Por Emilio Rodríguez.-
A mi primera Argentina llegué al final del dos mil doce, en un viaje que hice justo el día que debí haber asistido a mi acto de grado. A mi favor puedo decir que compré el pasaje mucho antes de saber qué día sería tal evento, y en mi contra (porque después descubrí el valor de las ceremonias) no cambié el vuelo cuando me enteré, le entregué el título a mi padre y me monté en el avión. Mi primera Argentina fue el resultado de la desesperación que tenía por salir de Maracaibo, del calor, de la universidad, del aire acondicionado, del sudor, de la gente que defendía la camisa y el pantalón a cuarenta grados, del calor, de la gente que no bailaba en las fiestas, de Chávez, de la apatía, de la homofobia, de la incesante sensación de no haber futuro, del calor, de mi casa y de otras cosas insoportables para la juventud.
Esa Argentina fue San Telmo y Bariloche, un mes de turista y otro mes de viajero (la vuelta a capital la hice a dedo), una Argentina de amigos que eran hermanos, o al revés.
Lo infinito de Buenos Aires no se reduce a San Telmo pero es un buen bocado y el esplendor de la geografía Argentina no son solamente los lagos de Río Negro pero por los dioses locales, qué cosa celestial.
Mi primera Argentina dejó una herida de amor muy profunda y cuando volví a Maracaibo no me pude curar. Se me ocurrió en algún momento resolver la cosa haciendo la maestría de psicoanálisis en Francia, pero como la historia reciente nos ha enseñado, ese país está segundo, porque aunque sabía suficiente francés, los bolívares se hacían cada vez más impotentes para cualquier cosa. Ese último año hubo marchas, vigilias, piedras y fuego, un ahogo generalizado, salíamos a protestar con convicciones mortales, yo tenía un pasaje. Argentina se abría como un camino posible, ya había probado lo que era un estado de derecho y por lo que empezaba a ponderar del psicoanálisis, una tierra vasta, ideal.
Mis últimos momentos en Maracaibo fueron de una suave tristeza que apenas velaba las ganas, como un incendio, de hacer la maestría en psicoanálisis en la universidad de Buenos Aires. Mi familia se volvió más silente, empezamos un duelo de sonrisas y miradas. Me despedí en la azotea, le dije adiós a los mechurrios que pintaban al cielo de rojo y a los relámpagos agonizantes del Catatumbo. En la mañana tuvimos que esquivar los piquetes de fuego desplegados por toda la ciudad para llegar al aeropuerto, desde el cielo se veía mejor, no exagero cuando digo que dejé una Maracaibo en llamas.
“Dentro de sí mismo, cada ser humano es geográfico, pero no siempre lo advierte. Pareciera como si temperaturas, terrenos, sabores hubiesen pertenecido a lo exterior y, sin embargo, tanto nuestros huesos como nuestros sueños no son posibles -en cada individuo- sin la correspondencia a que nos conduce aquello que considerábamos ajeno”, dice José Balza. Siempre recuerdo con fuerza el fuego y los relámpagos.
Mi segunda Argentina fue de la academia y del sobrevivir, en la universidad era un pez en el agua, pero después (en verdad primero) estaba el mundo y sus cosas, las cuentas por pagar. Cultivar el equilibrio entre la universidad y el trabajo fue el trámite más pesado de cualquiera de mis Argentinas, y aún no sé si lo he resuelto aunque pueda dormir mejor al respecto. En esos primeros años fue un desfile de laburos y laburitos y materias y horarios y todas las mieles que Buenos Aires le ofrece a un ser humano en sus veintes que me enseñaron -a la fuerza- a surfear más o menos bien las cosas. Frank Herbert dice que hay una ciencia del descontento donde se forjan los músculos humanos, esos tramos tienen un dolor y una belleza. Entre esos laburos y laburitos sufrí múltiples transformaciones, conocí oficios, productos y sobre todo personas, de tantos lugares que sentía tener a la mano varios mundos de referencia, como el del vino, que a decir verdad merece un libro en esta historia.
En mi segunda Argentina la cosa más maravillosa que sucedió fue la comunión con los locales, el ser argentino es un fenómeno de lo más curioso y digno de estudio. Gombrowicz ya hace más de medio siglo ofreció una descripción que sigue vigente: «Este país, saturado de juventud, tiene una especie de perennidad aristocrática propia de los seres que no necesitan avergonzarse y pueden moverse con facilidad. Hablo solamente de la juventud porque la característica de Argentina es una belleza joven y baja, próxima al suelo, y no se la encuentra en cantidades apreciables en capas medias o superiores. Aquí únicamente el vulgo es distinguido. Sólo el pueblo es Aristócrata». De las tantas cosas que me han enseñado los nativos creo que la capacidad de jugar y albergar algunas verdades ha sido la más provechosa, en ese ejercicio las cosas relevantes se aclaran y las accesorias se desvanecen, uno deja de pedir permiso y perdón. En mi segunda Argentina pasé de tener al mundo en mis manos a tener mi vida y no he encontrado renuncia más útil.
