Letras

Día cinco. Desprenderse de lo ajeno

Francisca Álvarez

A Freddy Avilés



Despierto sobresaltada por un rasqueteo. Que no sean los cuises. Tres años atrás afrontamos una invasión de las graves. Sus chillidos al ser atrapados llenaron el pueblo de una inusitada vitalidad. Los gritos humanos provocados por la epidemia de fiebre de los conejos que la acompañó, crearon una atmósfera de infierno prematuro. No estamos preparados para otra de esas: ni trampas grandes, ni pequeñas, ni venenos, ni fosas comunes. Y no es el momento de salir a pedir favores, las plagas nunca lo son. Además tanta vida no haría otra cosa que desordenar.

Abrazada por pensamientos previos a la calamidad, me aproximo a la pieza de la que fuera nuestra madre, punto-origen de rasqueteo y desvelo. Mis manos se clavan en el marco de la puerta. De haber cuises impediré su huida. Encorvada para no espantarlos, doy un paso dentro de la habitación. Veo la sombra del cuis más grande del mundo, avanzo. Sus pezuñas rascan el suelo. Mastica golosamente una tela floreada que reconozco. Es la cabra. Siempre está un paso delante de nosotros, masticando suavecito ropas ajenas.

A una distancia prudente, Patricio me observa acariciar la cabeza cabría. Le señalo sus pies descalzos. Examina el piso a su alrededor, terreno fértil para minúsculos detonantes: astillas, vidrios, semillas y clavos. No distingue peligros cercanos, corre a calzarse.

–Patricio, ¿cómo se enciende una hoguera?
–Con los zapatos puestos.
–Muy bien, ¿con qué ciencia se relaciona?
–Con la geometría.
–Ajá, ¿por qué?
–Círculos concéntricos en un lago de fuego, puede haber lanzas o muñecas, pero siempre hay un círculo.
–Admirable. Traé la leña.

Salgo, arrastrando la pala, mis puños están protegidos por los guantes prestados. Dibujo un círculo en la nieve en el que entrarían quince niñas de pie. Me sitúo en el centro y paleo hacia fuera. Patricio va trayendo ramas del establo. Despejo una luna en cuarto menguante y la hago crecer hasta que queda redonda y llena. Agotada, me siento y cierro los ojos. Imagino quince niñas quebradas, caídas del techo. Veo carne, dientes esparcidos como si las mandíbulas hubieran sido lo primero en golpear el suelo. Abro los ojos. Patricio me sacude, dice que dormitaba.
–¿Las piedras?

Armamos un borde duro que acorrala y protege las llamas. Las ramas en el medio, y los fósforos que encienden. La cabra bala, inquieta.
–Que crezca, Patricio, tirale bollitos de papel de diario. Ahora busco las cosas.
–¿Vestidos solamente?
–Vestidos y zapatos: toda la ropa de mamá, maquillaje, tabaco, sábanas, y cortinas.
–¿También la manta gruesa?
–La manta gruesa no. Nos quedan cinco noches.
–Y hace frío.
–Sí.

Son tres bolsas de inmundicias de ella, inflamables. Pesan bastante. Llevo de a una. Me acuclillo junto al niño, un fuego respetable calienta nuestras frentes, rodillas y manos. Agarro el primer objeto: unas polainas rosas. Desde donde estoy, las arrojo a las llamas. Chispas sintéticas nos saltan a la cara, cientos de hombrecitos naranjas y amarillos tiran de la prenda hacia arriba, se la llevan a la boca y la destripan hasta hacerla desaparecer. Le alcanzo a Patricio una bolsa. Introduce la mano que se agita nerviosamente. Saca una petaca de cuero, me mira y asiento. Procede de manera eficaz, se levanta una llamarada más alta que la casa: quedaba algo de aguardiente en el fondo. Nos alejamos unos metros y continuamos, el costurero vacío, una pulsera gris, dos ramos de flores artificiales. El entusiasmo se hace latente y comenzamos a rematar cada lanzamiento con un grito corto y seco, de tenista. Un almohadón con encajes, un espejo roto, la biblia de su mesita de luz, un tapado marrón deslucido, cigarrillos, la caja de acuarelas, su cepillo, una crema de cara, el abridor de cartas
y el de vino, un mantel de flores, una caja de aspirinas verdes y blancas. Doy vuelta una bolsa ya aligerada, y cae una fotografía: Patricio, serio, mirando de cerca a la cámara, ella y yo, un paso más atrás sosteniendo sus hombros. Creo que estaba destinada a una postal que no se envió. Patricio lagrimea, el humo le irrita los ojos.
–¿Ésta?
–Era de ella.
–¿Podemos guardarla?
–No. Si guardamos algo, aunque sea una cosa chiquita quedaremos impregnados de recuerdo, ¿y qué es lo peor del recuerdo?
–La pena.
–¿A qué lleva la pena?
–Al desasosiego, a la fascinación por todo lo vivo y, finalmente, a la dimisión.
–¿Cómo es la dimisión?
–Inaceptable.
–¿Qué indica?
–Expectativa de posteridad.
–Prodigioso, Patricio, muy perspicaz. Ahora, tirala a la hoguera.

Coloca la fotografía sobre una sábana gastada. Con una rama gruesa la va empujando hacia el calor dibujando un camino sobre la nieve dormida, como una víbora. Me pierdo en sus ondulaciones. Una ráfaga de viento levanta la fotografía y la hace regresar. Para dar el ejemplo, tiro con escarnio unos zapatos de taco. Me sorprende un chillido desorbitante. Busco a mi alrededor: una figura voluminosa se recorta contra el fuego. Pareciera chillar y saltar de quemada, supongo que está detrás, pero viéndola así, a trasluz, no puedo estar segura; como cuando el dolor está tan cerca que no se sabe con certeza si las carcajadas y los perros también existen. Distingo una cabeza gruesa que gesticula a nuestra derecha, es Delicia, la amiga de mamá. Ahora podemos entenderla. Su cara está rodeada del aroma del espanto. Odia nuestros pensamientos rojos y las manos incendiarias ¡Odia! Dice que esto es inmenso. Tiro una caja de música que se abre y mientras se derrite la muñeca, silba tres veces la melodía cada vez más desvencijada ¡Delicia grita! Patricio me mira y a una señal mía, va adentro y trae la mesa de luz que no es demasiado pesada. Los dos la empujamos para que la devoren las llamas fúnebres. Nuestra risa reemplaza la vergüenza carbonizada de la fisgona.
–¡Pero qué están haciendo, engendros! Patricio, un balde con agua. No pueden quemar sus cosas así, esto no lo voy a dejar pasar

