Letras

El libro es nuestra más íngrima dosis de felicidad

Entrevista a Antonio López Ortega, por Adriana Morán Sarmiento

En momentos críticos, la cultura –le creatividad- sale a flote. Esta es una afirmación que se ha repetido por años y cientos de ejemplos en todo el mundo lo comprueban. Es así como Venezuela, país de actual crisis económica y política, apuesta por un nuevo encuentro literario: La Feria Internacional del Libro del Caribe (Filcar) 2015, que se realizará en la isla de Margarita del 27 de febrero al 4 de marzo.

Antonio López Ortega es uno de sus organizadores. A propósito de la iniciativa literaria, publicamos esta entrevista realizada para la revista Lunes, en la que el escritor reflexiona sobre la literatura y la producción editorial del país caribeño. Con miras a un futuro promisorio, define, según su criterio y experiencia, las iniciativas necesarias para fortalecer una mejor política cultural.

De padre caraqueño y madre canaria, vivió su infancia entre los campos petroleros de Maracaibo y la ciudad holandesa de La Haya. Cursó Estudios Hispánicos en París, se destacó como gerente de la Fundación Bigott, cuyo objetivo es rescatar valores de la cultura popular, ha publicado varios libros de narrativa y ensayo y colabora con medios dentro y fuera del país. Actualmente, dirige una nueva editorial, Artesano, que se suma a la movida emergente de la literatura nacional. A la pregunta ¿Qué es el libro en Venezuela?, Antonio López Ortega contesta:
-Es una herramienta de cambio. Es una tabla de salvación. Es una palanca para mitigar el odio. Es una barcaza para derivar por los mares. Es un ladrillo para construir futuros. Es nuestra más íngrima dosis de felicidad.

-Tu ejercicio literario nace con la narrativa breve. ¿En qué género se enmarca tu obra en la actualidad?
-Mis primeros cinco libros, escritos entre 1978 y 1996, fueron de narrativa breve, aunque allí se colaron títulos como Cartas de relación y Calendario, que estuvieron más cerca de la escritura epistolar y del diario, sin apartarse de los formatos breves. En 2001 publiqué una novela llamada Ajena, y en 2006 y 2008 dos colecciones de relatos largos: Fractura e Indio desnudo. Creo que estos últimos libros señalan una tendencia que se mantiene: la novela y el cuento, géneros en los que me mantengo muy activo. También trabajo el ensayo, con dos libros publicados hasta ahora: El camino de la alteridad y Discurso del subsuelo.

-¿Cuáles autores han marcado tu literatura?
-Es una pregunta compleja, que vale la pena contestar por etapas. Entre 1972 y 1975, leí mucho cuento latinoamericano; también clásicos del budismo zen y pensadores del movimiento contracultural norteamericano. En 1975 y 1979 leí mucho surrealismo y, en general, poesía francesa; también a Borges, Cortázar, Sábato, Arreola, Quiroga. Entre 1979 y 1985, residí en Francia, y curiosamente allí leí a los clásicos españoles: Calderón, Lope, Quevedo, Góngora, Tirso, Garcilaso, Mateo Alemán; también a los autores del noveau roman y poesía francesa contemporánea; también a Eliot, Pound, Joyce y Beckett; también a autores venezolanos como Picón Salas, Garmendia, Sucre, Sánchez Peláez, Montejo, Oliveros; también a Pessoa y su Libro del desasosiego, que para mí fue como un alumbramiento. Llego a Venezuela en 1985 y comienzo a leer a mis contemporáneos; también literatura anglosajona, alemana, italiana, brasileña, griega. Los años recientes son menos ordenados y leo todo lo que me interesa: estamos en un mundo mucho más integrado y no hay autor que pueda escondérsete.

-Como antólogo, ¿cómo percibes el desarrollo de la literatura venezolana, especialmente la de los jóvenes?
-Pese a todo, creo que puede hablarse de un buen momento. Quiero decir, la gente escribe, publica, organiza eventos. Este movimiento tiene aún más mérito cuando se sabe que las plataformas públicas son nulas. Al lado de la creación, sin embargo, hay carencias: no tenemos revistas; no contamos con recensiones críticas. La crítica académica hace un esfuerzo loable, cuando pensamos en el hostigamiento que han sufrido las universidades. El perfil del joven escritor luce un poco más profesional, porque ya no cuenta con dádivas; depende enteramente de sí mismo. La escasez de medios siempre curte el espíritu; lo vuelve más indoblegable.

-¿Qué está pasando actualmente en la literatura venezolana?
-Están pasando muchas cosas en simultáneo. Por un lado, la generación nacida en los años ’30 (Garmendia, González León, Montejo) se está yendo para dar paso a la generación de los ’40 y ‘50, que deben asumir el relevo. Por otro lado, el cambio de siglo obliga a balances y reinterpretaciones. Adicionalmente, las políticas públicas se han vuelto sectarias: ningún autor con pensamiento crítico puede contar con ayuda del Estado. Se lee más, por ejemplo, pero las librerías desaparecen; las publicaciones electrónicas florecen; se forman clubes de lectura; se hacen intercambios de libros. Hay un síntoma de salud, porque la creación está en alza, pero los cimientos son frágiles. Todo depende hoy en día de la fuerza creadora que pueda tener la sociedad venezolana, o al menos una parte de ella. Si se mantiene, todo lo demás vendrá como agregado.

