Yair Magrino

El contorno de las cosas

Comienzo con la imagen que dispara este relato: mi primo Félix fumando con la mitad de su cuerpo recluido en la oscuridad. La luz entraba por una claraboya y dividía el salón de visitas. Mi primo Félix se reclinó en el asiento y su cuerpo entró por completo en la sombra. Yo estaba del lado de la luz (¿Lo estaba?). Pienso si estos detalles serán una forma de metáfora arquitectónica. Miré a uno de los policías que me registró en la entrada. Él también fumaba. Parecía exhausto. Miraba la claraboya como si pudiese obtener, de ese rectángulo mal ubicado, un paisaje, una forma de fuga. Debe estar harto de oír los reclamos a los abogados; harto de las lágrimas de las mujeres después de haber pasado por la sala de visitas higiénicas; harto de las oraciones para el gauchito Gil en las que piden fuerza para no claudicar o soportar la pérdida de la libertad. El policía volvió su cara a las mesas dónde estábamos sentados. Pensé: nos odia. Me corregí de inmediato: odia a los que están recluidos en las sombras. Es un error, pensé, que gente así tenga colgada de la cintura una pistola por la calle. Miré el reloj. Comprobé que habían pasado quince minutos. Félix mantuvo el silencio todo el tiempo.

La imagen que dispara este relato no es suficiente para que yo escriba. Félix, fumando en la oscuridad, alargando el silencio con el humo de su cigarro. Debo añadir las primeras palabras que me dijo después de varios años sin vernos. Me preguntó si había visto una película de Peter Bogdanovich. Luna de papel dijo que se llamaba. Me sorprendió que Félix  la conociera. Le dije que sí y ahí, el que mantuvo el silencio fui yo. Porque el ejercicio de recordar es de ese modo. Para volver hacia uno mismo es necesario el silencio.

Fumé yo también y traté de acomodar los dos hechos que su pregunta había disparado. Uno: antes de ir preso, Félix y yo intentamos acercarnos, recuperar, en cierto modo, el tiempo perdido. Dos: ver su nombre impreso en el copete del diario Clarín; su cara, a medias cubierta por una campera deportiva; la acusación de haber matado a su novia.  Uno: Félix aceptó en varias oportunidades la invitación de cenar en mi casa. Yo preparaba comidas que venían del pasado: pasta fasule, bifes a la portuguesa, etcétera. Dos: la vergüenza –tal vez injustificada- de haber leído el diario, de haber leído su nombre y visto su cara a medias cubierta por una campera deportiva (era blanca y azul), mientras yo me tomaba unas semanas de descanso en las sierras cordobesas. Uno: reconocer la falta del box set con la filmografía completa de Bogdanovich que había comprado en Berlín una noche post-cena con Félix. Yo sabía ya, a esa altura, que Félix estaba desbocado. Dos: ¿Habrían pasado dos años? ¿Estuvo siempre en Olmos o lo trasladaron desde Batán? ¿Cuánto tiempo le quedaba?

Dijo que no sabe cómo consiguió la película. Venía en una cajita de madera, dijo, no la pude vender. No sentí rencor. Tal vez por cobardía, repetí para mí un axioma que robé de un libro de José Bianco: soy amigo de las circunstancias, sucumbo ante ellas. Félix dijo que lo que más extraña es coger, que se sabe defender, que no la pasa tan mal, pero extraña sentirse lobo.  No dijo eso. Fue más vulgar. Me cuenta un detalle. Y es tal vez ese detalle el que dispara este relato, no la imagen de Félix fumando en la oscuridad, alargando el silencio con el humo de su cigarro. Me dijo que Luna de papel nunca fallaba. Había funcionado con su novia, la que mató. Me contó, después de un largo silencio que no supe llenar, que a veces, cuando algún amigo le mandaba plata, pasaba a la sala de visitas higiénicas. Media hora te dan, dijo, y siempre me sobran diez minutos. Hay algo triste, dijo, después de vaciarte y pagar. A Félix no le gusta pagar pero dijo que no le queda otra.  En esos diez minutos que me sobran, dijo, cierro los ojos, vuelvo al sillón de mi casa, repaso, una a una las escenas del comienzo de Luna de papel hasta que golpean la puerta y vuelvo a la celda. No me escuchan, dijo, pero no me importa. Por unos minutos, yo vuelvo a ser lobo.

Después fue un silencio incómodo hasta que hicieron sonar un silbato o una chicharra. Nos dimos la mano. Le prometí que volvería. Félix me preguntó para qué. Le di la mano. No me animé a preguntarle si necesitaba algo. Temía que dijera que sí. Desandé el camino, atravesé los portones enrejados y las puertas blindadas hasta la salida del penal de Olmos. Ya era la media tarde y la luz del sol caía, como en la sala de visitas, dividiendo la calle en dos. Decidí caminar hasta el auto persiguiendo esa línea ficticia, como si fuese una soga por la que camina un malabarista. Apareció un auto de frente. Sin darme cuenta, elegí una de las mitades de la calle. Del otro lado, la luz del sol le daba contorno a las cosas, a los árboles, a los autos estacionados. De mi lado, hacía frío.

YAIR MAGRINO. Buenos Aires, 1982. Es integrante del Grupo Alejandría. Dirigió el ciclo artístico multidisciplinario Club Zuviría. Autor de los libros Porcelanas (Ed. Milena Caserola) y Apuntes de Taxidermia (Colección Alejandría). Publicó cuentos en Canadá y en México. Algunos de sus cuentos integran las antologías del Concurso Binacional ARBOL (Secretaría de Industrias Culturales) y del Concurso de Relato Breve Osvaldo Soriano (UNLP). Wonderboy (ed. Alto Pogo, 2015) es su primera novela. Editor de Clubcinco Editores, sello dedicado a la reedición de literatura argentina contemporánea. En 2016 ganó la Beca de Fondo Nacional de las Artes. En 2018 lanzó Sorojchi editores, dedicado a la difusión de autores latinoamericanos En 2019 publicó su poemario “Pittsburgh” por Santos Locos.

Revista Muu+
Febrero 2020

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