Letras

La jaula de los esperpentos

Diana Varas Rodríguez

A Freddy Avilés



Aparecer viva y sin ninguna pinta de sangre en la primera plana del diario amarillista más famoso del país, te asegura la fama de por vida.

“¡La matagallinas fue enjaulada! ¡La matagallinas fue enjaulada!”, voceaban todos los vendedores de periódico a primera hora de ese día.

Me hice pasar por la Gallareta, la asesina más buscada de gallinas y ya tengo una semana en cana. Averigüé todo su récord policial para representar bien su papel: 37 años. Esquizofrénica. Alzheimer. 176 gallinas robadas. 41 colgadas en el umbral de varias casas. 621 mutiladas. 6 cabezas encontradas en las loncheras de los niños de una guardería. 11 patas pegadas debajo de las bancas de la Catedral. Se sospecha que fue la causante de la aparición repentina de 34 gallinas teñidas de azul y amarillo en el centro regenerado del pueblo. Unos dicen que estaba haciendo campaña política. Otros, que era cocinera y vendía caldo a un dólar. De seguro ella me había visto en la nota.

Yo era su fan número uno. Hice un criadero de gallinas en el patio trasero de mi casa para poner en práctica mis ideas. Mis primeras acciones consistían en suturar dos gallinas por su carúncula. Las dormía primero, para que los vecinos no sospecharan. Utilizaba plantas de valeriana, las mezclaba con agua y Lexotan. Se las daba con jeringa después de hacerles cariñitos para que no hagan ruido.

La gente ni se imagina que la Gallareta no es responsable de todo lo que se le acusa. Yo construí más de la mitad de su historial policíaco e hice cosas que los pacos nunca registraron. Las acciones que realizábamos individualmente en la ciudad se convirtieron en nuestro vínculo. Nunca nos habíamos visto físicamente, ni conversado. Sabíamos que éramos mujeres y que esta obsesión a la cual nos entregábamos, -mágicamente- nos obligaba a pertenecernos.

Un día antes de entregarme, suspendí una importante suturación entre gallinas. Siempre me llamó la atención una de ellas. Nunca se integraba con las demás y la distinguía por su ojo anaranjado. Ese día me miró raro. Su cabeza estaba de lado, paralizada, como si estuviera observando un gusano que se escapa lento, sin conciencia de la muerte. Fue inevitable. Pensé que la Gallareta había tomado la forma de ese animal y esperaba algún despiste para atacarme.

Siempre imaginé cómo era su aspecto y nunca pude determinar una sola forma: una mujer con alas, enana con plumas, hermafrodita con pico y cresta. Sabía que no era humana o que, por lo menos, eso era lo que ella creía.

Suturar se volvió un vicio. Empecé a adicionar partes mutiladas de gallinas a mi propio cuerpo. Las disecaba antes, utilizaba formol, cristales… Mi casa parecía el aviario de un experimentador obseso. Tenía frascos llenos de formol que contenían partes amputadas del cuerpo de esos animales. Las momificaba, me momificaba, me travestía con ellas.

Llegué a tener 45 patas pegadas a mi cuerpo y una cabeza de gallina en cada hombro. Me había convertido en una siamesa trilliza, un cuerpo tripartito, divino, fanático de la mutilación y los esperpentos. Mi cuerpo era mi propio traje.

Cuando llegué a la cárcel, se alarmaron tanto que llamaron al cura del pueblo para que me sacara los demonios; el cura llamó a un psiquiatra; el psiquiatra a un doctor; el doctor, a un abogado; y el abogado, a una vidente. Me quitaron todo. Ahora solo tengo cicatrices, picoteos de aves, mordisqueos de moscas, cenizas de un ave fénix que no resucitó por ser desperdigada, amputada.

Me tiraron agua bendita. Hicieron que dibujara y dijera qué imágenes veía en unos garabatos: gallinas, gallinas, decía yo. El doctor me quitó las patas, las cabezas y me regaló un frasco de alcohol. El abogado trataba de encontrar una razón lógica, y la vidente continuó visitándome de vez en cuando para hacerme baños contra el mal de ojo.

El tiempo de visita había terminado hace unas horas y sentía que alguien estaba dentro de mi celda. Escuché susurros ininteligibles debajo de mi cama. Cada vez se hacían más fuertes, eran carcajadas demoníacas de cigueñas-arpías, de esas que llevan el insomnio en el pico, como acostumbran, para aventarlo a mis párpados. Ya no eran murmullos, eran gritos. Tenía miedo. Empecé a moverme y a golpearme la cabeza una y otra vez contra la pared, hasta que el sonido más intenso se estranguló en el aire, como el recuerdo del gruñido de un cerdo que acaba de morir.

Una gallina blanca salió disparada por debajo de mi cama. Movía sus alas con apuro. Me miraba, pero no tenía ojos. Cualquiera hubiera creído que alguien le dio un patazo debajo del colchón. Estaba alocada, ansiosa… hasta que me vio. Se detuvo mientras yo seguía golpeando mi cabeza contra la pared. Me dio la ligera impresión de que su cuerpo crecía poco a poco, mientras se acercaba tímidamente. Quedé hipnotizada con la hondonada de sus ojos, pude sentir que me introducía en su cuerpo. La Gallareta estaba aquí, conmigo.

Quería acariciarla, pero yo no tenía brazos. Se habían instalado en su cuerpo en lugar de sus alas. Empezó a picotearme, yo era su lienzo experimental donde la bebida era la sangre. Picoteaba mis cicatrices para abrirlas de nuevo, rememorándome la misión impuesta por el destino de los mutilados. De las heridas brotaron plumas blancas y dos alas en lugar de mis brazos.

