Flavia Pantanelli

Agramaticalidad del sujeto elidido

Porque lo que pasó hoy fue diferente. Tengo, tenemos, mi hermana y yo, cincuenta años. Vivo, ella también, en una ciudad de quince millones de habitantes, así que siempre es una sorpresa toparme por casualidad con mi gemela en alguna esquina imprevista de Buenos aires: una alegría desconcertante que me deja un momento congelada, dudando de mis percepciones. ¿Soy yo? ¿Es un espejo? ¿Es Mónica, justo aquí mismo? Después el saludo, el abrazo y su voz ¿Lorena? Voz que es casi la mía, casi, pero no lo es, recomponen la imagen y las cosas vuelven a su espacio y tiempo y a la normalidad anormal de dos personas que muy en el inicio fueron solo una. No es fácil de entender un vínculo así, y menos explicarlo. Hubo una vez, en el principio, en nuestro bigbang privado, en que Mónica y yo fuimos una. Pero hoy la cosa fue distinta porque no era Mónica la que me esperaba sentada en el living de casa sino yo misma. Dos minutos que una se distrae y pasan estas cosas. Dos minutos, no hace falta más, el tiempo que se tarda en ir de raje al chino de la vuelta que es chico pero surtido, en dos patadas lo recorro completo y arreglo más o menos la comida. Me entusiasmé en el chino esta vez, eso es cierto, y traje demasiado. Papas, mandarinas. Huevos. Yogur descremado que termina siempre poniéndose verde, igual que la gelatina dietética. Chocolate. Pan. Pesadas, muy pesadas las bolsas. Vine despacio por la vereda, pie derecho, pie izquierdo, cada tanto parar, un descansito. Pesadas las bolsas, y las mandarinas amenazando con escaparse por un agujero que se abría a cada paso.

Venía lento por las bolsas pero también rumiando una frase que me había sorprendido, escrita en un paredón de la esquina: Te mato. Así nomás. Te mato. Me quedé un rato largo, parada, mirando la frase, imprenta mayúscula, aerosol rojo. Te mato: predicado, pensé, deformación profesional, resabio de saberes de otra época. Te mato: te: objeto directo: a vos. Mato: núcleo verbal. Sujeto tácito o elidido: yo. Fácil elidir un sujeto, pensé. Basta con no ponerlo, con matarlo. Una cosa es pensar esto y otra, bien distinta, dilucidar a quién va destinado el mensaje. La frase tenía un autor material que había empuñado el aerosol rojo para escribir. Tenía también un emisor, coincidente o no con el autor. Casi nunca coincidentes el autor y el narrador, me dije, ni aún en las autobiografías.

Ahí estaba esa frase del paredón, reforzada en el paratexto rojo de la pintura chorreante, una mera enunciación o promesa o amenaza de un acto de supresión de otro, inespecífico por el momento. Y estaba yo. Descabecé una de las baguettes crujientes que compro cada día, siempre con la misma excusa: para los chicos. Loa chicos que al final nunca comen pan. Me lo termino comiendo todo yo. Y mientras la boca trituraba despacio, reflexioné sobre la enorme eficacia de una frase así, corta, chorreante, fraguada en la intimidad de la noche y expuesta victoriosa sobre el amanecer de una ochava de barrio. El destinatario podía ser cualquiera, podían ser todos, vos, él, incluso yo. Yo misma como otro yo opuesto a aquel, tácito, de la frase. Tan tácitos uno como otro pero diferentes, era el mío un yo de otro orden, un Yo objeto de esa enunciación y pasible de muerte. Mucho más eficaz, pensé y sigo pensando, tanto más eficaz como frase, el decir Te mato que decir Los mato a todos, que decir Miguel, te mato, que decir Te mato, Lorena. Mucho, pero mucho más que decir Te mato a piñas, Te mato a besos, Te mato sino me pasás la cuota alimentaria, Te mato porque. Te mato. A vos y a vos y a vos y a cualquiera que lea. Por esto y por lo otro y por lo que cada uno siente que le debe a alguien, a la vida, a sí mismo. Y a cada uno que pase y lea, pum: te mato. Y cada uno, colectivo individual desgranado, solo en la soledad de su conciencia, haciendo cuentas, revisando el debe y el haber de su deuda con el mundo o con el cosmos, rastreando, rebuscando a quién, qué y desde cuándo, que pueda resultar, al fin y al cabo, en el mentado sujeto elidido que lo apunte tan asertivamente con su matanza. Y el lector, solo, restregándose las manos en una secreta angustia, en la débil desesperación de pensarse aludido.

