Maru Leonhard

Transradio

Dicen Andrés Beláustegui, editor de Compañía Naviera Ilimitada, y Claudia Arce sobre Transradio:

“Siempre que empezamos a leer una novela inédita buscamos ese “resplandor” especial que tienen los buenos libros y que, a veces, puede llegar a esconderse en algo no del todo terminado. Con la lectura de la primera versión de Transradio, ese resplandor fue un rápido destello que cegaba, como el de un metal pulido que refleja la luz del sol. Aún así, como si se tratase solo del brillo provocado por un pequeño fragmento de metal de un artefacto mayor que permanece enterrado, Maru se tomó unos meses más para traernos la versión definitiva de la novela, donde la forma de ese artefacto maravilloso brillaba en todo su esplendor. Con el calor del sol de verano que se siente en la piel, los paisajes de ese Transradio que se pueden ver ahí adelante de nosotros al leer, todos esos vívidos personajes que los habitan. Y ese viaje intenso de Isabel en el espacio y en el tiempo totalmente desplegado. Ojalá que también perciban ese resplandor y que disfruten de esta historia tanto como nosotros”.


Capítulo I

Los ladrillos de vidrio del ventiluz estaban cubiertos por una capa de polvo reseco. Me subí al borde de la bañera, les pasé un trapo mojado y el agua barrosa bajó por los azulejos amarillos, la luz del sol atravesó el vidrio, de pronto el baño se volvió naranja y mamá canta, conmigo en brazos, envuelta en una toalla rosa.

Mamá se mueve rápido. Abre la canilla y me deposita como un paquete dentro de la bañera. No sé cómo hace, pero me frota los brazos al mismo tiempo que me saca la ropa, me dice que cierre los ojos, que le tenga el jabón. Sentate, ordena, y yo obedezco y sigo llorando, hace un rato que estoy llorando, pero no entiendo qué pasó. El agua se tiñe de marrón. Agarro un pastito y me lo llevo a la boca. Mamá me lo saca con un manotazo, su pelo colorado cae de nuevo sobre mi cara y yo de nuevo sin poder respirar, igual que un rato antes, cuando su voz me trajo de ese lugar oscuro en el que estaba metida. Un lugar al que no sabía cómo había llegado ni dónde quedaba, solo sentía los sapos nadando alrededor, los yuyos enredándose entre mis piernas, su voz lejana que me llamaba Isa, Isabel, hija. Había tratado de alcanzarla pero se alejaba, cambiaba de dirección, desaparecía. Cuando pude abrir los ojos la tenía encima, nunca la había visto tan cerca. Alguien aplaudió. Estaba anchado de negro, con una franja blanca que le atravesaba los ojos, después supe que era el vecino que me había sacado de la zanja en la que nunca se supo cómo me caí. Qué te pasó. Dónde estabas. Qué hiciste. Levantándome un brazo dijo lo primero, levantando el otro dijo lo segundo, apretándome el mentón, qué hiciste. Y otra vez desde el comienzo. Una pierna, qué te pasó. La otra, dónde estabas. La cara, qué hiciste. Y más rápido. Una mano, la otra, la cara. Un pie, el otro, la cara. Qué te pasó, dónde estabas, qué hiciste. Se sentó sobre la tapa del inodoro y bajó la cabeza, los rulos le taparon la cara pero ella siguió repitiéndolo, cuando volvió a mirarme estaba con los ojos colorados y llorando, me abrazó y me dijo perdón, qué hice. Ya no se desprendía barro de mi cuerpo, aunque todavía podía sentir un sabor extraño en el fondo de la garganta, como el de una comida que nunca había probado. Algunos años más tarde, tomando de un vaso que no era mío, me había reencontrado con ese mismo sabor, algo anisado, que se me queda adherido a la garganta y sube a la nariz y que siempre que vuelvo a sentir me recuerda a esa tarde en la que casi me ahogo. Mamá se secó la cara con una toalla, me sonrió y se acercó, me envolvió y me alzó. Nos sentamos en el piso y empezó a cantar. Mamá canta, el sol da de lleno en estos ladrillos de vidrio, me quedo dormida.