Agarra la frazada y la tira sobre las llamas para apagarlas, mi grito la petrifica. Me apuro a salvar a la manta de un final inmerecido.
–¿Qué pasó, Marla? ¿Fueron a verla ayer? ¿Acaso pasó para el otro lado?
Silencio. Parece al mismo tiempo indignada y a punto de llorar.
–¡Marla! ¡Contestame o voy a empuñar el látigo! ¿De qué te reís?
Niego lentamente con la cabeza. Contestarle no sería romper con la despedida si no la considero persona.
–Todavía no murió.
–¡Ustedes no tienen corazón! ¡No la merecen! Mañana mismo voy a verla.
Y te aseguro, criatura, que no me voy guardar nada.
–Igual no te va entender, no dice nada.
Patricio habla sin sacarse la mano del bolsillo, me pregunto si quemó la fotografía.


Francisca Álvarez, nació en 1995. “Día cinco. Desprenderse de lo ajeno”, es parte del libro La última boca, publicado por la Exposición de la actual narrativa rioplatense (Editan: Milena Caserola – El 8vo. loco – Alto Pogo)


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Poemas de Esteparia

Natalia Litvinova



lengua esteparia

desagotaré el límite de lo exacto
sufriré el naufragio más quieto
tragándome en mi intemperie.
mi pie partió y fue feliz.
mi puente se partió y fue feliz.
mi cuerpo se quebró
nací de mí,
de mi quebrado brote
en fatigas y barcos,
en oráculos que se doran
junto al dios de un ojo,
el que oye
penetrar mi lengua esteparia.


la flor también me nombra y la guerra

madre le temo
al nombre que me has puesto
porque mi nombre es
imposibilidad de ser ángel


gómel

mi abuelo lo único que hacía era afeitarse y temblar
frente al televisor.

mi padre todas las mañanas se perdía en el campo,
transformado en un punto tridimensional de la nieve.

regresaba con una sonrisa mística en su rostro y nadie
sabía por qué.

en verano también esa misma sonrisa y frutillas
en sus manos, en primavera frambuesas.

la sonrisa de mi padre traía frutos maravillosos.

mi abuelo temblaba cada día más, su cabeza recaía
como mandolina y se erguía como un piano.

un día mi padre regresó con manzanas

mi abuelo dio con la clave del silencio.



tus ojos se han vuelto mi cenicero

días y noches te he escrito, la primera frase era no existe Rusia, París no existe.

manos se vuelven más y más invisibles, besarte es besar una pared en blanco,
y no nos hemos besado.

miro este cuerpo tan cuerpo, cuántos lo han amado (¿quién podría amar
un cuerpo perdido?), cuántos inviernos prematuros festejaron en su vientre.

al margen de esta hoja se escribe mi vida, y se asusta y se intenta poesía,
se intenta verso claro que fracasa y se vuelve cuerpo.

leo el testamento de Kafka como única carta de amor. pronto en París caerá
la nieve. en Rusia también, otra nieve. vendrá la primavera por vientre.

los que me han amado intentarán volver a mí por la fuerza.

querido, tus ojos se han vuelto mi cenicero. besarte es besar la desventaja
del tiempo.

leo el testamento de Kafka, lo único que me queda.
mientras, regresan tranquilos los que me quieren santa y desnuda.



huida

era pequeña y caminaba entre los abedules del bosque.
la oscuridad se veía blanca y jugosa.
el musgo en forma de lenguas me acariciaba la piel.
así perdí mi inocencia: inocentemente.
casas de madera, juguetes rendidos a las rodillas lastimadas,
el cantar del gallo.
el primer desamor, no lo sé, la huida.


nostalgia

¿por qué nunca me tomaste de la mano
mientras me desconocía cruzando las calles?

*
asustada supe que llovías sin mí
que para eso no me necesitabas

*
nunca tuvimos después
después tuvimos nunca


el error nos hizo en la noche

ayer prohibieron
en mí la lluvia,
el crecimiento lento de los árboles,
los mendigos que corrían
persiguiendo mi lluvia prohibida.
ayer en mí prohibieron
el Ayer junto a todos los cuerpos
del silencio.
entonces fui grito de roble
o de lluvia.

*
todo lo que podrían esconder mis ojos, se duplica
y yo me hago una a la vuelta de mi espalda.

*
suena la música del desconcierto,
sordos ángeles la danzan
sobre metáforas que abandonan.


Natalia Litvinova nació en Gómel, Bielorrusia, en 1986. Actualmente reside en Argentina. Es poeta y traductora de poetas rusos. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en el año 2013 en España, Uruguay y en Córdoba; Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012); Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012); Rocío animal (La Pulga Renga, 2013); Todo ajeno (2013) publicado en Argentina (Melón Editora) y en España (Vaso roto), y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza. Compiló y tradujo las antologías El ruido de la existencia (Editorial Leviatán, 2013) de los poetas rusos VladislavJodasevich y Serguéi Esénin, y El espejo equivocado (Melón editora, 2013) de Cherubina de Gabriak. Dio cursos en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, coordina la sección dedicada a las letras argentinas de la Revista Umbligo. Publicó Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014) escrito en coautoría con Javier Galarza.


