Poemas

Robin Myers

 

Lo demás

¿De qué se trata en realidad, esta necesidad de compararlo todo,

de hacer que cada cosa se parezca a otra cosa, de abrirse paso a fuerza de metáforas

hacia un tipo de calma que no sea parecida a un andamio construido alrededor del aire, sino concretamente eso?

Me senté en una iglesia en Masaya, Nicaragua, mientras caía la tarde,

elegí el banco por la forma en que la luz bañaba el suelo, filtrándose a través

de los vitrales con reflejos rojos.

Pensaba, al observarla, que esa luz se parecía un poco a una mancha de sangre

que se fuera extendiendo sobre algo blando y luego se dejara al sol; quizá se pareciera más

al jugo de sandía derramado sobre sábanas blancas. Pero al final,

honestamente, se parecía más a una luz roja reflejada en el suelo de una iglesia en Masaya, Nicaragua,

mientras caía la tarde. Y te pido perdón por apartar esa luz de sí misma,

por anunciarte que esta noche la luna es más delgada que una moneda sumergida en el agua,

por decirte que cuando te reís te parecés a un fósforo al momento de encenderse.

Yo, si pudiera, viviría de un fogonazo cegador a otro,

si aquello no entrañara alguna forma de desesperanza, un debilitamiento

de la fe, si es que puedo tomar prestada esa metáfora; un desarmarnos a nosotros mismos como un rompecabezas,

junto con cada vínculo que establecemos y perdimos; la plenitud, sin duda,

es algo secundario y más penoso. Puesto que cada vez que respiramos

es en verdad igual a la vez anterior; caso contrario, tengo que creer

que eso que se transmite, se comparte, o al menos se recuerda, es hacia dónde va esa respiración,

por qué sucede, por qué la necesito; es todo, todo lo demás.

 

 

Partir el pan

Comemos.

Él se tensa

sobre el hueso arqueado de su estatura.

Yo estoy desaforada, maltrecha, colorada,

poco fiable mi estómago.

Buscamos, cada vez que nos peleamos,

elegantes comidas extranjeras:

ensalada de algas, traslúcidas,

con engarces de sésamo;

espesos ñoquis a la crema de zapallo,

tan dulces que a la vez me calman y me caen mal;

carne argentina, su delicada sangre apenas más clara

que el vino.

Tomamos.

No tomamos lo suficiente.

Nos amamos,

pasamos hambre,

somos mezquinos.

Irrelevante la comida, extravagante,

prescindible, cara.

El cuerpo agradecido

por tener qué tragar

y desechar.

Volvemos en auto a casa.

Casi no hablamos.

Nos dormimos,

despertamos

con la panza vacía.

 

 

El retorno

Ésta es la calle donde

naciste. Ésta es la llave que se te cayó en la nieve,

y éste es el abrigo que te pusiste para ir a buscarla.

Éste es el cielo visto desde la ventanilla del avión, la mañana que te fuiste

del país. Éste es el lugar del que pensabas que jamás te irías.

Éste es el sándwich que comiste en la escalinata de una iglesia,

las migas que les diste a las palomas. Ésta es la funda de la almohada

que todavía tiene pelos tuyos. Esto es el verano.

Éste es el continente que cruzaste,

la carta que pusiste a lavar con la ropa por error,

el cuchillo con el que te cortaste picando una cebolla.

Ésta es la maravilla de poder reconocer a un amigo por su tos

en el cuarto de al lado. Esto, aunque estás durmiendo, es un ratón

debajo de las tablas de madera del piso, y ésta es la luz que las recubre,

y éstas son las sombras que salpican la columna vertebral

de alguien que está de espaldas.

Esto es casi lo que querías decir.

Esto es alguien que toca una pieza de Brahms en el piso de abajo,

el vaso de agua que tiembla sobre el piano, el agua derramada.

Esto es enojo, es una clase de manejo, un año de tu vida;

es la parada del colectivo, la sábana, la ola de calor;

éstos son los fuegos artificiales que mirabas

a lo lejos, mudos como claveles.

Ésta es una soga que tenés en la mano

y estos son tus dedos, ardidos y despellejados, que la rodean.

Esto no es una excusa. Esto es el mar, adentro

de un caracol. Esto es el mar.

Esto es, según parece, a lo que hemos llegado.

Ésta sos vos, si decidís volver.

Ésta sos vos si nunca regresás.

 

De Lo demás (traducción de Ezequiel Zaidenwerg)

 

No me acuerdo de cómo fue nacer.

Pero me acuerdo de otras cosas.

 

Primero, atravesar el mar

y después el desierto,

una hamaca en la noche,

un termómetro de vidrio,

una nevada absurda,

una chica,

 

y la cara de mamá,

abierta como el agua

al abrocharme el mameluco

todos los días de mi vida,

 

en el sentido en que la infancia

es una vida.

 

*

Por un tiempo intenté escribirlo todo:

 

pájaros vistos al pasar en caminatas,

comidas compartidas o no,

novelas manoseadas,

vísceras de animales impresas por las ruedas

en el pavimento,

nombres,

las cosas que pasaron por la cara

de mi papá los meses

de su enfermedad,

los vecinos y las cosas que les escuchaba

gritarles a sus hijos,

sorpresas meteorológicas,

qué día era,

qué hora.

 

Era insoportable.

No se acababa nunca.

 

Todo es un catálogo de mierda, le espeté

a mi amigo el biólogo,

como si le estuviera mentando a la madre.

Me miró desde el jardín,

sonriente, lleno de tierra.

 

Todo,

dijo.

 

*

 

Capa por capa, dice la gente,

como si la historia de acá

fuera nieve sobre tierra sobre roca

sobre qué se yo qué más,

una especie de torta

inevitable.

 

Como si los muros

no fueran más que piedras, no

las manos agrietadas que las apilaron

o fueron obligadas

a partirlas, a partirse

los huesos

para partirlas.

 

Somos injertos.

 

De Tener (traducción de Ezequiel Zaidenwerg)

 

***

Robin Myers, poeta y traductora, creció en Estados Unidos y está radicada en la Ciudad de México. Entre sus libros de poesía están Lo demás y Tener, ambos traducidos por Ezequiel Zaidenwerg. Ha traducido al inglés a Cristina Rivera Garza, Isabel Zapata, Juana Adcock, Mónica Ramón Ríos, Gloria Susana Esquivel y Ezequiel Zaidenwerg, entre otrxs poetas y narradores latinoamericanxs.

 

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