Letras

Azul, óxido naranja

Jacobo Cardona Echeverri

“El Departamento de Seguridad de la Patria advierte que la clave de alerta terrorista en este momento es… anaranjada”.
Anuncio emitido regularmente en algunos aeropuertos americanos.

Los calzoncillos de Esperanza huelen a frambuesa y a Marlboro. Son de dos colores: rojos y azules. Los azules son casi negros. A Esperanza le parecen muy cómodos, sin contar con el precio y la cantidad obtenida en una venta de bodega. Algunos, incluso, no los usará, y será lo único que heredarán Dina, Patricio, Malcolm y Tórrido Romance-18. Lo demás, una edición de la Divina Comedia prologada por Borges que lee diariamente desde la desintegración de los Rolling Stones, la donará a la biblioteca de la corporación subversiva Nostalgia y Vudú; sus discos, cuadros, estereofónicos, candelabros, visores, onirógrafos, zapatos, fonendoscopios y candados fenomenológicos los venderá en un almacén de artículos de segunda mano y con el dinero comprará un espacio en el Cemetery Factory de la tenebrosa región Akal 18.000 de Marte para que se proyecte hasta el final de los tiempos la filmografía completa de Humprey Bogart.

Aunque todo esto lo tenía decidido desde hacía ya varios años, lo volvió a reafirmar en la última mañana del solsticio de verano; el caos nos predispone finalmente a hacer camping en las zonas de batalla del futuro. Ese día los escurridizos flujos de información atrófica de la red estatal fueron de nuevo saboteados, lo que provocó la pigmentación naranja de todos los objetos romboides, excepto los construidos en China.

Ante tal situación, la Asamblea Bélica para la Protección del Conocimiento Verdadero ordenó el toque de queda para después de las 10:46 horas de la noche. Sería inútil arriesgarse, pensó Esperanza, de todas formas Malcolm llegaría antes de la primera redada, por lo que después de limpiar un poco las puertas y la rejilla que la comunicaban con el subterráneo personal se fue a dormir. Antes leyó el canto duodécimo del Infierno, y se detuvo diecisiete minutos en el siguiente párrafo: calmada la furia bestial del minotauro, que guarda el séptimo círculo, mansión de los violentos, y vencida la dificultad que ofrecía la ruinosa pendiente, llegan los poetas al valle… (Dante Alighieri). Lejos del contexto de la obra, el canto le pareció una muestra de literatura vidente y acongojada con una leve inclinación al optimismo. Algo insólito… o profético, se atrevió a pensar, aunque luego de cerrar la puerta de su cuarto con una botella de Sprite caliente en su mano, opinara exactamente lo contrario.

En las pequeñas orejas de Esperanza se filtró el incesante sonido del timbre, que al transformarse en señales nerviosas desencadenó una arrítmica dinámica eléctrica en el interior del cráneo. Fue por eso que levantó el párpado izquierdo. A los dos segundos, Esperanza despertó. La luz del cuarto bordeaba una tonalidad rojiza y residual. Al bajar de la cama, los pies resintieron la seca frialdad del piso de vidrio templado. La mujer abrió el conducto sin pedir al identificador la contraseña digital. Saludó a Malcolm con una sonrisa infantil. Me gusta tu osito, dijo Malcolm al tocar con el dedo anular el animal impreso en la blusa de Esperanza. Siguió mirándola, deteniéndose en los calzoncillos azules y en las blancas y largas piernas, casi perfectas para un comercial de cereales o relojes. Esperanza, aún somnolienta, obstaculizaba el paso hasta que Malcolm entró con un leve empujón.

Malcolm traía su viejo sombrero negro de sospechosa procedencia inglesa, el bastón cuya historia nadie comprende y la maleta azul-cielo-sobre-el-desierto-de-Sonora llena de botellas de leche. Las saqué de un lugar secreto, dijo con dulzura mientras abría la maleta. Esperanza, aletargada, susurró algo relacionado con el calor y cierta extracción epidérmica que con justicia se merecía. Malcolm comprendió. El sueño la había desequilibrado anímicamente. Cuando tome algo de leche se recuperará, pensó. El ruido del extractor sobre un cuerpo desnudo de mujer lo relajó. En la radio, sonaba Singing In The Rain. Mi padre me está llevando cada semana al consultorio de un psicólogo extranjero apellidado Watson, es de lo mejor hoy en día, dijo Malcolm mientras miraba la rejilla al subterráneo con una botella blanca en la mano.

