Gorgona

Maumy González

Escucho el sonido amortiguado del arrastre de sus pies sobre el granito. Mamá va y viene de un lado a otro de la casa. Miro el reloj. Son las cuatro de la mañana y no tengo ganas de levantarme. Agradezco la mínima frontera que me regala la puerta del cuarto. Estar acá otra vez, compartiendo el espacio con mamá, me hace doler la cabeza. No es cualquier dolor, es psicosomático. Debería tener paciencia. En su lugar siento escalofríos y esta bendita migraña que repta como una serpiente negra. Me rodea el cuello, apretando, hasta quedar cómoda, los colmillos ponzoñosos clavados en mi nuca. Cada vez que regreso a esta casa es lo mismo.
Me sacudo las sábanas y busco el borde de la cama. Me siento. La pesadez del cuerpo me recuerda que no soy hija única, Meche también debería estar acá. Hace unas semanas la llamé para avisarle que mamá estaba mal otra vez, que la fiebre no se le iba y andaba haciendo cualquier cosa en el delirio, pero mi hermana volvió a hacerse la diva. A veces la odio por eso. Quédate con ella, me dijo, no la dejes sola, pobrecita. Yo no puedo viajar ahora desde Berlín.
Vuelvo a escuchar las pantuflas de mamá. Nombra a Meche, como viene haciendo hace días. Otra vez debe dar vueltas por la sala. Así la encontré ayer, al regreso de la oficina, caminando entre los muebles con un tazón en la mano. La saludé pero ella ni respondió, se fue refunfuñando al cuarto.
Escucho las pantuflas, se detienen cerca de mi puerta. Espero que mamá sea consciente de la hora, aunque parece no registrar ningún detalle. Veo el cambio de sombra en el resquicio bajo la puerta, las pantuflas vuelven a moverse. Decido que será mejor levantarme, prepararle un té y hacer que regrese a dormir aunque sé que no será fácil convencerla.
Busco la bata. Afuera mamá regresa a la conversación imaginaria con Meche. Le habla como si la tuviera cerca. Malagradecida, dice. No encuentro la bata y no quiero encender la luz. Revuelvo las sábanas. Mamá sigue hablando. Tenía cuatro jarrones de cristal de Murano, dice, y ahora no tengo ninguno, ella se los llevó. Encuentro la bata y escucho las pantuflas regresar. Yo sé que fue ella, dice mamá. No la quiero en mi casa.
Las pantuflas se detienen.
Abro la puerta y encuentro a mamá de frente. Tiene una copa de champagne en la mano. Da un paso atrás apenas salgo y aprieta la copa contra el pecho. Le preguntó qué le pasa. Ella dice que nada, no le pasa nada. Es tarde, le digo y me acerco. Ella da otro paso atrás. ¿Quiere que le prepare un té?, ofrezco. Un té, repite, pero lo quiero en la taza que me trajo tu padre de España, no esas mugres de bazar que me trajiste el otro día.
Arrastra las pantuflas hacia el comedor.
La casa está a oscuras. No logro entender la manía de mamá de levantarse a esta hora de la madrugada a dar vueltas en medio de la penumbra. Aun sin fiebre suele hacerlo. Pienso en la edad y veo la confirmación en sus canas revueltas sobre los hombros, en la espalda encorvada que gira como para estar segura de que la sigo.
Enciendo la luz del comedor. Veo las copas sobre la mesa, también hay vasos, jarrones, tazas. ¿Qué es esto?, pregunto. Mis cosas, dice mamá. Tenía que revisar que no faltara nada. ¡¿A las cuatro de la mañana?! Ella deja la copa sobre la mesa. Cualquier hora es buena para pasar revista, dice. Quería conseguir el jarrón de Murano que nos trajimos de Italia con tu padre, el rojo con bordes dorados. Estas son mugres de vidrio, chasquea la lengua, de esas que te gustan a ti.
La dejo en el comedor y sigo hasta la cocina. Le doy un vistazo mientras pongo a calentar el agua y busco el saquito de tilo. Mamá revisa las tazas de cerca, haciéndolas girar con cuidado, como si buscara una grieta. Me va a costar estar lista dentro de un par de horas para ir a la oficina. Sé que debo tener paciencia, mamá no está bien. La fiebre y la edad le hacen decir cosas desagradables. Y, sin embargo, la serpiente sigue ajustada a mi nuca, inyectándome una sensación viscosa. Trato de hacer foco en algo distinto. Me pregunto si mamá se habrá tomado el antibiótico que le recetaron y levanto una de las tantas tazas que hay sobre la mesa.
