Letras

Ego

Paola Senseve Tejada

Poeta visual nacida en Cochabamba, Bolivia.
Estudió Psicología en la Universidad Santa Cruz de la Sierra.
Su trabajo puede verse en www.psenseve.blogspot.com.ar

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Cinco preguntas y un final: Jorge Hardmeier

1-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
-Es una pregunta compleja, por lo tanto me voy a remitir a la literatura argentina, ya que estimo que un libro, en lo posible, debe ser leído en el idioma original y conozco más de literatura argentina que del resto de Latinoamérica. Y, entonces, sin dudas “El museo de la novela de la Eterna”, de Macedonio Fernández. Me atrevo a ampliar el ranking: entonces viene “Sin embargo Juan vivía”, de Alberto Vanasco. Y cualquier del gran Néstor Sánchez. Esto sólo refiriéndome a la literatura.



2-¿Un autor sobrevalorado?
-Con todas las disculpas, Roberto Bolaño.



3-¿Qué cosa hace mágica a la literatura?
-Lo que hace mágica a la literatura es el trabajo con el lenguaje. La exploración de la lengua. Creo en eso que decía Juan José Saer: no importa mucho el qué, si no el cómo. Porque, al contrario de la música, por ejemplo, la literatura como materia tiene al leguaje, algo que es un elemento cotidiano y con esto debe generar otra cosa – no digo arte, pues descreo de la palabra. Es por tal motivo que no me seducen los textos que sólo cuentan historias, algo muy en boga actualmente. No me interesa mucho la historia, si no el trabajo con la palabra. Cuando en un libro encuentro eso, siento que la literatura es mágica. Y en mi escritura, intento eso, seguramente sin lograrlo.



4-¿Qué piensas cuando te miras al espejo?
-Mirá lo que hiciste con ese niño que tenía tantas posibilidades.



5-¿Con Dios o con el Diablo?
-Con el Diablo, evidentemente. Estar con Dios debe ser sumamente aburrido.



UN FINAL…
No soy un lector de finales. Me incomodan, por ejemplo, los finales sorprendentes, a lo Abelardo Castillo. Pero si tengo que elegir, me quedo con el final de “El amhor, los orsinis y la muerte” de Néstor Sánchez. ¿Por qué? Porque no intenta, justamente, impactar y es coherente con la narrativa de toda la novela:

“Tal vez así en el penetrante olor a pólvora, lagrimeando a causa de los gases dramatizantes, con todo concentrado y retumbando, entre lo infinitamente gorra y la marca de humedad de Xul y bajo las pisadas multiplicables sobre las junturas, pero tal vez tampoco”.


***

JORGE HARDMEIER (1968) es arquitecto, dibujante y escritor. Ha publicado los libros de divulgación Artaud para principiantes (1998) y Edgar Allan Poe para principiantes (1999), ambos en colaboración. Editó dos libros de cuentos: Sobrespejos (1998, Editorial Botella al Mar) y Animales Íntimos (2002, Simurg) y forma parte de la antología La erótica del relato, escritores de la nueva literatura argentina (Adriana Hidalgo Editora, 2009). Colaboró con sus ensayos y entrevistas en diversas publicaciones y ha fundado dos revistas: El Anartista (1999 - 2005) y Expreso Nova. Actualmente dirige la editorial Expreso Nova Ediciones.
Fotografía: Cari Aimé Stanzione

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Paris Journal

Poemas de Guillermo Bawden

Rive Gauche
Paris,
sé que hay que bajar
y costear el río para dar aviso
de nuestra suave llegada.

***

Le Marais
Los ojos abiertos en medio de la feria
olor a cilantro y especias
Husmeando a las hembras
como los más inteligentes simios
que el planeta ha visto

Aún somos pocos
para retomar el poder.

***

Catacumbas
Bajo la luz,
un camino cerrado,
una vela roja sobre
la calavera de un niño.

Ese es el precio de los amantes
y del fulgor violeta de los vitrales.

***

Pont Sully
El ensueño se encadena
sobre el río
Extraña visión de los amantes

Puente.

***

Jardins du Luxemburg
La vi danzando entre los árboles
la de muslos esmeralda
¡De pie los condenados
a la prolongada noche!

Ensueño de la mente algodón.

***

Pont Neuf
No
es amor lo que sucede en la rivera del río

apenas el disimulo y la diversión de los policías

escondidos en los puentes

para no cortar el sudor y el rocío de los árboles

***

Rue Taibot
A las tres de la mañana
una pelota roja baja por la calle
hacia el río

Nada la detendrá.

***

Montmartre
En la tierra del despertar:
Iglesias blancas
Asisto al funeral de las mariposas
para emerger solitario,
en la mañana más fría del verano
Mis pies se dirigen al exilio

Ahora
y siempre.

***

Sacro Couer
El dueño de la noche acróbata
se olvida del tiempo de las escalinatas,
recuerda el juego del viento en un vestido
y en el roce de la tela con un muslo
¿Cómo detener la incubación de esa imagen?
Tal vez, sólo tal vez
deberá abstenerse unas noches de usar las cuerdas

Paris bien vale una misa.

Rue Lepic
Salí a la calle de madrugada
en un intento fallido de atrapar
a los actores
antes de su función
de diario y café

Intenté espiar a los hombres
que levantan día a día
la fachada vacía
de una casa improbable.




***
Guillermo Bawden nació en Córdoba en 1977. Es escritor, artista plástico y músico. Dirige la colección Bonzo de Poesía de Llanto de Mudo Ediciones, y forma parte del staff de la Editorial Nudista.

