Marente de Moor

Dice Juan Crasci, editor de AñosLuz, sobre Los grandes sonidos.

Los grandes sonidos, de Marente de Moor, representa al mismo tiempo una ruptura y una continuidad con respecto a las traducciones que publicamos con añosluz editora. Ruptura, porque por primera vez trabajamos con una obra no rusa; y continuidad, porque la autora vivió más de 10 años en San Petersburgo y se especializó en el estudio de la literatura de ese país. Cuando comenzamos a trabajar con Micaela Van Muylem –una de las traductoras, junto a Marcela Cazau–, en la idea de traducir alguna obra contemporánea neerlandesa, confiamos plenamente en su recomendación, siempre, con la mirada puesta en el trabajo previo de la editorial. Y la obra de de Moor nos pareció la indicada para abrir el camino hacia nuevas lenguas, nuevas traducciones. La novela transcurre en la Rusia de finales de la Unión Soviética, y si bien coquetea con elementos fantásticos, avanza hacia el recuento de la historia familiar de los personajes, y de la historia de la política rusa de mediados y fines del siglo XX. El espacio rural, abierto –para algunos– y opresivo –para otros personajes–, el abandono de los pueblos alejados de las grandes ciudades por parte de la URSS –y de los mismos habitantes–, la compañía de los animales, a veces inquietante, nos sumergen en un mundo natural distante, acechado por lo sobrenatural –esos sonidos inexplicables que caen del cielo– y en su interpretación metafórica: la de la historia de una familia: su disolución y posible reconstrucción, a través de la memoria y el relato”.


Capítulo 1

No oigo nada, pero ya está empezando a clarear. Ante mí se va dibujando el empapelado con pequeños conos y triángulos, detrás de mí la sala está a la espera. Con sus ventanas a medio oscurecer y los alféizares rotos. Con la silla de terciopelo sobre la que cuelga mi delantal como si yo todavía estuviera adentro. Con la mesa del comedor y sus cuatro patas sobre la alfombra, la vitrina con los animalitos de porcelana y las tres únicas copas de cristal que nos quedan. Con el alto umbral que siempre parece desearme lo peor, y el pasillo donde me voy a ver reflejada como en una negra acequia. En el pasillo hay dos puertas entornadas; una lleva a la cocina, a los platos sucios, la otra al cuarto donde está él.

La puerta principal está bien cerrada. Sin embargo, entre la puerta y el umbral se filtra escarcha desde la galería, contra la que a su vez empuja el jardín con sus treinta centímetros de nieve. Detrás del jardín está el portón que da al sendero, en el que mis huellas serán las primeras y las últimas, como la mayoría de los días. No nos detengamos demasiado allí; sigamos adelante, pasemos a la izquierda por la casa de Serpyakov con ventanas opacas y grises como los ojos de alguien con cataratas, y por la parada de colectivos a la derecha, también abandonada. Ya hace unos diez años, calculo, tal vez más. En todo caso, fue en el mismo año en que los colectivos dejaron de venir y se marchó nuestro único vecino. El año que prefiero no recordar.

Lo llamábamos Serpyakov el amable. En la región, su carácter era tan excepcional como el hecho de que su dentadura estuviera completa. Digamos que era de los que podían permitirse el lujo de reír a carcajadas. Y no bebía, ni siquiera cuando falleció su esposa. No sabemos por qué se fue, justo acababa de barnizar el alero de su casa. Quizás se tomó ese último colectivo y sencillamente no pudo volver, quizás no fue más que eso.

Después de la parada se extiende el campo, que antes se cultivaba, y hay unos veinte edificios, grandes y chicos, entre ellos una escuelita, la panadería y el centro de salud. Y detrás se encuentra el complejo de la vieja fábrica de baterías. Vacío y abandonado, y todo cubierto por dentro con el mismo polvo gris. Creo que es porque el tiempo transcurre demasiado rápido. Los días pasan volando, cada vez más veloces, el tiempo intenta pisar el freno y eso genera una polvareda. Sigamos, en dirección al pantano. Ese nunca le sirvió a nadie, al menos no en tiempos de paz. En este país, un pantano está destinado a los mosquitos o a los enemigos; si se los elimina ya no cumple ninguna función, lo único que hace es quedarse oliendo mal, como un veterano borracho en un sofá de la cocina. Detrás del pantano está el río, con sus bifurcaciones y confluencias. Luego se extienden hasta el límite provincial kilómetros y kilómetros de naturaleza inhóspita; si seguimos un buen trecho en dirección al sudeste llegamos a la capital, que guarda en la manga algunas otras ciudades milenarias. Seguimos y seguimos, pasando por cúpulas, portales, fortalezas, mucha estepa, bosques con árboles cada vez más altos, aldeas con gente que dice cada vez menos; el reloj avanza, se hace más tarde, o debo decir más temprano, en todo caso desde el este hasta mi cama se extienden siete husos horarios. Pero yo tengo acá delante estos conos y triángulos. Los pegué en la pared una semana después de la mudanza. ¿Qué pensé en ese momento? Que pronto los iba a cubrir con un empapelado mejor, no que los seguiría contemplando tras un abrir y cerrar de ojos de treinta y un años.

