España. En 2019 se publicó en Colombia Un café en Buenos Aires, conversaciones con escritores, editores y libreros, que recoge algunas de las entrevistas que realiza el autor para Libros y Letras desde 2013.

En Las horas derramadas y en Tríptico se narran dos historias de amor, sinceras y perdurables; pero también son historias de derrota, de pérdida de fe, de caer y levantarse… ¿son historias de redención?

Hay un ejercicio de escritura que me divierte: Darle forma a un personaje rico, tirarlo al último pozo del infierno, y sentarse a ver qué sucede. ¿El personaje se deja vencer? ¿O se rebela? Yo creo que quien sobrevive y logra regresar del infierno será más sabio que el que jamás abandonó el paraíso. Así que intuyo que sí, las mías deben ser historias de redención. 

¿Eres de los que se obsesiona con la historia? Por ejemplo ¿te sentiste Gabriel Desalvo en algún momento?

Escribir una novela me lleva unos tres años. Y lo que más me gusta de ese largo proceso es la posibilidad de tener a mano una vida paralela en la que refugiarme cada vez que la “vida real” se vuelve densa. Así que la respuesta es sí, muchas veces me sentí uno de mis personajes, y está buenísimo que así sea. Un autor también es un actor. Un actor que no deberá subir a ningún escenario, pero que deberá sentir, pensar, y hablar como sienten, piensan, y hablan sus personajes. Y el único modo de lograr eso es volverse ellos, ser ellos. No sigamos, porque estoy a un paso de decir: “Yo soy madame Bovary”, jaja.

¿Reconociste a Irene en alguna mujer? ¿Tenés la casa llena de espejos?

Irene es totalmente inventada, y en medio de tanto invento, también le metí cosas mías. Me encanta darle forma a protagonistas femeninas. Esa es una de las mejores cosas que me regala la escritura: la posibilidad de vivir otras vidas, escapar de mi cotidianidad, imaginar, mentir, inventar, jugar. Y si voy a vivir otra vida, ¿qué mejor que habitar otro sexo? De todos modos, con Irene me sucedió algo particular: ya tenía al personaje muy delineado en mi mente cuando, viajando en subte, vi delante de mí a una mujer que… era Irene. Te lo juro Adriana, era Irene de pies a cabeza tal cual yo la había imaginado. Tan solo tenía una cosa extraña. Esta Irene “real” usaba unos grandes y gruesos anteojos negros. Me pregunté por qué usaría semejantes anteojos oscuros en el subte. Y me respondí: porque tiene problemas de vista. Y de inmediato comprendí que mi Irene debía tener esa misma problemática. Y eso enriqueció muchísimo tanto al personaje como a Tríptico del desamparo. ¿Me preguntabas si tengo espejos en casa? No, solo los imprescindibles. Los espejos son una obsesión solo literaria. Mis personajes pierden el rumbo muy a menudo, al extremo de que llega un punto en el que se desconocen a sí mismos. Y lo único que pareciera recordarles quienes fueron, es la visión de su propia imagen ante el espejo. Esto ya parece una sesión de terapia, Adriana…

Dijiste varias veces que el verdadero trabajo de una novela comienza cuando ponés el punto final, ¿te apasiona más el trabajo de corregir?

Cuando termino de escribir la primera versión de una novela, sé que lo que tengo delante es apenas un buen bloque de mármol. Y que el verdadero trabajo empieza recién en ese momento, con la corrección. Es ahí cuando ese bloque se pica, lima y pule hasta llegar a la forma adecuada. Sí, me apasiona corregir, es la parte del proceso que más disfruto y valoro. Con el correr del tiempo aprendí que en la corrección radica la verdadera escritura.

¿Qué tanto nutre tu trabajo de corrector en tu escritura?

  Yo tengo una relación amor-odio con mi trabajo de corrector. Por un lado a veces me da bronca que me quite tanto tiempo para escribir mis libros (después de estar varias horas revisándole textos a otros autores, lo último que puedo hacer es ponerme a escribir mis cosas). Pero por otro lado soy muy consciente de lo mucho que aprendo durante mi trabajo. Revisarle textos a otros es un gran entrenamiento.

