Letras

Bosque de alondras

La encrucijada escritural o la inquisición —por dentro y por fuera— de Graciela Maturo

@Monzantg

A contracorriente del Harold Bloom de ¿De dónde viene la sabiduría?, y del Platón que destierra al poeta de su República, en la buena poesía de Graciela Maturo encuentro racionalidad y sensibilidad, arrebato y filosofía; la belleza del mundo y el terror de las sombras. Encuentra uno a una mujer que se arranca piel y vida interior con la piedra, la noche, la sal, con el vidrio y el fuego,y con la marcada presencia de la muerte. O, como dice Lilia Boscán sobre Bosque de alondras, con el «intenso esfuerzo espiritual y mental», esa «tensión»propia del acto creador.

Un exigente y escrupuloso Enrique Arenas Capielo se desvive en elogios ante Maturo, y construye el prólogo de la antología a partir de un rejuego de dualismos en los que el «abismo entre el cuerpo y el espíritu» lleva a «una única y doble visión de la vida y el mundo». A una danza erótica y ritual, a la presencia de la fe y la duda del alma en su búsqueda angustiada y/o serena; a la máscara y el rostro en aterradores descensos a los cielos-infiernos de la humana condición. Además de esa coreografía astral de la palabra que es escribir poesía para una Graciela Maturo en la que Arenas reconoce a «Garcilaso, Rilke, Shakespeare, Eliot, Lo surreal, Girondo, El barroco, San Juan de la Cruz, Dante, Santa Teresa y Sor Juana».

Mientras Arenas prefiere decir, también poéticamente, que en Bosque de alondras la autora recoge todos «los frutos del bosque»; para Carlos Mastronardi, prologuista de uno de los libros de la antología, la poesía de Maturo «es tiempo y sentido». A mí me hace regresar, por encima de todo, al milenario lugar común, a la eterna pregunta que revela la obviedad de lo simple: «¿cómo escribe uno sin la muerte?» Sin el dolor, la tristeza, el olvido y la tragedia. Sin las sombras. Y sin esa sal que a Maturo parece morderle hasta los huesos. Ella lo dice con Sartre, «La vida comienza al otro lado de la desesperación»; y con Hoffmannsthal, «El espíritu sólo se abre para el acongojado».

Como Arenas, ahora incurro en otro dualismo —propio y pueril— que me lleva a distinguir, en general, entre una poesía «más pensada» de una «más sentida», sin que pierda, en el caso de la poesía de Maturo, belleza y fuerza expresiva.

Hay cuatro poemas de la antología que se me hacen especialmente bellos. Tan apasionadamente sobrios que, apenas los leí por primera vez, llamé a Viktoria H. para leérselos por Skype —a media madrugada— y luego se los releí en el McCafé de la ciudad.

De los cuatro, ‹El viaje› lo dejaría como ejemplo de esa poesía más pensada. Los otros tres, asociados a la muerte, a la eterna despedida del ser amado, es lo que llamaría, en todos los sentidos, poesía más sentida. Pero de todos siempre me quedaría, eternamente, con ‹Una rosa amarilla para mi amigo Rosel Albero›.

‹El viaje›

Vuelvo incesantemente a mi cárcel de nubes,

al regazo de sombras donde mi frente duerme,

donde beben mis pulsos,

donde mis dedos juegan con un dado de luto.

Es una lenta cripta con algas de silencio

donde nacen las densas violetas de la noche.

Yo estoy sobre su ara,

desnuda sobre piedras

despojada del aro brillante de los días

que desde el fondo de los siglos rueda.

Estoy sola y la arada materia de mis huesos se disgrega y se parte;

de mis manos desprendo

esta amorosa tierra que pesa y permanece,

me sumerjo en la gruta de mis aguas

o me dejo nacer en la palabra.
A veces la ternura dulcifica los aires,

a veces es la semilla del prodigio

creciendo en los espejos infinitos del tiempo.
Me lanzo a la aventura,

buceo el hondo mar que llevo dentro.

Vuelvo de un largo día hacia mí misma,

hacia mi pura noche sin llama y sin estrella.

De «Un viento hecho de pájaros», p. 19

‹Poema a Baltasar›

Nadie supo tu nombre.

Tampoco yo que por amor te nombré Baltasar.
No sé cuándo te fuiste de mi balcón,

de este planeta confuso,

ni en qué espacio de lo infinitamente abierto

mora tu alma de felino silencioso y bello.

Me falta hoy tu pecho de carbón

el fulgor de las brasas amarillas de tus ojos

y el ondulante andar de tu cuerpo
sobre la reja.

Me falta tu mirar desde lo alto del muro

tan cotidiano como el café y el pan de las mañanas.
Tu compañía irónica y distante

tu presencia a un lado y otro de mi casa

consuelo secreto de mis días.

Estabas allí,

durmiendo sobre la frescura del trébol

o velando en el techo con tu pelaje negro

y leonado bajo el sol.

Adiós hermoso amigo.
No pudimos despedirnos.
Acaso abierto al viento de la eternidad

puedes escuchar la voz de esta amiga extraña,

esquiva,

sola.

De «Bosque de alondras», p. 312

‹Poema para Alejandra en su cuna de oro›

El aire desparrama los papeles en el cuarto vacío

en el séptimo cielo

tu cárcel de princesa
alejada Alejandra

ahora que no estás

y están tan solos

los tiernos dibujos en la pared

las mariposas elevadas en su jaula de terciopelo.