-Dicen que en épocas de crisis aflora la creatividad. ¿Aplica esta creencia a la literatura en el país?
-La tragedia, el dolor, las crisis, según López Pedraza, hacen madurar la psique colectiva. Pareciera que ya no vemos la realidad desde una perspectiva horizontal, sino más bien vertical. Para entender la encrucijada o el bochorno que vivimos es sano escarbar en nosotros mismos y descubrir en qué hemos contribuido, porque todos tenemos nuestra cuota. Este período de pena y dolor, y también de engaño y amoralidad, lo sabremos ver en un futuro como el quiebre necesario para pasar a otra etapa distinta: uno que nos lleve a la modernidad política, social y económica. Este experimento que han dado por llamar “la patria nueva”, tiene todos los vicios del siglo XIX (militarismo, caudillismo) y del siglo XX (rentismo, presidencialismo) y ninguna de sus virtudes.

-Se habla del “divorcio” entre el escritor y la cadena de producción editorial. ¿Cuál es tu opinión?
-En la tradición venezolana, ese “divorcio” no ha existido. Lo digo porque el escritor ha sido muchas veces el corrector, el editor, el promotor y hasta el vendedor de sus libros. Digamos que la profesionalización de la cadena editorial es, entre nosotros, una especie de reciente data.

-Se sabe que, en la actualidad, Venezuela está polarizada social, política y culturalmente ¿Quiénes son realmente los excluidos?
-Los excluidos son, claramente, aquéllos que no están en posiciones de poder ni tampoco reciben dádivas del poder. Esa diferencia es ostentosa hoy en día. Venezuela atiende sus compromisos culturales internacionales con unos ocho nombres que no han cambiado en catorce años. Nepotismo del más puro, aunque cada vez menos ilustrado.

-Como gerente cultural, ¿qué iniciativas faltan para consolidar una política cultural en el país?
-En este momento, por ejemplo, se discute un proyecto de Ley de Cultura que es un verdadero esperpento. Por respeto a lo que se entiende como políticas culturales públicas, ese proyecto no debería aprobarse, porque sería como una condena. Son tantas las iniciativas que faltan, que hasta enumerarlas cuesta. En estos días, a petición de un grupo de estudio, hice un esfuerzo por lograr una síntesis. Me quedaron ocho conceptos que llamé desafíos: 1) Legislación; 2) Estrategias y políticas públicas; 3) Interinstitucionalidad; 4) Industrias Culturales; 5) Mecenazgo; 6) Patrimonios culturales; 7) Educación y Cultura; 8) Sistemas de Creación.



-En resumen ¿qué es lo más discutible de ese proyecto de ley?
-La visión es muy estatista. Después no se hace legislación comparada con todos los proyectos de ley que se han aprobado en estos últimos años, al menos en América Latina. No se menciona el concepto industrias culturales, tampoco mecenazgo, tampoco sociedades creadoras. Una política cultural debe sobre todo promover y asegurar los espacios de la Creación, pero ésta le da una preeminencia al Estado como gran agente rector. La Cultura es asunto de las sociedades y no de “órganos rectores”.

-En una entrevista dijiste que “nosotros –los venezolanos– no hemos sido los mejores promotores de nuestra literatura”. ¿Cómo aprender? ¿Cómo cambiar?
-Lo que quise decir es que la promoción de nuestra literatura se debe a nuestros escritores y no a ningún aparato público, que sólo está interesado en exportar modelos políticos. Cadenas y Montejo, por ejemplo, son autores leídos y valorados en España, pero esto se debe a la pura recepción de sus obras. El país de hoy no exporta ni promueve valores literarios; eso es tarea exclusiva de la trayectoria que siguen las obras y del empuje de los propios autores.

-¿Es parte de tu necesidad de “recuperar los signos invisibles de la cultura” el haber asumido la dirección de una nueva editorial?
-La verdad es que el oficio editorial viene a la par de mi oficio como escritor. Cuando me recuerdo en mi primera actividad literaria, lo hago editando una revista llamada La Gaveta Ilustrada. Y así ha sido en todas las etapas: siempre con un manuscrito por editar. Ha habido etapas más felices, como en la época de Fundación Bigott, cuando los medios no escaseaban, y ha habido etapas menos felices, como la actual, cuando los apoyos brillan por su ausencia. La invención de Artesano Editores es una respuesta a los huecos que han dejado en el mercado venezolano los sellos internacionales, que se han ido en estampida por el régimen cambiario. Pero la gente en el país sigue leyendo, y esas necesidades hay que traducirlas en ofertas editoriales.

-En lo profesional y en lo personal estás relacionado con las diversas áreas del arte y la cultura ¿qué área se mantiene mejor?
-La música, sin duda. En parte porque el Sistema de Orquestas es un acorazado que se mantiene creciendo como semillero y distribuidor de talentos. Y también en parte porque nuestra música tradicional ya era elaborada y compleja antes de fundirse con los géneros contemporáneos. La música es nuestra única carta de presentación a nivel internacional. Y lo que estamos viviendo con fenómenos como la Movida Acústica Urbana apenas comienza.

