Luz Roja

Roberto Montaña

La libertad no consiste solamente en seguir la propia voluntad,
 sino, a veces, también en abandonarla.
Abe Kobo

Se distrajo buscando el celular y no vio la luz roja del semáforo. Cuando levantó la cabeza ya tenía la senda peatonal encima. Pisó el freno y la camioneta vibró antes de detenerse con un leve estremecimiento. A sus espaldas, el súbito chirrido de unas gomas le hizo temer lo peor. Durante aquellos segundos esperó el golpe hundiendo la cabeza entre los hombros, pero nada sucedió. A través del espejo retrovisor descubrió el auto que acababa de detenerse a centímetros de su paragolpes trasero. Era un Falcon destartalado, con una enorme calcomanía que atravesaba el parabrisas de punta a punta. Ford Fierro, leyó en letras fluorescentes. Podía distinguir a su conductor, un muchacho de no más de veinticinco años aferrado al volante como si intentara arrancarlo de cuajo. Tomás bajó apenas la ventanilla y sacó la mano a modo de disculpa. El muchacho hizo un gesto de fastidio y se dio vuelta hacia el asiento de atrás. Menos mal que no me tocaste la camioneta, empezó a decir Tomás como si el otro pudiera escucharlo. Se acomodó el cinturón de seguridad y encogió las piernas. Para arreglarme el paragolpes no te iba a alcanzar con vender ese auto de mierda. Después se alisó el pelo y soltó una larga bocanada de aire como para quitarse el susto de encima.

Encendió la radio. En los parlantes susurró la voz sensual de una mujer. Se restregó los ojos y bostezó. Las luces nacaradas del reloj digital titilaban en el tablero. Las once y cuarto. Qué tarde se le había hecho. Tendría que haber dejado la reunión con la gente de logística para la próxima semana. Su secretaria lo había sugerido. Pero él no quiso suspenderla. Tuvo que lidiar con el fastidio del jefe de operaciones, y el saludo seco del vigilante de la puerta. ¿Y todo para qué? Para acrecentar su fama de obsesivo, de enfermo del trabajo. Como si su ejemplo pudiera promover en los otros algo más que desdén. O lástima.

Levantó los ojos hacia el semáforo. Le pareció que estaba demorando mucho en cambiar. Un par de gotas gruesas, pesadas, estallaron en el parabrisas. A lo lejos, más allá de los edificios espejados del puerto, los refucilos iluminaban las aguas quietas del río. Ahora no lo ayudaba la lluvia, ya era demasiado tarde. Ahora la lluvia era una molestia o incluso, en el peor de los casos, la excusa para que todos se quedasen hasta la madrugada. Tomas cumplía cuarenta años. Clara le había organizado tres fiestas. Hoy, viernes, con los familiares, mañana con los amigos, y el domingo, aprovechando que el lunes era feriado, una noche íntima en una cabaña del Tigre. Cuarenta años. Trató de hundir la panza que le tensaba los últimos botones de la camisa. Cuarenta años. No tenía ganas de recibir a nadie. Quería llegar a su casa, tomar un baño, cenar con vino y tirarse en la cama. Después encender el televisor y dejarse acribillar por los culos y las tetas hasta que lo venciera el sueño.

Movió el espejo retrovisor para mirarse los ojos y no le gustó lo que descubrió en su cara. Quiso olvidarlo pensando en la celebración. Después de todo era una fiesta, su fiesta, y no tenía derecho a arruinarla. Clara no se lo merecía. Había sido un año difícil para su mujer. Fueron muchos exámenes, muchos tratamientos. Días de esperanza contenida seguidos por otros de exasperada desolación. A veces ella se encerraba a llorar en el baño. Después salía como si nada, sonriendo, oculta dentro de su carcaza de optimismo artificial. Pobre Clara, era muy buena, pero cada vez más su bondad se parecía a una pesada armadura que él estaba obligado a llevar a la fuerza.

Tomás volvió a mirar el semáforo. Seguía igual. Un par de gritos agudos lograron traspasar los vidrios de la camioneta y sobreponerse al saxo que sonaba en el estéreo. Miró hacia el kiosco de diarios que se alzaba solitario sobre la vereda. Un hombre fornido y tambaleante salió desde atrás. Tiraba del brazo de una chica con violencia. Ella se aferraba como podía a la cortina metálica de un negocio a oscuras. Pero el hombre era muy fuerte y la estaba arrastrando a pesar de sus esfuerzos. ¿Estará funcionando este semáforo?, pensó Tomás y aceleró apenas la camioneta. El motor roncó potente y después se oyó el murmullo sordo de las válvulas. Algo le decía que era mejor estar preparado para salir rápido de allí. Miró la cuadra de una punta a la otra. Ni un alma. A esa hora, la avenida bajaba hacia el puerto rodeada de esqueletos de vidrio y metal esperando el lunes para volver a la vida. Solo estaban él y el conductor del Falcon. Pero cuando miró por el espejo descubrió al muchacho distraído, hablando por celular.