Todo seguirá en silencio unos cinco minutos más, todo duerme todavía. El tren sólo recorre estos bosques de noche, igual que los zorros y los tejones. Detrás de esta pared hay cosas que me dan calma: la reserva de leña apilada con tanta prolijidad, el arroyo con lucios, truchas y cangrejitos, el bosque, al que siempre llamábamos el bosque encantado por los hongos comestibles que crecen ahí hasta muy pasada la temporada. Esas cosas nos mantienen con vida, a pesar de que las autoridades sostengan, desde 2012, que no existimos más. Nos eliminaron de los registros, detrás del nombre de nuestro pueblo figura como cantidad de habitantes: cero. Y más allá, a ver qué otra cosa tenemos más allá… la ruta. Asfalto y rieles. El lago negro, que se llama así de verdad, y las minas, que los partisanos esparcieron entre el musgo con la esperanza de que las pisara un alemán. Desde ahí, tras una hora de coche, se está en Europa, entre los letones. Los otros. Mi ubicación entre unos y otros, con ciento cincuenta kilómetros hacia la proa y nueve mil a mis espaldas, no puede considerarse muy equilibrada.

Sin darme vuelta aliso la sábana detrás de mí. No, esa época ya se terminó. Lev no está más aquí, sino allá, en el escritorio, con sus manos secas sobre la frazada y las piernas húmedas debajo. Quizás duerme todavía, como todo lo demás en nuestro ridículo estado de cosas. Este es el momento del día en que sólo el suelo se mueve, con todo lo que se funde y avanza a rastras en él … de él asciende un vapor que riega toda la faz de la tierra. Últimamente la creación tiene lugar aquí cada mañana. Todos los días Dios arranca la página de su cuaderno y empieza de nuevo. Desearía poder oír algo de eso, pero para escuchar ruidos hay que alzar la vista. Se van oyendo de arriba hacia abajo, por orden de aparición: gorjeos, graznidos, zumbidos, susurros, aleteos, relinchos, ladridos, balidos, bufidos, cacareos, y, muy abajo entre las patas, unos gruñidos. El que es importante es el cuervo, que ahora se pone a dar vueltas por el alféizar de la ventana. No se lo puede pasar por alto. Es casi tan grande como el marco y tiene cien años. Cuando quiere decir algo abre el pico antes de que las palabras se inflen en su garganta, se ve venir. Casi todo lo que le sale son insultos; dice “hijo de puta” y “andate a la mierda”. Pero ahora no, me mira con un ojo, a punto de golpear el vidrio. La gente dice que los pájaros picotean los vidrios porque confunden su reflejo con el de un rival, pero esa es otra de esas teorías que se aceptan en las clases de la facultad sin detenerse a pensar, porque quien vive aquí sabe que esta tierra les pertenece a los animales y que esos animales siempre quieren algo de nosotros. De mí, en realidad, que soy la última habitante que aún conserva un cerebro como la gente. La primera vez que oí al cuervo pensé que eran nudillos humanos, tan pesado y rítmico era el golpeteo del pico contra el vidrio. Corrí la cortina, el pájaro me dio a entender que debía llevarle comida y lo obedecí. No debí haberlo hecho. Desde entonces cada mañana me despierta dos veces, con un intervalo de media hora, y dado que esta es la segunda vez, deben ser las siete.
—¡Maldición!
Escuchá, el ser humano ha dicho su primera palabra.
—¡Nadia!