-¿Venezuela es un país lector?… ¿musical?
-Antes que todo, o que nada, musical, muy musical. Podemos hablar bien de arte malo o alabar con aplausos poemas cursis. Pero aquí sabemos cuando un cuatro está desafinado en los primeros cinco segundos. Ese oído musical es herencia de generaciones: la escucha fina y atenta corre en el torrente de nuestra sangre.

Fotos: Diario El Nacional

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Despedida a mi padre

Leo Felipe Campos

Terminó. Mi padre ha muerto. Siento alfilerazos en el pecho y un profundo ardor en la boca del estómago, allí, justo al lado de la memoria. Un sexto infarto acabó con la música que salía de sus manos, cuando cerraba los ojos y sonreía en cada canción que era un susurro. Hacía algunos años que había bajado su volumen. Respiraba lento. Ganó una molesta torpeza en su pierna y su mano derecha. Tenía ilusiones y ganas de volver a la noche, que a veces alternaba con la resignación. Me lo dijo hace un mes. Acababa de mudarse a la playa, una vez más, para escapar del frío. Llegó a su nueva casa, se sentó en un sofá y miró por la ventana hasta que se le detuvo el corazón. Estaba lo suficientemente solo como para que nadie supiera que había muerto hasta después de dos días. Me avisó una desconocida. Después hablé por teléfono con la policía. Con mi familia. Pedí un dinero prestado. Tomé un avión al sur. Así es el protocolo de la despedida.

No conversaba con él desde hacía un par de semanas. Tal vez no haya sido una maravilla como padre, pero puedo jurar que he conocido, estado y compartido con miles de personas, y él era una magnífica compañía; de las mejores que he tenido hasta hoy. Además, era mi padre y nos parecíamos hasta el miedo. Aunque nunca viviéramos juntos, estar frente a él era estar conmigo mismo. Por eso me siento tan débil, porque a uno no le gusta estar consigo mismo todos los días, pero tampoco es bueno saber que jamás volveré a mirarme en el espejo de su mirada, que era, al mismo tiempo, cálida y simple.

Vine a Brasil para perderme y el destino me ha sacado el tapete de los pies con tanta fuerza que me siento mareado. Tengo que agarrarme de las cosas por momentos y desde hace algunos días también tengo dolores en el pecho y en el culo, de tanto cagar impotencia. Vine a Brasil, entre otras cosas, para ver morir a mi viejo y ni siquiera tuve el coraje suficiente para ganarle al tiempo. Después de 3 meses en el mismo país me tuve que conformar con sus últimas palabras vía Skype. Además, por escrito: un regaño disfrazado de chiste porque olvidé felicitarlo el día del padre, que en Brasil se celebra en una fecha distinta, qué ironía. Luego otra sonrisa, su “te amo, hijo”, que se hizo una constante en nuestras conversaciones de los últimos años, y una última abreviación del dios te bendiga.

Ese cierre inesperado lo resume frente a mí: un reclamo suave, una broma, un gesto de amor y una bendición. Solo nos faltó hablar de fútbol y mujeres, como cuando lo visitaba una vez cada tres años. Guardo junto a él más de 20 momentos maravillosos y casi todos ocurrieron entre las 9 pm y las 4 am. Aunque podamos despertar con el sol y preparar un almuerzo, fuimos y somos de esas horas. En la mayoría de esos encuentros, él estaba tocando su guitarra o su teclado antes de ponerme una mano sobre el hombro o acariciarme el rostro, y en todos esos momentos brindamos por algo.

Mi madre, que murió hace 5 años, era todo para mí. Mi padre, que murió hace días, era uno de mis mejores cómplices, un amigo entrañable. Y me duele no haberle dado un nuevo abrazo antes de irse, como si tuviéramos que conformarnos con atragantarnos de esperanza y recuerdos. Además, sé que voy a extrañar su barba y el color bronceado de su piel. Su cuello y sus brazos flacos. Su sentido del humor.

¿Qué es lo que hacemos de nosotros y con nosotros mientras estamos vivos? No paro de preguntarme lo mismo una y otra vez. ¿Qué decisiones tomamos y por qué? A pesar de sus depresiones finales, mi padre nunca perdió la fe. La lentitud que le dejaron sus infartos y sus accidentes cerebro-vasculares no evitó que se las arreglara para tocar de tanto en tanto la puerta del goce. Fue cómodo y egoísta hasta cierto punto, pero también ese temple lo admiro porque después de todo él supo lidiar con una soledad de espanto en los últimos años de su vida gracias a las amistades que construyó y al empuje de sus amigos cercanos. Sobre todo, al de su hermana de oro, una mujer fuerte, sensata y estoica como probablemente nunca conozca a otra.

Siempre hubo mujeres que le tendieron su mano y su corazón a mi padre con experta complicidad. Creo que fue un hombre afortunado y también comprensivo. Eso se lo agradezco, como le agradezco haberme dado alguna vez aquel gran consejo que nunca he podido seguir a rajatabla: “Donde hay amor no pongas el orgullo, porque no sirve de nada”.

Se ha roto algo dentro de mí en este viaje, a pesar de haber contado con la mejor compañía, una chica única y sensacional, a la que jamás olvidaré, que ha medido casi todos sus pasos para hacerme sentir tan bien como es posible en esta circunstancia. Pero es duro. Y es intenso.