Miré para los costados, para atrás. En la calle no había nadie, solo un vigilador durmiendo su mañana en la casilla de la esquina y su perro, tomando agua del cordón de la vereda. El sol se iba fortificando de a poco sobre los techos de las casas, poniendo a brillar el rocío sobre las tejas, y estiraba las sombras de los robles, de las encinas, sobre la vereda, quebrándolas contra la bajada del cordón en tres o cuatro partes, para después enterrarlas en los baches del asfalto. Levanté las bolsas que había dejado en el suelo. Miré la frase por última vez: Te mato, y seguí caminando, casi las diez, dios mío, cómo se va la mañana, pie derecho, pie izquierdo.

Con las migas del pan en la pechera del buzo, entré a casa, agotada. Recién cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, con un susto de muerte, la vi. Mónica, pensé. Pero no. Imposible confundirla, no era ella, sino yo. Yo misma la que me miraba tranquila, con mis ojos redondos y serenos sentada en el sillón del living. Me miraba y yo la miré a mi vez con los míos que a veces son como un periscopio, cuando me quedo así, tan quieta, la única parte de mí que se mueve registrando el entorno. Ella no se sorprendió, como es lógico, ni se sobresaltó. Compasión, tal vez, del susto de muerte que me estaba provocando y también algo de vergüenza por encontrarme así, peor de lo que se hubiera imaginado. Te mato. Quién. A quién. Te mato. Cuándo. Por qué. Circunstanciales de lugar, de tiempo, de causa, que le faltaban a aquella frase bimembre que lo decía todo y no decía nada, una frase que se me quedó pegada como los kilos de los embarazos que todavía no puedo sacarme de encima. Y de yapa, ella, esperándome en mi living. Yo misma afuera de mí, yo, sujeto bien explicito, para nada elidido, y en la otra punta yo, genuflexa depositando las bolsas en el piso para que no se rompan los huevos, paralizada, sujeta bien fuerte a la cartera como única arma, boleadora, y dentro de la cartera algunos pesos y el documento de identidad, Lorena Filippis DNI dieciochomillones, casada, sujetando la identidad como podía parada frente a mí misma, instalada en mi living. Suyo también, el living, pero que yo siento mío y no de ella, de ella que lo tomó por asalto. ¿Mónica? dije, haciendo todavía un último intento. Negó apenas con la cabeza para hacerme saber lo que era tan cierto: Mónica, no: yo misma. Lorena.

En cuanto pude deshacerme del aire que se me había atorado en los pulmones y de una miga de pan atascada entre dos muelas, me enojé por su impertinencia:

Estas cosas no se hacen y menos sin aviso. Hasta el asesino de la vuelta, avisa. Y vos entrás así, como Pancho por mi casa.

