Cuatro encuentros con «Casas muertas»

Casas Muertas, la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), fue publicada por primera vez en Argentina por Editorial Losada, en 1955. Más de 60 años después, otra editorial argentina -Sorojchi Editores- vuelve a publicar esta joya olvidada de la literatura latinoamericana.

A continuación compartimos relatos de cuatro ensayistas y narradores venezolanos que dan cuenta de la vigencia de Otero Silva en estos tiempos en los que la historia de un país se recicla.

 

Casas muertas es una novela-testimonial de un joven autor que trata de reflejar una época -las tres primeras décadas del siglo XX- de un país atrapado en el siglo XIX rural y en una brutal dictadura, cuya novedad era la explotación petrolera incipiente por los «musiúes».

No se entendía bien lo que venía, pero tímidamente se intuía una lejana posibilidad de mejora personal que aceleraba el deseo de huir de la aldea y de la miseria sin esperanza. Es un final y un posible comienzo, como efectivamente ocurre a partir de 1935, con la muerte del tirano, y la insurgencia política de una generación que plantea a la par la «revolución» y la democracia.

Novela actual, en estas dos primeras décadas del siglo XXI, cuando otra tiranía con una economía y una sociedad arruinadas, vuelven a plantear la encrucijada de un mundo por abandonar («Casas muertas») y otro por crear. Cambian los tiempos, pero los miedos, las huidas, los anhelos y las esperanzas son los mismos.

La historia no se repite, pero el hombre siempre se repite a sí mismo, aprendimos en Tucídides. Y es que la literatura a su manera es intemporal en la medida que expresa la agonía del vivir y el permanente viaje en busca de un destino personal, indisolublemente confundido en la historia social.

Nadie puede vivir en «casas muertas». Siempre se busca «un nuevo cielo y una nueva tierra» y los venezolanos de ese ayer y de este hoy viven en la incertidumbre de un tiempo detenido y un tiempo-por-venir.

Ángel Lombardi, ensayista.

 

«Ortiz» es una buena metáfora de lo que pasa en Venezuela en estos momentos, el país es una «casa muerta» donde la única obligación es marcharse...

Norberto José Olivar, narrador.

 

Con dos novelas he convivido con los fantasmas. Cuando terminé Cien aсos de soledad, solté el libro, fui a bañarme y al cerrar los ojos por el agua en la cara, es como si hubiera visto en desfile todos los muertos de Macondo. El jovencito que, sin embargo, ya tenía 15, se asustó y ahí se acabó esa parte de su historia.

Los muertos de Parapara de Ortiz me han acompañado toda la vida. Es como si el joven de 13, justo en 1980, se hubiera quedado o estuviera aquí conmigo. Además, el impresionable de 13, por alguna causa hizo encarnar a Carmen Rosa en el poster de una aguerrida y exuberante Claudia Cardinale de quién sabe cuál de sus películas. Mientras Sebastián no pasaba de ser un personaje fuerte y con ganas de luchar que enferma y muere.

El de 13 no vio en Casas muertas más que un pasado peor que el del 80. No vio lo que después de la era del petróleo se vino, para bien y mal, y en algún momento estuvo peor.

En memoria e influencia, ganó la mujer, el personaje femenino, Carmen Rosa. Pues, ido como ella, el hombre de 2018 ve el país a 8 mil kilómetros de distancia. Pero el pasado, siempre presente, me hace tener en las manos una sobria edición de Sorojchi Editores que, con una elegante portada en tonos grisáceos que van de lo sombrío a lo lúgubre, no puede evocar y parecerse más al país.

Monzantg, ensayista y editor.

 

Casas muertas sigue reflejando un país-circular que no sale del foso. Una novela escrita en un momento en el que el país no tiene futuro.

Miguel Ángel Campos, ensayista y editor.


Imágenes:

* Detalle de la portada. Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Seix Barral. 1975.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Losada. 1955.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Sorojchi. 2018.

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