Letras

Yo también «Nací en verano»

Adriana Morán Sarmiento

Yo también nací en verano. En un verano eterno, en el Caribe todos los días son verano.

También tengo recuerdos como postales, pequeñas historias que vienen a mi mente como cortos cinematográficos en película súper 8 desgastada y sepia. Un familiar ausente físicamente pero que aún llena cada espacio de la memoria, una hermana que es mi “media naranja”, una calle, una ciudad, un ida y vuelta de eso que una vez fue mi vida. Un mar.

Yo también me fui y volví cada noche en mis sueños. También escribo sobre esos personajes y esas historias, que ya de tan viejas, no sé si son verdaderas o producto de la imaginación que suplanta al recuerdo. Pero no escribo poesía, y eso, más que alejarme, es lo que me acerca a estos pequeños relatos poéticos de Natalia Romero. En “Nací en verano”, su libro publicado por la editorial Ojo de Mármol, Natalia teje relatos que van formando un cosmos muy personal en el que yo encontré mis propias memorias.

“La abuela el otro día dijo
mientras mi hermana y yo
la mirábamos abrir los ojos
como si estuviera viendo
una virgen llorar,
que los actos escolares
le llenaban el alma.
El pecho de mi abuela se abre
ella tuvo el alma llena como un globo.”

Mi abuela siempre estuvo en mis actos escolares. Recuerdo uno es especial: una celebración del Día de las madres cuando fui solista del coro. Mi abuela me miraba orgullosa, y preocupada porque mi postura de pies no dañara mis zapatos nuevos. Era costurera. Algunas tardes hacía unos postres deliciosos para acompañar el trabajo de la máquina. Yo la ayudaba y a cambio comía cantidades exageradas de dulce de hicaco con manjar blanco, el mismo que cocino ahora para acompañar mis propios postres.

Leche, maicena, azúcar, canela y clavos de olor se cocinan para lograr ese “manjar” que es típico de mi ciudad y que sirve de base para los dulces de frutas: piña, papaya, melocotón. El olor de los clavitos es el que más me recuerda a las manos de mi abuela.

“Me quedo mirando tus ojos
a ver si encuentro ese resplandor
lunar, tuyo.
La noche
anticipa el otoño
y ya no nos importa
si aún es verano.”

Ahora vuelvo a encontrarla en estos poemas de esta joven poeta. Dice Osvaldo Bossi en la contratapa del libro que, en Natalia Romero, la realidad es lirismo puro. “Lirismo en estado de incandescencia.” Incandescencia que trae la nostalgia y la alegría, eso que los brasileros llaman saudade y que no puede definirse muy bien, solo se siente.


Caminata

Los nísperos
sobre los cercos del camino
marcaban el buen augurio
de las casas
en los corrales.
Sobre el tramado horizontal
a lo largo del campo
casi vacío
crecen estos frutos naranjas
que parecen guirnaldas de luz.
Los brotes están en flor.
Nuestros pies arrastran
el polvo que se desprende
de la tierra seca.
Seguimos la línea
que raja el cielo despejado
tan celeste.
El sol estalla en el suelo.
Es el primer día de verano
y esa es nuestra única certeza.




* Natalia Romero estudió dramaturgia y teatro con Matías Feldman. Hoy asiste al taller de poesía de Osvaldo Bossi y forma parte del grupo que organiza el ciclo de lecturas El Rayo Verde. Junto a Maximiliano Cosentino lleva adelante el ciclo de lectura y diálogo con escritores Necesito oler limón. Dicta talleres de escritura y poesía y coordina un taller especial de escritura creativa junto a Verónica Yattah. Sus poemas fueron publicados en plaquetas, antologías, revistas y blogs. Publicó los libros Elijo (2011), y Nací en verano (2015). Algunos de sus poemas pueden leerse en www.todaslascostas.blogspot.com.

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El periódico

Cuento de Yukio Mishima

El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido con su marido en un club nocturno y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente».

Sentado allí, con su traje de estilo norteamericano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

-Es un cuento increíble -decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta-, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... -hizo chasquear los dedos-. «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse!
-¿Y salió el gato encerrado? -preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.
-¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!
-No me cabe la menor duda -apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso, y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.
Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado, temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en periódicos y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.
«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón...»

Se retiraron del club nocturno y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.
-Lleve a esta señora a Ushigomé -ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de lana no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios periódicos serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.
Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se haya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje...»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo...»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre».
No cabía duda de que aquellos sombríos pensamientos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.
El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar.

«Periódicos...», recordó Toshiko, y su mente retornó al hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.
«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto... El secreto de una vida...»

Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores.

Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en periódicos, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color caqui y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de periódicos crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.

