Letras

Esas nubes

Matías Aldaz

—Está bien, te acompaño —me dijo finalmente Cintia.
Había costado convencerla, pero después de un rato sacó ropa de la valija que estaba encima de la cama y se cambió. Se puso un vestido viejo y arrugado. La miré sin decirle nada y salimos hacia la casa de mamá. Cuando llegamos nos estaba esperando en la puerta. Tenía la mañanita roja que siempre usaba y al pelo lo arremolinaba un fuerte viento. Apenas me acerqué me abrazó con fuerza, a Cintia también la abrazó. Entramos. La mesa estaba puesta en el living. Eso me extrañó, mamá nunca la preparaba en ese lugar, sólo lo hacía para la cena de Navidad y la de Año nuevo. Tal vez en algún que otro cumpleaños importante, pero nada más. Se paró al costado de la mesa y nos señaló en qué lugar debíamos sentarnos. Me miró con una sonrisa, se dio media vuelta y se fue rápido a la cocina a ver cómo marchaba la comida.

—La hubieses saludado un poco mejor a mamá, hace como un mes que no la vemos —le dije a Cintia al oído.
—Pero si ni me miró —me contestó con un fuerte susurro.
Cuando mamá volvió se sentó en el lugar que había dispuesto para ella: frente a mí.
—En diez minutos comemos. ¿Quieren tomar algo mientas tanto? ¿Un vino?
Le dijimos que sí al unísono, pero mi voz tapó la de Cintia. Mamá se paró y fue a buscar el vino que tenía guardado para cuando yo fuese. “Lo tengo escondido hace como un mes”, dijo. Lo trajo y me lo alcanzó para que lo abriera. Lo abrí y serví. Primero a mamá, después a Cintia. Mamá levantó la copa y propuso un brindis. Con Cintia también las levantamos, pero sin decir una sola palabra.
—Por ustedes, para que venga pronto el nieto —cuando dijo nieto, la voz se le puso rara.
—Mamá, siempre brindás por lo mismo —le dije con tono de reproche.
—Y sí, con ustedes siempre voy a brindar por lo mismo, porque si lo tengo que esperar de tu hermano y su novia...

Chocamos las copas y mamá volvió a la cocina.
—¡Está lista! —gritó.
La miré a Cintia y le dije que la ayudara a servir. Me dijo que no con una seña silenciosa. Me paré y fui yo. Cuando llegué mamá me preguntó en voz baja:
—¿Qué le pasa a Cintia? —y apuntó con el mentón hacia el living— La veo como desganada, un poco triste también.
—No, te habrá parecido nomás… ¿Este plato para quién es? —le dije tomando el único que tenía cuatro zapallitos rellenos.
—Ese es para vos.
Llegamos a la mesa con la comida. Cintia, sosteniéndose la cabeza con la palma de la mano, sonrió de manera simpática.
—Mamá hizo zapallitos rellenos —le dije mostrándole los dos platos que traía.

Cintia sabía que mamá había hecho esa comida, la hacía siempre que íbamos a cenar. Pero igualmente se hizo la sorprendida, como no recordando los zapallitos anteriores. Nos sentamos a la mesa y comenzamos a comer en silencio. Sólo se oía el ruido de los tenedores y cuchillos chocando con los platos. Cintia comía lento, como sin hambre.
—Y, ¿Cómo están? —dijo mamá, mirando los zapallitos.
—¡Están muy ricos! —dijo Cintia con una sonrisa forzada.
Yo asentí con una seña y sin hablar (tenía la boca llena). Mamá nos agradeció y enseguida comenzó a hablar de mi hermano. De mi hermano y su novia:
—Esa chica no es para él.

Cuando dijo eso la miré de inmediato, y con la boca todavía llena, le dije:
—¿Por qué decís eso?
—Si a vos tampoco te gusta.
Seguí comiendo los zapallitos sin contestarle. Cintia ya había dejado de comer y miraba el inmenso cuadro que estaba detrás de mamá: un campo lleno de girasoles con un cielo nublado, de nubes negras que se preparaban para desatar una tormenta. Creo que Cintia sólo miraba esas nubes.

Mamá siempre hablaba de mi hermano. De mi hermano y su novia; de mi hermano y su trabajo; de mi hermano y sus problemas, y de cada uno de sus problemas. Era siempre así. Las charlas terminaban siendo como un embudo, donde todo desembocaba invariablemente en un único tema de conversación: mi hermano. Y esta vez no había sido la excepción.
—Hasta creo que ella anda con otro. Porque la veo cuando viene a cenar, me doy cuenta… creo que ni siquiera lo mira, está como distraída, como pensando en otra cosa.
—Pero bueno, quizá tienen algunos problemas —interrumpió Cintia a mamá, pero mirándome a mí.

Yo me sorprendí de que Cintia interviniera en esa conversación, en ese tema de conversación. No dije nada, seguí comiendo los zapallitos que me quedaban en el plato sin siquiera levantar la vista.
—Noooo, yo conozco ese tipo de mujeres —dijo mamá— Mirá, te cuento algo que pasó la semana pasada: él le compró un perfume importado carísimo, y justo eligió dárselo delante mío. Cuando ella lo abrió y vio que no era el que quería, lo tiró arriba de la mesa diciendo que no le gustaba y que cómo le había regalado ese perfume, que él sabía muy bien que ella quería otro. Y todo eso lo hizo delante mío, ¿entendés? —la miraba sólo a Cintia— ¡Está loca esa chica!