En esa no, dice mamá, es horrible. Me la arranca de la mano. Esta de acá, agrega y me alcanza otra. Un tazón blanco con diminutas flores azules en el borde. El movimiento que podría haber sido más fluido lo entorpece el temblor de sus manos y mi fastidio. No logro reaccionar a tiempo y el tazón se hace trizas contra el suelo. Mi tazón de porcelana, dice ella agarrándose el pecho con los dedos crispados, de arácnido, que parecen atajar la rabia para que no se le desborde. Una rabia añeja, envuelta entre hilos de seda como para devorar despacio.
Igual que siempre, dice mamá, los labios pálidos apretados contra los dientes, pura torpeza. Parece que tuvieras mierda en las manos. Mierda, repite bajito y arrastra los pies hasta el otro lado de la mesa, alejándose de donde quedó el reguero.
De verdad quisiera tener paciencia. Trabajar mis frustraciones, que no me molesten los desprecios de mamá porque sé que debo aceptarla como es. Pero ahora es a mí a quien la rabia le hace temblar el saquito de tilo entre los dedos. Lo dejo sobre la mesa. Levanto los trozos de porcelana. No quiero que mamá me vea, quisiera esconderme pero ella sigue mirándome.
El agua hierve. Mamá vuelve a rebuscar entre copas y tazones. Dejo los restos del tazón sobre la mesada y apago la hornilla. ¿Por qué te llevaste mis jarrones?, dice ella. Usted los regaló hace tiempo, le digo. La escucho moverse. No puedo haberlos regalado, dice, eran mis favoritos. Recuerdo sus otras cosas favoritas: el vestido verde agua que le regaló papá y ella cortó en pedacitos; los zarcillos que heredó de la abuela y se perdieron en alguno de sus viajes; los jarrones de Murano que le dio a Meche, ni bien supo que se iba a estudiar al extranjero, diciendo que no soportaba verlos. ¿No recuerda que los regaló?, insisto. Prepara el bendito té, dice ella, y no rompas ninguna otra cosa.
Vuelco el agua caliente en la primera taza que elegí. Trato de disimular mi propio temblor al dejársela sobre la mesa. Me aprieto la sien. No voy a lograr que la migraña se vaya, que desaparezca la serpiente, el escalofrío que va y viene. Mamá mira la taza pero no la toca. Nada más que mugre, dice. Bébase el té, le digo, va ayudarla a dormir. Ella dice que no quiere dormir y vuelve a preguntar dónde están sus jarrones. Le recuerdo que se los regaló hace tiempo a Meche. No, dice ella, la voz le sale como un siseo. Yo no regalé nada, tú los rompiste.
Mi energía se diluye, soy un trozo de hielo al sol. Llevo dos semanas lidiando con la terquedad de mamá para cumplir el tratamiento y la fiebre no mejora. Parece que disfrutara el delirio. Meche fue quien se llevó los jarrones a Berlín, insisto, tratando de usar mi mejor tono comprensivo. Mentirosa, dice ella y le da un manotazo a la taza con el tilo que también va a dar al suelo. Veo el líquido, los nuevos trozos no son blancos sino verde agua, su color favorito.
Preferiría no estar acá pero mamá no tiene a nadie más que pueda cuidarla. ¿Por qué te llevaste mis jarrones?, dice. Me mira fijo, como si viera más allá de mí. Me doy cuenta de que tiene la frente empapada. La toco. Está demasiado caliente. Le pregunto si se tomó la pastilla. ¿Qué pastilla? El antibiótico que le recetaron, mamá. Sabes que no me gusta tomar pastillas, dice ella. ¡Qué va a saber ese médico! ¿No le viste la cara? Un muchachito nomás. Va a tener que darse una ducha tibia, le digo. ¿Estás loca? A ver si me agarro una pulmonía, no me jodas. Arrastra los pies sobre el charco de tilo, entre los trozos verde agua de la taza, se moja las pantuflas. Cuidado que puede cortarse, le advierto. Si me corto es culpa tuya, dice ella y sigue arrastrando los pies camino al cuarto.
