Más se vacía uno, más se llena

Entrevista a Alejandra Laurencich,

por Lucía Vargas


8 de Octubre de 2014. Es una tarde húmeda en la ciudad de Buenos Aires. Tomo el tren rumbo a Vicente López. Cae el sol a eso de las 6 cuando llego a casa de Alejandra. Me recibe Brit, su perro. Entro y lo primero que miro es esa biblioteca llena de libros. Alejandra me invita a pasar, vamos al patio trasero de la casa que parece salido de un poema: verde creciendo de todos lados, subiendo por las paredes y los rincones; unas rosas se destacan al fondo, junto a las pequeñas flores anaranjadas.

Con mate de por medio y el grabador sobre la mesa, empezamos a conversar sobre las respuestas que ya había comenzado a contestar antes de que yo llegara (las mandé por mail), para ganar tiempo (ya eran las 18:15 y Alejandra da taller a eso de las 19:00 todos los martes y miércoles). Cada respuesta que leía me sacaba una sonrisa, me daban ganas de re-preguntar. Con el tiempo en contra, charlamos algunas.

Lo que voy a proponer en esta oportunidad es leer las respuestas para la entrevista y luego las “notas al pie” que van a ir surgiendo al margen: esas que nacieron del ratito que charlamos en persona. Una experiencia casi lúdica.

L- Sé que sos una lectora muy activa, que siempre estás actualizada en el panorama literario; pero quisiera preguntarte sobre esos libros "atemporales", esos que uno tiene cerca en la mesita de luz o en el escritorio... ¿Cuáles son esos libros a los que siempre volvés, esos que atesorás?
A- Hay varios. De Salinger, por ejemplo ya son tres: Franny and Zoeey, los Nueve cuentos, El cazador oculto; también El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy y Never Let me go, de Ishiguro. Esos son mis tesoritos. Me gusta cada tanto releer a Proust y a Joyce. Tengo muy a mano El oficio de mentir, el libro de conversaciones entre María Fasce y Abelardo Castillo, y un librito que se llama Valor para cambiar.

[Nota: Me detengo en Joyce. Le pregunto si le interesan los cuentos. Nombro Dublineses. Me dice que se queda con el Ulises. Me cuenta que se lo compró a los 14 años. Ahora me acuerdo una de las primeras veces que charlé con ella (justamente fue en una cena en La Vaca Mariposa) y que me contó sobre esa compra: uno de los primeros libros que adquirió por sí misma (si no es que el primero). Recuerda y me cuenta una anécdota familiar: hay partes del libro que se sabe de memoria. Recuerda a sus hijos y la relación que tuvieron desde chicos con el libro. Sonríe.]


L- Sobre la formación de escritor: fuiste alumna de Liliana Heker en su taller, y ahora sos tallerista. ¿Cómo fue tu experiencia desde el lugar de alumna y qué te impulsó a dar taller?
A- Como alumna supongo que era muy buena, jaja, nunca faltaba, o casi nunca, trabajaba como loca sobre lo que me mostraban como error, y aún sin entender por qué era un error confiaba en que si me lo estaban señalando era porque había razones para considerarlo así, que ya lo entendería, entonces confiaba en el criterio de Liliana, a la que consideraba mi maestra, y en todas las buenas devoluciones que recibía de los compañeros como Juan Sabia, Romina Doval y tantos otros. También recuerdo que mis propios análisis sobre los textos de los demás eran muy bienvenidos por la mayoría de los compañeros, e incluso por Liliana, que se complacía en las coincidencias, cuando las había. Creo que muchos de esos compañeros fueron los que me impulsaron a dar taller, porque eran los que me palmeaban la espalda: -che, muy buena devolución la que me diste hoy, o… me gustó mucho lo que dijiste de mi cuento, o lo que sea. Pensé entonces que si ese grupo que era tan exigente valoraba mi opinión, podría ayudar a otros a mejorar sus propios cuentos o novelas, así que empecé en una biblioteca popular, dando clases los sábados por la mañana. Era una contribución a la economía familiar haciendo lo que me gustaba, porque siempre me gustó hacer comprender a los demás lo que para mí resultaba comprensible, esa veta de docente la tuve desde chiquita, según recuerdo: el placer de transmitir mi conocimiento sobre un tema, el ver que da frutos en otro. Lo hacía en la escuela cada vez que alguien me lo pedía.