Tomás bajó un par de centímetros la ventanilla de acompañante. Escuchó a la chica gritar: “No quiero, soltame Javier, me estás lastimando” Y aquello de algún modo lo calmó. No era un robo, apenas una pelea de pareja. Siguió mirándolos liberado de la obligación de intervenir, como si el hecho de que se conocieran transformara la violencia en una especie de pasatiempo. Pero todo cambió cuando el hombre empujó a la chica contra el kiosco de diarios y comenzó a golpearla con furia. Fueron dos o tres piñas, la primera en la cara, las otras dos tomándose el tiempo, como buscando el mejor lugar para herir. Tomás sintió el impulso de actuar. Cerró la ventanilla y sacó los kleenex de la guantera. Tenía que secar esas gotas de lluvia que, aunque no eran muchas, podrían estropear el tapizado de cuero. Un suave aroma a lavanda inundó el interior. Inhaló profundo; quería llenar los pulmones de ese perfume artificial. De pronto vio a alguien pasar corriendo delante de su camioneta. Miró por el espejo retrovisor: el Falcon tenía la puerta del conductor completamente abierta. Sintió en su cuerpo la misma adrenalina que le despertaban las buenas películas de acción. A través del parabrisas, como si fuese una pantalla de cine, observó al muchacho dar zancadas, saltar a la vereda y enfrentar al agresor. Un hombre de talla considerable, por cierto, que hizo alarde de su musculatura sacando pecho y desafiando a la pelea. Pero solo lanzó un par de golpes lerdos que murieron en el aire y no causaron daño. Debe estar borracho, pensó Tomás cuando lo vio trastabillar. Con una hábil maniobra el muchacho logró rápidamente torcer el brazo del hombre y aprisionarlo contra la pared. Después de un par de forcejeos inútiles, se calmó. La chica lloraba a su lado cubriéndose la boca con las manos. Parecía que todo había terminado. Por el espejo retrovisor Tomás descubrió la oleada de vehículos que, liberados por el semáforo, se acercaban a toda velocidad. Y la puerta del Falcon abierta de par en par. Se la van a llevar puesta, pensó, mientras soltaba apenas el embrague. Los primeros autos comenzaron a rebasarlo. Tomás vio que el muchacho giró hacia él, como si de pronto el ruido creciente del tráfico le hubiera recordado que había algo suyo olvidado en mitad de la avenida. El hombre aprovechó el descuido del muchacho y le lanzó un codazo que le dio en medio de la cara. El golpe lo desplomó. Su cuerpo inerte cayó sobre la acera. El hombre empezó a patearlo con brutalidad, en las costillas, en el estómago. Le saltó sobre la cabeza. Tomás aceleró otra vez, pero no se decidía a soltar el embrague. Encendió las balizas y volvió a buscar el celular en el piso, entre los asientos. Cuando se incorporó vio al hombre y a la chica cruzando la avenida. Corrían hacia el sur por una calle lateral. A Tomás ni siquiera le llamó la atención que fueran de la mano, como dos enamorados que acababan de cometer una travesura. Miraba hacia todos lados como si hubiese perdido algo más que el celular y no encontrase manera de recuperarlo. A los pies del muchacho, que seguía inconsciente, ahora estaba acuclillado un hombre mayor. Una mujer los miraba guarecida bajo el toldo mientras hablaba por teléfono. Había empezado a llover fuerte. Dos chicos de mochila llegaron corriendo y se sumaron al grupo. Un taxista detuvo su coche y bajó. Tomás sintió que ahora el tiempo había vuelto a recuperar su velocidad normal. Las luces del semáforo volvieron a cambiar de repente. Miró otra vez por el espejo retrovisor. Una vez más se acercaba otra oleada de autos. Y la puerta del Falcon que seguía abierta en mitad de la avenida. No podía irse sin hacer nada. Apagó la camioneta, se guardó las llaves en el bolsillo, levantó las trabas y salió. Las primeras gotas lo impactaron con saña. Trató de cubrirse levantando el cuello del saco. El ronquido del Falcon se oía potente a pesar de la lluvia que golpeaba contra el capot. Este boludo ni siquiera apagó el auto, dijo Tomás, mientras se acercaba. Tenía que cerrar esa puerta. Era lo menos que podía hacer. Cerrarla e irse de una vez. La empujó con fuerza y se oyó un ruido a lata, a tornillos flojos. Se le ocurrió que tal vez si encendía las balizas ayudaría a que lo vieran mejor a la distancia. Entonces podría irse tranquilo. En su casa lo estaban esperando para empezar el festejo. Ya se imaginaba la escena: su padre y Fernando mirando el partido por televisión. La tía Ernestina y Alberto pelándose por los fiambres de la picada. Clara de aquí para allá preguntando si está todo en orden, si no falta nada en la mesa, haciendo de cuenta que no la están comiendo los nervios porque no sabía nada de él. Y su madre… su madre consultando el reloj cada cinco precisos minutos, desconfiando de todo y de todos, preguntándose por qué Tommy le estaba haciendo pasar ese mal momento, justo a ella que en su vida no hizo otra cosa que pensar en su bien. Tomás metió medio cuerpo dentro del auto. Buscó a tientas sobre el tablero a oscuras. ¿Dónde estaban las balizas en el Falcon? La misma búsqueda lo llevó a mirar hacia atrás. Las luces de los autos acercándose reflejaban el estallido de las gotas contra la luneta. Un movimiento sobre el asiento trasero le llamó la atención. Dormido, cubierto con una manta, el bebé estiró sus piernas y luego las encogió. Una mueca de dolor quebró por un instante su carita iluminada por el alumbrado público. Como si un retortijón pasajero o una aparición fugaz hubieran perturbado la placidez de su sueño.