Mi próximo libro de relatos lleva por título Gancho al hígado y una de sus dedicatorias, escrita hace dos años, dice: “A Celso, músico, porque me enseñó todo lo que olvidé del blues”. Celso es mi papá y así va a permanecer la dedicatoria. Ahora estoy un poco desconcertado, porque a pesar de saber que ocurriría más temprano que tarde, por su condición de salud, su muerte me tomó por sorpresa; fue un verdadero mandarriazo directo a mi zona lumbar que salió de repente y me agarró fuera de guardia. Pensé que yo era capaz de dominar el ritmo de la pelea. Y no.

Sé que me toca salir round tras round y aguantar con lo que tengo, con lo que he aprendido. Sé que espero levantarme de la lona y llegar sano al final del combate, pero, de momento, no quiero conocer gente. Quiero pensar, quiero estar junto a mi hija. Quiero volver al aeropuerto y recomponer el despegue. Quiero planear sintiendo apenas la brisa en mis oídos, sin que exista otra cosa. Que el sol me dé de lleno en la cara. Ver montañas y aguas y no ver más nada sino sonrisas. Quiero entender el dolor no desde el consuelo, ni desde los recuerdos alegres, sino desde el silencio de nuestro amor, que era potente y delicado en proporciones iguales. Necesito cambiar algunas preguntas del cuestionario, cambiar la manera de imaginar mi futuro. Esta hoja de ruta será nueva, casi de forma obligatoria, porque así lo estoy mirando y porque soy una persona que respeta sus perspectivas.

Me siento irremediablemente solo y es verdad que así se puede llegar muy lejos, pero no quiero caminar tanto de esta manera. Acabo de perder el deseo de descubrir cosas nuevas. De vivir experiencias. Si voy a viajar, será para despejarme. Para asomarme a la ventana, tal como estaba mi padre al momento de partir. Para ver colores, inmensidades, gente que habla sin que yo pueda escuchar. Estoy frío y el tiempo se encargará de subir la candela. Eso lo sé. Eso lo sabemos todos. El tiempo. El tiempo. El tiempo es finito y poderoso. Damos vueltas en la vida y muchas veces estamos abajo, otras encima y otras aplastados. Estaré encima más adelante, pero tener certezas no te hace necesariamente más sabio, ni más fuerte, y yo en este momento no tengo siquiera la menor idea de en cuál ciudad voy a estar el mes que viene.
Tengo la vista nublada, pero no necesito consuelos, ni monsergas, ni proverbios antiguos o frases hechas. Espero que me entiendan. Soy hombre y soy libre. Y soy padre. Sobre todo. Y me enfermo poco y me curo rápido. Y me gusta dudar y pensar como a mi padre y también a mi madre les gustaba dudar y pensar, con música de fondo. No sé mucho de música pero he aprendido algunas cosas sobre el amor y las pérdidas. También sobre la buena compañía. Soy cómodo, egoísta, afortunado y comprensivo. Soy padre y quiero hacer lo que un padre tiene que hacer, ahora también en homenaje al mío, que en paz descanse.


***


LEO FELIPE CAMPOS nació en San Félix, pero se trasladó a Caracas donde se graduó de Comunicador Social. Ha sido actor de teatro, periodista deportivo y asistente de dirección en cine y televisión. Es fundador y editor de dos revistas venezolanas Platanoverde y 2021 Pura Ficción. Publicó “Los paralelos”, su primer cuento en el 2006 por Amauta Editorial. En 2009, publica con Ediciones PuntoCero su primera novela “Sexo en mi pueblo”, una obra que ofrece un compendio de relatos apasionados y divertidos en torno a los ardores de la carne.
Actualmente es editor jefe en contrapunto.com.
Twitter @leofelipecampos

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Ego

Paola Senseve Tejada

Poeta visual nacida en Cochabamba, Bolivia.
Estudió Psicología en la Universidad Santa Cruz de la Sierra.
Su trabajo puede verse en www.psenseve.blogspot.com.ar

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Cinco preguntas y un final: Jorge Hardmeier

1-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
-Es una pregunta compleja, por lo tanto me voy a remitir a la literatura argentina, ya que estimo que un libro, en lo posible, debe ser leído en el idioma original y conozco más de literatura argentina que del resto de Latinoamérica. Y, entonces, sin dudas “El museo de la novela de la Eterna”, de Macedonio Fernández. Me atrevo a ampliar el ranking: entonces viene “Sin embargo Juan vivía”, de Alberto Vanasco. Y cualquier del gran Néstor Sánchez. Esto sólo refiriéndome a la literatura.



2-¿Un autor sobrevalorado?
-Con todas las disculpas, Roberto Bolaño.



3-¿Qué cosa hace mágica a la literatura?
-Lo que hace mágica a la literatura es el trabajo con el lenguaje. La exploración de la lengua. Creo en eso que decía Juan José Saer: no importa mucho el qué, si no el cómo. Porque, al contrario de la música, por ejemplo, la literatura como materia tiene al leguaje, algo que es un elemento cotidiano y con esto debe generar otra cosa – no digo arte, pues descreo de la palabra. Es por tal motivo que no me seducen los textos que sólo cuentan historias, algo muy en boga actualmente. No me interesa mucho la historia, si no el trabajo con la palabra. Cuando en un libro encuentro eso, siento que la literatura es mágica. Y en mi escritura, intento eso, seguramente sin lograrlo.



