Esas nubes

Matías Aldaz

—Está bien, te acompaño —me dijo finalmente Cintia.
Había costado convencerla, pero después de un rato sacó ropa de la valija que estaba encima de la cama y se cambió. Se puso un vestido viejo y arrugado. La miré sin decirle nada y salimos hacia la casa de mamá. Cuando llegamos nos estaba esperando en la puerta. Tenía la mañanita roja que siempre usaba y al pelo lo arremolinaba un fuerte viento. Apenas me acerqué me abrazó con fuerza, a Cintia también la abrazó. Entramos. La mesa estaba puesta en el living. Eso me extrañó, mamá nunca la preparaba en ese lugar, sólo lo hacía para la cena de Navidad y la de Año nuevo. Tal vez en algún que otro cumpleaños importante, pero nada más. Se paró al costado de la mesa y nos señaló en qué lugar debíamos sentarnos. Me miró con una sonrisa, se dio media vuelta y se fue rápido a la cocina a ver cómo marchaba la comida.

—La hubieses saludado un poco mejor a mamá, hace como un mes que no la vemos —le dije a Cintia al oído.
—Pero si ni me miró —me contestó con un fuerte susurro.
Cuando mamá volvió se sentó en el lugar que había dispuesto para ella: frente a mí.
—En diez minutos comemos. ¿Quieren tomar algo mientas tanto? ¿Un vino?
Le dijimos que sí al unísono, pero mi voz tapó la de Cintia. Mamá se paró y fue a buscar el vino que tenía guardado para cuando yo fuese. “Lo tengo escondido hace como un mes”, dijo. Lo trajo y me lo alcanzó para que lo abriera. Lo abrí y serví. Primero a mamá, después a Cintia. Mamá levantó la copa y propuso un brindis. Con Cintia también las levantamos, pero sin decir una sola palabra.
—Por ustedes, para que venga pronto el nieto —cuando dijo nieto, la voz se le puso rara.
—Mamá, siempre brindás por lo mismo —le dije con tono de reproche.
—Y sí, con ustedes siempre voy a brindar por lo mismo, porque si lo tengo que esperar de tu hermano y su novia...

Chocamos las copas y mamá volvió a la cocina.
—¡Está lista! —gritó.
La miré a Cintia y le dije que la ayudara a servir. Me dijo que no con una seña silenciosa. Me paré y fui yo. Cuando llegué mamá me preguntó en voz baja:
—¿Qué le pasa a Cintia? —y apuntó con el mentón hacia el living— La veo como desganada, un poco triste también.
—No, te habrá parecido nomás… ¿Este plato para quién es? —le dije tomando el único que tenía cuatro zapallitos rellenos.
—Ese es para vos.
Llegamos a la mesa con la comida. Cintia, sosteniéndose la cabeza con la palma de la mano, sonrió de manera simpática.
—Mamá hizo zapallitos rellenos —le dije mostrándole los dos platos que traía.

Cintia sabía que mamá había hecho esa comida, la hacía siempre que íbamos a cenar. Pero igualmente se hizo la sorprendida, como no recordando los zapallitos anteriores. Nos sentamos a la mesa y comenzamos a comer en silencio. Sólo se oía el ruido de los tenedores y cuchillos chocando con los platos. Cintia comía lento, como sin hambre.
—Y, ¿Cómo están? —dijo mamá, mirando los zapallitos.
—¡Están muy ricos! —dijo Cintia con una sonrisa forzada.
Yo asentí con una seña y sin hablar (tenía la boca llena). Mamá nos agradeció y enseguida comenzó a hablar de mi hermano. De mi hermano y su novia:
—Esa chica no es para él.

Cuando dijo eso la miré de inmediato, y con la boca todavía llena, le dije:
—¿Por qué decís eso?
—Si a vos tampoco te gusta.
Seguí comiendo los zapallitos sin contestarle. Cintia ya había dejado de comer y miraba el inmenso cuadro que estaba detrás de mamá: un campo lleno de girasoles con un cielo nublado, de nubes negras que se preparaban para desatar una tormenta. Creo que Cintia sólo miraba esas nubes.