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Pequeñas mujercitas

Solange Rodríguez Pappe

Mientras llenaba cajas y cajas con basura sacada de la casa de mis padres, vi a la primera mujercita correr hasta el sofá y escabullirse bajo sus patas con un grito de alegría eufórica. Tampoco es que me sorprendiera tanto topármela. Ser hija de una pareja de acumuladores que durante toda su vida no habían hecho más que almacenar bolsas vacías de papel, recipientes plásticos de varios tamaños y bichos de porcelana, aumenta la posibilidad de que si haces una exploración profunda, darás con cosas muy extrañas escondidas en el hogar de tu infancia.

Una de las actividades preferidas de mi aburrida niñez era revisar cajones para hurgar su contenido, pero desafiándome a dejar las cosas tal como las encontraba. Así di con una colección de llaveros de la segunda guerra mundial, unos porta vasos pornográficos y con el puñal de plata que guardaba celosamente mi padre entre las tablas de la cama. “Ya has estado trasteando entre las cosas”, vociferaba mi madre si notaba algún leve cambio de orden entre alguno de los cientos de objetos recolectados y luego de eso me daba unos buenos bofetones con la mano abierta o un golpe de cinturón en las palmas. “Aprende a tu hermano, que jamás da que hacer”. Obvio, desde que tenía memoria Joaquín había pasado jugando en la calle, con sus carritos, con su bicicleta, con sus patines, con su pandilla, con sus noviecitas. Se había negado a ser uno de los tantos adminículos de colección de mi madre.

Una vez en el asilo, mis padres no necesitarían nada más que lo esencial, así que llevaba casi una semana separando en pilas lo que donaría a la caridad, lo que regalaría, vendería y subastaría a buen precio y también con lo que iba a quedarme para observarlo y ponerle las manos encima, pero primero había que deshacerse de toda la suciedad. Entre los cachivaches de la cocina hallé algunas lagartijas, una rata y hasta un murciélago muerto, incluso si lo pensaba, la rata parecía ser el cadáver de un viejo hámster de la infancia que perdimos. Mientras perseguía con el zapato a unas arañas fue cuando vi a la mujercita desnuda atravesar el salón en pleno grito de guerra. Entre todas esas rarezas, una pequeña mujer salvaje corriendo por ahí, no me parecía tan increíble.

Miré bajo el sillón y tal como me lo había imaginado, existía toda una civilización de diminutas mujeres haciendo su vida. Algunas estaban sentadas en grupos muy juntas peinándose el cabello entre ellas, contándose cosas y riendo; unas más fumaban tumbadas trozos de hojas arrancadas a un helecho cercano al sofá y otras se trenzaban en guerras de placer lamiéndose el sexo y los pechos por turnos, mientras se mordían los dedos de sus minúsculas manitos o emitían agudos gemidos de gozo. Estos ejercicios que cuento, lo hacían a la vista general de toda la población si ningún pudor o recato. No vi hijos o embarazos entre las mujercitas, todas jóvenes y magras. Lo que sí, me parecieron bastante hedonistas por no decir indecentes.

A media tarde sonó el teléfono. Contesté con una mezcla de coraje y desconcierto por las mujercitas que ahora dificultaban mi limpieza de la sala. Era mi hermano Joaquín pidiéndome un espacio en la casa para pasar la noche porque su esposa lo había echado otra vez a la calle. “Se dio cuenta que no terminé la relación con Pamela, como le prometí. Tú sabes que mamá siempre me daba una mano en ese asunto y me dejaba dormir en el sofá”. “Estoy aseando la casa, todo está revuelto y lleno de polvo, pero si crees que puede sopórtalo, pues ven”. “Gracias”, me dijo “No sé qué ha tenido siempre ese sofá, que me hace dormir muy bien”. Entonces sentí escalofríos.

Armada con una escoba fui a barrer la ciudad de las mujercitas. Con la fuerza de mis escasos kilos, le die la vuelta al sillón empleando todo el peso de mi cuerpo y cuando estuvo patas arriba, a escobazo limpio como una ama de casa experta en matar insectos rastreros, dispersé, sacudí y victimé a las que pude. No fue fácil, pelearon lo suyo y tenían dientecitos filudos, pero en menos de una hora ya habían desalojado el sofá. Una que otra se escapó en dirección de los dormitorios, pero estaba segura que solo había sido un pequeño número comparada con todas las que eliminé. Justo cuando volví a colocar el mueble en posición original, sonó el timbre. Joaquín me sonrió encantador como un Clark Gable desde el otro lado de la mirilla. Juntos pusimos en la vereda las fundas llenas de mujercitas que yo ya tenía listas para que se las llevase el camión recolector.

Tomamos una cena rápida hecha con sopa de sobre. De vez en cuando la vista se me iba al piso al ver pasar a una que otra mujercita correteando mientras se tiraba de los cabellos o lloraba con la boca abierta, vagando sin rumbo, pero yo procuraba no prestarles atención mientras mi hermano me contaba los detalles de su sofisticada vida como asesor de un político internacional, de los viajes que realizaba, de las personas que conocía, mientras yo apartaba de un puntapié discreto a las mujercitas que intentaban subirse por mi pierna.

“Yo no quiero tener que elegir a ninguna mujer porque la impresión que tengo es que ellas, más bien, quieren que elija para tener pretextos para sus batallas. Los hombres somos para las mujeres un motivo más para su guerra y no. Yo me niego a ese juego: estoy feliz con las dos, con las tres, con las cuatro en mi vida”, y yo fingía un picor en la pierna para espantar a la mujercita que me clavaba una flecha vengativa en la rodilla. Sí que era miserable Joaquín que había vuelto de la infidelidad contumaz una postura filosófica Lo pensé, no lo dije. Más bien le sonreí con la paciencia de siempre muy parecida a la complacencia. Tal como lo hacía mamá.

