Letras

A «M»

Homenaje a Eugenio Montejo, 10 años después

Waleska Bustos

«Un buen poema ayuda a cambiar la forma
y el significado del universo,
ayuda a extender el conocimiento de sí mismo
y del mundo que le rodea»

Dylan Thomas

Conocí a Montejo gracias a «M». Un mediodía, cuando la distancia era la norma, conversábamos por teléfono mientras me presentaba al poeta. Recuerdo haberme conectado de tal forma que llorar fue parte del encuentro. Es difícil no dejarse atrapar por sus historias, es decir, sus poemas.

Creo que su mayor distinción es la capacidad de narrar y compartir su visión de la condición humana desde una mirada y con una sensibilidad tan perfecta, poética, universal e íntima como solo sus palabras nos pueden hacer sentir.

Montejo es uno de los pocos poetas al que regreso siempre. Por eso, sin pensarlo, estuvo entre los primeros libros que me traje a Buenos Aires cuando salí de Venezuela.

A Montejo recurro cuando quiero celebrar la vida, o el amor, que muy bien podrían ser lo mismo.

Agradezco de Montejo la facilidad con la que puedo ver sus ideas. Son historias sin artificios, poesía que se aleja de las palabras postizas e ideas forzadas por muy complejas que puedan ser. Aunque vivimos en los mismos tiempos con edades distantes, aún sin conocerlo, me atrevería a decir que el resultado de su trabajo describe al detalle su mundo auténtico y que le nacía de forma, digamos, espontánea, tanta perfección contenida en sus líneas.

Gracias a esa perfecta relación con el lenguaje y la magia que nos regala en cada línea, alguna vez lo vi extender su mapa mientras soñaba conocer Islandia.

¿Habría algo más fatal que este deseo de irme a Islandia y recitar sus sagas, de recorrer sus nieblas?»

De «Lo nuestro» rescaté la idea de que «Solo trajimos el tiempo de estar vivos» y la marqué en mi piel como recordatorio del presente que nos queda.

Las ideas constantes que se presentan en esa manifestación que es su universo sobrepasan las emociones a las que un alma sensible podría esperar enfrentarse ante una línea o una página completa: el viaje por la tierra, el amor de a dos, nuestro tiempo en «este cuerpo celeste», la galaxia, la infinitud, «nuestro asombro de ser aquí la vida».

Se siente una incompleta cuando de abordar a un gigante se trata. Parecen escasas las palabras, pero no queda más que compartir y celebrar sus líneas en cada momento.

«M» me prometió una marca, suya, de Montejo para él: «Estoy sintiendo todo lo que vivo y me acompañan la palabras».

 

Poesía de Montejo

Lo nuestro

Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa 
con el temblor del mundo, 
el tiempo, no tu cuerpo. 
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando; 
se despertó contigo una mañana 
cuando quiso la tierra. 

Tuyo es el tacto de las manos, no las manos; 
la luz llenándote los ojos, no los ojos; 
acaso un árbol, un pájaro que mires, 
lo demás es ajeno. 
Cuanto la tierra presta aquí se queda, 
es de la tierra. 

Sólo trajimos el tiempo de estar vivos 
entre el relámpago y el viento; 
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo, 
el hoy, el grito delante del milagro; 
la llama que arde con la vela, no la vela, 
la nada de donde todo se suspende 
–eso es lo nuestro.

(Adiós al siglo XX, 1992)

El hacha blanca

Y a quien no siente,
¿de qué le sirven las palabras?
Al sin amor, su cuerpo ¿qué le vale?
La noche cae. ¿A quién la sombra importa
si no encuentra una voz que lo acompañe?
La luna alumbra. ¿Qué sueña ahora solo
quien palpó en una piel todos sus rayos?

La ciudad es recta, de paredes vítreas,
autómatas las sombras de sus calles.
En no sé cuál de tantos edificios,
tras alguna ventana, quedan tus ojos
y la música móvil de tus párpados
y en una balanza tus senos,
cuyo fiel es la luna y su hacha blanca...

Estoy sintiendo todo lo que vivo
porque tras estas piedras sigo tu sombra
y me acompañan las palabras.
Atravieso la noche y siento las estrellas,
siento demasiado las estrellas
y tus manos, tu boca, tu perfume...
Jamás un cuerpo me unió tanto a los astros.

(Papiros amorosos, 2004) 


Waleska Bustos (Maracaibo, Venezuela). Comunicadora Social y Communnity Manager. Amante de la fotografía y la buena literatura.

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Cinco textos inéditos

Eleonora Requena

I

Me comieron la lengua los ratones, me entramparon en el pecho su silencio
me limaron las vocales, se llevaron mis lamentos, se enfundaron las memorias
orinaron los legajos, borronearon los versitos
merendaron sobre cartas, sobres, aspavientos, se cagaron en la caja de pañuelos
carcomieron los olvidos, devoraron la tristeza y satisfechos
se fugaron por los caños, se mudaron
emigraron, copularon y se fueron
han dejado el fuerte hedor del abandono, ya no queda nada tierno que roer
soy letra muerta.

 

II

Es la edad
Antes escribía frases con aguijones
los poemas tenían un cerrojo agudo
los rumores de la savia de la noche
destilaban por los poros de los días
las palabras se escondían en almenas, etc
Perdí el candor
Los sueños tienen poco aceite, su flama es débil
Vivir así tiene su encanto
observo los detalles de la trama
apenas vislumbro los señuelos.

 

III

La moneda de 10 centavos incrustada en el asfalto, los otros objetos encajados en las baldosas de cemento, la llave en Anchorena, el arito de metal en Ecuador, clavos, tornillos, fragmentos de vidrio, cuatro cuadras más adelante varias chapas de cerveza, huellas de pisadas de perros y de personas, el gesto agrio de la vendedora de la tienda, las cortezas de los árboles sin nombre, arriba, la vetusta arquitectura abigarrada de los edificios, la imagen que creo tener ante los transeúntes - tan inadecuada me siento, hay rabillos en los ojos, ya hace frío, aprieto los puños dentro de los bolsillos, sería ideal un texto desplegado como una alfombra a mi paso, las palabras cayendo desde el cielo como hojas, susurrándome al oído los significados, un cuaderno autónomo llenándose de frases sin aristas, todo trastabilla y sigue siendo ajeno a la mirada -cada día, temo hacerme añicos, mejor esta mudez, esta mirada al ras, un buen abrigo.

 

IV

Armas y desarmas, vuelta a hacer, la vacías para intentar otro orden donde quepa algo más, donde dejes por fuera otro cosa, renuncias a poseer algo, lo pones a un lado quizás para después, sabiendo o presintiendo su espacio en la memoria de las posibilidades, esto vendrá, esto no cabe, esto debería llevarlo, esto otro no, haces la maleta, la pesas y sopesas en el reino del porvenir, tu último gesto de control antes del viaje, saber qué llevas contigo. Y el descontrol ya va abriéndose paso entre las cosas abandonadas, perderás, recuperarás, olvidarás, lamentarás, decides y cierras los ojos, los abres hacia adelante.

 

V

En la ventana de abajo una voz ronca y aniñada le grita en monocorde furia a quien, sospecho, cabizbaja y con resignación, apenas tiñe las pausas con un opacado hilo de silencio ante la boca que entona cada tarde sos una boluda, sos una puta, sabés que eso me molesta, boluda, lo sabés, y pasa la tardecita del verano con las ventanas de par en par, y nada que da brisa, sos una boluda, y el ligero viento de pronto agarra cuerpo y bate los cristales pero poco refresca, mientras, detrás de las otras ventanas, otros hablan bajito y viven hacia adentro sus pequeños dramas con más discreción. Allá abajo vocifera su lugar común de abusos aquel garabato de hombre, sos una puta y demás. Que nadie hable tras los otros vidrios o bajen con sigilo sus persianas tampoco es garantía de alguna felicidad, lo sé.