Veo a mi propio cuerpo frente a mí, descansando en un lago de sangre que brota desde mi cabeza, sin insomnio. La Gallareta me toma de las alas con su mano y salimos por la pared.

Mi cuerpo ya no me limita.


Diana Varas Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1984) Licenciada en Comunicación Social con mención en Redacción Creativa. Realizadora del documental A imagen y semejanza (2008), que trata sobre las transgéneros y sus acciones por legitimizarse como seres ciudadanos. Fue exhibido el mismo año en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y en el Festival Diversa, de Buenos Aires.
Su libro de cuentos “La jaula de los esperpentos” fue publicado por la editorial ecuatoriana DADAIF [cartonera], en una edición limitada de 100 ejemplares.


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“Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias”

Ezequiel Vila, por Lucía Vargas



Ezequiel Vila es poeta, docente e investigador. Reside en Buenos Aires y ha publicado su primer libro de poemas en 2013, mediante Años Luz Editora.

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande consta de cinco poemas en dónde se ve reflejada una poderosa visión de la actualidad a través de un matiz muy personal. Mediante las historias contadas a través de los versos, su estilo evidencia la ironía y el humor con el que se recorrerá todo el poemario.

Tocando temas actuales como el kirchnerismo en "Amo a una chica Kirchnerista" o los escenarios de las microhistorias de "Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande", logra introducir temáticas atemporales como lo son las ideologías políticas, la muerte y el amor. En "Me doy cuenta de que no puedo ser Séneca" acerca la filosofía a la reflexión vigente, y desmitifica el amor con una cierta oscuridad en "Amputación": sin prejuicios y con mucha originalidad, Vila revive tiempos y espacios para recrearlos en el presente audaz del poema.

En esta entrevista, intentamos conocer al autor y su visión del mundo en relación con su literatura.

-¿Cuándo comenzaste a escribir? ¿Recordás por qué?
-De chico tenía una carpeta en la que dibujaba historietas que le pasaba a mis amigos y mis primos en las que parodiaba o inventaba tramas nuevas de alguna serie con la que estuviéramos todos enganchados en ese momento, como Dragon Ball o Oye Arnold, así que mi debut como escritor fue en el terreno del fanfic. No creo que en ningún momento haya dejado de hacer comics o escribir pequeñas historias así. Pero sí hubo un momento de quiebre, a los 15 años, en el que empecé a participar mucho en un foro de literatos donde la gente dejaba escritos y los demás usuarios comentaban. Yo venía de otro foro que había armado el mismo administrador, que estaba formado por un resto de gente que escuchaba un programa de radio que pasaban por Rock & Pop a la madrugada, “La convención de las tribus”, y cuando caí ahí me copó la propuesta de sumarle a los típicos debates forísticos la posibilidad de leer a los otros usuarios y que los otros te lean a vos en una veta más literaria. Ahí me hice de un grupo de amigos que me cambió la cabeza, conocí muchos textos que de otra manera jamás hubieran llegado hasta mí y fui partícipe de la irritante bohemia adolescente que en última instancia me hizo naufragar en Puan. Pero volviendo a la pregunta, digamos que la sociabilidad de Internet me dio un poco de manija para ponerle más trabajo a algo que siempre me había gustado, encontré un lugar de expresión personal y de desarrollo de inquietudes literarias propias, un poco más alejadas del plagio y la fantasía narcisista del fanfic (al que por supuesto sigo bancando).

-¿Qué te moviliza a escribir?
-Hay una pulsión de expresividad que me parece innegable, para mí y supongo que para cualquier artista. Lo que sucede es que si te conformás con eso, lo que terminás escribiendo es una mierda, o yo por lo menos no puedo no ser completamente grasa cuando suelto esa correa. Suelo escribir en contra de ese principio, me interesa más concentrarme y trabajar en las ideas que se me aparecen como algo ocioso, sin sentido, o que surgen a partir de imágenes que pueden ser horrorosas o simplemente graciosas, y a partir de ahí dejar que se vaya filtrando la emoción o las ideas que me obsesionan, pero siempre a partir de una historia. La voluntad de contar una experiencia (propia, ajena, inventada) y su interpretación suele ser un motor para la escritura. Por eso me gusta escribir poemas sobre cosas que parecen muy singulares pero que le podrían pasar a cualquiera, hoy. Soy medio tribunero. O para que quede más elegante, soy “generacional”.

- Desde tu visión como poeta, como docente y como lector e investigador ¿Qué pensás de la literatura actual?
-Con todos esos títulos puede hasta incluso parecer que me opinión es importante, nada más lejos de la realidad. En general no me gusta pensar, para fenómenos contemporáneos, dentro de la categoría literatura (acá me sale el investigador) sino en términos de ficción. Cada vez es más evidente que estamos sumergidos (y que fuimos criados) en una cultura mediática donde las historias circulan en múltiples dispositivos. Hoy lo vemos con el boom de las series de televisión, antes fue con el cine, en el futuro inmediato serán los videojuegos. Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias. Me parece que los mejores escritores que me llegan hoy entienden ese panorama, no se aferran a la idea de una literatura que es únicamente experimentación del lenguaje, ni tampoco saltan eufóricos hacia un mundo cibertextual que no existe. Me gusta mucho Leo Oyola porque me parece que combina bien ese nuevo juego, mezcla temas de la cultura popular con voces narrativas potentes y un tempo en sus tramas de clara inspiración cinematográfica. Obviamente, creo que la literatura tiene sus características particulares, pero no me sirve pensarla como una serie aislada, mucho menos concebirla como una cuestión para iniciados, ni mucho menos. Los autores que piensan en esos márgenes, por lo general, no me interesan y siento que en sentido estricto no somos contemporáneos.

