Lautaro Vincon

El nido

Qué iba a saber Ludmila que esa no era la parada. Si para ella todo parecía lo mismo bajo los nubarrones amontonados en el cielo. Las mismas calles de tierra, las mismas montañas de basura en las veredas, las mismas casas con cortinas de plástico en las puertas, los mismos perros flacos durmiendo la siesta frente a las persianas bajas de los negocios. Se confundió. Tendría que haberle preguntado al chofer. De un lado, una estación de servicios abandonada; del otro, un desarmadero con coches oxidados y sin ruedas. Por encima de los techos, en medio de la manzana, una torre roja y blanca, las antenas hacia arriba. Brillaban por su ausencia los carteles en las esquinas que indicaran el nombre de las calles. Lo último que recordaba era el arroyo, más por su aspecto decadente y el olor a huevo podrido. Consultó su celular. El GPS muerto.

¿A quién le iba a preguntar? Pasaban rápido, apurados, los camiones por Camino General Belgrano; ese era el único dato que sabía: su compañera de la facultad, con quien haría el trabajo práctico, le había dicho que el 247 iba todo derechito por esa avenida. Si Ludmila hubiera puesto su casa en vez de comerse todo ese viaje… Pero no.

—Hola, disculpe, ¿esto es Solano? —le preguntó al señor que estaba echado en una silla del otro lado de la reja. En su cartel de luces, el kiosco decía “abierto 24 hs”.
El señor parpadeó como si lo hubieran sacado de algún trance. Bajó el volumen de la radio que tenía al lado.
—¿Sí?
—Si estamos en Solano quiero saber, disculpe que lo moleste.
—No, nena, no me molesta. ¿Solano? No conozco a un tal Solano.
—Una persona no, si estamos en la zona de Solano.
—Ah, no, querida, no. Para eso falta. Acá a dos cuadras recién está la rotonda.
—No soy de acá, me confundí y me bajé mal del colectivo, no sé dónde estoy y no me funciona el celular.
—¿La rotonda de Pasco conocés? Seguís por esta. Dos cuadras nomás.
—¿Para Solano falta mucho?
—Y, algo falta, sí.

Ludmila tenía dos opciones: volver caminando a la parada donde se había bajado y esperar el siguiente colectivo; o continuar hasta la próxima, que según el señor quedaba media cuadra antes de la dichosa rotonda. Agradeció la ayuda y le deseó unas buenas tardes.

Efectivamente, el kiosco era el único abierto a esa hora. Pasó por una farmacia, una agencia de lotería, un bar con las paredes pintadas de los colores de Boca, un templo evangélico, una ferretería. Ni una persiana levantada.

A menos de media cuadra, unos veinte metros adelante, caminaba otra chica sola. A Ludmila le llamó la atención el hombre que iba de la mano de enfrente. Cambió el rumbo de repente y, con la mirada fija en la chica, atravesó la avenida esquivando una moto. La chica aceleró el paso sin mirar el semáforo. El hombre empezó a trotar. Ludmila también. El hombre intentó ponerse a un lado de la chica, que negó con la cabeza y le respondió algo de manera agresiva. Ludmila corrió hasta ella.

—¡Hola! ¿Cómo andás? —saludó a la chica en una improvisación, olvidándose por completo de la parada que buscaba y del colectivo que la dejaría en la casa de su compañera.
La chica la abrazó.
—Agarrame del brazo como si me conocieras —susurró Ludmila.

El hombre, que fácilmente pasaría desapercibido entre la multitud, con la barba de una semana, pelo corto, zapatillas Converse, campera y jean a juego, se apartó. Continuó caminando hasta sacarles una cuadra de distancia y doblar en la rotonda que se adivinaba a lo lejos. Desapareció.

Le dijo que se llamaba Isabel, con los ojos llenos de lágrimas pero conteniendo el llanto. Ludmila también se presentó, emocionada, aturdida, intentando calmar la respiración.
—Gracias. Acá pasa todo el tiempo. Te descuidás y fuiste. Pensé cualquier cosa.
—Decí que te vi —dijo Ludmila. Imposible sacarse de la cabeza lo que podría haber sucedido. —¿Sos de la zona?
—Una cuadra, a la vuelta. Iba justo a mi casa.
—Te acompaño.
—Si tenés tus cosas, cero drama.
—Mirate cómo estás, cómo estamos, obvio, vamos, aparte con ese hijo de puta suelto…

Doblaron en la esquina. Isabel agradeciéndole por meterse; Ludmila temblando por no saber qué hubiese pasado si no se metía.