Para ponerle más énfasis a la protesta tiré con fuerza la cartera en el sofá. Cayeron unas monedas al piso y cuando me agaché a recogerlas vi que, además, la turra tenía puestas mis botas nuevas. Las botas nuevas. No le alcanzó con haber agarrado la camisa de seda, ésa que me queda tan bien, que hace que los hombres me miren las tetas pero sobre todo que me miren las mujeres, no las tetas sino la seda, el fulgor dorado de esa seda, con un dejo entre de fascinación y envidia. Pero hubo algo que fue más allá de cualquier límite: lo verdaderamente imperdonable era que se hubiera bañado, literalmente bañado, enel ange ou démon, cuando me queda tan poquito y no hay forma, cerrada como está la importación, tan cerrada como la canilla por donde alguna vez entró dinero a esta casa, de comprarme un frasco nuevo. La maldita estaba preciosa y no pude menos que compararme conmigo misma, con la facha que tenía después de llevar los chicos al colegio, los cuarenta y cinco minutos de caminata recetada por la osteoporosis y a ver si bajo de una vez los kilos estos, y después el súper, el jogging flojo y el pelo atado de mala manera con un gancho sobre la nuca, ni siquiera una cola de caballo decente; la cara lavada, las manos nudosas, resecas por el frío.

Mis botas nuevas, la camisa de seda.
Me dolió reconocer que hubo una época en que yo me veía como ella todos los días. Otro tiempo antes de este, doméstico y amancebado.

Ella seguía ahí, me miraba en silencio, de una forma casi materna. No recuerdo que mi madre me haya mirado así nunca, y sin embargo es materna el único adjetivo que puedo usar. Ahora bien, vuelta a la deformación profesional: materna, acá, sintácticamente, ¿qué vendría a ser? Maternalmente sería, estoy segura, circunstancial de modo, pero materna, ¿cómo calificar esa palabra? Complemento ¿qué? Hay cosas, gestos, actitudes, en la vida, que no se pueden describir, sobre todo si no se tiene la vivencia directa, la memoria del cuerpo; menos todavía analizar. Pero quiero poner así, materna, no quiero escribir maternalmente, circunstancial de modo, no me gusta abusar de las palabras terminadas en mente.

Ella, entonces, materna, palmeaba en silencio el sofá y con eso me invitaba a sentarme. Me sirvió vino. Mi vino. Había descorchado un Rutini, nada menos, la guacha. Me sulfuraba bastante esto de que me usara la pilcha que dejo para salir, para nunca; pero que encima me ofreciera mis propias cosas, esas que guardo para las visitas, que cada vez vienen menos; que me trate en mi propia casa como a una invitada, eso sí que no. Parece que me leyó la mente porque me dijo, sarcástica

Bienvenida.

Y yo supe, porque conozco la enorme cabeza que tengo, mi propensión a la verdad descarnada y a la charla profunda, que ésta no iba a ser una conversación fácil. No me hizo falta buscar los pañuelos de papel, ella ya los tenía preparados. Me sirvió vino. Se había propuesto joderme en toda la línea porque había abierto el bargueño y sacado, además, los copones de cristal alemán.

Las dos sabemos, me dijo refiriéndose al Rutini, que si no es así, es probable que este vino no hubieras llegado a descorcharlo nunca.

No pude sorprenderme de su lucidez porque es la mía propia pero me descolocó que semejante habilidad estuviera dirigida a mí misma, porque yo en general carezco de un otro que me propine esos crosses de derecha que a mi vez le doy a mis cercanos; crosses que por otra parte me hicieron, en otro tiempo, ganar una cierta fama en varios órdenes, primero profesional y también personal, propiciándome clientes, alumnos y amigos fidelísimos, aunque también algunos enemigos acérrimos.

¿Mucho tiempo más vas a seguir así? me preguntó
¿Seguir cómo? Me contesté, haciéndome bien la boluda.
Así.
Y me alcanzó, atenta y previsora, el pañuelo para contener las primeras lágrimas que en un segundo me iban a empezar a salir.

No sé por qué, le dije con una voz que sentí extraña, aguda, como un chorro a presión, Por qué me estás diciendo esto, acá, en mi casa, donde vivo con mi marido, con mis hijos. Es mi mundo, lo construí yo, para mí. Acá juego de local. Tengo mis amigos, tengo mis perros. Mi laptop. Acá no estoy de invitada. En todo caso la intrusa sos vos.