- Decidiste publicar con Años Luz, ¿Por qué?
-Conozco a Flor Piluso, una de las editoras, desde hace muchos años por haber cursado la carrera de Letras y haber trabajado juntos en los inicios de la revista Luthor. Flor sabía que yo escribía y había ido a escucharme a varias lecturas. Así que cuando se juntaron con Juan Crasci y Sebastián Realini a armar Años Luz ella sugirió mi nombre y me pidieron que les mande algunas cosas.

- ¿Y cómo te decidiste a publicar?
-Como cualquier poeta qualunque, yo había fantaseado alguna vez con publicar un libro, pero la verdad es que no era algo que tuviera en mente o que estuviera tratando de alcanzar cuando me contactaron los chicos. Por supuesto lo tomé como un gran halago y acepté. Pero la realidad es que yo no tenía ningún libro pensado como tal, así que les mandé lo que me parecía publicable y ellos hicieron una selección. Cuando lo charlamos me pareció que estaba sensacional, que cerraba muy bien la idea. Ese proceso fue muy grato, contar con un editor que labure tu texto me sirve mucho como escritor. Lo mismo puedo decir de los chicos de revista NaN y revista Velociraptors, proyectos para los que a veces colaboro. Los menciono porque me parece que comparten lo que más me gusta de Años Luz que es que son independientes y saben valorar el trabajo. Con Años Luz no habría podido pedir por condiciones mejores. Por un lado, porque trabajan con licencias Creative Commons y yo soy algo así como un militante de la cultura copyleft (en mi vida privada y con otros proyectos como revista Luthor y EDEFyL). Por otro, porque me ofrecían algo rarísimo en este mercado: no solamente no puse un peso para publicar mi obra sino que me pagaron (y me siguen pagando) un porcentaje de cada libro vendido. Con gente así hay que ir a todos lados. Y por suerte hubo más lados a los que ir con ellos: el proceso no se terminó con la publicación del libro sino que siguió con lecturas, eventos, etc. Ahora sacaron Himnos nacionales, una antología de poemas mundialista en la que tuve el gusto de participar. Mi escritura creció mucho gracias a la movida que le dieron los chicos al libro y todo lo que vino después. Espero no haberme olvidado de pasar ningún chivo en esta respuesta (?).

- ¿Te importa el mercado editorial? ¿Y la crítica literaria?
-Me alegra muchísimo cuando alguien me escribe por Facebook para decirme que le copó mi libro o cuando en una lectura la gente se caga de risa con lo que escucha. Y esas cosas pasan en parte porque existe un mercado y porque existe la crítica. Claro que si no hubiera editado ningún libro seguiría yendo a lecturas y esas cosas seguirían pasando en alguna medida, pero el mercado y la crítica (aunque ahora que lo pienso no sé si alguien hizo alguna vez una crítica de mi libro) permiten que esas cosas sean más frecuentes en mi vida, por lo tanto me importa y lo aprecio. Ser leído me da mucho placer. Pero tampoco me vuelve loco, no podría ir a cuanta lectura haya miércoles, jueves, viernes, sábados... ni hincharle a los conocidos que escriben en algún suplemento cultural para que me publiquen una reseña, ni andar corriendo editores para ver si se puede sacar un libro nuevo o publicar en tal revista. En parte porque hago otras cosas además de escribir y todo eso es desgastante, en parte porque me parece un poco de mal gusto. No sé si soy humilde o si soy narcisista al punto de que me cuido de ser vanidoso para que no quede feo.

- ¿Qué planes tenés para tu literatura en un futuro cercano o lejano?
-Está la idea de sacar un nuevo libro el año que viene, que ponga en el papel algunos de los poemas que se gestaron a raíz de la circulación del anterior en estos dos años. Estaría en una línea muy parecida a los poemas de Una tortuga muerta... una suerte de hermano menor, capaz que un poco más pop. Si el libro anterior tenía referencias a Séneca y a Boccaccio, este tendría más Tortugas ninja, Wonderboy, Batman... Pero eso es la cáscara, en el fondo son poemas muy parecidos. Después mi idea es ponerle una pausa a esa escritura y pasar a otras cosas. Me gusta mucho el fantasy y la ciencia ficción y mis poemas no tratan en lo absoluto sobre eso, pero me resulta natural pasar de una cosa a la otra. Por ejemplo, y por si quedaba alguna duda de que soy un nerd gigantesco, ahora estoy escribiendo mucho para una campaña de rol, Dungeons & Dragons; y bueno, es una escritura doméstica, que queda puertas adentro, con mis amigos, pero no deja de ser una escritura, que por cierto como narrador me parece súper desafiante. De la misma manera creo que el guionado de videojuegos es algo interesantísimo y hay algunos proyectos que van por ese lado. Ah, y como decía Fogwill de los malos poetas, también tengo mis “novelas en preparación”.

Ezequiel Vila, lee "Amo a una chica Kirchnerista" (click en la foto)

Vila

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande está disponible en:

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800 golpes de Guillermo Flores y Manuela Güell

Entrevista de Adriana Morán Sarmiento



Para Oscar Steimberg, todo proceso de apropiación cultural es un proceso de autoviolencia contra el cuerpo mismo, un proceso de cambio, un primer golpe que llevará a individuo a otro lugar mental.

