La esperanza tras el burka

Adriana Morán Sarmiento

Este es un breve recorrido por algunas películas dirigidas en el medio oriente, y la forma en que las mujeres aparecen representadas. Diferentes historias, diferentes formas de contar, pero con un denominador común: la mujer, con su firmeza y su esperanza.

Esta lista abarca películas producidas en entre el 2000 y el 2011. Es una década de mucho simbolismo, en la que se ve muy reflejada la llegada de un nuevo siglo y sus múltiples oportunidades. Si embargo, son historias actuales, que se repiten hoy en los noticieros internacionales, lamentablemente, mucho más duras. Veamos entonces.

Los limoneros (Etz Limon, 2008) debe ser una de las películas del cine israelí que trata mejor el tema de la mujer en conflicto bélico, en conflicto existencial. Dirigida por el siempre atrevido Eran Riklis, la película suma elementos para constatar, una vez más, cuan afectado se ve el sexo femenino en los países del medio oriente, donde impera una sociedad marcada por el machismo y la intolerancia. Reiteración, mas no cliché.

La historia de unos limoneros que se convierten en una amenaza a la seguridad nacional israelí, fue la excusa para que Riklis, continuando con lo que comenzó cuatro años antes con La novia siria, contara su versión de la realidad. “Nada es blanco o negro”, según dijo alguna vez a la prensa. En Los limoneros se yuxtaponen las historias de dos mujeres en la frontera Israel-Cisjordania: una viuda que vive solo para sus plantas de limones (interpretada por la afamada Hiam Abbass) y la esposa del ministro israelí, ambas angustiadas por la soledad y el miedo, encerradas en sus búnkeres culturales. Dos mujeres separadas una muralla y unidas por un contexto social insoslayable.

Los limoneros (Eran Riklis, 2008)

Sumisa, impasible y esperanzada es la imagen de la mujer que impera en el cine del medio oriente. Historias duras que merecen ser contadas, muchas veces incluso con un toque de humor. En Niwemang (Media luna, 2006) el iraní Bahman Ghobadi cuenta la historia de Mamo, un sexagenario cantante de renombre, que ha conseguido un permiso para dar un concierto en el Kurdistán iraquí junto con una banda de músicos que deberá reunir después de varios años de separación. Pero la historia, muy divertida, da un giro cuando Mamo se empeña en llevar al viaje a Hesho, una cantante exiliada que debe pasar de incógnito por la frontera ya que está prohibido a las mujeres iraníes cantar en público, especialmente en compañía de hombres.  

Bahman Ghobadi, uno de los más aclamados directores del nuevo cine iraní, tiene acostumbrado a su público a ver historias muy crudas y realistas, como Turtles can fly (2004). Son películas que, en una frase muy usada, diría que te consumen un poco el alma, pero que gustan por la crítica siempre presente, la realidad que no calla a pesar de la industria manipulada.

En Media luna, llamada así por la pandereta que se usa en la música iraní, el tema “género” se suaviza con el júbilo de las mujeres cantantes. Es como si, desde siempre, la definición de mujer está asociada a los conceptos de alegría y esperanza. Esta idea se repite mucho en el cine oriental: vemos a un divertida y alentadora Marje en Persépolis (Marjane Satrapi, 2007) o en la rueda de esposas bailarinas de La fuente de las mujeres (Radu Mihaileanu, 2011)

En La fuente de las mujeres, las señoras de un pueblo musulmán tienen la obligación de buscar el agua para los quehaceres diarios en una fuente ubicada sobre una montaña. Es común que en la travesía alguna embarazada caiga y pierda su bebé, los hombres son indiferentes a este hecho, pues con volver a consumar el acto sexual, ellas quedarán embarazadas nuevamente. ¿Son estas mujeres unas máquinas de hacer hijos? Sí. Pero un día, se organizan y deciden no tener más sexo hasta que los hombres no asuman el trabajo de ir a buscar el agua.

La fuente de las mujeres (Radu Mihaileanu, 2011)

Aunque la idea no es original –el alemán Veit Helmer dirigió Absurdistan en el 2008, cuya historia, “sin agua no hay sexo”, está basada en hechos noticiosos- el planteamiento de La fuente de las mujeres no deja de ser actual y oportuno. Mas allá de las críticas poco favorables por ser una película costumbrista cargada de “melodrama militante”, Mihaileanu plantea otra mirada sobre las mujeres musulmanas sometidas a injusticias amparadas en convenientes interpretaciones de la ley islámica.

Si en el cine, el dúo “medio oriente – mujer” es conflictivo, ni hablar del trío: “medio oriente- mujer -homosexualidad”. Si hay algo que se le puede pedir a un director con respecto a este tema, es sutileza. No se trata de reelaciones entre hombres, como Yossi & Jagger (2002) o Walk on water (2004), ambas de Eytan Fox; sino de cine lésbico, con todo el contexto social que eso implica. Un ejemplo es Circumstance (2011), un drama predecible dirigido por la iraní-americana Maryam Keshavarz, que narra la historia de amor y rebeldía de dos chicas iraníes de 16 años. En su ópera prima, la directora arremete contra la homofobia y la reducción de la mujer en tierras orientales.

Otro ejemplo, mucho más fluido, es Le chant des mariées (2008), la segunda película de la directora, actriz y guionista judía Karin Albou. Se trata de la historia de dos amigas: Nour y Myriam, musulmana y judía, en la Túnez de 1942, invadida por los alemanes. Elementos coincidentes como matrimonios obligados, sueños frustrados, humillaciones y traiciones, tienen como trasfondo el amor entre las dos amigas que se presta a la ambigüedad, pero amor al fin. He aquí la riqueza de La canción de las novias. No todo está perdido.

En mi imaginario, al conflicto le gana la carrera el anhelo y la ilusión. Es la magia del cine. Ejemplo de esta premisa es siempre Persépolis. ¿Qué mujer no se ha levantado un día de la cama y ha cantado Eye of the tiger para empezar un nuevo día? Pocas, supongo.

En manos de directores como Shira Geffen y Etgar Keret, queda la responsabilidad de hacernos soñar. Ambos son los creadores de Medusas (2007) una película llena de encuentros y desencuentros donde tres mujeres afianzan la idea de la protección. El discurso pasa de un personaje a otro, buscando protegerse entre sí desde distintas posiciones de la vida. Al final, una frase escrita por una de estas mujeres resume su esencia: “Un barco dentro de una botella no se hunde…”

Se dice que Medusas es la Amelié israelí. Entonces su función, como cine champaña, es embriagar y hacer feliz.

Para cerrar este resumen, vale recordar uno de los mejores personajes que se puede apreciar en el nuevo cine iraní, cargado de simbolismos y con la bandera del género flameando a lo alto: Nogreh, personaje principal de A las cinco de la tarde (Panj é asr, 2003), dirigida por Samira Makhmalbaf.

Tras la caída del régimen talibán en Afganistán, las escuelas de mujeres se reabren y Nogreh vuelve para aprender a leer y a escribir. Pero ella quiere algo más: ser presidenta de la república. Combativa silenciosa contra la intransigencia, Nogreh se escapa de la escuela, saca de su bolso unos zapatos blancos de tacón desgastados, y se esconde en las ruinas para practicar sus discursos políticos… Poesía pura para los tiempos que corren, esperanza para las mujeres que, detrás del burka, hoy vuelven a padecer de la crueldad del régimen talibán.

Persépolis (Marjane Satrapi, 2007)

Adriana Morán Sarmiento. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros y Revista Muu+ Artes y Letras.

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