Una puntada me sacude la nuca. Imagino la serpiente que clava sus colmillos con más fuerza. Voy tras mamá. Le digo que debería hacerme caso, meterse bajo la ducha. Ella sigue diciendo que no. Se sienta en la cama y se saca las pantuflas. No ponga los pies sobre el suelo pelado, mamá. ¿Quién eres tú para decirme qué hacer? Llámala a Meche, dile que venga. Meche vive en Berlín, le digo, ¿no recuerda que no puede venir? ¿Cómo que no?, dice ella. Dijo que si me enfermaba venía. Que venga, te digo. Otra vez tiene los labios aplastados contra los dientes.
No me queda suficiente paciencia para insistir. Doy media vuelta, prefiero regresar al charco del comedor. Lo limpio, recojo los pedazos. Mamá sigue murmurando en el cuarto. Escucho el sonido de sus talones contra el suelo frío. Sé que regresa al comedor descalza, justo como acabo de decirle que no lo haga. Se para detrás de mí. ¿Dónde están mis jarrones?, dice. Tiembla y un hilito de saliva se le escapa de la boca, le cuelga de la comisura, se alarga, vibra. Mamá está tan pálida que es una aparición.
No puedo dejar de mirar su cara arrugada, el mentón enclenque. Imagino que algún día seré como ella, me dan náuseas. Por favor, mamá, le digo, vamos a darle una ducha rápida, tiene que meterse bajo el agua tibia para que le baje la fiebre. Trato de hablar con calma, con aire de que entiendo su malestar. Qué ducha ni que nada, dice ella. Dime dónde están los jarrones. ¿O los rompiste, como las tazas? Tan caros, tan lindos, se estruja los dedos. Mamá, si no quiere ducharse vaya a la cama. Le hago otro té y se acuesta. Ella se lleva la mano a la boca, se seca la baba con el dorso. Todo esto es tú culpa. Tanto que te cuidé y mira como saliste. Tu hermana es otra cosa, tan diferente. Meche se fue a Berlín hace años. Dijo que escribiría pero nunca lo hizo. Rara vez llama, soy yo quien lo hace para contarle cómo estamos. Tendrías que haberte ido tú, dice mamá y se va hacia el cuarto.
Despacio, envuelvo los pedazos de las tazas en papel periódico. La serpiente se ajusta más fuerte. Alarga el cuerpo negro, me clava los colmillos, agujerea. Recuerdo a mamá en medio de la sala cortando el vestido verde agua. Éramos dos niñas, Meche y yo. Acabábamos de llegar del colegio y nos quedamos en la entrada, con los morrales y las carpetas todavía colgando. Había retazos del vestido por el suelo, encima de los muebles. Mamá siguió con las tijeras hasta que no quedó nada más que cortar. Meche se quedó tiesa, con la cabeza gacha. Yo me fije en ella, luego en mamá que se volvió a nosotras con la cara roja y los cabellos revueltos. Movía la cabeza como si no nos conociera. ¡No me gusta que mires así!, gritó y me dio una cachetada que casi me tira al suelo. Después me ordenó recoger el desastre y se fue, digna, hasta su cuarto. Ya se le va a pasar, dijo Meche mientras me ayudaba. Nunca se le pasó. Comenzó a quejarse de las habladurías de los vecinos, de los chismosos de la familia y, en especial, de mí. Me enferma que me mires, repetía. Lo siguiente era un pescozón, o una paliza, según el humor con el que estuviera. Meche la detuvo algunas veces, era la única que podía. Recuerdo los hematomas, la gama de colores que adquirían con el tiempo. Pasaban del berenjena al violeta verdoso, luego a un amarillo enfermo hasta desaparecer. Mamá dejó de pegarme cuando yo dejé de verla.
No es una relación pareja, me digo ahora. Debería repetirlo hasta convencerme. El dolor de cabeza es insoportable. Vuelvo a imaginar la serpiente, se retuerce. Mamá me llama desde el cuarto. Dice que necesita otras pantuflas. La dejo hablar sola mientras preparo una nueva taza de tilo. Sólo queda un saquito. No encuentro las otras pantuflas, insiste mamá.