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Cinco preguntas y un final: Ariana Harwicz

1-¿La literatura puede ser bella y destructiva a la vez?
-Tiene que serlo. Destruirlo todo bellamente.



2-¿El paisaje define tu escritura?
- Nunca pensé que sería así, pero sí, mirar por la ventana en medio de la noche y ver algo que se mueve, y no saber si es un perro, un lobo, una gallina o un hombre, (o una sombra, o mi imaginación) es vivir ya en un paisaje ideal para escribir. En un paisaje que ya es escritura. Lo que define mi escritura en un estado mental, propiciado por el paisaje.



3-¿Cuál es tu asignatura pendiente?
- Ser un hombre. En todo sentido.



4-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
- Los libros escritos desde la cárcel. Los libros de los condenados a muerte. En especial Consolatio Philosophiae, Boecio atormentado por la pregunta; ¿por qué los malvados logran recompensa y los justos, no?



5-¿Existe el paraíso?
- Sí, claro, en una habitación de hotel parisina, la número 321, la ventana da a los tejados, y los templos góticos.



UN FINAL…
El final de El sacrificio (1986) de Andrei Tarkovski.

El Sacrificio(Click en la foto)

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Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Estudió guión cinematográfico en el ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), dramaturgia en el EAD (Escuela de Arte Dramático) y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y un máster en Literatura comparada en La Sorbona.
Su primera novela, Matate, amor (Lengua de Trapo, 2012) fue traducida al hebreo, y fue también adaptada al teatro. Además es autora del libro escrito en colaboración, Tan intertextual que te desmayás (Contrabando, 2013). En Argentina publicó por Mardulce Editora: La débil mental (2014) y Precoz (2015)
Actualmente reside en Francia, en un pequeño poblado a 120 km de París.

Foto: Hugo Passarello Luna / Gonzoo

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Del miedo y otros demonios

(Brevísimo zapping por ciertos autores)

Norberto José Olivar

Hobbes escribió una frase que suena hoy a letanía: «el día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo». De modo que uno piensa que el miedo es natural. Y lo es. Acaso nuestro más afinado dispositivo de sobrevivencia. Por eso Spinoza señalaba lo peligroso de que el pueblo «no tenga miedo». Estaba convencido de lo contradictorio de este sentimiento. Una claridad que bien se ha explotado, por ejemplo, en el aspecto religioso que, por un lado ofrece protección contra él, contra el miedo, y al mismo tiempo lo utiliza «sin tregua y sin decoro», como indica José Antonio Marina en su Anatomía del miedo, donde además asegura que «no hay especie más miedosa que la humana», pues la inteligencia libera y paraliza, haciendo del miedo una emoción individual pero contagiosa «o sea, social».

Añade que Spinoza considera que el miedo y su opuesto, la esperanza, son las dos grandes pasiones que hacen comprensibles los problemas éticos y políticos. Pero enseguida nos pone frente a Goethe, que deja bien claro que el miedo y la esperanza son, a la vez, los mayores enemigos del hombre. No obstante, Spinoza y Goethe aspiran a la serenidad a toda costa, concluye Marina dejándonos inmovilizados ante esta aparente contradicción. Y si algo da miedo, precisamente, es la contradicción. El maniqueísmo es nuestro amparo y sosiego más absoluto.

Ahora, el miedo en la literatura no se intenta a través de la elaboración de crónicas de hechos ocultos o simplemente espeluznantes, más bien es la búsqueda de una dimensión espectral donde todas las explicaciones se hacen dudosas e insuficientes para iniciar, allí mismo, precisamente, la aproximación a una nueva valoración de nuestra identidad o una nueva mirada a nuestra naturaleza, pero que ya no es satisfactoria y que, de alguna manera, nos empequeñece y nos domina.

Esta dimensión espectral es una ventana para la contemplación de aquello que parecía inmutable, sólido, pero que ahora se nos presenta extraño y difícilmente comprensible. Y lo extraño solo se produce con el miedo, escribe Sandoval y le creo.

Ahora voy con Gustavo Valle, que habla del miedo, en específico de los monstruos, que son el camino más expedito al miedo. Dice, entre otras monstruosidades, que Godzilla fue un bicho terapéutico que ayudó a los japoneses a la superación de la experiencia de Hiroshima y Nagasaki. Menciona, por algún lado, al doctor Jekyll y míster Hyde, sin duda, uno de los grandes paradigmas literarios en esta materia, que deja bien en claro que nada es definitivo cuando de humanos se trata. Pero dice que suele imaginar a un monstruo abominable que pueda representar el «deterioro y fractura social» que vivimos en Venezuela. Un monstruo criollo. En nuestra literatura hay pocos monstruos, puede que se los hayamos dejado casi todos a nuestros historiadores y politólogos.