4-¿Qué piensas cuando te miras al espejo?
-Mirá lo que hiciste con ese niño que tenía tantas posibilidades.



5-¿Con Dios o con el Diablo?
-Con el Diablo, evidentemente. Estar con Dios debe ser sumamente aburrido.



UN FINAL…
No soy un lector de finales. Me incomodan, por ejemplo, los finales sorprendentes, a lo Abelardo Castillo. Pero si tengo que elegir, me quedo con el final de “El amhor, los orsinis y la muerte” de Néstor Sánchez. ¿Por qué? Porque no intenta, justamente, impactar y es coherente con la narrativa de toda la novela:

“Tal vez así en el penetrante olor a pólvora, lagrimeando a causa de los gases dramatizantes, con todo concentrado y retumbando, entre lo infinitamente gorra y la marca de humedad de Xul y bajo las pisadas multiplicables sobre las junturas, pero tal vez tampoco”.


***

JORGE HARDMEIER (1968) es arquitecto, dibujante y escritor. Ha publicado los libros de divulgación Artaud para principiantes (1998) y Edgar Allan Poe para principiantes (1999), ambos en colaboración. Editó dos libros de cuentos: Sobrespejos (1998, Editorial Botella al Mar) y Animales Íntimos (2002, Simurg) y forma parte de la antología La erótica del relato, escritores de la nueva literatura argentina (Adriana Hidalgo Editora, 2009). Colaboró con sus ensayos y entrevistas en diversas publicaciones y ha fundado dos revistas: El Anartista (1999 - 2005) y Expreso Nova. Actualmente dirige la editorial Expreso Nova Ediciones.
Fotografía: Cari Aimé Stanzione

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Paris Journal

Poemas de Guillermo Bawden

Rive Gauche
Paris,
sé que hay que bajar
y costear el río para dar aviso
de nuestra suave llegada.

***

Le Marais
Los ojos abiertos en medio de la feria
olor a cilantro y especias
Husmeando a las hembras
como los más inteligentes simios
que el planeta ha visto

Aún somos pocos
para retomar el poder.

***

Catacumbas
Bajo la luz,
un camino cerrado,
una vela roja sobre
la calavera de un niño.

Ese es el precio de los amantes
y del fulgor violeta de los vitrales.

***

Pont Sully
El ensueño se encadena
sobre el río
Extraña visión de los amantes

Puente.

***

Jardins du Luxemburg
La vi danzando entre los árboles
la de muslos esmeralda
¡De pie los condenados
a la prolongada noche!

Ensueño de la mente algodón.

***

Pont Neuf
No
es amor lo que sucede en la rivera del río

apenas el disimulo y la diversión de los policías

escondidos en los puentes

para no cortar el sudor y el rocío de los árboles

***

Rue Taibot
A las tres de la mañana
una pelota roja baja por la calle
hacia el río

Nada la detendrá.

***

Montmartre
En la tierra del despertar:
Iglesias blancas
Asisto al funeral de las mariposas
para emerger solitario,
en la mañana más fría del verano
Mis pies se dirigen al exilio

Ahora
y siempre.

***

Sacro Couer
El dueño de la noche acróbata
se olvida del tiempo de las escalinatas,
recuerda el juego del viento en un vestido
y en el roce de la tela con un muslo
¿Cómo detener la incubación de esa imagen?
Tal vez, sólo tal vez
deberá abstenerse unas noches de usar las cuerdas

Paris bien vale una misa.

Rue Lepic
Salí a la calle de madrugada
en un intento fallido de atrapar
a los actores
antes de su función
de diario y café

Intenté espiar a los hombres
que levantan día a día
la fachada vacía
de una casa improbable.




***
Guillermo Bawden nació en Córdoba en 1977. Es escritor, artista plástico y músico. Dirige la colección Bonzo de Poesía de Llanto de Mudo Ediciones, y forma parte del staff de la Editorial Nudista.

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Pequeñas mujercitas

Solange Rodríguez Pappe

Mientras llenaba cajas y cajas con basura sacada de la casa de mis padres, vi a la primera mujercita correr hasta el sofá y escabullirse bajo sus patas con un grito de alegría eufórica. Tampoco es que me sorprendiera tanto topármela. Ser hija de una pareja de acumuladores que durante toda su vida no habían hecho más que almacenar bolsas vacías de papel, recipientes plásticos de varios tamaños y bichos de porcelana, aumenta la posibilidad de que si haces una exploración profunda, darás con cosas muy extrañas escondidas en el hogar de tu infancia.

Una de las actividades preferidas de mi aburrida niñez era revisar cajones para hurgar su contenido, pero desafiándome a dejar las cosas tal como las encontraba. Así di con una colección de llaveros de la segunda guerra mundial, unos porta vasos pornográficos y con el puñal de plata que guardaba celosamente mi padre entre las tablas de la cama. “Ya has estado trasteando entre las cosas”, vociferaba mi madre si notaba algún leve cambio de orden entre alguno de los cientos de objetos recolectados y luego de eso me daba unos buenos bofetones con la mano abierta o un golpe de cinturón en las palmas. “Aprende a tu hermano, que jamás da que hacer”. Obvio, desde que tenía memoria Joaquín había pasado jugando en la calle, con sus carritos, con su bicicleta, con sus patines, con su pandilla, con sus noviecitas. Se había negado a ser uno de los tantos adminículos de colección de mi madre.