Ese es nuestro mayor don.
Me hablaba de modo tan complaciente que me dio ganas de rajarla a patadas.
Un don y una desgracia, como todos los dones. Y volviendo al punto: Sí, estás.
Estoy ¿Qué?
Ya sabés.
No, no sé.
Así.
¿Yo?

Era la hora de que se me cayeran, al oírme, dos lágrimas que me iban a llegar hasta la comisura de la boca. Vi con espanto que en su cara serena empezaba a trazársele un surco negro, seco, en el mismo, exacto, lugar por donde corrían en mi cara las lágrimas, dándole el aspecto de un payaso mal trazado. Coqueta, se arregló en seguida y volvió a quedar espléndida, como hace tanto tiempo que no me veo.

Me levanté del sillón, agarré las bolsas de la compra y las llevé a la cocina. Desde allí la miré. Seguía en el sofá tomando mi Rutini y jugueteando con el pie en el aire, podía ver la capellada de mi bota doblarse y estirarse a la altura de su tobillo. Volvió a palmear el almohadón. Volví al living con el control remoto del aire acondicionado: en esa parte de la casa de pronto hacía un frío tremendo. Apunté hacia el aparato como si fuera a disparar un revólver y dije Bang al tiempo que apretaba la tecla de encendido. Después le soplé la punta, y me acomodé, con él, un sombrero de vaquero imaginario. Ella me miraba, sonriente. Bangbang, dijo y sopló la punta de su dedo. Le guiñé un ojo y revoleé el control remoto antes de hacer que lo guardaba en la cartuchera de mi cinturón, como cuando jugábamos, Mónica y yo, y Claudio y Fernando, y el Colo. E Inesita y las hijas de la maestra y toda la barra de pibes, a los vaqueros, en las veredas de nuestra infancia.

No sé por dónde empezar, admití mientras me acomodaba debajo de la cortina de aire caliente. Me arreglé la remera adentro del pantalón de jogging. Me dio vergüenza que ella llegara a ver la mancha, ínfima pero mancha al fin, de lavandina en la pierna izquierda.

Ella terminó el vino de mi copa y yo acomodé mi colección de piedras. Agarré la rosa del desierto, pero la dejé, indecisa, por la geoda de amatista y la di varias vueltas en mis manos, embobándome con su iridiscencia. Se acercó a mí y me tomó de las manos.

Ya es hora, nena, dijo.

Me quedé mirando la piedra que ella había vuelto a poner en su lugar y pensé

Ya es hora. Ya: complemento circunstancial de tiempo; es: verbo intransitivo; hora: predicativo obligatorio. ¿Qué significa ese es, solo? ¿Qué es ser? Nada, si no viene adosado a alguna cosa que le dé sustancia.

Ella buscó en la cartera. La piba estaba usando la Jackie Smith negra que me regaló Laura para Navidad. Buscó y buscó y buscó. Sacó todo: mi billetera, el estuche de los cosméticos, y los anteojos; mi juego de llaves. A medida que lo sacaba, iba dejando todo sobre la mesa.
Menos bulto más claridad, se rió, y siguió revolviendo en mi cartera nueva y sacando cosas, clips de pelo, tickets de supermercado, monedas sueltas.
Ah, acá está, dijo al fin y sacó una tarjeta un poco doblada; me la mostró con gesto triunfal.
¡Tará!, cantó.

Me quedé de brazos cruzados. No pregunté qué era, ni de quién, ni hice siquiera el ademán de agarrarla, así que la apoyó sobre la mesa ratona.

