María Soledad Fernández

Un perro en la puerta de la casa velatoria

PRIMERA PARTE

1

Llego a la dirección que me pasó mamá por mensajito, hace un rato. “Liberaron el cuerpo. El velatorio es en 54 y 18, a las 7. No llegues tarde”. Mamá siempre tan dulce. No deja de aleccionarme ni siquiera en momentos como este. Ni a mis treinta y tantos que tengo. Cada comunicación es una oportunidad para marcarme las fallas, lo lejos que estoy de su “deber ser”. Llego apurada, son siete y veinte. “Seguro que me va a poner su típica cara de traste”, pienso. Pero no. Parece que esta vez zafo.

Me paro frente a la casa velatoria y observo las puertas cerradas; no hay nadie. Me pregunto si me equivoqué de dirección o si tal vez mamá me mandó a otro velorio. Puede ser, después de todo, quizás no quiere que despida a papá. No, imposible. “Las formas, Carolina, están ante todo”. Jamás hubiera permitido que el mundo hable de nosotros. De la familia.

Hay un perro en la vereda sentado justo en mi camino. Atravesado, obstaculizando el paso, lamiendo sus partes y ajeno a lo que lo rodea. Imagino que está siempre ahí, en cada velorio. Juzgando a los integrantes de las familias. Quién llora más, quién hace los chistes. O tal vez sólo quiso estar en este, en el que me toca vivir hoy.

Los perros me dan miedo, pero este parece manso. Es viejo. Ni se percata de mi presencia y tiene canas en la trompa. Me mira y sigue con lo suyo. Por un segundo lo imagino masticando un hueso humano y mi estómago se revuelve. O tal vez se revuelve porque es hoy y porque estoy en el velorio. Todo es muy confuso.

Miro la puerta cerrada, como buscando una respuesta. ¿Llegué temprano o se atrasaron ellos? Aunque, quién llega temprano a un velorio. La culpa es mía. Le sigo haciendo caso a mamá, como siempre. Seguramente me dijo que era una hora antes para asegurarse mi presencia. Eso es muy de mamá, el engaño para lograr sus objetivos. ¡Qué idiotez! No se va a ir a ningún lado (el muerto, obviamente). Está ahí en el cajón con total seguridad. Cerrado porque ella no quiere que lo vean así. Muerto.

Pienso en cómo se debe sentir estar ahí. Madera y terciopelo. ¿Será terciopelo? Por ahí ya no se usa. Por ahí es tan caro que lo forran con algodón o alguna otra tela barata e impermeable a los fluidos corporales. Sí, habrá fluidos. Todo se descompone en la vida. Menos el plástico. Pienso en las siliconas ¿las tetas quedarán en el fondo del cajón, entre los huesos, cuando ya no hay nada? Sonrío. Me permito hacerlo antes que me vea mamá. ¡Qué sé yo!

Imagino el aroma del cajón. Pino mezclado con barniz. Recuerdo que una vez lo deseé. Estar ahí, quieta, muerta. Era una solución sencilla a mis problemas. Tonta, cobarde, pero sencilla. No lo hice. No tuve el valor suficiente.

Siento el ahogo de la claustrofobia. Intento salir del cajón. Lo abro y me siento. El aire ahora es limpio. Quiero bajar del cajón pero el perro está esperando por mis huesos. La imaginación es mi primera enemiga. Si hubiera nacido sin imaginación, sin pensamientos mi vida hubiera sido otra con total seguridad, más feliz. Miro el perro. Respiro el aire que me rodea. La brisa veraniega me trae el aroma del tilo de los árboles. Tal vez en su cara haya una sonrisa. Quizás se la hayan quitado en la autopsia. No fue muerte natural. No. Hay que investigar las causas cuando no son naturales. Eso dice la policía. Eso dijo mamá.

Mi madre, 45 años casada con el mismo hombre. Ama de casa, madre de dos, integrante de la cooperadora del Rotary Club. Pilates tres veces por semana y clases de yoga para controlar su carácter. Tal vez eran clases de gestos y no de yoga. Quién sabe. Ella es un misterio. Me pregunto si llorará. Ella lo ama como se puede amar a alguien después de 45 años de convivencia. De discusiones. De peleas. Incluso hoy que está muerto. ¿Y yo? Lloro a mi padre…o quiero llorarlo en realidad. Quizás es la bronca. Quizás es la imagen del perro comiendo huesos humanos.

Mamá arregló todo. Así que tengo que esperarla a ella. A que llegue y la dejen pasar. Entonces y solo entonces voy a poder entrar y despedirme. Aunque ya no me escuche, obvio. Y tampoco quiera escucharme. Nunca lo hizo, al menos como yo hubiera querido. Entonces, ¿por qué lo haría ahora? Tan encerrado en ese cajón. Tan desfigurado que debe ser a cajón cerrado o tan feliz que su sonrisa sea ofensiva para un velatorio. Aun si el velorio es de él.

La tía Carmen llega.

2

La tía es hermana mayor de papá. Ahora camina lento con su bastón de aluminio de tres patas, pero supo ser una mujer hermosa, con presencia. Como mi hermana. La tía, era tan coqueta hasta que un día se tuvo que rendir a la ayuda mecánica del trípode. Ella que se cuidaba tanto.

La veo avejentada. ¿Sabrá algo de todo lo que pasó? En este momento creo que envidio al perro. A ese animal que se alimenta de huesos y que ignora lo que pasa a su alrededor. Que no entiende ni le importa el mundo más allá de sus necesidades perrunas, salvaje a veces, y básicas. Por sobre todas las cosas básicas. Instintivas. ¿Será eso lo que mató a papá?

La tía Carmen me mira. Tiene cara de desencajada, la misma que tuvo cuando la abuela hizo su primer edema agudo de pulmón. “Pensábamos que se moría”, repitió aquella vez. La abuela se salvó. Esa vez y tantas otras. Me pregunto ¿quién traerá a la abuela? ¿Podrá afrontar la muerte de su hijo? No es natural sobrevivir a un hijo. Aunque qué se yo. No tengo nada. Ahora tampoco tengo un padre.

Una mujer se acerca “Enseguida abrimos”, dice. Y veo que hace ese gesto, el de la condescendencia. Tiene la mirada de los que saben algo que uno no quiere que sepan. Como cuando

quedé embarazada a mis 17. Para mamá fue un horror. “La vida se te termina con un hijo…”, me gritó. ¿Será que a ella se le había terminado la vida cuando nací? Nunca me animé a preguntarle aunque no necesité respuesta. “Te arrastraste con cualquiera y ahora…”. Para mi estaba bien. Uno nunca sabe a qué se enfrenta cuando se transforma en rebelde. Eso me pasa por ser tan mansa. Siempre fui la nena de papá, la hijita bien, la de casa. La estudiosa de cuatro ojos. La feúcha y flacucha. Todo eso era hasta que él se fijó en mí. Y eso si fue toda una novedad ya que nadie lo hacía. Ahora tampoco, pero me la banco. Y bueno, en la primera vez ¡pum! No le erró y me dejó embarazada.

Desapareció en el segundo en que le dije “No me vino”. Nunca más lo vi. ¿Qué habrá sido de su vida?

La tía Carmen se seca unas lágrimas y no sé si acercarme o no. En los velorios hay como una competencia de dolor. Me pregunto si sufro más yo o ella. La tía perdió un hermano y yo perdí a mi padre. No sé cuál es el rol más importante. O cuál de los agujeros que deja es más grande: padre, esposo, hermano. Abuelo no. No quiso serlo.

No estoy acostumbrada a esto, a las condolencias, aunque sí a las pérdidas. Cuando mamá se enteró de mi preñez me llevó con un doctor que puso dos dedos en mi vagina, sin avisar. Hurgó ahí mientras a mí me dolía. Le dio un papel a mamá y después del depósito en la secretaría, me adormilaron un poco y lo próximo que supe fue que estaba despreñada. Desvirgada y despreñada. Así dijo mamá. Papá no dijo nada. Solo una mirada. La de “mi hija desapareció, se esfumó.” En ese momento me convertí en lo que soy, una mujer solitaria e incluso vacía.

Me acerco a la tía Carmen y la abrazo. Siento su corazón acelerado. Su mano que busca el pañuelo. Y el llanto descontrolado, de ella. No sé qué decirle o si decir algo. La sigo abrazando. No puedo llorar.

***

Primeros dos capítulos del libro Un perro en la puerta de la casa velatoria, publicado por Paisanita Editora (2019).

María Soledad Fernández es médica generalista, magíster en salud pública, y escritora. Nació en la ciudad de La Plata, en el año 1976. Publicó los libros de relatos, Misceláneas de la oscuridad, en 2014, Relatos de la parca, en 2015, y El barro del destino, en 2016. Participó en diversas antologías y revistas literarias. La Máquina de diagnosticar, su primera novela salió en 2017 por Malisia Editorial. Un perro en la puerta de la casa velatoria, su segunda novela resultó ganadora del 2° Concurso de Narrativa Bernardo Kordon, organizado por Paisanita Editora y Editorial Conejos.

***

Fotografía: Leonel Arance

Revista Muu+
Febrero 2020

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