Una vez en el asilo, mis padres no necesitarían nada más que lo esencial, así que llevaba casi una semana separando en pilas lo que donaría a la caridad, lo que regalaría, vendería y subastaría a buen precio y también con lo que iba a quedarme para observarlo y ponerle las manos encima, pero primero había que deshacerse de toda la suciedad. Entre los cachivaches de la cocina hallé algunas lagartijas, una rata y hasta un murciélago muerto, incluso si lo pensaba, la rata parecía ser el cadáver de un viejo hámster de la infancia que perdimos. Mientras perseguía con el zapato a unas arañas fue cuando vi a la mujercita desnuda atravesar el salón en pleno grito de guerra. Entre todas esas rarezas, una pequeña mujer salvaje corriendo por ahí, no me parecía tan increíble.

Miré bajo el sillón y tal como me lo había imaginado, existía toda una civilización de diminutas mujeres haciendo su vida. Algunas estaban sentadas en grupos muy juntas peinándose el cabello entre ellas, contándose cosas y riendo; unas más fumaban tumbadas trozos de hojas arrancadas a un helecho cercano al sofá y otras se trenzaban en guerras de placer lamiéndose el sexo y los pechos por turnos, mientras se mordían los dedos de sus minúsculas manitos o emitían agudos gemidos de gozo. Estos ejercicios que cuento, lo hacían a la vista general de toda la población si ningún pudor o recato. No vi hijos o embarazos entre las mujercitas, todas jóvenes y magras. Lo que sí, me parecieron bastante hedonistas por no decir indecentes.

A media tarde sonó el teléfono. Contesté con una mezcla de coraje y desconcierto por las mujercitas que ahora dificultaban mi limpieza de la sala. Era mi hermano Joaquín pidiéndome un espacio en la casa para pasar la noche porque su esposa lo había echado otra vez a la calle. “Se dio cuenta que no terminé la relación con Pamela, como le prometí. Tú sabes que mamá siempre me daba una mano en ese asunto y me dejaba dormir en el sofá”. “Estoy aseando la casa, todo está revuelto y lleno de polvo, pero si crees que puede sopórtalo, pues ven”. “Gracias”, me dijo “No sé qué ha tenido siempre ese sofá, que me hace dormir muy bien”. Entonces sentí escalofríos.

Armada con una escoba fui a barrer la ciudad de las mujercitas. Con la fuerza de mis escasos kilos, le die la vuelta al sillón empleando todo el peso de mi cuerpo y cuando estuvo patas arriba, a escobazo limpio como una ama de casa experta en matar insectos rastreros, dispersé, sacudí y victimé a las que pude. No fue fácil, pelearon lo suyo y tenían dientecitos filudos, pero en menos de una hora ya habían desalojado el sofá. Una que otra se escapó en dirección de los dormitorios, pero estaba segura que solo había sido un pequeño número comparada con todas las que eliminé. Justo cuando volví a colocar el mueble en posición original, sonó el timbre. Joaquín me sonrió encantador como un Clark Gable desde el otro lado de la mirilla. Juntos pusimos en la vereda las fundas llenas de mujercitas que yo ya tenía listas para que se las llevase el camión recolector.

Tomamos una cena rápida hecha con sopa de sobre. De vez en cuando la vista se me iba al piso al ver pasar a una que otra mujercita correteando mientras se tiraba de los cabellos o lloraba con la boca abierta, vagando sin rumbo, pero yo procuraba no prestarles atención mientras mi hermano me contaba los detalles de su sofisticada vida como asesor de un político internacional, de los viajes que realizaba, de las personas que conocía, mientras yo apartaba de un puntapié discreto a las mujercitas que intentaban subirse por mi pierna.

“Yo no quiero tener que elegir a ninguna mujer porque la impresión que tengo es que ellas, más bien, quieren que elija para tener pretextos para sus batallas. Los hombres somos para las mujeres un motivo más para su guerra y no. Yo me niego a ese juego: estoy feliz con las dos, con las tres, con las cuatro en mi vida”, y yo fingía un picor en la pierna para espantar a la mujercita que me clavaba una flecha vengativa en la rodilla. Sí que era miserable Joaquín que había vuelto de la infidelidad contumaz una postura filosófica Lo pensé, no lo dije. Más bien le sonreí con la paciencia de siempre muy parecida a la complacencia. Tal como lo hacía mamá.

Antes de dormir, mientras yo llevaba los trastos a la cocina, lo vi sacarse la ropa en la penumbra de la sala, iluminado solo con la electricidad de la calle. Mie hermano era un hombre muy bello. Alto, de musculatura firme, con una sólida nuez de Adán atravesándole el cuello recio, y un par de brazos vigorosos, fraguados en el gimnasio y en las competencias de pulso con otros hombres tan cosmopolitas como él. Mientras se lanzaba al sofá, semidesnudo, listo para entrar al mundo de los sueño, buscando seguir también allá la conquista de mundos y de hembras, las pequeñas mujercitas se agrupaban en el suelo y armaban una estrategia de defensa.