[Nota: Hablamos sobre las devoluciones y la importancia de una mirada constructiva sobre el texto ajeno en taller. Recuerda compañeros del taller de Heker con cariño. Le pregunto si siente que sus talleres la enriquecen: responde que sí, que cuando los alumnos recién comienzan es lindo ver cómo evolucionan y que después… ya avanzados, hay textos que sorprenden, que se genera un ida y vuelta. Le hablo de su trabajo como docente (yo soy alumna), hablamos de los diferentes tipos de talleres, según objetivos, según maestros…]

L- Tenés formación en bellas artes, carrera que abre la menta a un sin fin de expresiones plásticas. Después de ver, conocer, admirar la obra de tantos artistas... ¿Sentís que esa formación estética tiene repercusión en tu literatura? Si es así, ¿De qué forma?
A- Creo que toda la percepción visual que se estimula en Bellas Artes, o por lo menos en la época que yo estudiaba era así, porque tuve muy buenos maestros, repercute positivamente, porque es un canal de apreciación del mundo que se ha abierto y se conjuga con la apreciación personal, la profundiza. No sólo en la observación de la belleza, como hecho estético, también en el proceso creador, en esto de plantar una estructura, por ejemplo en lo escultórico, y a partir de ahí llegar a la forma final, o en el tallado de una pieza, en la dominación y aprovechamiento de los contrastes en pintura, en la búsqueda del equilibrio oculto, qué se yo, podría estar nombrando muchos de los conceptos plásticos que fui adquiriendo a lo largo de los siete años que hice bellas artes y que tranquilamente se trasladan al campo literario. Las líneas de fuerza en un dibujo, por ejemplo, pueden asociarse a los ejes de la narración, a las líneas narrativas que sostienen un cuento o una novela. El saber encuadrar, el conseguir un efecto por planos de color, que podría parangonarse con el manejo de los planos temporales en narrativa, no sé, si llevás cada una de estas búsquedas a lo literario podés encontrar similitudes, seguramente, es decir que el ojo está entrenado en una intención artística: el pintor, el escultor, saben que el oficio les sirve para expresarse, tanto como lo sabe el escritor.

[Nota: Recuerdo que en esta pregunta nos detuvimos un buen rato, por eso fue de la última que charlamos. Hablamos de la música como expresión artística, como parte fundamental de varios de sus textos. Me acordé de su cuento «Lo más grande que hay». Ella me cuenta una anécdota personal sobre algo que solía hacer de chica: musicalizar momentos que veía en la calle, todo en su cabeza, como si fuera un corto o una escena de alguna película. La mayoría, melancólicas. Se ríe. Hace el gesto de mirar a través de una ventanita juntando dos dedos en forma de “L” de cada mano (formando un rectángulo). Me la imagino ahora y pienso: -“Lo voy a probar, a ver qué tal”. Después nos vamos para el lado plástico, empezamos a hablar sobre las visiones del arte contemporáneo. Tocan el timbre: es hora del taller.]

