Rojo California

Valentina Vidal

Santiago toca el timbre una sola vez, de manera firme y correcta. Observo desde la ventana como espera sin inquietarse. Voy hacia la puerta con las llaves en la mano y estoy a punto de abrirle cuando un profundo arrepentimiento me sorprende. Recuerdo entonces, que el pacto había sido sellado por una tormenta eléctrica y que sobre la mesa del comedor, ya estaba el Rojo California que había comprado para las puertas de la cocina. Abro, le extiendo la mano y percibo la aspereza de su palma. Lo miro a la cara sin conseguir verlo. Quiero decir: hay personas que se dejan ver y otras que no. Santiago es de las que no. Eso me descoloca un poco, pero la decisión había sido tomada y él ya había cruzado la puerta. No tiene aspecto de pintor. Creo que podría ser corredor de autos, o capitán de un barco.  Inspecciona mi casa, una casa sencilla, con un pequeño jardín, que da hacia la parte de atrás de una lujosa quinta vecina. Santiago huele las paredes y lo observa todo. Voy a empezar por el techo de la cocina, dice y apoya un pequeño bolso que deja a medio abrir sobre la mesa. Pregunta a dónde puede cambiarse y señalo en dirección al cuarto de baño. Me doy cuenta de que nunca habíamos hablado de pintar el techo de la cocina. Santiago sale del baño con su traje de pintor que es exactamente igual al que traía puesto, sólo que éste tiene manchas de pintura. Pide la escalera y le indico a dónde buscarla. La casa es pequeña le digo, como si con eso lograra aclarar aquello de las puertas y  no del techo.  Santiago destapa una lata de pintura y el olor me provoca un leve mareo. Me voy al otro cuarto para dejarlo trabajar, después de todo, el tiempo y la humedad habían descascarado una esquina del cielorraso. Apenas le doy la espalda, me dice que la pintura que compré no es la que me dijo por teléfono. Le contesto que es exactamente la que él me había mencionado y sonríe como si alguien le hubiera dicho algo al oído. No se preocupe que yo traje otra, dice y busca una lata dentro de la caja de cartón que había dejado cerca de la puerta. La lata decía Rojo California. ¿Seguro alcanza?, pregunto, pero no sé si lo hice en voz alta o solo lo pensé, porque Santiago no responde. Sigo sin poder verlo y eso me inquieta. Oigo como la lija comienza a sisear sobre  el techo, es un sonido monótono y pausado que al cabo de un rato se dobla en el tiempo, como si algún tramo de la pared tuviera más dificultad que el anterior. Saco una botella de agua  de la heladera y le pregunto a Santiago si quiere un poco. Más adelante, dice y pienso en cuánto más adelante será. El polvillo comienza a adueñarse de todo y me seca la garganta. El sol que entra por la ventana deja ver las partículas de polvo que flotan y se adhieren a cada objeto de la casa. Se acuesta sobre los estantes, los sillones, la tostadora y el termo del mate. Pienso que solo es visible en algunas superficies pero creo que también está sobre mí. El siseo de la lija es incesante y se forma una bruma grisácea  que poco a poco invade el resto de la casa. Abro el cajón del escritorio y encuentro polvillo adentro. Tomo un puñado, y es pesado y se escurre como si fuera líquido. La bruma aumenta y el siseo de la lija no se detiene. Ya no logro ver con claridad y al moverme, el polvo que cae desde mis hombros hacia los brazos y las piernas pica, como cuando el viento en la playa levanta la arena. Salgo hacia el jardín y veo que el polvillo también se acumula sobre las plantas y las reposeras. Trato de limpiar algunas hojas con las manos, pero al hacerlo, se erosionan y la savia que se mezcla con el polvo forma una película pegajosa. El barniz de las sillas se descascara rápidamente y le grito a Santiago que se detenga pero solo oigo el continuo deslizarse de la lija contra el techo. Las manos me arden y están ennegrecidas, como un trozo de madera calcinado. Veo también como el polvillo se instala sobre el desagüe y forma un líquido espeso de un aspecto similar al plomo que cae sobre la tierra. Me cuesta respirar y retrocedo hasta la ligustrina que limita con la quinta de al lado. Me empiezo a alejar y una vez que puedo observar la casa desde cierta distancia, veo que el polvo no se extiende hacia las otras propiedades y que forma una nube envolvente que está sólo sobre mi casa y el jardín. La mañana está algo fría para ser Enero, aunque placentera, y una corriente fresca comienza a abrirse paso en los pulmones, dejándolos claros y brillantes. No quisiera dejar la casa pero igual lo hago a pasos ligeros sobre la calle de tierra, que está húmeda a causa de las lluvias de la semana pasada. Avanzo en dirección a la laguna que hay debajo del puente y que une al pueblo con el barrio de casas quintas. De a poco recupero nitidez y respiro con normalidad. Ya los ojos no me arden y las palmas de las manos volvieron a tener su color normal. Llego hasta la orilla de la laguna y me siento sobre la tierra. Veo como una bolsa de plástico flota, junto a restos de comida y un cigarrillo hundido en el barro. Me quedo sentada un rato que no puedo cuantificar. Quisiera levantarme pero no puedo. O mejor dicho: No quiero. Solo creo que debería levantarme, porque Santiago y el polvo están en mi casa, pero la humedad del aire es dulce y lo olvido muy pronto. Una camioneta pasa por el puente que está al costado del camino y escucho como el hierro cruje contra las llantas. O al revés. El sonido de las ruedas se aminora a medida que se aleja y trae a cambio el ladrido de algunos perros. Nada me apura y no quisiera irme jamás. Me recuesto y apoyo la cara sobre la única parte que tiene un poco de pasto. El cielo y la laguna se inclinan ¿O estaban así desde antes? Escucho una voz que me nombra y que interrumpe mis pensamientos. Me pongo de pie.  