Creo se ofendió un poco, lo noté más que nada en el gesto brusco con que iba tirando billetera, anteojos, todo, otra vez al fondo de la Jackie. Nos quedamos un rato largo las dos calladas, mirándonos. Sacó del bolsillo un atado de Marlboro y me ofreció. ¡Hace tantos años que me prohíbo fumar! Doce, por lo menos, desde el embarazo de. Encendió uno y me lo pasó. No lo acepté: Quise encender el mío propio, agarré el atado y el encendedor. Ella me miró mientras daba la primera pitada, asentía, como acompañando mi gesto. El aroma del tabaco, la primera bocanada, el aire negro se abrió paso hasta los bronquios, haciéndoles casi daño, despabilándolos, como mis crosses a la mandíbula, tan dolorosos y tan necesarios. Tantos años sin fumar y este Marlboro fue la gloria misma y otra vez las ganas de llorar y ella agarrando pronto los carilina para proteger su maquillaje, sus ojos redondos, sus pestañas arqueadas y tratando de mantener la sonrisa que le arremanga la cara, haciendo fuerza. Terminamos el Rutini en un silencio merecido.

Agarró de la mesa la tarjeta y me la puso en la mano.
Hace meses que está esperando que lo llames, dijo.
Terminala, la corté brusca. Te dije que no sé por dónde empezar.

Ella no contestó, ni se mosqueó por el tono de mi voz, ni siquiera me miró. Como si no me hubiera escuchado. En vez de eso, aplastó su cigarrillo contra el cenicero de cristal, volvió a agrarrar mi cartera, metió la mano y sacó un sobre oficio con tres o cuatro formularios para llenar. No hizo falta que dijera nada: vi el membrete rojo y negro en el ángulo superior izquierdo.

Vence en tres días, dijo. Y después la entrevista de admisión, pero eso es pan comido.

Puso los papeles sobre la mesa y encima la tarjeta.
¿Lapicera o birome? preguntó revolviendo el cajón de la mesita del teléfono. Esta anda, dijo y me dio una birome azul con el capuchón blanco todo masticado, señaló con el dedo la línea de puntos para llenar con mis datos: Acá, dijo. Pasó la hoja: y acá. Y pasó otra más: y acá y acá y acá. Y después firmás acá. Y claro, la entrevista. Pero eso va como por un tubo, ya te dije.
No.
¿No, qué?
Que ni pienso. Es una locura.
¿Qué cosa es una locura?
Todo es una locura, Lorena. Todo. ¿Y Darío? ¿Y los chicos?
¿Qué pasa con Darío, con los chicos?
Que no puedo. No puedo. Ellos me necesitan.

Ella agarró el porta retratos que estaba sobre la chimenea. Una foto del último verano, en Las Toninas donde estamos los cuatro. Yo, como siempre un poco más atrás que el resto, abrazando a los chicos que ya están casi tan altos como yo, por eso no se me ve el cuerpo. Trajo otra, en el Egreso de Jerónimo. Estoy parada atrás de mi hijo y de mi suegra. Se me ve la cara de alegría. El cuerpo no. Y en Aeroparque, despidiendo a Gabriel. También atrás del nene y su valija. Tampoco se me ve, casi. En ninguna de las fotos se me ve completa.

Miralos Lorena, dice, y señala el bigote que sombrea sobre el labrio de Gabriel. ¿Te necesitan?
¿Vos viste el programa? ¿La carga horaria? ¿viste lo que es esta casa?
¿Qué decía mamá, nena? Echa a andar el carro, que los melones…
Recordé la frase y sonreí.
Ella también sonrió y me acercó los formularios.
Salí con esos papeles, casi grité. Te digo que no.

Tiró los formularios sobre la mesa, se puso de pie de un salto y se colgó mi cartera al hombro.

Hacé lo que te parezca, dijo, mosqueada. Ah, te aviso: tenés una salpicadura de lavandina, acá. Y otro acá, por si no lo habías visto. Y acá también. Apoyó el dedo en las manchas pero estoy segura de que lo hizo solo para palparme el rollo de acá al costado, la grasa de mi pierna, hacerme notar lo caído que tengo el culo. Después se acomodó el cuello de mi camisa de seda y se pasó la mano por el pelo brillante, sedoso.