Cuando escuché eso no pude evitar pensar en mi hermano y en su cara redonda de ojos pequeños, con ese grano eterno en el frente. Me lo imaginaba con el perfume en la mano, envuelto en papel de regalo, seguro de color amarillo (es su color preferido), y con un moñito rojo y largo. Entregándoselo a ella. Tampoco pude evitar pensar en la cara de mamá, forzando una risa cómplice, que de súbito se desdibuja. Una cara que se pone colorada, un poco por vergüenza y otro poco por la rabia.
—¿Y él qué hizo? —le pregunté con la vista clavada en el plato.
—Y qué va a hacer, pobrecito, me lo regaló a mí, ahí nomás, delante de ella. Y cuando me lo dio... ¡ah!, le dije en voz alta, casi gritando, para que ella me escuchara, que era uno de los perfumes que a mí más me gustaba. Y ustedes saben muy bien que yo no uso perfume.
—¿Y ella que hizo? —le preguntó Cintia a mamá.
—Y qué va hacer esa. Se hizo la desentendida, fingiendo que no me escuchaba. Pero sí que lo hacía.
—¿Y al final, se quedaron a cenar? —le preguntó de nuevo Cintia.
—No, además eso. Se lo llevó al ratito.

Cintia estaba muy interesada en lo que decía mamá sobre la novia de mi hermano. Creo que en algún punto la defendía. Y defenderla era estar en contra de mamá, pero parecía que eso a Cintia no le importaba.
—No veo la hora que se peleen, mirá. No la quiero ver más a esa por acá.
—Pero si él la quiere... —dijo Cintia, como desafiando a mamá.
—No, chiquita, yo estoy segura que él no la quiere. Está con ella por comodidad. Además él es...

Mamá se calló, como arrepintiéndose de lo que iba a decir. Yo la miré de reojo como para que no siguiera hablando, para que no retomara con lo que había interrumpido. Cintia se hizo la desentendida, comenzó a jugar con los restos de comida que estaban en su plato. La miré para ver su cara y vi que separaba un zapallito del relleno con el cuchillo.
—Pero la va a dejar. Yo sé que algún día de estos él la va a dejar. —dijo mamá siguiendo la conversación.

Cintia levantó la vista y la miró de manera nerviosa, como sin entender la seguridad con que hablaba mamá.
—Sí, sí, yo creo que él algún día se va a dar cuenta de quién es ella —prosiguió mamá.
Yo corrí el plato hacia delante para hacerle lugar a los codos. No dije nada. Sabía que mi hermano era incapaz de darse cuenta por sí solo de quién tenía al lado suyo.

Los tres ya habíamos terminado de comer. Cintia había dejado dos de los tres zapallitos que le había servido. Mamá se dio cuenta.
—Pero por suerte ustedes andan bien, se les nota en la cara.

Cintia me miró de inmediato, y dijo sin sacarme la vista de encima:
—Sí, por suerte sí. Andamos muy bien.
—Ay, qué bueno, me alegro mucho. Yo siempre le decía a tu padre… —hizo una pausa y miró el techo con la voz entrecortada— ¡Viste, papi, hacen una pareja hermosa!
La miré a Cintia y le dije en voz baja:
—¿Vamos?
A pesar de lo bajo que hablé, mamá logró oírnos.
—¿Ya se van a ir? Miren que tengo postre. Compré duraznos en almíbar, como a vos te gustan —y me señaló con la mirada.
—Está bien, nos quedamos, además a mí también me gustan los duraznos en almíbar —dijo Cintia con una voz extraña, adelantándose a mi decisión.

Era raro, porque a Cintia no le gustaba el durazno, ni al natural ni en almíbar. Y yo lo sabía. Mamá los sirvió y siguió con el tema de mi hermano.
—Vos tenés que hablarle —me dijo.
—¿De qué?
—Si sabés. A vos te hace caso, sos el hermano mayor.
—Sí, pero yo no voy a decirle nada, si se tiene que dar cuenta de algo, que lo haga solo.

Aunque le hablaba a mamá, pude ver como Cintia movía rápido la cabeza hacia los costados, hasta que de repente, mirándome con ojos furiosos, me dijo:
—Siempre te lavás las manos, no hay caso, siempre. Es increíble, no te jugás por nada, ni por nadie.
Me quedé en silencio.

Terminamos el postre. Mamá ya no podía hacer nada para retenernos. Se resignó y nos acompañó a la puerta. Nos despidió con un beso a cada uno. A mí me acarició la cara. Salimos abrazados con Cintia. Recorrimos diez metros y sin planearlo nos soltamos al mismo tiempo. Mamá ya había entrado. También sin planearlo decidimos ir caminando: eran sólo diez cuadras. No nos hablamos ni una sola palabra. “Está feo el tiempo”, creo que fue lo único que le dije. Ella ni siquiera me miró.

Caminamos. Cuando llegamos a la esquina de casa yo comencé a doblar, pero Cintia caminó hacia la calle. Paró un taxi. La miré extrañado. Ella se acercó con un paso rápido hacia donde yo estaba, y me dijo:
—Mañana a la tarde la paso a buscar.