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Languidez, de Alfonsina Storni

Nancy Fernández*

"Cuando Alfonsina publica Languidez en 1920, Borges aún no había editado el manifiesto que abriría las puertas de la vanguardia histórica en la Argentina. Su texto, denominado “Ultraísmo” se edita en la revista Nosotros que dirigía Roberto Giusti, y muy poco después de su anuncio, dicho movimiento es abandonado por su gestor, por una escritura que experimenta entre los bordes de la vanguardia y de la tradición. Alfonsina logra acceder al campo cultural desde la estela de un romanticismo tardío (la subjetividad proyectada sobre el espacio y un mar que es un motivo, constante y anticipatorio); asimismo, su procedencia también corresponde a un modernismo aprendido del admirado Rubén Darío, especialmente por la búsqueda de una combinatoria de musicalidad extraída de la rima, métrica y ciertos cultismos.



En este sentido, las imágenes sensitivas ligadas sobre todo a lo visual y a las fragancias, una sintaxis que no pocas veces refuerza la sinuosidad del hipérbaton y un léxico deliberadamente correcto, procura con esmero, adscribirse al dictado del modelo hispánico. Sin embargo, la construcción subjetiva de una voz, gradualmente logra una singularidad que da cuenta de una experiencia tan íntima como social. Así, los signos de admiración registran los estados de ánimo que fluctúan entre la angustia ante la muerte (presente desde sus comienzos), el desamparo, el amor y la pérdida (el hombre), los afectos que prodigan estabilidad y armonía (la madre y la hermana); y si el hijo adorado casi es una ausencia temática, es, en cambio, marca de la figura femenina cuyo atributo es la fuerza, la osadía y el desafío. Alfonsina, entonces, no solo escribe sobre determinados temas sino que los vuelve excusa para realizar una voz propia. Es cierto que tiende a la metáfora explícitamente comparativa dirigida a la idealización de un objeto-imagen; en su escritura puede decirse que comienza a entreverse un movimiento en proceso, oscilando entre la idealización acompañada de un canon retórico cuya filiación entronca con la época del Centenario y de una modernidad que aún no vislumbra los próximos efectos de la Vanguardia.

Se diría que en Languidez, Alfonsina empieza a experimentar sin el certificado legitimador del grupo que explora los extremos del lenguaje desde la genuina herencia nacional (caso más extremo: Oliverio Girondo y el martinfierrismo). A partir de este libro, ella dará cuenta de cada transformación sin el permiso del campo cultural de la elite de vanguardia pero con la anuencia de un público que paulatinamente la sigue casi como estrella de cine. De este modo, el éxito que logra con sus textos tiene que ver con el sesgo popular que no lo toma del realismo naturalista de Galvez ni de los poetas de Boedo, ni siquiera del Carriego que Borges rescató sino de su propia figuración que esculpe en el trazo, en los restos que bordean la textualidad y el contexto, legible como experiencia autobiográfica. Desde allí surgirán Roberto Giusti, Baldomero Fernández Moreno, Horacio Quiroga, Enrique Amorim, Conrado Nalé Roxlo y las reuniones en el café Tortoni; también, sus admiradas Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Delmira Agustini, mujeres sobre quienes prodigará dedicatorias y conferencias.

Es el sistema de enunciación de Alfonsina, aquello que compone y que traduce el escenario cultural de la exclusión de aquellos círculos más exclusivos, a la vez que presenta la imagen inaugural de la escritora profesional: la poeta que escribe en diarios y revistas de circulación masiva y que organiza eventos culturales en torno del arte declamatorio. En este sentido, Alfonsina articula una primera persona protagónica que interpela, acusa, defiende para sostener el alegato de una voz que ingresa al campo de la cultura más reservado a los hombres y que como ellos, tampoco escatima los recursos de la máscara onomástica: Tao Lao será un seudónimo.

Desafío, increpación sin oficiar de eufemismos para el sermón, la caricia y hasta el insulto; tampoco escatima el elogio exaltado, la actitud encomiástica, el panegírico para la mujer rival, aquella en cuyas manos reposa el hombre amado y ausente. Por ello creo que, lejos de leer relaciones directas entre vida y obra, pueden tomarse los fragmentos o los detalles discursivos de una entonación que tiene que ver con cierta absorción transformadora de una experiencia de vida. La maestra, la actriz y la declamadora, son las figuras escénicas que se debaten entre la confidencialidad sentimental, la intimidad de los afectos, la tensión entre el deseo y la voluntad y una tendencia que, precisamente con Languidez comienza a aparecer: una tendencia objetiva dirigida hacia los espacios. Por un lado los recuerdos de su ciudad natal (ciudad y pasado); por otro, el presente tan hostil como fascinante de un Buenos Aires que representa al revés del Goliat de Martínez Estrada.

Buenos Aires es para Alfonsina, hombre gigante si cabeza, hombre que se extiende sin previsión y en estado de inminencia ante un peligro sin nombre. La ciudad será a partir de ahora, el lugar de cruce entre la calle con sus trajines cotidianos y las casas como refugios momentáneos (otra diferencia con las mitológicas salas domésticas que poetizara Borges y Norah Lange). La ciudad comienza a definir la tensión entre lo público y lo privado, allí donde la confidencia, el grito y la expiación, son matices de una voz que la sociedad de su presente no absuelve."


*Del prólogo del libro publicado por La Bola editora (Mar del Plata, Argentina).


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Bosque de alondras

La encrucijada escritural o la inquisición —por dentro y por fuera— de Graciela Maturo

@Monzantg

A contracorriente del Harold Bloom de ¿De dónde viene la sabiduría?, y del Platón que destierra al poeta de su República, en la buena poesía de Graciela Maturo encuentro racionalidad y sensibilidad, arrebato y filosofía; la belleza del mundo y el terror de las sombras. Encuentra uno a una mujer que se arranca piel y vida interior con la piedra, la noche, la sal, con el vidrio y el fuego,y con la marcada presencia de la muerte. O, como dice Lilia Boscán sobre Bosque de alondras, con el «intenso esfuerzo espiritual y mental», esa «tensión»propia del acto creador.