Martín entró de golpe. Yo seguía inmóvil, mirando el ventiluz naranja.
—Isa, ¿estás bien?, ¿qué hay?
—Un ladrillo roto, pero como de adentro, ¿lo ves?
Se acercó y miró. Un rayo inesperado se filtraba por el ladrillo de vidrio roto y se reflejaba entre las olas que se dibujaban en los azulejos.
—¿Se podrá cambiar eso? —pregunté.

Unos meses antes había encontrado la llave de la casa mientras vaciaba el departamento donde papá había pasado sus últimos años. Leí la etiqueta del llavero. Transradio, decía. Pensé en ese lugar como siempre lo había hecho, con cierta distancia, tratando de hacer foco en cada recuerdo, y aunque nada era completamente nítido, siempre tenía la misma sensación, que ahí había sido feliz. Hacía meses que estaba a la deriva y me aferré al manojo de llaves convencida de que había recibido la respuesta a una pregunta que me obsesionaba: qué iba a hacer ahora. Me comuniqué con uno de mis tíos para preguntarle cómo llegar. Se sorprendió al escucharme. ¿Veintisiete, ya? Qué grande. Hubo un silencio largo e incómodo cuando le dije que papá había muerto hacía dos años.

Martín y yo llegamos un sábado de enero, cerca del mediodía.
—Es ahí —señalé con desilusión.
No recordaba que la casa tuviera tan poca gracia. Un rectángulo petiso con dos ventanas, a la izquierda el living, a la derecha uno de los cuartos, y una puerta de madera blanca con la base un poco podrida y un tragaluz en la parte superior. La pintura estaba descascarada, se veían varias capas de lo que adiviné serían las capas de la vida familiar: la mudanza, mi nacimiento, la inundación, la muerte de mamá. Era un bodoque inmerso en un híbrido inexplicable, ni campo ni pueblo ni comunidad ni villa, que empezaba a media cuadra de la ruta y terminaba quince cuadras adentro. Una especie de poblado, un paraje a setenta kilómetros de Capital Federal. Setenta kilómetros pueden parecer mucho y a la vez poco y esa es una gran ventaja, lo que dejamos atrás está ahí nomás. La distancia en kilómetros, en apariencia siempre absoluta, tiene algunas cifras confusas. Setenta kilómetros. Es lejos pero no tanto, lo suficiente para volver a empezar.
—No es complicado salir si se inunda, en dos minutos estás en la ruta y en poco más de una hora estás en Capital —así había terminado de convencer a Martín de mudarnos, prometiéndole que era lo último que le pedía.
La escalada había comenzado unos meses antes. Que me dejara sola algunos días. Que se tomara unos días en el trabajo y me hiciera compañía. Que me consolara, que me dejara llorar tranquila. Que me dejara hacer mi duelo. Y que me cocinara, que me dejara dormir, que cerrara la persiana, que me acariciara el pelo, que me preparara el baño, que me hablara mucho, que se quedara callado, que nos fuéramos a la casa de mi infancia, que ahí iba a volver a estar bien, que era lo último que le pedía. Y él había accedido. A todo.

Entrando por la ruta había un depósito de materiales de construcción, después una casa blanca y pequeña, después la nuestra. Desde la vereda se podían escuchar los autos pasando a toda velocidad por el pavimento, una estela de ruido que duraba unos pocos segundos. Alguien me había enseñado cómo cruzarla. De qué tamaño tenía que ver los autos para saber que llegaba corriendo hasta el muro bajo que todavía hoy divide las dos manos. Pero nunca pude cruzar corriendo. Ahora me había reencontrado con esa ruta y con el susto que me daba cada auto, el ruido y la vibración y nunca saber cuánto tiempo tenía antes del siguiente. Cada vez que mi cuerpo amenazaba con arrancar, un sacudón de adrenalina me agitaba y retrocedía, siempre terminaba cediendo y caminaba al puente. El puente quedaba a menos de quinientos metros y cuando era chica lo usábamos poco, solo cuando yo insistía. Me gustaba pararme en el medio con mamá, mirar cómo venían los autos y pasaban por debajo de nosotras, darnos vuelta rápido y ver cómo volvían a aparecer del otro lado y se alejaban. Pero a ella no, a ella le gustaba cruzar por abajo, corriendo a toda velocidad. Yo nunca lo había logrado.

