Sombras chinas

Flavia Pantanelli

La única resistencia que podemos ejercer es la de los recuerdos. Recostada sobre todas las almohadas, con este sol como de primavera entrando por la ventana, casi diría que me siento bien. Es todo suave en esta tarde de invierno, el golpe del pájaro contra el vidrio, el paso del aire en los pulmones, el de los recuerdos, de la culpa. La mujer de al lado, por ejemplo, pasa las tardes con un recuerdo almidonado. A la hora de la siesta se gira hacia la pared del fondo, y cuchichea con esa hija suya. Charla y ríe con su hija enmoñada toda la tarde y mueve los brazos, y después a mí me quiere hacer creer que reza. Hay que darle tiempo, ya se le va a pasar. Yo la miro por esas sombras chinas que dibuja con los brazos contra el blanco de la pared; yo la miro y me divierto, qué se le va a hacer, es tan poco lo que puede divertirla a una acá, donde todo está destinado al durar, a lo fisiológico y lo vegetal, tan poco para divertirse, yo la miro y veo en la pared del fondo, a veces caballos resollantes, y otras veces muertos en sus trincheras y antes de ayer, incluso, me pareció ver a Sari y tal vez sea por eso que hoy veo gatos, y más gatos, gatos mansos, gatos erizados, gatos con nombre y sin nombre, gatos recién nacidos, gatos muertos, y recuerdo todo aquello que empezó sin que sepamos cómo, que empezó como empieza casi todo, por azar o por un descuido, alguien había dejado la leñera abierta y una gata cualquiera se había metido para tener cría, y entonces, ahora, de la noche a la mañana, Sari se había encontrado al ir a cambiarle el agua a los diamantes del jaulón, con un gatito ciego, y hambriento, abandonado por aquella gata inmoral, gata desamorada y por eso mismo profundamente inmoral, en la leñera de la parrilla del fondo del patio. No habíamos tenido nunca gato en casa, bastaba ya con los perros viejos que habíamos sostenido hasta el final y los treinta diamantes que mamá había dejado en el jaulón, y papá, en ejercicio pleno de su potestad, me prohibió siquiera acercarme a la leñera, por aquello de la toxoplasmosis, la rabia, y creo que también la sarna, y todo el manual de infectología que para eso papá era un médico reputado. La toxoplasmosis te dejaba ciego, decía el nonno, que por algo había sido químico, y Sari en cambio, más doméstica y concreta, reforzaba la idea con la advertencia de que a los chicos desobedientes se les aparecía Añá de debajo de las camas a media noche y se los llevaba de las patas al infierno. La toxoplasmosis y la sarna y por su fuera poco Añá que te llevaba de las patas, así que, el gato, ni de cerca. Ni de cerca ver a ese gatito, pero sí imaginarlo como en las láminas de los libros ¿Cómo sería? Negro, todo negro. El pelo brillante y los ojos verdes y yo le pondría un collar y él me defendería como una pantera feroz, pero conmigo sería suave, el gatito, lo más suave del mundo, o un poco suave y un poco áspero como este aire que ahora me raspa apenas al entrar a los bronquios, este estertor cuando respiro que es casi un ronroneo. Lo primero fue la decepción, nada de negro, el pelo de un gris indefinido, deslucido, emparchado; me miraba con unos ojos perplejos y temerosos, pero pasado ese primer momento me dejé encantar por su tamaño, tan minúsculo y el aspecto tan desvalido, tan raquítico que era de enternecer, así que metí la mano en la leñera con toda la intención de agarrarlo, pero él tiró un zarpazo, maulló de una forma ridículamente amenazadora y después, agotada su batería de armas, corrió a esconderse entre los leños. Feo, deslucido y arisco, entonces, aquel gato, pero posiblemente domesticable, según Sari, a base de queso crema y picadillo. El gatito. Abandonado por la gata inmoral. El huérfano. El nonno, que antes había propuesto ahogarlo en un balde, ahora se ofrecía tirarlo en la vía del tren. Pero papá dijo que los gatos mantenían lejos a los ratones y cuando papá se pronunciaba sobre cualquier tema, el asunto se zanjaba en ese mismo momento, y el gato se quedó nomás. Sin nombre, eso sí, dijo. Ahora que baja la tarde, el sol suave que entraba por la ventana se va dejando desplazar por una luz sucia y alargada que se filtra entre las copas de los árboles; la mujer de la otra cama sigue hablando en voz baja con su hija primorosa. Alza apenas el brazo, lo estira y remeda una caricia. Dice Inesita. Inesita. Sin nombre, el gato, igual que los diamantes del jaulón. Incivilizado, siempre arisco, siempre ajeno. El huérfano. Ni siquiera un entenado. A medida que anochece, estos flecos de sol que se abren paso como pueden entre las ramas de los árboles, a través de las cortinas pesadas, lamen, apenas, el aire, van perdiendo la capacidad de recortar las sombras del cuarto, de separarlas de la negrura en la que pronto se van a fundir completamente. Y con la negrura, se clausurarán los ruidos y los movimientos, el desfilar de tanto guardapolvo blanco y también, por hoy, la función de sombras chinas.