Puede que ese monstruo que andamos buscando para llegar hasta nuestro miedo originario y patriótico sea una versión autóctona de Frankenstein que, entendido generalmente como una advertencia sobre la vanagloria del hombre científico, lo miremos más bien como el miedo que nos produce la sensación de abandono ante la creación y, paradójicamente, para que esa mirada esté condicionada a un nuevo nacimiento y la indiferencia ceda ante nuestro asombro y maravilla frente a los detalles que se nos hacen invisibles cotidianamente. La indiferencia ciudadana, por ejemplo.

De lo que llevo dicho, me queda la idea de «deterioro y fractura social» que leo, simplemente, como decadencia. Y lo decadente tiene mucho de siniestro. Aquí aprovecho esta sentencia, en nada absoluta, para una primera «auto-cuña» de mis textos publicados, de los inéditos y de los que ni siquiera he pensado todavía: siempre me ha interesado la visualización de la decadencia moral y cultural de mi ciudad, de Maracaibo, que aunque distinta va siendo igual a la de Caracas, Mérida, o París, a todas, sin salvedades, una decadencia que a veces no vemos por una especie de «condición vampírica» que causa un efecto de invisibilidad frente a los espejos que la literatura facilita con tanta frecuencia. Decadencia que me lleva al desmontaje de una identidad falsificada y bufona de intereses de todo tipo.

En fin, sigo con Jesús Palacios, del ABC, que me ha dejado encantado con su opinión de que existe una especie de promoción de «Niños Malos» que, desde la academia, han invadido la literatura, sobre todo en los géneros de lo extraño, lanzados sin complejos a las cuestiones fundamentales del pensamiento especulativo, donde la ficción gótica, la fantástica y no menos la ciencia ficción son auténticamente privilegiadas. Y aquí no se salva nadie, desde Shelley, Poe, Lovecraft hasta Schopenhauer y Comte conviven y facilitan un nuevo y renovado viaje a través de la filosofía en general —realismo especulativo, nuevo nihilismo o materialismo especulativo, el nombre, la taxonomía es lo de menos— que nos ayuda a que logremos nuevos esbozos sobre las preguntas, las dudas y las miserias de siempre. Y volvemos así a las discusiones de antaño: que si el mundo es incomprensible a la inteligencia humana, o si esa deseada accesibilidad solo se concreta a través del «método científico». Lo único seguro es la imposibilidad de una sentencia definitiva, de la aparición de alguien que tenga la última palabra, lo hemos visto desde que el hombre es hombre y hasta ahora nada ni nadie lo desmiente. Mientras tanto sea así, necesitamos de la vitalidad de ese sentido de la especulación. El desagravio de la especulación es lo único que nos salva de los autoritarismos de quienes se creen poseedores de la verdad y hablan y gestionan en su nombre.

El origen del miedo, o de los miedos, puede ser explicado, según Ligotti, desde una óptica materialista, donde se muestra al hombre como un autómata «que se crea a sí mismo ilusiones de libre albedrío, nutriéndose de fantasías consolatorias que se desmoronan al mínimo esfuerzo intelectual coherente». Me hago aquí otra «auto-cuña» pues esta ha sido, en buena medida, una de mis motivaciones en las novelas y cuentos que he intentado en los últimos años, aunque no sabía yo que estuviera adscrito, o simpatizara, siquiera, a una tendencia «materialista» de la ficción.

Escribe además, Ligotti, Thomas Ligotti, que estamos abocados a un destino idiota, sin sentido, del que solo los buenos humores y los miedos pueden aliviarnos de su peso. A esto añade Palacios, o concluye, más bien, que «tradicionalmente la ficción» de lo extraño, de lo sobrenatural, de lo gótico, «ha sido despreciada por el mundo académico, pero lo innegable es que, desde siempre, en todas sus variantes, que incluyen también a la ciencia ficción y a la fantasía, ha existido un núcleo de preocupaciones, ideas y conceptos filosóficos profundamente identificados con las cuestiones del día y, a menudo, adelantados a su tiempo en muchos aspectos».

No solo de monstruos va la cosa del espanto, pienso ahora en Sumisión, de Michel Houellebecq, catalogada como ciencia ficción, pero que puede llevar al pánico a los lectores más sensibles o menos desprevenidos, de este lado del mundo. Y no se trata de un miedo provocado por una obtusa mirada de fobia al Islam, sino de un miedo sustentado en una «concepción del mundo» que amenaza a la nuestra. Insisto, no es fobia, pudiera igual el mundo islámico imaginarse víctima del mismo miedo ante la amenaza del cristianismo o el judaísmo o cualquiera otra cosa. El espanto viene cuando nos sentimos amenazados, bien por una idea, un monstruo o invasores del espacio sideral. Como cuando el protagonista de Houellebecq dice, aterrado: «todos los docentes, sin excepción, deberán ser musulmanes» sospechando lo que él sufriría dentro de poco. Y luego, hacia el final de su drama, este personaje sumido en el miedo más profundo lloriquea ante su desgracia: «lamenté no haber prestado hasta el momento más que una atención anecdótica, superficial, a la vida política».

