Osvaldo Bossi

La escuadra

Siempre se portó mal,
midió por su cuenta al mundo
en total desamparo
y desoyendo
las órdenes de la maestra
que no soportaba tales vértices,
tales ángulos de atrocidad.
Una mañana
la utilicé como revólver
y disparé contra el mundo
mi primer rencor.


La goma de borrar

La busqué
con desesperación
después de cometer el crimen;
tenía las manos llenas de sangre,
las manos
y el pantalón.
Pasé frente a un espejo
y divise mis lágrimas: gotas
de negro semen.
La busqué,
la busqué por toda la casa
pero se había ido
para siempre, papá
se había ido para siempre.


Dilema

Cómo hablar de una verga
sin que el señor o la señora
se ruboricen de solo verga?

Cómo hablar de una verga
sin que murmuren para sí:
esta verga no es verga
es error tipográfico?

Cómo hablar de una verga
sin que verga el censor,
cualquier censor,
con su espada de verga
y la verga de un tajo?

Y con qué verga
de la palabra universal
sustituir tu verga tangible?


Felicidad

Al frotar tu rodilla
no necesito
la lámpara de Aladino.


El amor está hecho de eso
que dejamos irse para no volver,
sin sentir que nada importante estuviera
pasando, hasta que eso, que era
como un espacio vacío, ocupa un día
todo nuestro universo. No somos
sino eso que no está, vemos por sus ojos
y hablamos por su voz. Aunque nos rebelemos,
demos vuelta los términos para salvarnos,
sabiendo que el amor no salva ni destruye
ni ve ni oye ni comprende.


El muchacho de los helados

Diez veranos pueden convertirse
en un solo verano eterno.

Como las chapas eran de cartón
las piezas se recalentaban enseguida
y salíamos cada tarde, grandes y chicos
como ratas por tirante
a refugiarnos bajo el único árbol
que daba sombra y frescura
en la vereda.

Allí estaba mi amigo Raulito
al que le decíamos D’Artagnan
pelando una caña flamígera
y mis primas Mónica, Ana y Marisel
trenzándose una a otra los cabellos
y un perro buldog
que pasaba de bobo a maligno, indistintamente
y mamá también, bajo la resolana
juntando las cáscaras de una sandía
destripada en segundos
y papá, para siempre
la camisa colgando de una rama,
en cueros, mientras escuchaba una emisora de radio
que pasaba todas las canciones de moda.

No corría una gota de aire.
Volaban a nuestro alrededor las moscas
y dormían los pájaros carpinteros.
De doña Damasia se decía
que era una vieja depravada
porque no usaba bombacha.
Yo, mientras tanto, con el rayo láser de mis anteojos
perforaba las hojas de los árboles
o quemaba, hasta que les salía un humito
(nunca hasta la muerte)
alguna que otra hormiga.

Todo hubiera seguido
en esa calma chicha, si a lo lejos
no se hubiera escuchado el silbato
del heladero.

*

Ahora los heladeros pasan
cada muerte de obispo,
uno distinto cada vez, pero entonces
era el mismo carrito tornasolado
y el mismo muchacho
sonriente.

Se estacionaba al lado del árbol.
La brea y el cemento
ardían como una olla al sol.

Después de quitarse la gorrita,
con un pañuelo o el dorso de la mano
se enjugaba el sudor
que le caía a chorros sobre la frente;
abría la tapa de su heladera ambulante
y nos daba esos copos
de agua empalagosa
en pequeños cucuruchos que saboreábamos
hasta el final.

Descalzos
saltábamos como monitos
alrededor de ese árbol de agua
fría como la nieve.

Papá se acercaba hasta el muchacho
recién cuando la repartija
había terminado, y nuestras lenguas
ávidas o morosas
se extasiaban con los cubitos de frutas.

Nunca llevaba su billetera.
Tenía una cadenita de oro
con una medallita de la virgen
colgando del cuello, un short azul y unas ojotas
que siempre quedaban por ahí.
Hablaba con el muchacho de los helados
y se reían.

Diez veranos iguales, eternos
habrán sumado una deuda
si no fatal, bastante estrepitosa.
Pero el muchacho de los helados
no parecía fastidiarse nunca
y tenía para conmigo
una inusual deferencia.