Antes de dormir, mientras yo llevaba los trastos a la cocina, lo vi sacarse la ropa en la penumbra de la sala, iluminado solo con la electricidad de la calle. Mie hermano era un hombre muy bello. Alto, de musculatura firme, con una sólida nuez de Adán atravesándole el cuello recio, y un par de brazos vigorosos, fraguados en el gimnasio y en las competencias de pulso con otros hombres tan cosmopolitas como él. Mientras se lanzaba al sofá, semidesnudo, listo para entrar al mundo de los sueño, buscando seguir también allá la conquista de mundos y de hembras, las pequeñas mujercitas se agrupaban en el suelo y armaban una estrategia de defensa.

Una de ellas se trepó escalando temerariamente al sofá y exploró con curiosidad el cuerpo de mi hermano. No sé si había hombres pequeñitos en su mundo, pero dar con uno bastante grande, la tenía extrañada: olisqueaba y mordía la piel ese terreno mientras Joaquín se rascaba aquí y allá. Más mujercitas lograron trepar y fueron a pararse en su pecho peludo, agazapándose y rodando entre el vello y otras tantas fueron a inspeccionar el bulto que se adivinaba, entre sus pantalones. Se las veía cómodas en esa tierra reciente que habían descubierto.

Antes de salir, dejé la pila de platos sucios en el lavadero y la luz de la cocina encendida. Me acerqué en silencio a Joaquín que respiraba con un ritmo pesado, mientras numerosas mujercitas armadas se empeñaban en trepar con escándalo a su entrepierna. Él exhibía una desparpajada sonrisa de placer que venía desde el fondo de su cerebro de varón satisfecho. Sentí un fastidio profundo. Tomé si hacer ruido las llaves de su coche de la mesita mientras más y más mujercitas despelucadas y feroces llegaban a revisar el estado de su nueva colonia. Cuando cerré la puerta y le eché doble llave atrancando la salida, me pregunté si los gemidos de mi hermano, que alcancé a escuchar del otro lado del dintel, serían de dolor o de placer.


***
Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) es docente universitaria, cronista y conductora de talleres de escritura creativa. Tiene un Máster en Literatura Hispanoamericana. Ganó el premio nacional Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año con Balas perdidas (2010). Publicó Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas.

El cuento Pequeñas mujercitas pertenece a libro de cuentos La bondad de los extraños (2014) publicado por Cadáver Exquisito.
Foto: Amaury Martínez

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Los dioses

Un cuento de Ednodio Quintero

Enclavada en lo alto de la montaña, protegida por riscos, fosos, farallones, la ciudad, prácticamente aislada del mundo exterior, se bastaba a sí misma y consumía su espíritu en el ejercicio de una religiosidad exacerbada. Mendigos, charlatanes y saltimbanquis, farsantes, predicadores y traficantes de ídolos, asolaban las calles empinadas y los callejones sombríos con el guirigay de sus pregones y de sus disputas. A pesar del aislamiento geográfico que hacía obligante una promiscuidad varias veces centenaria, los ciudadanos no habían logrado ponerse de acuerdo en una fe única y perdurable que colmara sus inquietudes y satisficiera a plenitud sus anhelos de trascendencia metafísica. Acaso la cercanía del cielo es que sus creencias estaban signadas por el fanatismo, la fugacidad y el desapego.

Un viajero extraviado que se adentrara tras aquellos muros, se asombraría hasta el escándalo de la facilidad con la cual los montañeses adoptaban con devoción y luego condenaban al olvido a sus múltiples dioses. Si un halcón surcaba el cielo rumbo a occidente, la multitud rugía. El temor y el espanto se apoderaban de los corazones, pues volar en dirección al poniente era un presagio inequívoco de muerte. Al día siguiente, la figura de aquel pájaro presidía las ceremonias más solmenes. En su honor se levantaban estatuas, se bordaban estandartes, se imprimían himnos de alabanza, libros de horas y cantos con acento virgiliano. Los designios del dios alado eran conjurados mediante sacrificios que incluían, por lo general, un cordero blanco, alguna fiera capturada en los bosques cercanos y un primogénito recién nacido. A nadie extrañaba, sin embargo, que esta misma tarde la multitud se prosternase ante un cerdo salvaje en las arenas sucias de un anfiteatro en ruinas. Y que al anochecer, una procesión de encapuchados portadores de antorches paseara en silla de manos, bajo un palio de terciopelo y oro, a una muchacha desnuda embadurnada en miel, y que todos, sin excepción, quisieran tocar su sexo lacio y milagroso.