Una de ellas se trepó escalando temerariamente al sofá y exploró con curiosidad el cuerpo de mi hermano. No sé si había hombres pequeñitos en su mundo, pero dar con uno bastante grande, la tenía extrañada: olisqueaba y mordía la piel ese terreno mientras Joaquín se rascaba aquí y allá. Más mujercitas lograron trepar y fueron a pararse en su pecho peludo, agazapándose y rodando entre el vello y otras tantas fueron a inspeccionar el bulto que se adivinaba, entre sus pantalones. Se las veía cómodas en esa tierra reciente que habían descubierto.

Antes de salir, dejé la pila de platos sucios en el lavadero y la luz de la cocina encendida. Me acerqué en silencio a Joaquín que respiraba con un ritmo pesado, mientras numerosas mujercitas armadas se empeñaban en trepar con escándalo a su entrepierna. Él exhibía una desparpajada sonrisa de placer que venía desde el fondo de su cerebro de varón satisfecho. Sentí un fastidio profundo. Tomé si hacer ruido las llaves de su coche de la mesita mientras más y más mujercitas despelucadas y feroces llegaban a revisar el estado de su nueva colonia. Cuando cerré la puerta y le eché doble llave atrancando la salida, me pregunté si los gemidos de mi hermano, que alcancé a escuchar del otro lado del dintel, serían de dolor o de placer.


***
Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) es docente universitaria, cronista y conductora de talleres de escritura creativa. Tiene un Máster en Literatura Hispanoamericana. Ganó el premio nacional Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año con Balas perdidas (2010). Publicó Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas.

El cuento Pequeñas mujercitas pertenece a libro de cuentos La bondad de los extraños (2014) publicado por Cadáver Exquisito.
Foto: Amaury Martínez

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Los dioses

Un cuento de Ednodio Quintero

Enclavada en lo alto de la montaña, protegida por riscos, fosos, farallones, la ciudad, prácticamente aislada del mundo exterior, se bastaba a sí misma y consumía su espíritu en el ejercicio de una religiosidad exacerbada. Mendigos, charlatanes y saltimbanquis, farsantes, predicadores y traficantes de ídolos, asolaban las calles empinadas y los callejones sombríos con el guirigay de sus pregones y de sus disputas. A pesar del aislamiento geográfico que hacía obligante una promiscuidad varias veces centenaria, los ciudadanos no habían logrado ponerse de acuerdo en una fe única y perdurable que colmara sus inquietudes y satisficiera a plenitud sus anhelos de trascendencia metafísica. Acaso la cercanía del cielo es que sus creencias estaban signadas por el fanatismo, la fugacidad y el desapego.

Un viajero extraviado que se adentrara tras aquellos muros, se asombraría hasta el escándalo de la facilidad con la cual los montañeses adoptaban con devoción y luego condenaban al olvido a sus múltiples dioses. Si un halcón surcaba el cielo rumbo a occidente, la multitud rugía. El temor y el espanto se apoderaban de los corazones, pues volar en dirección al poniente era un presagio inequívoco de muerte. Al día siguiente, la figura de aquel pájaro presidía las ceremonias más solmenes. En su honor se levantaban estatuas, se bordaban estandartes, se imprimían himnos de alabanza, libros de horas y cantos con acento virgiliano. Los designios del dios alado eran conjurados mediante sacrificios que incluían, por lo general, un cordero blanco, alguna fiera capturada en los bosques cercanos y un primogénito recién nacido. A nadie extrañaba, sin embargo, que esta misma tarde la multitud se prosternase ante un cerdo salvaje en las arenas sucias de un anfiteatro en ruinas. Y que al anochecer, una procesión de encapuchados portadores de antorches paseara en silla de manos, bajo un palio de terciopelo y oro, a una muchacha desnuda embadurnada en miel, y que todos, sin excepción, quisieran tocar su sexo lacio y milagroso.

Así, un casquillo de caballo encontrado bajo la almohada de un moribundo se convertía en preciado talismán por cuya posesión se libraban verdaderas batallas. Las voces de un herido abandonado en un portal finiquitaban la contienda desplazando la atención hacia un sapo verdoso que daba extraños saltos en la penumbra de un corredor. Acudían en tropel intérpretes que iban dibujando, sobre papeles de seda y con meticulosidad de joyeros, las curvas trazadas en el aire por el torpe animalejo. La dicha o la desgracia de algún hombre podía estar inscrita entre las líneas de aquella figura enrevesada.
En el fragor de un rito sangriento, el más leve cambio en las formas de las nubes convertía al verdugo en víctima propiciatoria. Los piojos de un criminal elevado a los altares eran subastados en medio de una algarabía de posesos. Los oficiantes de algún culto vespertino parecían apaleados por sus fieles seguidores al anochecer. Alimañas anidaban en los tabernáculos. Y una taberna maloliente, refugio de tahúres sedentarios y rateros trashumantes, podía ser consagrada como santuario. Abundaban los brebajes, las pociones mágicas y los sahumerios. En algunas ocasiones, la sangre seca de perra se cotizaba en el mercado negro a precios superiores a los de la sal, el incienso y el oro. El más idiota se declaraba dueño de la piedra filosofal. Los poetas herméticos gozaban del aprecio general, pues nadie, hasta la fecha, había logrado descifrar sus arcanos. La heráldica, por el contrario, había caído en franco desprestigio: se la consideraba como una ciencia decadente y barroca, reservada a los melancólicos y los suicidas.

