Victoria Mora

Los miserables

Moreno, 1938

Miss Jennie había aparecido en clase con una nueva idea. Parada frente a sus alumnos extendió un gran rollo de papel y lo colocó en el extremo izquierdo del pizarrón. Una vez que estuvo segura de que no se caería, señaló hacia el margen superior de la lámina.

Rodolfo vio unas nubes, entre ellas asomaba una figura en la que le pareció reconocer a Dios. Aunque estuviese bastante deformado, se notaba el esfuerzo de Miss Jennie, que le habría puesto más empeño a esa imagen que a ninguna otra. Abajo, al pie del afiche y  en un rojo furioso, asomaban unas llamas irregulares y un tridente.

─ Acá arriba a la derecha está el Padre que, como ustedes saben, todo lo ve. Cada

vez que se porten bien y progresen podrán acercarse con sus palomitas a Él.

Entonces, sacó de un sobre  inmaculado unos veinte pájaros blancos que llevaban en sus pechos los nombres de los alumnos de la clase. Uno a uno los mostró, cambiando el gesto de acuerdo al apellido que portara cada ave. Algunos, ya se sabía de antemano, llevaban nombres pesados como anclas, nunca llegarían siquiera a rozarle los faldones al Creador, más bien terminarían rodeados de llamas pegados a Satanás. Otros, que le sacaban a Miss Jennie una sonrisa, eran los candidatos a codearse con Dios en un corto tiempo.

Rodolfo sonrió cuando su paloma fue ubicada a un paso de las nubes sólo un esfuercito más y la gloria sería suya. Miss Jennie ordenó, entonces, sacar los cuadernos de gramática y terminar lo que había quedado pendiente del día anterior. Media hora después Rodolfo completaba los ejercicios inclinado sobre su cuaderno cuando sintió un golpe en la nuca, alzó la mirada y vio a Malone, que se acercó a su oído para decirle: tu mamá es una puta, después, siguió con su cuaderno abierto hacia el frente, donde Miss Jennie, que no había visto lo sucedido, continuaba revisando ejercicios. Malone se alejó como si nada hubiese pasado, dos pasos antes de llegar a la maestra giró la cabeza y le hizo un gesto apenas perceptible, una mueca que completaba la provocación. Rodolfo no podía creerlo, tener que soportar el cachetazo y el insulto lo llenaba de furia y no lo dejaba pensar. Rodolfo estiró su pierna en el momento exacto para que Malone cayera al piso desparramando cuaderno, lápiz y goma hacia los cuatro confines del aula. Miss Jennie se paró como impulsada por una picazón irresistible, roja de furia:

─ Walsh, lo quiero inmediatamente acá─ la punta de su regla fileteada de acero apuntaba hacia él como una espada.

Rodolfo caminó mirándola a los ojos en el trayecto de  cinco pasos que separaban su banco del pizarrón

─ Párese frente a mi escritorio y extienda las manos

Rodolfo se arremangó y estiró los brazos hacia ella. Miss Jennie lo miró a los ojos. Alzó su regla y empezó. Uno. Él le sostenía la mirada sin un gesto, sin una lágrima. Dos. Veía el gesto inconmovible de una mujer solitaria y sádica. Tres. Rodolfo no pensaba pestañear. Soportó sin un quejido los diez golpes en sus manos curtidas por el trabajo, le quedaron rojas y anestesiadas. Miss Jennie, con un gesto, le ordenó que volviera a su banco. Cuando apartó la mirada de su maestra escuchó el silencio que había en el aula, pudo verlo en la cara y los gestos de sus compañeros, incluso en la de Malone. La vista nublada por el dolor no le impedía reconocer cuánto habían cambiado todos allí dentro en apenas unos segundos.

 Se sentó en su pupitre. Volvió al cuaderno repleto de ejercicios gramaticales por terminar, pero no podía ni agarrar el lápiz. Se quedó mirando la etiqueta con la letra de su madre.