Una cuadra, a la vuelta, resultó ser la calle de tierra donde la mitad estaba ocupada por los charcos, como sopa sucia, de la última lluvia. Las casas bajas, con paredes de ladrillos sin revocar, se sucedían una al lado de la otra en duplicados perfectos; eran distintas solo por la ropa tendida en las terrazas. De los patios internos, las voces de los chicos llegaban en gritos y carcajadas. El contorno fucsia de una Santa Rita asomada en una medianera. Las sombras difusas de los tanques de agua proyectadas en el suelo.

Isabel entró en el descampado. El murmullo de los loros posados en las copas de los árboles; el verde camuflado en el verde. Crecían a sus anchas los yuyos secos. Chatarra desperdigada más allá: una parrilla, una bicicleta, un guardabarros. Cuando se acercó a la casa rodante y sacó la llave de su bolsillo, comprendió por fin Ludmila dónde vivía Isabel. Disimuló bastante bien la sorpresa, aunque por dentro se moría de ganas por preguntarle cómo había llegado a tal situación de precariedad. Confluían en la cola del vehículo los cables que se desprendían del tendido eléctrico.
—Vení, pasá.
—Permiso.

La cama de una plaza muy cerca de la mesa; la cocina a gas pegada a las puertitas de la mesada; el balde en medio del pasillo angosto que llevaba hasta el baño; un modelo viejo de televisor de tubo a un costado. A pesar del exterior, dentro del remolque estaba todo muy pulcro. El mantel decorado con una flor artificial, cortinas azules que daban ese toque de nublado permanente aunque afuera hiciera sol, los vidrios sin manchas, ni una mosquita.
—Sentate —Isabel señaló una de las dos sillas. Puso la pava al fuego—. ¿Qué tomás?
—Lo que tengas.
—¿Un té está bien? De tilo, que te calma, dicen.
Ludmila asintió.
—¿No conocés por acá, no? ¿Qué hacías?
—Iba a lo de una compañera de cursada, pero me equivoqué, me bajé antes, buscaba la parada cuando te vi.
—Qué tema, che.
Isabel colocó un saquito en cada taza. Las dejó sobre la mesa.
—¿Vivís sola? —preguntó Ludmila.
—Sí. Hace ya un tiempo. ¿Vos?
—También, me mudé hace poquito, es un monoambiente, para mí está bien, ¿viste?
—Sí. Si sos sola, te arreglás con poquito. O te termina haciendo la costumbre.
La pava silbó. Isabel sacó el agua del fuego.
—Decime hasta dónde.
—Llenala, sí, así está bien.

Las dos tazas hasta el borde. Los saquitos de té, indecisos, flotando a medias. Dedos de humo que se borraban en el aire. Sobre la cocina, la pava hirviendo.
Isabel se sentó del otro lado de la mesa. Cruzó las piernas.
—La otra vez quisieron hacer lo mismo. Casi agarran a una piba. Dos en moto eran.