Un exigente y escrupuloso Enrique Arenas Capielo se desvive en elogios ante Maturo, y construye el prólogo de la antología a partir de un rejuego de dualismos en los que el «abismo entre el cuerpo y el espíritu» lleva a «una única y doble visión de la vida y el mundo». A una danza erótica y ritual, a la presencia de la fe y la duda del alma en su búsqueda angustiada y/o serena; a la máscara y el rostro en aterradores descensos a los cielos-infiernos de la humana condición. Además de esa coreografía astral de la palabra que es escribir poesía para una Graciela Maturo en la que Arenas reconoce a «Garcilaso, Rilke, Shakespeare, Eliot, Lo surreal, Girondo, El barroco, San Juan de la Cruz, Dante, Santa Teresa y Sor Juana».

Mientras Arenas prefiere decir, también poéticamente, que en Bosque de alondras la autora recoge todos «los frutos del bosque»; para Carlos Mastronardi, prologuista de uno de los libros de la antología, la poesía de Maturo «es tiempo y sentido». A mí me hace regresar, por encima de todo, al milenario lugar común, a la eterna pregunta que revela la obviedad de lo simple: «¿cómo escribe uno sin la muerte?» Sin el dolor, la tristeza, el olvido y la tragedia. Sin las sombras. Y sin esa sal que a Maturo parece morderle hasta los huesos. Ella lo dice con Sartre, «La vida comienza al otro lado de la desesperación»; y con Hoffmannsthal, «El espíritu sólo se abre para el acongojado».

Como Arenas, ahora incurro en otro dualismo —propio y pueril— que me lleva a distinguir, en general, entre una poesía «más pensada» de una «más sentida», sin que pierda, en el caso de la poesía de Maturo, belleza y fuerza expresiva.

Hay cuatro poemas de la antología que se me hacen especialmente bellos. Tan apasionadamente sobrios que, apenas los leí por primera vez, llamé a Viktoria H. para leérselos por Skype —a media madrugada— y luego se los releí en el McCafé de la ciudad.

De los cuatro, ‹El viaje› lo dejaría como ejemplo de esa poesía más pensada. Los otros tres, asociados a la muerte, a la eterna despedida del ser amado, es lo que llamaría, en todos los sentidos, poesía más sentida. Pero de todos siempre me quedaría, eternamente, con ‹Una rosa amarilla para mi amigo Rosel Albero›.

‹El viaje›

Vuelvo incesantemente a mi cárcel de nubes,

al regazo de sombras donde mi frente duerme,

donde beben mis pulsos,

donde mis dedos juegan con un dado de luto.

Es una lenta cripta con algas de silencio

donde nacen las densas violetas de la noche.

Yo estoy sobre su ara,

desnuda sobre piedras

despojada del aro brillante de los días

que desde el fondo de los siglos rueda.

Estoy sola y la arada materia de mis huesos se disgrega y se parte;

de mis manos desprendo

esta amorosa tierra que pesa y permanece,

me sumerjo en la gruta de mis aguas

o me dejo nacer en la palabra.
A veces la ternura dulcifica los aires,

a veces es la semilla del prodigio

creciendo en los espejos infinitos del tiempo.
Me lanzo a la aventura,

buceo el hondo mar que llevo dentro.

Vuelvo de un largo día hacia mí misma,

hacia mi pura noche sin llama y sin estrella.

De «Un viento hecho de pájaros», p. 19

‹Poema a Baltasar›

Nadie supo tu nombre.

Tampoco yo que por amor te nombré Baltasar.
No sé cuándo te fuiste de mi balcón,

de este planeta confuso,

ni en qué espacio de lo infinitamente abierto

mora tu alma de felino silencioso y bello.

Me falta hoy tu pecho de carbón

el fulgor de las brasas amarillas de tus ojos

y el ondulante andar de tu cuerpo
sobre la reja.

Me falta tu mirar desde lo alto del muro

tan cotidiano como el café y el pan de las mañanas.
Tu compañía irónica y distante

tu presencia a un lado y otro de mi casa

consuelo secreto de mis días.

Estabas allí,

durmiendo sobre la frescura del trébol

o velando en el techo con tu pelaje negro

y leonado bajo el sol.

Adiós hermoso amigo.
No pudimos despedirnos.
Acaso abierto al viento de la eternidad

puedes escuchar la voz de esta amiga extraña,

esquiva,

sola.

De «Bosque de alondras», p. 312

‹Poema para Alejandra en su cuna de oro›

El aire desparrama los papeles en el cuarto vacío

en el séptimo cielo

tu cárcel de princesa
alejada Alejandra

ahora que no estás

y están tan solos

los tiernos dibujos en la pared

las mariposas elevadas en su jaula de terciopelo.

Ahora que no estás donde tampoco estabas

Alejandra lejana

me castigo nombrándote.

Por esta soledad de tus flores deshechas

por tu altivo reinado de pájaro de trapo

por tu pregunta triste de niña en el asombro.

Alejandra

castígame con tu pena

con el rumor de tu nuca florecida

y tus velocípedos de alambre.

No permitas que olvide

aquella vela roja que te llevé una tarde

ni la forma perfecta de una palabra tuya

cuando hacías nacer el cristal de la rosa,

la rosa de una lágrima.

Alejandra, te nombro,

ya no más lejos, viva

devuelta al gran regazo de tu madre nocturna

nacida de esa cuna de cedro en que no estás

en que sólo reposa la osamenta de un pájaro.

Ahora el pájaro corre abierto ya en el viento

y el fuego lo desnuda.

De «Bosque de alondras», p. 322

‹Una rosa amarilla para mi amigo Rosel Albero›

Amanecía el domingo y recordaba

una frase de Apollinaire, el poeta

de la cabeza vendada:

Hoy han embanderado París

porque mi amigo André Salmon se casa.
Hubiera deseado embanderar para ti

el barrio de Palermo

y que todos supieran que mi amigo Rosel

se dedicaba, cerca de mi casa,

al silencioso trabajo de morir.

Nada puedo decirte, amigo mío,

que no sepas.
Sólo podría hablarte de mí,

de los que velamos tu partida.

Nada nuevo hay aquí. Los jóvenes

yacen abrazados en los parques

y los gorriones cumplen

ordenadamente

su tarea… Se oyen ruidos de armas en algunos lugares

de la tierra

y los poetas, como sabes,

intentan el incendio del tiempo.