Voy hasta el cuarto con el tilo. Ella bufa, se sienta en el borde de la cama. Había unas pantuflas por ahí, dice señalando a cualquier parte. Dejo la taza en la mesita de noche. Bébase el tilo, mamá. No quiero té, dice ella. Sacude sus dedos de arácnido. Tiene un mechón gris pegado a la sien. Quisiera poder acomodarle el pelo, lograr que se duche.
Ya le busco las pantuflas, le digo y me agacho. Busco en las esquinas, en el closet, bajo la peinadora. No hay pantuflas. Ella se vuelve a estrujar los dedos. Quédese con las mías, le digo. Me levanto y se las dejo a un costado. ¿Dónde están las pastillas?, pregunto. Por ahí, dice ella señalando la mesita. La mano le tiembla. Revuelvo entre las cosas de la gaveta, no están. Busco junto a la lámpara y el tilo que se enfría sin que ella lo haya probado. Doy con el blíster bajo un libro. Está casi entero, saco una pastilla. Tómesela con el té, le ofrezco. Ella abre la boca. Logro que se la trague con un par de sorbos de tilo. No me mires así, dice. Deja la taza y se aparta hacia la cabecera de la cama. Déjame sola, se pasa la mano por la cabeza, quiero cambiarme.
No le hago caso y me siento junto a ella. Estoy cansada, quiero que se duerma. Siento el piso frío y lleno de polvo. Veo las pelusas entre los zapatos. Los pies de mamá son pequeños, recubiertos por una piel fina y llena de pecas. ¿Quiere que le acomode las colchas para que esté más cómoda?, le digo. Quiero que me dejes sola, dice ella.
No sé porqué, al hablar conmigo, mamá pronuncia las palabras con ese siseo desagradable. Intento argumentar sin dejar de mirarle los pies. Déjame en paz, dice ella, y me cachetea. Ni siquiera siento el golpe. Imagino el movimiento de la mano, la curva en el aire y la boca torcida de mamá, sus labios casi blancos apretados contra los dientes. Boca de asco, de retorcijón de tripas. El dolor que siento en la nuca se desborda. No hay aire en la habitación. Mamá está mal, pienso. Me tiembla la barbilla. Necesito alejarme, tomar un analgésico e irme a dormir pero ya no tengo sueño.
Voy a mi cuarto. Revuelvo el bolso, saco blusas, ropa interior, faldas y pantalones. En uno de los bolsillos encuentro un blíster vacío. No me quedan analgésicos y todavía falta mucho para que salga el sol. No sé cuándo saqué el cinturón del bolso. Lo veo más que sentirlo. Una extensión de mi mano hecha de cuero negro, finito. Puedo manejarme sola, le escucho decir a mamá desde el otro cuarto. La serpiente, o lo que sea este engendro imaginario que me aniquila el cerebro, no me deja pensar. Entro al baño, reviso el botiquín todavía con el cinturón en la mano. Tampoco ahí encuentro analgésicos.
¿Dónde están los zarcillos que me regaló tu abuela?, dice mamá. Me asomo. Ella rebusca, encorvada sobre la mesita de noche, moviendo los dedos con torpeza. Sus mechones revueltos proyectan sombras que reptan por la pared. No me gusta que me mires, vuelvo a recordar. La puntada en la nuca late. Aprieto el cinturón. En aquella época, mamá hablaba y yo me convertía en piedra. No podía mover ni un músculo. Luego venía la cachetada. Son una reliquia esos zarcillos, insiste ahora, ¿también me los robaste? Retuerzo el cinturón, es ligero, un apéndice obediente que se mueve casi solo, alargado, como una serpiente. Fijo la vista en los talones de mamá. Sé que, como a la Gorgona, no hay que mirarla a los ojos.


MAUMY GONZÁLEZ. 1974. Narradora venezolana residente en Argentina. Autora de la colección de cuentos Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014) e Imagina la felicidad (Qué diría Victor Hugo?, 2017), colabora en la prensa de autores independientes, coordina talleres de narrativa y lleva el blog La Aquateca. Es Secretaria de Difusión de La balandra. “Gorgona” forma parte del libro de cuentos Imagina la felicidad.

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