L- El último número de La Balandra (maravillosa revista literaria circundante, de la cual Alejandra es directora) está dedicado íntegramente a la poesía, ¿Cuál es tu relación con este género?
A- Yo leía poesía desde muy chica, y escribía poesía. Recuerdo el deslumbramiento que me provocaron poemas de Wordsworth, de Rimbaud, o los haiku japoneses, todos esos libritos que estaban en la biblioteca de mis hermanos y que me fascinaban desde muy pequeñita, te digo siete u ocho años en adelante. A los trece o catorce ya escribía poemas y eran mi modo de expresión. Incluso en el 82, un mes antes de la guerra de Malvinas escribí un poema que era un anticipo de lo que vino, algo que todavía me sorprende, porque estaba durmiendo la siesta, boludeando mejor dicho, mirando el techo y tuve que levantarme a escribir eso que me apareció, y que hablaba del sur, de tabernas, de guerra. Lo escribí de un tirón, como si me lo dictara alguien y cuando lo leí me dije: ¿Y esto qué corno es? Porque no tenía nada que ver con mi vida de ese momento, ni con nada que yo hubiera vivido. Lo dejé en mi carpeta de poemas, y años después, cuando lo encontré y vi la fecha fue estremecedor: justo un mes antes de la guerra de Malvinas, que de ningún modo podía haber presagiado por los diarios, ya que esa guerra fue muy repentina. Bueno, así que disfruto enormemente con la poesía, y además en todos los años que escribí narrativa seguí conociendo poetas que admiraba, contemporáneos a los que hacía leer a mis amigos. Entonces, cuando pude publicar a toda esa gente maravillosa, lo hice. Y en el trabajo de investigación para la revista conocí a tantos poetas extraordinarios que ni sabía que existían. Fue muy bueno.

L- Los lectores podemos conocer la visión del escritor a través de su literatura: a través de los temas que elije, la construcción de sus personajes, el tono con el que escribe, entre otras cosas. ¿Crees que el escritor puede conocerse a sí mismo a través del proceso de creación de su literatura?
A- No sé si sobre la ficción, a mí me pasa mucho esto con mi diario, escribo un diario desde mis 18 años, y ahí sí, en la relectura de episodios que viví muchas veces logro un conocimiento de mí misma que me resulta muy valioso. Aprendo al leer cómo encaré alguna cuestión, o viendo la actitud con los que soporté un buen o un mal momento, o cosas por el estilo. Sí, con los diarios tengo una herramienta de autoconocimiento que recomiendo siempre a los demás, escriban su diario, van a ver cuánto de ustedes, o de las contingencias de la vida, de sus vaivenes, de sus espiralamientos, se ven reflejados con precisión absoluta.

L- Hoy en día existe un amplio espectro de escritores jóvenes contemporáneos (publicados en editoriales independientes, o inéditos pero que publican sus trabajos en redes sociales o e-books). ¿Qué pensás de este fenómeno? ¿Hay alguno que llame tu atención?
A- Es un fenómeno con dos aristas, como en el cuento de los taoístas, ¿Verdad? Suerte o desgracia: por un lado es fabuloso que haya tantos pibes que quieran escribir, que se afanen en esto de sentarse frente a un papel a poner por escrito sus personajes, su locura. Pero por otro, ahora parece tan fácil armarse un bloguito y subir lo que uno escribe y recibir comentarios de amigos y familiares que dicen: “esto es genial”, que creo que muchos se confunden. Confunden la tarea de escribir con la tarea de desahogarse a través de la escritura, es decir: confunden la literatura con la terapia, con la confesión, el desahogo.

L- Mirando en retrospectiva tu literatura y pensándote como escritora, repasando mentalmente esas inquietudes que movilizaron tu trabajo de escritora... ¿Cómo te pensás? ¿Crees estar más cerca de eso que anhelas decir con tu literatura? ¿Hacia dónde vas?
A- Más cerca no, porque basta que uno exprese algo para que aparezca otro anhelo, otro desafío, algo que está ahí nomás, pero a lo que hay que alcanzar todavía, a lo que no se llegó. Más se vacía uno, más se llena. ¡Y qué se yo adónde voy, adonde pueda!

Y ahí, en su casa, durante su taller, pude ver como Alejandra se llenaba del espíritu de la literatura que ayuda a construir en sus alumnos… de ese verde en su patio, de esa vida; y que se vaciaba, transparente, sincera… compartiendo todo lo que sabe, dando todo lo que tiene, con esa humildad y ese cariño que se ven cuando sonríe… eso que dice cuando calla.-


(Fotos: Lucía Vargas)

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