Justo, por esas casualidades de la vida, pasaba un patrullero. Los chorros salieron rajando, ¿podés creerlo? Ni los agarraron. La policía los sigue un par de cuadras hasta que se pierden. Siempre es lo mismo. A esta hora fue también. Pero puede pasarte en cualquier momento.
—Encima está todo cerrado.
—Sí. Soy una loca. A las cinco empiezan a abrir de nuevo. Tendría que haber esperado. Pero pasa que… Es culpa mía al final. Por apurada fue.
—¿Era muy urgente?
—Sí y no. Viste cómo es. Cómo son algunas cosas.
—Y… eso depende.
—La verdad, no me aguantaba. Fui a ver a un pibe. Estamos saliendo. Hace poquito, casi nada. Unas semanas solamente. Lo conocí por un aviso que encontré pegado a un poste. Muy loco todo. Franco se llama. Es un genio. Arregla videocaseteras. Las de los casetes, de cuando éramos chicas. Porque vos tenés mi edad, ¿no?
—Veintiocho.
—Yo dos menos. La cuestión es que yo tengo una, una videocasetera digo, que no me anda. Y unos casetes que dejó mi viejo. Antes de morirse los dejó. Fue lo único que quedó de él. A mi vieja no le importó nunca.
—¿Dónde está? ¿No la ves más?
—Mi vieja se fue. Parece sacado de una película. Me dejó abandonada en un semáforo en plena Capital. Tendría yo unos siete. Me encontró mi hermano porque lo llamó una señora. Me llevaron con la policía. Yo estaba llorando. Me pidieron el nombre de Santi, mi hermano, el nombre completo. Lo ubicaron en lo de un amigo. Santi es cinco años más grande. Estaban jugando a la Play. Lo acompañó la mamá de su amigo a buscarme a la comisaría. No la vieron más a mi vieja. Santi una vez me dijo que se fue con otro.
—¿Y él?
—Santi se casó hace años. Vivía cerquita. Igual que Franco, por eso voy caminando a su casa. Nos veíamos a veces. En Navidad y en Año Nuevo comíamos todos juntos. Barbarita, mi cuñada, y los nenes. Una nena y un nene. Preciosos los dos. Pero se fueron. Cada vez menos hablaba con mi hermano hasta que vino un día y me dijo que se iba. Se iba por completo. Que no nos íbamos a ver más.

Isabel tomó el último sorbo de té. Le ofreció más a Ludmila. Ella dijo que no. Aprovechó para revisar su celular; seguía sin acceder a los datos móviles. Desvió la mirada hacia el descampado mientras Isabel se servía un poco más de agua. Del otro lado de la ventana, dos perros se corrían intercambiando roles cada pocos segundos.
—Me hacen compañía esos dos. No les puse nombre. A veces duermen en la puerta. Si algo sobra, les tiro un huesito —Isabel seguía la mirada de Ludmila. Volvió a sentarse. —¿Qué te decía?
—Tu hermano, que se fue.
—Me salió con que había nuevas modalidades de robo por la zona. Que te llegaban unos tipos para mirarte el medidor. Que si les pedías, te mostraban las autorizaciones. Todo falso era. Se te metían. Te robaban. Te pegaban. Te mataban. Santi nunca fue bueno para mentir. Yo me daba cuenta desde chiquita. Lo que te digo es que Barbarita le había llenado la cabeza. Y el boludo se la dejó llenar. No les gustaba que yo viviera acá, en la casa que dejó mi viejo, porque les parecía sucio, porque no es lugar para vivir. Aparte, a Barbarita no le gustó nunca el barrio. Ella era más de Recoleta, aunque sea de Burzaco. No la critico, eh. No te confundas. A Santi hace desde esa vez que no lo veo. Qué le voy a hacer… Qué pesada. Hablo mucho.
—Está bien, no me jode, mejor así te descargás de lo que pasó.
—¿Del tipo en Camino? Ah, que se curta. Mirá dónde vivo. Ponele que le voy a tener miedo.

Se rieron.
—¿Tu familia es más tranquila? Seguro que sí.
—Son… una familia, con sus cosas, pero los dos, mis viejos, viven en Flores, soy hija única, me vengo desde Boedo.
—Todo un viaje.
—Sí —Ludmila acabó su té.
—Por lo del tipo, la culpa fue mía. No te maquinés.
—No sé si es tan así, eso de que fue culpa tuya, vos podés andar por donde quieras a la hora que quieras.
—No te lo voy a negar. Pero podía aguantarme hasta más tarde. Me pudieron las ganas de verlo, a Franco, y encima me tenía que devolver la casetera. A más tardar la arregla esta semana. Le faltan los repuestos. No me aguanto más. Estoy colgada de la luz, sino es imposible ver la tele. Los vecinos son gamba, no dicen nada —tomó el control remoto que estaba sobre la mesada y encendió el televisor, sintonizado en Cartoon Network con el volumen bajo—. Suerte para mí que los videos los pude ver allá, en su casa.
—¿Los que dejó tu papá?
—Sí, son más bien raros. Unos, la mayoría, son míos, de cuando él me filmaba. Aparece Santi. Y mi vieja, que siempre se ponía la mano en la cara para no salir. Hay uno que Franco se mata de risa. No entiende por qué mi viejo lo grabó. Es como un documental de cigüeñas. Aparece sentado adelante de la cámara mi viejo, hablando.
—¿A qué se dedicaba?
—En una imprenta laburaba. Le agarró la manía a filmar cuando se compró la máquina en una oferta del Walmart. Se ve que empezó a grabar y me los fue guardando. En este que te digo, cuenta la historia de un tipo que encontró unas telas en los nidos de los bichos. Llamaron a unos científicos. Y adiviná. Le hicieron no sé qué estudios. Resultó que los trapos eran de la Edad Media. ¿Podés creerlo? Ropa colgada que se estaba secando y que deben de haber afanado para hacerse el nido, dijeron los científicos. Los hacen tan bien, para que duren bocha de años, porque siempre vuelven al mismo. Me gusta el video. Mi viejo no para de tirar datos. ¿Sabías que las parejas se reúnen para criar a los pichones? ¿Y que el macho también incuba a los huevitos?
—La verdad que no, no sé nada de las cigüeñas, nunca vi una, no hay en nuestro país me parece.
—No. Puede que en los zoológicos haya. Hace rato que no voy a uno. Igual, nunca me gustaron. Están todos encerrados.