Una cosa curiosa, que no deja de sorprenderme fue el extrañísimo paso de mi siempre confiable y cómodo mundo de la poesía (que me ha acompañado desde la infancia) a la narrativa. Creo que desde la primera o tercera semana en mi segunda Argentina nació una intensa necesidad por escribir ficción, a lo mejor porque ya mi vida pasada necesitaba, requería, una ficcionalización o porque todo acá, las calles, las casas, los kioscos, las oficinas, pedían historizarse. Me llevó un tiempo comprometerme con la escritura, pero esa necesidad apareció casi automáticamente, alguna vez escuché que era un fenómeno clásico de los migrantes, otra vez alguien dijo que era el aire, no sé.
Hay un personaje que presenta Piglia en el prólogo de El último lector. Rusell es un fotógrafo que vive en Bajo Flores, que tiene una réplica de la ciudad diseñada microscópicamente, cada auto, ventana, árbol y foquito. No se sabe muy bien cuál ciudad responde a cuál, pero están conectadas. En mi segunda Argentina, con extrema recurrencia, sufría la compulsión de querer escribir la ciudad toda, de tener cada evento cotidiano reducido a párrafos, aunque yo estuviera enterado de este imposible, quería adueñarme de Buenos Aires, creo que para negar que día a día ella se adueñaba más de mí, a medida que ha aminorado esa compulsión he podido entregarme con placer, o mejor dicho, al revés.
A mi segunda Argentina también llegaron mis padres y mi hermano, y Maracaibo cada vez se sintió más lejos, como si me hubiera mudado de planeta. Nos reencontrarnos otros-iguales, se siente como una bendición.
Hubo una diferencia radical en la experiencia cotidiana más profunda que la efectividad del transporte público o cenar ya bien entrada la noche: la trayectoria del sol y el color de la luz cambia durante todo el año. Es curioso el efecto que tiene la conciencia del paso del tiempo y del movimiento de la tierra, para quien lo pueda atrapar es un recordatorio constante, «todo se mueve aunque estés quieto», y una invitación, «¿te unes?». Entre otras renuncias esta latitud no tiene el caribe, un detallito particularmente doloroso en verano y en invierno y siempre.
En mi segunda Argentina aprendí a hablar el dialecto local que tiene verdaderas joyas lingüísticas, hay miles, casi todas muy divertidas, pero mi favorita y la que rescato por su utilidad, es una especie de chiste, que consiste en que en el diálogo con un otro se puede pasar de hablar de primera persona del singular en presente, a referirse a uno mismo como tercera persona del singular en pasado, por ejemplo, se puede decir «mañana me mudo, estaba loco por cambiar de casa el pibe». Esta manera de referirse a uno mismo totalmente desdoblado, aunque suene un poquito irresponsable, es un modelo que admite que uno es varios, el que habla y el que piensa al que habla, abre la cancha para pensar con otros, esta invención local demuestra que al mismo tiempo que somos uno podemos ser otro. Con el tiempo se me fue mezclando el «vos» maracucho con el «vos» argentino, a veces los alterno y a propósito los uso donde no van, nadie se da cuenta, es un secreto. Hay otras cosas que no se me mezclan, cuando digo shuvia o cashe siempre es en chiste.
En mi segunda Argentina fue más fácil pensar a Venezuela y los procesos políticos, entender que la amenaza mesiánica puede ser tanto de derecha como de izquierda y ubicar las distancias entre los pueblos. Tenemos historias y procesos de ingeniería social muy diferentes, en Venezuela por ejemplo se nos enseña que somos el producto de una gran orgía entre negros, originales y blancos, acá faltó ese relato y en vez del mestizaje tienen la conquista del desierto, que ha dejado unos fantasmas que siempre susurran, silenciados precariamente con edificios neoclásicos y esculturas, es una canción con más notas graves, otra escala, otros problemas.