Sólo tú, Rosel, vas descubriendo lo nuevo

mientras desprendes de tus huesos

esa hiedra de plata que es tu alma.

Quedan allí los miembros abandonados

los ojos que lloraban cuando reías

la mejilla mal afeitada y fría,
la mano yerta.


Te miro avanzar mientras te pierdo

hacia una luz aterradora y bella

hacia el silencio del trasmundo

donde otros amigos te reciben:

Lida, Julio, Brassens,

Homero, Hesse,

y el pálido Franz Kafka, hermano tuyo.


Mientras mi mano dibuja estas palabras,

esta rosa amarilla de marzo,

susurra por última vez en tus oídos

la música del viento en los álamos de Mendoza.

De «Bosque de alondras», p. 324-25

Cierro esta nada breve reseña, con la confesión de un hábito, y es que usualmente transcribo las líneas que más me gustan de los libros de poesía. A manera, pues, de infrecuente cadáver exquisito —digamos monogámico, artificialmente endogámico y casi autorreferencial— dejo,como ejemplo, aunque sin orden continuo, algunas de las líneas que rayé de principio a fin en Bosque de alondras.

«Mi cadavérica selección»

1
Un viento hecho de pájaros y de presentimientos
Como las navidades de la infancia
Escarabajos ciegos
Desnuda sobre piedras vuelvo de un largo día hacia mí misma
Yo conozco tu nombre verdadero, los cauces sin nombre de la nada, la mirada de cera de los muertos. Melodía que nadie recuerda
Llagas de negra sombra te desgajan. Inútil es interrogar a la multitud y al cielo y a los árboles esta noche. Ya no transmiten las antenas del misterio
Penetrar en la materia espesa; es necesario dar el salto elemental. Es necesario desnudarse hasta el hueso
Soy la piedra pulida por las aguas, el ave que renace de la impura ceniza como un ramo de fuego

2
Y se abrirá la rosa sagrada de la muerte, creciendo sobre días mordidos, tempestuosos, ajenos a mi sal y mi locura
Ebrios de nuestros cuerpos

3
Quiero apretar la arcilla entre mis dedos
Sólo palabras esconden el silencio
Cantando hacia su muerte
Todo fluye serena y lentamente en un orden que ignoro pero al que ahora pertenezco
Los signos me acompañan. El signo me consuela, me atormenta. Una piedra sellada por la música es un signo de amor indescifrable. Mis manos trazan signos que borrará la lluvia.
Paso junto a la luz fantasmal de unos árboles. Aguardo en las tinieblas la voz que ha de llamarme por mi nombre,
la llama que trascienda mis huesos y me arrase. Entretanto vivir, esta costumbre
La que no soy se ha apoderado de mi máscara. Sé que estoy sola desde la cal del hueso. Navego hacia el silencio entre espaldas y adioses
La vida es una calle indiferente por donde se pasea la tristeza. Sopla la soledad en todas las esquinas… Esta tarde me dices que la vida, amigo mío, es sólo un largo, trabajoso expediente cuya tramitación final desconocemos.
Con este nudo de sombras me muerde la vida con su sal.
Sólo una vez se nos concede vivir cada minuto

4
El mar mece sus tumbas, sin lápidas, ajeno
Ramo nacido de este cuerpo de sal y oscuro fuego
Sobre la piedra usada por la sal y el amor de cada día. Me encontró el ala oscura de la tarde.
Un caracol, pequeña concreción de ternura.
Floreciendo la muerte. Soy un perro que huele la eternidad

5
Quiero llorar y que mi cuerpo corrahacia el mar, hacia el mar, hacia el olvido.
Hermosa voz quebrada que no me llama ahora.
Desde la sombra viene lentamente,horrible y silenciosa una culebra.
Es tan difícil detener este siervo desatado

6
Todo es una ilusión, una hermosa mentira

7
Volví a escuchar la antigua melodía
el aroma dulcísimo de los tilos
invadió la ventana de la infancia
y encontré a los ausentes, los amados.
Sólo la inocencia sabe escuchar.

10
El planeta animal se vuelve silencioso
en los vastos espacios,
gira en torno a una hoguera llamada sol.
En cada vuelta trae la misteriosa luz
saludada por los pájaros.
En el ocaso callan y el corazón se estremece
con la muerte.
Hacía inventario de mis noches en vela
de muertes cotidianas
de amor de cansancio de resurrecciones
de libros que amé
de rostros en que veía el tuyo,
de palabras tatuadas en mi pecho.
Volví después a mi templo desconocido
el que destruyo y levanto cada día.

*Monzantg. Maracaibo, 1967. Ensayista. Egresado en Historia y profesor de la Universidad del Zulia, y la Católica Cecilio Acosta.

Del Fondo Editorial de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA) (Maracaibo), Colección «El Aleph».


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Un huésped en casa: Jan Skácel

“Memorias de una traducción” de Teresa Amy

A Jan Skácel (1922-1989) se le ha llamado el príncipe de la poesía checa y también el poeta del silencio. Milan Kundera dijo que parecía como tallado de piedra.

Ya en su libro anterior, “Extenso”, (editorial Calcomanía, 2011), Mary Eliana García Calderón demostró un gran manejo en los diversos lampos producido por una lírica finísima, tejido harto difícil en una (a)puesta de opera prima. Su estilo grácil, aquella vez era férreo en su arte poética. Versos libres y breves, que sorprendían por su acierto complejo, por su aserto comedido, por su acerca de su yo rotundo.



De origen campesino, de familia comunista y comunista él mismo, fue condenado a trabajos forzados por los nazis. Luego de la liberación se convertiría en una de las voces principales de la Primavera de Praga. Acallado por la invasión soviética en 1968, sus versos circularon clandestinamente en forma de samizdat. Ante su tumba, el 15 de noviembre de 1989, Jiří Opelík dijo que Skácel, “sin reproches y sin gestos, cargó con lo que le había tocado en suerte: la cruz de su país”.