La laguna y el barro se enderezan conmigo cuando lo hago. Es el vecino de la quinta que cree que me desvanecí. Me observa con la frente arrugada y noto que mi vestido tiene manchas de barro por todas partes. Supongo que también en la cara y en el pelo, porque al tocarlo me quedan las manos repletas de tierra pero logro distinguir si es el polvillo adherido o el barro de la orilla de la laguna. Nuevamente tengo sed. Empiezo a caminar de regreso a mi casa y recuerdo que dejé a Santiago solo. A medida que me alejo de la laguna, las preocupaciones vuelven como las moscas alrededor de un frasco de dulce. Los pasos se vuelven ligeros y la respiración agitada. ¿Por qué me había quedado tanto tiempo en la laguna?  Las imágenes empiezan a caer delante de mí como una estantería que se derrumba. Llego hasta entrada y la puerta está abierta sin indicios del polvo. Santiago está parado junto a la heladera con la botella de agua en la mano y bebe del pico, mientras veo como la nuez de su cuello sube y baja con los tragos de agua. El polvillo me da mucha sed, dice y  lo miro, mientras me recupero de la carrera y le digo que el agua está para tomarse.  Observo que la casa está tan limpia como antes de que Santiago llamara a la puerta. Me voy hacia el escritorio, abro el cajón y no hay ningún rastro del polvo gris. Santiago me dice que ya terminó de pintar el techo. Vuelvo unos pasos hacia atrás y le pregunto si faltará otra mano de pintura.  Me dice que no y que ya mismo arranca con el baño. Cuando estoy a punto de decirle que el baño no está en el presupuesto original, al igual que tampoco lo estaba el techo de la cocina, me dice que no me preocupe, que él se va a encargar de todo. Le digo que está bien y me siento a tratar de concentrarme un poco. Unos instantes después oigo como el pincel mojado se apoya contra la pared y comienza a arrastrarse hasta quedarse sin pintura. Desde dónde estoy, observo como Santiago lo carga en el tarro y limpia el exceso en el borde, dejándolo caer pesado y brillante, como el polvo con la savia. Otro mareo me desestabiliza, como si mis pies se hundieran en barro y  la sed vuelve, pero no creo poder llegar hasta la heladera. Ahora los muebles están tapados con telas para evitar que se manchen, telas que reconozco como mis sábanas y mi ropa de todos los días.  Me tapo los oídos y con ello consigo apagar el sonido del pincel contra la pared. Voy hasta el baño y Santiago está sobre la escalera. Trato de pedirle que se vaya de una vez, que deje todo tal como está,  pero antes de poder hablar me cae el Rojo California sobre la cara y la ropa. Santiago se baja y me dice algo, pero solo veo mover sus labios. Toma un trozo de tela, lo moja en agua ras y lo pasa sobre mi vestido que comienza a decolorarse a causa del removedor. Empujo su mano con suavidad y el contacto con la sequedad de sus dedos sube por mi espina dorsal como un relámpago. Corro hacia la cocina para enjuagarme el agua ras que lo destiñe todo en un rosa imperfecto. A medida que el agua me toca, recuerdo la laguna y la calma.  Quisiera verme pero ya no me veo como tampoco veía a Santiago. Grito su nombre y de pronto comienzo a escuchar su voz. Es una voz gastada, como si la pintura y el polvo estuvieran atragantados en su garganta. Ahora está frente a mí y me observa detenidamente. Luego se acerca y olfatea el vestido en las zonas manchadas. Retrocedo y le digo que una vez que termine el baño, siga con la puerta de entrada, con la galería que da al jardín y con el resto de la casa. Le dejo todo el dinero que encuentro en mi bolso y salgo en dirección a la laguna que hay debajo del puente que une al pueblo con el barrio de casas quintas y dónde está mi casa pequeña, a la que ya no voy a regresar jamás.


VALENTINA VIDAL es escritora y música. Nació en Buenos Aires en 1970. Como escritora, publicó su primer libro de cuentos titulado “Fondo Blanco” por Llanto de Mudo ediciones (2013). Participó en el tomo #11 de la antología de Pelos de Punta (2016), en “21 experimentos” antología de relatos ilustrados por Aleta Vidal por Llanto de Mudo ediciones (2014)  y en “Martes 7” antología de cuentos por Ediciones del Dock (2015). Varios de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas literarias, recibiendo una mención de honor en el concurso Floreal Gorini 2015 por “Rojo California” (Centro Cultural de la Cooperación) que salió publicado en la antología “El cuento, una pasión argentina 25 años”. Coordinó y realizó talleres de lectura y escritura. En la actualidad colabora como reseñadora en Solo Tempestad y se encuentra escribiendo lo que será su primera novela.  Como música, tocó el bajo en varias bandas y editó tres discos.

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