Letras

Más se vacía uno, más se llena

Entrevista a Alejandra Laurencich,

por Lucía Vargas


8 de Octubre de 2014. Es una tarde húmeda en la ciudad de Buenos Aires. Tomo el tren rumbo a Vicente López. Cae el sol a eso de las 6 cuando llego a casa de Alejandra. Me recibe Brit, su perro. Entro y lo primero que miro es esa biblioteca llena de libros. Alejandra me invita a pasar, vamos al patio trasero de la casa que parece salido de un poema: verde creciendo de todos lados, subiendo por las paredes y los rincones; unas rosas se destacan al fondo, junto a las pequeñas flores anaranjadas.

Con mate de por medio y el grabador sobre la mesa, empezamos a conversar sobre las respuestas que ya había comenzado a contestar antes de que yo llegara (las mandé por mail), para ganar tiempo (ya eran las 18:15 y Alejandra da taller a eso de las 19:00 todos los martes y miércoles). Cada respuesta que leía me sacaba una sonrisa, me daban ganas de re-preguntar. Con el tiempo en contra, charlamos algunas.

Lo que voy a proponer en esta oportunidad es leer las respuestas para la entrevista y luego las “notas al pie” que van a ir surgiendo al margen: esas que nacieron del ratito que charlamos en persona. Una experiencia casi lúdica.

L- Sé que sos una lectora muy activa, que siempre estás actualizada en el panorama literario; pero quisiera preguntarte sobre esos libros "atemporales", esos que uno tiene cerca en la mesita de luz o en el escritorio... ¿Cuáles son esos libros a los que siempre volvés, esos que atesorás?
A- Hay varios. De Salinger, por ejemplo ya son tres: Franny and Zoeey, los Nueve cuentos, El cazador oculto; también El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy y Never Let me go, de Ishiguro. Esos son mis tesoritos. Me gusta cada tanto releer a Proust y a Joyce. Tengo muy a mano El oficio de mentir, el libro de conversaciones entre María Fasce y Abelardo Castillo, y un librito que se llama Valor para cambiar.

[Nota: Me detengo en Joyce. Le pregunto si le interesan los cuentos. Nombro Dublineses. Me dice que se queda con el Ulises. Me cuenta que se lo compró a los 14 años. Ahora me acuerdo una de las primeras veces que charlé con ella (justamente fue en una cena en La Vaca Mariposa) y que me contó sobre esa compra: uno de los primeros libros que adquirió por sí misma (si no es que el primero). Recuerda y me cuenta una anécdota familiar: hay partes del libro que se sabe de memoria. Recuerda a sus hijos y la relación que tuvieron desde chicos con el libro. Sonríe.]


L- Sobre la formación de escritor: fuiste alumna de Liliana Heker en su taller, y ahora sos tallerista. ¿Cómo fue tu experiencia desde el lugar de alumna y qué te impulsó a dar taller?
A- Como alumna supongo que era muy buena, jaja, nunca faltaba, o casi nunca, trabajaba como loca sobre lo que me mostraban como error, y aún sin entender por qué era un error confiaba en que si me lo estaban señalando era porque había razones para considerarlo así, que ya lo entendería, entonces confiaba en el criterio de Liliana, a la que consideraba mi maestra, y en todas las buenas devoluciones que recibía de los compañeros como Juan Sabia, Romina Doval y tantos otros. También recuerdo que mis propios análisis sobre los textos de los demás eran muy bienvenidos por la mayoría de los compañeros, e incluso por Liliana, que se complacía en las coincidencias, cuando las había. Creo que muchos de esos compañeros fueron los que me impulsaron a dar taller, porque eran los que me palmeaban la espalda: -che, muy buena devolución la que me diste hoy, o… me gustó mucho lo que dijiste de mi cuento, o lo que sea. Pensé entonces que si ese grupo que era tan exigente valoraba mi opinión, podría ayudar a otros a mejorar sus propios cuentos o novelas, así que empecé en una biblioteca popular, dando clases los sábados por la mañana. Era una contribución a la economía familiar haciendo lo que me gustaba, porque siempre me gustó hacer comprender a los demás lo que para mí resultaba comprensible, esa veta de docente la tuve desde chiquita, según recuerdo: el placer de transmitir mi conocimiento sobre un tema, el ver que da frutos en otro. Lo hacía en la escuela cada vez que alguien me lo pedía.

[Nota: Hablamos sobre las devoluciones y la importancia de una mirada constructiva sobre el texto ajeno en taller. Recuerda compañeros del taller de Heker con cariño. Le pregunto si siente que sus talleres la enriquecen: responde que sí, que cuando los alumnos recién comienzan es lindo ver cómo evolucionan y que después… ya avanzados, hay textos que sorprenden, que se genera un ida y vuelta. Le hablo de su trabajo como docente (yo soy alumna), hablamos de los diferentes tipos de talleres, según objetivos, según maestros…]

L- Tenés formación en bellas artes, carrera que abre la menta a un sin fin de expresiones plásticas. Después de ver, conocer, admirar la obra de tantos artistas... ¿Sentís que esa formación estética tiene repercusión en tu literatura? Si es así, ¿De qué forma?
A- Creo que toda la percepción visual que se estimula en Bellas Artes, o por lo menos en la época que yo estudiaba era así, porque tuve muy buenos maestros, repercute positivamente, porque es un canal de apreciación del mundo que se ha abierto y se conjuga con la apreciación personal, la profundiza. No sólo en la observación de la belleza, como hecho estético, también en el proceso creador, en esto de plantar una estructura, por ejemplo en lo escultórico, y a partir de ahí llegar a la forma final, o en el tallado de una pieza, en la dominación y aprovechamiento de los contrastes en pintura, en la búsqueda del equilibrio oculto, qué se yo, podría estar nombrando muchos de los conceptos plásticos que fui adquiriendo a lo largo de los siete años que hice bellas artes y que tranquilamente se trasladan al campo literario. Las líneas de fuerza en un dibujo, por ejemplo, pueden asociarse a los ejes de la narración, a las líneas narrativas que sostienen un cuento o una novela. El saber encuadrar, el conseguir un efecto por planos de color, que podría parangonarse con el manejo de los planos temporales en narrativa, no sé, si llevás cada una de estas búsquedas a lo literario podés encontrar similitudes, seguramente, es decir que el ojo está entrenado en una intención artística: el pintor, el escultor, saben que el oficio les sirve para expresarse, tanto como lo sabe el escritor.

[Nota: Recuerdo que en esta pregunta nos detuvimos un buen rato, por eso fue de la última que charlamos. Hablamos de la música como expresión artística, como parte fundamental de varios de sus textos. Me acordé de su cuento «Lo más grande que hay». Ella me cuenta una anécdota personal sobre algo que solía hacer de chica: musicalizar momentos que veía en la calle, todo en su cabeza, como si fuera un corto o una escena de alguna película. La mayoría, melancólicas. Se ríe. Hace el gesto de mirar a través de una ventanita juntando dos dedos en forma de “L” de cada mano (formando un rectángulo). Me la imagino ahora y pienso: -“Lo voy a probar, a ver qué tal”. Después nos vamos para el lado plástico, empezamos a hablar sobre las visiones del arte contemporáneo. Tocan el timbre: es hora del taller.]