En sus “memorias de una traducción”, Teresa Amy alterna explicaciones sobre cómo resolvió la versión de tal o cual poema -entre idiomas tan distintos como el castellano y el checo con sus siete declinaciones-, referencias bibliográficas sobre la teoría de la traducción y apuntes sobre lo vivido en el proceso.

Estos textos sirven para subrayar un concepto fundamental en el trabajo de Amy: traducir, y sobre todo traducir a un poeta, es un trabajo de sutil aproximación, en el que debe establecerse una sintonía anímica entre el traductor y el traducido. En este caso, Amy es una poeta que le ofrece al lector su visión del poeta traducido. Otro poeta -o la misma en diferente momento emotivo- daría un Jan Skácel diferente al que muestran estas páginas.

Algunos poemas de La más larga de las noches de Jan Skácel

`El camino a casa´

Es tan fácil encontrar el camino a casa…

Cerca del arroyo,
donde una pluma flota,
pasar sobre la cerca,
tomar el atajo de la era,
detenerse en el puente,
sobre la rugiente presa
buscar para la espuma la palabra adecuada
arrojarla de nuevo
y andar,
andar,
hacerse un bastón en el camino,
contar las estrellas,
perderse en el bosque,
empujar la oscuridad
como un carro de heno
y oír como el eje que guía
el lamento en sueños de los pájaros.

Es tan fácil encontrar el camino a casa…


´Un segundo en enero´

Frágil como una cortecita, el día está en silencio.
En su interior el sol, blanco todo blanco.
Y aún la nieve es blanca, los árboles, los tejados, la nieve.
Y aún este segundo, es blanco este momento.


`La guerra´

Llueve Mi ropa está empapada
No así mi corazón Cantan los soldados
Y cargan sus armas como básculas
Como las mujeres los pechos magros por el hambre

Con pequeñas puntadas la lluvia cose
El lienzo de la camisa contra el cuerpo desnudo
Las gotas salpican en el lago
Y yo no puedo creer esas palabras

***



Un huésped en casa (memorias de una traducción), de Teresa Amy. Editorial Yaugurú (Montevideo)
Incluye: La más larga de las noches, antología de poesía de Jan Skácel

Disponible en:

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Fernanda García Curten: “La bailarina ya venía puesta en mi escritura”

Adriana Morán Sarmiento, a propósito de La reemplazante

Una zapatilla de ballet con espinas de cactus ilustra la portada de La reemplazante, la primera novela de Fernanda García Curten, mención Casa de las Américas (Cuba, 2009) y publicada en Buenos Aires por la editorial Bajo la luna. Se trata de una historia llena de sensaciones que desnuda la psiquis de Nadia, la segunda bailarina. La que está donde no debe o, por el contrario, la que entra en escena en el momento oportuno para contar esta novela.

Cuando era niña, Fernanda incursionó en el ballet y esa actividad la marcó de por vida, al igual que su visita a México. Estas experiencias las vuelca en su ópera prima. Antes solo había escrito cuentos. Su primer libro «La noche desde afuera» obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes; mientras que «Cuentos condenados» recibió el Primer Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”, en Puebla, México.

Nacida en San Pedro, una pequeña localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires, la narradora supo hacerse su propia voz en la literatura argentina. Con sus conocimientos de psicología, pone en juego los diversos matices de la personalidad.

Con una prosa cargada de percepciones, nos entrega una Nadia compleja y fascinante.

-¿Cómo pasaste de escribir cuentos a esta novela tan bien lograda?
- Desde que comencé a tomar notas para la novela hasta el presente ha pasado tanto tiempo que se desdibuja un poco todo. Creo recordar que los primeros apuntes son simultáneos y hasta anteriores a muchos de mis primeros cuentos. Siempre supe que no se trataba de un cuento y ese proceso, desde las más remotas versiones hasta el libro publicado, me llevó muchos años. No sólo llegar a la forma definitiva del texto sino al sentido de lo que estaba escribiendo que, en verdad, son una misma cosa. Me veía en una tarea de arqueóloga, despejando el ripio hasta cierto dibujo que se revela, filos y salientes de la ciudad enterrada. Nunca se trató de una historia clara desde el vamos, de un argumento predeterminado; nunca me sentí tan a oscuras durante tanto tiempo. Si me preguntaban qué estaba escribiendo me era muy difícil explicarlo. Siempre estuvo el personaje de la bailarina, Nadia, que en los comienzos ni siquiera se llamaba así y entonces era muy joven, hasta que empezó a cumplir años y se volvió una señora de treinta y pico bajo el cielo de Puebla. Pero me quedo pensando en la última palabra de tu pregunta –lograda- y lo cierto es que no creo mucho en esto del logro, es decir, si pienso el término en su acepción de conseguir exactamente lo que uno se proponía hacer, o pretender haber llegado a la forma perfecta. La sensación real es apenas la de haber vencido la imposibilidad. Me quedo entonces con la idea, no de lo alcanzado sino de lo inconcluso. En este sentido, me gusta más pensarla como una novela posible.

-La reemplazante tiene una carga psicológica importante. Por momentos, algunos personajes parecen fantasía de Nadia, ¿de qué manera logras mantener esta carga sin caer en lo abrumador?
-Quizá sumergiendo de a poco al lector en la lógica del relato. Volviendo más familiar esa extrañeza que el personaje siente, como decir, haciendo que entre en la olla cuando el agua aún está tibia. Pero francamente esto lo pienso ahora, no es algo que me haya propuesto, ni siquiera sé si resulta. Pienso que lo abrumador está puesto en el personaje. Es ella, Nadia, la que está abrumada. La historia en sí no importa demasiado, al fin de cuentas pasan muy pocas cosas en su argumento. Si bien hay un afuera en la novela, el lector sólo ve ese afuera a través de la mirada distorsionada de Nadia. El entorno magnético, un México barroco e impredecible, se percibe sólo desde la perspectiva de la reemplazante. De los otros no se sabe más que lo que ella ve o cree ver de ellos. Los otros son siempre los otros. Entiendo que no es un texto ligero, que el lenguaje y el tono exigen un ritmo particular de lectura. Es pura introspección, a pesar de las diferentes escenas, a pesar de los otros personajes. Quizá esto se equilibre con cierta tensión sostenida, cierta latencia de aquello que nunca alcanza una forma acabada y que, paradójicamente, puede funcionar como un hueco o un respiro.

