Ricardo Montiel

 

DNI

             Miro mi DNI: es un rectángulo de plástico impermeable, una identidad sumergible.

            Al frente, en mayúsculas y en rojo dice EXTRANJERO. La foto fue estirada hasta adaptarse al formato: mi cara se ve levemente deformada, los ojos un poco más unidos, la frente unos milímetros más alta… Recuerdo una imagen distinta en el espejo, pero el espejo me puede traicionar, y el espejo sólo copia un instante.

            Al dorso, en Lugar de nacimiento dice el nombre de un país. Pero el nombre de un país no precisa un origen: es una generalidad, un catalejo de corto alcance. Lo mismo ocurre con las historias de nacimiento. Al no poder recordarlas, dependemos del relato de otros, por lo que nunca deja de ser una sospecha.

            Quizás por eso, un día, nos sentimos de repente aparecidos, con un nombre, un idioma, una patria, un deber. Imposturas que barnizan nuestro complejo relieve, como a esos árboles a los que pintan el tronco de colores, o a esos perros cuyos amos visten de frac.

            De alguno modo, nacemos ya migrantes, pues nada de lo que primero habitamos, lo hemos fundado nosotros.

  

*

Preguntas

             “¿De dónde sos?”

            Y uno menciona un país y una ciudad de ese país, pero por lo general el país solamente. De cualquiera de las dos maneras, queda una incógnita en el aire, como si uno hubiera precipitado algo que yace incompleto. Quizás por eso me he esmerado en elaborar esta respuesta:

            “No hallo lo que era, o lo que yo ideaba que era. Me esfuerzo en unir los pedazos, pero la imagen resulta corrida, desplazada del límite de ayer. Me es difícil determinar el lugar en donde he estado y el lugar en donde estoy, porque en ambos el tiempo transcurre en simultáneo, y uno, ligado a esos símbolos cambiantes, acaba convertido en un ciudadano mixto e inasible. Creía saber en dónde estaba el principio, pero la trama se ha desordenado, ese es el ritmo de mi ahora”.

            Pero luego pienso que no, que esta no es una respuesta para el otro, sino para mí. Ni siquiera responde con objetividad a la pregunta, y hasta es probable que al interlocutor le parezca un rebusque, un encubrimiento o una boludez. Sin embargo, la pregunta reaparece y vuelvo a caer en lo mismo. Incluso empeoro:

            “De un lago en el camino, que más tarde será lluvia…”

            Tal vez cometo la torpeza porque el verbo soy se resiente cuando uno vive en otro país. Pero creo haber encontrado una solución, al menos una transitoria: responder citando.

            A “¿De dónde sos?” le suele seguir “¿Por qué viniste?”. Entonces digo:

            “No me basta –nunca me bastó, pese al diámetro de las alegrías– soportarme en un mismo lugar, creerme custodia de una fijeza”.

            La cita es de Jacqueline Goldberg, pero el interlocutor no lo sabe (o sí, pero no le interesa ir más allá de sus preguntas).

            Al fin y al cabo estas preguntas las hacen quienes no te conocen. Entonces, ¿por qué no responder con la voz de otro?

 

  *

            ¿Nos hemos finalmente “asentado” cuando ya todo lo que vemos nos refleja? ¿En qué momento la fugacidad de lo nuevo se tensa hacia el pasado novedoso? ¿Y qué significa que un pasado se vuelva novedoso, que el “futuro” que una vez elegimos, se vuelva indeterminado como la infancia? Viví mi infancia en otro país, ¿eso la hace doblemente extranjera? No es casual la sensación de los primeros pasos: nacer de nuevo en cada instante, pero ya con recuerdos…

            Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el nuevo pasado absorbe el anterior? ¿Qué ocurre cuando, como dice Eugenio Montejo, no somos nunca quien parte ni quien vuelve, sino algo entre los dos, algo en el medio? Porque al principio las memorias del país de origen y las que se van creando en el país adoptivo, parecen estar separadas por la grieta de la extranjería. La abrumadora novedad pareciera no admitir el pasado extrageográfico. Pero, con los años, las dos memorias acaban confluyendo en un solo relato –o en un solo medio en que confluyen las cartografías de una vida–, y quizás sea eso lo que acabe asentándonos, y no el haber cumplido con trámites burocráticos de frontera.