No obstante, aquella profusión de supersticiones no era más que la expresión desmesurada, tal vez cándida, de unos seres inquietos, ávidos e insatisfechos, que aspiraban ver realizados sus anhelos en los vastos espacios del espíritu.

***
A media mañana, un día soleado de principios de abril, llegó a la ciudad un dios verdadero. Vestía túnica blanca ribeteada con hilos de oro, calzaba sandalias de cuero y se apoyaba con soltura en un báculo de marfil. Su larga cabellera negra y su barba de un amarillo herrumbroso conferían a su rostro dulce y alargado un resuelto aire de dignidad. La sonrisa leve de sus labios expresaba a un mismo tiempo ternura y determinación, y en sus ojos ardía el fuego de innumerables soles. Luces sesgadas le golpeaban la frente y un vientecito suave le agitaba la túnica y la cabellera. A pesar de la fatiga, con pasos seguros cruzó el umbral de la Gran Puerta y avanzo decidido por la amplia calzada que conducía al centro de la ciudad.

El dios se proponía librar la ciudad de falsarios, pestes y calamidades. Mohanes, truhanes y holgazanes levantarían sus tiendas de lona enmohecida y huirían como ratas en sus chirriantes carromatos. Y la última zahorí, vituperada, partiría rumbo al desierto en compañía de algún músico ciego o de un titiritero. Nadie se atrevería a poner en duda los atributos del dios. Sin embargo, con cierto aire de preocupación que se reflejaba en su rostro, el caminante pensaba en el estupor de aquella pobre gente que no aguardaba su llegada. Había olvidado –pues el olvido es también privilegio de los dioses- enviar alguna señal premonitoria. Habría bastado una lluvia de azufre o un ángel con trompeta. Muy distinto sería el paisaje si el dios se hubiera anunciado mediante algún prodigio. Estos muros desnudos lucirían engalanados con guirnaldas trenzadas entre sí por cintas de seda, y una alfombra de terciopelo escarlata cubriría la ardiente calzada. De los balcones colgarían bambalinas, faroles y banderas, y en las esquinas se levantarían arcos de bambú adornados con ramas de laurel, flores amarillas y aromáticas enredaderas.

Cirios pascuales, velas de sebo y lámparas votivos arderían en chozas, templos y portales. Y al paso del dios, una llovizna de pétalos iría cubriendo sus pisadas; y se escucharían lamentos de flauta, campanas al viento, petardos, aplausos y fanfarrias. Mujeres enloquecidas, ciegos y leprosos, obesas matronas y fornidos guardianes, a empujones y codazos se acercarían a contemplar el rostro del recién llegado, se conformarían con una sola mirada, acaso con besar el borde gastado de su túnica. En fin, aquel pueblo de montañeses idólatras daría lo mejor de sí mismo y ofrendaría al dios con llaves de oro, pergaminos, bufandas y sombreros, frutas de la estación y peces ahumados.

¿Y si algún desventurado no lo reconociera? El dios avanza, presuroso, como un pastor que busca sus ovejas extraviadas en algún oculto vallecito entre las rocas. Su figura de peregrino proyecta una sombra larga y vacilante sobre los ladrillos de la calzada. Y de repente su rostro se ilumina, pues allá en el fondo ha vislumbrado unas siluetas moviéndose entre los árboles. Hombres en mangas de camisa y muchachas con flores en el pelo se pasean en las cercanías de una fuente. Parejas sentadas en bancos de madera se acarician las manos mientras intercambian suspiros y confesiones en voz baja. Desde la cima de un fragante árbol del paraíso, un niño de ojos oscuros tararea una melodía de las montañas y otea el horizonte. ¿Y si uno solo de aquellos infelices, con el corazón lleno de soberbia, tuviera el coraje de negarlo? Lo fulminaría con la mirada y le arrojaría a la cara las credenciales selladas y lacradas en las que se demuestra la esencia misma de su deidad.

Cerca de la verja de metal oxidado que rodea el parque, el dios reposa apoyada en su báculo de marfil. Ensaya mentalmente una fórmula de saturación, y con la mano izquierda aprieta contra su pecho agitado las insignias de su poder.

Al anochecer del mismo día de su llegada, el dios abandonó la ciudad. Lo habían reconocido, sí. Y le ofrecieron agua fresca para calmar su sed, y compartieron con él sus raciones de pan, miel y queso de cabra. A la hora de la siesta, un hombre de hermosa cabellera le ofreció su hamaca, y una muchacha de mejillas sonrosadas veló su breve sueño. Debió soñar con algún manantial o una gacela. Aliviado de la fatiga, se levantó y emprendió el camino de regreso. Comprendía que su presencia entre aquellos seres era innecesaria. Hastiados de dioses, habían vuelto los ojos hacia el fondo de sus corazones y habían reconocido en ellos sui propia divinidad.


El escritor Ednodio Quintero nació en 1947, en Las Mesitas (Trujillo), un lugar agreste de la alta montaña de los Andes venezolanos. Es considerado uno de los más grandes narradores de Hispanoamérica. Entre sus obras destacan: La muerte viaja a caballo (1974), La danza del jaguar (1999), Mariana y los comanches (2004), Combates (2009) y El hijo de Gengis khan (2013).
Los dioses es un cuento de Los mejores relatos. Visiones de Kachgar (2006)

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