Mamá siempre hablaba de mi hermano. De mi hermano y su novia; de mi hermano y su trabajo; de mi hermano y sus problemas, y de cada uno de sus problemas. Era siempre así. Las charlas terminaban siendo como un embudo, donde todo desembocaba invariablemente en un único tema de conversación: mi hermano. Y esta vez no había sido la excepción.
—Hasta creo que ella anda con otro. Porque la veo cuando viene a cenar, me doy cuenta… creo que ni siquiera lo mira, está como distraída, como pensando en otra cosa.
—Pero bueno, quizá tienen algunos problemas —interrumpió Cintia a mamá, pero mirándome a mí.

Yo me sorprendí de que Cintia interviniera en esa conversación, en ese tema de conversación. No dije nada, seguí comiendo los zapallitos que me quedaban en el plato sin siquiera levantar la vista.
—Noooo, yo conozco ese tipo de mujeres —dijo mamá— Mirá, te cuento algo que pasó la semana pasada: él le compró un perfume importado carísimo, y justo eligió dárselo delante mío. Cuando ella lo abrió y vio que no era el que quería, lo tiró arriba de la mesa diciendo que no le gustaba y que cómo le había regalado ese perfume, que él sabía muy bien que ella quería otro. Y todo eso lo hizo delante mío, ¿entendés? —la miraba sólo a Cintia— ¡Está loca esa chica!

Cuando escuché eso no pude evitar pensar en mi hermano y en su cara redonda de ojos pequeños, con ese grano eterno en el frente. Me lo imaginaba con el perfume en la mano, envuelto en papel de regalo, seguro de color amarillo (es su color preferido), y con un moñito rojo y largo. Entregándoselo a ella. Tampoco pude evitar pensar en la cara de mamá, forzando una risa cómplice, que de súbito se desdibuja. Una cara que se pone colorada, un poco por vergüenza y otro poco por la rabia.
—¿Y él qué hizo? —le pregunté con la vista clavada en el plato.
—Y qué va a hacer, pobrecito, me lo regaló a mí, ahí nomás, delante de ella. Y cuando me lo dio... ¡ah!, le dije en voz alta, casi gritando, para que ella me escuchara, que era uno de los perfumes que a mí más me gustaba. Y ustedes saben muy bien que yo no uso perfume.
—¿Y ella que hizo? —le preguntó Cintia a mamá.
—Y qué va hacer esa. Se hizo la desentendida, fingiendo que no me escuchaba. Pero sí que lo hacía.
—¿Y al final, se quedaron a cenar? —le preguntó de nuevo Cintia.
—No, además eso. Se lo llevó al ratito.

Cintia estaba muy interesada en lo que decía mamá sobre la novia de mi hermano. Creo que en algún punto la defendía. Y defenderla era estar en contra de mamá, pero parecía que eso a Cintia no le importaba.
—No veo la hora que se peleen, mirá. No la quiero ver más a esa por acá.
—Pero si él la quiere... —dijo Cintia, como desafiando a mamá.
—No, chiquita, yo estoy segura que él no la quiere. Está con ella por comodidad. Además él es...

Mamá se calló, como arrepintiéndose de lo que iba a decir. Yo la miré de reojo como para que no siguiera hablando, para que no retomara con lo que había interrumpido. Cintia se hizo la desentendida, comenzó a jugar con los restos de comida que estaban en su plato. La miré para ver su cara y vi que separaba un zapallito del relleno con el cuchillo.
—Pero la va a dejar. Yo sé que algún día de estos él la va a dejar. —dijo mamá siguiendo la conversación.

Cintia levantó la vista y la miró de manera nerviosa, como sin entender la seguridad con que hablaba mamá.
—Sí, sí, yo creo que él algún día se va a dar cuenta de quién es ella —prosiguió mamá.
Yo corrí el plato hacia delante para hacerle lugar a los codos. No dije nada. Sabía que mi hermano era incapaz de darse cuenta por sí solo de quién tenía al lado suyo.

Los tres ya habíamos terminado de comer. Cintia había dejado dos de los tres zapallitos que le había servido. Mamá se dio cuenta.
—Pero por suerte ustedes andan bien, se les nota en la cara.