Así, un casquillo de caballo encontrado bajo la almohada de un moribundo se convertía en preciado talismán por cuya posesión se libraban verdaderas batallas. Las voces de un herido abandonado en un portal finiquitaban la contienda desplazando la atención hacia un sapo verdoso que daba extraños saltos en la penumbra de un corredor. Acudían en tropel intérpretes que iban dibujando, sobre papeles de seda y con meticulosidad de joyeros, las curvas trazadas en el aire por el torpe animalejo. La dicha o la desgracia de algún hombre podía estar inscrita entre las líneas de aquella figura enrevesada.
En el fragor de un rito sangriento, el más leve cambio en las formas de las nubes convertía al verdugo en víctima propiciatoria. Los piojos de un criminal elevado a los altares eran subastados en medio de una algarabía de posesos. Los oficiantes de algún culto vespertino parecían apaleados por sus fieles seguidores al anochecer. Alimañas anidaban en los tabernáculos. Y una taberna maloliente, refugio de tahúres sedentarios y rateros trashumantes, podía ser consagrada como santuario. Abundaban los brebajes, las pociones mágicas y los sahumerios. En algunas ocasiones, la sangre seca de perra se cotizaba en el mercado negro a precios superiores a los de la sal, el incienso y el oro. El más idiota se declaraba dueño de la piedra filosofal. Los poetas herméticos gozaban del aprecio general, pues nadie, hasta la fecha, había logrado descifrar sus arcanos. La heráldica, por el contrario, había caído en franco desprestigio: se la consideraba como una ciencia decadente y barroca, reservada a los melancólicos y los suicidas.

No obstante, aquella profusión de supersticiones no era más que la expresión desmesurada, tal vez cándida, de unos seres inquietos, ávidos e insatisfechos, que aspiraban ver realizados sus anhelos en los vastos espacios del espíritu.

***
A media mañana, un día soleado de principios de abril, llegó a la ciudad un dios verdadero. Vestía túnica blanca ribeteada con hilos de oro, calzaba sandalias de cuero y se apoyaba con soltura en un báculo de marfil. Su larga cabellera negra y su barba de un amarillo herrumbroso conferían a su rostro dulce y alargado un resuelto aire de dignidad. La sonrisa leve de sus labios expresaba a un mismo tiempo ternura y determinación, y en sus ojos ardía el fuego de innumerables soles. Luces sesgadas le golpeaban la frente y un vientecito suave le agitaba la túnica y la cabellera. A pesar de la fatiga, con pasos seguros cruzó el umbral de la Gran Puerta y avanzo decidido por la amplia calzada que conducía al centro de la ciudad.

El dios se proponía librar la ciudad de falsarios, pestes y calamidades. Mohanes, truhanes y holgazanes levantarían sus tiendas de lona enmohecida y huirían como ratas en sus chirriantes carromatos. Y la última zahorí, vituperada, partiría rumbo al desierto en compañía de algún músico ciego o de un titiritero. Nadie se atrevería a poner en duda los atributos del dios. Sin embargo, con cierto aire de preocupación que se reflejaba en su rostro, el caminante pensaba en el estupor de aquella pobre gente que no aguardaba su llegada. Había olvidado –pues el olvido es también privilegio de los dioses- enviar alguna señal premonitoria. Habría bastado una lluvia de azufre o un ángel con trompeta. Muy distinto sería el paisaje si el dios se hubiera anunciado mediante algún prodigio. Estos muros desnudos lucirían engalanados con guirnaldas trenzadas entre sí por cintas de seda, y una alfombra de terciopelo escarlata cubriría la ardiente calzada. De los balcones colgarían bambalinas, faroles y banderas, y en las esquinas se levantarían arcos de bambú adornados con ramas de laurel, flores amarillas y aromáticas enredaderas.

Cirios pascuales, velas de sebo y lámparas votivos arderían en chozas, templos y portales. Y al paso del dios, una llovizna de pétalos iría cubriendo sus pisadas; y se escucharían lamentos de flauta, campanas al viento, petardos, aplausos y fanfarrias. Mujeres enloquecidas, ciegos y leprosos, obesas matronas y fornidos guardianes, a empujones y codazos se acercarían a contemplar el rostro del recién llegado, se conformarían con una sola mirada, acaso con besar el borde gastado de su túnica. En fin, aquel pueblo de montañeses idólatras daría lo mejor de sí mismo y ofrendaría al dios con llaves de oro, pergaminos, bufandas y sombreros, frutas de la estación y peces ahumados.

¿Y si algún desventurado no lo reconociera? El dios avanza, presuroso, como un pastor que busca sus ovejas extraviadas en algún oculto vallecito entre las rocas. Su figura de peregrino proyecta una sombra larga y vacilante sobre los ladrillos de la calzada. Y de repente su rostro se ilumina, pues allá en el fondo ha vislumbrado unas siluetas moviéndose entre los árboles. Hombres en mangas de camisa y muchachas con flores en el pelo se pasean en las cercanías de una fuente. Parejas sentadas en bancos de madera se acarician las manos mientras intercambian suspiros y confesiones en voz baja. Desde la cima de un fragante árbol del paraíso, un niño de ojos oscuros tararea una melodía de las montañas y otea el horizonte. ¿Y si uno solo de aquellos infelices, con el corazón lleno de soberbia, tuviera el coraje de negarlo? Lo fulminaría con la mirada y le arrojaría a la cara las credenciales selladas y lacradas en las que se demuestra la esencia misma de su deidad.

Cerca de la verja de metal oxidado que rodea el parque, el dios reposa apoyada en su báculo de marfil. Ensaya mentalmente una fórmula de saturación, y con la mano izquierda aprieta contra su pecho agitado las insignias de su poder.

Al anochecer del mismo día de su llegada, el dios abandonó la ciudad. Lo habían reconocido, sí. Y le ofrecieron agua fresca para calmar su sed, y compartieron con él sus raciones de pan, miel y queso de cabra. A la hora de la siesta, un hombre de hermosa cabellera le ofreció su hamaca, y una muchacha de mejillas sonrosadas veló su breve sueño. Debió soñar con algún manantial o una gacela. Aliviado de la fatiga, se levantó y emprendió el camino de regreso. Comprendía que su presencia entre aquellos seres era innecesaria. Hastiados de dioses, habían vuelto los ojos hacia el fondo de sus corazones y habían reconocido en ellos sui propia divinidad.