-¿Lo femenino es constante en tu obra literaria?
-Si te referís a una mirada femenina, es posible. Soy mujer y escribo desde ese lugar, pero también desde el lugar de una mujer en particular, un ser humano, es decir, yo misma. Inevitablemente escribo desde allí. Si hablamos de una temática, no lo creo. En literatura podemos encontrar universos más femeninos o masculinos pero no creo en una literatura -que valga la pena, al menos- de temas absolutamente femeninos o absolutamente masculinos, por separado. Como lectora, nunca he tenido problema en identificarme o conmoverme con personajes a secas –masculinos o femeninos- escritos indistintamente por autores o autoras. Si pienso en mundos donde se mueven personajes tan diferentes entre sí como monumentales: Emma Bovary, de Flaubert, el Adriano, de Marguerite Yourcenar, Gregorio Samsa, de Kafka o Madame Francinet y la nena de “Final del juego” de Cortázar, en fin, pienso que sólo hay temas humanos. A partir de allí habrá buena o mala literatura.

-Nadia se construye desde lo que no dice ¿cómo diste forma a ese personaje?
-Una dificultad con los diálogos fue la llave de un pequeño hallazgo. Esto se volvió central para la construcción del personaje y para el tono de la novela. No podía armonizar las voces de los personajes en las escenas. Sentía que el tu de los mexicanos chocaba con el modo de hablar “porteño” de la reemplazante. No sólo me molestaba al oído y a la vista; una cosa es escuchar hablar, la otra, verlo en el papel. Sentí que esto le quitaba unidad a la prosa y que hacía inverosímil la escena. Los personajes mexicanos encontraron su voz sin problema, tanto el tu como el usted y sus construcciones verbales se me hicieron muy naturales, no así las palabras de Nadia. Y creo que esta incomodidad iba más allá del mero uso del tuteo o del voseo; cuando Nadia hablaba, no me la creía como personaje. Entonces le quité la voz. Supe que el narrador en tercera persona podía contar lo que ella había dicho. Así, ella sonaba siempre como en sordina. Su voz y su pensamiento podían manifestarse en una zona más difusa, como detrás de un velo, lo que me permitía jugar con qué había sido verdaderamente dicho o tan solo pensado. Entendí que ella estaba allí como si no estuviera, que no se sentía real, y que esto se debía a que no era la invitada oficial, a que ella iba en reemplazo de otra. En su caso, alguien que no cree ser la elegida ni la protagonista genuina. Al quitarle la voz le di una voz. Encontré el personaje, el tema y hasta el título. Y descubrí algo que ya estaba allí, no lo tuve que inventar.

-La reemplazante tiene escenas que recuerdan a la película Cisne Negro ¿afecta esa relación al libro?
-Un autor no tiene control sobre qué películas o libros o qué contingencias de la realidad remiten a alguno de sus textos. Si afectan, lo hacen, justamente, en la medida en que son parte de la realidad. Estas asociaciones son naturales y las hace cada uno a partir de lo que conoce del mundo. Creo que había muy poco, de ficción, sobre el ambiente del ballet, y el film de Hollywood que mencionás se ubicó masivamente como referente de la vida de la bailarina clásica. Puede ser un poco absurdo y hasta gracioso aclararlo pero para cuando se estrena la película, mi novela ya estaba escrita hacía muchos años e incluso ya había recibido la mención en el Premio Casa de las Américas, a fines de 2008. Claro que mi libro fue publicado recién el año pasado, si no la pregunta de qué recuerda a qué sería a la inversa, popularidad al margen (risas). Conociendo el mundo de la danza desde adentro creo que si se tocan en alguna zona lo hacen en un plano anecdótico, en el contexto de situaciones universales inherentes a ese ámbito o a la vida cotidiana de una bailarina de ballet. En mi caso no elegí una bailarina porque me resultara siquiera original ni por moda u oportunismo, incluso muchas veces pensé si a alguien podría interesarle un personaje así, y eso no me detuvo. La bailarina venía conmigo desde hacía más de veinte años, por no decir que ya venía puesta en mi escritura. Por otra parte, no tengo la exclusividad sobre la profesión. Igualmente no me gustaría que se acercaran a mi novela como a un libro sobre el mundo del ballet o la historia de una bailarina ya que, por otra parte, creo que no lo es. Es un personaje, un asunto humano al fin de cuentas, en su propia lucha existencial.

-¿Cuál es tu relación actual con México?
-Bastante platónica. (risas)

-Coordinas talleres literarios en Buenos Aires y San Pedro, ¿cómo se enseña la literatura?
-Abelardo Castillo –a quien tuve el privilegio de tener como maestro- siempre dice que no se puede enseñar a escribir pero sí a corregir, y esto es mi premisa a la hora del taller, con respecto al acto de escribir, específicamente. Sí creo que, en el mejor de los casos, uno puede ir aprendiendo a corregir y que más allá del maestro o guía que tenga uno la fortuna de encontrar, pasado cierto momento decisivo, ciertas revelaciones, el camino de aprender depende absolutamente del trabajo y compromiso de cada cual. Pero hablábamos de la escritura. De allí a la literatura hay una gran distancia. No creo que pueda enseñarse la literatura, eso que sucede entre un texto escrito y un lector que lo completa. Quizá, lo más verdadero sea enseñar el amor a los libros, que se puede aprender a escribir leyendo; transmitir la palabra de los autores que comparten con nosotros su experiencia y ayudar a que al menos alguien encuentre su lugar de aprendizaje y de trabajo duro. Abrir algunas puertas que nos fueron abiertas a su vez, aunque suene un poco a lugar común, eso. Ya que el camino sólo puede encontrarlo cada uno en soledad.