En la casa el panorama era menos desalentador de lo que yo esperaba. El pasto no estaba tan crecido y las plantas estaban florecidas y con la tierra húmeda. Creí que se había encargado un vecino, alguna señora que no tenía nada más que hacer.
—Ahora vas a ser como esas señoras —me dijo Martín.

Cuando abrimos la puerta todo estaba exactamente igual a como lo recordaba. Un modular de madera, un sillón de cuero, unas estanterías de vidrio, ningún adorno a la vista.
—Voy bajando las cajas.
—Todavía no. Quiero limpiar primero.
—No vas a terminar de limpiar hoy.
—Sí, voy a terminar.
—¿Y mientras tanto yo qué hago?
—Podrías ver cómo está la cosa en el cuartito del fondo, el de las herramientas.

Él asintió, pero mientras buscaba la llave del candado para dársela, pude ver de reojo su fastidio.

Yo tenía seis años cuando papá y los hermanos de mamá construyeron ese cuartito. Fue después de que me cayera en la zanja, cuando mamá se enfermó. No me decían qué tenía, solo que había que dejarla descansar. Pasaba el día encerrada en su cuarto y yo crecí pensando que había sido mi culpa. Que la tierra que había tragado cuando me hizo respiración boca a boca se le había adherido por dentro y la había oscurecido tanto que ya no podía salir a la luz del sol. Varios años más tarde entendí que mamá no salía de la cama porque estaba deprimida. Aunque alguna duda siempre me quedó.

El verano de esa construcción fue el último que vivimos ahí. Mis tíos, con sus esposas e hijos, se habían instalado con nosotros. Dormíamos apilados en el living, compartíamos camas y colchones y dos primas dormían en una reposera en la cocina. Recuerdo ese verano como una colonia de vacaciones eterna, pero después me enteré de que la convivencia solo había durado los quince días de la construcción. Me encantaba estar rodeada de visitas y que hubiera tanto movimiento en la casa, pero también me entristecía que mamá no estuviera con nosotros. No podía creer que se perdiera toda esa diversión. Arrancaban con el trabajo muy temprano, paraban un rato a la tarde y retomaban hasta la madrugada. Se quedaban despiertos mientras los chicos dormíamos. Yo los espiaba por el huequito de una persiana rota. Jugaban al truco, hablaban fuerte, encimados. Los ecos de las conversaciones me llegaban entrecortados, nunca entendía de qué hablaban pero siempre pensaba lo mismo, que cuando fuera grande quería ser como ellos. Mi reina, escuché una noche, y me asusté. Estaba a oscuras en el cuarto, mamá había entrado sin que me diera cuenta. Se sentó en el piso conmigo encima y nos quedamos las dos espiando la fiesta que había afuera. Alguien dijo algo y mamá se rio muy fuerte con una carcajada que heredé.
Se dieron vuelta y miraron hacia mi ventana, mamá se tapó la boca, ellos volvieron a lo suyo.

Yo era la primera en amanecer. Me gustaba salir al jardín enorme, escuchar las primeras chicharras, ir viendo cómo aparecían los demás. Parecía una coreografía. Hombres en cuero y transpirados yendo y viniendo, cruzándose entre sí, diciéndose algo al pasar. Extrañaba a mamá, me resultaba raro no verla aparecer como siempre, el pelo despeinado, en camisón y con una taza de café en la mano diciendo: Buen día, mi reina. Algunas mañanas trataba de colarme en su cuarto, pero solo una vez lo logré y no duré mucho, mamá se asustó al verme y papá me sacó rápido.