Sin mirarme me dio un beso, y se subió al taxi. Cerró con un portazo que retumbó en toda la cuadra. Habló con el chofer inclinándose hacia delante y el taxi salió a toda velocidad. Inmóvil observé mientras su cabeza de cabellos rubios se alejaba. El taxi desapareció en el medio de la oscuridad. Me quedé parado durante unos segundos sin saber qué hacer. Adónde iría Cintia a esa hora: ¿a la casa de la madre? Seguramente se va para allá. Sabía que en ese lugar iba a estar bien. Me di vuelta y seguí caminando. Pensé en mi hermano: ¿cuánto más duraría la relación de mi hermano con su novia? Cuando entré a la casa prendí la luz y fui directo al contestador, la lucecita roja titilaba. Toqué el botón más grande: “usted tiene un mensaje nuevo, pip… ”, escuché. “Hola…” Era la voz de mi hermano. Pero dijo eso y enseguida dejó de hablar, sólo se escuchaba una respiración entrecortada. Después de un par de segundos, siguió: “te llamaba para decirte que…”. Y entonces sí, no habló más. Se siguió escuchando esa respiración jadeante a lo lejos durante unos segundos hasta que se cortó. Miré el teléfono pensando en llamarlo, pero ya era bastante tarde. Desconecté el teléfono y caminé hasta la habitación. Cuando entré vi la valija en el medio de la cama, esperando que se la llevasen a otro lado, esperando conocer un lugar nuevo. La corrí hacia un costado y sin desvestirme me acosté.



***


Matías Aldaz nació en Federación en 1976. Es abogado, músico y escritor. Publicó los libros de cuentos Esas nubes (Simurg, 2009), D’accord (Escrituras Indie, 2013) y La lluvia cae en todas partes (Mulita, 2015) además de poemas y relatos en varias revistas. Forma parta de la banda musical Hasta los pájaros y escribe y administra el blog Pisapapeles.
Esas nubes es el primer cuento de su primer libro.

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El hambre

Agustín María

Cada bocanada de aire es un arrebato, una carrera por su vida. No intenta disimular su corrida, en un pueblo tan chico sabe que no tiene sentido. La tenue luz del crepúsculo no colabora con su escape desesperado. Por la mínima distracción de querer mirar atrás, trastabilla con los yuyos que se enredan en sus botas gastadas. Tropieza, no logra conservar el equilibrio, y termina aterrizando entre malezas y arbustos. Siente los raspones y el ardor. Una pequeña planta raja su bombacha de campo y se le clava en la pantorrilla. Una milésima después de que su vista reconoce la herida, llega el terrible dolor. Una puntada filosa en la pierna le indica que el corte es profundo.

Se reincorpora sin preocuparse por los raspones, ni por las espinas en las manos. No se sacude los pastos, ni tampoco intenta arrancar la inocente rama que sobresale de su pierna. Renguea, cojea, intenta correr, y, a fuerza de lágrimas, se mueve lo más rápido que puede. Ya no respira; jadea y gime entre sollozos y espasmos de dolor. Sabe que no tiene tiempo, que no puede detenerse, que unos segundos pueden costarle la vida.

La vida no siempre fue así, hubo un tiempo no tan distante en el que todo era distinto. Incluso en el mismísimo Departamento General Roca de la provincia de Córdoba pocos han oído de Ranqueles, un pequeño pueblito orillado en la frontera con La Pampa. A diferencia de los opulentos pueblos vecinos, nunca, en sus casi cincuenta años de historia, tuvo una estación del ferrocarril. Sin embargo, ese detalle no impidió que sus honrosos diecinueve habitantes se hicieran su propia estación clandestina. No había, en esos días, mucho para comer o para hacer. Lo que sí había se compartía entre todos, la comida, el abrigo, el trabajo e incluso el contrabando que traían los cada vez más esporádicos trenes. No puede sino dejar escapar una lágrima, por lo difusos que le resultan esos tiempos, por el dolor de su pierna, por el reproche de su fracaso.

La nostalgia se desvanece en cuanto cruza el umbral y cierra la pesada puerta de madera. Desbordado por la urgencia, busca la tranca de quebracho. La pierde de vista, la desesperación hace que le sea imposible encontrarla. De pronto, como si ella se asomara tímidamente, la divisa en un costado. Se estira sin dejar de apoyar su cuerpo contra la puerta y finalmente, sintiendo el tirón en los músculos del brazo, la alcanza. La coloca trabando el paso del umbral y, sin atenuante alguno, se desploma. Su cuerpo le pasa factura del esfuerzo y llegan a él todos los dolores postergados. La puntada en la pierna, el ardor insoportable en el codo y los alfileres filosos penetrando sus manos.

Otra lágrima se filtra, inocente, por su mejilla. Recuerda, sumido en su dolor, cuando el tren no fue ni vino nunca más. Cuando la vía muerta, inmóvil e inservible, de durmientes de madera y oxidados rieles de acero, decidió el destino del pueblo. Quiere evitar pensar en ella, pero no puede escapar a su recuerdo. Su piel trigueña, su pelo oscuro y grueso, su ausencia absoluta.

Un ruido en la habitación lo arrebata de sus penas y lo lleva a ponerse de vuelta de pie de un salto. Larga un gemido por el dolor y, antes de que pueda armarse con lo primero que aparezca, asoma su hijo con un huesito entre sus manos.

No contiene sus lágrimas, ni tampoco responde a su inocente “¿Qué te pasa, papi?”. No puede decirle que falló, que esta noche no habrá comida. Miente y le dice “Está todo bien m’hijo”. Simula caminar sin problemas hasta que se derrumba en el piso. Se arrastra el metro que resta hasta la mesa del comedor. Se estira y agarra el facón que está sobre la mesa. Vacilante, hace un corte en su bombacha a la altura de la herida. De pronto, cambia su semblante. Toda su humanidad desaparece ante la mirada de su hijito, que todavía monda su huesito sin entender del todo lo que está pasando.