¿Qué le decía?

“Ese que ves ahí,
tan inofensivo como parece,
ahora mismo nos mira a los dos
con una cámara fotográfica
que guarda sombras,
y un día, estoy seguro, con los helados
hará un lindo poema
en donde vos y yo nos reímos
incansablemente
como dos niños congelados
por el amor y el tiempo.
Y hasta quizás, quién te dice,
se anime y lo titule: Oda
al muchacho de los helados”.

Mi papá
era capaz de hacer
cosas así, y peores.

Después le daba una palmadita en el hombro
y lo despedía.
El muchacho se alejaba
calle arriba o calle abajo
–no importa–
pedaleando sobre el carrito tornasolado
como sobre una nube de vapor.


Dormís bajo un puente

Dormís bajo un puente.
Las estrellas (cuando hay estrellas)
te espían desde lo ato
y alguna baja hasta tu corazón
y te arropa y te canta
una canción de cuna
para que sea ligero tu sueño,
para que la injusticia de este mundo
sea compensada de alguna manera.

Y ruego, ruego
desde mi casa pequeña
(pero casa al fin)
para que el ruido de los autos
pase de largo y nunca te despierte
y si no pudiendo evitarlo, te despierta
tengas un cigarrillo a mano y puedas fumar
a gusto, mirando la noche
como miramos la noche
todos los que nos sentimos solos y
desamparados alguna vez.


22

No confundamos la poesía con la vida,
Robin. La vida poética (por más bella que sea)
es una maldición. Allí, las manzanas se convierten
en frutos del pecado original, y las rosas
son un tiburón de amor rotando en un jardín
que no existe. En ese mundo, tu pelo no sería
tu pelo, y tu sexo no me empujaría con ese brío
que tienen las campanas. Si poetizamos
una copa de vino, nos quedamos sin vino
en la mesa de los amigos. Y sin vino y sin amigos,
para qué seguir… Que un elefante sea un elefante,
aunque no entre en una caja de bombones.
Y que tus labios huelan como tus labios
y tus axilas como tus axilas. Sin esa áspera
belleza, sin lo que toco y lo que me toca, mi casa
se derrumbaría. Que el polvo sea polvo.
Que la cebolla, limpia cebolla. Sin bosques,
sin alados corazones, sin Noche de San Juan.
La vida de un lado y la poesía del otro, como dos
monstruos que se estudian y conversan tranquilos,
a la distancia. Míralos con atención, Robin.
El primero que se descuide, morirá.

De Única luz del mundo, Poesía reunida 1988 – 2019. Caleta Olivia, Buenos Aires, 2019.


Osvaldo Bossi nació en Buenos Aires (Argentina) en 1960. Es poeta y narrador. Publicó los siguientes libros: Tres (Bajo la luna,1997), Fiel a una sombra (Siesta, 2001; Viajero insomne, 2014), El muchacho de los helados y otros poemas (Bajo la luna, 2006), Ruego por el tornado. Tres (Sigamos enamoradas,2006), Del Coyote al correcaminos (Huesos de Jibia,2007; Editorial Folía 2010), Esto no puede seguir así (Letras Y Bibliotecas de Córdoba, 2010), Casa de viento, antología personal (Nudista, 2011), Ni la noche ni el frío (Textos intrusos, 2012), Chicos malos y otros libros (Editorial Conejos, 2012), Como si yo fuera su novia (Editorial Mágicas naranjas, 2013), Adoro (Bajo la luna, 2009; Modesto Rimba, 2017), Yo soy aquel (Editorial Nudista, 2014) y A dónde vas con este frío (El ojo del mármol, 2016), Los poemas de amor que el Coyoye le escribió al Correcaminos (Mágicas naranjas, 2018), Las estrellas celosas (Alción, 2018). Forma parte de diversas antologías de poesía argentina y latinoamericana. A su cargo está la coordinación del ciclo de lecturas El rayo verde. Encargado de la formación en el área de escritura, coordina talleres de poesía en forma grupal e individual.

Revista Muu+ Enero 2021

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