Ahora que no estás donde tampoco estabas

Alejandra lejana

me castigo nombrándote.

Por esta soledad de tus flores deshechas

por tu altivo reinado de pájaro de trapo

por tu pregunta triste de niña en el asombro.

Alejandra

castígame con tu pena

con el rumor de tu nuca florecida

y tus velocípedos de alambre.

No permitas que olvide

aquella vela roja que te llevé una tarde

ni la forma perfecta de una palabra tuya

cuando hacías nacer el cristal de la rosa,

la rosa de una lágrima.

Alejandra, te nombro,

ya no más lejos, viva

devuelta al gran regazo de tu madre nocturna

nacida de esa cuna de cedro en que no estás

en que sólo reposa la osamenta de un pájaro.

Ahora el pájaro corre abierto ya en el viento

y el fuego lo desnuda.

De «Bosque de alondras», p. 322

‹Una rosa amarilla para mi amigo Rosel Albero›

Amanecía el domingo y recordaba

una frase de Apollinaire, el poeta

de la cabeza vendada:

Hoy han embanderado París

porque mi amigo André Salmon se casa.
Hubiera deseado embanderar para ti

el barrio de Palermo

y que todos supieran que mi amigo Rosel

se dedicaba, cerca de mi casa,

al silencioso trabajo de morir.

Nada puedo decirte, amigo mío,

que no sepas.
Sólo podría hablarte de mí,

de los que velamos tu partida.

Nada nuevo hay aquí. Los jóvenes

yacen abrazados en los parques

y los gorriones cumplen

ordenadamente

su tarea… Se oyen ruidos de armas en algunos lugares

de la tierra

y los poetas, como sabes,

intentan el incendio del tiempo.

Sólo tú, Rosel, vas descubriendo lo nuevo

mientras desprendes de tus huesos

esa hiedra de plata que es tu alma.

Quedan allí los miembros abandonados

los ojos que lloraban cuando reías

la mejilla mal afeitada y fría,
la mano yerta.


Te miro avanzar mientras te pierdo

hacia una luz aterradora y bella

hacia el silencio del trasmundo

donde otros amigos te reciben:

Lida, Julio, Brassens,

Homero, Hesse,

y el pálido Franz Kafka, hermano tuyo.


Mientras mi mano dibuja estas palabras,

esta rosa amarilla de marzo,

susurra por última vez en tus oídos

la música del viento en los álamos de Mendoza.

De «Bosque de alondras», p. 324-25

Cierro esta nada breve reseña, con la confesión de un hábito, y es que usualmente transcribo las líneas que más me gustan de los libros de poesía. A manera, pues, de infrecuente cadáver exquisito —digamos monogámico, artificialmente endogámico y casi autorreferencial— dejo,como ejemplo, aunque sin orden continuo, algunas de las líneas que rayé de principio a fin en Bosque de alondras.

«Mi cadavérica selección»

1
Un viento hecho de pájaros y de presentimientos
Como las navidades de la infancia
Escarabajos ciegos
Desnuda sobre piedras vuelvo de un largo día hacia mí misma
Yo conozco tu nombre verdadero, los cauces sin nombre de la nada, la mirada de cera de los muertos. Melodía que nadie recuerda
Llagas de negra sombra te desgajan. Inútil es interrogar a la multitud y al cielo y a los árboles esta noche. Ya no transmiten las antenas del misterio
Penetrar en la materia espesa; es necesario dar el salto elemental. Es necesario desnudarse hasta el hueso
Soy la piedra pulida por las aguas, el ave que renace de la impura ceniza como un ramo de fuego

2
Y se abrirá la rosa sagrada de la muerte, creciendo sobre días mordidos, tempestuosos, ajenos a mi sal y mi locura
Ebrios de nuestros cuerpos

3
Quiero apretar la arcilla entre mis dedos
Sólo palabras esconden el silencio
Cantando hacia su muerte
Todo fluye serena y lentamente en un orden que ignoro pero al que ahora pertenezco
Los signos me acompañan. El signo me consuela, me atormenta. Una piedra sellada por la música es un signo de amor indescifrable. Mis manos trazan signos que borrará la lluvia.
Paso junto a la luz fantasmal de unos árboles. Aguardo en las tinieblas la voz que ha de llamarme por mi nombre,
la llama que trascienda mis huesos y me arrase. Entretanto vivir, esta costumbre
La que no soy se ha apoderado de mi máscara. Sé que estoy sola desde la cal del hueso. Navego hacia el silencio entre espaldas y adioses
La vida es una calle indiferente por donde se pasea la tristeza. Sopla la soledad en todas las esquinas… Esta tarde me dices que la vida, amigo mío, es sólo un largo, trabajoso expediente cuya tramitación final desconocemos.
Con este nudo de sombras me muerde la vida con su sal.
Sólo una vez se nos concede vivir cada minuto

4
El mar mece sus tumbas, sin lápidas, ajeno
Ramo nacido de este cuerpo de sal y oscuro fuego
Sobre la piedra usada por la sal y el amor de cada día. Me encontró el ala oscura de la tarde.
Un caracol, pequeña concreción de ternura.
Floreciendo la muerte. Soy un perro que huele la eternidad

5
Quiero llorar y que mi cuerpo corrahacia el mar, hacia el mar, hacia el olvido.
Hermosa voz quebrada que no me llama ahora.
Desde la sombra viene lentamente,horrible y silenciosa una culebra.
Es tan difícil detener este siervo desatado

6
Todo es una ilusión, una hermosa mentira

7
Volví a escuchar la antigua melodía
el aroma dulcísimo de los tilos
invadió la ventana de la infancia
y encontré a los ausentes, los amados.
Sólo la inocencia sabe escuchar.

