La soledad de las superficies

Néstor Toledo

Le quedaban un par de horas antes de volver. El día estaba agradable, soleado y ventoso, y pensó que podía permitirse el privilegio de almorzar al aire libre en vez de hacerlo en la claridad aséptica de los hangares. Una hora lejos de las fulgurantes luces blancas de led, un premio mínimo aunque valioso por una mañana perdida en trámites y averiguaciones. El envase de cartón que resguardaba su porción de chow-fan comprada en un puesto callejero entibiaba su mano y de pronto sintió el aroma del pasto recién cortado, ese olor vegetal y fresco preñado de reminiscencias infantiles. Del otro lado de un breve cerco de rejas había un pequeño parque. Lo bordeó hasta dar con la entrada.

No era muy extenso, salpicado de arbustos y árboles retacones. Algunos bancos de cemento inflado se desparramaban entre el verde, como un rebaño fosilizado por una lluvia volcánica. Eligió uno de espaldas a la avenida, donde su vista pudiera perderse en el horizonte de nubarrones erguidos sobre el río. Alguien trajinaba con una cortadora de pasto autónoma, lo entrevió por un instante agachado en el fondo del parque.

La luz del sol en la cara, el viento desde el río infinito, el aroma sabroso y especiado de la comida. Sonrió involuntariamente, con la boca llena. Dejó vagar la mirada por el parque; había esculturas estrafalarias dispersas, no demasiadas. Deterioradas por la intemperie y la falta de mantenimiento. Quizás vanguardistas, aunque no estaba al tanto de las corrientes artísticas: ¿retromecanicismo, postcubismo ecológico? Todos esos términos parecían adecuados, pensó. El viento enredaba las palabras del operario que en el borde del parque renegaba con su máquina. Mientras masticaba y estudiaba de a una las esculturas, prestó atención a la charla desflecada del hombre. Le hablaba al aparato, al robot podador, sostenía una charla unidireccional con la máquina, con epítetos graciosos, pequeños insultos cariñosos, preguntas que se contestaban a sí mismas.

Tuvo la noción de movimiento cercano y enfocó en el entorno la mirada momentáneamente extraviada en la conversación. Una de las esculturas se movía lentamente, a unos metros de él. Era distinta a las demás, más concreta, compacta y colorida. Parecía desenroscarse lentamente y la observó con diversión mientras se demoraba en los últimos bocados de la bandeja. En el Palais de Glace y en Recoleta había visto muchas esculturas cinéticas, pero ésta era diferente. Tenía determinación, intención. Sobre sus elongados miembros asimétricos, impares, caminó directamente hacia él, con soltura, con deliberación. Cruzó el césped soleado hasta el banco y se detuvo a unos pasos de distancia. Se sintió observado por la escultura como por un ser viviente, aunque no tuviera ojos discernibles. El aspecto era ligeramente vegetal, pero los movimientos eran fluidos, elegantes y resueltos. Como de músculos de madera, reflexionó. Aunque la figura no recordaba ningún ser que hubiera visto o imaginado en su vida, su forma tenía cierta lógica concreta que el movimiento ponía en evidencia. Los colores no eran pintura aplicada, sino que formaban parte del material de la escultura y la dividían en regiones netas, como la librea de un ave vistosa. Una parte de la figura se estiró hacia él (¿la cabeza?), ladeándose graciosamente, y él a su vez estiró la mano, sin pensarlo. Entonces un apéndice se desplegó del cuerpo y acarició la piel del dorso de su dedo índice, con timidez pero con absoluta intencionalidad. No lo esperaba: se sobresaltó y retiró la mano.

—No se asuste, no hace nada. —La voz del operario vibró detrás de él, levemente alegre.

Se dio la vuelta con fastidio, esperando enfrentar un rostro sardónico, pero el operario estaba perfectamente serio. Era un hombre de edad avanzada, vestido con un mono de la Municipalidad sucio de tierra y gastado en las rodillas. Su propio traje de trabajo también estaba gastado, sucio de pintura y sellador sintético, y entre los dos brilló la camaradería punzante e instantánea que se establece siempre entre hombres en overol. El robot podador miraba desde abajo.