Las mujeres trabajaban en la cocina, los hombres en la construcción y los chicos ayudábamos en lo que fuera necesario: lavar platos, cortar fruta para la ensalada, mezclar la arena con la cal. Mi tarea preferida era ir al almacén con alguna de mis primas. Salir solas a la calle me daba una libertad que me costaba manejar, me ponía demasiado ansiosa. El almacén del gordo quedaba a dos cuadras. Para llegar pasábamos por una casa que a todos los primos nos cautivaba. Desde la vereda se veía un parque angosto y largo, decorado con enanos de jardín y una pileta de material en desuso. Me paraba delante de la reja y miraba hacia la casa de ladrillos blancos y la galería de cerámicos lustrosos que había en el fondo. Nunca supimos de quién era, empecé a tenerle miedo y a esquivarla cuando una de mis primas me convenció de que ahí vivía una bruja.

—El cuartito es un quilombo.
Martín estaba parado en la puerta y miraba cómo yo limpiaba los muebles con un trapo, lo mojaba, teñía el agua de marrón, escurría y volvía a limpiar.
—Medio que no se puede usar, te diría.

Me siguió hasta la cocina, donde tiré el agua sucia y volví a cargar el balde.
—O sea, sí, se puede. Pero hay que laburar un montón.

Se acostó sobre el piso del living, estiró la mano y la pasó por una línea que, a diez centímetros del piso, dividía la madera de la base del modular entre un color más oscuro y otro más desgastado y claro. Me senté a su lado, iba a venirme bien un recreo. Lo vi repasar cada mueble con la mirada y darse cuenta de que, cerca del piso, el tapizado del sillón era más oscuro, las maderas estaban descascaradas, las patas de las vitrinas de acero inoxidable, oxidadas.
—Por la inundación quedaron así. Hace como veinte años —expliqué sin que él preguntara. Cuando se murió mamá, agregué para mis adentros. De eso nunca hablaba en voz alta.
—Pero entonces fue grave, no sabía que acá se inundaba tanto.
—Sí. Mi viejo decía que perdieron todo, pero viste cómo era él con sus cosas, impecables o nada. Igual yo pensaba que habíamos abierto la puerta de la casa y que el agua llegaba hasta el techo y que se nos había caído una catarata encima.
—Dramática desde chiquita.
—Tengo hambre.

Salimos en busca del almacén del gordo. Mientras caminábamos recordé cuántas veces papá me había hablado de todo lo que perdió en la inundación. Me quedé sin nada de nada, repetía siempre antes de cerrar el tema. Crecí preguntándome si entre todo eso que perdió en la inundación estaba contada mamá.

La chica que nos atendió no supo de quién hablaba cuando le pregunté por el gordo. Pasamos por la casa de la bruja, estaba abandonada. Los enanos de jardín despintados, los postigos cerrados, la pileta con basura. Había pensado que la encontraría igual, que encontraría todo igual, que para la bruja y su casa el paso del tiempo no habría existido. Me asustó y apenó pensar cuánto de mi infancia ahí ya no existiría como yo lo recordaba.

Mientras comíamos tomates como si fueran manzanas, le conté a Martín que si cerraba los ojos podía ver la inundación. Que podía sentir que me ahogaba tratando de recuperar mis muñecas que flotaban, mi almohada preferida. Siempre me obsesionaron esas fantasías infantiles que se confunden con recuerdos verdaderos.

Le dije que para mí con esa falsa catarata había comenzado mi obsesión por el agua. Que el agua era lo mejor y lo peor. Que arruinaba muebles, pero también era alegría, felicidad, verano. Que después de eso, todos los recuerdos que tengo de cuando era chica tienen algo de agua: una pileta, el carnaval, la zanja donde me caí, mamá baldeando el patio de adelante. Mi momento preferido de la semana era los sábados a la mañana, cuando estábamos en casa y entre los tres teníamos que limpiar. A mí me tocaba pasarle la franela a los muebles y a todos los adornitos. Lo hacía bien y con alegría, pero sobre todo lo hacía rápido, quería estar libre para cuando mamá baldeara adelante. Me sentaba en el marco de la puerta y pasaba minutos mirando el sol reflejado en los baldosones, me gustaban los brillitos que se formaban y cómo el agua iba desapareciendo a medida que se secaba. Martín me dijo que a mí lo que me gusta es encontrar el origen de las cosas. Le dije que sí, claro, quién no quiere saber cómo empieza lo que alguna vez se va a terminar.