10
El planeta animal se vuelve silencioso
en los vastos espacios,
gira en torno a una hoguera llamada sol.
En cada vuelta trae la misteriosa luz
saludada por los pájaros.
En el ocaso callan y el corazón se estremece
con la muerte.
Hacía inventario de mis noches en vela
de muertes cotidianas
de amor de cansancio de resurrecciones
de libros que amé
de rostros en que veía el tuyo,
de palabras tatuadas en mi pecho.
Volví después a mi templo desconocido
el que destruyo y levanto cada día.

*Monzantg. Maracaibo, 1967. Ensayista. Egresado en Historia y profesor de la Universidad del Zulia, y la Católica Cecilio Acosta.

Del Fondo Editorial de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) (Maracaibo), Colección «El Aleph».


Bosque de alondras está disponible en:

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Un huésped en casa: Jan Skácel

“Memorias de una traducción” de Teresa Amy

A Jan Skácel (1922-1989) se le ha llamado el príncipe de la poesía checa y también el poeta del silencio. Milan Kundera dijo que parecía como tallado de piedra.

Ya en su libro anterior, “Extenso”, (editorial Calcomanía, 2011), Mary Eliana García Calderón demostró un gran manejo en los diversos lampos producido por una lírica finísima, tejido harto difícil en una (a)puesta de opera prima. Su estilo grácil, aquella vez era férreo en su arte poética. Versos libres y breves, que sorprendían por su acierto complejo, por su aserto comedido, por su acerca de su yo rotundo.



De origen campesino, de familia comunista y comunista él mismo, fue condenado a trabajos forzados por los nazis. Luego de la liberación se convertiría en una de las voces principales de la Primavera de Praga. Acallado por la invasión soviética en 1968, sus versos circularon clandestinamente en forma de samizdat. Ante su tumba, el 15 de noviembre de 1989, Jiří Opelík dijo que Skácel, “sin reproches y sin gestos, cargó con lo que le había tocado en suerte: la cruz de su país”.

En sus “memorias de una traducción”, Teresa Amy alterna explicaciones sobre cómo resolvió la versión de tal o cual poema -entre idiomas tan distintos como el castellano y el checo con sus siete declinaciones-, referencias bibliográficas sobre la teoría de la traducción y apuntes sobre lo vivido en el proceso.

Estos textos sirven para subrayar un concepto fundamental en el trabajo de Amy: traducir, y sobre todo traducir a un poeta, es un trabajo de sutil aproximación, en el que debe establecerse una sintonía anímica entre el traductor y el traducido. En este caso, Amy es una poeta que le ofrece al lector su visión del poeta traducido. Otro poeta -o la misma en diferente momento emotivo- daría un Jan Skácel diferente al que muestran estas páginas.

Algunos poemas de La más larga de las noches de Jan Skácel

`El camino a casa´

Es tan fácil encontrar el camino a casa…

Cerca del arroyo,
donde una pluma flota,
pasar sobre la cerca,
tomar el atajo de la era,
detenerse en el puente,
sobre la rugiente presa
buscar para la espuma la palabra adecuada
arrojarla de nuevo
y andar,
andar,
hacerse un bastón en el camino,
contar las estrellas,
perderse en el bosque,
empujar la oscuridad
como un carro de heno
y oír como el eje que guía
el lamento en sueños de los pájaros.

Es tan fácil encontrar el camino a casa…


´Un segundo en enero´

Frágil como una cortecita, el día está en silencio.
En su interior el sol, blanco todo blanco.
Y aún la nieve es blanca, los árboles, los tejados, la nieve.
Y aún este segundo, es blanco este momento.


`La guerra´

Llueve Mi ropa está empapada
No así mi corazón Cantan los soldados
Y cargan sus armas como básculas
Como las mujeres los pechos magros por el hambre

Con pequeñas puntadas la lluvia cose
El lienzo de la camisa contra el cuerpo desnudo
Las gotas salpican en el lago
Y yo no puedo creer esas palabras

***



Un huésped en casa (memorias de una traducción), de Teresa Amy. Editorial Yaugurú (Montevideo)
Incluye: La más larga de las noches, antología de poesía de Jan Skácel

Disponible en:

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Fernanda García Curten: “La bailarina ya venía puesta en mi escritura”

Adriana Morán Sarmiento, a propósito de La reemplazante

Una zapatilla de ballet con espinas de cactus ilustra la portada de La reemplazante, la primera novela de Fernanda García Curten, mención Casa de las Américas (Cuba, 2009) y publicada en Buenos Aires por la editorial Bajo la luna. Se trata de una historia llena de sensaciones que desnuda la psiquis de Nadia, la segunda bailarina. La que está donde no debe o, por el contrario, la que entra en escena en el momento oportuno para contar esta novela.

Cuando era niña, Fernanda incursionó en el ballet y esa actividad la marcó de por vida, al igual que su visita a México. Estas experiencias las vuelca en su ópera prima. Antes solo había escrito cuentos. Su primer libro «La noche desde afuera» obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes; mientras que «Cuentos condenados» recibió el Primer Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”, en Puebla, México.

Nacida en San Pedro, una pequeña localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires, la narradora supo hacerse su propia voz en la literatura argentina. Con sus conocimientos de psicología, pone en juego los diversos matices de la personalidad.