Desaparecen de su mente los gestos cordiales entre vecinos, y llegan los recuerdos de las peleas por la comida, por el trabajo, por los animales. Clava la punta de la hoja de acero, y revuelve el músculo. “Hice lo que tuve que hacer, hice lo que te prometí” se dice a sí mismo mientras intenta desenmarañar la ramita incrustada en su pierna. La sangre brota por la herida. Aprieta los dientes y con una última puntada logra desprender la rama de la carne. Suelta un gemido de alivio y se desparrama nuevamente en el piso. Respira hondo varias veces, tratando de pasar el dolor, mientras su hijo busca ayudarlo a incorporarse. La acaricia el pelo oscuro, roñoso, y el mocoso le contesta con una sonrisa, dibujada con sus ojitos infantiles y sus dientitos filosos.

Un padre está preparado para muchas cosas, pero nunca para ver morir de hambre a su hijo. Hizo lo que tenía que hacer, y cuando no había más comida, tuvo que encontrarla, donde fuera. Primero fue con Doña Elsa, la vieja tenía poca carne y más bien tirando a dura. Cuando siguió con el Simón, el pueblo empezó a sospechar. Esta noche Rubén se le escapó, y ahora, los pocos que quedan van venir a buscarlo.

Cualquiera dirá que es fácil, pero no es lo mismo trozar a una persona que a un pollo. No es fácil sacarles la piel, ni tampoco darle a la coyuntura, ni mucho menos desangrarlos bien para que no se arruine la carne. Pero el esfuerzo valió la pena. Comieron bien durante estos últimos días. En la antigua heladera hay suficiente para que el mocoso coma a la noche. La carne ya está vieja y al borde de echarse a perder. Pero, se dice a sí mismo, tiene que alcanzar nada más para que él se recupere y pueda salir a buscar al resto. “Lo hice por nosotros, m’hijito” le dice a su nene, que no termina de entender las palabras de su papá.

No hay tiempo para explicaciones, porque suena un golpe en la puerta. Asoma por debajo del umbral una luz tenue que crepita. Se pone de pie y cubre a su hijo con su cuerpo como si estuviera frente a un depredador amenazante. Se empiezan a oír gritos, y un instante después, llueven golpes en el portón. Su instinto lo lleva a apoyar la espalda contra la tranca de quebracho que cierra el paso. Su hijo no entiende lo que pasa y chilla que tiene hambre. Grita y el nene se calla. En silencio, y con el huesito entre las manos, se acerca a la mesa.

Vuelve su vista hacia el marco del umbral. “La cosa no tenía que terminar así” se reprocha, mientras soporta los golpes a través de la madera. Escucha los gritos que se ahogan entre los porrazos. “Asesino”, “marrano”,” ’joe puta”. Su expresión se vuelve vacía. Una macabra sonrisa se dibuja en su cara. Ya no es el padre cariñoso, sino el enfermito que come gente. Un muerto, dos muertos, tres, no hacen diferencia. La que los mató a todos fue la vía. Cuando funcionaba porque los hizo dependientes; y cuando dejó de funcionar, porque los convirtió en salvajes.

“Papi, tengo hambre”. El tono infantil e inocente, que no hace caso a lo que pasa, lo devuelve dentro de la casa más rápido que cualquier golpe. Su mirada cambia en un instante. Apenas si puede ver dentro de la casa pero igualmente se esfuerza. “¡No tenga miedo m’hijo!”, responde a viva voz. Y luego le da indicaciones para que busque lo último que queda de Simón y entretenga el estómago.

“Entreganos a la criatura, y te juramo’ que no le vamos a hacer nada”. No se esperaba la respuesta de los de afuera. Nunca pensó que lo iban a agarrar. Lo único que ocupó su cabeza después de su muerte, fue mantener su promesa. Darle de comer a su hijito, no morir de hambre como ella. No tiene tiempo de pensarlo mucho. La arremetida de golpes hace ceder el marco de madera. La tranca de quebracho ya está chueca. Sabe que no falta mucho. Trata de pensar qué hacer, pero su mente se queda aturdida con el solo recuerdo de ella y su promesa.

De pronto, siente la mano tibia de su hijo en la pantorrilla. Esa sensación cálida lo despabila. Mira a su hijo a los ojos. No encuentra esa mirada inocente, ni esos ojitos infantiles. El nene se lleva la mano a la boca y se chupa con regocijo el dedo. “Tengo ganas de algo rico y fresco” le dice mostrándole sus colmillos afilados.


***


"El hambre" está incluido en la antología de cuentos de terror Vía Muerte, publicada por la editorial Pelos de punta.
http://lavacamariposalibros.com/tag/pelos-de-punta/

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Yo también «Nací en verano»

Adriana Morán Sarmiento

Yo también nací en verano. En un verano eterno, en el Caribe todos los días son verano.

También tengo recuerdos como postales, pequeñas historias que vienen a mi mente como cortos cinematográficos en película súper 8 desgastada y sepia. Un familiar ausente físicamente pero que aún llena cada espacio de la memoria, una hermana que es mi “media naranja”, una calle, una ciudad, un ida y vuelta de eso que una vez fue mi vida. Un mar.

Yo también me fui y volví cada noche en mis sueños. También escribo sobre esos personajes y esas historias, que ya de tan viejas, no sé si son verdaderas o producto de la imaginación que suplanta al recuerdo. Pero no escribo poesía, y eso, más que alejarme, es lo que me acerca a estos pequeños relatos poéticos de Natalia Romero. En “Nací en verano”, su libro publicado por la editorial Ojo de Mármol, Natalia teje relatos que van formando un cosmos muy personal en el que yo encontré mis propias memorias.

“La abuela el otro día dijo
mientras mi hermana y yo
la mirábamos abrir los ojos
como si estuviera viendo
una virgen llorar,
que los actos escolares
le llenaban el alma.
El pecho de mi abuela se abre
ella tuvo el alma llena como un globo.”