Esa soy yo. La mujer. La que se da vuelta y reconoce la ventana y la silla, los trapos, la vitrina, porcelana, desnivel del umbral, pasillo, puerta de entrada, nieve, desorden, barro, y ve que todo eso la está esperando. Sólo se había olvidado del espejo, que tiene ese cuerpo adentro. A veces ella desearía que fuese su mirada la que se ha agudizado con los años, y su juicio el que se ha endurecido, y no que sea su carne la que se ha ablandado como los cimientos soterrados de un antiguo depósito. Y por supuesto que ha sido sobrecargada de cosas, como siempre ocurrió con todas las mujeres de campo de este mundo. Algunos dirán: esa de ahí, es una bruja. Y ella dice entonces: esa no es una mala idea.
—¡Nadiusha!

Todavía no puedo responder. Mi voz se despierta más tarde que el resto de mí. Se da vuelta una vez más allí dentro, calla malhumorada. Va a llegar un momento en el que mi voz ya no se levante más, por el simple hecho de que ya no tendré más nada que decir sobre este ridículo estado de cosas. Doy un pisotón y todo se pone en movimiento: mis pechos en el espejo, las copas en el armario, mis animales en sus recintos nocturnos. Sólo mi esposo se queda acostado, y grita. Al igual que mucha otra gente, grita porque tiene poco para decir, en todo caso, menos que antes.
—¡Nadyyy! ¿Ya te fijaste en el agua?

Dios mío, empezó el día. ¿Para qué, en realidad? ¿Por qué en este rincón dejado de la mano de Dios y de todos no se puede olvidar ni siquiera un día? Saltear una jornada, nada más, para que yo pueda empezar enseguida con la noche. ¿Alguien me puede explicar por qué por la diezmilésima vez me pongo este delantal, me apuro a ponerme estas pantuflas malolientes, me recojo la trenza? No lo ve nadie. Todo lo que limpio, mañana volverá a ensuciarse, lo que alimento, mañana volverá a tener hambre. ¿Qué pasaría si me quedara acostada? Simplemente comenzaría un nuevo día que no vería nadie. Pero mirá, acá voy de nuevo a verlo a mi esposo que se ha incorporado y está desnudo, seco y enojado. Su pecho, que sube y baja agitado, sigue musculoso y cubierto de pelo a pesar de todo, como si todavía hiciera la mayor parte del trabajo aquí.

Tiene casi veinte años más que yo. Lenia, Levonia, Lev Valerievich, profesor L. V. Bolotov, llamalo como quieras, pareciera estar en la plenitud de su vida, pero ya no puede ni siquiera hachar leña. O no tiene ganas.
—¿Ya te fijaste en el agua? —repite, apagado.
—No, todavía no. Recién me levanto.
—Seguro que va a haber menos que ayer.
—Ayer estaba bien.
—Deberíamos medir el chorro del agua —Con las manos cruzadas se cubre el sexo, que parece más grande que cuando todavía cogíamos. Parece ser que los hombres que nacen imbéciles tienen pijas grandes. La naturaleza quita pero también reconforta—. Tenemos que anotar el diámetro y enviárselo a la compañía de agua. Debemos hacer valer nuestros derechos.

En la ventana del medio, de las tres que tiene este cuarto, aparece nuestro chivo. Imposible ignorarlo. Sacando esa lengua que parece un bife podrido, produce sonidos mientras sacude la cabeza: “¡Blublablublahaha!”. Es uno de los misterios de esta casa y de sus alrededores: cómo tras tres años de enanismo nuestra encantadora cabrita empezó a crecer, le cambió la voz y de ahí en adelante empezó a producir el sonido de un adulto con un retraso mental. Porque era una hembrita, uno no puede equivocarse en eso, las cabras no son conejos. Aun así, en su tercer verano le empezó a crecer de todo: barba, cuernos, bolas. Miralo ahora, con sus cuatro patas hundidas en la nieve. “Pegale un tiro”, dice Lev, sin darse vuelta hacia el animal, porque está dejándose poner la bata de baño y las pantuflas. No presta atención a mis movimientos, sino que mira hacia arriba, hacia el cielo.
—¿Oíste algo anoche? —pregunta.
—No, quiero decir, del cielo.
—Ah, esos.
—Los Grandes Sonidos.
—Sí, sí…

Cuando mira con esa expresión de sabiduría, como ahora, logra hacerme dudar por un instante. Cuando mira así, de repente, pienso que sabe perfectamente bien lo que nos espera y que soy yo la que perdió el rumbo.
—Es algo meteorológico nada más —intento. La palabra “meteorológico” suena tranquilizadora, evoca la imagen de especialistas que tienen todo bajo control.
—Todavía no nos hemos librado de eso —insiste—, te apuesto lo que quieras.
—¡Blublablublahaha!
Lev se agarra la cabeza.
—¡Mi Dios, al matadero con ese monstruo! No puedo aguantar esto, encima. Ya anda todo demasiado mal.