La había visto preparar esos cuadernos un domingo del año anterior. Ella lloraba en silencio, las lágrimas se le caían sobre el papel de forrar, pasaba a cada rato un trapo para limpiarlas. Tenía que separarse de sus dos hijos mayores a los que ya no podían alimentar, los entregaba. Era dejar que se murieran de hambre o ponerlos en ese colegio, para que fueran educados por los curas irlandeses. No había opción. Rodolfo había escuchado a sus padres discutirlo, no hay opción, Dora, había dicho su padre. Con nosotros se mueren, en la escuela los van a preparar y además van a comer todos los días. Su madre apenas balbuceaba, del otro lado de la pared no se entendía qué decía. Rodolfo podía imaginarla llorando, tanto como el día que forraba los cuadernos.

 Dos días antes de la partida había gastado sus últimos pesos para comprarles lo que se pedía en la lista del colegio. Había leído overalls, apresurada había ido al pueblo y comprado mamelucos grises.

─ Vamos, Rodolfo, quedate quieto, dejame ver cómo te queda─ le había rogado ella, mientras él anticipaba su resistencia a un lugar que, sospechaba, iba a ser hostil.

No se equivocó. El lunes siguiente, como bienvenida, él y su hermano estuvieron una hora sentados en un banco sin respaldo en un pasillo. Su madre los había dejado en la puerta de entrada, las madres no pasaban el umbral. Una puerta a dos aguas alta, con vidrios. Cuando ella tocó el timbre, un joven se asomó detrás de una de las cortinas. Rodolfo lo llegaría a conocer bien. No lo supo entonces, pero Gelty sería su celador y el causante de muchas noches de insomnio. Sin mover un músculo de la cara, apenas haciendo un gesto como señal de saludo, abrió y estiró el brazo para indicarles que pasaran. Los tres entraron a un edificio helado, Rodolfo levantó la vista. El techo quedaba demasiado lejos y era demasiado oscuro. Su madre les dio un beso y un abrazo a cada uno bajo la mirada del celador  que con los brazos cruzados no les dio ni un minuto solos.  Adiós, Señora, dijo, y abrió la puerta cuando su madre  intentó un gesto que anunciaba la repetición de la despedida. Ella apretó la correa de la cartera con ambas manos se dio vuelta y se fue sin palabras. Gelty cerró y les dijo a los chicos que lo acompañaran. A medida que caminaban por el pasillo y se alejaban de la puerta de calle el frío parecía agudizarse. Las paredes grises se interrumpían cada diez metros por una puerta igual a la anterior. Doblaron a la izquierda cuando ya no había por donde seguir caminando en línea recta.  En la segunda puerta el celador les hizo un gesto para que esperasen y golpeó. Abrió una mujer gorda con un estricto rodete en la nuca y un delantal gris, enorme, si el edificio se convirtiera en mujer sería así, pensó Rodolfo.

Miss Annie era la encargada de dormitorios. Despidió al celador y les dijo que esperasen en el banco sin respaldo frente a su puerta. Les había quitado las valijas y había cerrado la puerta. Un rato después, escucharon que ella los llamaba a los gritos. “¡Hermanos Walsh!”, repetía la voz chillona. Se acercaron corriendo. Acá no se corre. Les dijo parada al lado de un escritorio saturado de papeles. Con ambas manos agarró los mamelucos grises y con la misma voz aguda con la que los había llamado comenzó a gritar. Pero qué bruta, pero a quién se le ocurre ¿su madre no es acaso hija de irlandeses? Parece mentira tamaña brutalidad, confundir overalls con mamelucos, delantales, eso es lo que tenía que comprar, dijo acentuando las sílabas en delantales y marcando la D bien fuerte. Vayan, vuelvan al pasillo hasta que les encuentre delantales de su tamaño.

Rodolfo agachó la cabeza sin decir una palabra, caminó hacia el banco a esperar. Ni siquiera levantó la vista para mirar a su hermano que, sin dudas, se secaba las lágrimas con ese movimiento de llevarse la mano derecha a la cara, que Rodolfo intuía de costado. Cayó en la cuenta de que era la primera vez que escuchaba a alguien insultar a su madre. No sería la primera vez que pasara por eso en este lugar.