Mi abuela siempre estuvo en mis actos escolares. Recuerdo uno es especial: una celebración del Día de las madres cuando fui solista del coro. Mi abuela me miraba orgullosa, y preocupada porque mi postura de pies no dañara mis zapatos nuevos. Era costurera. Algunas tardes hacía unos postres deliciosos para acompañar el trabajo de la máquina. Yo la ayudaba y a cambio comía cantidades exageradas de dulce de hicaco con manjar blanco, el mismo que cocino ahora para acompañar mis propios postres.

Leche, maicena, azúcar, canela y clavos de olor se cocinan para lograr ese “manjar” que es típico de mi ciudad y que sirve de base para los dulces de frutas: piña, papaya, melocotón. El olor de los clavitos es el que más me recuerda a las manos de mi abuela.

“Me quedo mirando tus ojos
a ver si encuentro ese resplandor
lunar, tuyo.
La noche
anticipa el otoño
y ya no nos importa
si aún es verano.”

Ahora vuelvo a encontrarla en estos poemas de esta joven poeta. Dice Osvaldo Bossi en la contratapa del libro que, en Natalia Romero, la realidad es lirismo puro. “Lirismo en estado de incandescencia.” Incandescencia que trae la nostalgia y la alegría, eso que los brasileros llaman saudade y que no puede definirse muy bien, solo se siente.


Caminata

Los nísperos
sobre los cercos del camino
marcaban el buen augurio
de las casas
en los corrales.
Sobre el tramado horizontal
a lo largo del campo
casi vacío
crecen estos frutos naranjas
que parecen guirnaldas de luz.
Los brotes están en flor.
Nuestros pies arrastran
el polvo que se desprende
de la tierra seca.
Seguimos la línea
que raja el cielo despejado
tan celeste.
El sol estalla en el suelo.
Es el primer día de verano
y esa es nuestra única certeza.




* Natalia Romero estudió dramaturgia y teatro con Matías Feldman. Hoy asiste al taller de poesía de Osvaldo Bossi y forma parte del grupo que organiza el ciclo de lecturas El Rayo Verde. Junto a Maximiliano Cosentino lleva adelante el ciclo de lectura y diálogo con escritores Necesito oler limón. Dicta talleres de escritura y poesía y coordina un taller especial de escritura creativa junto a Verónica Yattah. Sus poemas fueron publicados en plaquetas, antologías, revistas y blogs. Publicó los libros Elijo (2011), y Nací en verano (2015). Algunos de sus poemas pueden leerse en www.todaslascostas.blogspot.com.

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El periódico

Cuento de Yukio Mishima

El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido con su marido en un club nocturno y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente».

Sentado allí, con su traje de estilo norteamericano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

-Es un cuento increíble -decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta-, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... -hizo chasquear los dedos-. «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse!
-¿Y salió el gato encerrado? -preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.
-¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!
-No me cabe la menor duda -apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso, y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.
Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado, temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en periódicos y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.
«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón...»

Se retiraron del club nocturno y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.
-Lleve a esta señora a Ushigomé -ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de lana no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios periódicos serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.
Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se haya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje...»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo...»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre».
No cabía duda de que aquellos sombríos pensamientos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.
El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar.

«Periódicos...», recordó Toshiko, y su mente retornó al hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.
«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto... El secreto de una vida...»

Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores.

Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en periódicos, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color caqui y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de periódicos crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.

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Cinco preguntas y un final: Ariana Harwicz

1-¿La literatura puede ser bella y destructiva a la vez?
-Tiene que serlo. Destruirlo todo bellamente.



2-¿El paisaje define tu escritura?
- Nunca pensé que sería así, pero sí, mirar por la ventana en medio de la noche y ver algo que se mueve, y no saber si es un perro, un lobo, una gallina o un hombre, (o una sombra, o mi imaginación) es vivir ya en un paisaje ideal para escribir. En un paisaje que ya es escritura. Lo que define mi escritura en un estado mental, propiciado por el paisaje.



3-¿Cuál es tu asignatura pendiente?
- Ser un hombre. En todo sentido.



4-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
- Los libros escritos desde la cárcel. Los libros de los condenados a muerte. En especial Consolatio Philosophiae, Boecio atormentado por la pregunta; ¿por qué los malvados logran recompensa y los justos, no?



5-¿Existe el paraíso?
- Sí, claro, en una habitación de hotel parisina, la número 321, la ventana da a los tejados, y los templos góticos.



UN FINAL…
El final de El sacrificio (1986) de Andrei Tarkovski.

El Sacrificio(Click en la foto)

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***


Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Estudió guión cinematográfico en el ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), dramaturgia en el EAD (Escuela de Arte Dramático) y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y un máster en Literatura comparada en La Sorbona.
Su primera novela, Matate, amor (Lengua de Trapo, 2012) fue traducida al hebreo, y fue también adaptada al teatro. Además es autora del libro escrito en colaboración, Tan intertextual que te desmayás (Contrabando, 2013). En Argentina publicó por Mardulce Editora: La débil mental (2014) y Precoz (2015)
Actualmente reside en Francia, en un pequeño poblado a 120 km de París.