Eleonora Requena es poeta venezolana (Caracas, 1968). Ha publicado los poemarios Sed (Eclepsidra, 1998), mandados (La Liebre Libre, 2000), Es de día (El Pez Soluble, 2004), La Noche y sus agüeros (El Pez Soluble, 2007), Ética del aire (bid & co. editor, 2008) y Nido de tordo (Kalathos editores, 2015). Su trabajo aparece reseñado en diversas antologías y estudios críticos dentro y fuera de su país. Con mandados obtuvo el Premio de la V Bienal Latinoamericana de Poesía José Rafael Pocaterra (2000), mientras que con La Noche y sus agüeros obtuvo el Premio Italia 2007 para la Poesía en el certamen “Mediterráneo y Caribe”, auspiciado por el Instituto Italiano de Cultura de Venezuela y el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Boloña. Actualmente reside en Buenos Aires.

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Gabriel Payares: el mar y la nostalgia

Entrevista por Adriana Morán Sarmiento

Fotos: Beto Gutiérrez

Parado frente al monumento a Simón Bolívar que está en la ciudad boliviana de Villazón, Gabriel recordó la imagen de los libros que vio desde chico. El héroe patrio se había desdibujado. Este Bolívar era más bien pequeño, con el caballo mirando hacia adelante y una rara expresión de conformidad. Esa sorpresa quedó en su memoria, que ya venía cuestionando, desde hace mucho, el patriotismo venezolano dentro y fuera del país.

Gabriel Payares es hijo del desarraigo, de la distancia y la soledad. Esto no lo hace un ser asocial, por el contrario, resulta una buena compañía al momento de la charla. El café se enfría y no le importa. Todavía tiene mucho que decir. Mucho ha leído, mucho ha escrito y en esa medida siente que le falta vivir, conocer esta Latinoamérica que lo intriga, que lo interpela en su intimidad y que le permite cuestionarse como nativo y como forastero.

Nació en Londres en 1982, cuando sus padres hacían estudios de doctorado en Biología. Tres años después, se radicó en Caracas, una ciudad en la que ya se respiraban tiempos de tormentas, el caos que fue después. Gabriel creció en los 90, la época post caracazo.

De niño escribía relatos de películas. Como no sabía pintar, tenía que escribir. Su mamá intuyó su inquietud por contar historias y comenzó a regalarle libros. Supo, antes que él mismo, que su único hijo tenía cierto talento en la escritura. Pero no fue hasta terminar la universidad que escribió sus relatos más serios, influenciado en su formación por Carlos Noguera, a quien conoció en un taller en el 2006.

Hablar de influencias, es arriesgarse a olvidar nombres. Para Gabriel es mejor agradecer a sus profesores de la Escuela de Letras, quienes en esa época llevaron las riendas de los últimos años dorados de la universidad venezolana. Pero hay un nombre que se repite: Carlos Noguera. Por quien sí siente una deuda. "Su literatura no me influyó, lo leí poco -asegura-, pero sí influyó en mi formación. Aprendí mucho de él".

Sin embargo, la literatura de Milan Kundera fue reveladora. Durante mucho tiempo quiso escribir como él, para disgusto de algunos. A Gabriel no le importó, pocas lecturas lo removieron tanto como "La insoportable levedad del ser".

A sus 30 años, Payares ya publicó tres libros de relatos: "Cuando bajaron las aguas", ganador del Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores, “Hotel” (Punto Cero, 2012), y "Lo irreparable" (Punto Cero, 2016), reeditado en Buenos Aires por Corregidor (2017). Fue ganador del V y VII Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional y el II Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, 2014); y la Primera Mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). En 2011 fue escogido como parte de los escritores menores de 40 años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura, en el marco del convenio Cuba-Venezuela.

"La literatura es como un caballo que siempre llega tarde a la carrera", define Gabriel el oficio. Pues resulta que a pesar de tener expectativas muy altas, es un escritor indisciplinarlo. "Tardo mucho escribiendo. Improviso, releo, me tardo escribiendo. Soy indisciplinado y flojo". Además, la literatura le resulta un proceso insoportablemente lento. "Cuando terminas un libro ya no eres ese que escribió". Pero no pierde las ganas y recuerda a Ednodio Quintero cuando señaló que hay dos fuerzas para el escritor: el deseo y la nostalgia, sin ellas no se puede escribir.

"Escribir es un acto de fe, en el sentido de creer que puedes encontrar dentro tuyo las piezas para darle un sentido específico al mundo. Yo escribo para ordenar, para tener un entendimiento".

Recuerdos del mar

Cango era un pescador macizo, con un bigote al estilo Pancho Villa, simpático aunque no muy charlatán. Una mañana echó las redes al mar para atrapar y traer a la orilla esa masa impresionante de pescados que a los turistas tanto les gustaba ver. Muy cerca había un grupo de chicos jugando con la soga extendida. Cuando Cango fue a sacarlos del lugar, la soga se rompió y un latigazo le llegó al muslo. Perdió una pierna. Aunque el Gobierno le dio una prótesis, su depresión era tal que prefería andar por la playa saltando con una muleta que depender de esa pierna falsa. Tiempo después volvió a los peñeros a hacer lo que podía, como tejer redes. No dejó la vida del mar, pero sí su pierna.

Esta historia es una de las tantas que Gabriel vivió en su infancia en Margarita y que aún resguarda en su memoria para escribirlas algún día. Anécdotas que hicieron de su niñez solitaria, un lugar atesorado al que volver en su memoria. "Son historias interesantes pero yo no quiero replicar a García Márquez o Isabel Allende... esa cosa medio porno miseria, o la anécdota mágica. Si no encontrar una forma de abordarlas que fuera más mía, que hiciera justica a esas historias de sufrimiento, esperanza y amor".

Entiendo ahora que hemos asociado nuestras mujeres y nuestras ciudades por una razón específica. Empeñados en que el mundo decaiga y muera con nosotros, hemos querido ver la vejez de las primeras en la decadencia de las últimas; por eso cada generación venidera tiene una mejor ciudad que recordar en su niñez, y una realidad un poco más triste que vivir: las naciones se fundan a la sombra de su propia nostalgia.

Del cuento: Nagasaki (en el corazón) (Hotel, 2012)

Gabriel es hijo único de profesionales de clase media. Se crió en una quinta ubicada en Los dos caminos, cerca del Ávila. Su primera infancia estuvo muy cerca de sus padres, pero luego estuvo muy recluido. "Me crié con el nintendo", recuerda. Sus padres lo tuvieron a sus 40 años y lo formaron apostando más por la seguridad que por la experiencia. No tener con quien jugar le permitió crear un mundo interior muy rico y valorar mucho su individualidad, lo que fue un problema en su adolescencia.

Pero Gabriel recuerda con nostalgia las vacaciones familiares. Su padre era un trotamundos, siempre le gustó viajar y Gabriel heredó esta inquietud. Parte importante de su niñez son las vacaciones en Margarita, a donde viajaba la familia frecuentemente. "Mi viejo formaba comunidad muy rápido con los pescadores -cuenta-, sus hijos eran mis amigos. Tengo montones de recuerdos de esos días."

El imaginario de la costa es muy importante. "Cuando escribo, el mar tiene una presencia muy fuerte para mí". Los hijos de pescadores que eran sus amigos, la señora Rosenda sentada en su "trono" mirando el atardecer y fumando tabaco, Cango, las mesas del restaurante en la arena, los peñeros, el día que aprendió a nadar solo... son viñetas que marcaron su infancia y que, al mismo tiempo, le era difícil compartir. "Por un lado estaban mis viejos en su crisis de pareja, y por otro, los chicos para los cuales eso era algo corriente y no tenían la distancia para contemplar toda esa belleza, y en el medio estaba yo."

Lo más importante de poder contar estas anécdotas es no caer en el chauvinismo ficcional. "Hasta ahora he intentado escribir eso, pero lidiar con lo nacional en estas últimas décadas ha sido difícil. No quiero contar el país de "el secreto mejor guardado del Caribe". No es eso lo que quiero mostrar. De hecho, en esas viñetas bonitas que recuerdo, había mucho drama".

La carga político-religiosa

Gabriel no fue un buen alumno. Lo reconoce sin vergüenza. Estudió en un colegio para hijos de profesores de la Universidad Central de Venezuela, donde trabajan sus padres. La dinámica del colegio no le resultaba atractiva, no se llevaba bien con sus compañeros, no lo apasionaba ninguna clase, no le interesaba estudiar. "El colegio era más bien un lugar seguro, para mantener a los chicos lejos de la drogas, del hampa en una época de crisis. Algo muy común en las clases medias venezolanas", cuenta.

Luego pasó a la Central, donde estudió primero Computación y luego Letras y tuvo la oportunidad de dar clases. Este recinto universitario es otro enclave importante en su historia. Ahí pasó casi toda su vida y comenzó a interesase por la escritura. "Tuve la oportunidad de probar los diferentes puntos de vista en la Central, lo suficiente como para entender que la universidad es una especie de termómetro del país. Casi que es como una especie de diorama chiquitito donde ocurre todo lo que ocurre afuera".

Entre reflexiones que hoy lo hacen repensar una Venezuela que pareciera muy lejana, Gabriel recuerda su "militancia artística", desde el Centro de Estudiantes. Como universitario, no fue un militante político y esto lo debe mucho a la formación marxista de su padre.

"Mi papá me crió haciendo mucho hincapié en temas de conciencia de clases, un marxismo que terminó siendo culpa de clases. El marxismo es como un nuevo cristianismo que te enseña a ver el mundo muy ajeno y muy caro, entonces es como si todas las cosas tuvieran un precio altísimo que los demás pueden pagar pero tú no, aunque tuvieras el dinero para hacerlo. Esto fue producto de mucho sufrimiento en mi vida y análisis en terapia".

Durante mucho tiempo se sintió enemistado con la idea de la doctrina paterna que, si bien le indujo a penosas situaciones, también fue la oportunidad de crear un vínculo empático con personas en situación más humilde. Convencido o no, hoy ha podido desechar lo que no le gusta y trata de ser un libre pensador, "si es que eso es posible".

Pero fue mucho más lo que por años lo mantuvo distanciado de su papá, no sólo este ideario político, sino también el naufragio del matrimonio. Hoy, con la distancia del tiempo y el espacio, reflexiona: "Sospecho que mi papá construyó su emocionalidad en base a una cierta militancia muy ardua, que le dio mucha dirección interpretativa de la vida, pero le castró un poco su acceso a la interioridad. Tuve un padre muy distante, severo, castigador, pero pendiente de darme todo lo que necesité".

El marxismo como ideario revolucionario, fue para Gabriel algo muy cercano: una fuente de culpas que lo sentenciaba a buscar castigo, y también una fuente ideal para iluminar los sectores oscuros de las sociedades modernas. La gran escuela de la sospecha que permite interpelar y ordenar la sociedad. "El marxismo y el psicoanálisis son mis dos iglesias", concluye.

Venezuela hoy

Ciertas posturas políticas muy frecuentes no bastan para entender la realidad histórica, dice. Distanciado del chavismo y de la oposición venezolana -atrás quedaron sus jornadas laborales en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y en Monte Ávila Editora- no cree que al ser opositor a los gobiernos de Chávez o Maduro deba suscribirse plenamente a otro tipo de modelo.

"Creo que militar contra Chávez en un momento, era reprochar la ausencia de mi padre", dice y corrobora que la militancia está muy ligada a lo paternal. Además, la militancia exige unas certezas de cara a una educación formal que no cree tener, puesto que ha sido autodidacta en muchas etapas de su vida. Prefiere pensar las problemáticas sociales con nombre propio y no adherirse a militancias.

"A la larga, no ser militante es el único rol posible para un escritor".

En el cuento "Para Elisa", que obtuvo el segundo lugar de la VII edición del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores 2013, Gabriel rememora iconos de la historia oficial venezolana: un crimen pasional, un policía, un extranjero, un militar y la violencia. Como en una película de los años 80, la historia se narra "en un contexto sociopolítico muy específico, de fuertes conflictos sociales y humanos, pero que al mismo tiempo conserva vigencia en la actualidad", dijo el jurado. Y es que Payares tiene muy presente el imaginario de país en su devenir. Reflexiones que derivan en textos.

Gabriel es un militante de la literatura, esa que debería ser un mazo para romper mitos y tomar los pedazos que interesa para contar otras cosas. Y es ahí cuando piensa en Venezuela, un país profundamente triste que vive un momento de resignación y amargura. La imagen de la barriada celebrando el callejón sin salida es, para Gabriel, muy definitoria de la Venezuela de hoy. -"Somos un país profundamente triste"-.

Mientras que en Argentina consideran a los venezolanos muy alegres, por venir del Caribe, insiste en que es una alegría triste, "que sirve para mantenernos arriba, en una especie de salva vida porque en el fondo somos un pueblo muy triste. Este es un momento de descontento que va a movilizar cosas, muchas energías, no necesariamente de la manera idónea. Ya está movilizando mucho rencor".

"Me resisto a pensar Venezuela como un país en ruinas, pero sí hay una especie de nostalgia por lo que fue, que habría que empezar a dosificar y meterle lupa. Nos hacen faltan relatos y por eso es un momento importante para los que hacemos ficciones, a pesar de que nadie nos está esperando para leernos".

Recuerda un consejo que le dio la escritora Victoria de Stéfano, "el mejor que me han dado en la vida", y es que ella escribe lento, pues nadie está esperando para leerla. La literatura es el caballo que llega de último en la carrera.

Gabriel se cuestiona la idea de que la narrativa debería rendir cuentas de lo que se está viviendo, de que habría que esperar "la novela del chavismo", o refrescar la realidad como si la gente no la viviera, como si hubiese alguien a quien hay que rendirle cuentas de la realidad que vive. "Es todo lo contrario - plantea-. Ya que los medios periodísticos tienen tanta importancia en el panorama político, la labor de la literatura es otra. No sé si darle la espalda e irse a soñar mundos paralelos, pero sí de una forma romper esos mitos".

Para este joven escritor que observa la realidad nacional desde afuera, la literatura debe ofrecer otras vías de relato, otras vías de entrada y salida de "lo nacional": "redibujar el laberinto, más que encontrarle una solución posible... No hemos sabido construir una mirada sobre el arte y la literatura como una vía de entrada a lo propio".

En su último libro de cuentos, Lo irreparable, hay pocas referencias a la Venezuela de hoy y se aborda al chavismo como algo ya pasado, que ya terminó: "quizás es mi forma de hacer oposición".

El escritor nómade

Treinta años después de nacer, Gabriel volvió a Londres para conocer la ciudad donde nació pero la sintió ajena. A pesar de visitar los lugares que marcaron su nacimiento, el hospital donde nació, el apartamento donde vivieron sus padres, Londres resulta lejano a su niñez.

Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Y aunque vivir lejos de su tierra le fue difícil, una experiencia que cataloga de dolorosa, también contribuyó a contrastar realidades. "En la medida en que uno pueda ver más mundo comienza a entender no sólo cosas de ese mundo, sino cosas de sí y de sus propias raíces. Nunca entendí tanto sobre Venezuela como este año medio fuera".

Pero el viaje no termina en la capital argentina. Desde hace años ha estado atesorando experiencias de desarraigo, de viajes que despierten ganas de descubrir otras culturas, "creo que es indispensable en la formación de escritor. Un poco para poder pensar lo propio y lo ajeno".

En lo que fue un viaje muy revelador del continente americano, visitó el norte de la Argentina y parte de Bolivia. Ahí, parado frente a ese Bolívar enjuto entendió que lo que hay que generar un intercambio cultural en Latinoamérica, "dejar de mirar a Europa, es lo que uno debería perseguir activamente". Ahora, quiere recorrer esa Latinoamérica que promete una gran experiencia para poder acumular vivencias de lo que es ser suramericano. Considera que por ahí van las enseñanzas de la época.

Sin embargo no cree en la llamada "literatura del exilio", de la que fue muy crítico cuando comenzó a viralizarse el concepto en los medios. Según le confesó Eduardo Sánchez Rugueles, escritor venezolano residenciado en Madrid, algunos exiliados se quejan de que la etiqueta no la asumieron ellos, "no se trata de que una generación de escritores se puso de acuerdo para bautizarse como tal", sino fue la manera en la que ciertos poderes mediáticos, editoriales y de mercado, atajaron una narrativa que estaba intenta visibilizar la clases media que se está yendo del país. "La clase media tiene quince años invisibilizada por el chavismo y esta literatura está intentando revisibilizarla. Algunos están escribiendo sobre la cuarta república, la época en que eran jóvenes, y otros sobre la narrativa de lo extranjero, que yo prefiero llamar de la emigración y no del exilio. La narrativa del exilio la reconvirtieron a la diatriba política, entonces es la narrativa de oposición".

Con más de un año viviendo lejos, Gabriel siente que el país no logra escapar de un molde político. Aunque el chavismo esté llegando a su final, es este fin el comienzo de la narrativa chavista que está por venir. "Chávez como figura no está extinta, por el contrario comienza el mito, el relato del chavismo. Es como el peronismo, aún sigue el relato".

El regreso del hijo

Durante mucho tiempo, Gabriel estuvo enemistado con su padre, hasta que la literatura se lo regresó: "Cuando salió el primer libro de cuentos, en el que abordaba, entre otros temas, la relación con mi familia, creo que él supo leerlo de otra manera. Fue el libro premiado que le mostró más sobre mí. Ya que no éramos buenos hablando, podía leerme. A partir de ese entonces se horizontalizó mucho a relación y empezamos a estrechar los lazos. Hasta el sol de hoy, creo que ese el premio más grande que la literatura me ha dado, me devolvió a mi viejo".

Gabriel aprendió a nadar en Margarita, junto a los hijos de los pescadores. Sus padres no lo sabían. Un día, luego de haber nadado hasta un peñero, vio en la orilla a su padre que lo buscaba. Lo saludó. Su padre se sorprendió de verlo ahí. Le contó a su madre: -Mira donde está tu hijo. -¿Cómo llegó ahí?, le preguntó ella. -Nadando...

"Esa imagen -concluye- de estar en el peñero mirando a la costa y saludando a mis padres, es la que tengo en este momento de mi vida. Ellos están lejos y yo estoy en esta especie de peñero viendo a dónde atraco".


Entrevista publicada en el libro "Nuevo país de las letras", compilación de Antonio López Ortega para la Biblioteca Digital Banesco www.banesco.com

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El bolero de Jorge Donn

Hilda Cepeda

- ¿Qué haces acá? Te dije que no tenía lugar para ti.

- Vengo a mostrarle que soy bueno, quiero estar acá.

Es imposible no imaginarse este diálogo entre Jorge y Maurice. El primero, un bailarín argentino, de los más destacados del siglo XX; el segundo, el icónico maestro de la danza moderna, Maurice Béjart. Jorge Donn bailó desde los 8 años en la Escuela de Danzas del Teatro Colón. Desde 1955 y durante diez años seguidos estaría bajo la tutela de Aída Mastrazzi, Jorge Tomín, Michel Borowsky y Renate Schottelius. Con esta última maestra experimentaría la danza moderna, nada apreciada en esa época, pero su cuerpo era dúctil y él tenía, desde muy temprana edad, la ansiedad por moldearlo, lo cual se concretó durante su carrera en Europa.

Nació el 25 de febrero de 1947 en la localidad de El Palomar. Solía entregarlo todo en escena, muchos lo calificaban por una fuerza interior que lo destacó en el escenario, lo cual supo aprovechar su guía, Béjart.

Y es que la historia de Donn, inicia con su encuentro con Maurice Béjar. Tenía 16 años, cuando lo conoció, él maestro se presentaba con su compañía Ballet del Siglo XXI, en Buenos Aires, en el propio Teatro Colón. Allí Donn se le acercó para pedirle entrar a su clase, petición que aceptó Béjart. Le pidió que lo llevara con él, el coreógrafo le dijo que no era posible, ellos estaban completos y él era muy joven. El diálogo inicial a este texto se complementa con el maestro repitiéndole “Estamos completos”, pero la insistencia y la suerte dieron resultado. Tres meses después el escenario fue Francia, Donn estaba frente al maestro cuanado uno de los chicos del elenco enfermó, dándole paso. Tres años más tarde era el pupilo, inspiraba las piezas de uno de los coreógrafos más prominentes de la historia moderna de la danza: Maurice Béjart.

El Bolero

Donn formó parte del Ballet del Siglo XXI y así triunfó en Europa, junto a su maestro Maurice adquirió fama por su técnica y sus enérgicos movimientos. “La danza se hace de a dos, como el amor. Allí es donde se funde el creador y el intérprete”, dijo.

Béjar creó más de 30 piezas para Jorge, lo consideraba una fuente de inspiración. La carrera internacional de Donn, tuvo entre sus picos más destacados, la invitación que le hiciera en 1976, George Balanchine para que participara como primera figura en el New York City Ballet, ya para ese momento era el coordinador artístico de Béjar en Suiza.

Inquieto y con la fuerza de considerarse en un buen momento de su carrera, se separa de su guía en 1988 para formar su propia compañía: L’Europa Ballet, proyecto que siempre contó con el apoyo de Béjart, quien lo justificó por la necesidad de crecimiento e independencia de quien fuera su artista favorito. Béjart creó para Donn la famosa pieza El Bolero, la cual interpretó Donn en una escena de la película Les Uns et les Autres, de Claude Lelouch.

El preferido

“Si tengo un lugar en el mundo fue porque sufrí para tenerlo. Voy a seguir teniéndolo, aunque me cueste más de lo que preveo. Un prejuicio considera que un bailarín termina su carrera a los 40 años. ¿Quién pone ese límite? La sociedad. Bueno, yo no lo acepto. Siento que recién empiezo. Y estoy dispuesto a empezar”. Donn lo sostenía siempre, para este argentino, su condición era permanente, la de conquistar lugares con su arte. A menudo se le comparaba con un felino, quizás por sus caracterizaciones y su melena rubia.

Bérjat y Donn irrumpieron espacios con la danza moderna. Maurice planificaba la danza como un hecho popular, para nada reservada a las élites “El ballet como cualquier arte, no está hecho para especialistas”, afirmaba. La pasión de Béjart, lo hizo romper los estilismos de la danza, la quiso hacer popular y para eso uso la fuerza de Donn, quien no escatimaba talento para demostrar lo sublime de la danza moderna y su repercusión en el mundo de las artes.

En 1979, Jorge Donn recibe el Dance Magazine Award, el galardón más prestigioso de la danza. En el 89, la Fundación Konex lo nombra uno de los cinco mejores bailarines de la historia Argentina. A los 45 años, y de manera prematura, considerado así por los proyectos iniciados, por los afectos generados desde su arte y sobre todo por un legado que debió continuar, muere. Fue el 20 de noviembre de 1992, a causa de complicaciones por el Sida.

“Lo más importante que aprendí de la vida es a morir. Todos los días aprendo a aceptar un poco más mi muerte. Todos los días, por lo tanto, vivo un poco mejor”. Hasta el último de sus alientos bailó y creó. En junio de ese mismo año, participó en el Festival de Sens, aledaño a París.