L- El último número de La Balandra (maravillosa revista literaria circundante, de la cual Alejandra es directora) está dedicado íntegramente a la poesía, ¿Cuál es tu relación con este género?
A- Yo leía poesía desde muy chica, y escribía poesía. Recuerdo el deslumbramiento que me provocaron poemas de Wordsworth, de Rimbaud, o los haiku japoneses, todos esos libritos que estaban en la biblioteca de mis hermanos y que me fascinaban desde muy pequeñita, te digo siete u ocho años en adelante. A los trece o catorce ya escribía poemas y eran mi modo de expresión. Incluso en el 82, un mes antes de la guerra de Malvinas escribí un poema que era un anticipo de lo que vino, algo que todavía me sorprende, porque estaba durmiendo la siesta, boludeando mejor dicho, mirando el techo y tuve que levantarme a escribir eso que me apareció, y que hablaba del sur, de tabernas, de guerra. Lo escribí de un tirón, como si me lo dictara alguien y cuando lo leí me dije: ¿Y esto qué corno es? Porque no tenía nada que ver con mi vida de ese momento, ni con nada que yo hubiera vivido. Lo dejé en mi carpeta de poemas, y años después, cuando lo encontré y vi la fecha fue estremecedor: justo un mes antes de la guerra de Malvinas, que de ningún modo podía haber presagiado por los diarios, ya que esa guerra fue muy repentina. Bueno, así que disfruto enormemente con la poesía, y además en todos los años que escribí narrativa seguí conociendo poetas que admiraba, contemporáneos a los que hacía leer a mis amigos. Entonces, cuando pude publicar a toda esa gente maravillosa, lo hice. Y en el trabajo de investigación para la revista conocí a tantos poetas extraordinarios que ni sabía que existían. Fue muy bueno.

L- Los lectores podemos conocer la visión del escritor a través de su literatura: a través de los temas que elije, la construcción de sus personajes, el tono con el que escribe, entre otras cosas. ¿Crees que el escritor puede conocerse a sí mismo a través del proceso de creación de su literatura?
A- No sé si sobre la ficción, a mí me pasa mucho esto con mi diario, escribo un diario desde mis 18 años, y ahí sí, en la relectura de episodios que viví muchas veces logro un conocimiento de mí misma que me resulta muy valioso. Aprendo al leer cómo encaré alguna cuestión, o viendo la actitud con los que soporté un buen o un mal momento, o cosas por el estilo. Sí, con los diarios tengo una herramienta de autoconocimiento que recomiendo siempre a los demás, escriban su diario, van a ver cuánto de ustedes, o de las contingencias de la vida, de sus vaivenes, de sus espiralamientos, se ven reflejados con precisión absoluta.

L- Hoy en día existe un amplio espectro de escritores jóvenes contemporáneos (publicados en editoriales independientes, o inéditos pero que publican sus trabajos en redes sociales o e-books). ¿Qué pensás de este fenómeno? ¿Hay alguno que llame tu atención?
A- Es un fenómeno con dos aristas, como en el cuento de los taoístas, ¿Verdad? Suerte o desgracia: por un lado es fabuloso que haya tantos pibes que quieran escribir, que se afanen en esto de sentarse frente a un papel a poner por escrito sus personajes, su locura. Pero por otro, ahora parece tan fácil armarse un bloguito y subir lo que uno escribe y recibir comentarios de amigos y familiares que dicen: “esto es genial”, que creo que muchos se confunden. Confunden la tarea de escribir con la tarea de desahogarse a través de la escritura, es decir: confunden la literatura con la terapia, con la confesión, el desahogo.

L- Mirando en retrospectiva tu literatura y pensándote como escritora, repasando mentalmente esas inquietudes que movilizaron tu trabajo de escritora... ¿Cómo te pensás? ¿Crees estar más cerca de eso que anhelas decir con tu literatura? ¿Hacia dónde vas?
A- Más cerca no, porque basta que uno exprese algo para que aparezca otro anhelo, otro desafío, algo que está ahí nomás, pero a lo que hay que alcanzar todavía, a lo que no se llegó. Más se vacía uno, más se llena. ¡Y qué se yo adónde voy, adonde pueda!

Y ahí, en su casa, durante su taller, pude ver como Alejandra se llenaba del espíritu de la literatura que ayuda a construir en sus alumnos… de ese verde en su patio, de esa vida; y que se vaciaba, transparente, sincera… compartiendo todo lo que sabe, dando todo lo que tiene, con esa humildad y ese cariño que se ven cuando sonríe… eso que dice cuando calla.-


(Fotos: Lucía Vargas)

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El vibrante roce de la realidad

Ana Ojeda

Toda mi vida es una pura concesión. Me despierto cerca de las siete de la mañana porque tengo una hora de viaje hasta el trabajo y entro a las nueve en punto, clavado. Cualquier minuto de retraso debe estar acompañado de excusa relevante: suicidio colectivo en medio de transporte público, episodio de violencia à la Columbine (en caso de haber tomado el subte), muerte súbita bajo rodado de varios cuerpos, o similar. No es raro que antes de enganchar la bici en el poste del semáforo tamborilee con los dedos sobre los postigos de la ventana para avisar que ya llegué; así tener que jugar a la salida en el tiempo de descuento.

La empresita funciona en un ph de tres ambientes (todos dan a la calle) y patio cubierto. Baño y cocina quedan frente a la puerta de entrada, de madera centenaria, y hay además un pequeño depósito oscuro y húmedo, usado para acumular trastos viejos. En total, somos cinco y dos jefes. Yo entré con cargo de administrativa, pero la (concesiva) realidad es que hago un poco de todo.

A la mañana no bien llego pongo en orden la cocina, que por lo general es un chiquero. Se desayuna, se almuerza y se merienda, pero no se lava. Desde que trabajo acá, odio la pizza: la muzzarella derretida de ayer es una especie de chicle con anfetaminas. Imposible de remover. Lo otro que no soporto es el cigarrillo. Mi jefe el mayor, ocupado en salvar vidas, así dice él, se desentiende de las normas más elementales de la higiene. Para él, cenicero es todo: vaso, tasa, botella, cuchara o platito. La semana pasada hubo un principio de incendio porque tiró un pucho encendido en el tacho. El episodio nos dejó mal, sobre todo porque tuvimos que comprar un tacho nuevo con los fonditos de La Coope. Mi jefe el mayor nos explicó que los bienes muebles perecederos son más de todos que de la empresa y que por eso tenemos que bancarlos con el fondito común.

A mi jefe el menor lo veo poco. Casi nunca va por el ph, así que cuando lo veo charlamos más que nada de la vida. De la suya, porque es un gran viajero y siempre nos trae noticias del mundo y de sus novias. Yo me limito a escuchar, sé que no corresponde que me aproveche de la supuesta reciprocidad del diálogo para agobiarlo con la larga retahíla de concesiones que engarzo día tras noche tras día. Mi psicóloga no entiende esta manera que tengo yo de ver las cosas. Siempre me dice que lo mío es que no puedo con la vibrante. No digo que no, pero creo que lo mío es algo más global.