La puerta del cuarto más grande estaba cerrada con llave. Como cuando mamá estuvo enferma. Papá solo me dejaba ir a visitarla un ratito por día. Yo entraba y saltaba a la cama, mamá siempre estaba dormida y se asustaba, pero se ponía contenta cuando me encontraba ahí. Abría la sábana y me hacía acostar al lado de ella. Me peinaba los rulos. Decía que solo una persona con rulos puede peinar a otra con rulos. Yo también quería peinarla, pero era imposible, mi manito quedaba trabada entre los mechones gruesos que despedían un olor extraño.

La persiana estaba cerrada. No recordaba que los muebles estuvieran tan encimados unos con otros, apenas había lugar para caminar. Una cama, dos mesas de luz, una cómoda, un placard. Lo abrí despacio. Solo había algunas perchas colgadas y una valija cerrada. La saqué. La di vuelta sobre la cama. Adentro tenía vestidos floreados, eran los vestidos de mamá.

—A las coloradas nos quedan bien las flores —me había dicho alguna vez. En la valija también había una bolsa cerrada. La abrí rompiéndola un poco. Era mi ropa de bebé. Agarré una camiseta y la olí. Detrás de la humedad me pareció oler algo dulce, un perfume que me resultó conocido. Enseguida me sentí ahogada por una pena que me obligó a guardar todo rápido, metiendo a presión y cerrando la valija casi sin mirar. La deslicé debajo de la cama. Con el dedo recorrí una mancha amarillenta que había sobre el colchón, me dejé caer sobre él. Tenía el mismo olor agrio que sentía cuando visitaba a mamá, me quedé dormida peinándome los rulos.
—¡Mierdas!

Me despertó la puteada y me sorprendí al ver a Martín al lado mío, en la cama, preguntándome con la mirada qué había sido eso.
—¡Son unas mierdas! Vos sos una mierdaaaaaaa. Vos también. ¡Mierdas!
Los gritos venían de afuera, de nuestro fondo. Martín encaró y yo lo seguí un poco temerosa, diciéndole por lo bajo que agarrara un palo. Como no me hizo caso, cuando llegamos a la cocina lo agarré yo.
—¡Mierdas!
El grito, los gritos, se escuchaban cada vez más cerca y nítidos. Martín abrió la puerta y salió. Yo miré por encima de su hombro y lo vi antes que él: nuestro vecino del lado derecho, del que nos separaba una medianera de alambre tejido lleno de campanitas violetas de esas que se abren de día y se cierran de noche, era un mogólico que le gritaba a un punto perdido en algún lugar del horizonte.
—¡Son unas mierdas!
Nos quedamos mirándolo sin que nos registrara. Estaba parado en el medio de su jardín en cuero y con un short de baño azul marino. Parecía chico, pero con los down nunca se sabe si tienen quince o treinta y cinco.
Martín me rodeó con el brazo y me dio un beso.
—Se llama Ricardo, pero le decimos Ricky.
Me di vuelta sobresaltada y miré hacia la medianera de la izquierda. Por encima del muro se asomaba la cabecita de un nene de no más de siete años.
—Yo soy Emilio. Ustedes son nuevos.
—Nosotros somos nuevos, sí.
—¿Y van a vivir ahí?
—¡Mierdas!
—¡Sí! Era mi casa de cuando era chiquita como vos.
—¡¿Y la fantasma?!
—¡Mierdas!

Me reí con disimulo mientras caminamos hasta encontrarnos frente a frente con Emilio. Pensé en la casa de la bruja, en las casas abandonadas que siempre se vuelven refugio de fantasmas y monstruos y mitos para todos los chicos. Me asomé por encima de la pared y vi que estaba subido a un banquito. El mogólico seguía gritando.
—¿Qué fantasma?
—Hay una fantasma ahí. Todos saben.
—¿Y qué hace la fantasma que vive acá?