Este es nuestro ridículo estado de cosas. Así es nuestro hogar desde que los chicos se fueron de casa y nos quedamos los dos solos. Si Lev hubiera sabido entonces que él también pasaría a formar parte de estas ridiculeces, se hubiera pegado un tiro, pero ahora va al baño, se mete en la bañadera, abre la canilla y se enjabona. Ah, no me hago ilusiones. Los momentos lúcidos como este nunca duran mucho, más tarde tendré que ayudarlo a levantarse; con lágrimas en los ojos me mirará sin verme mientras se le enfría la comida. Se precipitará afuera vociferando y escudriñará el cielo. Volverá a meterse en la cama, a decir que tenemos que llamarlo a Klimov. Zhenya Klimov, ornitólogo, fuente de toda sabiduría, amigo íntimo, fallecido hace unos diez años. Murió el año en que desapareció la parada de colectivos, y el vecino, y tantas cosas más, el año que prefiero no recordar.

Aunque sí me gusta pensar en el año 1984. El día de nuestra mudanza fue sofocante, una impresión guardada en nuestros recuerdos y corroborada por muchas fotos en papel mate. El viaje fue lento. Tres hombres y una mujer embarazada en un Lada Niva rojo con remolque. Fue lento, polvoriento, ensordecedor. Por sobre el traqueteo del motor, Klimov y Evchushkin acompañaban a los gritos “Un millón de rosas”, el hit que pasaban a cada rato en la radio, no sólo ese día sino todo ese año, y el año anterior, y los años posteriores también. Ala Borisovna, nuestra muy querida y ronca Madrecita de la Patria. Y yo estaba, pues, embarazada, y lo sentía con toda claridad por ese camino lleno de baches. Al igual que el Lada, yo tenía exceso de peso, un cargamento que no había sido concebido ahí sino en un cuarto de estudiante en Leningrado, en el sofá cama en el que aún hoy me acuesto, que acarreamos con nosotros entre los otros cachivaches modernos que no encajaban bien con la casa tradicional rusa que nos aguardaba. Como la televisión, por ejemplo, que Lev había sacado a escondidas del departamento de su exmujer la noche antes de nuestra partida, en la que en ese entonces podíamos sintonizar un canal, pero desde hace un par de años ya ni siquiera eso, y que, sin embargo, sigue de guardia, firme en el comedor, como un mayordomo anciano y ciego manteniendo las apariencias. El comedor es nuestro dormitorio, en realidad. Se suponía que íbamos a dormir arriba, igual que los chicos. Todos pensaron que estábamos locos por no esperar a que naciera nuestro primer hijo en la ciudad. Pero queríamos respirar un poco de aire fresco antes de eso y construir una cunita con nuestra propia madera. ¡Qué románticos éramos!

Un millón, un millón, un millón de rosas rojas, ¿las ves, desde la ventana? El que se enamora de verdad, transforma su vida en flores para ti.

Claro, y ahora no me la voy a poder sacar de la cabeza.
—Nayi, ¡se está terminando! ¡Ahora se termina para siempre!

Lev está en cuclillas en la bañadera e intenta juntar el agua que tose la canilla. El color se parece al de un té liviano y la presión va disminuyendo semana a semana. Comparto este temor, este sí. Sin agua no podemos vivir, ni siquiera nosotros. Si a nosotros, los habitantes olvidados a orillas del Malaya Smata, nos cortan el agua, tendremos que irnos. Podría salir a recoger nieve, pero una brazada entera alcanza apenas para una tetera. Y quién sabe qué tiene adentro, porque la verdadera contaminación es incolora. La fábrica lleva cerrada ya casi veinte años, sin embargo, a veces todavía me parece oler el alquitrán con el que sellaban esas baterías. Lev dice que de nuevo se me ocurren cosas raras, cuando le digo que huelo fantasmas.

—Ay, ay, ay —dice, rezumando miseria, pero cuando se despereza se tira un pedo, como si fuera lo más normal. Eso también es nuevo. El profesor Bolotov no se tiraba pedos, era un hombre pulcro que nunca salía de casa sin un pañuelo prolijamente doblado en seis con el que se limpiaba la nariz cuando estaba a punto de aseverar algo. Todos los días, uno limpio.
—Vení, la toalla, a comer.