Mis tareas en la empresita son sencillas. Sobre mi escritorio hay una computadora y tres bandejas. En la primera hay pedidos, en la segunda reclamos y en la tercera envíos. Un pedido puede ser que vaya hasta el banco a pagar la luz o hasta Dispita a compararle pañales a la nena de mi jefe el mayor. A esa bandeja le temo, nunca sé qué me va a deparar. Me acuerdo la vez que, tras lavar y ordenar en la cocina, me acomodé frente a la máquina sorbiendo el primer café de la mañana y al levantar una A4 agujereada, leo: “9:00 tomate un taxi y pasá a buscar a Ivette. Acompañala donde quiera ir”. Fue una patada de adrenalina. Primero, porque yo era administrativa y no personal para todo servicio. Segundo, porque no me había dejado plata para el taxi. Tercero, porque las nueve eran pretérito pluscuamperfecto. Todo el tiempo es así. Voy, no voy, qué hago. Tal como yo lo veo, desobedecer una orden es causal de despido, pero ir era gastar mi propia plata sin saber a qué hora iba a terminar, ni dónde. Además, a esa hora todavía no había nadie, ¿quién iba a atender el teléfono? Migue, Lore, Juancho y Liso (se llama Lisandro, pero le quitamos una sílaba para que no desentone con nosotros, todos bi) llegaban a las diez. No tendría que haber ido, pero fui. Concesiones, concesiones, siempre.

Por ese tipo de cosas, prefiero la bandeja 2. Los reclamos son por lo general de proveedores o clientes descontentos, con lo cual mi función es clasificarlos por tema y mandar el mail “automático” de recibimos su consulta y estamos trabajando para usted. Después cuando mi jefe el mayor tiene un momento le comento más o menos de qué se trata como para que esté al tanto. La mayoría de las veces prescriben y nadie hace nada.

Los envíos también me gustan. Cuando toca el servicio mensual, Ramón me pasa a buscar con la combi. Tomamos mate, charlamos y mientras vamos haciendo las entregas. A veces la cana jode porque Ramón no tiene los papeles en orden, por eso su flete es más barato, y hay que cometearla para poder seguir. Yo pasaba la coima como “viáticos” hasta que mi jefe el menor me indicó que mejor lo pasara como “insumos”. De esa manera se puede descontar de los impuestos.

Como el lugar es chico, cuando estamos todos me cuesta concentrarme. Sobre todo porque Lore es una máquina de hablar. No para. Se cuelga del teléfono y te enterás hasta del color de bombacha que eligió para que combine con la funda del celu. Por eso detesto los días que no están ni mi jefe el mayor ni mi jefe el menor, son ocho horas que me tengo que tragar de interiorización radical en la vida de Lore y, la verdad, me satura. Menos mal que Migue es callado. Cuando no está, Juancho dice que tiene un retraso, pero no creo que sea verdad. Pasa que es tranquilo, nada más. Y come como un elefante. La otra vez se compró una pizza para él solo. Menos mal que al final Liso lo convenció para que compartieran. Yo los miraba tragar y pensaba en el baño, otra de mis ocupaciones tácitas, pero obligatorias. Hace un año que mi jefe el mayor decidió prescindir de los servicios de Mónica, que antes venía una vez por semana. El tamaño de la empresa no lo permite, no hay superávit como para que siga viniendo, así que hubo que repartirse sus tareas. Yo no tengo problema en limpiar el baño, el tema es que nunca hay con qué. La semana pasada traje el Mr. Músculo de casa porque el detergente lo guardo para los platos. Desde que Migue encontró una rata muerta entre las cajas del patio, todos coincidimos en que tenemos que extremar las medidas de higiene.

En realidad, además de administrativa, en la empresita también cumplo funciones de secretaria. Llego primero que todo el mundo y me voy última, almuerzo siempre en el escritorio para poder atender el teléfono y le llevo la agenda a mi jefe el mayor. Sirvo café cuando tenemos visitas, me encargo de que no falten galletas dulces ni té, y me encargo de la coordinación general de las tareas de Migue, Lore, Juancho y Liso para que los tiempos se cumplan. Hago mucho y me gustaría ganar un poco más, sobre todo porque con la inflación, mi sueldo quedó desactualizado. Hace tres años, cuando empecé, la situación del país era otra. También me gustaría que me pusiera en blanco, para tener vacaciones y obra social. Quiero pedir un aumento o un ajuste, pero no lo hago porque Juancho se lo pidió el otro día y mi jefe el mayor le dijo que la empresa daba aumentos cuando la situación estaba como para dar aumentos. Que él no iba a soportar que le fuéramos con la huevada sindicalista ni mucho menos y que al que no le gustara, que se mandara mudar.

Como lo que facturo en la empresita me alcanza solo para el alquiler, ayer agarré viaje en un ciber de mi barrio que buscaba personal para el turno noche. Levantarme a la mañana me cuesta un triunfo y mi jefe el mayor ya me llamó la atención porque nota que no estoy dejando todo en el laburo como antes. Yo le dije que estaba equivocado y que ando mal dormida, pero no me gustó que su respuesta fuera encajarme a la beba de Mariana para que me hiciera cargo mientras ellos se iban a almorzar. Tendría que haberle dicho que no. ¿Y si se lastimaba? ¿Y si no paraba de llorar? Yo soy administrativa, no tengo porqué contar con conocimientos de baby-sitter. Además de que yo también quería almorzar y no pude porque la nena era un demonio que se metía todo en la boca, dos segundos la dejabas sola y ya te había localizado un toma corrientes para ir a enchufar sus deditos babeados. Al final, terminé comiendo dos empanaditas a las cinco y media de la tarde, mientras esperaba el colectivo. Ni hambre tenía para esa hora porque el almuerzo se alargó y al final Mariana pasó a recoger a la nena a las cuatro y yo en la hora que me quedaba tuve que resolver las tres bandejas corriendo como una loca porque mi jefe el mayor me avisó que a partir del jueves hacíamos inventario.

Quisiera irme de la empresita pero no lo hago porque tengo miedo de no encontrar nada más. ¿Cómo pagaría el alquiler? Con lo del ciber apenas me alcanza para la comida. Mi fonoaudióloga dice que es un problema en la vibrante, pero yo sé que hay algo más. Yo siento que tengo una vida de pero.


***
Ana Ojeda es la editora de El 8vo loco, integra el grupo que dirige la Exposición de la actual narrativa rioplatense (serie de libros que publican El 8vo loco, Alto Pogo, y Milena Caserola), los segundos sábados de cada mes coordina la Comunidad de Lectores, columna dedicada a la producción de los pequeños sellos editoriales en el programa de radio Patologías Culturales (La Tribu FM 88.7); publicó las novelas: Modos de asedio (2007) y Falso contacto (2012), el libro de cuentos La invención de lo cotidiano(2013) y Motivos particulares (2013), poemitas en prosa; participó en varias antologías, es traductora y, es mamá.
(Foto de portada: Mailen Albamonte /Arte del libro: Rodolfo Marqués)

El cuento «El vibrante roce de la realidad» está publicado en La invención de lo cotidiano (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)

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La jaula de los esperpentos

Diana Varas Rodríguez

A Freddy Avilés



Aparecer viva y sin ninguna pinta de sangre en la primera plana del diario amarillista más famoso del país, te asegura la fama de por vida.