El escritor Ednodio Quintero nació en 1947, en Las Mesitas (Trujillo), un lugar agreste de la alta montaña de los Andes venezolanos. Es considerado uno de los más grandes narradores de Hispanoamérica. Entre sus obras destacan: La muerte viaja a caballo (1974), La danza del jaguar (1999), Mariana y los comanches (2004), Combates (2009) y El hijo de Gengis khan (2013).
Los dioses es un cuento de Los mejores relatos. Visiones de Kachgar (2006)

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Más se vacía uno, más se llena

Entrevista a Alejandra Laurencich,

por Lucía Vargas


8 de Octubre de 2014. Es una tarde húmeda en la ciudad de Buenos Aires. Tomo el tren rumbo a Vicente López. Cae el sol a eso de las 6 cuando llego a casa de Alejandra. Me recibe Brit, su perro. Entro y lo primero que miro es esa biblioteca llena de libros. Alejandra me invita a pasar, vamos al patio trasero de la casa que parece salido de un poema: verde creciendo de todos lados, subiendo por las paredes y los rincones; unas rosas se destacan al fondo, junto a las pequeñas flores anaranjadas.

Con mate de por medio y el grabador sobre la mesa, empezamos a conversar sobre las respuestas que ya había comenzado a contestar antes de que yo llegara (las mandé por mail), para ganar tiempo (ya eran las 18:15 y Alejandra da taller a eso de las 19:00 todos los martes y miércoles). Cada respuesta que leía me sacaba una sonrisa, me daban ganas de re-preguntar. Con el tiempo en contra, charlamos algunas.

Lo que voy a proponer en esta oportunidad es leer las respuestas para la entrevista y luego las “notas al pie” que van a ir surgiendo al margen: esas que nacieron del ratito que charlamos en persona. Una experiencia casi lúdica.

L- Sé que sos una lectora muy activa, que siempre estás actualizada en el panorama literario; pero quisiera preguntarte sobre esos libros "atemporales", esos que uno tiene cerca en la mesita de luz o en el escritorio... ¿Cuáles son esos libros a los que siempre volvés, esos que atesorás?
A- Hay varios. De Salinger, por ejemplo ya son tres: Franny and Zoeey, los Nueve cuentos, El cazador oculto; también El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy y Never Let me go, de Ishiguro. Esos son mis tesoritos. Me gusta cada tanto releer a Proust y a Joyce. Tengo muy a mano El oficio de mentir, el libro de conversaciones entre María Fasce y Abelardo Castillo, y un librito que se llama Valor para cambiar.

[Nota: Me detengo en Joyce. Le pregunto si le interesan los cuentos. Nombro Dublineses. Me dice que se queda con el Ulises. Me cuenta que se lo compró a los 14 años. Ahora me acuerdo una de las primeras veces que charlé con ella (justamente fue en una cena en La Vaca Mariposa) y que me contó sobre esa compra: uno de los primeros libros que adquirió por sí misma (si no es que el primero). Recuerda y me cuenta una anécdota familiar: hay partes del libro que se sabe de memoria. Recuerda a sus hijos y la relación que tuvieron desde chicos con el libro. Sonríe.]


L- Sobre la formación de escritor: fuiste alumna de Liliana Heker en su taller, y ahora sos tallerista. ¿Cómo fue tu experiencia desde el lugar de alumna y qué te impulsó a dar taller?
A- Como alumna supongo que era muy buena, jaja, nunca faltaba, o casi nunca, trabajaba como loca sobre lo que me mostraban como error, y aún sin entender por qué era un error confiaba en que si me lo estaban señalando era porque había razones para considerarlo así, que ya lo entendería, entonces confiaba en el criterio de Liliana, a la que consideraba mi maestra, y en todas las buenas devoluciones que recibía de los compañeros como Juan Sabia, Romina Doval y tantos otros. También recuerdo que mis propios análisis sobre los textos de los demás eran muy bienvenidos por la mayoría de los compañeros, e incluso por Liliana, que se complacía en las coincidencias, cuando las había. Creo que muchos de esos compañeros fueron los que me impulsaron a dar taller, porque eran los que me palmeaban la espalda: -che, muy buena devolución la que me diste hoy, o… me gustó mucho lo que dijiste de mi cuento, o lo que sea. Pensé entonces que si ese grupo que era tan exigente valoraba mi opinión, podría ayudar a otros a mejorar sus propios cuentos o novelas, así que empecé en una biblioteca popular, dando clases los sábados por la mañana. Era una contribución a la economía familiar haciendo lo que me gustaba, porque siempre me gustó hacer comprender a los demás lo que para mí resultaba comprensible, esa veta de docente la tuve desde chiquita, según recuerdo: el placer de transmitir mi conocimiento sobre un tema, el ver que da frutos en otro. Lo hacía en la escuela cada vez que alguien me lo pedía.