Mido mis palabras, porque en este estado de ánimo aprovecha todo para entablar una discusión. Lev sigue siendo una persona categórica. No se ha simplificado con los años ni se le suavizó el alma en lo más mínimo, sigue disfrutando cuando me deja sin argumentos. Sus palabras se reproducen asexualmente, como las bacterias; sin ninguna influencia del exterior se dividen y crecen hasta ser pensamientos que ya no se le pueden sacar de la cabeza. Nunca le gustaron las conversaciones triviales. Cuando lo conocí podía llenar noches enteras con teorizaciones, sin mirarme a los ojos ni una vez. Yo tenía una edad en la que todavía se admira a los oradores. Recién cuando uno está viejo y solo, aprende a valorar las charlas triviales. Porque un discurso se le puede proferir a un árbol y se puede tener una discusión con un libro, pero para tener una charla ligera se precisan dos personas de carne y hueso, y de buena voluntad.

Lev es un poco más de carne y hueso cuando se sienta a la mesa de la cocina y olfatea. Primero le doy de comer a él, luego comen los animales. Guau, guau, pío, pío. La despensa está llena de nervios caninos desde hace un cuarto de hora. A la perra Bamsha le parece bastante factible que alguna vez nos olvidemos un día con ella adentro. Su tiempo depende de la mano que abre la puerta y la acaricia. Estalla de alegría y da vueltitas en redondo antes de poder hacer pis y comer. Después es el turno de las gallinas y las cabras, que salen corriendo de sus recintos sin hacerse caso entre ellas porque apuntan con sus perfiles únicamente a mí, a mis manos llenas de granos de trigo sarraceno y ortigas secas. Luego los gatos se frotan contra mis piernas, el caballo patea contra la puerta del establo, Lev grita desde la galería: que si esa sopa había sido todo. Soy dios, que hoy volvió a resucitar.

La casa cruje con el viento, está tan perdida como yo. La primera vez que la vi supe enseguida que era más femenina que yo. Más sabia. Con sus rasgos esbeltos pintados de blanco, y en la fachada una clematis en flor que no sobreviviría el invierno del 93-94. Adentro resonaban encantadores los ruidos de afuera. Hasta la suciedad olía bien, el polvo en el piso era suave. Me senté en la galería y miré nuestro estado de cosas, que en ese momento no mostraba todavía ninguna señal de ridiculez, sino que era exactamente tan idílico como yo lo había deseado, y la casa le prestó apoyo a mi espalda cansada. Luego del viaje de diez horas no nos quedó energía para desempacar. Sacamos algo de pescado del río, prendimos un fuego y llevamos lo que precisábamos para dormir hasta los escalones de la entrada. Lev se quedó allí más o menos como ahora, con las mangas de la camisa arremangadas. Seguro de todo lo que yo desconocía. Pensé que iba a alcanzarlo. Que nuestras edades se irían aproximando gracias al niño en mi vientre, gracias a esa mágica suma de madre e hijo.
—Creo que está volviendo —dice.

Estamos sentados en la galería debajo de una manta y compartimos un tazón de té recalentado. Lev mira al cielo. Yo lo miro a él. Los Grandes Sonidos, como los llama, no son truenos ni suceden durante un temporal; resuenan más fuerte que eso y ya ocurrieron tres veces. Lo pusieron nervioso. Resignate, le digo, estamos jubilados, es tiempo de rendirnos ante los días que se repiten, con todos los rituales y misterios que conllevan. Cuando uno está jubilado tiene que soplar en su taza de té y decir: ¡Eso sí que fue raro!

Está más callado, las aseveraciones han dado paso a las mismas preguntas, una y otra vez: si yo lo oí, si sé lo que es y si pienso que va a volver. No sé qué es más aterrador, que él tenga razón y, efectivamente, una gran calamidad se haya abatido sobre nosotros, o que yo quede a merced de su locura hasta el fin de nuestros días.