Con una prosa cargada de percepciones, nos entrega una Nadia compleja y fascinante.

-¿Cómo pasaste de escribir cuentos a esta novela tan bien lograda?
- Desde que comencé a tomar notas para la novela hasta el presente ha pasado tanto tiempo que se desdibuja un poco todo. Creo recordar que los primeros apuntes son simultáneos y hasta anteriores a muchos de mis primeros cuentos. Siempre supe que no se trataba de un cuento y ese proceso, desde las más remotas versiones hasta el libro publicado, me llevó muchos años. No sólo llegar a la forma definitiva del texto sino al sentido de lo que estaba escribiendo que, en verdad, son una misma cosa. Me veía en una tarea de arqueóloga, despejando el ripio hasta cierto dibujo que se revela, filos y salientes de la ciudad enterrada. Nunca se trató de una historia clara desde el vamos, de un argumento predeterminado; nunca me sentí tan a oscuras durante tanto tiempo. Si me preguntaban qué estaba escribiendo me era muy difícil explicarlo. Siempre estuvo el personaje de la bailarina, Nadia, que en los comienzos ni siquiera se llamaba así y entonces era muy joven, hasta que empezó a cumplir años y se volvió una señora de treinta y pico bajo el cielo de Puebla. Pero me quedo pensando en la última palabra de tu pregunta –lograda- y lo cierto es que no creo mucho en esto del logro, es decir, si pienso el término en su acepción de conseguir exactamente lo que uno se proponía hacer, o pretender haber llegado a la forma perfecta. La sensación real es apenas la de haber vencido la imposibilidad. Me quedo entonces con la idea, no de lo alcanzado sino de lo inconcluso. En este sentido, me gusta más pensarla como una novela posible.

-La reemplazante tiene una carga psicológica importante. Por momentos, algunos personajes parecen fantasía de Nadia, ¿de qué manera logras mantener esta carga sin caer en lo abrumador?
-Quizá sumergiendo de a poco al lector en la lógica del relato. Volviendo más familiar esa extrañeza que el personaje siente, como decir, haciendo que entre en la olla cuando el agua aún está tibia. Pero francamente esto lo pienso ahora, no es algo que me haya propuesto, ni siquiera sé si resulta. Pienso que lo abrumador está puesto en el personaje. Es ella, Nadia, la que está abrumada. La historia en sí no importa demasiado, al fin de cuentas pasan muy pocas cosas en su argumento. Si bien hay un afuera en la novela, el lector sólo ve ese afuera a través de la mirada distorsionada de Nadia. El entorno magnético, un México barroco e impredecible, se percibe sólo desde la perspectiva de la reemplazante. De los otros no se sabe más que lo que ella ve o cree ver de ellos. Los otros son siempre los otros. Entiendo que no es un texto ligero, que el lenguaje y el tono exigen un ritmo particular de lectura. Es pura introspección, a pesar de las diferentes escenas, a pesar de los otros personajes. Quizá esto se equilibre con cierta tensión sostenida, cierta latencia de aquello que nunca alcanza una forma acabada y que, paradójicamente, puede funcionar como un hueco o un respiro.

-¿Lo femenino es constante en tu obra literaria?
-Si te referís a una mirada femenina, es posible. Soy mujer y escribo desde ese lugar, pero también desde el lugar de una mujer en particular, un ser humano, es decir, yo misma. Inevitablemente escribo desde allí. Si hablamos de una temática, no lo creo. En literatura podemos encontrar universos más femeninos o masculinos pero no creo en una literatura -que valga la pena, al menos- de temas absolutamente femeninos o absolutamente masculinos, por separado. Como lectora, nunca he tenido problema en identificarme o conmoverme con personajes a secas –masculinos o femeninos- escritos indistintamente por autores o autoras. Si pienso en mundos donde se mueven personajes tan diferentes entre sí como monumentales: Emma Bovary, de Flaubert, el Adriano, de Marguerite Yourcenar, Gregorio Samsa, de Kafka o Madame Francinet y la nena de “Final del juego” de Cortázar, en fin, pienso que sólo hay temas humanos. A partir de allí habrá buena o mala literatura.

-Nadia se construye desde lo que no dice ¿cómo diste forma a ese personaje?
-Una dificultad con los diálogos fue la llave de un pequeño hallazgo. Esto se volvió central para la construcción del personaje y para el tono de la novela. No podía armonizar las voces de los personajes en las escenas. Sentía que el tu de los mexicanos chocaba con el modo de hablar “porteño” de la reemplazante. No sólo me molestaba al oído y a la vista; una cosa es escuchar hablar, la otra, verlo en el papel. Sentí que esto le quitaba unidad a la prosa y que hacía inverosímil la escena. Los personajes mexicanos encontraron su voz sin problema, tanto el tu como el usted y sus construcciones verbales se me hicieron muy naturales, no así las palabras de Nadia. Y creo que esta incomodidad iba más allá del mero uso del tuteo o del voseo; cuando Nadia hablaba, no me la creía como personaje. Entonces le quité la voz. Supe que el narrador en tercera persona podía contar lo que ella había dicho. Así, ella sonaba siempre como en sordina. Su voz y su pensamiento podían manifestarse en una zona más difusa, como detrás de un velo, lo que me permitía jugar con qué había sido verdaderamente dicho o tan solo pensado. Entendí que ella estaba allí como si no estuviera, que no se sentía real, y que esto se debía a que no era la invitada oficial, a que ella iba en reemplazo de otra. En su caso, alguien que no cree ser la elegida ni la protagonista genuina. Al quitarle la voz le di una voz. Encontré el personaje, el tema y hasta el título. Y descubrí algo que ya estaba allí, no lo tuve que inventar.