Foto: Hugo Passarello Luna / Gonzoo

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Del miedo y otros demonios

(Brevísimo zapping por ciertos autores)

Norberto José Olivar

Hobbes escribió una frase que suena hoy a letanía: «el día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo». De modo que uno piensa que el miedo es natural. Y lo es. Acaso nuestro más afinado dispositivo de sobrevivencia. Por eso Spinoza señalaba lo peligroso de que el pueblo «no tenga miedo». Estaba convencido de lo contradictorio de este sentimiento. Una claridad que bien se ha explotado, por ejemplo, en el aspecto religioso que, por un lado ofrece protección contra él, contra el miedo, y al mismo tiempo lo utiliza «sin tregua y sin decoro», como indica José Antonio Marina en su Anatomía del miedo, donde además asegura que «no hay especie más miedosa que la humana», pues la inteligencia libera y paraliza, haciendo del miedo una emoción individual pero contagiosa «o sea, social».

Añade que Spinoza considera que el miedo y su opuesto, la esperanza, son las dos grandes pasiones que hacen comprensibles los problemas éticos y políticos. Pero enseguida nos pone frente a Goethe, que deja bien claro que el miedo y la esperanza son, a la vez, los mayores enemigos del hombre. No obstante, Spinoza y Goethe aspiran a la serenidad a toda costa, concluye Marina dejándonos inmovilizados ante esta aparente contradicción. Y si algo da miedo, precisamente, es la contradicción. El maniqueísmo es nuestro amparo y sosiego más absoluto.

Ahora, el miedo en la literatura no se intenta a través de la elaboración de crónicas de hechos ocultos o simplemente espeluznantes, más bien es la búsqueda de una dimensión espectral donde todas las explicaciones se hacen dudosas e insuficientes para iniciar, allí mismo, precisamente, la aproximación a una nueva valoración de nuestra identidad o una nueva mirada a nuestra naturaleza, pero que ya no es satisfactoria y que, de alguna manera, nos empequeñece y nos domina.

Esta dimensión espectral es una ventana para la contemplación de aquello que parecía inmutable, sólido, pero que ahora se nos presenta extraño y difícilmente comprensible. Y lo extraño solo se produce con el miedo, escribe Sandoval y le creo.

Ahora voy con Gustavo Valle, que habla del miedo, en específico de los monstruos, que son el camino más expedito al miedo. Dice, entre otras monstruosidades, que Godzilla fue un bicho terapéutico que ayudó a los japoneses a la superación de la experiencia de Hiroshima y Nagasaki. Menciona, por algún lado, al doctor Jekyll y míster Hyde, sin duda, uno de los grandes paradigmas literarios en esta materia, que deja bien en claro que nada es definitivo cuando de humanos se trata. Pero dice que suele imaginar a un monstruo abominable que pueda representar el «deterioro y fractura social» que vivimos en Venezuela. Un monstruo criollo. En nuestra literatura hay pocos monstruos, puede que se los hayamos dejado casi todos a nuestros historiadores y politólogos.

Puede que ese monstruo que andamos buscando para llegar hasta nuestro miedo originario y patriótico sea una versión autóctona de Frankenstein que, entendido generalmente como una advertencia sobre la vanagloria del hombre científico, lo miremos más bien como el miedo que nos produce la sensación de abandono ante la creación y, paradójicamente, para que esa mirada esté condicionada a un nuevo nacimiento y la indiferencia ceda ante nuestro asombro y maravilla frente a los detalles que se nos hacen invisibles cotidianamente. La indiferencia ciudadana, por ejemplo.

De lo que llevo dicho, me queda la idea de «deterioro y fractura social» que leo, simplemente, como decadencia. Y lo decadente tiene mucho de siniestro. Aquí aprovecho esta sentencia, en nada absoluta, para una primera «auto-cuña» de mis textos publicados, de los inéditos y de los que ni siquiera he pensado todavía: siempre me ha interesado la visualización de la decadencia moral y cultural de mi ciudad, de Maracaibo, que aunque distinta va siendo igual a la de Caracas, Mérida, o París, a todas, sin salvedades, una decadencia que a veces no vemos por una especie de «condición vampírica» que causa un efecto de invisibilidad frente a los espejos que la literatura facilita con tanta frecuencia. Decadencia que me lleva al desmontaje de una identidad falsificada y bufona de intereses de todo tipo.

En fin, sigo con Jesús Palacios, del ABC, que me ha dejado encantado con su opinión de que existe una especie de promoción de «Niños Malos» que, desde la academia, han invadido la literatura, sobre todo en los géneros de lo extraño, lanzados sin complejos a las cuestiones fundamentales del pensamiento especulativo, donde la ficción gótica, la fantástica y no menos la ciencia ficción son auténticamente privilegiadas. Y aquí no se salva nadie, desde Shelley, Poe, Lovecraft hasta Schopenhauer y Comte conviven y facilitan un nuevo y renovado viaje a través de la filosofía en general —realismo especulativo, nuevo nihilismo o materialismo especulativo, el nombre, la taxonomía es lo de menos— que nos ayuda a que logremos nuevos esbozos sobre las preguntas, las dudas y las miserias de siempre. Y volvemos así a las discusiones de antaño: que si el mundo es incomprensible a la inteligencia humana, o si esa deseada accesibilidad solo se concreta a través del «método científico». Lo único seguro es la imposibilidad de una sentencia definitiva, de la aparición de alguien que tenga la última palabra, lo hemos visto desde que el hombre es hombre y hasta ahora nada ni nadie lo desmiente. Mientras tanto sea así, necesitamos de la vitalidad de ese sentido de la especulación. El desagravio de la especulación es lo único que nos salva de los autoritarismos de quienes se creen poseedores de la verdad y hablan y gestionan en su nombre.