“¡La matagallinas fue enjaulada! ¡La matagallinas fue enjaulada!”, voceaban todos los vendedores de periódico a primera hora de ese día.

Me hice pasar por la Gallareta, la asesina más buscada de gallinas y ya tengo una semana en cana. Averigüé todo su récord policial para representar bien su papel: 37 años. Esquizofrénica. Alzheimer. 176 gallinas robadas. 41 colgadas en el umbral de varias casas. 621 mutiladas. 6 cabezas encontradas en las loncheras de los niños de una guardería. 11 patas pegadas debajo de las bancas de la Catedral. Se sospecha que fue la causante de la aparición repentina de 34 gallinas teñidas de azul y amarillo en el centro regenerado del pueblo. Unos dicen que estaba haciendo campaña política. Otros, que era cocinera y vendía caldo a un dólar. De seguro ella me había visto en la nota.

Yo era su fan número uno. Hice un criadero de gallinas en el patio trasero de mi casa para poner en práctica mis ideas. Mis primeras acciones consistían en suturar dos gallinas por su carúncula. Las dormía primero, para que los vecinos no sospecharan. Utilizaba plantas de valeriana, las mezclaba con agua y Lexotan. Se las daba con jeringa después de hacerles cariñitos para que no hagan ruido.

La gente ni se imagina que la Gallareta no es responsable de todo lo que se le acusa. Yo construí más de la mitad de su historial policíaco e hice cosas que los pacos nunca registraron. Las acciones que realizábamos individualmente en la ciudad se convirtieron en nuestro vínculo. Nunca nos habíamos visto físicamente, ni conversado. Sabíamos que éramos mujeres y que esta obsesión a la cual nos entregábamos, -mágicamente- nos obligaba a pertenecernos.

Un día antes de entregarme, suspendí una importante suturación entre gallinas. Siempre me llamó la atención una de ellas. Nunca se integraba con las demás y la distinguía por su ojo anaranjado. Ese día me miró raro. Su cabeza estaba de lado, paralizada, como si estuviera observando un gusano que se escapa lento, sin conciencia de la muerte. Fue inevitable. Pensé que la Gallareta había tomado la forma de ese animal y esperaba algún despiste para atacarme.

Siempre imaginé cómo era su aspecto y nunca pude determinar una sola forma: una mujer con alas, enana con plumas, hermafrodita con pico y cresta. Sabía que no era humana o que, por lo menos, eso era lo que ella creía.

Suturar se volvió un vicio. Empecé a adicionar partes mutiladas de gallinas a mi propio cuerpo. Las disecaba antes, utilizaba formol, cristales… Mi casa parecía el aviario de un experimentador obseso. Tenía frascos llenos de formol que contenían partes amputadas del cuerpo de esos animales. Las momificaba, me momificaba, me travestía con ellas.

Llegué a tener 45 patas pegadas a mi cuerpo y una cabeza de gallina en cada hombro. Me había convertido en una siamesa trilliza, un cuerpo tripartito, divino, fanático de la mutilación y los esperpentos. Mi cuerpo era mi propio traje.

Cuando llegué a la cárcel, se alarmaron tanto que llamaron al cura del pueblo para que me sacara los demonios; el cura llamó a un psiquiatra; el psiquiatra a un doctor; el doctor, a un abogado; y el abogado, a una vidente. Me quitaron todo. Ahora solo tengo cicatrices, picoteos de aves, mordisqueos de moscas, cenizas de un ave fénix que no resucitó por ser desperdigada, amputada.

Me tiraron agua bendita. Hicieron que dibujara y dijera qué imágenes veía en unos garabatos: gallinas, gallinas, decía yo. El doctor me quitó las patas, las cabezas y me regaló un frasco de alcohol. El abogado trataba de encontrar una razón lógica, y la vidente continuó visitándome de vez en cuando para hacerme baños contra el mal de ojo.

El tiempo de visita había terminado hace unas horas y sentía que alguien estaba dentro de mi celda. Escuché susurros ininteligibles debajo de mi cama. Cada vez se hacían más fuertes, eran carcajadas demoníacas de cigueñas-arpías, de esas que llevan el insomnio en el pico, como acostumbran, para aventarlo a mis párpados. Ya no eran murmullos, eran gritos. Tenía miedo. Empecé a moverme y a golpearme la cabeza una y otra vez contra la pared, hasta que el sonido más intenso se estranguló en el aire, como el recuerdo del gruñido de un cerdo que acaba de morir.

Una gallina blanca salió disparada por debajo de mi cama. Movía sus alas con apuro. Me miraba, pero no tenía ojos. Cualquiera hubiera creído que alguien le dio un patazo debajo del colchón. Estaba alocada, ansiosa… hasta que me vio. Se detuvo mientras yo seguía golpeando mi cabeza contra la pared. Me dio la ligera impresión de que su cuerpo crecía poco a poco, mientras se acercaba tímidamente. Quedé hipnotizada con la hondonada de sus ojos, pude sentir que me introducía en su cuerpo. La Gallareta estaba aquí, conmigo.

Quería acariciarla, pero yo no tenía brazos. Se habían instalado en su cuerpo en lugar de sus alas. Empezó a picotearme, yo era su lienzo experimental donde la bebida era la sangre. Picoteaba mis cicatrices para abrirlas de nuevo, rememorándome la misión impuesta por el destino de los mutilados. De las heridas brotaron plumas blancas y dos alas en lugar de mis brazos.

Veo a mi propio cuerpo frente a mí, descansando en un lago de sangre que brota desde mi cabeza, sin insomnio. La Gallareta me toma de las alas con su mano y salimos por la pared.

Mi cuerpo ya no me limita.


Diana Varas Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1984) Licenciada en Comunicación Social con mención en Redacción Creativa. Realizadora del documental A imagen y semejanza (2008), que trata sobre las transgéneros y sus acciones por legitimizarse como seres ciudadanos. Fue exhibido el mismo año en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y en el Festival Diversa, de Buenos Aires.
Su libro de cuentos “La jaula de los esperpentos” fue publicado por la editorial ecuatoriana DADAIF [cartonera], en una edición limitada de 100 ejemplares.


Disponible en:

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“Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias”

Ezequiel Vila, por Lucía Vargas



Ezequiel Vila es poeta, docente e investigador. Reside en Buenos Aires y ha publicado su primer libro de poemas en 2013, mediante Años Luz Editora.

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande consta de cinco poemas en dónde se ve reflejada una poderosa visión de la actualidad a través de un matiz muy personal. Mediante las historias contadas a través de los versos, su estilo evidencia la ironía y el humor con el que se recorrerá todo el poemario.

