Gustavo Di Pace

La palabra-latido

Mientras escribía miró a su alrededor: ¿dónde estaba? Volvió a concentrarse. Tenía en la mano una palabra que latía y, con cuidado, la introducía en un enorme caldero hirviente. Lo hacía junto con otras y otras, para obtener la palabra dorada, brillante y todopoderosa. Giró la enorme cuchara en el líquido humeante sobre la llama y esperó. Así se hace el escritor, en la espera y el trabajo constante. Cuando sintió que llegaba a la instancia de transmutación, una secreta euforia le hizo vibrar las piernas, el estómago, el pecho. Levantó la vista del papel. Nada había cambiado y sin embargo… Se dejó llevar por estas experiencias a lo largo de numerosos días y cada una de sus noches, y se dio cuenta de que a medida que escribía un nuevo modo de existencia crecía en él, como una planta en un jardín o un planeta en un cúmulo de estrellas jóvenes. Una vez se vio a sí mismo pisando los pastos de una tierra inexplorada, los pies descalzos sobre la alfombra vital que se extendía hasta el horizonte bajo dos pequeños soles. Era una visión amorosa, con la ternura que nace de los recuerdos más profundos. Siguió escribiendo y surgieron entonces cientos de plantas con sus flores que se abrían y se convertían en coloridos mandalas. Frente a esos círculos de naturaleza simbólica buscó posibles significados. No tardó en comprender que debía evitarlo. La contemplación era la forma de acercamiento a ese lugar, a las dos esferas flotantes allí en el cielo alto y su fulgor. Debía aceptar lo que la escritura le presentaba y resistirse a aquella pregunta que brotaba con fuerza creciente. Al fin, ella no emanó de su voz sino de su pensamiento. “¿Dónde estoy?” le preguntó a ese cielo extraño. Y fue entonces que los mandalas le llenaron los ojos y el corazón de intensidad. La palabra-latido había resplandecido en el caldero y se plasmaba ahora en el papel. Los días siguientes aquel sitio volvió a él, o él volvió a ese sitio, y aún con los efectos de aquella plenitud y vértigo inéditos, escribió lo mejor que pudo.

Escribir es volver a ese lugar olvidado del cual provenimos.
Escribir es esperar a que el caldero haga lo suyo, y que la palabra-latido sea lo que quiere ser.


La palabra-latido es un fragmento de La escritura del Grito Primitivo.

Gustavo Di Pace (1969) Publicó los libros de cuentos Los patios interiores, Libris de Longseller, 2003, Mi yo multiplicado y El chico del ataúd, Alción Editora, 2011 y 2014 respectivamente, la novela Tuya es la sangre, en 2016 y el ensayo La escritura del Grito Primitivo, en 2018, bajo el mismo sello. Desde 2006 coordina El Respiradero, taller literario (www.elrespiradero.com.ar) y dicta seminarios en diversos ámbitos académicos y culturales (Centro Cultural San Martín, Centro Cultural Borges, Museo de Arte Popular José Hernández, etc).

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