-La reemplazante tiene escenas que recuerdan a la película Cisne Negro ¿afecta esa relación al libro?
-Un autor no tiene control sobre qué películas o libros o qué contingencias de la realidad remiten a alguno de sus textos. Si afectan, lo hacen, justamente, en la medida en que son parte de la realidad. Estas asociaciones son naturales y las hace cada uno a partir de lo que conoce del mundo. Creo que había muy poco, de ficción, sobre el ambiente del ballet, y el film de Hollywood que mencionás se ubicó masivamente como referente de la vida de la bailarina clásica. Puede ser un poco absurdo y hasta gracioso aclararlo pero para cuando se estrena la película, mi novela ya estaba escrita hacía muchos años e incluso ya había recibido la mención en el Premio Casa de las Américas, a fines de 2008. Claro que mi libro fue publicado recién el año pasado, si no la pregunta de qué recuerda a qué sería a la inversa, popularidad al margen (risas). Conociendo el mundo de la danza desde adentro creo que si se tocan en alguna zona lo hacen en un plano anecdótico, en el contexto de situaciones universales inherentes a ese ámbito o a la vida cotidiana de una bailarina de ballet. En mi caso no elegí una bailarina porque me resultara siquiera original ni por moda u oportunismo, incluso muchas veces pensé si a alguien podría interesarle un personaje así, y eso no me detuvo. La bailarina venía conmigo desde hacía más de veinte años, por no decir que ya venía puesta en mi escritura. Por otra parte, no tengo la exclusividad sobre la profesión. Igualmente no me gustaría que se acercaran a mi novela como a un libro sobre el mundo del ballet o la historia de una bailarina ya que, por otra parte, creo que no lo es. Es un personaje, un asunto humano al fin de cuentas, en su propia lucha existencial.

-¿Cuál es tu relación actual con México?
-Bastante platónica. (risas)

-Coordinas talleres literarios en Buenos Aires y San Pedro, ¿cómo se enseña la literatura?
-Abelardo Castillo –a quien tuve el privilegio de tener como maestro- siempre dice que no se puede enseñar a escribir pero sí a corregir, y esto es mi premisa a la hora del taller, con respecto al acto de escribir, específicamente. Sí creo que, en el mejor de los casos, uno puede ir aprendiendo a corregir y que más allá del maestro o guía que tenga uno la fortuna de encontrar, pasado cierto momento decisivo, ciertas revelaciones, el camino de aprender depende absolutamente del trabajo y compromiso de cada cual. Pero hablábamos de la escritura. De allí a la literatura hay una gran distancia. No creo que pueda enseñarse la literatura, eso que sucede entre un texto escrito y un lector que lo completa. Quizá, lo más verdadero sea enseñar el amor a los libros, que se puede aprender a escribir leyendo; transmitir la palabra de los autores que comparten con nosotros su experiencia y ayudar a que al menos alguien encuentre su lugar de aprendizaje y de trabajo duro. Abrir algunas puertas que nos fueron abiertas a su vez, aunque suene un poco a lugar común, eso. Ya que el camino sólo puede encontrarlo cada uno en soledad.

-¿Has sido alguna vez la reemplazante? ¿Qué se siente?
-Concretamente nunca me tocó ser reemplazante, de todas maneras creo que, en algún sentido, todos hemos estado en ese lugar alguna vez. La condición de reemplazante me interesa por lo ambiguo. Es un borde, una cornisa de riesgo o de resguardo. Ser “el reemplazo” de otro puede significar haber sido designado en segunda instancia, permanecer en un plano secundario o cómodo, no haber tenido las aptitudes para ganarnos el lugar de titular o las agallas para soportarlo. Pero también puede ser un signo de poder potencial, una oportunidad de dar el paso, una corroboración de que somos capaces. Si me preguntás qué se siente, creo que todos sabemos qué se siente. Todos nos hemos sentido inseguros o no del todo capacitados para realizar alguna tarea o desempeñar algún rol. Todos nos hemos sentido desplazados en alguna oportunidad, o en la situación de desplazar. Pagar derecho de piso o tener que quedarnos obligadamente en el banco, como un jugador de fútbol ansioso por entrar a la cancha.

-¿Qué viene después de la primera novela?
-La escritura de una primera novela suele estar tan cargada de raíces, lastre, escombro y confusión, y de tanta cosa absoluta que arrastramos. En muchas ocasiones se trata de temas que necesitamos sacarnos de encima y que, más que elegir, parece que nos eligieran a nosotros. Escribimos, como dice Clarice Lispector, como si se tratara de salvar la vida de alguien, probablemente la propia. Con lo cual, lo que viene, puede ser un vacío inversamente proporcional a lo que significó su escritura. Y esto no tiene por qué ser malo o angustiante. Creo que ese vacío es una oportunidad, un silencio necesario. Y qué viene después. Quizá, con esa especie de suerte mezclada con desgracia, otra primera novela.