Con esta idea nace el proyecto de 800 golpes, una editorial dirigida por dos jóvenes argentinos: Guillermo Flores y Manuela Güell. En su blog publican extractos de libros, entrevistas y comentarios relacionados con esos escritores y libros que los inspiran -Artl y Güiraldes están siempre presentes-, mientras trabajan a cuatro manos un catálogo que va sumando autores y buenas críticas.

Este emprendimiento editorial independiente, creado en 2013, ya tiene varios títulos: Yo no tengo la culpa, de Roberto Arlt; Cuentos de muerte y de sangre, Ricardo Güiraldes; Esa serena sombra –haikus de amor y de agua- de Marcelo di Marco; y la antología Todos felices, en la que participan Leticia Rivas, Bárbara Sayour, Manuela Caldeone, Lucía Russo, Leonardo Azamor y Esteban Caballero.

Guillermo comenzó en la edición con 13x13, un proyecto donde los libros tenían ese formato cuadrado, y publicaban traducciones de notables como Edgar Allan Poe o Scott Fitzgerald. Junto a Manuela Güell fundó 800 golpes, la pequeña editorial que les deja grandes satisfacciones. “La idea surgió hace unos años, en parte por afición a la lectura y en parte también porque siempre nos gustó recomendar y regalar libros, películas, cosas por el estilo. Creemos que la edición es, en última instancia, una evolución de eso y está vinculado a esa idea de buscar recomendar, seleccionar. Con nuestros amigos todavía lo hacemos, y yo suelo prestar muchos libros, que rara vez son devueltos. Ahora, con 800 golpes, por lo menos, podemos ponerle un precio”.

-¿Cuál es el plus entre 13x13 y 800 Golpes?
-Creo que son cosas diferentes, porque las personas que lo hacemos somos diferentes. Me parece que en 800 golpes hay un interés mucho más fuerte por el idioma castellano (todavía no tenemos ninguna traducción), también por las personas con las que nos estamos contactando (fue un placer trabajar con Sylvia Saitta y poder usar un dibujo de Rep), pero en comparación con 13x13, aquí tenemos un menor interés por la encuadernación y todo lo referido por el libro objetivo y un mayor interés por el texto en sí.

-Hay un aporte valioso en rescatar textos ya publicados, pero con destacadas ilustraciones y formatos novedosos... ¿es una manera de re-presentar un autor, o la idea se acerca más a fortalecer el objeto libro?
-Sí, totalmente, es una manera de representar un autor. Yo creo que lo que ocurre es algo muy particular de nuestro continente, o nuestra cultura. Por ejemplo, autores tales como Antonin Artaud u Oscar Wilde, pueden sonarnos a nuestros ojos como muy novedosos, a veces, hasta contemporáneos en algunos aspectos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con autores como Ricardo Guiraldes o Elías Castelnuovo, que a pesar de ser de la misma época, pueden sonar como antiguos y poco interesantes. Por eso creemos que con un diseño actual y adecuado respecto al autor, puede romper en algún sentido ese imaginario, que me parece muy malo porque no ayuda a o reconocer nuestra propia historia cultural, y se siguen imprimiendo libros de autores que eran amigos o familiares de André Breton o que una vez compartieron una mesa con Scott Fitzgerald.

-¿Se siguen leyendo los clásicos?
-Leemos y leímos bastantes clásicos, y muchos de nuestros amigos también. Leer los clásicos es como ir a la fuente. Muchas veces me sorprende al leer algún autor contemporáneo con ideas similares a textos de ese estilo, y me encanta redescubrirlos, encontrar autores olvidados, y creo que hay gente suficiente a la que les interesan también.

-¿Cómo es el proceso editorial a cuatro manos?
-Seguramente por obligaciones que tenemos, no podemos dedicarle todo el tiempo que quisiéramos. Empezamos a trabajar juntos hace un año y nos llevamos muy bien, aunque tratamos de no estar hablando todo el día de la editorial. Creemos que es importante en un tipo de trabajo de este estilo, que los dos puedan estar y puedan no estar también, y que la rueda siga funcionando. Nos agrada esa independencia del otro y saber que nos reunimos para hacer algo que los dos queremos hacer.

-¿El libro indispensable en la biblioteca de 800 Golpes?
-El escritor en el bosque de ladrillos, de Sylvia Saitta. Es la biografia de Arlt, que nos parece excelente.

-¿Cuáles editoriales argentinas recomiendan?
-Nos gusta mucho lo que vienen haciendo los chicos de Escrituras Indie y su proyecto Difusión Alterna. También Tinta Limón, Ciccus. Y celebro el proyecto independiente de La Vaca Mariposa, que es una editorial, una librería y una revista al mismo tiempo. Esa unidad me parece no sólo interesante, sino también imitable.

-Próximas novedades de 800 golpes…
-Un libro de cuentos infantiles de terror escrito por Leonardo Azamor y diseñado y dibujado por Keki Un Puntito, que nos gustó muchísimo editar y fue como incursionar en un nuevo ámbito que desconocíamos por completo. También un nuevo libro de Roberto Arlt y otro de Horacio Quiroga, con selección y prólogo de Sylvia Saitta.