Tocando temas actuales como el kirchnerismo en "Amo a una chica Kirchnerista" o los escenarios de las microhistorias de "Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande", logra introducir temáticas atemporales como lo son las ideologías políticas, la muerte y el amor. En "Me doy cuenta de que no puedo ser Séneca" acerca la filosofía a la reflexión vigente, y desmitifica el amor con una cierta oscuridad en "Amputación": sin prejuicios y con mucha originalidad, Vila revive tiempos y espacios para recrearlos en el presente audaz del poema.

En esta entrevista, intentamos conocer al autor y su visión del mundo en relación con su literatura.

-¿Cuándo comenzaste a escribir? ¿Recordás por qué?
-De chico tenía una carpeta en la que dibujaba historietas que le pasaba a mis amigos y mis primos en las que parodiaba o inventaba tramas nuevas de alguna serie con la que estuviéramos todos enganchados en ese momento, como Dragon Ball o Oye Arnold, así que mi debut como escritor fue en el terreno del fanfic. No creo que en ningún momento haya dejado de hacer comics o escribir pequeñas historias así. Pero sí hubo un momento de quiebre, a los 15 años, en el que empecé a participar mucho en un foro de literatos donde la gente dejaba escritos y los demás usuarios comentaban. Yo venía de otro foro que había armado el mismo administrador, que estaba formado por un resto de gente que escuchaba un programa de radio que pasaban por Rock & Pop a la madrugada, “La convención de las tribus”, y cuando caí ahí me copó la propuesta de sumarle a los típicos debates forísticos la posibilidad de leer a los otros usuarios y que los otros te lean a vos en una veta más literaria. Ahí me hice de un grupo de amigos que me cambió la cabeza, conocí muchos textos que de otra manera jamás hubieran llegado hasta mí y fui partícipe de la irritante bohemia adolescente que en última instancia me hizo naufragar en Puan. Pero volviendo a la pregunta, digamos que la sociabilidad de Internet me dio un poco de manija para ponerle más trabajo a algo que siempre me había gustado, encontré un lugar de expresión personal y de desarrollo de inquietudes literarias propias, un poco más alejadas del plagio y la fantasía narcisista del fanfic (al que por supuesto sigo bancando).

-¿Qué te moviliza a escribir?
-Hay una pulsión de expresividad que me parece innegable, para mí y supongo que para cualquier artista. Lo que sucede es que si te conformás con eso, lo que terminás escribiendo es una mierda, o yo por lo menos no puedo no ser completamente grasa cuando suelto esa correa. Suelo escribir en contra de ese principio, me interesa más concentrarme y trabajar en las ideas que se me aparecen como algo ocioso, sin sentido, o que surgen a partir de imágenes que pueden ser horrorosas o simplemente graciosas, y a partir de ahí dejar que se vaya filtrando la emoción o las ideas que me obsesionan, pero siempre a partir de una historia. La voluntad de contar una experiencia (propia, ajena, inventada) y su interpretación suele ser un motor para la escritura. Por eso me gusta escribir poemas sobre cosas que parecen muy singulares pero que le podrían pasar a cualquiera, hoy. Soy medio tribunero. O para que quede más elegante, soy “generacional”.

- Desde tu visión como poeta, como docente y como lector e investigador ¿Qué pensás de la literatura actual?
-Con todos esos títulos puede hasta incluso parecer que me opinión es importante, nada más lejos de la realidad. En general no me gusta pensar, para fenómenos contemporáneos, dentro de la categoría literatura (acá me sale el investigador) sino en términos de ficción. Cada vez es más evidente que estamos sumergidos (y que fuimos criados) en una cultura mediática donde las historias circulan en múltiples dispositivos. Hoy lo vemos con el boom de las series de televisión, antes fue con el cine, en el futuro inmediato serán los videojuegos. Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias. Me parece que los mejores escritores que me llegan hoy entienden ese panorama, no se aferran a la idea de una literatura que es únicamente experimentación del lenguaje, ni tampoco saltan eufóricos hacia un mundo cibertextual que no existe. Me gusta mucho Leo Oyola porque me parece que combina bien ese nuevo juego, mezcla temas de la cultura popular con voces narrativas potentes y un tempo en sus tramas de clara inspiración cinematográfica. Obviamente, creo que la literatura tiene sus características particulares, pero no me sirve pensarla como una serie aislada, mucho menos concebirla como una cuestión para iniciados, ni mucho menos. Los autores que piensan en esos márgenes, por lo general, no me interesan y siento que en sentido estricto no somos contemporáneos.

- Decidiste publicar con Años Luz, ¿Por qué?
-Conozco a Flor Piluso, una de las editoras, desde hace muchos años por haber cursado la carrera de Letras y haber trabajado juntos en los inicios de la revista Luthor. Flor sabía que yo escribía y había ido a escucharme a varias lecturas. Así que cuando se juntaron con Juan Crasci y Sebastián Realini a armar Años Luz ella sugirió mi nombre y me pidieron que les mande algunas cosas.

- ¿Y cómo te decidiste a publicar?
-Como cualquier poeta qualunque, yo había fantaseado alguna vez con publicar un libro, pero la verdad es que no era algo que tuviera en mente o que estuviera tratando de alcanzar cuando me contactaron los chicos. Por supuesto lo tomé como un gran halago y acepté. Pero la realidad es que yo no tenía ningún libro pensado como tal, así que les mandé lo que me parecía publicable y ellos hicieron una selección. Cuando lo charlamos me pareció que estaba sensacional, que cerraba muy bien la idea. Ese proceso fue muy grato, contar con un editor que labure tu texto me sirve mucho como escritor. Lo mismo puedo decir de los chicos de revista NaN y revista Velociraptors, proyectos para los que a veces colaboro. Los menciono porque me parece que comparten lo que más me gusta de Años Luz que es que son independientes y saben valorar el trabajo. Con Años Luz no habría podido pedir por condiciones mejores. Por un lado, porque trabajan con licencias Creative Commons y yo soy algo así como un militante de la cultura copyleft (en mi vida privada y con otros proyectos como revista Luthor y EDEFyL). Por otro, porque me ofrecían algo rarísimo en este mercado: no solamente no puse un peso para publicar mi obra sino que me pagaron (y me siguen pagando) un porcentaje de cada libro vendido. Con gente así hay que ir a todos lados. Y por suerte hubo más lados a los que ir con ellos: el proceso no se terminó con la publicación del libro sino que siguió con lecturas, eventos, etc. Ahora sacaron Himnos nacionales, una antología de poemas mundialista en la que tuve el gusto de participar. Mi escritura creció mucho gracias a la movida que le dieron los chicos al libro y todo lo que vino después. Espero no haberme olvidado de pasar ningún chivo en esta respuesta (?).