Admirado en el mundo de la danza y las bellas artes, este bailarín argentino se ganó el respeto y la admiración de su público, y de los más destacados y expertos maestros de la danza en el mundo. Bérjat, su maestro, murió 15 años después. En sus biografías todos coinciden en afirmar que, luego del fallecimiento de su pupilo, su mirada se opacó. “No podría amar fuera de mi oficio”, expresó el mismo Maurice Bérjat, al referirse a sus afectos, en espacial a Donn.


HILDA BEATRIZ CEPEDA. Nació en Caracas. Estudió artes plásticas, mención escultura, danza, teatro y periodismo. Ejerció el periodismo en diversos medios e instituciones culturales. Es maestrante de Comunicación y Creación Cultural, en la Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires.

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La mujer esquimal

Martín Cascante

Yo me arreglo, vos despreocupate, dice Vidal, y me da las llaves de su quinta. Te tomás una semana, te instalás allá, mi señora no tiene problema. Lo necesitás, agrega. Yo lo dudo, me cuesta cada paso que tengo que dar desde que Paula me devolvió la libertad. Te estoy haciendo un favor, me había dicho ella de espaldas, arrastrando el bolso con sus cosas y tratando de embocar la llave en la cerradura. Te lo estarás haciendo a vos, le contesté. Ni se dio vuelta para mirarme. Hace frío, Paula, estás desabrigada, grité. No nos aguantábamos más, pero todavía me surgía cuidarla. Ahora, sin ella, me cuesta ordenarme. Justo a vos, que sos tan ordenado, reflexiona Vidal, y tiene razón.

La primera mañana me despierto transpirado, por el calor. Hay una humedad que me pega las sábanas al cuerpo y que me dificulta respirar. Me froto los ojos y los abro. En ese momento sucede algo extraño. El ojo izquierdo me muestra el techo de machimbre, el ventilador herrumbroso de la habitación de la quinta de Vidal, en donde estoy acá y ahora. El derecho mira una playa de piedras oscuras, parpadea para defenderse de un viento frío que lo irrita y lo seca. Guiñándolo, me levanto de la cama. Necesito concentrar mis movimientos en este espacio, caminar hasta el baño para mojarme la cara. Cuando termino de pasarme la toalla vuelvo a abrirlo. Está en otro tiempo y en otro lugar.

Flotan unos témpanos a la deriva. La tarde se cierra sobre el mar y lo ennegrece. Una mujer esquimal está ahí. Mi ojo derecho la ve parada sobre una pequeña loma, donde terminan las piedras y la tierra sube para separarse definitivamente del agua. Me dice algo, me llama. Eso lo sabemos (mi ojo y yo) porque lo vemos en la forma de su boca. No puedo escucharla. Hace un ademán con las manos. Quiere que trepe hasta ella. Yo cierro el ojo izquierdo que todavía trata de mirarse en el espejo del baño de la quinta. La mujer esquimal sonríe, y sus pómulos rojizos brillan, resecos por la sal del océano.

Camino con alguna dificultad sobre las piedras mojadas. Son hermosas, pienso, cuánto le gustaría a Vidal que le llevase algunas para los canteros de la quinta. Llego hasta la lomita y empiezo a subirla, los pastos son de ese verde apagado que tienen las plantas que crecen en el frío. La mujer esquimal está cerca, me espera unos pasos más arriba, quieta y erguida, como un pequeño monumento.

Una ráfaga me pega en la cara. Me cubro con el brazo y vuelvo a abrir el ojo izquierdo. Recupero todos los sentidos. Se está haciendo de noche en la quinta, los grillos hacen un ruido insoportable. Me pasé el día sin salir de la habitación, el calor no afloja. Oigo el teléfono sonando en la planta baja. Apuro el paso en las escaleras para llegar a atenderlo. Los escalones son de madera sin lustrar y me clavo una astilla en un pie. Llego antes de que se corte la llamada. Es Paula. La saludo sorprendido, sosteniendo el teléfono entre la cabeza y el hombro. Hago equilibrio sobre un solo pie, trato de quitarme la astilla, que está clavada en el talón. Paula me aclara cómo consiguió ubicarme, aunque yo no se lo haya pedido. Dice que necesita unos papeles para presentar en el banco. No logro capturar la punta de la astilla. Si tuviera unas pinzas sería más fácil, pero no traje. Antes usaba las de Paula. Especulo que quizá Vidal tenga una arriba, en el baño. Paula se queja de que me escucha mal. Puede ser el viento del Ártico, me sale decirle. ¿De qué viento me hablás?, pregunta. Hay unas gaviotas volando en bandada, me están pasando cerca de la cabeza, le comento mientras me agacho un poco, instintivamente. Paula se queda callada. No creo que esté preparada para entenderlo si se lo explico.

Termino de subir la loma y me acerco despacio a la mujer esquimal. Su rostro oscuro, su pelo grueso y renegrido, contrastan con el gorro blanco de piel que lleva puesto. Yo la veo con mi ojo derecho, ella me mira con sus dos ojos rasgados y profundos.

La mujer esquimal empieza a caminar, paralelo a la playa. Tiene unas botas de cuero cosidas. Me gustaría hablarle pero no me salen las palabras. A ella no le importa, por ahora parece conformarse con esto: apenas un ojo que la mira y la sigue con dedicada atención. Me veo las piernas y caigo en la cuenta de que estoy en calzoncillos, caminando por una playa de yuyos escarchados y témpanos que flotan en el mar. Pero no siento el frío, no siento otra cosa que la imagen de la mujer esquimal que camina un paso delante de mí en medio del silencio.

Un golpe en la puerta me devuelve a la quinta. Bajo rengueando, llevo en la mano una pinza de depilar oxidada que encontré en el mueble del baño. Miro el almanaque que está pegado en la heladera, hace una semana que estoy acá y ni asomé la nariz al jardín. Todavía me sigo peleando con esta astilla. Vidal está parado afuera, contra el ventanal, haciéndose visera con las manos para mirar el interior de la casa.

Disculpá que te moleste, vine porque Paula está preocupada, me explica mientras pasa y se seca la transpiración de la frente con el antebrazo. Dejaste el motor de la camioneta en marcha, le advierto, mirando el humo blanco que sale por el caño de escape. Deberías cambiarle el aceite, agregó como consejo. Son dos minutos y me voy, no era la idea, dice con un tono de reproche y yo lo miro sorprendido, pero no le contesto para dejarlo hablar.

¿Qué hacés con el ojo vendado? ¿Te lastimaste?, dice mirándome por primera vez a la cara. Me llamó Paula y me dijo que te escuchó ido, incoherente. Yo hace dos días que te mando mensajes y no me respondés ninguno. ¿Estás tomando algo raro?, me interroga sin dejar de sostenerme la mirada.

Le explico que estoy bien y que seguramente Paula exagera, que lo de los papeles es un pretexto. Resulta que después de seis meses ahora el muerto tiene que dar señales de vida, digo y sonrío para mí mismo, para festejarme la ironía.

Me estoy riendo de nuevo, sin darme cuenta. Camino relajado, descalzo, encima de la nieve. Puedo verla brillar a la luz del último sol con el ojo derecho. La mujer esquimal se ríe también y me señala una construcción de chapas y maderas pintadas de naranja. Son menos de doscientos metros, trato de apurar el paso y caminar a la par de ella. Mientras, de a poco, empiezo a sentir la novedad del frío en cada parte de mi cuerpo.

De cerca las maderas naranjas aparecen un poco despintadas. La mujer esquimal avanza y abre la pesada puerta hacia adentro. Yo me quedo esperando hasta que con un gesto me invita a pasar.