Pero falta para eso, falta mucho, todavía tenemos que enfrentar el inevitable ritual de la comida. La orden férrea de papá era no alimentarlo, porque gato con guantes, pero Sari, en el, diría, único acto de rebeldía que le conocí, salía al patio cada tarde con una lata de paté en la mano, la golpeaba con la cuchara para alertar al gato, vaciaba la lata, y esperaba, inútilmente. Solo cuando ella volvía a la cocina, él llegaba, sinuoso, vigilante, y comía rápido, en estado de alerta, como robando. Ya escucho los primeros ruidos, lejanos, en el pasillo; los primeros movimientos de una sinfonía que se repite, idéntica, cada tarde. Son ellas, que vienen. Al principio son rumores mínimos, que pueden parecer casuales al oído no experimentado, cada tanto un tintineo, y después otro que se suma al anterior, que se enlazan y organizan, se preparan para atacarnos primero con el olor del pollo hervido, y en seguida el arreciar del frufrú de los pies de las mucamas en uniformes celestes hollando apenas el flexiplas del piso y las voces y los golpes en las puertas y toda la munición gruesa, todo, comida, uniformes, jeringas, pastillas, chatas, sondas, formando una muralla sólida que se acerca, el ejército de la sanidad, armado hasta los dientes para la batalla de la cena, y en seguida cómo le va abuela, mientras corren las cortinas, qué buena moza se la ve, y levantan la cama, no sabe la comida rica que le prepararon hoy, y todas las mentiras repugnantes, necesarias, para soportar la vida acá, para resistir otro día más en este lugar, nosotras sin remedio, y ellas también sin remedio. Después es el turno de las enfermeras, al mando de la cava que marca el paso: un ejército eficiente y blanco que avanza por los corredores, armadas con sus jeringas, con sus chatas y los termómetros tomando por asalto los cuartos, violándolos con su vitalidad falsa y sus uniformes almidonados y sus sonrisas pintadas, y otra vez buenas abuela, cómo le va abuela, abuela de quién, de qué, abuela tu abuela, y toda esa energía aséptica, profiláctica, y de nuevo las mucamas celestes, levantando colchones, sacudiendo sábanas revoleando caspas y seborreas, venteando su olor a orines, a antibióticos, cambiando pañales, denunciando hasta las más íntimas vergüenzas, aniquilándolas, porque no hay lugar para vergüenzas acá, hasta eso nos sacan, queda solo el campo yermo de lo vegetal. Aquí llega, ya están acá, todo el ejercito de voluntades, la hermandad del caldo de pollo con su himno de bandejas chocando, metal contra metal, contra el parante de los carritos. La sopa de pollo y el puré aguachento y grisáceo, la sopa viscosa, primigenia, recocinada y el puré entristecido, y el jugo de ciruelas, porque todo en este lugar es funcional y recetado. Si la vieras a la estúpida de la mujer de al lado, deja de hablar con la hija y se endereza casi contenta, ordena y aplana las sábanas con la palma de la mano y recibe su bandeja, agradecida como una huérfana, ya se le va a pasar, ya se le va a pasar, le doy una semana, no más. Todo útil y terapéutico y fisiológico, acá. También el puré. También el jugo de ciruela. Y todo bendecido, ungido, por la compota de manzanas, como una hostia, como el cuerpo de Cristo. Pero a quién puede gustarle la compota de manzana. Cómo olvidarlo. A ella le gustaba. A ella sí. A la amiga de papá le encantaba.