En la película La vida de Pi, en la que un niño naufraga con un león, hay dos versiones de la historia, la del naufragio con animales y otra más creíble. Al final, un periodista le pregunta al protagonista cuál es la historia real y éste le contesta que es la que él escoja, “después de todo, es una historia de fe”. Algo así sucede con los finales de tus novelas… hay fantasía y también cruda realidad. ¿Qué opinas?

¿Sabés que no vi esa peli? Qué pena. Pero entiendo a lo que apuntás. El argumento de un libro no es tan importante como parece, porque el argumento es siempre una excusa para hablar de otra cosa. Por eso me aburre la usual pregunta: “¿De qué se trata tu libro?”. En general importa poco de qué se trata un libro. Se puede utilizar a la guerra para hablar del amor, así como el amor puede ser una gran excusa para hablar de la guerra. El alma de un libro muchas veces está más presente en la subtrama que en la trama, está más en las entrelíneas que en lo que se ve en primera instancia, está más en lo que susurran los personajes secundarios que en lo que declama el protagonista. Y yendo a lo que me decís de la fantasía y la realidad… en mis novelas me gusta jugar con una realidad que en un determinado momento es atravesada por lo fantástico. De todos modos creo que podríamos hablar un buen rato sobre qué es real y qué fantástico. Me parece que para mí esa frontera es más permeable que para la mayor parte de la gente.

Eres un apasionado de Alejandra Pizarnik, ¿hay algo de ella en tus novelas?

Me interesan todas las facetas de Alejandra: el mito, la artista, la suicida, el ícono, su luz, su sombra. Me atrae todo lo que la rodea, pero sobre todo me atrae su poesía. Digo esto porque a veces siento que el personaje se impuso a la poeta. Alejandra fue muchas cosas, pero ante todo fue una artista, una escritora que exprimió las palabras hasta agotarlas. Y es tanto lo que me atrae Alejandra que hace un par de meses terminé de escribir una novela que la tiene de protagonista. Antes te dije que escribir una novela me lleva unos tres años. Esta me llevó casi cinco. Fue toda una experiencia vivir una vida paralela de cinco años en compañía de Alejandra. Aprendí, me divertí y sufrí como un condenado.

—“De tanto elogio desmedido terminamos vaciando el contenido de ciertas palabras”. Leí esta frase en la entrevista que te hizo Marvel Aguilera.

Sí, me acuerdo. Le dije eso a Marvel mientras íbamos por la cerveza número veinte una tarde de cuarenta grados. Es llamativo que tantos escritores, editores y periodistas culturales hayan olvidado que ninguna palabra es gratuita, que las palabras tienen un significado, un peso y un valor. Y que a ciertas palabras hay que ganárselas con talento y esfuerzo. Hoy basta con embocar un par de oraciones con el sujeto y el predicado más o menos bien puesto para que te traten de genio, alcanza con tener un par de amigos trabajando en el lugar correcto para convertirse en el “secreto mejor guardado de la literatura latinoamericana”. Pero tanto elogio hueco tiene un precio a pagar: cada vez son menos los interesados en leer una reseña, la mayoría descree de lo que dicen las contratapas de los libros. El mundo del libro, de tanto hablarse a sí mismo, terminó por darle la espalda a los lectores. Tenemos demasiadas reseñas que son un insulto al lector, se publican demasiados libros que son una falta de respeto al lector. Y esto sucede, en buena medida, porque le perdimos el respeto al peso, al valor, al contenido de las palabras. 

¿Preferís estar lejos de los elogios tanto como de las redes sociales? ¿Qué piensas sobre construir tu obra, tu vida, sobre o a cuestas de las redes sociales?

Qué tema las redes, ¿no? Son una herramienta, y como toda herramienta puede ser utilizada para bien o para mal. Hoy pareciera que no basta con escribir el mejor libro posible. Hoy también hay que crear un perfil de escritor, saber venderse a editoriales, etc. Y todo ese lado B de la escritura muchas veces reduce al escritor a un payaso relacionista público de sí mismo. Yo no soy inocente de nada, más de una vez me encontré haciendo cosas que critico, pero hasta donde puedo intento ser cuidadoso. Yo utilizo las redes para avisar que me publicaron un libro, difundir una entrevista, avisar de alguna presentación, o publicitar el trabajo de gente que quiero y admiro. Me parece ridículo usar las redes para crear un personaje que no soy.