Cómo vuela la hora, lo escucho decir a Vidal. Está terminando de lavar la bombilla. Después guarda la azucarera en la alacena, dice que se va. Me dejaste solo con el mate, se queja. Sobre la mesa hay un cenicero con cinco colillas. Yo no fumé. Lo acompaño hasta la puerta, la cierro y paso el pestillo. Dijo que iba a estar dos minutos y se pasó toda la tarde acá, qué ganas de molestar. Veo por la ventana cómo Vidal se sube a la camioneta y acelera hasta perderse en el camino. La nube blanca que deja el aceite quemado en el parque se queda un momento formando una niebla y después empieza a disiparse. Tengo hambre. Mastico un pedazo de pan gomoso que traje el día que llegué. Me sirvo un vaso de leche fría. Debería ir a comprar algo, buscar un almacén.

Pero no tengo ganas de salir, no me quiero ir de esta cabaña en la que siento un calor seco, placentero, diferente al que me agobia en el verano de la quinta. La mujer esquimal mueve los rescoldos de la chimenea y me invita con una infusión. Me arrodillo al lado de ella, frente a la mesita baja. No distingo el sabor de la bebida. Un humo constante sube de la superficie de la taza. La mujer esquimal termina de beber antes que yo y toma del fondo del tazón unas hojas húmedas que empieza a masticar. El frío que trae el viento se filtra entre las juntas, y la mujer esquimal me ayuda a terminar el té caliente sosteniéndome la taza.

El teléfono suena de nuevo. Es domingo, son las siete de la mañana. No me gusta nada, vocifera Paula, no me gusta nada que te hayas ido a esconder en esa quinta. Es lo mejor que puedo hacer ahora, Paula, me justifico por si hiciera falta. Para mañana necesito los papeles, me emplaza. Acá no hay papeles, Paula, acá no hay nada de lo que hay allá. ¿Allá dónde?, me grita. Te querés evadir, dice subiendo más el tono, como si hubiese encontrado una verdad. Le pido por favor que me deje tranquilo. Prefiero no verte, le digo mientras espío el otro nuevo mundo.

La mujer esquimal enciende una pipa y ahora sí, aparece un humo denso que veo y que huelo y que me llega bien adentro de los pulmones. Aspiro el tabaco dulce mientras me tapo el ojo izquierdo con la mano; no quiero ni que Paula ni Vidal ni nadie arruinen este momento. La mujer esquimal me pasa una mano por detrás del cuello y me trae hacia ella, me apoya la nariz en la mejilla. Después me besa despacio en los labios. Yo mantengo los ojos cerrados y dejo que cada roce me anticipe el porvenir.

Pero los bocinazos me ponen de nuevo de este lado. Hago el cálculo: hoy se cumplen dos semanas, o tres, no estoy seguro. Escucho el motor de la camioneta destartalada de Vidal que otra vez se detiene en la entrada de la quinta. Del lado del acompañante baja Paula.

Los espero con la puerta abierta, les evito la molestia de tener que golpear. Caigo en la cuenta de lo mal que me hace verlos, de cuánto me doblegan solamente con estar. Levanto los brazos como si se tratara de un asalto, me rindo. Cuando están cerca, moviendo los labios, descubro que no los escucho, que apenas puedo adivinar lo que están tratando de decirme. Retrocedo y me dejo caer en una de las sillas. Vidal se queda parado en el umbral de la puerta, Paula viene hacia mí y se sienta en mis piernas, puedo verla haciéndolo pero lo mismo sería que se me posara una pluma de pájaro sobre el pantalón. Los papeles, mi amor, los papeles, no importan los papeles, llego a leer en los labios de Paula con el ojo izquierdo. La veo juntar los dedos de sus manos para apoyarlos sobre mis mejillas, pero no respiro su aliento ni me mojan las lágrimas que le enturbian los ojos. Me miro los dedos asustado, los muevo para saber si estoy vivo, los muevo y estoy recorriendo con ellos la espalda desnuda de la mujer esquimal, que está tendida boca abajo, con la cabeza de costado mirándome hacer. Respiro en su pelo los olores de la leña quemada. La paz que irradia toca todo lo que nos rodea. Mi mujer esquimal me susurra cosas en un idioma que no entiendo, la estoy escuchando y ahora todos mis sentidos viven acá, en esta casucha de maderas naranjas donde no hay más lugar que para nosotros dos. Me duermo con el rostro hundido entre sus cabellos negros y tupidos.

El calor húmedo me despierta. No quedan rastros del fuego, no lo escucho crepitar ni me llega el aroma a ahumado que antes me colmaba la nariz. No me animo a abrir los ojos, ninguno de los dos. Hasta que me decido a empezar por el derecho, confiado en que me va a mostrar a la mujer esquimal, dormida, o quizás contemplándome en silencio. Pero aparecen las formas que dibujan los nudos en la madera. Aparecen las vigas, el ventilador de techo muerto. Y adelante, la ventana hasta la que llegan las copas de los árboles más viejos de la quinta. No tiene sentido dilatar más el momento, abro el ojo izquierdo y giro la cabeza. Los dos me muestran una única escena, la de Paula vestida, de espaldas a mí, durmiendo al otro lado de la cama.


MARTÍN CASCANTE (Buenos Aires, 1975) Es economista, profesión bajo la que ha escrito trabajos de investigación y dictado conferencias en Argentina y en el exterior. Tiene estudios en literatura, su vocación, y se formó como escritor en el taller de Vera Giaconi. Fue finalista en concursos de cuentos en España y Argentina.

La noche en otra parte es su primer libro de cuentos, distinguido con el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, de manos de un jurado compuesto por Carlos Chernov, Ana María Shua y Liliana Heker; y publicado por la editorial La Parte Maldita (Buenos Aires, 2018)


Imagen: Obra de Tamuna Sirbiladzehttp (www.charimgalerie.at)

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Marea alta

Un cuento de Anahí Flores

Rita despierta con la voz de su hija balbuceando desde el cuarto de al lado. Dejá que yo voy, le dice a Fabiano que, ella cree, levantó la cabeza en la oscuridad. Al salir de la cama se engancha en el mosquitero. Oye las olas a pocos metros de la cabaña, recuerda que no están en casa. Camina con los brazos hacia delante, tanteando la humedad marina en el aire. Hay un mosquito cerca, manotea para espantarlo y tropieza con una silla que choca contra la pared.

Esa misma tarde, Rita estaba de pie en la orilla y las olas le cubrían y descubrían los pies como si los estuvieran barnizando. Se fue hundiendo de a poco y quedó enterrada hasta los tobillos. Después de un rato, movió los pies y los miró con atención, quería ver si saldrían diferentes tras haber sido engullidos por el agua y la arena.

La niña ahora grita sílabas sueltas. A Rita le cuesta entenderle cuando habla en sueños. Mamá está yendo, dice. Al girar hacia el cuarto de su hija queda de espaldas al mar. Mientras espanta otro mosquito, o tal vez el mismo, piensa que esta primera noche en la isla deberían haber dormido los tres en la cama grande. Hubiera evitado levantarse a esta hora. Entra al cuarto a oscuras, intenta recordar el ambiente. Lo reconstruye sin ver: a la izquierda la cómoda, al fondo la cama, cree. Su hija dejó de hablar, es posible que no haya llegado a despertarse.

Avanza con las manos hacia delante, como una sonámbula. Cerca de la cama, su pie choca contra algo blando. Da un paso atrás, imagina un bicho del tamaño de una foca bebé. Reconoce la respiración de su hija dormida. Se agacha tanteando el tul mosquitero que va hasta el piso. La niña está atrapada entre la cama y el tul, como un pez en una red.