Tomás se quedó mirándolo sin moverse. Era muy pequeño, tendría dos o tres meses. El chupete le colgaba de una cinta celeste atada al asiento. Tenía el puñito cerrado, apretando el sonajero con la cara de un oso panda. Un recuerdo se abrió paso entre todas las sensaciones que lo acribillaron de repente. La imagen de una reunión con amigos, alrededor de una mesa donde convivían cervezas y mamaderas. Tomás escuchaba con una sonrisa pintada las anécdotas de padres primerizos. Recordó sobre todo la confesión de Adrián, su método infalible para hacer dormir a Laurita: dar vueltas con el auto por calles empedradas, pasar por todos los lomos de burro hasta que la venciera el sueño.

Un bocinazo largo, exasperado, hizo que volviera en sí. “Qué haces, pelotudo”, le gritaron desde un auto. Con el mismo impulso corrió el asiento hacia delante, quitó el cinturón de seguridad y alzó el porta bebés retrayendo la manija de plástico ¿Podía dejarlo allí, en aquél automóvil tan frágil, detenido en mitad de la avenida? Cualquier distraído se lo podía llevar por delante. Sin ir más lejos recién casi ocurrió una desgracia. Es cierto que primero pensó en cruzar la calle, dejar al bebé a salvo para que se encargara la policía o quien fuere. Pero los coches pasaban tan cerca que le pareció correr un riesgo innecesario.

Volvió a la camioneta, abrió la puerta trasera, apoyó el asiento portabebés y le cruzó el cinturón de seguridad. Un temor desconocido, extraño, se apoderó de él. Miró al bebé: se estaba despertando. Le sacó una media solo para contemplar sus dedos redondos e inquietos, la suave curva de los pies. Pero lo que lo decidió no fue verse privado de aquella infinita ternura sino la tristeza de ser un hombre de cuarenta años parado en un semáforo y sin poder arrancar de una vez.  El aullido de las sirenas le llegó de lejos, confundidas con la voz impostada del locutor. Apagó la radio y el aire acondicionado. Levantó la cabeza hacia el semáforo. Estaba otra vez en rojo. No quiso mirar el patrullero, ni la ambulancia, ni toda esa gentuza que colmaba la calle y lo empezaba a señalar. Bajó la ventanilla de su lado y asomó la cara hacia el cielo. Dejó que la lluvia se llevara unas lágrimas que no hubiese podido explicar. Apagó las balizas y antes de encender la camioneta se dio vuelta hacia el pequeño, que lo observaba con los ojos abiertos y ya empezaba a lloriquear.

-Tranquilo bebé, que está todo bien- dijo atontado por la súbita felicidad que lo colmaba.

Giró hacia adelante y volvió a mirar el semáforo: la luz verde brillaba ahora contra un cielo iluminado de refucilos.

- Está todo bien –repitió mientras aceleraba como nunca lo había hecho antes en su vida.

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ROBERTO MONTAÑA. Cursó talleres de Literatura Argentina con Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia). Desde el 2010 forma parte del grupo de talleristas de Vicente Battista. Sus cuentos fueron publicados en diferentes antologías (Martes 7, Palabras escritas palabras dichas, Cuentos y Microrrelatos Bonaerenses, La vida en Chancletas, Revista Ficcionario, entre otras publicaciones). Su primera novela, Washington, fue distinguida por el Fondo Nacional de las Artes y publicada por la editorial Simurg.
Coordina el Taller Literario de la Biblioteca Popular Victoria Ocampo.

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