Roberto Arlt. Book trailer (Click en la foto)

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Relatos de Ciclo Alterno

Carla Repetto



El fin
Sintió cómo la mañana envolvía entre sus sábanas la calidez del sol que entraba por la ventana. La luz entraba pareja iluminando toda la habitación. Los espejos ayudaron a conservar el ambiente mientras remoloneaba entre almohadones que sin intención la habían rodeado.
Cuando abrió los ojos sintió el aroma del desayuno entre sus pestañas y lo identificó al instante: la cocina, las hornallas y los fierros que se calientan a fuego medio. La tostadora, la cafetera eléctrica y el crujir del agua caliente que atravesaba el filtro de papel color madera repleto de granos de café molido.
Estiró las piernas, los brazos y salió de la cama. Bajó las escaleras, no se lavó la cara, y sintió el parqué tibio del living. Era otoño. En la cocina no había nadie y sólo alcanzó a ver el verde brillante del jazmín del paraíso que estaba del otro lado de la ventana.
La tele estaba prendida y el olor ahora venía del garaje. Un olor tan particular que sólo podía compararse con el de las tiendas de locomotoras de colección a escala que venden en Once. Era una mezcla de plomo y metal como lo que deja en el aire un cable que acaba de entrar en corto. Olor a electricidad.
La maqueta estaba armada. Las vías, los trenes y vagones, las diminutas casas, las calles, los árboles, los cables de luz y los galpones. Las barreras, el pasto de mentira, los autos que se movían y las personas pegadas a la madera.
El ruido de la locomotora, y de los vagones que la seguían, una perilla que llegaba al tope y volvía al cero. Descarrilaban, volvían a andar. En la cochera hacía frío, y ella había bajado descalza. Miraba con atención el recorrido que repetían los trenes una y otra vez, alrededor de los muñecos y las casas sin vida.
Tenía hambre y prefirió subir en busca de algo caliente. La carrera del domingo sonaba de fondo y nadie entendía de autos. El murmullo era suave y seguía con la cara sucia. Cuando pisó el último escalón alcanzó a reconocer el lugar que ocupaba la mesa redonda de madera y las cinco sillas, que una vez por mes daban vuelta para cambiar las felpas de sus patas, pero estaba vacío haciendo honor a lo que no está más.
Sintió la nostalgia que sentía cuando daba la última vuelta a la llave que cerraba la puerta de la casa de vacaciones, esa pesadez abrumadora que la acompañaba siempre en los viajes de vuelta, en cada árbol del camino, en los palos de luz, las tranqueras y en el sol cuando ya se está poniendo. La misma que la obligaba a retirarse ya de la playa después de ponerse la campera arriba del buzo.
Algo no estaba en su lugar, estaba suelta.



Luna nueva - Día 10
Después de casi veinte horas de viaje en bus, llegó a Pipa. La famosa Pipa. Turística, reconocida, rústica y colorida, está de moda. Las familias, grupos de amigos, de amigas, chilenos, argentinos, franceses, finlandeses, austríacos, alemanes, australianos, escoceses, ingleses, suecos. Infinidad de lenguas que acertaban y desacertaban en el trabajo de hacerse oír, de contar historias o banalidades, de aprender otras, de vocalizar nuevas palabras, oír como suenan en sus bocas.
La lengua, incómoda, se apoyaba en el paladar o entre los dientes para pronunciar algo diferente esta vez, algo nuevo que aún sale con timidez. En ese momento, sus ojos se achinaban y, como si fuesen el lente de una cámara, se enroscaban y desenroscaban haciendo foco y desenfocando la imagen, intentando captar con la mayor nitidez posible lo que, si pudiese ser visto, se encontraba en su boca.
Algunas frases quedaron inconclusas, otras sólo se resumieron a un sonido o una expresión universal del rostro, a veces, con ayuda de los brazos y manos. Pero hay otras que jamás terminaron, que no pudieron ser expresadas con la intención deseada, se perdieron entre las risas y quedaron en la imaginación, en la libre interpretación.
A veces, con un esfuerzo inmenso del otro lado, se veían los manotazos al aire intentando atrapar las palabras perdidas, completando las frases y construyendo, dentro de ese desorden de lenguas, juntos, una bella historia. Un cuento corto de pocas palabras y frases cortas, preciso, con la información necesaria para poder ser reproducido una y otra vez. Así es como, a costa de los bondadosos, las historias se construyeron con oraciones de inverosímiles autorías.


Rogar
Convencer, persuadir o dar lástima, en el peor de los casos. Cada comunidad tiene sus formas de entrar, puesto que el ingenio y la creatividad del ser humano en esas circunstancias de la vida están abocados a ingresar en las cabezas de los mercantiles que buscan dinero. Entrar en ese juego extorsivo de la lástima y la súplica, entrar en esos corazones para generar remordimiento y compasión, entrar en un palabrerío que incomoda y genera culpa, entrar en la fría cuenta, suma, división y multiplicación de la economía, esa materia aburrida del ciclo básico de los seres humanos, de la vida del adulto, del económicamente independiente, del ahorrista, del que ahora en adelante debe hacerlo con toda su vida.


A mamá
Madre, llena de defectos y hermosas virtudes. Madre, de brazos suaves y carnosos. Madre, que traga sus lágrimas y no quiere oír. Madre, que se enoja, reprende y no se ha escuchado que diga perdón. Madre, que enseña pero se cansó de aprender. Madre, que no explica, que manda. Te extraño de grande. Tu cuerpo caliente, que contiene, tu voz dulce, que desea las buenas noches. Las manos que levantan el plato de la mesa intacto, estás enojada. Nos ves partir con los ojos doloridos y la boca volvés a cerrar porque no quisimos oír más. Madre, perdona como yo a vos por no entender, por no estar, por trabajar, por no ver, por no abrazar, por no volver, por no preguntar. Por crecer.


El libro de relatos Ciclo Alterno, está publicado por Expreso Nova Ediciones.