La amiga de papá, que cada vez venía más seguido, tan bien sentada, ella, tan compuesta en el sillón verde de pana, en medio del living como un adorno, siempre sonriente. A lo último había empezado a venir también a tomar el té entre semana, casi día por medio. A ella sí, a ella le encantaba la compota de manzana. Nunca la llamé por su nombre, nunca. Pisístrata le decíamos en secreto con Sari. Aunque Sari le decía Pistrita y se reía con su boca abierta y los ojos de lago, sin terminar de entender lo que yo tampoco podía explicarle, porque tampoco yo sabía lo que significaba aquella palabra, pero que era sonora como un insulto y que más de una vez se la había escuchado decir a mamá. Pisístrata, entonces, de un día para otro instalada en el sillón del living, con su sombrerito redondo y el sempiterno collar de perlas, y aquel gato de Java, una bola suave, tan blanca y tibia, siempre en el brazo izquierdo, y la boquilla en la mano derecha, y la sonrisa dura, tan roja, clavada en la cara, la boca aquella tan carnosa, tan roja y tan húmeda pero tan dura, y su voz perfecta, modulada y perfecta y dura, y cada dos minutos su lengua rosada, su pequeña lengua rosada repasándose los dientes para que no se le mancharan de todo aquel rojo. La pequeña lengua rosa, ella, en su boca, y la pequeña lengua rosa, su gato, en las patas. Una y otra vez. Y otra vez. Y yo nunca la llamé por su nombre. Nunca. Y una tarde le dije corista, que también lo había escuchado alguna vez, y papá me dio un sopapo, y la prohibición de retirarme de la mesa, la obligación de permanecer con el sopapo puesto y el cuarto oscilante como un mal de mar, y la voz de ella modulando aquella palabra: coreuta. Coreuta, querida, coreuta, dijo a través del sopapo, con su sonrisa roja, y se sirvió otro poco de té y miró por la ventana mientras volvía a acariciar a su gato todo blanco. Y reía. Y papá reía, también, por todo y todo el tiempo, olvidado del humo y de que era doctor, olvidado por completo de la toxoplasmosis y de la ceguera, de la tuberculosis y de la sarna y olvidado sobre todo de que mamá. Reía con la coreuta y jugaba con Alphonse. Porque ese gato tenía nombre, ese gato sí tenía nombre: Alphonse. La mujer de la cama de al lado sorbe la sopa con ruido y con fe. La sopa, esa mezcla de comida y remedio. La sopa ruidosa, con fe. Traga después el puré religioso. La redención de todo mal por obra y gracia del puré y la compota. Es una creyente y se entrega a la liturgia del alimento. Hay que darle tiempo. Yo le doy una semana, no más, para que empiece a flaquear su devoción, a devolver la bandeja como vino, y a organizar, como casi todas, un tráfico clandestino de galletitas desmigajadas, facturas aplastadas y tartas de zapallitos, que algún familiar trae de regalo alguna tarde, entonces sí va a dar gusto verla roer con las encías lisas las facturas viejas, las galletas de agua, rápido, antes de que venga la cava, como robando, juntando la migas con miedo, siempre en falta, como el gato, que no bajaba así como así del techo, Sari decía que qué dulzura se podía esperar de un gato como ese, abandonado a su suerte, sin ni siquiera un nombre. Alphonse en cambio, hay que ver cómo comía, como la mujer acá al lado, comía, con deleite, con parsimonia, sobre la mesada de la cocina. Debe haber sido el calor de diciembre, pienso yo. Un calor de infierno como este que ahora sale del radiador de al lado de mi cama. Sí, debe haber sido el calor tremendo y Sari entonces debe haber dejado la ventana de la cocina abierta. Eso, y que Alphonse se debería sentir, ya, tan dueño de casa. Yo estaba sentada en el silloncito del patio, vi las piernas de Sari que caminaban hasta el fondo y vi el ruedo de su pollera levantarse cuando ella se agachó dejando al aire sus piernas gordas, llenas de nudos, y vi sus manos gruesas, puro cuero, vaciar la comida del gato en la lata, golpear la cuchara contra el borde. Su boca no la vi, tapada por el pelo que le caía sobre la cara, pero se debe haber abierto apenas para decir como cada día gato, gato. Vi