Sonó una musiquita repetitiva. Isabel buscó en su bolsillo. Desbloqueó el celular. Gritó de alegría. Tecleó en la pantalla. Volvió a guardarlo.
—Era Franco. Parece que consiguió los que buscaba. Me la puede arreglar para dentro de un rato. Dice si quiero ir.
—Genial, me alegro, oíme, sabés que a mí no me funciona el celu…
—Tengo wifi. ¿Por qué no me dijiste?

Isabel le pasó la clave. Ludmila la anotó. Empezó a recibir los mensajes uno atrás del otro.
—Es mi amiga, me pregunta dónde estoy, es de Solano ella.
—Y… Decile Quilmes. Desde acá, te subís y será una media hora si le mete pata. O menos. Te acompaño a la parada. De paso, ya voy a verlo a aquél.

Ludmila le escribió a su compañera. Resumió la historia del hombre e Isabel. Se puso de pie. Comparado con el olor de los yuyos y del agua estancada, el interior del remolque olía a flores. Los loros y su murmullo, igual que antes. Se arrimaron los dos perros a olerlas. Los acariciaron. Ellos movieron los rabos. Volvieron a lo suyo, a correrse y tirarse tarascones sin llegar a lastimarse.
—Conocés un lugar que antes no conocías —dijo Isabel cuando se acercaban a la avenida—. Aunque a algunos no les guste vivir en el barrio. Barbarita no era la única. Muchos de los que viven ahí enfrente lo odian, pero no tienen la plata para irse. Si me quedo, es porque la casa rodante era de mi viejo. Capaz es por eso que estoy acá todavía. Le dije a Franco que soy como una cigüeña y no quiero abandonar el nido. Se me quedó serio. Lo tengo que llamar a Santi me dijo. Es la única familia que me queda. Según él, me tengo que ir. No es sano seguir sola. Me ato al pasado. Y eso me hace mal.
El sol tibio de invierno, en picada, les calentaba las mejillas. Se habían hecho las cinco.
—Si Franco te lo dijo, es porque te quiere, se preocupa.

Cruzaron la avenida. La rotonda a media cuadra. Camiones, motos, colectivos en ambos sentidos. Se quejaban las persianas de los negocios; retumbaban al levantarse. La gente salía de sus cuevas a comprar la cena. Ludmila entrecerró los ojos. El que venía, muy a lo lejos, era el suyo. Estiró el brazo para frenarlo. Isabel la abrazó. Le agradeció: por salvarla del hombre y por pasar un rato con ella. El 247 paró delante de las dos. Escupió el sonido neumático de la puerta. Con un pie en el primer escalón, oyó que Isabel le preguntaba:
—¿Vos qué harías? ¿Te quedarías o te irías?
Ludmila se giró.
—Qué voy a hacer yo que ni siquiera sé encontrar una parada.


Lautaro Vincon (Buenos Aires, 1991) Ha publicado cuentos en medios digitales de España y Latinoamérica. En sus historias conviven la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Además de su afición por la música y la fotografía, le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Integra la antología Cuentos META (Magma Editorial, 2019). Actualmente colabora en El Diario de Venezuela.

Revista Muu+ Mayo 2021

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