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Día cinco. Desprenderse de lo ajeno

Francisca Álvarez

A Freddy Avilés



Despierto sobresaltada por un rasqueteo. Que no sean los cuises. Tres años atrás afrontamos una invasión de las graves. Sus chillidos al ser atrapados llenaron el pueblo de una inusitada vitalidad. Los gritos humanos provocados por la epidemia de fiebre de los conejos que la acompañó, crearon una atmósfera de infierno prematuro. No estamos preparados para otra de esas: ni trampas grandes, ni pequeñas, ni venenos, ni fosas comunes. Y no es el momento de salir a pedir favores, las plagas nunca lo son. Además tanta vida no haría otra cosa que desordenar.

Abrazada por pensamientos previos a la calamidad, me aproximo a la pieza de la que fuera nuestra madre, punto-origen de rasqueteo y desvelo. Mis manos se clavan en el marco de la puerta. De haber cuises impediré su huida. Encorvada para no espantarlos, doy un paso dentro de la habitación. Veo la sombra del cuis más grande del mundo, avanzo. Sus pezuñas rascan el suelo. Mastica golosamente una tela floreada que reconozco. Es la cabra. Siempre está un paso delante de nosotros, masticando suavecito ropas ajenas.

A una distancia prudente, Patricio me observa acariciar la cabeza cabría. Le señalo sus pies descalzos. Examina el piso a su alrededor, terreno fértil para minúsculos detonantes: astillas, vidrios, semillas y clavos. No distingue peligros cercanos, corre a calzarse.

–Patricio, ¿cómo se enciende una hoguera?
–Con los zapatos puestos.
–Muy bien, ¿con qué ciencia se relaciona?
–Con la geometría.
–Ajá, ¿por qué?
–Círculos concéntricos en un lago de fuego, puede haber lanzas o muñecas, pero siempre hay un círculo.
–Admirable. Traé la leña.

Salgo, arrastrando la pala, mis puños están protegidos por los guantes prestados. Dibujo un círculo en la nieve en el que entrarían quince niñas de pie. Me sitúo en el centro y paleo hacia fuera. Patricio va trayendo ramas del establo. Despejo una luna en cuarto menguante y la hago crecer hasta que queda redonda y llena. Agotada, me siento y cierro los ojos. Imagino quince niñas quebradas, caídas del techo. Veo carne, dientes esparcidos como si las mandíbulas hubieran sido lo primero en golpear el suelo. Abro los ojos. Patricio me sacude, dice que dormitaba.
–¿Las piedras?

Armamos un borde duro que acorrala y protege las llamas. Las ramas en el medio, y los fósforos que encienden. La cabra bala, inquieta.
–Que crezca, Patricio, tirale bollitos de papel de diario. Ahora busco las cosas.
–¿Vestidos solamente?
–Vestidos y zapatos: toda la ropa de mamá, maquillaje, tabaco, sábanas, y cortinas.
–¿También la manta gruesa?
–La manta gruesa no. Nos quedan cinco noches.
–Y hace frío.
–Sí.

Son tres bolsas de inmundicias de ella, inflamables. Pesan bastante. Llevo de a una. Me acuclillo junto al niño, un fuego respetable calienta nuestras frentes, rodillas y manos. Agarro el primer objeto: unas polainas rosas. Desde donde estoy, las arrojo a las llamas. Chispas sintéticas nos saltan a la cara, cientos de hombrecitos naranjas y amarillos tiran de la prenda hacia arriba, se la llevan a la boca y la destripan hasta hacerla desaparecer. Le alcanzo a Patricio una bolsa. Introduce la mano que se agita nerviosamente. Saca una petaca de cuero, me mira y asiento. Procede de manera eficaz, se levanta una llamarada más alta que la casa: quedaba algo de aguardiente en el fondo. Nos alejamos unos metros y continuamos, el costurero vacío, una pulsera gris, dos ramos de flores artificiales. El entusiasmo se hace latente y comenzamos a rematar cada lanzamiento con un grito corto y seco, de tenista. Un almohadón con encajes, un espejo roto, la biblia de su mesita de luz, un tapado marrón deslucido, cigarrillos, la caja de acuarelas, su cepillo, una crema de cara, el abridor de cartas
y el de vino, un mantel de flores, una caja de aspirinas verdes y blancas. Doy vuelta una bolsa ya aligerada, y cae una fotografía: Patricio, serio, mirando de cerca a la cámara, ella y yo, un paso más atrás sosteniendo sus hombros. Creo que estaba destinada a una postal que no se envió. Patricio lagrimea, el humo le irrita los ojos.
–¿Ésta?
–Era de ella.
–¿Podemos guardarla?
–No. Si guardamos algo, aunque sea una cosa chiquita quedaremos impregnados de recuerdo, ¿y qué es lo peor del recuerdo?
–La pena.
–¿A qué lleva la pena?
–Al desasosiego, a la fascinación por todo lo vivo y, finalmente, a la dimisión.
–¿Cómo es la dimisión?
–Inaceptable.
–¿Qué indica?
–Expectativa de posteridad.
–Prodigioso, Patricio, muy perspicaz. Ahora, tirala a la hoguera.