[Nota: Hablamos sobre las devoluciones y la importancia de una mirada constructiva sobre el texto ajeno en taller. Recuerda compañeros del taller de Heker con cariño. Le pregunto si siente que sus talleres la enriquecen: responde que sí, que cuando los alumnos recién comienzan es lindo ver cómo evolucionan y que después… ya avanzados, hay textos que sorprenden, que se genera un ida y vuelta. Le hablo de su trabajo como docente (yo soy alumna), hablamos de los diferentes tipos de talleres, según objetivos, según maestros…]

L- Tenés formación en bellas artes, carrera que abre la menta a un sin fin de expresiones plásticas. Después de ver, conocer, admirar la obra de tantos artistas... ¿Sentís que esa formación estética tiene repercusión en tu literatura? Si es así, ¿De qué forma?
A- Creo que toda la percepción visual que se estimula en Bellas Artes, o por lo menos en la época que yo estudiaba era así, porque tuve muy buenos maestros, repercute positivamente, porque es un canal de apreciación del mundo que se ha abierto y se conjuga con la apreciación personal, la profundiza. No sólo en la observación de la belleza, como hecho estético, también en el proceso creador, en esto de plantar una estructura, por ejemplo en lo escultórico, y a partir de ahí llegar a la forma final, o en el tallado de una pieza, en la dominación y aprovechamiento de los contrastes en pintura, en la búsqueda del equilibrio oculto, qué se yo, podría estar nombrando muchos de los conceptos plásticos que fui adquiriendo a lo largo de los siete años que hice bellas artes y que tranquilamente se trasladan al campo literario. Las líneas de fuerza en un dibujo, por ejemplo, pueden asociarse a los ejes de la narración, a las líneas narrativas que sostienen un cuento o una novela. El saber encuadrar, el conseguir un efecto por planos de color, que podría parangonarse con el manejo de los planos temporales en narrativa, no sé, si llevás cada una de estas búsquedas a lo literario podés encontrar similitudes, seguramente, es decir que el ojo está entrenado en una intención artística: el pintor, el escultor, saben que el oficio les sirve para expresarse, tanto como lo sabe el escritor.

[Nota: Recuerdo que en esta pregunta nos detuvimos un buen rato, por eso fue de la última que charlamos. Hablamos de la música como expresión artística, como parte fundamental de varios de sus textos. Me acordé de su cuento «Lo más grande que hay». Ella me cuenta una anécdota personal sobre algo que solía hacer de chica: musicalizar momentos que veía en la calle, todo en su cabeza, como si fuera un corto o una escena de alguna película. La mayoría, melancólicas. Se ríe. Hace el gesto de mirar a través de una ventanita juntando dos dedos en forma de “L” de cada mano (formando un rectángulo). Me la imagino ahora y pienso: -“Lo voy a probar, a ver qué tal”. Después nos vamos para el lado plástico, empezamos a hablar sobre las visiones del arte contemporáneo. Tocan el timbre: es hora del taller.]

L- El último número de La Balandra (maravillosa revista literaria circundante, de la cual Alejandra es directora) está dedicado íntegramente a la poesía, ¿Cuál es tu relación con este género?
A- Yo leía poesía desde muy chica, y escribía poesía. Recuerdo el deslumbramiento que me provocaron poemas de Wordsworth, de Rimbaud, o los haiku japoneses, todos esos libritos que estaban en la biblioteca de mis hermanos y que me fascinaban desde muy pequeñita, te digo siete u ocho años en adelante. A los trece o catorce ya escribía poemas y eran mi modo de expresión. Incluso en el 82, un mes antes de la guerra de Malvinas escribí un poema que era un anticipo de lo que vino, algo que todavía me sorprende, porque estaba durmiendo la siesta, boludeando mejor dicho, mirando el techo y tuve que levantarme a escribir eso que me apareció, y que hablaba del sur, de tabernas, de guerra. Lo escribí de un tirón, como si me lo dictara alguien y cuando lo leí me dije: ¿Y esto qué corno es? Porque no tenía nada que ver con mi vida de ese momento, ni con nada que yo hubiera vivido. Lo dejé en mi carpeta de poemas, y años después, cuando lo encontré y vi la fecha fue estremecedor: justo un mes antes de la guerra de Malvinas, que de ningún modo podía haber presagiado por los diarios, ya que esa guerra fue muy repentina. Bueno, así que disfruto enormemente con la poesía, y además en todos los años que escribí narrativa seguí conociendo poetas que admiraba, contemporáneos a los que hacía leer a mis amigos. Entonces, cuando pude publicar a toda esa gente maravillosa, lo hice. Y en el trabajo de investigación para la revista conocí a tantos poetas extraordinarios que ni sabía que existían. Fue muy bueno.

L- Los lectores podemos conocer la visión del escritor a través de su literatura: a través de los temas que elije, la construcción de sus personajes, el tono con el que escribe, entre otras cosas. ¿Crees que el escritor puede conocerse a sí mismo a través del proceso de creación de su literatura?
A- No sé si sobre la ficción, a mí me pasa mucho esto con mi diario, escribo un diario desde mis 18 años, y ahí sí, en la relectura de episodios que viví muchas veces logro un conocimiento de mí misma que me resulta muy valioso. Aprendo al leer cómo encaré alguna cuestión, o viendo la actitud con los que soporté un buen o un mal momento, o cosas por el estilo. Sí, con los diarios tengo una herramienta de autoconocimiento que recomiendo siempre a los demás, escriban su diario, van a ver cuánto de ustedes, o de las contingencias de la vida, de sus vaivenes, de sus espiralamientos, se ven reflejados con precisión absoluta.

L- Hoy en día existe un amplio espectro de escritores jóvenes contemporáneos (publicados en editoriales independientes, o inéditos pero que publican sus trabajos en redes sociales o e-books). ¿Qué pensás de este fenómeno? ¿Hay alguno que llame tu atención?
A- Es un fenómeno con dos aristas, como en el cuento de los taoístas, ¿Verdad? Suerte o desgracia: por un lado es fabuloso que haya tantos pibes que quieran escribir, que se afanen en esto de sentarse frente a un papel a poner por escrito sus personajes, su locura. Pero por otro, ahora parece tan fácil armarse un bloguito y subir lo que uno escribe y recibir comentarios de amigos y familiares que dicen: “esto es genial”, que creo que muchos se confunden. Confunden la tarea de escribir con la tarea de desahogarse a través de la escritura, es decir: confunden la literatura con la terapia, con la confesión, el desahogo.