  

*

El espíritu de la escalera y el asado

             La idea de los asados es juntarse, comerse una vaca entera entre varios, y en lo posible pasarla bien. Verse, digamos, entre vinos y cervezas y el fuego que va dorando los chorizos, las morcillas, el vacío… verse y juntarse son verbos casi sinónimos y siempre suenan como lo central, como si todo lo demás viniera por añadidura: el mate, la birra, el asado… y también la ronda de conversaciones en las que nos vamos poniendo al día, o en las que nos permitimos el comentario político o la broma, porque hay algo en la inminencia del festín de la carne que envalentona a los hombres, y no sé qué será. No digo esto porque yo esté en contra del asado, pero me es inevitable no percibir a veces que entre el cuchillo, el delantal del asador y los aplausos, hay una especie de deliberada superioridad que roza lo salvaje. Insisto: no es esta una denuncia encubierta por el asesinato de animales inocentes, que por supuesto que lo son, qué duda cabe. Lo que he querido decir desde el principio es que a mí me ha sucedido al revés, he ido más por el asado y me he juntado por añadidura, porque no soy muy entusiasta del juntarse o del verse; de hecho, he ido a poquísimos asados, y puede que por eso recuerde los que fui.

            Recuerdo sobre todo lo que alguien, un desconocido a quien jamás volví a ver en otro asado ni en otra circunstancia, dijo una vez con sangre entre los dientes: que los extranjeros veníamos a robar su educación y su salud pública (lo decía como si el país fuera un terreno suyo que le invadieron), que nos regalaban sus impuestos y que cómo era posible que el país que levantaron sus difuntos abuelos, se lo estén quedando los que vienen de afuera. El salvaje no sabía que yo era “de afuera”, o que venía “de afuera”, y en lugar de una buena y contundente réplica que lo anoticiara y ubicara, me quedé callado y con la mente en blanco, sumido en la más estúpida indefensión.

            La ocurrencia vino después, cuando ya era demasiado tarde. Concentrado en cualquier otra cosa, vinieron a mi mente las réplicas: a propósito de la primera acusación, habría contestado que la educación y la salud pública son tan públicas como el asiento del colectivo o la baldosa de la vereda, que después de todo es un asunto de Estado, y no de extranjeros. Y de los impuestos, pues le habría mostrado mi credencial de monotributista categoría “C”, que vengo pagando desde hace casi una década; y, por lo último, teniendo en cuenta el apellido impronunciable de aquel tipo (lo supe porque sus amigos se referían a él por su apellido, y no por su nombre), le habría dicho que yo era su abuelo, y que estaba “levantando” este país para los que vinieran después, que por supuesto vendrían de afuera, porque todo el que “viene” lo hace de afuera. ¿De dónde sino?

            Quién sabe, tal vez la indignación me bloqueó, o el instinto neutralizó mi respuesta para que yo conociera las tácticas de mi enemigo, que con el tiempo descubrí que más que tácticas aquellos eran comentarios pueriles, lugares comunes de los xenófobos que linchan públicamente a sus abuelos. Porque qué es un xenófobo: alguien que lincha públicamente a sus abuelos.

  

Del libro inédito S, M, L

 

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Ricardo Montiel (Maracaibo, Venezuela, 1982) ha publicado los libros de poesía Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015) y Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020). Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Coeditó la revista digital Merece una reseña, y vive en Buenos Aires desde 2007. Blog personal: ricmontiel.blogspot.com

 

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