Coloca la fotografía sobre una sábana gastada. Con una rama gruesa la va empujando hacia el calor dibujando un camino sobre la nieve dormida, como una víbora. Me pierdo en sus ondulaciones. Una ráfaga de viento levanta la fotografía y la hace regresar. Para dar el ejemplo, tiro con escarnio unos zapatos de taco. Me sorprende un chillido desorbitante. Busco a mi alrededor: una figura voluminosa se recorta contra el fuego. Pareciera chillar y saltar de quemada, supongo que está detrás, pero viéndola así, a trasluz, no puedo estar segura; como cuando el dolor está tan cerca que no se sabe con certeza si las carcajadas y los perros también existen. Distingo una cabeza gruesa que gesticula a nuestra derecha, es Delicia, la amiga de mamá. Ahora podemos entenderla. Su cara está rodeada del aroma del espanto. Odia nuestros pensamientos rojos y las manos incendiarias ¡Odia! Dice que esto es inmenso. Tiro una caja de música que se abre y mientras se derrite la muñeca, silba tres veces la melodía cada vez más desvencijada ¡Delicia grita! Patricio me mira y a una señal mía, va adentro y trae la mesa de luz que no es demasiado pesada. Los dos la empujamos para que la devoren las llamas fúnebres. Nuestra risa reemplaza la vergüenza carbonizada de la fisgona.
–¡Pero qué están haciendo, engendros! Patricio, un balde con agua. No pueden quemar sus cosas así, esto no lo voy a dejar pasar

Agarra la frazada y la tira sobre las llamas para apagarlas, mi grito la petrifica. Me apuro a salvar a la manta de un final inmerecido.
–¿Qué pasó, Marla? ¿Fueron a verla ayer? ¿Acaso pasó para el otro lado?
Silencio. Parece al mismo tiempo indignada y a punto de llorar.
–¡Marla! ¡Contestame o voy a empuñar el látigo! ¿De qué te reís?
Niego lentamente con la cabeza. Contestarle no sería romper con la despedida si no la considero persona.
–Todavía no murió.
–¡Ustedes no tienen corazón! ¡No la merecen! Mañana mismo voy a verla.
Y te aseguro, criatura, que no me voy guardar nada.
–Igual no te va entender, no dice nada.
Patricio habla sin sacarse la mano del bolsillo, me pregunto si quemó la fotografía.


Francisca Álvarez, nació en 1995. “Día cinco. Desprenderse de lo ajeno”, es parte del libro La última boca, publicado por la Exposición de la actual narrativa rioplatense (Editan: Milena Caserola – El 8vo. loco – Alto Pogo)


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Poemas de Esteparia

Natalia Litvinova



lengua esteparia

desagotaré el límite de lo exacto
sufriré el naufragio más quieto
tragándome en mi intemperie.
mi pie partió y fue feliz.
mi puente se partió y fue feliz.
mi cuerpo se quebró
nací de mí,
de mi quebrado brote
en fatigas y barcos,
en oráculos que se doran
junto al dios de un ojo,
el que oye
penetrar mi lengua esteparia.


la flor también me nombra y la guerra

madre le temo
al nombre que me has puesto
porque mi nombre es
imposibilidad de ser ángel


gómel

mi abuelo lo único que hacía era afeitarse y temblar
frente al televisor.

mi padre todas las mañanas se perdía en el campo,
transformado en un punto tridimensional de la nieve.

regresaba con una sonrisa mística en su rostro y nadie
sabía por qué.

en verano también esa misma sonrisa y frutillas
en sus manos, en primavera frambuesas.

la sonrisa de mi padre traía frutos maravillosos.

mi abuelo temblaba cada día más, su cabeza recaía
como mandolina y se erguía como un piano.

un día mi padre regresó con manzanas

mi abuelo dio con la clave del silencio.



tus ojos se han vuelto mi cenicero

días y noches te he escrito, la primera frase era no existe Rusia, París no existe.

manos se vuelven más y más invisibles, besarte es besar una pared en blanco,
y no nos hemos besado.

miro este cuerpo tan cuerpo, cuántos lo han amado (¿quién podría amar
un cuerpo perdido?), cuántos inviernos prematuros festejaron en su vientre.

al margen de esta hoja se escribe mi vida, y se asusta y se intenta poesía,
se intenta verso claro que fracasa y se vuelve cuerpo.

leo el testamento de Kafka como única carta de amor. pronto en París caerá
la nieve. en Rusia también, otra nieve. vendrá la primavera por vientre.

los que me han amado intentarán volver a mí por la fuerza.

querido, tus ojos se han vuelto mi cenicero. besarte es besar la desventaja
del tiempo.

leo el testamento de Kafka, lo único que me queda.
mientras, regresan tranquilos los que me quieren santa y desnuda.



huida

era pequeña y caminaba entre los abedules del bosque.
la oscuridad se veía blanca y jugosa.
el musgo en forma de lenguas me acariciaba la piel.
así perdí mi inocencia: inocentemente.
casas de madera, juguetes rendidos a las rodillas lastimadas,
el cantar del gallo.
el primer desamor, no lo sé, la huida.


nostalgia

¿por qué nunca me tomaste de la mano
mientras me desconocía cruzando las calles?

*
asustada supe que llovías sin mí
que para eso no me necesitabas

*
nunca tuvimos después
después tuvimos nunca


el error nos hizo en la noche

ayer prohibieron
en mí la lluvia,
el crecimiento lento de los árboles,
los mendigos que corrían
persiguiendo mi lluvia prohibida.
ayer en mí prohibieron
el Ayer junto a todos los cuerpos
del silencio.
entonces fui grito de roble
o de lluvia.

*
todo lo que podrían esconder mis ojos, se duplica
y yo me hago una a la vuelta de mi espalda.

*
suena la música del desconcierto,
sordos ángeles la danzan
sobre metáforas que abandonan.


Natalia Litvinova nació en Gómel, Bielorrusia, en 1986. Actualmente reside en Argentina. Es poeta y traductora de poetas rusos. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España, Uruguay y en Córdoba; Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012); Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012); Rocío animal (La Pulga Renga, 2013); Todo ajeno (2013) publicado en Argentina (Melón Editora) y en España (Vaso roto), y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo las antologías El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos VladislavJodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. Dio cursos en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, coordina la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Umbligo. Publicó Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza.