Del otro lado de la mesa, como entrevistador ¿Qué es lo que más te atrae de poder “escudriñar” en el otro?

Los escritores solemos sentirnos únicos, y también solemos sentirnos solos. Entrevistar a otros escritores me sirvió para darme cuenta que mis miedos, anhelos, ambiciones y frustraciones se parecen bastante a los de los demás escritores. Quienes escribimos somos gente con una psiquis bastante particular. Casi todos nos creemos tipos muy talentosos, pero a su vez solemos ser muy ignorados, muy ninguneados. Y esa situación nos vuelve muchas veces hoscos y rencorosos. Es como si creyéramos que el mundo nos debe algo por el simple hecho de que fuimos capaces de escribir un libro. En fin, entrevistar a tantos escritores, entre otras cosas, me ayudó a sentirme menos solo, me permitió comprenderlos mejor, no juzgarlos con tanta dureza. Algunos de ellos casi que te diría que me despiertan ternura. A fin de cuentas, si vas a fracasar, mejor fracasá escribiendo. Prefiero morirme escribiendo una novela que morirme en una oficina. Y quién sabe, en una de esas, en medio de tanto fracaso, por ahí el destino se distrae y el mundo termina adorando a alguno de nuestros libros.

Además, entrevistas libreros y editores…

Es que muchas veces el centro está en los márgenes. El mundo del libro es demasiado amplio como para circunscribirlo a los escritores. Es muy rico entrevistar a libreros y editores, y también es interesante entrevistar a buenos lectores. El escritor suele estar desesperado, no quedar mal con ningún editor, el editor quiere seducir al periodista, el periodista es condescendiente con las grandes editoriales. Todos parecieran deberle algo a alguien. Pero el buen lector es libre, y esa libertad le permite opinar con adorable impunidad. Y a mí, como entrevistador, esa adorable impunidad me alegra el día.

Tienes una larga relación literaria con Colombia, libros publicados, premios, visitas, amigos… ¿consideraste homenajear esa relación en algún libro, como hiciste con Venecia en Tríptico?

Colombia se lo merece, claro que sí. Una de mis objetivos con Tríptico fue homenajear a la cultura de un país que amo: Italia, así que bien podría hacer lo mismo con Colombia. Es raro, decir que en Colombia tengo amigos es decir poco, lo que yo tengo en Colombia son amores, amores de esos que dejan huella. Ojalá algún día pueda devolverle a ese país tanto amor. La próxima publicación de Tríptico de la mano de una editorial tan bella como Sílaba Editores me tiene muy feliz.

Al Pablo el lector, ¿qué lecturas le gustan?

Las que me llevan a otro mundo y me permiten vivir otra vida. Hay cada vez menos de eso, ¿no? Hoy estamos repletos de libros sin más protagonista que el autor del libro. Pareciera que los escritores están tan desesperados por hablar de ellos mismos que se olvidaron de su principal tarea: inventar, jugar, mentir, crear.  

¿Cómo sería tu librería perfecta?

La librería perfecta debería tener a mi disposición una Enciclopedia Británica. Sí, una enciclopedia, Adriana. Vos me conocés, tengo alma de señor mayor… También debería tener un lindo barcito que prepare un riquísimo espresso. Y, por supuesto, sus libreros debieran ofrecerle mis libros a cada incauto que entre, jaja.

—¿Eres un escritor valiente?

Me encantaría poder decirte que sí, pero la verdad es que a veces me siento bastante cobarde. Escribir es ponerte cara a cara ante tus propios límites. Y me parece que en más de una ocasión opté por el camino más cómodo, ese que te dice que así está bien, que no es necesario esforzarse más. Sé que soy bastante obsesivo con la escritura de mis libros, pero a veces también creo que pude ser mejor que esto. No sé. 

***

Adriana Morán Sarmiento. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros y Revista Muu+ Artes y Letras.

Fotos de Gisella Lifchitz.

Revista Muu+
Mayo 2020

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