al gato en el techo de la parrilla y vi la bola blanca que era Alphonse salir por la ventana, lo vi caminar satisfecho, orondo, y pasar con toda su pompa, una pata delante de la otra, una pata delante de la otra, la cola en alto, no como la del gato, que era una advertencia, un arma, sino de otro modo, esa cola era puro gozo, una lujuria. Vi a nuestro gato expectante en el borde del techo de la parrilla, lo vi mirar a Alphonse que se acercaba a su plato, lo vi examinarlo con su cara de piedra, estudiar la forma en que Alphonse bajaba el morro, olía la pasta suave, nauseabunda, del pescado, lo sentí atento al vibrato en el pecho de Alphonse, seguir con atención cada suave lengüetazo que Alphonse daba al paté con pequeños maullidos de satisfacción, moviendo la cola, un retorcerse voluptuoso y plácido. Y vi mis piernas dar un salto, llegar hasta Alphonse, y vi mis manos agarrar esa cola, y me vi dar una vuelta, dos, en redondo, un pie al lado de otro, muy juntas las rodillas, envarado el cuerpo, las dos manos apretando fuerte aquella cola blanca, yo giraba como un trompo con un brazo extendido, Alphonse como una prolongación de mi brazo, y otra vuelta más, Alphonse que maullaba y no había nadie para socorrerlo, tomá, pensaba para mí, y una vuelta más, más rápido, más alto, se retorcía Alphonse en la punta de mi mano, para que aprendas, volvía a pensar y giraba y giraba y frente a mis ojos pasaban como en continuo, Sari, la parrilla, el gato, la puerta del patio y otra vez Sari y siempre Alphonse agarrado de la cola, como una mira, como una bala, para que aprendas a no; Alphonse me clavó las uñas, abrí la mano y lo solté como si quemara y fue a dar con toda aquella fuerza contra la pared del fondo, la cabeza hizo un ruido hueco al golpear contra el ladrillo, un ruido hueco con un reverbero raro, y después, después de un tiempo que me pareció mucho más largo de lo que esperaba, cayó contra las baldosas haciendo otro sonido, inolvidable, mezcla de trapos mojados y ramas secas. Me llevé la mano a la boca, y me vine al suelo, caí muy cerca de Alphonse, nuestras cabezas casi juntas. Todo me daba vueltas. Vomité. Miré hacia el techo de la parrilla, nuestro gato había desaparecido y Alphonse seguía ahí tirado, tan cerca, sin moverse, solo una burbuja sanguinolenta se le inflaba, se le desinflaba, en el morro cada vez que respiraba, tenía los ojos cerrados, un diente le asomaba torcido, como un cuerno. Ya nos ganó de nuevo la noche, la ventana ahora es un cuadrado negro que no puede ofrecernos nada. y acá adentro nos esperan las horas inacabables de la gotera insistiendo en algún lado, el golpeteo delicado de un insecto en el zócalo; lejana, en alguna parte, la risa ahogada de una nochera, un timbre urgente en algún cuarto, cada tanto, para lo inevitable, y los sonidos del cuerpo, el rechinar de las camas, cada tanto una queja, un suspiro, algún bisbiseo, alguien que reza, ora pro nobis, la ventana un cuadrado negro y las luces del pasillo que terminan de apagarse para que la hija almidonada, Sari, Alphonse, y todo aquello se vaya fundiendo, irremediable, en la negrura de otras sombras.

***

 

Flavia Pantanelli es fonoaudióloga y cuentista. Sus trabajos fueron distinguidos en concursos municipales, Provinciales y Nacionales, como Manuel Mujica Laínez, Fundación Victoria Ocampo, Colegio de Escribanos de Provincia de Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, Concurso Federal de Relatos y otros. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias y en antologías de Argentina, Brasil y España. Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 sonrisas con historia (España). En 2015 publicó “Haceme lo que quieras” (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015 y Modesto Rimba 2017) y “Carne Rota” (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la Fundación Victoria Ocampo). Su libro “El extraño lenguaje de las casas” fue publicado por Universidad Autónoma del Estado de México en 2017.

 

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