—¿Qué tipo de escultura es?

—No sabría decirle. Nunca fue terminada.

—¿En serio? ¿Por? ¿Quién la hizo?

La escultura parecía amedrentada y se desplazó lentamente alrededor del banco, pero sin intentar acercarse nuevamente.

—Un artista llamado Luis Tannespi. El Gobierno abrió un concurso para esculturas que usaran tecnologías avanzadas, prometieron subsidiar el desarrollo. Pero un día recortaron los fondos. Y la mayoría de las obras nunca se terminaron.

—¿Qué pasó, por qué suspendieron todo?

—Las esculturas iban a estar ubicadas en lugares interesantes de la Ciudad, ¿vio? Para las Olimpíadas. Pero cuándo se cancelaron por lo de los atentados, todo fue para atrás. Fíjese, el tipo tiene en su página una explicación bien completita. Busque, busque.

Él sacó el teléfono del bolsillo y esperó un instante que la antena triangulara los satélites dentro del alcance. Tardó un poco en encontrar la página del artista, pero allí estaba, llena de imágenes de esculturas de todo tipo y material. Parecía ser muy productivo y se sintió abrumado por la cantidad de obras y premios que acreditaba. Pero le resultó más provechoso el material relacionado que la IA del teléfono iba apilando al margen. Notas periodísticas, entrevistas, fotos de baja resolución. El operario miraba por encima del hombro y trataba de guiarlo como mejor podía. “Rubén Siamang y otros artistas reclaman al Gobierno los fondos para la concreción de las obras designadas”; “El Gobierno no devolverá las esculturas incompletas: discusiones sobre su ubicación”. Fue desplazándose de tópicos a medida que pasaba por encima de las páginas. “Tecno-artista rompe los límites entre la vida y la materia inanimada”; “Comité de bioética indaga a Tannespi”; “Esculturas que desafían los prejuicios”. Tannespi había sido acusado, al parecer, de manipular genéticamente tejidos de plantas y animales para sus esculturas, usando técnicas no-estándar. El artista se defendió exigiendo al Comité que incluyera en su indagatoria a las empresas dedicadas a la producción de mascotas y plantas de diseño, así como las de biojuguetes. Una foto ya vieja de Tannespi con un ajado Peluchoso en brazos: el biojuguete miraba a la cámara con expresión azorada mientras sostenía un cartel que decía “Estoy vivo, no me tirés a la basura”. Sólo en Suecia le habían llevado un poco el apunte: Tannespi vivía allí desde hacía varios años.

Seguían algunos links a revistas de divulgación científica. Miró sólo los encabezados. “Biomateriales que desafían los límites entre lo vivo y lo inerte”; “Celulosa, colágeno y silicona autoensamblantes: ¿madera inteligente?”; “Propiedades autorreparativas de biomateriales basados en celulosa y quitina”.

—Ahí, ése. Más abajo. Éste. —En la pantalla, el dedo curtido del operario señaló una entrada algo más avanzada en la lista marginal. Una entrevista breve seguida de un extensísimo amasijo de comentarios de visitantes. Una foto de Tannespi en su taller, rodeado de cubetas de cultivo celular y ensambles de luces coloreadas. Los ojos brillaban en el rostro enjuto. “Quiero hacer una escultura que disfrute el contacto, y que transmita ese placer, que celebre el contacto. Lo táctil es sagrado en el mundo natural, pero los seres humanos ya lo olvidamos, nos tocamos sólo para el sexo y la agresión”. Le parecieron frases hechas que buscaban el impacto, pero era difícil saber cuánta distorsión había introducido el periodista. La explicación del proyecto de la escultura era confusa y escueta. No llegó a comprender si se trataba efectivamente de tejidos vivos modificados o simplemente de algún material extravagante. Los comentarios de los lectores eran en ese sentido mucho más jugosos. Había de todo: alabanzas y felicitaciones efusivas, comentarios pretendidamente profundos, preguntas estúpidas, chistes sin gracia, insultos. Algunos discutían si la escultura podría ser considerada un ser vivo: no se alimentaría, crecería, reproduciría ni moriría. Otros sostenían que si fuera capaz de percibir el entorno mediante sensaciones y de elaborar sentimientos, expectativas o deseos respecto a esas sensaciones entonces debía ser considerada como un ser viviente. La respuesta obvia era que las plantas no tienen deseos ni sentimientos, a pesar de estar vivas (no es cierto, protestaba Lady-Radix). Entonces podía ser que aunque no estuviera viva, tuviera alma (sugirió Devota-de-Gaia). Dejemos de escribir boludeces (contestó KingCloaca).

