María Lucesole

 

Elegimos una dirección, sin querer, al azar.

De repente vemos pasar cinco colectivos de larga distancia con gente dormida adentro.

Carboni 18, Elvira 33, Arévalo 14.

Acelero y dejo que la velocidad del camión que va adelante me succione.

Ahora ya no miro; tengo la vista abandonada en el parabrisas, la mano cayendo desde la ventanilla

hacia la ruta.

Acabamos de separarnos, pero todavía seguimos sentadas una al lado de la otra

recorriendo un laberinto de maizales, una calle de tierra barrida por las lámparas del auto.

Cuando estacione en la puerta de su casa vamos a empezar a quedar en el pasado, pienso.

 

*

 

Me pasaría meses en esta cama

debajo del ventilador

con la gata yendo y viniendo

a la hora de la siesta

El agua de una película

de Gustavo Fontán

va enrojeciendo.

La copia el cielo del patio

detrás de mi padre

que me habla desde el lado de afuera

de la ventana

mientras escupe en las manos

semillas de mandarina

cubierto por el río tornasolado

de los alambres del mosquitero.

 

A la tarde estuve buscando piedras

que habían caído en la pileta

a causa de la construcción,

rastrillé la tierra

para emparejar el terreno del patio.

 

Siempre que vuelvo nombro las plantas,

al menos mentalmente.

 

Hablé

nunca hablo y cuando lo hago

tendría que haberme callado

es el mundo

que todavía me influye

porque es tu reemplazo.

 

Termina el verano y no pude

entender

qué es el pasado

y cuál era la forma

de hacerlo desaparecer

que esquivé secretamente.

 

 

De Las plantas verdes de los veranos

 

 

PRIMER POEMA

A veces todo me parece de otro siglo:

las casas de tejas con enredaderas, las mujeres con bebés

cruzando la calle, los árboles sin hojas, el cielo de las cinco

en un pueblo de paso.

Como si todo hubiera dejado de existir hace tiempo

como si todo perteneciera a un pasado olvidado

y de las cosas sólo quedaran los conceptos que a veces recupero

asombrada, como ahora,

y cuando eso sucede me dan ganas de llorar

con una duración proporcional al tiempo

en que los conceptos tardaron en vaciarse de materialidad

y me dan ganas de correr aunque eso signifique

la soledad eterna en medio de la naturaleza eterna.

A mirar y escuchar la montaña y el cielo el resto de mi vida

hasta que todo vuelva a ocupar su lugar de contenido total

hasta que todo tenga otra vez su original consistencia

y esté el mundo y esté yo dentro

de un paisaje sólido, visible, inconfundido.

Esa desesperación, la sombra de un árbol

esfumándose entre las últimas luces de un pueblo en invierno,

eso es dios para mí.

 

UN CUARTO BLANCO

Ya llegué, hice lo que quería hacer

y lo que tenía pensado hacer

ahora estoy frente al mar en un cuarto blanco

el día está demasiado neblinoso

no entiendo cómo todavía no aprendí a conocerme y dominarme.

 

Como en el poema de Huidobro, las olas lejanas desde acá arriba

parecen helechos verdes y blancos.

Con esta tranquilidad abriría la ventana y saltaría hacia los helechos.

 

Mi posibilidad de amar quedó ahí

como marcas de una playa que pisé hace décadas,

como rastros

de todo lo que tuve y por lo tanto tengo.

 

De En todas las cosas la niebla

 

9 de abril

Primer día en mi nuevo trabajo: reemplazo a mi amiga Julia en el consultorio del padre. Todo el día siento cómo los pacientes la extrañan. Miro todos los objetos de la sala de espera, en especial las fotos que saca Carlos, el papá de Julia, el médico acupunturista.

Miro periféricamente, una forma de mirar que aprendí haciendo talleres de teatro y que a veces no me sirve para nada. Siento una relación de incomprensión mutua con el mundo. Como si me pidiera blandura cuando soy hosca y dureza cuando me ablando.