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Languidez, de Alfonsina Storni

Nancy Fernández*

"Cuando Alfonsina publica Languidez en 1920, Borges aún no había editado el manifiesto que abriría las puertas de la vanguardia histórica en la Argentina. Su texto, denominado “Ultraísmo” se edita en la revista Nosotros que dirigía Roberto Giusti, y muy poco después de su anuncio, dicho movimiento es abandonado por su gestor, por una escritura que experimenta entre los bordes de la vanguardia y de la tradición. Alfonsina logra acceder al campo cultural desde la estela de un romanticismo tardío (la subjetividad proyectada sobre el espacio y un mar que es un motivo, constante y anticipatorio); asimismo, su procedencia también corresponde a un modernismo aprendido del admirado Rubén Darío, especialmente por la búsqueda de una combinatoria de musicalidad extraída de la rima, métrica y ciertos cultismos.



En este sentido, las imágenes sensitivas ligadas sobre todo a lo visual y a las fragancias, una sintaxis que no pocas veces refuerza la sinuosidad del hipérbaton y un léxico deliberadamente correcto, procura con esmero, adscribirse al dictado del modelo hispánico. Sin embargo, la construcción subjetiva de una voz, gradualmente logra una singularidad que da cuenta de una experiencia tan íntima como social. Así, los signos de admiración registran los estados de ánimo que fluctúan entre la angustia ante la muerte (presente desde sus comienzos), el desamparo, el amor y la pérdida (el hombre), los afectos que prodigan estabilidad y armonía (la madre y la hermana); y si el hijo adorado casi es una ausencia temática, es, en cambio, marca de la figura femenina cuyo atributo es la fuerza, la osadía y el desafío. Alfonsina, entonces, no solo escribe sobre determinados temas sino que los vuelve excusa para realizar una voz propia. Es cierto que tiende a la metáfora explícitamente comparativa dirigida a la idealización de un objeto-imagen; en su escritura puede decirse que comienza a entreverse un movimiento en proceso, oscilando entre la idealización acompañada de un canon retórico cuya filiación entronca con la época del Centenario y de una modernidad que aún no vislumbra los próximos efectos de la Vanguardia.

Se diría que en Languidez, Alfonsina empieza a experimentar sin el certificado legitimador del grupo que explora los extremos del lenguaje desde la genuina herencia nacional (caso más extremo: Oliverio Girondo y el martinfierrismo). A partir de este libro, ella dará cuenta de cada transformación sin el permiso del campo cultural de la elite de vanguardia pero con la anuencia de un público que paulatinamente la sigue casi como estrella de cine. De este modo, el éxito que logra con sus textos tiene que ver con el sesgo popular que no lo toma del realismo naturalista de Galvez ni de los poetas de Boedo, ni siquiera del Carriego que Borges rescató sino de su propia figuración que esculpe en el trazo, en los restos que bordean la textualidad y el contexto, legible como experiencia autobiográfica. Desde allí surgirán Roberto Giusti, Baldomero Fernández Moreno, Horacio Quiroga, Enrique Amorim, Conrado Nalé Roxlo y las reuniones en el café Tortoni; también, sus admiradas Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Delmira Agustini, mujeres sobre quienes prodigará dedicatorias y conferencias.

Es el sistema de enunciación de Alfonsina, aquello que compone y que traduce el escenario cultural de la exclusión de aquellos círculos más exclusivos, a la vez que presenta la imagen inaugural de la escritora profesional: la poeta que escribe en diarios y revistas de circulación masiva y que organiza eventos culturales en torno del arte declamatorio. En este sentido, Alfonsina articula una primera persona protagónica que interpela, acusa, defiende para sostener el alegato de una voz que ingresa al campo de la cultura más reservado a los hombres y que como ellos, tampoco escatima los recursos de la máscara onomástica: Tao Lao será un seudónimo.

Desafío, increpación sin oficiar de eufemismos para el sermón, la caricia y hasta el insulto; tampoco escatima el elogio exaltado, la actitud encomiástica, el panegírico para la mujer rival, aquella en cuyas manos reposa el hombre amado y ausente. Por ello creo que, lejos de leer relaciones directas entre vida y obra, pueden tomarse los fragmentos o los detalles discursivos de una entonación que tiene que ver con cierta absorción transformadora de una experiencia de vida. La maestra, la actriz y la declamadora, son las figuras escénicas que se debaten entre la confidencialidad sentimental, la intimidad de los afectos, la tensión entre el deseo y la voluntad y una tendencia que, precisamente con Languidez comienza a aparecer: una tendencia objetiva dirigida hacia los espacios. Por un lado los recuerdos de su ciudad natal (ciudad y pasado); por otro, el presente tan hostil como fascinante de un Buenos Aires que representa al revés del Goliat de Martínez Estrada.

Buenos Aires es para Alfonsina, hombre gigante si cabeza, hombre que se extiende sin previsión y en estado de inminencia ante un peligro sin nombre. La ciudad será a partir de ahora, el lugar de cruce entre la calle con sus trajines cotidianos y las casas como refugios momentáneos (otra diferencia con las mitológicas salas domésticas que poetizara Borges y Norah Lange). La ciudad comienza a definir la tensión entre lo público y lo privado, allí donde la confidencia, el grito y la expiación, son matices de una voz que la sociedad de su presente no absuelve."


*Del prólogo del libro publicado por La Bola editora (Mar del Plata, Argentina).


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