El origen del miedo, o de los miedos, puede ser explicado, según Ligotti, desde una óptica materialista, donde se muestra al hombre como un autómata «que se crea a sí mismo ilusiones de libre albedrío, nutriéndose de fantasías consolatorias que se desmoronan al mínimo esfuerzo intelectual coherente». Me hago aquí otra «auto-cuña» pues esta ha sido, en buena medida, una de mis motivaciones en las novelas y cuentos que he intentado en los últimos años, aunque no sabía yo que estuviera adscrito, o simpatizara, siquiera, a una tendencia «materialista» de la ficción.

Escribe además, Ligotti, Thomas Ligotti, que estamos abocados a un destino idiota, sin sentido, del que solo los buenos humores y los miedos pueden aliviarnos de su peso. A esto añade Palacios, o concluye, más bien, que «tradicionalmente la ficción» de lo extraño, de lo sobrenatural, de lo gótico, «ha sido despreciada por el mundo académico, pero lo innegable es que, desde siempre, en todas sus variantes, que incluyen también a la ciencia ficción y a la fantasía, ha existido un núcleo de preocupaciones, ideas y conceptos filosóficos profundamente identificados con las cuestiones del día y, a menudo, adelantados a su tiempo en muchos aspectos».

No solo de monstruos va la cosa del espanto, pienso ahora en Sumisión, de Michel Houellebecq, catalogada como ciencia ficción, pero que puede llevar al pánico a los lectores más sensibles o menos desprevenidos, de este lado del mundo. Y no se trata de un miedo provocado por una obtusa mirada de fobia al Islam, sino de un miedo sustentado en una «concepción del mundo» que amenaza a la nuestra. Insisto, no es fobia, pudiera igual el mundo islámico imaginarse víctima del mismo miedo ante la amenaza del cristianismo o el judaísmo o cualquiera otra cosa. El espanto viene cuando nos sentimos amenazados, bien por una idea, un monstruo o invasores del espacio sideral. Como cuando el protagonista de Houellebecq dice, aterrado: «todos los docentes, sin excepción, deberán ser musulmanes» sospechando lo que él sufriría dentro de poco. Y luego, hacia el final de su drama, este personaje sumido en el miedo más profundo lloriquea ante su desgracia: «lamenté no haber prestado hasta el momento más que una atención anecdótica, superficial, a la vida política».

La gran pregunta que queda flotando es: ¿qué haríamos ante tales casos?, bueno, para eso está la imaginación, también los escritores. Para eso nos viene en auxilio la especulación. Y tomándonos esta molestia en serio, nos vamos conociendo un poco más, que no mucho, dicho sea de paso, no digan después que andamos por ahí matando a la gente del puro susto con la ilusión de que dejemos tanta estupidez de lado y, piensen o pensemos, por alguna vez en esta vida que nos tocó, en lo que somos y no somos y en la naturaleza de nuestros miedos y esperanzas. Como sea, el susto como laxante ciudadano y espiritual puede que sea una buena medicina, también.

*Conferencia leída en el Centro Cultural Chacao, Sala Cabrujas, Caracas, mayo 23 de 2015.


NORBERTO JOSÉ OLIVAR nació en Maracaibo en 1964. Ha publicado Los guerreros (Secretaría de Cultura, 1999), El misterioso caso de Agustín Baralt (Fundación LMM, 2000), El hombre de la Atlántida (Comala, 2003), La ciudad y los herejes (UNICA, 2004), La conserva negra (Rojo y Negro, 2004), Morirse es una fiesta (Rojo y Negro, 2005), El fantasma del Caballero (Rojo y Negro, 2006), Monsieur Ismael en la antología Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (Alfaguara, 2006), Un Cuento de piratas (Rojo y Negro, 2007), Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, Premio de la Crítica a la novela 2008 y Premio Municipal de Novela 2010), Cadáver exquisito (Alfaguara, 2010, finalista del Premio Rómulo Gallegos 2011). En 2011 obtuvo el VI Premio Internacional de Relato de Radio Exterior de España con Odio a las iguanas, incluido en la antología El hombre que se ríe de todo (ediciones Irreverentes, España, 2011), además recibió Mención Especial en el 66 Concurso Anual de Cuentos de El Nacional por Historia natural del fracaso (La Vaca Mariposas 2011) y publicó El príncipe negro. Notas de un hombre lobo con la editorial Lugar Común / Relectura. En 2012 fue finalista del Premio internacional de cuentos Juan Rulfo con El hombre de los seis espíritus. Publicó la novela El polvo de los muertos bajo el sello Alfaguara en 2013.

*Imágenes de Francisco de Goya (1746-1828)

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Dos tacos

Mariana Kozodij

Raúl abre el puesto de flores todas las mañanas a las seis en punto ahí, a metros de la Chacarita. El olor de las plantas mustias se hace uno con el agua estancada de los floreros. Pedazos de celofán de colores adornan la vereda formando remolinos con la brisa del verano próximo.

Y justo cuando el zorzal del árbol de la esquina empieza con el gorjeo mañanero, el sonido de los tacos aguja de la minita de siempre resuenan haciendo eco, rebotando en las paredes mal pintadas del cementerio.

El tacatacataca es inconfundible; los tacos aguja sosteniendo dos piernas blancas, lampiñas, con músculos tensos por el esfuerzo de caminar erguida. La pollera tubo, negra, con ese estampado casi imperceptible, de flores muertas, sin agua ni sed. La piel y la tela hechas una misma cosa, un roce prostibulario, excitante.