El cielo se ve amenazador, demasiado oscuro para esta hora del día. Pero, ¿es realmente esta hora del día? La gente de la ciudad no puede imaginarse lo rápido que se pasa el tiempo en el campo. Las mañanas se van con los animales (para quienes ninguna hora es la primera ni la última), con su comida y su bosta. Las tardes son para los cultivos, sus hongos y plagas, sus bordes cortantes contra los dedos y las duras raíces bajo los pies. Entre medio están los quehaceres domésticos sin sentido, y al llegar la noche uno está demasiado cansado. Aquí las cosas se rompen de verdad, lo imprevisible es terriblemente inoportuno, aquí el clima te juega en contra. Hay días en los que no veo nada más que las huellas de mis propias botas. La gente de la ciudad piensa que esta es una tierra de amplios paisajes que contemplamos felices con la mirada perdida hasta que oscurece, pero no es así, la vista desciende infinitamente hacia abajo, hacia el barro y la nieve que nunca terminan de secarse y nos obligan a agacharnos. Y es justamente ahí mismo, durante las duras labores, que salen a la superficie los recuerdos que esperabas haber enterrado. Hoy quería dar una vuelta en trineo con Plof para poder echar una mirada con calma a mi alrededor. Para concentrarme en lo que está creciendo o acaba de morir, en lo que sale del trasero del caballo, cae en la nieve y atrae, humeante, a insectos y pájaros. Pero ya está oscuro de nuevo.
—Ya lo siento —dice Lev—, está volviendo.
—¿Y con eso qué?

Me mira estupefacto y se concentra en su té. Nuestra conversación no irá mucho más lejos hoy.

Cerca de la medianoche impera aquí un silencio casi lunar. Ya pelé las papas para mañana, colgué la ropa, metí los animales en sus recintos y acosté a Lev. Recupero el aliento en mi silla, al borde de la galería. Aquí estoy, esperando tu tren. Decime, maquinista, ¿cuántas cosas ya esquivaste por un pelo? Es probable que siempre recorras el mismo trayecto, en el que preferís que no haya sorpresas, pero, ¿qué sucede si se te cruza de repente una manada de ciervos y no alcanzás a frenar? Esa posibilidad existe, en especial por aquí, incluso fuera de la época de apareamiento. Esos animales tampoco nos tienen miedo ya, te lo aseguro. Mi respiración sigue resonando, a veces junto con la llamada vacilante de una lechuza, que no está dirigida a mí. Pero el tren sí; ese está destinado sólo a mí. Y vos, maquinista, estás allí solo, el único que trabaja, despierto en tu cabina. Prometiste que todas las noches vendría un tren. Quizás esta vez sí pares. Ahora, a esperar, a no pensar en nada, no respirar demasiado fuerte, tragar el té, cerrar los ojos, escuchar. Ahí venís; ahí se acerca in crescendo el maremoto de hierro. Cada noche espero la mayor cantidad posible de vagones. Sin esos vagones ya no puedo dormirme, me calman tal como sabía hacerlo mi abuela. Nada es tan tranquilizador como el pensamiento de que todavía hay alguien cerca despierto, vestido, en su puesto. Cada noche, según lo que dure el paso de un cambiante número de vagones, vos y yo compartimos estos kilómetros desolados de nuestro país. Siempre llegás a tiempo, maquinista, a pesar de tu soledad, que es quizás mayor que la mía. Tu convoy traquetea manteniendo el ritmo, vagón tras vagón tras vagón tras vagón tras vagón. ¿También lo oís vos, desde la cabina? Un millón, un millón, un millón, un mii-llón, un mii-llón. Avanzás al ritmo de la canción en mi cabeza. Mantengo los ojos cerrados, mi corazón intenta alcanzar el traqueteo, tal vez hasta hagas sonar el silbato. Por desgracia, ya pasaste. La cadencia se disuelve en un ruido de fondo mucho más lento, decreciente, hasta que a ese también se lo lleva el viento. Eso fue todo por hoy. El bello encuentro fue breve, por la noche se la llevó lejos un tren, pero a ella le quedó en su vida la loca canción de las rosas… Sí, loca, podría volverme loca…

Foto: Eddo Hartmann

Marente de Moor (La Haya, 1972) trabajó como corresponsal en San Petersburgo durante varios años y escribió Petersburgse vertellingen (1999), basado en sus experiencias. Su primera novela, De overtreder, fue publicada en 2007. Por su segunda novela, De Nederlandse maagd (2010), recibió el Premio de Literatura AKO 2011 y el Premio de Literatura de la Unión Europea 2014. En 2013, su tercera novela Roundhay, tuinscène fue preseleccionada para el Premio Libris de literatura. También publicó el libro de columnas Kleine vogel, grote man (2013) y Gezellige verhalen (2015). Los grandes sonidos fue traducida para AñozLuz por Micaela van Muylem y Marcela Cazau.

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