Dos tacos

Mariana Kozodij

Raúl abre el puesto de flores todas las mañanas a las seis en punto ahí, a metros de la Chacarita. El olor de las plantas mustias se hace uno con el agua estancada de los floreros. Pedazos de celofán de colores adornan la vereda formando remolinos con la brisa del verano próximo.

Y justo cuando el zorzal del árbol de la esquina empieza con el gorjeo mañanero, el sonido de los tacos aguja de la minita de siempre resuenan haciendo eco, rebotando en las paredes mal pintadas del cementerio.

El tacatacataca es inconfundible; los tacos aguja sosteniendo dos piernas blancas, lampiñas, con músculos tensos por el esfuerzo de caminar erguida. La pollera tubo, negra, con ese estampado casi imperceptible, de flores muertas, sin agua ni sed. La piel y la tela hechas una misma cosa, un roce prostibulario, excitante.

Dos tacos que sostienen un torso pequeño, una caja toráxica menor al metro, envuelta en una camisa crema, escondiendo unos senos de gota, con pezones en punta. Esos mismos tacos llevan una cabeza con pelo castaño suelto, que se bambolea de un hombro a otro; enmarcando un rostro con ojos gastados por el uso de rimel. Ojos oscuros, perfectos.
Tacatacataca

–Ahí viene la rana –pensó Raúl mientras se arqueaba para pulverizar unas azaleas matizadas, un poco chamuscadas. No hacía falta que levantara la vista, el perfume se ponía intenso cuando la puta estaba cerca. Y siempre, justo cuando cruzaban las dos piernas entacadas el puestito de flores, Raúl agachado, giraba la cabeza y con asco lanzaba un escupitajo sobre la baldosa gris. Un charco de saliva minúsculo se secaba con el poco sol que atravesaba la arboleda.

Los tacos no se enteraban nunca del acto de desprecio. Se iban tan erguidos como habían venido. Caminando acompasadamente, siguiendo una música propia.

A las doce y media, Raúl cierra el puestito y camina unos ciento cincuenta metros para almorzar en el boliche del negro Álvarez. Los sánguches de milanga son lo mejor. Tomate, queso con suero, lechuga y toda esa fritura concentrada, lista para estallar en el hígado en moléculas; partículas o Dios quiera qué cosa.

Sentado en la sillita naranja giratoria en la barra, y con medio pedazo de milanesa entre los dientes; Raúl hablaba del nuevo “pendejo prodigio”; un mexicano de nueve años que embobaba a Europa con la pelota. “Cómo el negro Maradona no hay” se relamía Raúl mientras se limpiaba las manos con una servilleta de papel casi transparente por la grasa. Después de despotricar contra los extranjeros, de hablar del último quilombo televisivo, se vinieron los comentarios sobre mujeres. Los cuatro cincuentones del boliche, habían tenido historias fuertes. Las féminas habían hecho lo suyo con ellos y algunas lo seguían haciendo.

Raúl enviudó hace unos ocho años; la hija se le había casado y se había mudado a Glew; casi no la veía. Eso ir hasta Constitución y viajar en el eléctrico no le hacía gracia. Mugre, mucha cara de hambre.

José tenía una marmolería. En sus buenos tiempos, le había dado guita como para vivir cómodo. Los pibes le salieron derechitos, todos laburaban y tenían sus familias. Hasta los domingos lo venían a visitar, con nietos blanquitos. La vieja se había venido a menos, pero todavía le daban las manos como para amasar la pasta de los domingos. Cacho, en cambio, andaba de capa caída. Comía la basura que dejaban los vecinos del edificio. Pero eso nadie lo sabía, ni siquiera sus mejores amigos. La pensión no le alcanzaba para mucho, pero la copita en el bar era sagrada.

El negro Álvarez pasó un trapo rejilla por la barra de fórmica color zanahoria. La grasa seguía pegada, sólo que ahora estaba desparramada, como una estela de baba. Y así sin más, Raúl cortó el silencio con cuatro palabras y dos signos de interrogación:
–¿Vieron a la rana?
José y Cacho se cagaron de risa. Álvarez frunció el ceño
–¿Qué rana?
–La que pasa todos los días a las seis de la mañana –dijo Raúl mientras se escarbaba los dientes con una hebra de plástico que le arrancó al florero chino de la barra.
–Ahh –dijo Álvarez.
Silencio incómodo. Raúl sintió que algo andaba mal. No sabía qué. Sólo algo.

* * *

De un lado del muro, silencio del otro, bullicio; vida. Los días y las noches pasan de igual a igual de uno y otro lado. El ocre de las paredes del cementerio se descascara más y más. La arboleda se empobrece. El celofán de color arremolinado se estrella contra el piso cuando los vientos arrecian. Se mezclan con hojas muertas.

Casi invierno; casi las seis de la mañana. Raúl está con su saco de lana marrón y la campera azul inflable; tiene en una mano el banquito y en la otra el termo para el mate. El gorrito de lana se le baja y le tapa los ojos. Va a tener que comprarse otro. Mientras piensa eso; mete el pie izquierdo en la calle. No llega a poner el derecho que Pedro, el pibe que reparte el pan, se lo lleva puesto con la bicicleta y el canasto. La escena parece como de película. Banco, termo, miñones, flautas, canasto, y dos cuerpos revoleados por el aire cayendo en cámara lenta para estamparse contra el hormigón quebrado. Raúl se golpea la cabeza contra el cordón pintado con cal.

Pedro, se levanta, junta el pan y asustado sale pedaleando. Raúl gime… “pendejo”… y la saliva azucarada por la sangre le cubre la voz.

Hay ruido pero también silencio. Sonidos que no reconoce. Y luego la familiaridad del tacatacataca. La rana le habla, tiene cuerdas vocales, emite sonido. Le pregunta si está bien, lo ayuda a incorporarse, lo sienta en el banquito que fue a buscar al medio de la calle. Raúl la mira; la rana le acomoda el gorro, le sonríe. Ahora no le parece tan sucia.

Ella lo mira, le dice si necesita algo más. Él no habla, se sonroja; piensa en los escupitajos que le dedicó, ahora secos por el sol.
–Señor no se preocupe, ahora llamo a mi abuelo. El del boliche donde almuerza. Seguro lo va a ayuda

Y el tacatacataca se perdió hasta hacerse un eco y rebotar en la vergüenza de Raúl.


MARIANA KOZODIJ es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, trabajó en radio y tele. Co organizó el ciclo de lecturas Naranjas azules. Publicó junto con Juan Marcos Almada la antología 12 Rounds, cuentos de boxeo (Lea, 2012). Colabora en revistas culturales y medios.

Dos tacos forma parte del libro Amalia (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)
Imagen: Rita Flores

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