- ¿Te importa el mercado editorial? ¿Y la crítica literaria?
-Me alegra muchísimo cuando alguien me escribe por Facebook para decirme que le copó mi libro o cuando en una lectura la gente se caga de risa con lo que escucha. Y esas cosas pasan en parte porque existe un mercado y porque existe la crítica. Claro que si no hubiera editado ningún libro seguiría yendo a lecturas y esas cosas seguirían pasando en alguna medida, pero el mercado y la crítica (aunque ahora que lo pienso no sé si alguien hizo alguna vez una crítica de mi libro) permiten que esas cosas sean más frecuentes en mi vida, por lo tanto me importa y lo aprecio. Ser leído me da mucho placer. Pero tampoco me vuelve loco, no podría ir a cuanta lectura haya miércoles, jueves, viernes, sábados... ni hincharle a los conocidos que escriben en algún suplemento cultural para que me publiquen una reseña, ni andar corriendo editores para ver si se puede sacar un libro nuevo o publicar en tal revista. En parte porque hago otras cosas además de escribir y todo eso es desgastante, en parte porque me parece un poco de mal gusto. No sé si soy humilde o si soy narcisista al punto de que me cuido de ser vanidoso para que no quede feo.

- ¿Qué planes tenés para tu literatura en un futuro cercano o lejano?
-Está la idea de sacar un nuevo libro el año que viene, que ponga en el papel algunos de los poemas que se gestaron a raíz de la circulación del anterior en estos dos años. Estaría en una línea muy parecida a los poemas de Una tortuga muerta... una suerte de hermano menor, capaz que un poco más pop. Si el libro anterior tenía referencias a Séneca y a Boccaccio, este tendría más Tortugas ninja, Wonderboy, Batman... Pero eso es la cáscara, en el fondo son poemas muy parecidos. Después mi idea es ponerle una pausa a esa escritura y pasar a otras cosas. Me gusta mucho el fantasy y la ciencia ficción y mis poemas no tratan en lo absoluto sobre eso, pero me resulta natural pasar de una cosa a la otra. Por ejemplo, y por si quedaba alguna duda de que soy un nerd gigantesco, ahora estoy escribiendo mucho para una campaña de rol, Dungeons & Dragons; y bueno, es una escritura doméstica, que queda puertas adentro, con mis amigos, pero no deja de ser una escritura, que por cierto como narrador me parece súper desafiante. De la misma manera creo que el guionado de videojuegos es algo interesantísimo y hay algunos proyectos que van por ese lado. Ah, y como decía Fogwill de los malos poetas, también tengo mis “novelas en preparación”.

Ezequiel Vila, lee "Amo a una chica Kirchnerista" (click en la foto)

Vila

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande está disponible en:

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800 golpes de Guillermo Flores y Manuela Güell

Entrevista de Adriana Morán Sarmiento



Para Oscar Steimberg, todo proceso de apropiación cultural es un proceso de autoviolencia contra el cuerpo mismo, un proceso de cambio, un primer golpe que llevará a individuo a otro lugar mental.

Con esta idea nace el proyecto de 800 golpes, una editorial dirigida por dos jóvenes argentinos: Guillermo Flores y Manuela Güell. En su blog publican extractos de libros, entrevistas y comentarios relacionados con esos escritores y libros que los inspiran -Artl y Güiraldes están siempre presentes-, mientras trabajan a cuatro manos un catálogo que va sumando autores y buenas críticas.

Este emprendimiento editorial independiente, creado en 2013, ya tiene varios títulos: Yo no tengo la culpa, de Roberto Arlt; Cuentos de muerte y de sangre, Ricardo Güiraldes; Esa serena sombra –haikus de amor y de agua- de Marcelo di Marco; y la antología Todos felices, en la que participan Leticia Rivas, Bárbara Sayour, Manuela Caldeone, Lucía Russo, Leonardo Azamor y Esteban Caballero.

Guillermo comenzó en la edición con 13x13, un proyecto donde los libros tenían ese formato cuadrado, y publicaban traducciones de notables como Edgar Allan Poe o Scott Fitzgerald. Junto a Manuela Güell fundó 800 golpes, la pequeña editorial que les deja grandes satisfacciones. “La idea surgió hace unos años, en parte por afición a la lectura y en parte también porque siempre nos gustó recomendar y regalar libros, películas, cosas por el estilo. Creemos que la edición es, en última instancia, una evolución de eso y está vinculado a esa idea de buscar recomendar, seleccionar. Con nuestros amigos todavía lo hacemos, y yo suelo prestar muchos libros, que rara vez son devueltos. Ahora, con 800 golpes, por lo menos, podemos ponerle un precio”.

-¿Cuál es el plus entre 13x13 y 800 Golpes?
-Creo que son cosas diferentes, porque las personas que lo hacemos somos diferentes. Me parece que en 800 golpes hay un interés mucho más fuerte por el idioma castellano (todavía no tenemos ninguna traducción), también por las personas con las que nos estamos contactando (fue un placer trabajar con Sylvia Saitta y poder usar un dibujo de Rep), pero en comparación con 13x13, aquí tenemos un menor interés por la encuadernación y todo lo referido por el libro objetivo y un mayor interés por el texto en sí.

-Hay un aporte valioso en rescatar textos ya publicados, pero con destacadas ilustraciones y formatos novedosos... ¿es una manera de re-presentar un autor, o la idea se acerca más a fortalecer el objeto libro?
-Sí, totalmente, es una manera de representar un autor. Yo creo que lo que ocurre es algo muy particular de nuestro continente, o nuestra cultura. Por ejemplo, autores tales como Antonin Artaud u Oscar Wilde, pueden sonarnos a nuestros ojos como muy novedosos, a veces, hasta contemporáneos en algunos aspectos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con autores como Ricardo Guiraldes o Elías Castelnuovo, que a pesar de ser de la misma época, pueden sonar como antiguos y poco interesantes. Por eso creemos que con un diseño actual y adecuado respecto al autor, puede romper en algún sentido ese imaginario, que me parece muy malo porque no ayuda a o reconocer nuestra propia historia cultural, y se siguen imprimiendo libros de autores que eran amigos o familiares de André Breton o que una vez compartieron una mesa con Scott Fitzgerald.

-¿Se siguen leyendo los clásicos?
-Leemos y leímos bastantes clásicos, y muchos de nuestros amigos también. Leer los clásicos es como ir a la fuente. Muchas veces me sorprende al leer algún autor contemporáneo con ideas similares a textos de ese estilo, y me encanta redescubrirlos, encontrar autores olvidados, y creo que hay gente suficiente a la que les interesan también.

-¿Cómo es el proceso editorial a cuatro manos?
-Seguramente por obligaciones que tenemos, no podemos dedicarle todo el tiempo que quisiéramos. Empezamos a trabajar juntos hace un año y nos llevamos muy bien, aunque tratamos de no estar hablando todo el día de la editorial. Creemos que es importante en un tipo de trabajo de este estilo, que los dos puedan estar y puedan no estar también, y que la rueda siga funcionando. Nos agrada esa independencia del otro y saber que nos reunimos para hacer algo que los dos queremos hacer.

-¿El libro indispensable en la biblioteca de 800 Golpes?
-El escritor en el bosque de ladrillos, de Sylvia Saitta. Es la biografia de Arlt, que nos parece excelente.

-¿Cuáles editoriales argentinas recomiendan?
-Nos gusta mucho lo que vienen haciendo los chicos de Escrituras Indie y su proyecto Difusión Alterna. También Tinta Limón, Ciccus. Y celebro el proyecto independiente de La Vaca Mariposa, que es una editorial, una librería y una revista al mismo tiempo. Esa unidad me parece no sólo interesante, sino también imitable.