Levanta el tul. Los ojos se le acostumbraron a la oscuridad. Reconoce la silueta pequeña sentada en el piso. Te caíste de la cama, le dice, aunque sabe que a esta hora las palabras no tienen efecto. Le corre los bucles que le caen sobre los ojos. La agarra con la intención de devolverla a la cama. Nota que la piel de los bracitos está áspera, tal vez por el día de sol. Cree que le pasó hidratante después del baño, pero la huele y no siente el perfume. Se levanta con su hija en brazos y se inclina sobre la cama para acostarla. Antes de apoyarla, la niña la abraza como un pulpo. Esta no es mi hija, dice Rita en voz alta. Enseguida se arrepiente, ojalá nadie la haya escuchado. Se endereza con la niña a upa, tratando de aflojar la tensión de esos brazos que le rodean el cuello. Tiene el impulso de dejarla caer en el mismo lugar donde la encontró pero soltarla no sería suficiente, la niña quedaría colgando como un collar de plomo. Le viene la imagen de una canasta de mimbre con un huérfano en la puerta de una iglesia. No le contará nada de esto a Fabiano por la mañana. No reconoce tanta fuerza en su hija. Aunque toca ese cuerpo que conoce de memoria, la duda no se le va de la cabeza. Además siente un frío inusual en la piel de la niña, como si acabara de salir del agua. Encendería el velador, pero se contiene.

Vuelve hacia su cuarto con la niña a upa. Aunque la pared de la cabaña la separa del exterior, tiene la impresión de estar en la orilla. Huele el mar, ha subido la marea. Su hija le parece más liviana, como si estuviera caminando con agua hasta el pecho y la pequeña flotara entre sus brazos. Se quedaría ahí, las dos meciéndose en el agua hasta dormirse como gemelas antes de nacer, pero sigue caminando. Vuelve a chocar la silla con la que había tropezado. Un mosquito le zumba cerca del mentón. Hunde la cara entre los bucles de la niña. El pelo huele a algas.

Llega a la cama grande. Sube el mosquitero con una mano, con el otro brazo apoya a la niña en las sábanas. Intenta levantar el torso pero está adherida a su hija igual que un caracol a una piedra en el fondo del océano. Hace fuerza y la desprende, cree oír un plop. La niña rueda en la cama hacia el padre. Ella quisiera que Fabiano diese alguna señal de extrañeza, pero él duerme y se deja abrazar.

Ya con los brazos libres, Rita piensa que tal vez exageró, la cabeza hace estas cosas de madrugada. ¿Cómo confundió esos bucles que adora con algas? Tiene ganas de abrazarlos a los dos, pero no quiere arriesgarse a despertarlos. Siente picazón en la rodilla, es un mosquito. Se apresura a meterse bajo el tul. Sentada en la cama y ya despreocupada, se rasca la rodilla. Nota que de entre los dedos le sale arena, una arena fina, casi polvo.

En la playa, las olas rompen con más fuerza que antes, como si intentaran advertirle algo.


ANAHÍ FLORES (Buenos Aires, 1977) se dedica a escribir y dar talleres de escritura creativa. Sus libros publicados son: Criaturas (Alto Pogo, 2018), Ciertas horas de la primavera (La carretilla roja, 2017), Se durmió y otros poemas (Bajo la Luna, 2015, gracias al tercer premio del Fondo Nacional de las Artes), Todo lo que Roberta quiere (Textos Intrusos, 2013), Catalinas Sur (Eloísa Cartonera, 2012) y Limericks cariocas (Caki Books Editora, Río de Janeiro, 2011). Entre 2003 y 2010, publicó seis libros sobre la filosofía del Yôga, en Buenos Aires, São Paulo y Río de Janeiro. Algunos de sus cuentos y poemas se encuentran en revistas como Próxima, La Balandra, el suplemento de cultura del Diario Perfil. También en libros como En frasco chico (Colihue, 2004), Bendito sea tu cuerpo (Ventana Andina, Perú, 2008), La mujer rota (Literalia Ediciones, México, 2008), Lecturas + prácticas del Lenguaje (Mandioca, 2015), El cuento, una pasión argentina (Ediciones Desde la Gente, 2016), entre otros.


Foto: Mailén Albamonte Pizarro

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La soledad de las superficies

Néstor Toledo

Le quedaban un par de horas antes de volver. El día estaba agradable, soleado y ventoso, y pensó que podía permitirse el privilegio de almorzar al aire libre en vez de hacerlo en la claridad aséptica de los hangares. Una hora lejos de las fulgurantes luces blancas de led, un premio mínimo aunque valioso por una mañana perdida en trámites y averiguaciones. El envase de cartón que resguardaba su porción de chow-fan comprada en un puesto callejero entibiaba su mano y de pronto sintió el aroma del pasto recién cortado, ese olor vegetal y fresco preñado de reminiscencias infantiles. Del otro lado de un breve cerco de rejas había un pequeño parque. Lo bordeó hasta dar con la entrada.

No era muy extenso, salpicado de arbustos y árboles retacones. Algunos bancos de cemento inflado se desparramaban entre el verde, como un rebaño fosilizado por una lluvia volcánica. Eligió uno de espaldas a la avenida, donde su vista pudiera perderse en el horizonte de nubarrones erguidos sobre el río. Alguien trajinaba con una cortadora de pasto autónoma, lo entrevió por un instante agachado en el fondo del parque.

La luz del sol en la cara, el viento desde el río infinito, el aroma sabroso y especiado de la comida. Sonrió involuntariamente, con la boca llena. Dejó vagar la mirada por el parque; había esculturas estrafalarias dispersas, no demasiadas. Deterioradas por la intemperie y la falta de mantenimiento. Quizás vanguardistas, aunque no estaba al tanto de las corrientes artísticas: ¿retromecanicismo, postcubismo ecológico? Todos esos términos parecían adecuados, pensó. El viento enredaba las palabras del operario que en el borde del parque renegaba con su máquina. Mientras masticaba y estudiaba de a una las esculturas, prestó atención a la charla desflecada del hombre. Le hablaba al aparato, al robot podador, sostenía una charla unidireccional con la máquina, con epítetos graciosos, pequeños insultos cariñosos, preguntas que se contestaban a sí mismas.

Tuvo la noción de movimiento cercano y enfocó en el entorno la mirada momentáneamente extraviada en la conversación. Una de las esculturas se movía lentamente, a unos metros de él. Era distinta a las demás, más concreta, compacta y colorida. Parecía desenroscarse lentamente y la observó con diversión mientras se demoraba en los últimos bocados de la bandeja. En el Palais de Glace y en Recoleta había visto muchas esculturas cinéticas, pero ésta era diferente. Tenía determinación, intención. Sobre sus elongados miembros asimétricos, impares, caminó directamente hacia él, con soltura, con deliberación. Cruzó el césped soleado hasta el banco y se detuvo a unos pasos de distancia. Se sintió observado por la escultura como por un ser viviente, aunque no tuviera ojos discernibles. El aspecto era ligeramente vegetal, pero los movimientos eran fluidos, elegantes y resueltos. Como de músculos de madera, reflexionó. Aunque la figura no recordaba ningún ser que hubiera visto o imaginado en su vida, su forma tenía cierta lógica concreta que el movimiento ponía en evidencia. Los colores no eran pintura aplicada, sino que formaban parte del material de la escultura y la dividían en regiones netas, como la librea de un ave vistosa. Una parte de la figura se estiró hacia él (¿la cabeza?), ladeándose graciosamente, y él a su vez estiró la mano, sin pensarlo. Entonces un apéndice se desplegó del cuerpo y acarició la piel del dorso de su dedo índice, con timidez pero con absoluta intencionalidad. No lo esperaba: se sobresaltó y retiró la mano.

—No se asuste, no hace nada. —La voz del operario vibró detrás de él, levemente alegre.

Se dio la vuelta con fastidio, esperando enfrentar un rostro sardónico, pero el operario estaba perfectamente serio. Era un hombre de edad avanzada, vestido con un mono de la Municipalidad sucio de tierra y gastado en las rodillas. Su propio traje de trabajo también estaba gastado, sucio de pintura y sellador sintético, y entre los dos brilló la camaradería punzante e instantánea que se establece siempre entre hombres en overol. El robot podador miraba desde abajo.

—¿Qué tipo de escultura es?

—No sabría decirle. Nunca fue terminada.

