Choperas

María Silvia Biancardi


— Lo pintamos un poquito y le saco como trescientos pesos de alquiler —dice José—. Podría andar muy bien como verdulería—. Mercedes lo mira por encima de los anteojos. Cuelga el bolso de las lanas en la silla.
—Sí, acá hace falta una —responde mientras se sienta en el borde de la cama y ordena las agujas bajo sus brazos. Se calza los anteojos que apenas le rozan la nariz y empieza a tejer. Escucha los murmullos que vienen del pasillo y el golpeteo de una aguja sobre la otra. Con cada vuelta de tejido terminada lo mira de reojo. Lo ve levantar una mano y tomar aire para hablar.
—¿Por qué le hicimos ese baño?
—No me acuerdo, José.
—Yo quería hacer varias piecitas, ¿te acordás? Pero se vino la hiper y terminamos esta nomás. Igual se la puede alquilar para verdulería.

Mercedes afirma con la cabeza y siente cómo la saliva le raspa la garganta al tragar. La puerta se abre y una voz saluda. Deja el tejido en la silla y se acerca a la joven de guardapolvo que le pregunta cómo fue la noche. Mercedes le explica que todo estuvo tranquilo, que se despertó hace un ratito nomás y que tomó toda la medicación sin problemas.
Controles de rutina. Extracción de sangre. Conversaciones entre doctores. Mercedes permanece inmóvil a un costado de la escena. Ve a José darse vuelta y mirar el respaldo de la cama. Siente una mano en su hombro y se sobresalta.
—¿Está bien? Le preguntaba si en algún momento le pidió tomar algo.
—No, está en su mundo.
—Es importante que esté tranquilo.

Mercedes ve a la doctora que continúa moviendo las manos y la boca. Lo único que escucha es un silbido en sus oídos. Empieza a sentir calor.
—Es claro, doctora —se apura a responder.

Los dibujos que traza José en el aire, su mirada clavada en los tubos que están en el respaldo, los labios apretados. Mercedes no necesita instrucciones para interpretar esas señales. Las lee como una receta de cocina de un menú que ya preparó muchas veces. Acompaña a la doctora hasta la puerta y se acerca a José.
—¿Vos mandaste a poner estas choperas?
—¿Qué choperas?
—Las que están acá atrás.
—No, no hice nada —vuelve a sentarse en la cama y toma el control remoto. Apura los canales de noticias y se detiene en los dibujos animados.
—No me dijiste nada de las choperas. Estabas por abrir un barcito. No es mala idea.

Mercedes se estira y le acomoda la bata, extiende las sábanas y le peina la barba con los dedos.
—Tenés que descansar, José.
—Una cerveza traeme, Mechi, no seas mala.
—No hay, estás internado, no dejan entrar alcohol.
—Dejate de boludear, ¿estás preparando todo para poner un bar y no tenés cerveza?

Mercedes sube el volumen del televisor. Saca el tejido de la bolsa y vuelve a calzarse las agujas. Avanza tres puntos y escucha el crujir de la cama.
—¿A dónde vas? —Mercedes abandona el tejido en la silla y apaga el televisor—. Voy a tener que llamar a una enfermera si no te quedás quieto.
—Voy a comprar cerveza, ni una me diste y tenés todo preparado —Mercedes lo toma de los hombros y lo acaricia. Toma sus piernas y las vuelve adentro de la cama.
—Estás internado. Lo que ves ahí atrás son tubos donde los médicos enchufan cosas, oxígeno, yo qué sé. Acá no hay choperas ni es nuestra pieza. ¿Entendés?

José vuelve a la cama sin quitar sus ojos de Mercedes. Sonríe. Le toma la mano y la besa. Ella revisa el goteo del suero y le acomoda la almohada.
—Es muy buena idea la del barcito, te pasaste. Una cervecita nomás, para festejar. Tengo la boca seca. Vos sabés lo que te pido, Mechi.

Mercedes siente que su cabeza es una pista de baile. El latido en las sienes y el silbido en los oídos aumentan. Inspira profundo y responde en un susurro:
—Una nomás.

Se acerca hasta la silla. Revuelve su bolso. Extiende su mano hasta José, que le devuelve una sonrisa.
—¿Brindamos?
—Por el nuevo bar, chin chin.

En el aire, el golpe silencioso de los puños acompaña el festejo. Mercedes simula beber. Lo ve a José empinar su mano y llevar la nuca hacia la espalda. Con una punta de la sábana, se seca la boca.
—¡Qué fresquita!
—Pasame el vaso que lo enjuago —dice Mercedes. José estira su mano vacía. Ella la acerca, recoge aire y cierra los puños a la altura de su pecho. Algunas lágrimas le nublan la vista. Se limpia con la manga de la camisa, mientras cuida que su puño se mantenga recto, no sea cosa que se caiga alguna gotita al piso.

 

***

María Silvia Biancardi. Vive en la ciudad de Junín (provincia de Buenos Aires). Es docente de Lengua y Literatura. Estudió Letras y actualmente cursa la maestría en Escritura y Alfabetización en la UNLP. Coordina la editorial Rama Negra de su ciudad, que edita y difunde autores del noroeste bonaerense. También coordina talleres de escritura en centros culturales y en la Unidad Penitenciaria N° 13 de Junín. Forma parte del taller de escritura a distancia de Anahí Flores.

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