Simpatía por el diablo

Adriana Morán Sarmiento

Hay una escena de Lost in translation en la que varias personas disfrutan la noche de Tokio cantando en un karaoke. Un japonés hace una muy mala interpretación de Sympathy for the Devil de The Rolling Stones. Solo se escucha una vez. Magnífica, pegajosa.

Escuchar una hora y cuarenta minutos los ensayos de esta canción, por unos Rolling con pantalones rojos y botas de cuero rosado, no es tan fácil, por mucho fanatismo que se profese. Pero es preciso y necesario en el documental musical experimental que Jean-Luc Godard dirigió en 1968.

Habría que ser muy fanático de Godard, más bien, para escuchar la canción una y otra vez. En Sympathy for the Devil, los ensayos de la banda se combinan con fuertes imágenes de una época conflictiva en los Estados Unidos de finales de los 60, cuando movimientos contestatarios e insurgentes recitaban su necesidad de vivir en una sociedad más justa.

Cámara en mano, Godard se cuela en el estudio de grabación donde Mick Jagger y sus chicos intentan grabar la canción. Se suma la presencia de los Panteras Negras, el relato simultáneo de textos poéticos, fragmentos de novelas rusas y discursos políticos y estéticos subversivos; artistas haciendo grafitis, guerrilleros urbanos, referencias a Vietnam. Partes de un todo que atrapa, aunque no sea fácil digerir esta mezcolanza de propósitos y luchas.

En la edición es donde está la jugada maestra de Godard. El resultado es un testimonio de la contracultura occidental con un análisis visual sobre los movimientos e influencias de la época. Llamado primero One plus One, el documental es parte de la progresiva influencia del radicalismo político en el cine del director francés y de su incorporación al movimiento maoísta.

Al comienzo de The Dreamers, película en la que Bertolucci se excusa en el Mayo Francés para hacer homenaje al cine, o al revés; se muestran imágenes de Godard, y otros precursores de la nouvelle vague –François Truffaut, Jacques Rivette– tomando la Cinemateca Nacional. Así fue, ahí estaba Godard pensando ya quizás en la idea de «películas revolucionarias para audiencias revolucionarias».

Al papel protagónico de la banda de Jagger se suma el glamur underground de las Panteras Negras, su poesía y sus armas. Dato curioso, el documental muestra simulacros de enfrentamientos, violencia y sangre, y fue justo en 1968 que los miembros de las Panteras dejaron las armas para dedicarse totalmente al trabajo comunitario en barrios de California, una línea política que, si bien ejercían desde su creación como partido político, fue propulsada por una nueva horda de militantes universitarios.

Mientras tanto, al retintín de las guitarras, Mick Jagger juega con el diablo, el diablo se convierte en una especie de metonimia del momento histórico -debe estar del lado de los revolucionarios-, mientras Godard se estremece con la mezcla de diálogos e imágenes.

Revista Muu+
Febrero 2020

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