Mi tercera Argentina se abre entre el oficio, el amor y los paisajes. No sé qué cosa vino primero, pienso que mi cotidianidad con ésta Argentina no me permite leer bien en dónde estoy, pero, se parece mucho a un aterrizaje. Empecé a atender pacientes, me enamoré y viajé hacia una Argentina extendida casi el mismo día. Estoy seguro que el amor y los viajes vinieron juntos pues la mayoría los he hecho con Daniel, que no solamente me ha enseñado su país físicamente sino espiritualmente, un mapa de Zambas y Chacareras desde los valles calchaquíes hasta la pampa desmesurada. Daniel me ha transmitido su amor por todo lo susceptible de ser Argentino y por un cúmulo importante de almas que viven en Rada Tilly y otros lugares, almas que me verifican acá. Hay algo en el sur -debe ser el espacio humanamente insondable que se extiende hasta los hielos- que se ha quedado conmigo y que se renueva cada vez que vuelvo, una experiencia de vastedad que es como una meditación permanente, una calma. En cambio la ciudad instaló otra cosa en mi, cuando cae la neblina en Buenos Aires todo queda arropado en misterio, es una vastedad incierta y corta. Pero a medida que se avanza, se descubren las calles y los edificios, es como si el movimiento construyera el mundo.
Es en mi tercera Argentina donde he podido construir mi oficio y vivir de mi vocación, creo que solamente el amor se le parece a tan linda bendición. Ha tomado fuerza el recuerdo de esos días donde me escapaba del colegio para asistir a clases de psicoanálisis en la universidad y es curioso el fenómeno que ha aparecido en mi tercera Argentina al respecto: a medida que me he hecho menos fanático del psicoanálisis me ha empezado a gustar más y se me ha hecho más efectivo. A lo mejor es consecuencia de la historia de este país respecto al ejercicio del psicoanálisis, se parece mucho a ingresar a un coro. Gombrowicz dice que «hablar de obras maestras en Argentina no tiene sentido, aquí no existen obras maestras, sino simplemente obras, aquí la belleza no es nada anormal sino que constituye precisamente la materialización de una salud ordinaria …es el triunfo de la materia y no una revelación de Dios. Y esta belleza ordinaria sabe que no es nada extraordinaria …una belleza absolutamente profana, desprovista de gracia… y sin embargo, por su esencia misma parece estar fundida con la gracia y la divinidad, resulta fascinante por aparecérsenos como una renunciación».
Mi tercera Argentina me abrió el psicoanálisis, a mí y a los que han podido beneficiarse de mis servicios, a quienes se los he podido brindar. Un poco también es gracias a los colegas que son capaces de reconocerse como pares y con los que se trabaja constantemente para descubrir. Un amigo filósofo me comentó que para Platón el ser es lo que está entre dos unidades. No me equivoqué cuando pensé a este país como terreno fértil, entre otras cosas porque acá no hay última palabra y todo está por reescribirse. La universidad se me ha convertido en un refugio donde es legítimo proponer ideas y el consultorio en un laboratorio donde se logran cosas que le cambian la vida a la gente, como algunas veces me ha pasado a mi en el laboratorio de un psicoanalista.
Tengo que aclarar que cada Argentina de la que hablo no tiene orden cronológico estrictamente hablando, puedo pasar de la Argentina ideal, a la del cultivar el equilibrio, de la Argentina del oficio, a la del amor en un mismo momento, estas Argentinas conviven con otras que no serán mencionadas por su carácter íntimo e imposible, pero que existen.
Las palabras que les comparto tienen la intención de agradecer por unos diez años impresionantes, indecibles también, a un país que me abrazó con tanta fuerza que me ha hecho suyo, al que quiero como mío y al que me duele, como dolerá para siempre la palabra Venezuela. Ha sido un refugio para mi presente y mis futuros y para los que me leen gracias por ser parte. Me quedé donde sentí que había un porvenir posible, un lugar donde soñar, no me parece un mal consejo.
En estas Argentinas caben una cantidad imposible de nombres, algunos quedan como anécdotas y muchos, tantos otros, han sabido levantar altos edificios. El capítulo que reservo para los amigos que he hecho en Argentina es tan vasto que debería ser una biblia que jamás escribiré, por el simple hecho de ser inútil el emocionarse tanto por agradecimiento y por amor. Y si ese libro es grande y profundo no tengo palabras para los amigos de Venezuela que también viven acá, a muchos los he redescubierto, nos hemos reconocido también como otros-iguales. No hay metal ni mineral que se compare con el valor de esos nombres, de allá y de acá, para mi.
Por ahora viene siendo fácil agradecerle a cada Argentina.

Emilio Rodríguez Rodríguez. Maracaibo, Venezuela, 1989. Psicólogo egresado de la Universidad Rafael Urdaneta, docente en cursos de psicoanálisis en La Universidad del Zulia (2013), ejerce el psicoanálisis en Buenos Aires desde 2016. Primeros estudios realizados en NEL-Maracaibo y Maestría en psicoanálisis en la Universidad de Buenos Aires. Desarrolló el ejercicio poético desde la infancia y se incluyó en el 2020 al taller de Cecilia Di Tirro donde cultiva la narrativa. Lector, cinéfilo, melómano e investigador independiente. Tiene muchos amigos.

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