-Próximas novedades de 800 golpes…
-Un libro de cuentos infantiles de terror escrito por Leonardo Azamor y diseñado y dibujado por Keki Un Puntito, que nos gustó muchísimo editar y fue como incursionar en un nuevo ámbito que desconocíamos por completo. También un nuevo libro de Roberto Arlt y otro de Horacio Quiroga, con selección y prólogo de Sylvia Saitta.

Roberto Arlt. Book trailer (Click en la foto)

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Relatos de Ciclo Alterno

Carla Repetto



El fin
Sintió cómo la mañana envolvía entre sus sábanas la calidez del sol que entraba por la ventana. La luz entraba pareja iluminando toda la habitación. Los espejos ayudaron a conservar el ambiente mientras remoloneaba entre almohadones que sin intención la habían rodeado.
Cuando abrió los ojos sintió el aroma del desayuno entre sus pestañas y lo identificó al instante: la cocina, las hornallas y los fierros que se calientan a fuego medio. La tostadora, la cafetera eléctrica y el crujir del agua caliente que atravesaba el filtro de papel color madera repleto de granos de café molido.
Estiró las piernas, los brazos y salió de la cama. Bajó las escaleras, no se lavó la cara, y sintió el parqué tibio del living. Era otoño. En la cocina no había nadie y sólo alcanzó a ver el verde brillante del jazmín del paraíso que estaba del otro lado de la ventana.
La tele estaba prendida y el olor ahora venía del garaje. Un olor tan particular que sólo podía compararse con el de las tiendas de locomotoras de colección a escala que venden en Once. Era una mezcla de plomo y metal como lo que deja en el aire un cable que acaba de entrar en corto. Olor a electricidad.
La maqueta estaba armada. Las vías, los trenes y vagones, las diminutas casas, las calles, los árboles, los cables de luz y los galpones. Las barreras, el pasto de mentira, los autos que se movían y las personas pegadas a la madera.
El ruido de la locomotora, y de los vagones que la seguían, una perilla que llegaba al tope y volvía al cero. Descarrilaban, volvían a andar. En la cochera hacía frío, y ella había bajado descalza. Miraba con atención el recorrido que repetían los trenes una y otra vez, alrededor de los muñecos y las casas sin vida.
Tenía hambre y prefirió subir en busca de algo caliente. La carrera del domingo sonaba de fondo y nadie entendía de autos. El murmullo era suave y seguía con la cara sucia. Cuando pisó el último escalón alcanzó a reconocer el lugar que ocupaba la mesa redonda de madera y las cinco sillas, que una vez por mes daban vuelta para cambiar las felpas de sus patas, pero estaba vacío haciendo honor a lo que no está más.
Sintió la nostalgia que sentía cuando daba la última vuelta a la llave que cerraba la puerta de la casa de vacaciones, esa pesadez abrumadora que la acompañaba siempre en los viajes de vuelta, en cada árbol del camino, en los palos de luz, las tranqueras y en el sol cuando ya se está poniendo. La misma que la obligaba a retirarse ya de la playa después de ponerse la campera arriba del buzo.
Algo no estaba en su lugar, estaba suelta.



Luna nueva - Día 10
Después de casi veinte horas de viaje en bus, llegó a Pipa. La famosa Pipa. Turística, reconocida, rústica y colorida, está de moda. Las familias, grupos de amigos, de amigas, chilenos, argentinos, franceses, finlandeses, austríacos, alemanes, australianos, escoceses, ingleses, suecos. Infinidad de lenguas que acertaban y desacertaban en el trabajo de hacerse oír, de contar historias o banalidades, de aprender otras, de vocalizar nuevas palabras, oír como suenan en sus bocas.
La lengua, incómoda, se apoyaba en el paladar o entre los dientes para pronunciar algo diferente esta vez, algo nuevo que aún sale con timidez. En ese momento, sus ojos se achinaban y, como si fuesen el lente de una cámara, se enroscaban y desenroscaban haciendo foco y desenfocando la imagen, intentando captar con la mayor nitidez posible lo que, si pudiese ser visto, se encontraba en su boca.
Algunas frases quedaron inconclusas, otras sólo se resumieron a un sonido o una expresión universal del rostro, a veces, con ayuda de los brazos y manos. Pero hay otras que jamás terminaron, que no pudieron ser expresadas con la intención deseada, se perdieron entre las risas y quedaron en la imaginación, en la libre interpretación.
A veces, con un esfuerzo inmenso del otro lado, se veían los manotazos al aire intentando atrapar las palabras perdidas, completando las frases y construyendo, dentro de ese desorden de lenguas, juntos, una bella historia. Un cuento corto de pocas palabras y frases cortas, preciso, con la información necesaria para poder ser reproducido una y otra vez. Así es como, a costa de los bondadosos, las historias se construyeron con oraciones de inverosímiles autorías.


Rogar
Convencer, persuadir o dar lástima, en el peor de los casos. Cada comunidad tiene sus formas de entrar, puesto que el ingenio y la creatividad del ser humano en esas circunstancias de la vida están abocados a ingresar en las cabezas de los mercantiles que buscan dinero. Entrar en ese juego extorsivo de la lástima y la súplica, entrar en esos corazones para generar remordimiento y compasión, entrar en un palabrerío que incomoda y genera culpa, entrar en la fría cuenta, suma, división y multiplicación de la economía, esa materia aburrida del ciclo básico de los seres humanos, de la vida del adulto, del económicamente independiente, del ahorrista, del que ahora en adelante debe hacerlo con toda su vida.


A mamá
Madre, llena de defectos y hermosas virtudes. Madre, de brazos suaves y carnosos. Madre, que traga sus lágrimas y no quiere oír. Madre, que se enoja, reprende y no se ha escuchado que diga perdón. Madre, que enseña pero se cansó de aprender. Madre, que no explica, que manda. Te extraño de grande. Tu cuerpo caliente, que contiene, tu voz dulce, que desea las buenas noches. Las manos que levantan el plato de la mesa intacto, estás enojada. Nos ves partir con los ojos doloridos y la boca volvés a cerrar porque no quisimos oír más. Madre, perdona como yo a vos por no entender, por no estar, por trabajar, por no ver, por no abrazar, por no volver, por no preguntar. Por crecer.


El libro de relatos Ciclo Alterno, está publicado por Expreso Nova Ediciones.


Disponible en:

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Día cinco. Desprenderse de lo ajeno

Francisca Álvarez

A Freddy Avilés



Despierto sobresaltada por un rasqueteo. Que no sean los cuises. Tres años atrás afrontamos una invasión de las graves. Sus chillidos al ser atrapados llenaron el pueblo de una inusitada vitalidad. Los gritos humanos provocados por la epidemia de fiebre de los conejos que la acompañó, crearon una atmósfera de infierno prematuro. No estamos preparados para otra de esas: ni trampas grandes, ni pequeñas, ni venenos, ni fosas comunes. Y no es el momento de salir a pedir favores, las plagas nunca lo son. Además tanta vida no haría otra cosa que desordenar.

