Máquina

Riichi Yokomitsu

(Fragmento)

A veces, al principio, me preguntaba si el dueño del negocio estaba loco. Se había convencido de que su hijo, que no había cumplido ni tres años, no lo quería. Un niño tiene la obligación de querer a su padre, sentenciaba enojado. Cada vez que el niño, que apenas podía caminar, se caía en el tatami, le daba una excusa para golpear y regañar a su esposa: ¿por qué había dejado que se caiga cuando debía cuidarlo? A nosotros todo eso se nos hacía un paso de comedia. Para el hombre, en cambio, era algo serio, y entonces uno se preguntaba si no estaría loco. En cuanto el niño dejaba de llorar, el hombre de cuarenta años lo levantaba y se paseaba por la habitación con él en brazos. Y no era solo con su hijo que se comportaba raro. Había un rasgo de inmadurez en todo lo que hacía. Aquel era un negocio familiar del que su mujer, naturalmente, se había vuelto el centro. También era natural que los aliados de la mujer fueran quienes más poder ostentaban. Como mi relación era con el marido, siempre me tocaba hacer el trabajo que no le gustaba a nadie. Era trabajo desagradable, muy desagradable, pero necesario para que el negocio no dejara de funcionar; y eso me hacía a mí, en cierto modo, el centro de las cosas. Pero prefería callarlo, porque me rodeaban personas convencidas de que aquellos a quienes se les asignan tareas desagradables serían de otro modo inútiles. Sin embargo, el inútil a veces puede volverse necesario en tareas que resultan imposibles para otros; de todos los procesos químicos que se realizaban en esa fábrica de placas metálicas, a mí me tocaba trabajar con los químicos más peligrosos. Mi puesto era como un agujero en el que se tira a los que de otro modo serían inútiles. Ya metido en el agujero, noté que mi piel y mi ropa se arruinaban por el efecto del cloruro de hierro que usábamos para corroer metales, y que el bromo destruía mi garganta. No solo me resultaba imposible dormir, sino que mi cerebro parecía estar afectándose y mi vista se debilitaba. A una persona útil no la habrían tirado en semejante agujero. El dueño también había aprendido las mismas tareas en su juventud, probablemente porque por entonces también él era considerado una persona tan inútil como yo. En cualquier caso, no es que fuera tan estúpido como para querer quedarme ahí hasta convertirme en un inválido. Todo empezó cuando vine de un astillero en Kyūshū y en el tren de camino conocí a una viuda de más de cincuenta años, sin hijos ni casa. Me dijo que, después de alojarse un tiempo con unos parientes de Tokio, tenía planeado abrir una posada. Le respondí en broma que cuando consiguiera trabajo, alquilaría una de sus habitaciones; y entonces ella me dijo que me presentaría a sus parientes, que ellos tendrían algún trabajo para ofrecerme. Yo no tenía ninguna propuesta y algo en sus modales y en su aspecto elegante me hizo confiar en ella y seguirla. Al principio, mis tareas parecían fáciles; con el tiempo fui dándome cuenta de que los químicos estaban acabando con mi capacidad para trabajar. Mañana me voy, hoy es el último día, solía decirme. Pero habiendo aguantado ya tanto tiempo, decidí que al menos tenía que esperar a conocer los secretos de la profesión y me interesé por los procesos más peligrosos del trabajo. A uno de mis compañeros, de nombre Karube, se le metió en la cabeza que yo era un espía que había llegado para robarles los secretos del negocio. Como antiguo vecino de la familia de la esposa, a Karube se le permitían ciertas libertades a las que había respondido poniendo los intereses de la empresa sobre cualquier otra cosa y mostrándose como el empleado leal. Cada vez que yo sacaba un químico de alguno de los estantes, me miraba con ojos encendidos. Cada vez que yo pasaba cerca del cuarto oscuro, se acercaba haciendo ruido para dejarme en claro que me vigilaba. A mí todo eso me parecía absurdo, pero la seriedad con que él se lo tomaba daba miedo. Para Karube el cine era el mejor libro de texto; y las películas de detectives, el reflejo más fiel de la realidad. Era evidente que, al aparecerme ahí, me había convertido en el material perfecto para sus fabulaciones detectivescas. En realidad, sus ambiciones iban más allá de trabajar toda su vida en esa casa. Planeaba algún día abrir una sucursal, y no estaba dispuesto a permitir que yo robara el secreto del proceso de teñido en rojo, invento de nuestro empleador, antes de conocerlo él. A mí solo me interesaba aprender y no tenía planes de dedicarme toda la vida a ese trabajo; pero por más que se lo explicara, Karube no habría entendido; y lo cierto es que no estaba en condiciones de jurar que una vez aprendido el oficio, no lo haría mi forma de sustento de allí en más. En cualquier caso, me convencí de que era razonable que se sintiera un poco irritado y me olvidé del asunto. Su hostilidad creció y, aunque yo creía que era un tonto, sospeché que, justamente por su estupidez, podía volverse peligroso. Que alguien te convierta por capricho en su enemigo es bastante divertido, porque uno puede burlarse mientras dure el enfrentamiento; tardé en darme cuenta de que ese placer me estaba jugando en contra. A veces, cuando movía una silla o giraba una herramienta filosa, se me caía un martillo en la cabeza o las planchas de metal que amolábamos para fabricar las placas se desplomaban a mis pies. Donde debería haber un inofensivo compuesto de barniz y éter, de pronto había peligroso ácido crómico. Al principio atribuí estos incidentes a una negligencia; pero cuando caí en la cuenta de que Karube estaba detrás de ellos, llegué a la turbadora conclusión de que, si no era cuidadoso, mi vida corría peligro. Karube podía ser un tonto, pero era mayor que yo y tenía experiencia en la combinación de químicos. Sabía que, si mezclaba dicromato de amonio en el té de alguien, podía hacer pasar su muerte por suicidio. Desde entonces, cada vez que veía algo amarillo en mi comida, lo tomaba por ácido crómico, y ya me resultaba imposible siquiera mover los palillos. Con el tiempo esta cautela empezó a hacerme gracia: que intentara matarme, si tan fácil le resultaba. Y me olvidé otra vez del asunto.

***

Fragmento de La primavera llegó en un carro tirado por caballos (También el caracol, 2019). Traducción de Masako Kano, Mariana Alonso y Gabriela Occhionero.

 

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