—¿Es amigo tuyo Ricky? ¿Siempre grita? —me interrumpió Martín, y me lanzó esa mirada que me lanza cuando quiere que me calle un poco, aunque esta vez no entendí qué tenía de malo preguntarle al nene por la fantasma que vivía en mi casa.
—No, no es mi amigo. Encima grita todos los días. A veces a la tarde nada más. A veces yo repito lo que dice y se va para adentro. A veces me tira cosas.
—¿Ricky?
—Sí, no es bueno conmigo. Mi mamá dijo que había gente nueva. Y dijo que no saludaron, y que acá la gente se saluda, que no es como allá que nadie se saluda.
—Es que estuvimos limpiando todo el día, Emilio, no fue a propósito. Decile a tu mamá que después voy a ir a presentarme, ahora estoy toda sucia y no puedo ir así.
Mientras entrábamos escuchamos que Emilio le gritaba a la madre ella tiene pelo rojo y Ricky está gritando de nuevo.

Cuando se hizo de noche volvimos a salir al patio a tomar una cerveza. Martín me dijo que al final no fui a lo de la mamá de Emilio, y le sonreí porque él sabe que yo nunca hago las cosas que digo que voy a hacer.

El silencio era interrumpido por unas voces lejanas que pensé que eran Ricky y sus padres. No corría viento, hacía mucho calor y el cielo estaba lleno de estrellas. Martín apagó la luz del patio y nos quedamos ahí, tomando y mirando el cielo. En verano siempre comíamos afuera. Mamá ponía velas en la mesa y yo me la pasaba mirando cómo la llama temblaba y a veces crecía. Pensaba que en cualquier momento iba a descontrolarse algo y prenderse fuego todo. Eso me asustaba.
Sentí una ráfaga de ansiedad que me subió de los pies a la cabeza, pero no quise moverme de ahí porque ahí estaba bien. Saqué un paquete de cigarrillos y le ofrecí uno a Martín. No lo aceptó y tampoco aprobó el que yo me prendí.
—En el campo la gente fuma.

Caminé por el jardín, el olor del pasto húmedo me recordó la lluvia, el olor de la tierra mojada de lluvia. Fui hasta el árbol de manzanas verdes. Son ácidas, no se pueden comer, me habían dicho. Cuando nos quedábamos solas, mamá me ayudaba a trepar al árbol. Era nuestro juego preferido. Yo me subía y desde ahí tenía que vigilar que no viniera nadie. Miraba los jardines vecinos, pero lo que más me gustaba era espiar a mamá, que se sacaba el vestido y tomaba sol desnuda, siempre peinándose los rulos, siempre con la piel brillosa, siempre recordándome Isa, mi reina, avisame si viene alguien. Si venía alguien yo tenía que hacer una especie de aullido, señal a la que mamá se encorvaba rápido y se ponía el vestido con un solo movimiento. A veces aullaba porque sí y ella hacía como que se enojaba.

Un día le pedí varias veces que me ayudara a bajar, pero ni me miró. Emprendí el camino, sola. El último paso era colgarme de una rama gruesa y saltar, pero cuando salté, grité. Me había lastimado. Tenía un raspón en el brazo y me gustó ver cómo empezaban a dibujarse unas rayas rojas sobre mi piel. No la oí llegar. Me asusté porque me tironeó del brazo, llevaba una botella en la mano, tiró el vino sobre la herida. Sentí ardor, me quemaba todo, grité con más fuerza, ella me besó el raspón y después los ojos llorosos.

Ahora miraba el árbol y no podía identificar por dónde era que me subía, de dónde era que me había caído. Pegué un salto y me colgué de la rama más alta que pude. Me quedé un rato, hasta que se replicaron en mi mano las arrugas de la madera. Cuando sentí frío en los dedos me solté. Caí y me miré las manos, estaban rojas y blancas, la sangre volvió a circular rápidamente y se humedecieron con transpiración. Caminé hasta donde estaba Martín. Se había prendido un cigarrillo.


Maru Leonhard. Nació en Buenos Aires en 1983 y se crió en Ramos Mejía. Estudió Diseño de Imagen y Sonido y actualmente trabaja como editora audiovisual y guionista. Transradio es su primera novela y allí hay huida y búsqueda, duelo, dolor y color. Visualmente potente y una simpleza particular, la autora no pasa desapercibida. Finalista del Premio Novela Fundación Medifé Filba que elije el mejor libro publicado en 2020, la novela ya va por la tercera edición de Compañía Naviera Ilimitada editores.

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