L- Mirando en retrospectiva tu literatura y pensándote como escritora, repasando mentalmente esas inquietudes que movilizaron tu trabajo de escritora... ¿Cómo te pensás? ¿Crees estar más cerca de eso que anhelas decir con tu literatura? ¿Hacia dónde vas?
A- Más cerca no, porque basta que uno exprese algo para que aparezca otro anhelo, otro desafío, algo que está ahí nomás, pero a lo que hay que alcanzar todavía, a lo que no se llegó. Más se vacía uno, más se llena. ¡Y qué se yo adónde voy, adonde pueda!

Y ahí, en su casa, durante su taller, pude ver como Alejandra se llenaba del espíritu de la literatura que ayuda a construir en sus alumnos… de ese verde en su patio, de esa vida; y que se vaciaba, transparente, sincera… compartiendo todo lo que sabe, dando todo lo que tiene, con esa humildad y ese cariño que se ven cuando sonríe… eso que dice cuando calla.-


(Fotos: Lucía Vargas)

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El vibrante roce de la realidad

Ana Ojeda

Toda mi vida es una pura concesión. Me despierto cerca de las siete de la mañana porque tengo una hora de viaje hasta el trabajo y entro a las nueve en punto, clavado. Cualquier minuto de retraso debe estar acompañado de excusa relevante: suicidio colectivo en medio de transporte público, episodio de violencia à la Columbine (en caso de haber tomado el subte), muerte súbita bajo rodado de varios cuerpos, o similar. No es raro que antes de enganchar la bici en el poste del semáforo tamborilee con los dedos sobre los postigos de la ventana para avisar que ya llegué; así tener que jugar a la salida en el tiempo de descuento.

La empresita funciona en un ph de tres ambientes (todos dan a la calle) y patio cubierto. Baño y cocina quedan frente a la puerta de entrada, de madera centenaria, y hay además un pequeño depósito oscuro y húmedo, usado para acumular trastos viejos. En total, somos cinco y dos jefes. Yo entré con cargo de administrativa, pero la (concesiva) realidad es que hago un poco de todo.

A la mañana no bien llego pongo en orden la cocina, que por lo general es un chiquero. Se desayuna, se almuerza y se merienda, pero no se lava. Desde que trabajo acá, odio la pizza: la muzzarella derretida de ayer es una especie de chicle con anfetaminas. Imposible de remover. Lo otro que no soporto es el cigarrillo. Mi jefe el mayor, ocupado en salvar vidas, así dice él, se desentiende de las normas más elementales de la higiene. Para él, cenicero es todo: vaso, tasa, botella, cuchara o platito. La semana pasada hubo un principio de incendio porque tiró un pucho encendido en el tacho. El episodio nos dejó mal, sobre todo porque tuvimos que comprar un tacho nuevo con los fonditos de La Coope. Mi jefe el mayor nos explicó que los bienes muebles perecederos son más de todos que de la empresa y que por eso tenemos que bancarlos con el fondito común.

A mi jefe el menor lo veo poco. Casi nunca va por el ph, así que cuando lo veo charlamos más que nada de la vida. De la suya, porque es un gran viajero y siempre nos trae noticias del mundo y de sus novias. Yo me limito a escuchar, sé que no corresponde que me aproveche de la supuesta reciprocidad del diálogo para agobiarlo con la larga retahíla de concesiones que engarzo día tras noche tras día. Mi psicóloga no entiende esta manera que tengo yo de ver las cosas. Siempre me dice que lo mío es que no puedo con la vibrante. No digo que no, pero creo que lo mío es algo más global.

Mis tareas en la empresita son sencillas. Sobre mi escritorio hay una computadora y tres bandejas. En la primera hay pedidos, en la segunda reclamos y en la tercera envíos. Un pedido puede ser que vaya hasta el banco a pagar la luz o hasta Dispita a compararle pañales a la nena de mi jefe el mayor. A esa bandeja le temo, nunca sé qué me va a deparar. Me acuerdo la vez que, tras lavar y ordenar en la cocina, me acomodé frente a la máquina sorbiendo el primer café de la mañana y al levantar una A4 agujereada, leo: “9:00 tomate un taxi y pasá a buscar a Ivette. Acompañala donde quiera ir”. Fue una patada de adrenalina. Primero, porque yo era administrativa y no personal para todo servicio. Segundo, porque no me había dejado plata para el taxi. Tercero, porque las nueve eran pretérito pluscuamperfecto. Todo el tiempo es así. Voy, no voy, qué hago. Tal como yo lo veo, desobedecer una orden es causal de despido, pero ir era gastar mi propia plata sin saber a qué hora iba a terminar, ni dónde. Además, a esa hora todavía no había nadie, ¿quién iba a atender el teléfono? Migue, Lore, Juancho y Liso (se llama Lisandro, pero le quitamos una sílaba para que no desentone con nosotros, todos bi) llegaban a las diez. No tendría que haber ido, pero fui. Concesiones, concesiones, siempre.