***

Fernanda García Curten (San Pedro, 1968) Se formó en los talleres de Sylvia Iparraguirre y Abelardo Castillo. Su primer libro de cuentos La noche desde afuera obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes; luego, Cuentos condenados, recibió el Primer Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”, Puebla, México. Integra las antologías Una terraza propia, nuevas narradoras argentinas y Antología del Cuento Latinoamericano (Secretaría de Cultura de Puebla, México, 2001). Publica ensayos y textos críticos en distintos medios gráficos y digitales, tanto en el país como en el extranjero. Su primera novela La reemplazante obtuvo la mención de Casa de las Américas, (Cuba, 2009) y fue publicada por el sello Bajo la luna. Actualmente coordina talleres literarios en Buenos Aires y en el Taller de las Artes de San Pedro.

Su primera novela La reemplazante está disponible en:

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Marguerite Duras: la locura también es la muerte

Adriana Morán Sarmiento

Buenos Aires

“Como escritora, desde hace mucho estoy muerta. Muerta por juicio”. 


Con esta afirmación, Jacqueline Goldberg comienza el libro Una sal donde estoy de pie. Se trata de la construcción de la mujer decidida que anticipa su muerte en secreto. “Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad –dijo María Zambrano-, un efectivo aislamiento que le hace tener sed”. Como la muerte de la mosca en la cocina de Marguerite Duras.

No puedo pensar en la muerte de una mosca, pero debe ser igual a esas noches en las que uno se siente solo de verdad. Uno se desprende, vuela por la habitación, se vuelve a parar en el mismo pensamiento una y otra vez y nuevamente intenta volar. Al final ese vacío termina asfixiando, y no queda otra que rendirse. En algunos momentos, es mejor caer. Si alguien estuviera observando cómo me desvanezco y termino por cerrar mis alas, me sentiría invadida totalmente. Como si alguien mirara por una ventana, o por un hoyo en la pared. Peor, como si alguien me mirara desde arriba como Duras observaba a la mosca, con toda la ventaja que implica mirar desde arriba. “Mi presencia hacía más atroz esa muerte”. Insiste en comparar ese letargo con la vida.

Cuando Marguerite Duras narra en nueve páginas de Escribir la muerte de una mosca en la pared de su casa, no queda más que pensar en la soledad. No queda más que reírse de ese estado devastador que hace que una persona se siente a contemplar cómo muere una mosca grande, negra y azul. “En esa clase de derrape (…) en el que corremos el riesgo de incurrir”, se justifica.

Quizás, nadie en su sano juicio se deleite viendo morir una mosca, o escribir luego sobre ello, peor aún, tomar ese pasaje de un libro y con ello querer enfatizar la relación entre la escritura, la muerte y la soledad. “Esa muerte de la mosca, se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca”.

Para Marguerite Duras fue importante: “La precisión de la hora de la muerte remite a la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con la fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, la de la sociedad universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria al elefante. Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos”. Quizás estaba loca, quizás. Pero la locura es necesaria para enfrentar los fantasmas. La muerte y la soledad son dos fantasmas. La locura es entonces la vía de escape. La locura fingida, la momentánea, la de una noche, la de un instante viendo una mosca morir.

Una frase de Frida Kahlo dice: “yo quisiera poder hacer lo que me da la gana detrás de la cortina de la locura”. Se refiere al acto de crear, de lo que se puede fraguar en ese estado en el que se permite jugar con todos los sentidos, en el que nadie se atreve a entrar. Duras dijo que la soledad siempre está acompañada por la locura. “Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente”.


Para finalizar esta insistencia –impertinencia, quizás- me remito a la carta que escribe el personaje de Virginia Woolf en The Hours cuando antes de morir, en usa escena delicada en la que se sumerge al río y se deja llevar por la corriente, declara por última vez su locura a su marido: “Querido: tengo la certeza de que estoy enloqueciendo nuevamente. Creo que no podría pasar por otro momento tan terrible y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces. No puedo concentrarme. Entonces hago lo que parece ser mejor”.

Los fantasmas no la dejan vivir tranquila, así que agradece el amor que ya no puede corresponder: “Me has dado la mayor alegría posible. Has sido en todo sentido, todo lo que uno puede ser (…) Lo que quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti. Has sido muy paciente conmigo e irremediablemente bueno. Todo se ha ido de mí. Excepto la certeza de tu bondad” (…)

“La locura también es la muerte”, dijo Duras.

Marguerite Duras. 1914-2014
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Hay mil formas de atrapar el encanto

Sobresaltos de Mary Eliana García

Eloy Jáuregui. Lima

Empezaré por el final, casi en el círculo perfecto que encierra la lectura de este libro, el poema “Saltos”: Brinqué al viento /por una ruta felina /y embarré mis orillas /con pesar ajeno. /Devuelvo el dolor, /Recupero el ritmo /y me acomodo. /Amo tanto mis días, /Amo tanto mis vidas, /que todo el estiércol del /mar, ahora tiene sentido. /Un beso al medio día, /un abrazo constante, /un suave temblor por las tardes, /es hora de empezar. Poesía de enjundia y de esperanza. Figuras que construyen una plataforma para sucesivos saltos, fin de un breve ciclo e inicio del otro. Esa es la tónica –si es que hay una de las varias—en este delicado pero fervorosa unión de est canto magníficamente lograda por la poeta, en este su “Sobresaltos”.

Ya en su libro anterior, “Extenso”, (editorial Calcomanía, 2011), Mary Eliana García Calderón demostró un gran manejo en los diversos lampos producido por una lírica finísima, tejido harto difícil en una (a)puesta de opera prima. Su estilo grácil, aquella vez era férreo en su arte poética. Versos libres y breves, que sorprendían por su acierto complejo, por su aserto comedido, por su acerca de su yo rotundo.