La gran pregunta que queda flotando es: ¿qué haríamos ante tales casos?, bueno, para eso está la imaginación, también los escritores. Para eso nos viene en auxilio la especulación. Y tomándonos esta molestia en serio, nos vamos conociendo un poco más, que no mucho, dicho sea de paso, no digan después que andamos por ahí matando a la gente del puro susto con la ilusión de que dejemos tanta estupidez de lado y, piensen o pensemos, por alguna vez en esta vida que nos tocó, en lo que somos y no somos y en la naturaleza de nuestros miedos y esperanzas. Como sea, el susto como laxante ciudadano y espiritual puede que sea una buena medicina, también.

*Conferencia leída en el Centro Cultural Chacao, Sala Cabrujas, Caracas, mayo 23 de 2015.


NORBERTO JOSÉ OLIVAR nació en Maracaibo en 1964. Ha publicado Los guerreros (Secretaría de Cultura, 1999), El misterioso caso de Agustín Baralt (Fundación LMM, 2000), El hombre de la Atlántida (Comala, 2003), La ciudad y los herejes (UNICA, 2004), La conserva negra (Rojo y Negro, 2004), Morirse es una fiesta (Rojo y Negro, 2005), El fantasma del Caballero (Rojo y Negro, 2006), Monsieur Ismael en la antología Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (Alfaguara, 2006), Un Cuento de piratas (Rojo y Negro, 2007), Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, Premio de la Crítica a la novela 2008 y Premio Municipal de Novela 2010), Cadáver exquisito (Alfaguara, 2010, finalista del Premio Rómulo Gallegos 2011). En 2011 obtuvo el VI Premio Internacional de Relato de Radio Exterior de España con Odio a las iguanas, incluido en la antología El hombre que se ríe de todo (ediciones Irreverentes, España, 2011), además recibió Mención Especial en el 66 Concurso Anual de Cuentos de El Nacional por Historia natural del fracaso (La Vaca Mariposas 2011) y publicó El príncipe negro. Notas de un hombre lobo con la editorial Lugar Común / Relectura. En 2012 fue finalista del Premio internacional de cuentos Juan Rulfo con El hombre de los seis espíritus. Publicó la novela El polvo de los muertos bajo el sello Alfaguara en 2013.

*Imágenes de Francisco de Goya (1746-1828)

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Dos tacos

Mariana Kozodij

Raúl abre el puesto de flores todas las mañanas a las seis en punto ahí, a metros de la Chacarita. El olor de las plantas mustias se hace uno con el agua estancada de los floreros. Pedazos de celofán de colores adornan la vereda formando remolinos con la brisa del verano próximo.

Y justo cuando el zorzal del árbol de la esquina empieza con el gorjeo mañanero, el sonido de los tacos aguja de la minita de siempre resuenan haciendo eco, rebotando en las paredes mal pintadas del cementerio.

El tacatacataca es inconfundible; los tacos aguja sosteniendo dos piernas blancas, lampiñas, con músculos tensos por el esfuerzo de caminar erguida. La pollera tubo, negra, con ese estampado casi imperceptible, de flores muertas, sin agua ni sed. La piel y la tela hechas una misma cosa, un roce prostibulario, excitante.

Dos tacos que sostienen un torso pequeño, una caja toráxica menor al metro, envuelta en una camisa crema, escondiendo unos senos de gota, con pezones en punta. Esos mismos tacos llevan una cabeza con pelo castaño suelto, que se bambolea de un hombro a otro; enmarcando un rostro con ojos gastados por el uso de rimel. Ojos oscuros, perfectos.
Tacatacataca

–Ahí viene la rana –pensó Raúl mientras se arqueaba para pulverizar unas azaleas matizadas, un poco chamuscadas. No hacía falta que levantara la vista, el perfume se ponía intenso cuando la puta estaba cerca. Y siempre, justo cuando cruzaban las dos piernas entacadas el puestito de flores, Raúl agachado, giraba la cabeza y con asco lanzaba un escupitajo sobre la baldosa gris. Un charco de saliva minúsculo se secaba con el poco sol que atravesaba la arboleda.

Los tacos no se enteraban nunca del acto de desprecio. Se iban tan erguidos como habían venido. Caminando acompasadamente, siguiendo una música propia.

A las doce y media, Raúl cierra el puestito y camina unos ciento cincuenta metros para almorzar en el boliche del negro Álvarez. Los sánguches de milanga son lo mejor. Tomate, queso con suero, lechuga y toda esa fritura concentrada, lista para estallar en el hígado en moléculas; partículas o Dios quiera qué cosa.