Pausa de tipeo: este es el tedio de los pueblos a las cinco de la tarde. Esta quietud, este silencio insalvable que luego será una persecución implícita en el resto de los días en los que el mismo pueblo haya sido dejado atrás como el paisaje extraño de un sueño, pero más como la sensación que esa extrañeza que mirar el paisaje produce, como la foto en la pared que entristece y sostiene a Drummond de Andrade. La parte del tiempo que más pesa es su volumen, mucho más que la linealidad o la altura, su volumen de materia invisible repleta de secretos indescifrables que abarca todo lo posible de abarcar.

Observo con precisión ciertos objetos, leo los poemas que Carlos escribe y cuelga en las paredes. Desde la misma perspectiva miro de reojo cómo va atardeciendo.

Ahora ya casi está todo el cielo oscurecido, momento de cambio en que el cielo no tiene rastros del día pero todavía no es de noche. No es posible acá hacer el cambio de perspectiva que propone Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles: agacharse y mirar por debajo de las piernas hacia el horizonte, para ver el mundo dado vuelta.

No por eso siento la falta de libertad. Creo que aprendí a ser libre en muchas circunstancias y a no sentir hastío por estar en el mismo lugar, en la misma posición, durante horas. Eso me parece un gran aprendizaje. Como dice Rodolfo Walsh en Operación Masacre: “Hizo lo más inteligente que un hombre puede hacer: quedarse quieto”.

Me gusta de este nuevo lugar que se vaya agotando la luz del día y nadie intente reforzarla con otras luces, artificiales.

 

*

  

31 de enero

Prendí la televisión de la casa que ahora habito, porque necesitaba un murmullo detrás, para sentir calidez, una sensación que a veces tengo y que represento en imagen con un mantel naranja a cuadros que había en mi casa de la infancia, puesto siempre en la cocina y con un velador encendido arriba cuando se empezaba a hacer de noche y mamá estaba ahí con algunos papeles, trabajando.

¿Fumaba mamá? Sí, fumaba sus Jockey suaves al lado del cenicero de bronce, y tenía el pelo largo y negro.

No puedo evitar escribir como si las cosas hubieran desaparecido.

Todavía tengo que lavar alguna ropa a mano, otra en el lavarropas. Siento que en mi poesía desapareció mi voz, y es tanta la desesperación, o tan presente, que creo que la voz al final desaparece por eso. Necesito que esa idea me deje libre. No estoy feliz y no tengo mi voz para expresarlo, tal vez por eso no puedo lograr esa felicidad efímera que, en soledad, es el sentido de mi vida. Esta sensación pertenece a una palabra que no existe, puedo recordarla, es el momento de contacto con lo divino. Eso espero, en esta noche, en esta casa que ahora habito y que tiene contra sus ventanales nubes alargadas de una extensión casi irreal.

 

*

 

Madrid, 31 de octubre

 

¿De qué sirvió el viaje?

No puedo explicarlo pero cumplió

su intención principal:

aviones invisibles dejando sus rayas duraderas

en el cielo limpio.

 

 

De Flechas lanzadas desde ninguna parte

 

  

***

 

María Lucesole nació en Lobos (Buenos Aires) en 1988. Desde 2006 vive en Capital Federal.

Es poeta, Profesora de Letras, Bibliotecaria, correctora literaria y educadora popular. Codirige, junto a Jeymer Gamboa, la revista de poesía Campotraviesa, que circula en papel desde 2014; y organiza, junto a Elisa Palacio, Alejandro Jorge y Ana Inés López el Festival Rural de Poesía de Lobos desde 2016. Publicó la novela corta Irse (Buenos Aires, Campotraviesa, 2011); los libros de poesía: Las plantas verdes de los veranos (Buenos Aires, Tammy Metzler, 2014), El primer color de la noche (Buenos Aires, Nulú bonsai – La fuerza suave, 2015), En todas las cosas la niebla (Paraná, Gigante, 2016), Fui a una manifestación (Invernadero, 2019); y los diarios: Flechas lanzadas desde ninguna parte (Buenos Aires, Lomo, 2017). Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés por Noel Black y publicados en la antología compilada por Alexis Almeida: It’s in the future (Canadá, The Elephants, 2018).

 

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