Con “Sobresaltos” su economía verbal es su privilegio. Son 18 poemas divididos en tres partes y con epígrafes. En todos ellos uno encuentra un solo aliento, una sola inspiración. Es esa voz que va saliendo melodiosamente de su propia corporalidad y forja una trayectoria que va a volver a encontrar las nodos de una visión tras otras que se han ido colocando de la imagen mayor, la primera: “Hay mil formas de atrapar el espanto,/ rozando lo absurdo del abismo”. Así la metáfora espanto/abismo nos inicia en un viaje que aparente es el vacío y en ello están las categorías simbólicas que componen el sentido orgánico del libro que puede leerse como un todo.

La línea amorosa corre en todo los textos. A veces como un cauce caudaloso y otras apenas como un resoplido de lo imposible acabado. Pero está ahí, denunciado y enunciado. En momentos como. “Somos el absurdo /de nuestra propia naturaleza, /somos el producto de nuestro /propio amor”. Es decir, la dictadura de la ternura que se refuerza entre el reproche y la esperanza. Mary Eliana García Calderón, así, en esta nueva entrega, no advierte que de estas ondulaciones agrestes está hecha su existencia. Hay queja y súplica y luego más caricias. Hay contexto, del doméstico y en el espejo, la pasión más extrema. Siempre, no obstantes, la escritura prima con aquellas exactas palabras de la limpieza reflexiva y el contundente remate del asombro.

Son sus otros textos donde se halla lo fútil que significa el tiempo para entender otros estados misteriosos existenciales que promueve un punto de arranque hacia el recorrido de sí mismo. Ese tiempo enamorado –casi siempre no dicho—que nos lleva al acto de abandonarse y que se entiende como un posible recuperarse luego de haber iniciado la aventura de la transformación y de la búsqueda y así, insistir en el siguiente verso donde la poeta se trasmuta o adquiere su naturaleza doble. De otra manera cómo entender lo que la poeta acierta al decir en el poema “Las ajaduras que poseen”. Poemas que es el que más me subyuga. “No suelo ser tan mortal como mis años, /pero desaparezco en la locura del silencio. / Perdida en el anonimato, /me carcome el afán /que se quiebra / en la suavidad de tu huida.

El libro “sobresaltos” es un corpus cincelado en un tiempo que solo existe en el aire, en la esperanza, en el balance y la contemplación. Su lectura nos devuelve ese numen poderoso de la buena poesía. Versos que se nos queda en el corazón porque suponen vienen de un ser impregnado de asombros y la misto tiempo, como un felino, devuelto al combate en una imagen que nos retrotrae a la poeta Pizarnik, de quien nuestra poeta toma un epígrafe. Finalmente, confieso que fue un gusto apasionante leer a Mary Eliana a quien conozco de sus batalles por la justicia social, y que hoy me refuerza con su sello de guerrera de todas las batallas donde el amor es vencido por su afable pero rotunda poesía.


Soy el poema

Soy el poema
Que vence la muerte.

Mis líneas se escriben,
en un mundo
que compromete su tiranía.

MIS VERSOS
SUFREN LIBERTAD
Y se refugian en tus afectos.

Defienden la voz oculta,
Que se enfrenta
en cada horda de lucha,
en cada mundo que crea.

Soy el poema
Que indigna.
Paseo mis versos
entre roces y llantos
y te confronta
con asombro.

Arden mis palabras
en devota ceguera,
arden mis lamentos
en completa libertad.


Sobresaltos, poemas de Mary Eliana García
Grupo editorial Caja Negra. Lima
Disponible en:

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Lectura. Libertad. Palabra.

Leo Maslíah

Montevideo

LECTURA
1.“La lectura, en la antigüedad y en la Edad Media, fue necesariamente lectura en voz alta” (Marshal McLuhan, La Galaxia Gutenberg)
2. “Era un lector incondicional que siempre estaba de acuerdo con todo y con todos. No tenía sentido crítico, o prescindía de él momentáneamente, y aún creo que debe ser así en el lector joven, pues la admiración enriquece mucho más que la reticencia, y sólo el que ha admirado mucho, el que lo ha admirado todo, lo bueno y lo malo, lo favorable y lo adverso, se encuentra más tarde en posesión de tesoros que ya irá depurando” (Francisco Umbral, Las ninfas).
3. “¿Está indeciso en cuanto a qué leer? Milone, personaje de “El mundo es lo que es”, de Alberto Moravia, recomienda la lectura de “informes bancarios, comunicados de sociedades industriales, reglamentos burocráticos, horarios ferroviarios, discursos conmemorativos, boletines parroquiales, editoriales de los diarios, avisos económicos, licitaciones municipales y sentencias tribunales”.
4. “Habría querido agregar una palabras sobre la manera de leer este libro, que me gustaría se recorriera primero entero como una novela, sin forzar mucho la atención, ni detenimiento en las dificultades que se pudieran hallar, a fin de saberse a grosso modo qué materias he tratado; y después de eso, si se encuentra que éstas merecen ser examinadas y se tiene la curiosidad de conocer sus causas, se puede leer una segunda vez, para atender la sucesión de mis razones; pero no hay que desanimarse si no se la sigue en todo o no se entienden todas; sólo hay que marcar con la pluma los lugares donde se encuentra alguna dificultad y continuar leyendo sin interrupción hasta el fin; y; si se emprende la lectura del libro por tercera vez, me atrevo a creer que se encontrará la solución de las dificultades antes marcadas, y que, si quedan todavía algunas, se les encontrará solución releyendo” (Descartes, carta a C.Picot, traductor –del latín al francés- de su libro Los principios de la filosofía).