Cintia me miró de inmediato, y dijo sin sacarme la vista de encima:
—Sí, por suerte sí. Andamos muy bien.
—Ay, qué bueno, me alegro mucho. Yo siempre le decía a tu padre… —hizo una pausa y miró el techo con la voz entrecortada— ¡Viste, papi, hacen una pareja hermosa!
La miré a Cintia y le dije en voz baja:
—¿Vamos?
A pesar de lo bajo que hablé, mamá logró oírnos.
—¿Ya se van a ir? Miren que tengo postre. Compré duraznos en almíbar, como a vos te gustan —y me señaló con la mirada.
—Está bien, nos quedamos, además a mí también me gustan los duraznos en almíbar —dijo Cintia con una voz extraña, adelantándose a mi decisión.

Era raro, porque a Cintia no le gustaba el durazno, ni al natural ni en almíbar. Y yo lo sabía. Mamá los sirvió y siguió con el tema de mi hermano.
—Vos tenés que hablarle —me dijo.
—¿De qué?
—Si sabés. A vos te hace caso, sos el hermano mayor.
—Sí, pero yo no voy a decirle nada, si se tiene que dar cuenta de algo, que lo haga solo.

Aunque le hablaba a mamá, pude ver como Cintia movía rápido la cabeza hacia los costados, hasta que de repente, mirándome con ojos furiosos, me dijo:
—Siempre te lavás las manos, no hay caso, siempre. Es increíble, no te jugás por nada, ni por nadie.
Me quedé en silencio.

Terminamos el postre. Mamá ya no podía hacer nada para retenernos. Se resignó y nos acompañó a la puerta. Nos despidió con un beso a cada uno. A mí me acarició la cara. Salimos abrazados con Cintia. Recorrimos diez metros y sin planearlo nos soltamos al mismo tiempo. Mamá ya había entrado. También sin planearlo decidimos ir caminando: eran sólo diez cuadras. No nos hablamos ni una sola palabra. “Está feo el tiempo”, creo que fue lo único que le dije. Ella ni siquiera me miró.

Caminamos. Cuando llegamos a la esquina de casa yo comencé a doblar, pero Cintia caminó hacia la calle. Paró un taxi. La miré extrañado. Ella se acercó con un paso rápido hacia donde yo estaba, y me dijo:
—Mañana a la tarde la paso a buscar.

Sin mirarme me dio un beso, y se subió al taxi. Cerró con un portazo que retumbó en toda la cuadra. Habló con el chofer inclinándose hacia delante y el taxi salió a toda velocidad. Inmóvil observé mientras su cabeza de cabellos rubios se alejaba. El taxi desapareció en el medio de la oscuridad. Me quedé parado durante unos segundos sin saber qué hacer. Adónde iría Cintia a esa hora: ¿a la casa de la madre? Seguramente se va para allá. Sabía que en ese lugar iba a estar bien. Me di vuelta y seguí caminando. Pensé en mi hermano: ¿cuánto más duraría la relación de mi hermano con su novia? Cuando entré a la casa prendí la luz y fui directo al contestador, la lucecita roja titilaba. Toqué el botón más grande: “usted tiene un mensaje nuevo, pip… ”, escuché. “Hola…” Era la voz de mi hermano. Pero dijo eso y enseguida dejó de hablar, sólo se escuchaba una respiración entrecortada. Después de un par de segundos, siguió: “te llamaba para decirte que…”. Y entonces sí, no habló más. Se siguió escuchando esa respiración jadeante a lo lejos durante unos segundos hasta que se cortó. Miré el teléfono pensando en llamarlo, pero ya era bastante tarde. Desconecté el teléfono y caminé hasta la habitación. Cuando entré vi la valija en el medio de la cama, esperando que se la llevasen a otro lado, esperando conocer un lugar nuevo. La corrí hacia un costado y sin desvestirme me acosté.



***


Matías Aldaz nació en Federación en 1976. Es abogado, músico y escritor. Publicó los libros de cuentos Esas nubes (Simurg, 2009), D’accord (Escrituras Indie, 2013) y La lluvia cae en todas partes (Mulita, 2015) además de poemas y relatos en varias revistas. Forma parta de la banda musical Hasta los pájaros y escribe y administra el blog Pisapapeles.
Esas nubes es el primer cuento de su primer libro.

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