—¿En serio? ¿Por? ¿Quién la hizo?

La escultura parecía amedrentada y se desplazó lentamente alrededor del banco, pero sin intentar acercarse nuevamente.

—Un artista llamado Luis Tannespi. El Gobierno abrió un concurso para esculturas que usaran tecnologías avanzadas, prometieron subsidiar el desarrollo. Pero un día recortaron los fondos. Y la mayoría de las obras nunca se terminaron.

—¿Qué pasó, por qué suspendieron todo?

—Las esculturas iban a estar ubicadas en lugares interesantes de la Ciudad, ¿vio? Para las Olimpíadas. Pero cuándo se cancelaron por lo de los atentados, todo fue para atrás. Fíjese, el tipo tiene en su página una explicación bien completita. Busque, busque.

Él sacó el teléfono del bolsillo y esperó un instante que la antena triangulara los satélites dentro del alcance. Tardó un poco en encontrar la página del artista, pero allí estaba, llena de imágenes de esculturas de todo tipo y material. Parecía ser muy productivo y se sintió abrumado por la cantidad de obras y premios que acreditaba. Pero le resultó más provechoso el material relacionado que la IA del teléfono iba apilando al margen. Notas periodísticas, entrevistas, fotos de baja resolución. El operario miraba por encima del hombro y trataba de guiarlo como mejor podía. “Rubén Siamang y otros artistas reclaman al Gobierno los fondos para la concreción de las obras designadas”; “El Gobierno no devolverá las esculturas incompletas: discusiones sobre su ubicación”. Fue desplazándose de tópicos a medida que pasaba por encima de las páginas. “Tecno-artista rompe los límites entre la vida y la materia inanimada”; “Comité de bioética indaga a Tannespi”; “Esculturas que desafían los prejuicios”. Tannespi había sido acusado, al parecer, de manipular genéticamente tejidos de plantas y animales para sus esculturas, usando técnicas no-estándar. El artista se defendió exigiendo al Comité que incluyera en su indagatoria a las empresas dedicadas a la producción de mascotas y plantas de diseño, así como las de biojuguetes. Una foto ya vieja de Tannespi con un ajado Peluchoso en brazos: el biojuguete miraba a la cámara con expresión azorada mientras sostenía un cartel que decía “Estoy vivo, no me tirés a la basura”. Sólo en Suecia le habían llevado un poco el apunte: Tannespi vivía allí desde hacía varios años.

Seguían algunos links a revistas de divulgación científica. Miró sólo los encabezados. “Biomateriales que desafían los límites entre lo vivo y lo inerte”; “Celulosa, colágeno y silicona autoensamblantes: ¿madera inteligente?”; “Propiedades autorreparativas de biomateriales basados en celulosa y quitina”.

—Ahí, ése. Más abajo. Éste. —En la pantalla, el dedo curtido del operario señaló una entrada algo más avanzada en la lista marginal. Una entrevista breve seguida de un extensísimo amasijo de comentarios de visitantes. Una foto de Tannespi en su taller, rodeado de cubetas de cultivo celular y ensambles de luces coloreadas. Los ojos brillaban en el rostro enjuto. “Quiero hacer una escultura que disfrute el contacto, y que transmita ese placer, que celebre el contacto. Lo táctil es sagrado en el mundo natural, pero los seres humanos ya lo olvidamos, nos tocamos sólo para el sexo y la agresión”. Le parecieron frases hechas que buscaban el impacto, pero era difícil saber cuánta distorsión había introducido el periodista. La explicación del proyecto de la escultura era confusa y escueta. No llegó a comprender si se trataba efectivamente de tejidos vivos modificados o simplemente de algún material extravagante. Los comentarios de los lectores eran en ese sentido mucho más jugosos. Había de todo: alabanzas y felicitaciones efusivas, comentarios pretendidamente profundos, preguntas estúpidas, chistes sin gracia, insultos. Algunos discutían si la escultura podría ser considerada un ser vivo: no se alimentaría, crecería, reproduciría ni moriría. Otros sostenían que si fuera capaz de percibir el entorno mediante sensaciones y de elaborar sentimientos, expectativas o deseos respecto a esas sensaciones entonces debía ser considerada como un ser viviente. La respuesta obvia era que las plantas no tienen deseos ni sentimientos, a pesar de estar vivas (no es cierto, protestaba Lady-Radix). Entonces podía ser que aunque no estuviera viva, tuviera alma (sugirió Devota-de-Gaia). Dejemos de escribir boludeces (contestó KingCloaca).

Se cansó de leer y guardó el teléfono en el bolsillo: a las palabras se las lleva el viento frío y mudo de la Red, que barre por igual con la mierda y con el oro. El operario se alejó, visiblemente frustrado, seguido parsimoniosamente por el robot podadora.

La escultura permanecía inmóvil bajo el sol, a unos pasos de distancia. Si era cierto que había sido diseñada para buscar y compartir el placer del contacto físico, entonces no tenía muchas oportunidades de cumplir su propósito en este parque marginal y solitario, pensó. Pero está inacabada, recordó. ¿Un ser así podrá sentir soledad? La probable soledad de los materiales. Insoportable soledad. La sed imperecedera del destino nunca consumado. Sintió pena por la escultura y se arrepintió de haberse negado al contacto. Extendió la mano y la escultura pareció interpretar su gesto correctamente. Se desenroscó y vino a su encuentro.

Sentado al borde del banco, dejó que la escultura tomara su mano entre sus apéndices y la palpara y acariciara a gusto. Se sintió repentinamente bien: el contacto no era excesivo o pesado. Era la caricia justa para sentirse, en cierto modo, ligeramente reconfortado. La superficie de la escultura (¿acaso se podía hablar de piel o tegumento?) era suave aunque no resbalosa, seca pero flexible. Era agradable sin serlo demasiado, a diferencia del pelaje. Si fuera de peluche, no me quedaría otra que abrazarla, pensó divertido. Un instante después, su otra mano se extendió para acariciar un costado de la escultura (¿el hombro? ¿el cuello?). Sintió placer, contento. No era como acariciar una mascota ansiosa de cariño, la escultura era lenta y reflexiva. Se preguntó cada cuánto tiempo aparecería alguien con quién pudiera establecer contacto. Los pensamientos se le enturbiaban. Un ser inacabado y sólo, incompleto. Una obra de arte nunca terminada. Como un hijo precoz abandonado por desidia institucional, por falta de compromiso… ¿Cuánto hacía que sólo se rozaba con la gente en los medios de transporte, que se limitaba a intercambiar emoticones por la Red? ¿Cuánto hacía que nadie le daba un abrazo con cariño? Pensó en su madre anciana, sola en su departamentito de Morón, en su hermano huido a Australia. La soledad de las superficies nunca tocadas, truncas en su destino de ser acariciadas. Esa necesidad dolorosa, el hambre de una caricia que nunca llega para reconocerte como lo que sos, esa brutal amputación.

Llegaba el momento de ponerse en marcha de nuevo, de volver a los hangares. Dejar a la escultura sola nuevamente, romper el contacto. Aunque sabía que no lo haría, se prometió volver al parque otro día. Saber que mentía aunque deseaba ser honesto le hizo latir el corazón con fuerza, como a un pájaro que muere. Se puso de pie muy lentamente, demorando a su pesar la separación. La escultura entendió su movimiento y replegó sus apéndices con amabilidad, pero no volvió a su lugar. Mientras él se alejaba con un nudo en la garganta, permaneció junto al banco.

Cuento publicado en Unbral y océano y otros cuentos (Ediciones Ayarmanot, 2014) 


NÉSTOR TOLEDO. Nació en 1980 en Sarandí, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Trabaja como paleontólogo en el Museo de La Plata, ayudante de cátedra en la Universidad de La Plata y becario del CONICET. Imagen: Escultura de Choi Xooang (Seúl, 1975)

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