LIBERTAD
1. “La idea misma de la libertad, que algunos partidos políticos –en ello incurables- tratan de acaparar, está sujeta a fluctuaciones. Está la libertad del P.R.L. (que le llaman…); está la libertad de comercio; está la de oprimir a los trabajadores; está la libertad de imponer el derecho del más rico, como hubo la del más fuerte en el plano internacional; está la libertad que permite el linchamiento de los negros; la libertad de transformar en colonias, pura y simplemente, países cuyos principios de independencia estaban inscriptos sobre el frontón de los templos de la época en que los bisontes recorrían todavía muchas de nuestras capitales; está la libertad que se desentiende de la división de los hombres en dos categorías, una que habla cockney y la otra, bien educada, que niega a la primera, no sólo el honor de servir a la sociedad sino también la oportunidad de aprender los buenos usos del lenguaje; está la libertad que se concede a los indochinos para pedir su libertad, y se osa gritar en alta voz que es preciso terminar con el precepto de que «el fin justifica los medios», sin preguntarse si la libertad de construir cámaras de gas ha sido suprimida para siempre del corazón de los hombres” (Tristan Tzara, El surrealismo de hoy; versión de Raúl Gustavo Aguirre).
2. “Allí existe la libertad que ustedes codiciaban; la libertad incontenida y destructiva de una protuberancia cancerosa” (Robert Sheckley, The status civilization; traducción de ediciones Vértice, Barcelona, con el título “Mañana será así”).

PALABRA
1. “La palabra es más real que el objeto que designa” (Philip K. Dick, Time out of joint)
2. “una palabra de nada / puede salvar un alma” (Eduardo Nogareda, Pensado campo).





Tomado de Diccionario privado. Leo Maslíah. Criatura Editora. Montevideo
En este diccionario Leo Maslíah ofrece un catálogo de citas de diferentes autores, lugares, géneros y épocas, saltando de Philip K. Dick a Alfonso el Sabio, de Bertrand Russell a Raymond Roussel, de Sem Tob a Osiris Rodríguez Castillos o de Heródoto a Macedonski, develando quizá la pregunta que alguien puede haberse hecho alguna vez: ¿en qué pensaba este sujeto cuando escribió tal o cual predicado?

Disponible en:

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Breves

Eduardo E. Vardé

Buenos Aires

UNA CUESTIÓN DE LENGUAJE

A Elsa y Rosa

Te acaricio con los versos y son los versos mis dedos y temblás como una flor si te acaricio y son tus ojos leyendas y son nuestros pechos estrellas y vibro a tu compás y es el viento bajo mi falda excitante y es tu sábana rosa el nido y es el hilo de tu tanga mi horca y es tatuarme tus muslos en las manos y es morderte el cuello para matarte y es sentirte revivir en tus gemidos y es tu nombre de misterio y libertad y es el mío de infinito y euforia y es el sol compartido que no me hace tu vida y es la luna compartida que no te hace mi vida y ahora somos una y es el sin fin de palabras que te describen y es la curva de tu espalda la culpable y nada mejor que mi lengua para acabar diciendo esto.


EL FIN DE LA VIDA

No hizo más que seguir el consejo, compró el libro de Lair Ribeiro y lo leyó hasta el hartazgo. Luego se subió al mundo, lo caminó a fondo, hasta dejarlo rendido a sus pies. Tuvo éxito, mucho éxito. Compró arena del desierto y piedras del monte para decorar la sala. Tuvo una mujer y varias amantes de lujo. Le sobró para tener tres mansiones y un único futuro asegurado. Por eso nunca vendió su casa natal, la de patio gris al fondo, donde una mañana descubrió su manos arrugadas, vacías.


REVANCHA

“La diferencia entre dios y yo es que yo existo”
Nietzsche

No sé cómo llegué, ni sé dónde es, pero estaba ahí. Era un sitio oscuro, como si la boca de la medianoche se abriera sobre mí. Estaba solo, comencé a deambular. En la nada, encontré fumando a la nada, me observaba, tenía una sombra derritiéndose entre los dedos y una débil luz circular flotando sobre el pelo, era casi imperceptible.
Mientras buscaba tréboles de cuatro hojas (o cualquier cosa que me sacara de ese lugar) le explicaba todo eso que supuestamente ella ya sabía. Tal vez así conseguía la oportunidad. Decía que me la tenía que ganar. Pero no aguanté. ¿Quién puede aguantar?
–Yo… yo… yo quiero otra cosa, grité, un Dios que no cargue tanto silencio en la voz.


PROCESOS

En un acto solemne de ingeniería literaria buscó la palabra exacta, la frase precisa, verosímil, no redundante, no exagerada. Presentó los personajes y puso a rodar la historia. No quedó un tornillo suelto, ni una pared sin pintar. La obra fue ambiciosa y consiguió superar las expectativas. Los mejores la editaron, los grandes la publicaron, los críticos lo aplaudieron, lo enaltecieron. Se llevó todos los premios, rompió todos los records. Pero nunca encontró un ojo que realmente penetre el proceso.

Eduardo E. Vardé. Nació en 1984 en Buenos Aires. Microcuentista y poeta. Fue premiado en varios concursos literarios, editó LCDA (2009) y Dos Veces Breve (2013), además participó en antologías de Argentina, Chile, México y España. Actualmente cursa la carrera de Edición (Universidad de Buenos Aires)

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