Sentado en la sillita naranja giratoria en la barra, y con medio pedazo de milanesa entre los dientes; Raúl hablaba del nuevo “pendejo prodigio”; un mexicano de nueve años que embobaba a Europa con la pelota. “Cómo el negro Maradona no hay” se relamía Raúl mientras se limpiaba las manos con una servilleta de papel casi transparente por la grasa. Después de despotricar contra los extranjeros, de hablar del último quilombo televisivo, se vinieron los comentarios sobre mujeres. Los cuatro cincuentones del boliche, habían tenido historias fuertes. Las féminas habían hecho lo suyo con ellos y algunas lo seguían haciendo.

Raúl enviudó hace unos ocho años; la hija se le había casado y se había mudado a Glew; casi no la veía. Eso ir hasta Constitución y viajar en el eléctrico no le hacía gracia. Mugre, mucha cara de hambre.

José tenía una marmolería. En sus buenos tiempos, le había dado guita como para vivir cómodo. Los pibes le salieron derechitos, todos laburaban y tenían sus familias. Hasta los domingos lo venían a visitar, con nietos blanquitos. La vieja se había venido a menos, pero todavía le daban las manos como para amasar la pasta de los domingos. Cacho, en cambio, andaba de capa caída. Comía la basura que dejaban los vecinos del edificio. Pero eso nadie lo sabía, ni siquiera sus mejores amigos. La pensión no le alcanzaba para mucho, pero la copita en el bar era sagrada.

El negro Álvarez pasó un trapo rejilla por la barra de fórmica color zanahoria. La grasa seguía pegada, sólo que ahora estaba desparramada, como una estela de baba. Y así sin más, Raúl cortó el silencio con cuatro palabras y dos signos de interrogación:
–¿Vieron a la rana?
José y Cacho se cagaron de risa. Álvarez frunció el ceño
–¿Qué rana?
–La que pasa todos los días a las seis de la mañana –dijo Raúl mientras se escarbaba los dientes con una hebra de plástico que le arrancó al florero chino de la barra.
–Ahh –dijo Álvarez.
Silencio incómodo. Raúl sintió que algo andaba mal. No sabía qué. Sólo algo.

* * *

De un lado del muro, silencio del otro, bullicio; vida. Los días y las noches pasan de igual a igual de uno y otro lado. El ocre de las paredes del cementerio se descascara más y más. La arboleda se empobrece. El celofán de color arremolinado se estrella contra el piso cuando los vientos arrecian. Se mezclan con hojas muertas.

Casi invierno; casi las seis de la mañana. Raúl está con su saco de lana marrón y la campera azul inflable; tiene en una mano el banquito y en la otra el termo para el mate. El gorrito de lana se le baja y le tapa los ojos. Va a tener que comprarse otro. Mientras piensa eso; mete el pie izquierdo en la calle. No llega a poner el derecho que Pedro, el pibe que reparte el pan, se lo lleva puesto con la bicicleta y el canasto. La escena parece como de película. Banco, termo, miñones, flautas, canasto, y dos cuerpos revoleados por el aire cayendo en cámara lenta para estamparse contra el hormigón quebrado. Raúl se golpea la cabeza contra el cordón pintado con cal.

Pedro, se levanta, junta el pan y asustado sale pedaleando. Raúl gime… “pendejo”… y la saliva azucarada por la sangre le cubre la voz.

Hay ruido pero también silencio. Sonidos que no reconoce. Y luego la familiaridad del tacatacataca. La rana le habla, tiene cuerdas vocales, emite sonido. Le pregunta si está bien, lo ayuda a incorporarse, lo sienta en el banquito que fue a buscar al medio de la calle. Raúl la mira; la rana le acomoda el gorro, le sonríe. Ahora no le parece tan sucia.

Ella lo mira, le dice si necesita algo más. Él no habla, se sonroja; piensa en los escupitajos que le dedicó, ahora secos por el sol.
–Señor no se preocupe, ahora llamo a mi abuelo. El del boliche donde almuerza. Seguro lo va a ayuda

Y el tacatacataca se perdió hasta hacerse un eco y rebotar en la vergüenza de Raúl.


MARIANA KOZODIJ es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, trabajó en radio y tele. Co organizó el ciclo de lecturas Naranjas azules. Publicó junto con Juan Marcos Almada la antología 12 Rounds, cuentos de boxeo (Lea, 2012). Colabora en revistas culturales y medios.

Dos tacos forma parte del libro Amalia (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)
Imagen: Rita Flores

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Azul, óxido naranja

Jacobo Cardona Echeverri

“El Departamento de Seguridad de la Patria advierte que la clave de alerta terrorista en este momento es… anaranjada”.
Anuncio emitido regularmente en algunos aeropuertos americanos.