-¿Has sido alguna vez la reemplazante? ¿Qué se siente?
-Concretamente nunca me tocó ser reemplazante, de todas maneras creo que, en algún sentido, todos hemos estado en ese lugar alguna vez. La condición de reemplazante me interesa por lo ambiguo. Es un borde, una cornisa de riesgo o de resguardo. Ser “el reemplazo” de otro puede significar haber sido designado en segunda instancia, permanecer en un plano secundario o cómodo, no haber tenido las aptitudes para ganarnos el lugar de titular o las agallas para soportarlo. Pero también puede ser un signo de poder potencial, una oportunidad de dar el paso, una corroboración de que somos capaces. Si me preguntás qué se siente, creo que todos sabemos qué se siente. Todos nos hemos sentido inseguros o no del todo capacitados para realizar alguna tarea o desempeñar algún rol. Todos nos hemos sentido desplazados en alguna oportunidad, o en la situación de desplazar. Pagar derecho de piso o tener que quedarnos obligadamente en el banco, como un jugador de fútbol ansioso por entrar a la cancha.

-¿Qué viene después de la primera novela?
-La escritura de una primera novela suele estar tan cargada de raíces, lastre, escombro y confusión, y de tanta cosa absoluta que arrastramos. En muchas ocasiones se trata de temas que necesitamos sacarnos de encima y que, más que elegir, parece que nos eligieran a nosotros. Escribimos, como dice Clarice Lispector, como si se tratara de salvar la vida de alguien, probablemente la propia. Con lo cual, lo que viene, puede ser un vacío inversamente proporcional a lo que significó su escritura. Y esto no tiene por qué ser malo o angustiante. Creo que ese vacío es una oportunidad, un silencio necesario. Y qué viene después. Quizá, con esa especie de suerte mezclada con desgracia, otra primera novela.

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Fernanda García Curten (San Pedro, 1968) Se formó en los talleres de Sylvia Iparraguirre y Abelardo Castillo. Su primer libro de cuentos La noche desde afuera obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes; luego, Cuentos condenados, recibió el Primer Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”, Puebla, México. Integra las antologías Una terraza propia, nuevas narradoras argentinas y Antología del Cuento Latinoamericano (Secretaría de Cultura de Puebla, México, 2001). Publica ensayos y textos críticos en distintos medios gráficos y digitales, tanto en el país como en el extranjero. Su primera novela La reemplazante obtuvo la mención de Casa de las Américas, (Cuba, 2009) y fue publicada por el sello Bajo la luna. Actualmente coordina talleres literarios en Buenos Aires y en el Taller de las Artes de San Pedro.

Su primera novela La reemplazante está disponible en:

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Marguerite Duras: la locura también es la muerte

Adriana Morán Sarmiento

Buenos Aires

“Como escritora, desde hace mucho estoy muerta. Muerta por juicio”. 


Con esta afirmación, Jacqueline Goldberg comienza el libro Una sal donde estoy de pie. Se trata de la construcción de la mujer decidida que anticipa su muerte en secreto. “Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad –dijo María Zambrano-, un efectivo aislamiento que le hace tener sed”. Como la muerte de la mosca en la cocina de Marguerite Duras.

No puedo pensar en la muerte de una mosca, pero debe ser igual a esas noches en las que uno se siente solo de verdad. Uno se desprende, vuela por la habitación, se vuelve a parar en el mismo pensamiento una y otra vez y nuevamente intenta volar. Al final ese vacío termina asfixiando, y no queda otra que rendirse. En algunos momentos, es mejor caer. Si alguien estuviera observando cómo me desvanezco y termino por cerrar mis alas, me sentiría invadida totalmente. Como si alguien mirara por una ventana, o por un hoyo en la pared. Peor, como si alguien me mirara desde arriba como Duras observaba a la mosca, con toda la ventaja que implica mirar desde arriba. “Mi presencia hacía más atroz esa muerte”. Insiste en comparar ese letargo con la vida.

Cuando Marguerite Duras narra en nueve páginas de Escribir la muerte de una mosca en la pared de su casa, no queda más que pensar en la soledad. No queda más que reírse de ese estado devastador que hace que una persona se siente a contemplar cómo muere una mosca grande, negra y azul. “En esa clase de derrape (…) en el que corremos el riesgo de incurrir”, se justifica.

Quizás, nadie en su sano juicio se deleite viendo morir una mosca, o escribir luego sobre ello, peor aún, tomar ese pasaje de un libro y con ello querer enfatizar la relación entre la escritura, la muerte y la soledad. “Esa muerte de la mosca, se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca”.

Para Marguerite Duras fue importante: “La precisión de la hora de la muerte remite a la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con la fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, la de la sociedad universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria al elefante. Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos”. Quizás estaba loca, quizás. Pero la locura es necesaria para enfrentar los fantasmas. La muerte y la soledad son dos fantasmas. La locura es entonces la vía de escape. La locura fingida, la momentánea, la de una noche, la de un instante viendo una mosca morir.

Una frase de Frida Kahlo dice: “yo quisiera poder hacer lo que me da la gana detrás de la cortina de la locura”. Se refiere al acto de crear, de lo que se puede fraguar en ese estado en el que se permite jugar con todos los sentidos, en el que nadie se atreve a entrar. Duras dijo que la soledad siempre está acompañada por la locura. “Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente”.


Para finalizar esta insistencia –impertinencia, quizás- me remito a la carta que escribe el personaje de Virginia Woolf en The Hours cuando antes de morir, en usa escena delicada en la que se sumerge al río y se deja llevar por la corriente, declara por última vez su locura a su marido: “Querido: tengo la certeza de que estoy enloqueciendo nuevamente. Creo que no podría pasar por otro momento tan terrible y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces. No puedo concentrarme. Entonces hago lo que parece ser mejor”.

Los fantasmas no la dejan vivir tranquila, así que agradece el amor que ya no puede corresponder: “Me has dado la mayor alegría posible. Has sido en todo sentido, todo lo que uno puede ser (…) Lo que quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti. Has sido muy paciente conmigo e irremediablemente bueno. Todo se ha ido de mí. Excepto la certeza de tu bondad” (…)

“La locura también es la muerte”, dijo Duras.

Marguerite Duras. 1914-2014
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