Rodolfo levantó la cabeza, volvió a posar su mirada sobre el afiche. Las manos le latían. Confirmó, una vez más, que el cielo y el infierno con su justicia divina, no eran más que una ficción poco eficaz.

Esa noche en el dormitorio se decidió a proponerles a sus compañeros algo que venía pensando hacía un tiempo. Cuando los platos se vaciaron de la sémola tibia, pasta blancuzca apenas comible, todos se levantaron para llevar sus platos sucios a la cocina y luego caminar en lento andar  a los baños y dormitorios.

Los cinco que compartían la habitación con Rodolfo habían encontrado la forma de convivir sin sobresaltos. Cansados de esperar el sueño con las mismas conversaciones sobre las cosas que todos ya sabían porque las soportaban a diario, a Rodolfo se le había ocurrido una idea. En aquel momento había tenido miedo de decirlo, pensaba que podía costarle caro. Ahora, ya tenía un lugar ganado a fuerza de inteligencia, picardía y puños ágiles. No supo distinguir porqué ese día consideró que era el momento, justo el mismo en que Miss Jennie lo había golpeado por primera vez. Las razones no le importaron y sin dar más vueltas les preguntó a sus compañeros si habían leído Los Miserables, el libro de Victor Hugo, el mismo que su madre les leía cada noche en el campo. Hubo un silencio generalizado. Se escuchó un no a cinco voces. Walsh siguió, ¿les gustaría que se los lea? Y de nuevo el silencio, ese tipo de silencio al que se le adivina cierta cautela. Habló O ‘Hara. A mí me parece bien, dijo. Los otros asintieron.

En algún momento de esa noche Rodolfo leyó “Señor director del hospital, voy a decirle algo. Aquí, evidentemente, hay un error. En el hospital son veintiséis personas en cinco o seis pequeñas habitaciones. Aquí nosotros somos tres, y tenemos sitio para sesenta. Hay un error, lo repito. Quédese usted con mi casa y yo me mudaré a la suya. Siento que esta le corresponde a usted”         

Carmody lo interrumpió para decir que ojalá ellos contaran con un cura así, entonces se ahorrarían la incomodidad de la pequeña habitación para seis cuando los directores y maestros tenían habitaciones del doble de tamaño para una sola persona. Esa noche todos durmieron mejor.

Más de uno confesaría meses después, en voz baja, cuánto deseaba que llegase la noche para escuchar la continuación de la historia. Quizás porque les hacía acordar un poco a ellos, porque así no se sentían tan solos en cierta desgracia.

Otra noche escucharon leer a Rodolfo: “A los ignorantes hay que enseñarles todo lo que sea posible; la sociedad es culpable por no darles instrucción gratis, es responsable de la oscuridad que produce. Si un alma sumida en sombras comete un pecado, el culpable no es el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.” Por primera vez supieron que no todos pensaban como Miss Jennie. Eran ahora menos culpables de su pobreza y su ignorancia. Aunque la maestra y su regla de acero se empeñaran en acusarlos cada clase.

La noche que llegaron al final de la novela, Rodolfo cerró el libro ajado. Se hizo silencio, mientras él lo guardaba en su armario bajo el único sweater que tenía: el que conservaba de su tiempo feliz, tejido por su madre. Luego, se acostó en su cama y miró hacia la penumbra, hasta que escuchó: Che, Walsh, ¿no tenés otro? No, respondió. Otra vez silencio. La misma voz preguntó ¿Leerías este de nuevo? Sí, contestó Rodolfo, mañana empiezo de vuelta.

Victoria Mora nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y escritora. Recibió el primer premio en el concurso de cuentos Premio Fiesta Nacional de las Letras por su obra “El último tren”. Otro de sus cuentos, “Un nuevo cielo”, fue incluido en una antología de la Federación de Asociaciones Gallegas. Actualmente es alumna de Claudia Piñeiro y colaboradora de la revista Kundra. Publicó el libro de cuentos Un mundo oscuro (Ediciones Llanto de mudo, Córdoba, 2014), Rodolfo Walsh escribir contra la muerte y  Arderá la memoria (2020).

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