Los calzoncillos de Esperanza huelen a frambuesa y a Marlboro. Son de dos colores: rojos y azules. Los azules son casi negros. A Esperanza le parecen muy cómodos, sin contar con el precio y la cantidad obtenida en una venta de bodega. Algunos, incluso, no los usará, y será lo único que heredarán Dina, Patricio, Malcolm y Tórrido Romance-18. Lo demás, una edición de la Divina Comedia prologada por Borges que lee diariamente desde la desintegración de los Rolling Stones, la donará a la biblioteca de la corporación subversiva Nostalgia y Vudú; sus discos, cuadros, estereofónicos, candelabros, visores, onirógrafos, zapatos, fonendoscopios y candados fenomenológicos los venderá en un almacén de artículos de segunda mano y con el dinero comprará un espacio en el Cemetery Factory de la tenebrosa región Akal 18.000 de Marte para que se proyecte hasta el final de los tiempos la filmografía completa de Humprey Bogart.

Aunque todo esto lo tenía decidido desde hacía ya varios años, lo volvió a reafirmar en la última mañana del solsticio de verano; el caos nos predispone finalmente a hacer camping en las zonas de batalla del futuro. Ese día los escurridizos flujos de información atrófica de la red estatal fueron de nuevo saboteados, lo que provocó la pigmentación naranja de todos los objetos romboides, excepto los construidos en China.

Ante tal situación, la Asamblea Bélica para la Protección del Conocimiento Verdadero ordenó el toque de queda para después de las 10:46 horas de la noche. Sería inútil arriesgarse, pensó Esperanza, de todas formas Malcolm llegaría antes de la primera redada, por lo que después de limpiar un poco las puertas y la rejilla que la comunicaban con el subterráneo personal se fue a dormir. Antes leyó el canto duodécimo del Infierno, y se detuvo diecisiete minutos en el siguiente párrafo: calmada la furia bestial del minotauro, que guarda el séptimo círculo, mansión de los violentos, y vencida la dificultad que ofrecía la ruinosa pendiente, llegan los poetas al valle… (Dante Alighieri). Lejos del contexto de la obra, el canto le pareció una muestra de literatura vidente y acongojada con una leve inclinación al optimismo. Algo insólito… o profético, se atrevió a pensar, aunque luego de cerrar la puerta de su cuarto con una botella de Sprite caliente en su mano, opinara exactamente lo contrario.

En las pequeñas orejas de Esperanza se filtró el incesante sonido del timbre, que al transformarse en señales nerviosas desencadenó una arrítmica dinámica eléctrica en el interior del cráneo. Fue por eso que levantó el párpado izquierdo. A los dos segundos, Esperanza despertó. La luz del cuarto bordeaba una tonalidad rojiza y residual. Al bajar de la cama, los pies resintieron la seca frialdad del piso de vidrio templado. La mujer abrió el conducto sin pedir al identificador la contraseña digital. Saludó a Malcolm con una sonrisa infantil. Me gusta tu osito, dijo Malcolm al tocar con el dedo anular el animal impreso en la blusa de Esperanza. Siguió mirándola, deteniéndose en los calzoncillos azules y en las blancas y largas piernas, casi perfectas para un comercial de cereales o relojes. Esperanza, aún somnolienta, obstaculizaba el paso hasta que Malcolm entró con un leve empujón.

Malcolm traía su viejo sombrero negro de sospechosa procedencia inglesa, el bastón cuya historia nadie comprende y la maleta azul-cielo-sobre-el-desierto-de-Sonora llena de botellas de leche. Las saqué de un lugar secreto, dijo con dulzura mientras abría la maleta. Esperanza, aletargada, susurró algo relacionado con el calor y cierta extracción epidérmica que con justicia se merecía. Malcolm comprendió. El sueño la había desequilibrado anímicamente. Cuando tome algo de leche se recuperará, pensó. El ruido del extractor sobre un cuerpo desnudo de mujer lo relajó. En la radio, sonaba Singing In The Rain. Mi padre me está llevando cada semana al consultorio de un psicólogo extranjero apellidado Watson, es de lo mejor hoy en día, dijo Malcolm mientras miraba la rejilla al subterráneo con una botella blanca en la mano.

La luz se tornó ocre, las arañas continuaban despiertas.

Tras tumbarse en la cama y dejándose llevar por el potente sonido de secado del extractor, Malcolm continuó: en realidad es un tipo extraño este Watson, todo lo puede explicar con base en relaciones de estímulo y respuesta, nada de efectos multicausales y variables infinitesimales imposibles de predecir. El televisor estaba encendido, sin volumen. Transmitían una película en la que mostraban a dos hombres, uno negro y alto, el otro anglosajón, que vagaban, aparentemente perdidos, por una sabana africana invadida por los drones.

Malcolm recordó lo del gorila gigante sobre el Empire State de la semana pasada, pensó en el descubrimiento de los diarios secretos de Malinowski, en las catacumbas del Manhattan petrificado, pensó en sus antecedentes policiales de adicto a la lactosa. Todo en un lapso de seis segundos. Malcolm estaba seguro de que era un riesgo moral dejar de pensar.

Esperanza salió del baño con la piel brillante, preguntó sin interés el apellido del psicólogo, como si no hubiera escuchado bien, e instantáneamente, sin pudor, la mirada de Malcolm fue a parar a sus preciosas tetas. El amor es para los animales, respondió sonriendo.

Los helicópteros sobrevolaban la ciudad transmitiendo música de Beethoven y Rossini. A pesar de las restricciones, el malévolo placer producido por el desorden informático de las últimas horas había obligado al Comando Regulador a tomar medidas extremas, por lo que pronto las calles fueron asediadas por camiones rojos con hombres ingrávidos y taciturnos de uniformes rosa.

En los sectores reservados a las últimas unidades de androides retirados empezó a correr el rumor de una rebelión. El ambiente tomó un cariz siniestro: algunos sonámbulos, despistados por el frío, cruzaban las calles arbitrariamente, al no percibir las señales de calor emitidas por los semáforos; los viajeros del tiempo se atrevían a dar la cara tras el vapor desprendido por algunas pocas hogueras mantenidas para ahuyentar a los infantes que la última noche se quedaron sin padres; pintores impresionistas enloquecidos por su revolución sin sentido se tiraban de cabezas contra los autos; caballeros catalanes jubilados de las cruzadas se secaban la piel en los reductores automáticos de basura. De pronto, cada calle parecía la respuesta de una pregunta que nunca nadie se había atrevido a formular.

Al margen de lo que ocurría afuera, Malcolm y Esperanza, tras el coito, fumaban y tomaban leche. Un tal Anthony Burgess hablaba en el televisor sobre una moderna forma de cultivo de naranjas. ¿Sabes cuánto dura el orgasmo de un cerdo?, preguntó Malcolm con la vista fija en el televisor. Esperanza, con las piernas acariciando el pecho del proscrito, no quiso responder. Malcolm lo hizo por ella: 30 minutos.
-¿Media hora? -preguntó asombrada.
Malcolm asintió, satisfecho.
-¿Y las cerdas?
-¿Las cerdas qué?
-¿Cuánto dura el de las cerdas?
-Pues… definitivamente lo mismo.
-¿Cómo que lo mismo? –Esperanza frunció el ceño y añadió-: ¿cuántos orgasmos puedes tener seguidos?

Malcolm contó con los dedos, bromeando y mirando al techo. Esperanza sentenció: definitivamente las mujeres y los cerdos nacimos para el placer. Y las flores también, añadió Malcolm. ¿Las flores?, preguntó ahora Esperanza con extraña curiosidad. El joven la miró, no tardó en abrir la boca: alguna vez le escuché eso a Lacan.

Cuando Esperanza despertó, Malcolm ya se había marchado. Eran las nueve y treinta y dos de la mañana.

Todos van a Entorno Afectivo a pintar en las paredes que aman y odian a sus padres con color tigre-a-punto-de-comer, van a saltar, bailar, tocarse, inyectarse sangre O negativo. Patricio, en una mesa cilíndrica de color cobalto sobre una de las siete plataformas que rodeaban el centro de la disco, jugaba con una esfera plateada, lívida entre sus dedos pintados de un escarlata intenso. Sus ojos, fríos y húmedos. Los labios apiñados contenían un quejido. Esperanza lo vio y se dirigió hacia él, risueña. Dina desapareció anoche, dijo Patricio cuando Esperanza estaba a punto de envolverlo en un abrazo. Siguió hablando sin mirarla: ellos se la llevaron cuando entró al cubículo deshistorizador y seguro ahora vendrán por nosotros. La quijada de Esperanza empezó a temblar, ¿por qué lo harían?, le pregunto a Patricio con un dejo retórico acartonado. Nos descubrieron, respondió. No entiendo, alcanzó a decir la mujer. Sí, sí entiendes, increpó Patricio con dureza. Los ojos de Esperanza se dilataron y un pequeño punto rojo en el iris empezó a crecer.

Patricio se levantó de la silla y se quitó la oreja. Reprográmate, le dijo, y le dejó en la mesa la estructura cartilaginosa con el chip incrustado. Esperanza negó con la cabeza y pronunció la palabra Malcolm, como lamentándose, luego agregó: he pasado momentos con él que no creerías… si hago lo que dices todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia… los datos que tengo son valiosos… son recuerdos humanos, Patricio, pocos han conseguido tanto. Él negó con la cabeza y habló casi en susurros, a pesar del estridente ruido de la música: el momento ha llegado, mi princesa estelar, es hora de luchar, de nada nos sirven ahora las malditas perplejidades de un mamífero.
Salió sin despedirse.

En el cuarto de Esperanza un hombre de uniforme rosa se miraba los incisivos en el espejo. Todos los objetos de los cajones regados por el suelo. Una voz en el intercomunicador advertía de un probable cambio de identidad de los expulsados de la zona 33334WS. El hombre tocó el gatillo, los neurotransmisores opioides invadieron su torrente sanguíneo. Sentía la excitación previa a una batalla largamente esperada.

Las señales del cielo, interpretadas y consignadas en los libros sagrados empezaban a materializarse.

No ay futuro se leía en una pared frente a Entorno Afectivo. Allí, Malcolm orinaba. Después de subirse la cremallera, atravesó la calle y entró. La música lo sobrecogió, en pocos minutos logró divisar a Esperanza arrinconada en una de las paredes del fondo, como si se escondiera. Las luces apenas alcanzaban a tocarla. Pensó en lo bien que lo había pasado la noche anterior con esa elegante mujer y cómo algunas cosas se contagiaban fácilmente de amarga fugacidad.

Cualquiera podría verla, pero muy pocos lo hacían. Una mujer triste fumaba Marlboro y escuchaba en los últimos ciento treinta y cuatro segundos que le restaban, en un hilo aterciopelado que rompía la estridencia electrónica, los cantos delicados de una sirena. La mujer pensó en Dante. Si no fuera por la luz del corto circuito que alcanzaba a quemar la piel sintética de su cara, Malcolm no hubiera podido entender varias inexactitudes con respecto a las costumbres o las anécdotas contradictorias, inusuales en un ser humano verdadero. Lo más triste para Malcolm fue descubrir la inutilidad de todos sus esfuerzos en el cortejo. Nunca fue posible que Esperanza se enamorara, era improbable que su cerebro secretara alguna vez oxitocina, él simplemente fue el código en un sistema informático. El daño dentro de él ya estaba hecho.

La niebla en la ciudad nunca más volvió a disiparse, pronto se alzarían en armas los androides que no fueron atrapados. Y los que aun ante la inminencia del fin de los recuerdos almacenados no se autodestruyeron.



JACOBO CARDONA ECHEVERRI (Medellín, 1978) Antropólogo, escritor, guionista, realizador audiovisual y docente. Ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales sobre cine, arte, literatura y antropología. Ganador del IV Concurso Nacional de Poesía UIS, la 14 Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera, y el IV Concurso Nacional de Cuento La Cueva. Actualmente es profesor de cátedra de la Universidad de Antioquia.

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Un poema de Nicolás Correa

De Virgencita de los muertos

IV.

ayer tuve miedo
tu lengua vergajo muerto
estuviera repitiendo las mismas cosas
porque se lee en tu cuerpo
de miedo a matar
en vez de pelear
vas a correr

caída

único silencio
no poder oír lo que decís
el olvido el temor joven entre las viejas
vieja entre las muertas
los chicos corren
aprendiendo a caminar el infierno

las máquinas las tapias
la escritura menstruo que nace
el alien y el monstruo
encimados en la zona de aparecidos
creciendo la muerte que las viejas te dan y te esconden el lugar donde enterraron a los muertos
para que descansen de las manos
unidad utilitaria

en vez de matar
te metes en el vientre
hinchado y en el anuncio:

cojo nena cojo chica cojo virgen

virgencita de los muertos
parida vieja entre las muertas
cómo no tenerte miedo

me veo en la sombra que da tu panza
virgencita
de los muertos la única vieja
leo tu cara en la piel del polietileno
gruesa piel virgencita

oráculo puto maldito
quién gana sus comicios



NICOLÁS CORREA nació en Morón, provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de cuentos Made in China (2007) Engranajes de sangre (Milena Caserola, 2008), Prisiones terrestres (Editorial de la Universidad de La Plata, 2010), 83 en la colección Exposición de la actual narrativa rioplatense (Editorial El 8vo Loco- Milena Caserola, 2013), la novela Súcubo. La Trinidad de la antigua serpiente (Editorial Wu Wei, 2013), El camino de la siesta (La bola editoria, 2015) y cuentos en varias antologías y revistas internacionales.
Virgencita de los muertos fue publicado por primer vez en 2012 por la editorial Libros de la talita dorada, colección Los detectives salvajes. Ha recibido diferentes premios y menciones.

Imágenes: Soledad Tordini

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