Dos tacos que sostienen un torso pequeño, una caja toráxica menor al metro, envuelta en una camisa crema, escondiendo unos senos de gota, con pezones en punta. Esos mismos tacos llevan una cabeza con pelo castaño suelto, que se bambolea de un hombro a otro; enmarcando un rostro con ojos gastados por el uso de rimel. Ojos oscuros, perfectos.
Tacatacataca

–Ahí viene la rana –pensó Raúl mientras se arqueaba para pulverizar unas azaleas matizadas, un poco chamuscadas. No hacía falta que levantara la vista, el perfume se ponía intenso cuando la puta estaba cerca. Y siempre, justo cuando cruzaban las dos piernas entacadas el puestito de flores, Raúl agachado, giraba la cabeza y con asco lanzaba un escupitajo sobre la baldosa gris. Un charco de saliva minúsculo se secaba con el poco sol que atravesaba la arboleda.

Los tacos no se enteraban nunca del acto de desprecio. Se iban tan erguidos como habían venido. Caminando acompasadamente, siguiendo una música propia.

A las doce y media, Raúl cierra el puestito y camina unos ciento cincuenta metros para almorzar en el boliche del negro Álvarez. Los sánguches de milanga son lo mejor. Tomate, queso con suero, lechuga y toda esa fritura concentrada, lista para estallar en el hígado en moléculas; partículas o Dios quiera qué cosa.

Sentado en la sillita naranja giratoria en la barra, y con medio pedazo de milanesa entre los dientes; Raúl hablaba del nuevo “pendejo prodigio”; un mexicano de nueve años que embobaba a Europa con la pelota. “Cómo el negro Maradona no hay” se relamía Raúl mientras se limpiaba las manos con una servilleta de papel casi transparente por la grasa. Después de despotricar contra los extranjeros, de hablar del último quilombo televisivo, se vinieron los comentarios sobre mujeres. Los cuatro cincuentones del boliche, habían tenido historias fuertes. Las féminas habían hecho lo suyo con ellos y algunas lo seguían haciendo.

Raúl enviudó hace unos ocho años; la hija se le había casado y se había mudado a Glew; casi no la veía. Eso ir hasta Constitución y viajar en el eléctrico no le hacía gracia. Mugre, mucha cara de hambre.

José tenía una marmolería. En sus buenos tiempos, le había dado guita como para vivir cómodo. Los pibes le salieron derechitos, todos laburaban y tenían sus familias. Hasta los domingos lo venían a visitar, con nietos blanquitos. La vieja se había venido a menos, pero todavía le daban las manos como para amasar la pasta de los domingos. Cacho, en cambio, andaba de capa caída. Comía la basura que dejaban los vecinos del edificio. Pero eso nadie lo sabía, ni siquiera sus mejores amigos. La pensión no le alcanzaba para mucho, pero la copita en el bar era sagrada.

El negro Álvarez pasó un trapo rejilla por la barra de fórmica color zanahoria. La grasa seguía pegada, sólo que ahora estaba desparramada, como una estela de baba. Y así sin más, Raúl cortó el silencio con cuatro palabras y dos signos de interrogación:
–¿Vieron a la rana?
José y Cacho se cagaron de risa. Álvarez frunció el ceño
–¿Qué rana?
–La que pasa todos los días a las seis de la mañana –dijo Raúl mientras se escarbaba los dientes con una hebra de plástico que le arrancó al florero chino de la barra.
–Ahh –dijo Álvarez.
Silencio incómodo. Raúl sintió que algo andaba mal. No sabía qué. Sólo algo.

* * *

De un lado del muro, silencio del otro, bullicio; vida. Los días y las noches pasan de igual a igual de uno y otro lado. El ocre de las paredes del cementerio se descascara más y más. La arboleda se empobrece. El celofán de color arremolinado se estrella contra el piso cuando los vientos arrecian. Se mezclan con hojas muertas.

Casi invierno; casi las seis de la mañana. Raúl está con su saco de lana marrón y la campera azul inflable; tiene en una mano el banquito y en la otra el termo para el mate. El gorrito de lana se le baja y le tapa los ojos. Va a tener que comprarse otro. Mientras piensa eso; mete el pie izquierdo en la calle. No llega a poner el derecho que Pedro, el pibe que reparte el pan, se lo lleva puesto con la bicicleta y el canasto. La escena parece como de película. Banco, termo, miñones, flautas, canasto, y dos cuerpos revoleados por el aire cayendo en cámara lenta para estamparse contra el hormigón quebrado. Raúl se golpea la cabeza contra el cordón pintado con cal.

Pedro, se levanta, junta el pan y asustado sale pedaleando. Raúl gime… “pendejo”… y la saliva azucarada por la sangre le cubre la voz.

Hay ruido pero también silencio. Sonidos que no reconoce. Y luego la familiaridad del tacatacataca. La rana le habla, tiene cuerdas vocales, emite sonido. Le pregunta si está bien, lo ayuda a incorporarse, lo sienta en el banquito que fue a buscar al medio de la calle. Raúl la mira; la rana le acomoda el gorro, le sonríe. Ahora no le parece tan sucia.

Ella lo mira, le dice si necesita algo más. Él no habla, se sonroja; piensa en los escupitajos que le dedicó, ahora secos por el sol.
–Señor no se preocupe, ahora llamo a mi abuelo. El del boliche donde almuerza. Seguro lo va a ayuda

Y el tacatacataca se perdió hasta hacerse un eco y rebotar en la vergüenza de Raúl.


MARIANA KOZODIJ es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, trabajó en radio y tele. Co organizó el ciclo de lecturas Naranjas azules. Publicó junto con Juan Marcos Almada la antología 12 Rounds, cuentos de boxeo (Lea, 2012). Colabora en revistas culturales y medios.

Dos tacos forma parte del libro Amalia (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)
Imagen: Rita Flores

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