Se cansó de leer y guardó el teléfono en el bolsillo: a las palabras se las lleva el viento frío y mudo de la Red, que barre por igual con la mierda y con el oro. El operario se alejó, visiblemente frustrado, seguido parsimoniosamente por el robot podadora.

La escultura permanecía inmóvil bajo el sol, a unos pasos de distancia. Si era cierto que había sido diseñada para buscar y compartir el placer del contacto físico, entonces no tenía muchas oportunidades de cumplir su propósito en este parque marginal y solitario, pensó. Pero está inacabada, recordó. ¿Un ser así podrá sentir soledad? La probable soledad de los materiales. Insoportable soledad. La sed imperecedera del destino nunca consumado. Sintió pena por la escultura y se arrepintió de haberse negado al contacto. Extendió la mano y la escultura pareció interpretar su gesto correctamente. Se desenroscó y vino a su encuentro.

Sentado al borde del banco, dejó que la escultura tomara su mano entre sus apéndices y la palpara y acariciara a gusto. Se sintió repentinamente bien: el contacto no era excesivo o pesado. Era la caricia justa para sentirse, en cierto modo, ligeramente reconfortado. La superficie de la escultura (¿acaso se podía hablar de piel o tegumento?) era suave aunque no resbalosa, seca pero flexible. Era agradable sin serlo demasiado, a diferencia del pelaje. Si fuera de peluche, no me quedaría otra que abrazarla, pensó divertido. Un instante después, su otra mano se extendió para acariciar un costado de la escultura (¿el hombro? ¿el cuello?). Sintió placer, contento. No era como acariciar una mascota ansiosa de cariño, la escultura era lenta y reflexiva. Se preguntó cada cuánto tiempo aparecería alguien con quién pudiera establecer contacto. Los pensamientos se le enturbiaban. Un ser inacabado y sólo, incompleto. Una obra de arte nunca terminada. Como un hijo precoz abandonado por desidia institucional, por falta de compromiso… ¿Cuánto hacía que sólo se rozaba con la gente en los medios de transporte, que se limitaba a intercambiar emoticones por la Red? ¿Cuánto hacía que nadie le daba un abrazo con cariño? Pensó en su madre anciana, sola en su departamentito de Morón, en su hermano huido a Australia. La soledad de las superficies nunca tocadas, truncas en su destino de ser acariciadas. Esa necesidad dolorosa, el hambre de una caricia que nunca llega para reconocerte como lo que sos, esa brutal amputación.

Llegaba el momento de ponerse en marcha de nuevo, de volver a los hangares. Dejar a la escultura sola nuevamente, romper el contacto. Aunque sabía que no lo haría, se prometió volver al parque otro día. Saber que mentía aunque deseaba ser honesto le hizo latir el corazón con fuerza, como a un pájaro que muere. Se puso de pie muy lentamente, demorando a su pesar la separación. La escultura entendió su movimiento y replegó sus apéndices con amabilidad, pero no volvió a su lugar. Mientras él se alejaba con un nudo en la garganta, permaneció junto al banco.

Cuento publicado en Unbral y océano y otros cuentos (Ediciones Ayarmanot, 2014) 


NÉSTOR TOLEDO. Nació en 1980 en Sarandí, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Trabaja como paleontólogo en el Museo de La Plata, ayudante de cátedra en la Universidad de La Plata y becario del CONICET. Imagen: Escultura de Choi Xooang (Seúl, 1975)

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