Mirá qué tarde se hizo, dijo con un tono de asombro de lo más falso.
Tardísimo, mentí yo también, no me iba a quedar atrás.
Nos miramos en un silencio mortal, enconadas. Las dos respirábamos trabajosamente, hacíamos un esfuerzo por mantener las formas, que la sangre no llegara al río.
Hora de ir saliendo ¿no? Preguntó mientras abría la puerta.
Frase rara para analizar: verbo: Ser. Elidido. La seguí. Atravesamos el jardincito de adelante y caminamos juntas hasta la reja. Las dos sacamos nuestros llaveros al mismo tiempo. Mi llave chocó con la de ella en la boca de la cerradura y a pesar del momento nos reímos.
¿Quién abre? Preguntó ella.
Dejá, contesté. Abro yo.

Me pareció que la última frase quedó ahí, reverberando en el silencio de la vereda. No pude menos que pensar: Abro: verbo transitivo. Sujeto explícito: yo.

Caminamos juntas unas cuadras, ya mediodía, el sol alto, transparente, en la puerta de un jardín de infantes las madres esperaban a los hijos. Oímos al pasar recetas de buñuelos, nombres de pediatras, precios de botines de fútbol. Atravesamos ese mar de madres y niñeras y abuelas y algún que otro padre también, y seguimos hasta la parada del cincuenta y nueve. Íbamos hombro con hombro, sin hablar, nuestros pies acompasados pisaban baldosas simétricas, en un ritmo único. Pensé en el riesgo que corríamos de encontrarnos con algún conocido, de que nos vieran caminando juntas, y decidí que si alguien preguntaba le diría, sin mentirle, que tengo una hermana gemela que se llama Mónica.

En la parada del colectivo nos despedimos. Vi mis botas subir los tres peldaños, vi su mano cuidada acercando la tarjeta magnética al lector, vi a los hombres mirarle la camisa, las tetas que la camisa le marcaba. Se sentó cerca de la ventanilla, desde ahí me guiñó un ojo, en tono conciliador, y vi su boca moverse para decirme, aunque no la oyera, por el vidrio: te está esperando. Y después: tres días. Y a lo último: cagona.

Dijo algo más pero ya no alcancé a ver.

Mientras volvía caminando recordé que en el placard de mi cuarto, en el estante de arriba, detrás de las valijas estaba la caja de cartón violeta, y que adentro, en un tubo plástico, enrollado, mi diploma y la medalla de honor. Tres días. ¿Y si no estaba? ¿Si no estaba la caja? ¿Si se había perdido en la mudanza? Tres días Apuré el paso. Te está esperando. Pasé por la puerta del supermercado chino. Hacé lo que te parezca. Hacé: vos. Modo imperativo. Lo que te parezca: a vos. Te está esperando. Tendría que cortarme un poco el pelo, ¿qué se haría ella para tenerlo tan sedoso, tan brillante? Quién sabe si la camisa de seda todavía me cerraba. Doblé la esquina. No me fijé si Te mato seguía todavía ahí, chorreando todo su rojo sobre el paredón de la ochava.

Flavia Pantanelli es fonoaudióloga y cuentista. Sus trabajos fueron distinguidos en concursos municipales, Provinciales y Nacionales, como Manuel Mujica Laínez, Fundación Victoria Ocampo, Colegio de Escribanos de Provincia de Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, Concurso Federal de Relatos y otros. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias y en antologías de Argentina, Brasil y España. Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 sonrisas con historia (España). En 2015 publicó “Haceme lo que quieras” (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015 y Modesto Rimba 2017) y “Carne Rota” (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la Fundación Victoria Ocampo). Su libro “El extraño lenguaje de las casas” fue publicado por Universidad Autónoma del Estado de México en 2017.

Revista Muu+ Octubre 2020

¿Qué te pareció? Tu opinión es importante.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: