Letras

El árbol

Nicolás Igolnikov

Este árbol implacable. Estas flores que pueblan su copa frondosa. La sombra dibuja una circunferencia negra que cae sobre mí, rodea el cantero y toca la entrada de la casa. Yo, de este lado, me agacho con cuidado. Una de mis manos, apoyada contra la corteza del tronco, estabiliza mi descenso. La otra, lentamente, alcanza la tierra seca. Alzo la vista y miro, a través de la reja, el cartel desgastado que cuelga sobre el garaje. El cartel del taller de mi padre. Las letras despintadas me devuelven a las horas que él pasaba ahí dentro, al sonido remoto de su amoladora. A la izquierda, entre la reja y la casa, el pasto crecido del jardín. Él lo cortaba. Con mamá lo veíamos desde el living, a través del ventanal, pasando con la bordeadora. Ahora el vidrio del ventanal está recubierto por polvo y la persiana sigue baja. Yo la bajé, antes de irme, hace años, luego de su funeral. Siento el hormigueo treparme por los muslos. Me afirmo sobre la corteza del árbol y me levanto. Mamá, en la mecedora, pasaba las tardes tejiendo y mirando a través el ventanal. A veces cantaba. Yo, a sus pies con mi cochecito de madera, jugaba. A veces, al aburrirme, recorría con la vista el jardín, la reja, la calle, el árbol, las casas. Buscaba aquello que ella miraba. Una vez le pregunté qué era. Ella, con la mirada en el mismo lugar, rio brevemente. “Nada. Espero” me dijo. No entendí. Le pregunté qué esperaba. “Que el árbol se vaya” me dijo, pero yo apenas había cumplido diez años, y no entendí qué había querido decir. Este árbol implacable. Sus raíces que rompen las baldosas desde abajo. El municipio intentó removerlo muchas veces. Llegaban dos hombres, se paraban al lado del árbol, donde estoy ahora, y revisaban el tronco enorme, la corteza, las raíces. Uno era alto y morrudo, el otro un poco más bajo y rechoncho. Mamá y yo los veíamos desde el living. Al poco tiempo, la amoladora de papá se apagaba y él salía del garaje. Atravesaba el jardín y se paraba detrás de la reja con los brazos cruzados. Se quedaba ahí, del otro lado, de espaldas a nosotros. Yo movía la cabeza tratando de ver qué pasaba, pero su cuerpo amplio e inmóvil tapaba a ambos hombres. Mamá dejaba de mecerse y miraba también. Cuando veíamos a los dos irse lentamente en dirección a la esquina, Papá venía hacia nosotros en vez de volver al garaje. El hombre alto, en ese momento, sin que él lo viera, se asomaba, miraba hacia dentro y saludaba. Desaparecía cuando Papá descorría el ventanal. Entonces me decía “Dejá eso y andá con Juan”. Yo lo miraba y él me devolvía la mirada. Luego asentía y me iba corriendo. Atravesaba el jardín, abría la puerta de la reja y, mientras cruzaba la calle, buscaba a los costados, pero los hombres ya no estaban. Una vez en la casa de Juan llamaba a su puerta. Juan era el hijo del vecino de enfrente. Al verme desde una de las ventanas, me saludaba, corría a buscar la pelota y salía. Nos la pasábamos, él en la vereda de su casa, yo en la de la mía. Por momentos, mientras miraba la pelota girar hasta él, la imagen de papá volvía. Se me aparecía su semblante relajado, su sonrisa casi imperceptible, el marrón con que sus ojos me atravesaban cuando me decía que me fuera. Siento el tronco del árbol en mi espalda. Ahora también se me aparece. La luz atraviesa la copa formando un entramado de luz en la sombra redonda. No sé por qué me iba corriendo. No, miedo no era. Papá era un buen tipo. Jamás le temí.

Una vez, después de pasarle la pelota a Juan, me apoyé en el árbol, más o menos donde estoy ahora, y los vi. Papá, de pie, gesticulaba exageradamente. Mamá, quieta en la mecedora, con las manos entre las piernas, miraba hacia arriba. Era un problema que vinieran los del municipio. Jamás me dijeron por qué. Mientras los miraba, de un momento a otro, mamá bajó la mirada y me encontró. Papá seguía hablando y moviendo las manos. Ella, sin decir una palabra, sostenía sus ojos pardos en los míos. La pelota, la tarde y Juan desaparecieron. “Que el árbol se vaya” creí escuchar. Me inundó el silencio. Volvió a mi cada tarde con ella mirando por el ventanal. “Me verás volver” creí escucharla cantar mientras tejía. Me acerqué hasta la reja, me tomé de dos barrotes y acerqué más la cara. Siento las barras frías contra mí. A esa distancia, en ese momento, sentí como si ella se me presentara sincera y completamente. Como si nuestros dolores y pensamientos se conectaran. Ella permanecía inmóvil con las manos entre las piernas. “Que el árbol se vaya” la escuchaba. “Espero” decía. Las tardes. El árbol. El hombre alto saludando. Todo frente a mí, tan claro como la luz. De fondo, extremadamente lejano, mi nombre. Juan gritaba. Papá se paró en seco y giró la cabeza. Creo que me miró. Y corrió de un golpe la cortina.

Este árbol implacable. Esta familia desconectada. Durante los dos meses siguientes los hombres no volvieron. Al principio del tercer mes, mamá dejó la casa. Fue la madrugada de un domingo. Yo desperté con los gritos. Escuché, envuelto entre mis sábanas, las quejas inusitadamente altas, los insultos vociferados, los pájaros que cantaban tímidos el amanecer que comenzaba. Ellos dormían hasta tarde los domingos. Esa vez, no. Esperé. Hubo un portazo violento y, luego de un tiempo, otro más. Salí de la cama. La mañana abría el living, el cuarto de mis padres, los cajones dados vuelta. La amoladora, de fondo, sonaba insistentemente. Vi unas valijas tiradas, el placard casi vacío. No sé cuánto tiempo estuve mirando a mi alrededor, ni si hice algo más que quedarme ahí hasta que volvió Papá. Quedó quieto, al lado de la mecedora, mirándola. “Andá con Juan” me dijo sin moverse. Lo miré, él lo notó y me devolvió la mirada. Asentí y me fui corriendo.

Nos pateábamos la pelota en silencio. Me parecía que cada vez que la pelota viajaba volvía a escuchar algún grito. Juan la recibía y devolvía casi con solemnidad, como si me entendiera, casi como si escuchara. Yo miraba, de vez en cuando, hacia adentro, y veía a papá ordenando. En un momento Juan pateó la pelota en dirección al garaje y yo corrí a buscarla. En el camino volví a mirar hacia adentro: papá movía la mecedora. No vi una raíz que sobresalía entre las baldosas. Una raíz como esta sobre la que ahora apoyo mi pie cansado. Me di la sien contra el cantero. La cabeza me latía, Juan gritaba, yo no lograba levantarme. La pelota, contra la reja, frente al garaje, se cubría por la luz oxidada del mediodía. Yo pensaba en mamá mirando hacia afuera. En su movimiento monótono y su mirada extraviada. En su canto. En eso pensaba. Cuando papá se acercó le dijo a Juan “Tranquilo, andá a tu casa”, me levantó de un brazo, me llevó adentro y me puso hielo. “Cuidate” me dijo. Lloraba. “Tranquilo” me susurró. Este árbol implacable. Esta luz que la primavera casi parece rezongar. Esta luz que sobra en la calle donde ahora algunos edificios reemplazan las casas. Esta calle donde estacionó el patrullero a los pocos días. Cuando llegaba del colegio y papá, con los brazos caídos, llevaba a los oficiales dentro de la casa. Atravesé la reja y fui directo al garaje. Pasé entre las herramientas, la amoladora, el aserrín, los restos de madera y de chapa. El calor era sofocante. Entré a la casa por la puerta del costado y esperé temblando en mi cuarto. Escuché, lejano, a Papá decir que debía buscarme en la escuela. Saludó a los oficiales y dijo que estábamos bien, que no había por qué preocuparse. Cuando cerró la puerta me acerqué a él. Mi cabeza se apoyó en su muslo, él revisó que no tuviera el chichón. Levanté la vista. Los hombres de la municipalidad hacían mediciones del árbol. Él se agachó y me preguntó si lo acompañaba a sacarlos. Sus ojos vacíos, profundos, me miraron. Le dije que sí, que lo acompañaba, y así lo hice. Salimos, caminamos hasta la reja, nos cruzamos de brazos. Papá y el alto se miraron fijamente. “El árbol se queda” dijo papá. El rechoncho bajó la vista hacia mí. “Se queda” dije yo. Ambos hombres, sorprendidos, me miraron. Después, se fueron. Y no volvieron a molestar.

***

 

Nicolás Igolnikov (1997) Asiste al taller literario con Maria Malusardi desde fines de 2017. Asistió también a los talleres de Paula Varsavsky y Jorge Consiglio (en la Biblioteca Nacional), Yamil Dora, Yanina Audisio y Marta Loiácono. Fue organizador del ciclo “Incógnito” de danza/teatro & literatura (Marzo 2017-Diciembre 2018) y coorganizador del ciclo “Metáfora” de cine y literatura (Julio 2017-Diciembre 2018), ambos en el Club Cultural Matienzo. Publicó el poemario “El Nombre que Falta – y algo de Pólvora-“ (Editorial Ex Nihilo, 2016) y la nouvelle “La Mentira” (Editorial Ex Nihilo, 2017) Dirigió el cortometraje “El Nombre que Falta – y algo de pólvora” basado en su libro homónimo, con la producción de Discos del Ratón (2016). Es curador de la Antología de cierre del Ciclo Incógnito (Editorial Ex Nihilo, 2018).

 

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Anahí Flores

 

Respuestas

1
La nuestra
es una editorial con varios editores.
Nos es difícil
ponernos de acuerdo.
Siempre alguno dice:
—A mí no me parece.
Y adiós libro.
Te diría
que no cuentes
con nosotros.

2
Te debo una respuesta,
perdón por la demora.
Estuvimos hablando
con mi socio y llegamos
a esta conclusión:
no incluiremos autores
que hayan publicado
en una editorial
tan cercana a la nuestra.
Hay demasiados puntos
en común entre ambas.
Espero que comprendas.
Te mando un gran abrazo.

Así que escribís

1
Antes que nada
tengo que decirte algo:
me rompería el corazón
que me transformaras
en personaje.
Si alguna vez me viera por escrito
en uno de tus libros
sentiría que me usaste
de materia prima.

2
Así que escribís
mirá vos
debés tener buena imaginación.
Yo no podría,
no,
me aburro si estoy sentado mucho tiempo.
Pero tengo varias historias
de la vida real,
quiero decir: me pasaron a mí.
Hay una que te serviría,
sí,
harías un gran libro,
vos que escribís.
Una novela policial, romántica y de aventuras.
Todo junto.
Ahora que lo pienso, podría contártela.
¿Qué hacés este sábado a la noche?

 

***

Estos poemas pertenecen al libro Quizá en otro momento, de Halley Ediciones. 

Anahí Flores escribe y da talleres de escritura creativa. No come animales desde 1987. Sus libros de cuentos son: Criaturas (Alto Pogo, 2018) y Todo lo que Roberta quiere (Textos Intrusos, 2013). En poesía, publicó: Ciertas horas de la primavera (La carretilla roja, 2017), Se durmió y otros poemas (Bajo la Luna, 2015, gracias al tercer premio del Fondo Nacional de las Artes), Catalinas Sur (Eloísa Cartonera, 2012) y Limericks cariocas (Caki Books Editora, Río de Janeiro, 2011). Compiló Bailarinas (Desde la Gente, 2018), una antología de cuentos ambientados en el mundo del ballet.

Foto de Elda Caridad.

 

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Ariel Bermani

Aniversarios

Ahora que estamos llegando
al final de otro año
no pude evitar la tentación
de buscar un almanaque de 2011.
Me acordé que el jueves
anterior a la navidad
hicimos el taller
y dejaste tu libro de Marosa
sobre la mesa
pero alguien te avisó.
Eso del libro era un truco
me explicaste después
para volver al día siguiente.
Me mandaste un mail esa madrugada
porque querías charlar algo conmigo
el viernes
a las cuatro de la tarde.
Calculando fechas
me doy cuenta que eso ocurrió
el viernes 23
se nos pasó otra vez la fecha
pero
además
ya sabemos
que no nos gustan los aniversarios.

 

Até mi caballo y el de ella y entramos al bar

Até mi caballo y el de ella y entramos al bar.
Dos whiskies sin hielo
ordené
ella agregó unas papas fritas
con aderezos.
El pueblo ardía de gente
algunos pistoleros nos conocían
y movían la cabeza hacia adelante
a modo de saludo.
Unas damas
que estuvieron en la cama
conmigo
o con ella
o con los dos
también saludaron.
Teníamos un tiempo
de vivir por ahí
y a ese pueblo siempre volvíamos
nos gustaba especialmente
por sus lecturas de poesía
y por la buena cantidad
de editoriales independientes
que exhibían sus libros
en las barberías en las tiendas en los templos
en los bares en las cárceles en las escuelas.
Las maestras adoran a los poetas
sobre todo cuando
al tercer whisky
recitan el poema de Darío
dedicado a los Estados Unidos
y “La Niña de Guatemala”
de ese viejo amigo nuestro que ya murió
el copado de Martí.
Sentados cerca de la barra
salamos un poco las papas
brindamos
y golpeamos apenas
con el taco de las botas texanas
el piso de madera.


Cuando

Cuando levantás una mano de lejos para que te vea llegar
Cuando sonreís con la boca con los ojos
con los dientes con el cuerpo entero
Cuando ponés esa vocecita de nena enojada
para hacerte la graciosa en la calle
Cuando te llamo por teléfono y te quedás callada
para que la conversación no se vacíe
y me decís que no está bueno hablar por hablar
que mejor es comunicarnos si lo necesitamos
Cuando te llamo o me llamás
y te ponés a contarme cosas de esos días
o del pasado
incluso del futuro
Cuando me das un beso y otro y te acaricio el pelo
y me leés lo que estás escribiendo
o me leés algo de un autor o una autora
que acabás de descubrir
Cuando nos metemos al cine con cerveza y papas
y por más que lloremos con la película
el ruido que hacemos al masticar las papas
y tomar cerveza
nos hace reír
Cuando nuestros cuerpos se encuentran
y se produce esa conexión que nos deja
transpirados y satisfechos
con la necesidad de dormir unas horas
con tus pies y mis pies pegados
y las manos entrelazadas
Cuando me enojo porque no quiero caminar
y te enojás porque camino igual
Cuando discutimos por alguna tontería
y te digo que no podemos seguir así
y enseguida se nos pasa
y ya ni nos acordamos por qué habíamos discutido
Cuando miramos el atardecer en la playa
o en una plaza o por las ventanas de mi casa
o la tuya
Cuando coincidimos en que el futuro
es algo que no existe y que no nos importa
Cuando hablamos de las cosas
que más nos preocupan:
tu hija tu hijo el mío
Cuando comemos una rica cena y tomamos un rico vino
y después unos ricos mates
y nos quedamos conversando casi a oscuras
sin que nada nos apure
sin que nada nos inquiete.

***

 

Ariel Bermani nació en el Gran Buenos Aires, en 1967 y vive en la ciudad de Buenos Aires desde 1990. Publicó cuentos, artículos y poemas en revistas y antologías. Es autor de trece libros. Las novelas: Leer y escribir, Veneno, El amor es la más barata de las religiones, Quedarme acá, Furgón, Agua, Anita y Messina. También de los cuentos de Ciertas chicas; de las crónicas de Inochi wa takara; de un libro de reflexiones sobre el oficio de escribir, Procesos técnicos; y de tres poemarios: No sé nada de ballenas, La relación con los objetos y Tenemos que hablarlo. Recibió el premio Emecé 2006, la Segunda Mención en el Premio Clarín 2003 y la Beca Bicentenario a la creación literaria del FNA, en 2016. Parte de su obra fue traducida al hebreo y al francés. Es narrador, poeta, coordinador de talleres de escritura y de lectura y editor.

Foto de Elda Caridad.

 

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Griselda Perrotta

El último soldado

Decías algo del amanecer
yo doblaba las frazadas
Irnos sin rastros
Nosotros justo
que desde una cueva hacíamos temblar gigantes
Que los vimos
golpear su escritorio con las dos manos para advertir
e hicimos llama la chispa de tantos

Nosotros somos el rastro, dijiste
y fue lo último que escuché
Después vimos la puerta abrirse de una patada

Estamos solos, decías la noche anterior
Negaba pero tenías razón
Como cuando me agarraste la mano y corrimos
El sol saliendo también esa vez, recuerdo
Desde entonces todo fue noches
camas prestadas
andar con lo puesto
Cómo no enamorarnos en ese paso de apocalipsis
si el último bastión éramos nosotros
El último soldado

Cuando escapemos voy a contarte:
nunca adherí tanto a esta lucha
Me pregunto si alguien más sentía como yo
No elegimos el verano
Siempre
Las cosas grandes
son dadas por alguien más, pero
¿Dónde quedaba la duda?
En ese fervor grupal
masivo
común
No había tiempo para esas cosas
Tiempo
Tiempo y tu voz firme que entendíamos verdad
Duda inútil y estúpida
Como este arrepentimiento que es a medias y además tardío

Perdí la cuenta del tiempo
Aprendí el límite del dolor
Los mil matices de un gris que no deja de propagarse y se extiende
Ya ni escucho los lamentos
la queja
el derrumbe

Soy
el peso muerto de un cuerpo cortando el aire
Flores al costado de una tumba vacía
Vueltas en círculo y no encontrar
La llaga de una nación que grita Nunca Más pero no deja de repetirse
Su incendio mal apagado

No elegimos el verano, recuerdo
y entonces de vuelta escucho tu voz que es luz
hijos libres
bosques nuestros
Pero no todavía
No todavía

¿Cuántos colores son necesarios para tapar este gris?
¿Cómo?
¿Cómo es que afuera escucho gorriones,
cómo es que igual sale el sol si el gris no cesa?
Si no logramos romper los candados
¿Fuimos
acaso
la ilusión de un puente que acabó por ceder?

No se ruega por nosotros todavía
No suficiente

Mañana seremos carteles
listas
pintadas en las paredes
que nos invoquen y nos invoquen y nos invoquen
El porvenir a destiempo
Ceniza que se monta al río y avanza
Restos que nutren la tierra
y después barro
y valió la pena
Porque sabemos
que nadie fue tan feliz como nosotros cuando mirábamos el fuego
Y ninguna hoguera es en vano
Ninguna

Nadie esperaba esta lluvia
Fuimos el verano, es cierto
Pero el cansancio

¿Quién resiste la tibieza en los pies,
el viento fresco en la nuca?
No hay belleza en permanecer donde todo ha muerto

Mañana tal vez otros
Nosotros
Seremos tierra nutrida y el río correrá limpio para inundar las naciones
Los carteles no harán falta
Tendrá sentido el color

Tal vez otros mañana
No yo
Hoy
No todavía


Los desertores

Voy a delatarme
Dejar de inventar excusas que me pongan en la puerta de un Italpark abandonado
o peor
esa masa verde en que lo convirtieron

Aviones que despistan para impactar contra estaciones de servicio
Trenes sin frenos
Bengalas que se atoran en un falso cielo

La ciudad sabe
de este ácido en las entrañas
cada vez que una niña vende flores en Constitución y un señor las compra
Pero callamos

Merecemos el tridente atravesándonos la carne

No supimos poner a salvo las semillas
Ya no habrá lluvias ni abejas suficientes
sombra bajo los árboles

Lo inmediato consume
Lo correcto diluye
Somos un compilado eficiente de frases de señalador

Teníamos el parque de diversiones más grande de Sudamérica
y lo cambiamos por escenarios multifunción
donde tomar mates en ronda sobre una lona de Frida Kahlo

Pero aquí estamos
Los desertores
La piel de gallina en verano
El terror de no saber si nuestras hijas podrán gritar sus nombres mañana

No alcanzarán los pañuelos para recuperar lo que nos sacaron
lo que nos dejamos arrebatar
No alcanzarán los colores

Elijamos bien las causas
porque hay un vampiro en la puerta de cada hogar
al acecho de cada suspiro nuestro
Limándose las uñas con cal
mientras nosotros
tomamos mates en ronda y nos tatuamos pelotudeces

Basta de lamento si no estamos dispuestos a reparar puentes
a construirlos, si es necesario

Seamos los símbolos
los pañuelos
Se lo debemos a cada cuerpo al costado de una ruta
A los que nunca vamos a recuperar

Tengo miedo de que el cansancio nos venza y dejemos de reconocernos
De que al saltar del balcón imaginemos alas
y nos contemos
mirando al suelo
que la televisión decía la verdad

Tengo miedo de que la lucha sea un entretenimiento de pocos
Mientras los monstruos
nos duermen al lado y los abrazamos

De que algún día
este océano
a nosotros también nos dé igual

 

***

Griselda Perrotta nació en Buenos Aires en 1976. Es traductora e intérprete de inglés, abogada y docente de la Carrera de Traductorado Público en la Universidad de Buenos Aires. Escribe narrativa y poesía. Varios de sus textos obtuvieron menciones en distintos concursos y fueron publicados en antologías y revistas literarias. Comparte material en su blog "Princesa de la viruta". Publicó "Frontera" (Peces de ciudad, 2017).

Foto de Elda Caridad.

 

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Patricio Foglia

Bing bang

Todo el tiempo ocurre el Big Bang
otra vez las esquirlas de vapor, en su dinámica
giran y giran, hasta convertirse en asteroides,
en planetas. Nadie sabe cuándo ni cómo.
En 1994, por ejemplo, estalló el universo.
Con terror, me tomé de la mano de mamá
y cuando me di vuelta, vi a mi padre
contemplando en perfecto silencio
la casa vacía y las estrellas.

*

Tenía ocho años cuando vi
a mi padre, pidiéndole que no se fuera
y a mi madre, de brazos cruzados
en sus ojos el fuego de la revolución.

Me acuerdo de mamá, meses después,
tomando una cerveza
mirando la noche y las luces
desde los ventanales del piso 12
de nuestro edificio.

Mientras, seguramente papá
se retiraba a su cuarto
como los grandes animales
que cierran los ojos cuando cae la nieve.

*

En algún momento va a pasar
y como se disuelven en el aire
las casas, los imperios
la noche en que mis padres se separaron
también se va a diluir, pero ahora
todavía caminamos frente al mar, en invierno
-- mientras, se agitan las ramas de los árboles
papá me dice que no tome frio
mamá dice es verdad
y me sube el cierre de la campera
y así nos amparamos
del viento del océano.

*

Por las escaleras de nuestra casa
subía mi madre tan enojada
que sus pasos formaban una escritura
cuentos breves como Monterroso
(cuando se despertó
el dinosaurio todavía estaba ahí)
y mi padre
se quedó mirando el verde
del pasto crecido y la humedad
que empezaba a expandirse en un rincón
como se abre de noche una flor negra.

*

Como un lodazal barre a su paso
con un pueblo entero, así
bajaban los gritos de mis padres
por las escaleras
como agua y tierra y la furia
de la gravedad o parlantes desconados
mientras suena Nevermind y Cobain
ya está cantando hello, hello
hello, how low?
hello, hello
hello, how low?
y aunque todavía faltan diez años
yo ya estoy agitando la cabeza
ya tengo 18 y soy uno más
uno entre tantos animales pesados
huyendo del barro, indómito, en la plenitud
de su instinto de supervivencia.

*

Sentí un alivio parecido al aire puro de las sierras
ese viento leve, esa frescura que corre
cuando todavía no se despliega una ciudad
el aire puro, como de valle,
de montaña verde, azul, verde, azul.
Perdonen la insistencia
pero fue lo que sentí
exactamente y en la cara
con los ojos cerrados
sin conocer Córdoba ni sus ríos
cuando mamá cerró la puerta
y ya estábamos afuera.

*

Pocas cosas se mudan con nosotros
nuestra ropa, ollas, dos o tres platos.
La mudanza es un bolso
pesado y negro.

Al poco tiempo desaparecen
la guitarra, los tomos de la colección
“El mundo del Arte”,
una cadena de plata del cuello de mamá.

Sobrevive, eso sí, en tapa dura
un libro de Alfonsina Storni,
su voz como una tarde
de lluvia intensa.

Yo seré a tu lado,
silencio, silencio,
perfume, perfume

Cierro los ojos. Escucho
el agua que cae, monótona
contra la ventana de vidrio
de mi nuevo cuarto.

 

***

Patricio Foglia (Buenos Aires, 1985). Publicó Temperley (En el aura del sauce, 2011; Subpoesía, 2013), Lugano 1 y 2 (Viajero Insomne, 2014), La escafandra (Mágicas Naranjas, 2015), Tokio (Caleta Olivia, 2016) y Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018). Compiló y prologó la antología de poesía y ciencia ficción Los fuegos de Orc (Mágicas Naranjas, 2016). Coordina el sitio malonmalon.com.ar. Colabora en el ciclo de lecturas El Rayo Verde, que organiza Osvaldo Bossi. Tradujo, junto con Natalia Leiderman, El pájaro rojo (Caleta Olivia, 2017), de Mary Oliver.

Foto de Elda Caridad.

 

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ENTRE NOS/OTROS, poéticas de lo inesperado

Hugo Palmar

Curador de la edición No. 32 de Muu+

 

“Uno se forma siempre ideas exageradas de lo que no conoce”.

Albert Camus. El extranjero.

 

Aunque se hable de las migraciones y mediáticamente se trate el hecho como problema actual, lo cierto es que siempre han existido y constituyen esencialmente nuestra humanidad.

Desde sus orígenes a la actualidad, tal como experimentamos el concepto de estado-nación moderno, la hospitalidad es un acto político que responde a una economía de principios soberanos, donde la acogida al prójimo (al semejante) está dada por una medida, un conocimiento objetivo de ese otro: documentos, sellos, pasaportes,  procesos de “integración”, leyes, idiomas, turismo, trabajo ilegal,  ficciones que  “des-otran”  y que dan  sentido a una identidad que vuelve siempre a sí misma, y que a pesar de las experiencias históricas, actualmente resurgen en ideales  nacionalistas a la defensa de lo propio y reproducción de dicho sentido. 

Para esta edición de Revista Muu+ Artes y Letras nos hemos planteado la hospitalidad, entendiéndola como un acontecimiento, epifanía (1) inmensurable cuando inesperadamente aparece el Otro, rompiendo la medida justa de nuestros intereses, de lo propio e idéntico que buscamos preservar de nosotros mismos.

Pensar la hospitalidad como la entrega y rendimiento absoluto hacia ese Otro que nos hace responsable con su presencia, exige una subjetividad distinta, construida precisamente a partir de éste.

Llevando el pensamiento hacia otros territorios ¿Cómo podríamos ser hospitalarios ante nuestra propia alteridad? es decir, ¿cómo podríamos ser un Otro para nosotros mismos?

¿Qué hay sobre la otredad animal, fuera de la mirada soberana y racional que domina y se apropia de ese otro tan otro que no posee rostro? ¿Qué límites del cálculo político y soberano se desbordan en la trama de un texto que nos hace cuerpo, memoria, deseo y devenir en diferentes contextos?

En palabras de Jacques Derrida, "La hospitalidad no es un concepto que puede prestarse al conocimiento objetivo". Responde más a un conocimiento ético que político, cuyo lugar de posibilidades se haya en el lenguaje poético, entendiendo el lenguaje como un espacio habitable que nos confronta inicialmente también con el Otro, el extranjero, o bien nos hace otros, colocándonos infinitamente en ese lugar de alteridad.Siguiendo estas líneas de pensamiento, he convocado un grupo de artistas y jóvenes poetas para ser parte de esta edición aniversario de la Revista Muu+, bajo el título: ENTRE NOS-OTROS, Poéticas de lo inesperado.

Carolina Arias (Argentina), Ángel Leiva (Venezuela), Marcela Bosch (Argentina), Max Provenzano (Venezuela/Portugal), Lesly Chacón (Venezuela), Keyser Siso (Venezuela/España), Raily Stiven Yance (Venezuela), Euro Montero (Venezuela), José Miguel Navas (Venezuela), Darwin Winklaar (Aruba/Holanda), Freddy Yance (Venezuela), Leo Felipe Campos (Venezuela/Colombia), Nicolás Correa (Argentina).

En imágenes o textos escritos, el arte vuelve y nos advierte sobre nuestra vulnerabilidad y la necesidad de ser y estar entre nos-otros, replanteando la identidad como una contrariedad que deviene y se transforma continuamente. Crear en todo el sentido poético, espacios para un pensamiento otro que nos habilite otras formas de ser en el mundo.

Brujas, octubre de 2018.


HUGO PALMAR (Ciudad Ojeda, agosto de 1977) inició su carrera artística junto al colectivo LA TINTOTA en la ciudad de Maracaibo. He participado en distintas exposiciones colectivas nacionales e internacionales, Caracas, Maracaibo, Ciudad Bolívar, Bruselas, Sao Paulo, Aruba, Ámsterdam, Harlem, Tilburg, Washington DC, Miami.

Ha realizado tres exposiciones individuales: "YO SOY", Cevaz Gallery Maracaibo 2006; "micropolítica" INSIGHT Foundation for the Arts Aruba 2010; y QUE TENGAS UN CUERPO, Superpolítico y Apátrida, Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, Maracaibo, Venezuela 2015.

Mención Honorífica 8vo Salón Regional de Jóvenes Artistas, Museo de Arte Contemporáneo del Zulia MACZUL 2012. Beca Fundación PROA Buenos Aires, Seminario Internacional de Arte e Integración Social 2012. Programa Federal Para las Artes, ART BOOMERANG CÓRDOBA ARGENTINA 2012 – 2014 Entrenamiento dirigido por el Curador Daniel Fischer.

Es artista, museólogo comunitario, abogado, chef Internacional. Actualmente vive y trabaja en Brujas, Bélgica.

Curador de las ediciones: 13, 14 y 16 de Revista Muu+


(1) En el pensamiento de Emmanuel Levinas, la relación con el otro corresponde a una relación asimétrica, en la que el otro se nos presenta como un acontecimiento que nos revela a través de su “rostro” lo infinito.

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Heroína. Entrevista a Nicolás Correa

Adriana Morán Sarmiento

Foto: Mailen Albamonte Pizarro

-En una charla que tuvimos en junio de 2013, te preguntaba ¿Qué es la nacionalidad?, y vos respondiste: La patria chica. Hoy te pregunto: ¿qué es la patria?

- Hoy pienso en matria: la matria chica. Y lo interesante de esto que sospecho es que no solo se refiere a un espacio construido con una estructura íntima y particular, donde comulgan diferentes mitologías personales, sino más bien a una red sensible de identidades solidarias.

En esta red sensible de identidades, en la que Nicolás Correa vive, escribe, edita; creó el personaje Heroína, “un trans atravesado por la fe, la cárcel y la guerra”. Un reflejo de las inquietudes literarias que arrastra Nicolás desde hace algunos años: encontrar la voz del personaje, esa voz auténtica que lo hace perpetuo. En "Heroína: La Guerra Gaucha", una novela publicada por Kintsugi Editora, una sobreviviente de la guerra de Las Malvinas confiesa -recuerda, escupe- las miserias de vivir bajo el yugo de “la patria”.

-Dice Heroína: "Siempre dije que yo por la patria, puse hasta el culo." ¿Qué es poner el culo por la patria?

-A ver si puedo arriesgar una respuesta, porque es bien difícil explicar el personaje. En este sentido, Heroína hace referencia a poner el cuerpo, puntualmente, en la guerra. Y acá hace referencia al comercio con el cuerpo, aunque no hay comercio en Heroína, porque no hay elección. De alguna manera, en esa imposibilidad de elección, el personaje encuentra la ironía para abordar una problemática doble, y mayor. 

-¿Cómo fue el proceso para darle voz a Heroína? Una voz cada vez más fuerte, en un tiempo donde las voces que militan por la diversidad también se han fortificado.

-Heroína me costó mucho. Tan así que fue un texto que para ser cuento es largo y para ser novela es corto, pero siempre abordado por la misma problemática: como encontrar la forma para narrar la voz de Heroína. Ese es mi mayor interrogante a la hora de construir relato: ¿cuál es la forma de lo narrado? Desde Íncubo estoy tratando de descubrir las formas, mucho más que los contenidos. 

-¿Y cómo te ha ido con ese proceso de descubrimiento? 

-Estoy más cómodo en cuanto experiencia estética porque cada material me exige una forma propia. Esto le imprime una dinámica impensada a la hora de ensayar la escritura.

-¿A quién le habla Heroína?

-Nunca logré descubrir a quién le habla. 

-¿Se te hace más fácil contar una historia de amor, en esta etapa de tu vida?

-Supongo que la historia de amor, en este caso, es una historia de amor imposible. Por eso es productiva. Eso la volvía interesante como marco para el relato.

-Otra frase que rescato de la lectura es: "Hay tiempo para contar el dolor, eso me lo digo siempre que me miro al espejo". ¿Hay un tiempo en la literatura para contar el dolor? ¿el terror? ¿la ficción? ¿el amor? ¿la política? en definitiva... ¿hay un tiempo justo para contar una historia?

-Intuyo que, si hay un tiempo para contar el dolor, es un tiempo particular y personal y eso no puede estar teñido por una cuestión de época. En tanto experiencia estética, si se encuentra la forma, todo puede ser narrado, pero esa forma corresponde a un tipo de experiencia. Ahora, si lo que hablamos es de "clima de época" o "coyuntura" o "horizonte de lecturas", son cuestiones en las que no me interesa pensar.

-¿Entonces, en qué pensás para encontrar "la forma"? ¿cuáles son esas experiencias que sí te interesan? 

-En este caso particular, pensé en la voz del personaje. El texto lo reescribí por completo dos veces, en la tercera reescritura encontré algo cercano a la forma definitiva, con mayor o menor fortuna, claro. Para llegar a eso me apoyé en mis lecturas madres: las escenas nucleares y la recursividad de Duras, la voz que construye Sara Gallardo en Eisejuaz, el tono de Puig, los saltos temporales de Faulkner, los diálogos y la elipsis de Hemingway.

-Parece que con esta novela te desprendés de ese personaje que viene haciendo de las suyas desde hace varios años y que dio pie a la Trilogía de la antigua serpiente. ¿La liberás definitivamente?

-¡Qué pregunta atinada! Vos sos testigo de esta forma que se fue descubriendo desde el 2011. Me cuesta soltar el texto y pensar que es algo definitivo. Me cuesta no volver a ella cada vez.

-¿Pero la liberás o tendremos más de Heroína? 

-Es imposible que responda a esto, solo puedo decir que uno siempre está volviendo sobre lo mismo, solo encuentra distintos modos de escribirlo. 

-¿Cuáles son los verdaderos demonios de Heroína?

-Un animal demasiado solitario se come así mismo, dice Sara Gallardo en Eisejuaz, y supongo que algo de eso hay en Heroína.

-¿Y los tuyos?

-Tengo tantos demonios que no los puedo contar. 

 

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