Por ese tipo de cosas, prefiero la bandeja 2. Los reclamos son por lo general de proveedores o clientes descontentos, con lo cual mi función es clasificarlos por tema y mandar el mail “automático” de recibimos su consulta y estamos trabajando para usted. Después cuando mi jefe el mayor tiene un momento le comento más o menos de qué se trata como para que esté al tanto. La mayoría de las veces prescriben y nadie hace nada.

Los envíos también me gustan. Cuando toca el servicio mensual, Ramón me pasa a buscar con la combi. Tomamos mate, charlamos y mientras vamos haciendo las entregas. A veces la cana jode porque Ramón no tiene los papeles en orden, por eso su flete es más barato, y hay que cometearla para poder seguir. Yo pasaba la coima como “viáticos” hasta que mi jefe el menor me indicó que mejor lo pasara como “insumos”. De esa manera se puede descontar de los impuestos.

Como el lugar es chico, cuando estamos todos me cuesta concentrarme. Sobre todo porque Lore es una máquina de hablar. No para. Se cuelga del teléfono y te enterás hasta del color de bombacha que eligió para que combine con la funda del celu. Por eso detesto los días que no están ni mi jefe el mayor ni mi jefe el menor, son ocho horas que me tengo que tragar de interiorización radical en la vida de Lore y, la verdad, me satura. Menos mal que Migue es callado. Cuando no está, Juancho dice que tiene un retraso, pero no creo que sea verdad. Pasa que es tranquilo, nada más. Y come como un elefante. La otra vez se compró una pizza para él solo. Menos mal que al final Liso lo convenció para que compartieran. Yo los miraba tragar y pensaba en el baño, otra de mis ocupaciones tácitas, pero obligatorias. Hace un año que mi jefe el mayor decidió prescindir de los servicios de Mónica, que antes venía una vez por semana. El tamaño de la empresa no lo permite, no hay superávit como para que siga viniendo, así que hubo que repartirse sus tareas. Yo no tengo problema en limpiar el baño, el tema es que nunca hay con qué. La semana pasada traje el Mr. Músculo de casa porque el detergente lo guardo para los platos. Desde que Migue encontró una rata muerta entre las cajas del patio, todos coincidimos en que tenemos que extremar las medidas de higiene.

En realidad, además de administrativa, en la empresita también cumplo funciones de secretaria. Llego primero que todo el mundo y me voy última, almuerzo siempre en el escritorio para poder atender el teléfono y le llevo la agenda a mi jefe el mayor. Sirvo café cuando tenemos visitas, me encargo de que no falten galletas dulces ni té, y me encargo de la coordinación general de las tareas de Migue, Lore, Juancho y Liso para que los tiempos se cumplan. Hago mucho y me gustaría ganar un poco más, sobre todo porque con la inflación, mi sueldo quedó desactualizado. Hace tres años, cuando empecé, la situación del país era otra. También me gustaría que me pusiera en blanco, para tener vacaciones y obra social. Quiero pedir un aumento o un ajuste, pero no lo hago porque Juancho se lo pidió el otro día y mi jefe el mayor le dijo que la empresa daba aumentos cuando la situación estaba como para dar aumentos. Que él no iba a soportar que le fuéramos con la huevada sindicalista ni mucho menos y que al que no le gustara, que se mandara mudar.

Como lo que facturo en la empresita me alcanza solo para el alquiler, ayer agarré viaje en un ciber de mi barrio que buscaba personal para el turno noche. Levantarme a la mañana me cuesta un triunfo y mi jefe el mayor ya me llamó la atención porque nota que no estoy dejando todo en el laburo como antes. Yo le dije que estaba equivocado y que ando mal dormida, pero no me gustó que su respuesta fuera encajarme a la beba de Mariana para que me hiciera cargo mientras ellos se iban a almorzar. Tendría que haberle dicho que no. ¿Y si se lastimaba? ¿Y si no paraba de llorar? Yo soy administrativa, no tengo porqué contar con conocimientos de baby-sitter. Además de que yo también quería almorzar y no pude porque la nena era un demonio que se metía todo en la boca, dos segundos la dejabas sola y ya te había localizado un toma corrientes para ir a enchufar sus deditos babeados. Al final, terminé comiendo dos empanaditas a las cinco y media de la tarde, mientras esperaba el colectivo. Ni hambre tenía para esa hora porque el almuerzo se alargó y al final Mariana pasó a recoger a la nena a las cuatro y yo en la hora que me quedaba tuve que resolver las tres bandejas corriendo como una loca porque mi jefe el mayor me avisó que a partir del jueves hacíamos inventario.

Quisiera irme de la empresita pero no lo hago porque tengo miedo de no encontrar nada más. ¿Cómo pagaría el alquiler? Con lo del ciber apenas me alcanza para la comida. Mi fonoaudióloga dice que es un problema en la vibrante, pero yo sé que hay algo más. Yo siento que tengo una vida de pero.


***
Ana Ojeda es la editora de El 8vo loco, integra el grupo que dirige la Exposición de la actual narrativa rioplatense (serie de libros que publican El 8vo loco, Alto Pogo, y Milena Caserola), los segundos sábados de cada mes coordina la Comunidad de Lectores, columna dedicada a la producción de los pequeños sellos editoriales en el programa de radio Patologías Culturales (La Tribu FM 88.7); publicó las novelas: Modos de asedio (2007) y Falso contacto (2012), el libro de cuentos La invención de lo cotidiano(2013) y Motivos particulares (2013), poemitas en prosa; participó en varias antologías, es traductora y, es mamá.
(Foto de portada: Mailen Albamonte /Arte del libro: Rodolfo Marqués)

El cuento «El vibrante roce de la realidad» está publicado en La invención de lo cotidiano (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)

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