Abrazada por pensamientos previos a la calamidad, me aproximo a la pieza de la que fuera nuestra madre, punto-origen de rasqueteo y desvelo. Mis manos se clavan en el marco de la puerta. De haber cuises impediré su huida. Encorvada para no espantarlos, doy un paso dentro de la habitación. Veo la sombra del cuis más grande del mundo, avanzo. Sus pezuñas rascan el suelo. Mastica golosamente una tela floreada que reconozco. Es la cabra. Siempre está un paso delante de nosotros, masticando suavecito ropas ajenas.

A una distancia prudente, Patricio me observa acariciar la cabeza cabría. Le señalo sus pies descalzos. Examina el piso a su alrededor, terreno fértil para minúsculos detonantes: astillas, vidrios, semillas y clavos. No distingue peligros cercanos, corre a calzarse.

–Patricio, ¿cómo se enciende una hoguera?
–Con los zapatos puestos.
–Muy bien, ¿con qué ciencia se relaciona?
–Con la geometría.
–Ajá, ¿por qué?
–Círculos concéntricos en un lago de fuego, puede haber lanzas o muñecas, pero siempre hay un círculo.
–Admirable. Traé la leña.

Salgo, arrastrando la pala, mis puños están protegidos por los guantes prestados. Dibujo un círculo en la nieve en el que entrarían quince niñas de pie. Me sitúo en el centro y paleo hacia fuera. Patricio va trayendo ramas del establo. Despejo una luna en cuarto menguante y la hago crecer hasta que queda redonda y llena. Agotada, me siento y cierro los ojos. Imagino quince niñas quebradas, caídas del techo. Veo carne, dientes esparcidos como si las mandíbulas hubieran sido lo primero en golpear el suelo. Abro los ojos. Patricio me sacude, dice que dormitaba.
–¿Las piedras?

Armamos un borde duro que acorrala y protege las llamas. Las ramas en el medio, y los fósforos que encienden. La cabra bala, inquieta.
–Que crezca, Patricio, tirale bollitos de papel de diario. Ahora busco las cosas.
–¿Vestidos solamente?
–Vestidos y zapatos: toda la ropa de mamá, maquillaje, tabaco, sábanas, y cortinas.
–¿También la manta gruesa?
–La manta gruesa no. Nos quedan cinco noches.
–Y hace frío.
–Sí.

Son tres bolsas de inmundicias de ella, inflamables. Pesan bastante. Llevo de a una. Me acuclillo junto al niño, un fuego respetable calienta nuestras frentes, rodillas y manos. Agarro el primer objeto: unas polainas rosas. Desde donde estoy, las arrojo a las llamas. Chispas sintéticas nos saltan a la cara, cientos de hombrecitos naranjas y amarillos tiran de la prenda hacia arriba, se la llevan a la boca y la destripan hasta hacerla desaparecer. Le alcanzo a Patricio una bolsa. Introduce la mano que se agita nerviosamente. Saca una petaca de cuero, me mira y asiento. Procede de manera eficaz, se levanta una llamarada más alta que la casa: quedaba algo de aguardiente en el fondo. Nos alejamos unos metros y continuamos, el costurero vacío, una pulsera gris, dos ramos de flores artificiales. El entusiasmo se hace latente y comenzamos a rematar cada lanzamiento con un grito corto y seco, de tenista. Un almohadón con encajes, un espejo roto, la biblia de su mesita de luz, un tapado marrón deslucido, cigarrillos, la caja de acuarelas, su cepillo, una crema de cara, el abridor de cartas
y el de vino, un mantel de flores, una caja de aspirinas verdes y blancas. Doy vuelta una bolsa ya aligerada, y cae una fotografía: Patricio, serio, mirando de cerca a la cámara, ella y yo, un paso más atrás sosteniendo sus hombros. Creo que estaba destinada a una postal que no se envió. Patricio lagrimea, el humo le irrita los ojos.
–¿Ésta?
–Era de ella.
–¿Podemos guardarla?
–No. Si guardamos algo, aunque sea una cosa chiquita quedaremos impregnados de recuerdo, ¿y qué es lo peor del recuerdo?
–La pena.
–¿A qué lleva la pena?
–Al desasosiego, a la fascinación por todo lo vivo y, finalmente, a la dimisión.
–¿Cómo es la dimisión?
–Inaceptable.
–¿Qué indica?
–Expectativa de posteridad.
–Prodigioso, Patricio, muy perspicaz. Ahora, tirala a la hoguera.

Coloca la fotografía sobre una sábana gastada. Con una rama gruesa la va empujando hacia el calor dibujando un camino sobre la nieve dormida, como una víbora. Me pierdo en sus ondulaciones. Una ráfaga de viento levanta la fotografía y la hace regresar. Para dar el ejemplo, tiro con escarnio unos zapatos de taco. Me sorprende un chillido desorbitante. Busco a mi alrededor: una figura voluminosa se recorta contra el fuego. Pareciera chillar y saltar de quemada, supongo que está detrás, pero viéndola así, a trasluz, no puedo estar segura; como cuando el dolor está tan cerca que no se sabe con certeza si las carcajadas y los perros también existen. Distingo una cabeza gruesa que gesticula a nuestra derecha, es Delicia, la amiga de mamá. Ahora podemos entenderla. Su cara está rodeada del aroma del espanto. Odia nuestros pensamientos rojos y las manos incendiarias ¡Odia! Dice que esto es inmenso. Tiro una caja de música que se abre y mientras se derrite la muñeca, silba tres veces la melodía cada vez más desvencijada ¡Delicia grita! Patricio me mira y a una señal mía, va adentro y trae la mesa de luz que no es demasiado pesada. Los dos la empujamos para que la devoren las llamas fúnebres. Nuestra risa reemplaza la vergüenza carbonizada de la fisgona.
–¡Pero qué están haciendo, engendros! Patricio, un balde con agua. No pueden quemar sus cosas así, esto no lo voy a dejar pasar

Agarra la frazada y la tira sobre las llamas para apagarlas, mi grito la petrifica. Me apuro a salvar a la manta de un final inmerecido.
–¿Qué pasó, Marla? ¿Fueron a verla ayer? ¿Acaso pasó para el otro lado?
Silencio. Parece al mismo tiempo indignada y a punto de llorar.
–¡Marla! ¡Contestame o voy a empuñar el látigo! ¿De qué te reís?
Niego lentamente con la cabeza. Contestarle no sería romper con la despedida si no la considero persona.
–Todavía no murió.
–¡Ustedes no tienen corazón! ¡No la merecen! Mañana mismo voy a verla.
Y te aseguro, criatura, que no me voy guardar nada.
–Igual no te va entender, no dice nada.
Patricio habla sin sacarse la mano del bolsillo, me pregunto si quemó la fotografía.


Francisca Álvarez, nació en 1995. “Día cinco. Desprenderse de lo ajeno”, es parte del libro La última boca, publicado por la Exposición de la actual narrativa rioplatense (Editan: Milena Caserola – El 8vo. loco – Alto Pogo)


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