La luz se tornó ocre, las arañas continuaban despiertas.

Tras tumbarse en la cama y dejándose llevar por el potente sonido de secado del extractor, Malcolm continuó: en realidad es un tipo extraño este Watson, todo lo puede explicar con base en relaciones de estímulo y respuesta, nada de efectos multicausales y variables infinitesimales imposibles de predecir. El televisor estaba encendido, sin volumen. Transmitían una película en la que mostraban a dos hombres, uno negro y alto, el otro anglosajón, que vagaban, aparentemente perdidos, por una sabana africana invadida por los drones.

Malcolm recordó lo del gorila gigante sobre el Empire State de la semana pasada, pensó en el descubrimiento de los diarios secretos de Malinowski, en las catacumbas del Manhattan petrificado, pensó en sus antecedentes policiales de adicto a la lactosa. Todo en un lapso de seis segundos. Malcolm estaba seguro de que era un riesgo moral dejar de pensar.

Esperanza salió del baño con la piel brillante, preguntó sin interés el apellido del psicólogo, como si no hubiera escuchado bien, e instantáneamente, sin pudor, la mirada de Malcolm fue a parar a sus preciosas tetas. El amor es para los animales, respondió sonriendo.

Los helicópteros sobrevolaban la ciudad transmitiendo música de Beethoven y Rossini. A pesar de las restricciones, el malévolo placer producido por el desorden informático de las últimas horas había obligado al Comando Regulador a tomar medidas extremas, por lo que pronto las calles fueron asediadas por camiones rojos con hombres ingrávidos y taciturnos de uniformes rosa.

En los sectores reservados a las últimas unidades de androides retirados empezó a correr el rumor de una rebelión. El ambiente tomó un cariz siniestro: algunos sonámbulos, despistados por el frío, cruzaban las calles arbitrariamente, al no percibir las señales de calor emitidas por los semáforos; los viajeros del tiempo se atrevían a dar la cara tras el vapor desprendido por algunas pocas hogueras mantenidas para ahuyentar a los infantes que la última noche se quedaron sin padres; pintores impresionistas enloquecidos por su revolución sin sentido se tiraban de cabezas contra los autos; caballeros catalanes jubilados de las cruzadas se secaban la piel en los reductores automáticos de basura. De pronto, cada calle parecía la respuesta de una pregunta que nunca nadie se había atrevido a formular.

Al margen de lo que ocurría afuera, Malcolm y Esperanza, tras el coito, fumaban y tomaban leche. Un tal Anthony Burgess hablaba en el televisor sobre una moderna forma de cultivo de naranjas. ¿Sabes cuánto dura el orgasmo de un cerdo?, preguntó Malcolm con la vista fija en el televisor. Esperanza, con las piernas acariciando el pecho del proscrito, no quiso responder. Malcolm lo hizo por ella: 30 minutos.
-¿Media hora? -preguntó asombrada.
Malcolm asintió, satisfecho.
-¿Y las cerdas?
-¿Las cerdas qué?
-¿Cuánto dura el de las cerdas?
-Pues… definitivamente lo mismo.
-¿Cómo que lo mismo? –Esperanza frunció el ceño y añadió-: ¿cuántos orgasmos puedes tener seguidos?

Malcolm contó con los dedos, bromeando y mirando al techo. Esperanza sentenció: definitivamente las mujeres y los cerdos nacimos para el placer. Y las flores también, añadió Malcolm. ¿Las flores?, preguntó ahora Esperanza con extraña curiosidad. El joven la miró, no tardó en abrir la boca: alguna vez le escuché eso a Lacan.

Cuando Esperanza despertó, Malcolm ya se había marchado. Eran las nueve y treinta y dos de la mañana.

Todos van a Entorno Afectivo a pintar en las paredes que aman y odian a sus padres con color tigre-a-punto-de-comer, van a saltar, bailar, tocarse, inyectarse sangre O negativo. Patricio, en una mesa cilíndrica de color cobalto sobre una de las siete plataformas que rodeaban el centro de la disco, jugaba con una esfera plateada, lívida entre sus dedos pintados de un escarlata intenso. Sus ojos, fríos y húmedos. Los labios apiñados contenían un quejido. Esperanza lo vio y se dirigió hacia él, risueña. Dina desapareció anoche, dijo Patricio cuando Esperanza estaba a punto de envolverlo en un abrazo. Siguió hablando sin mirarla: ellos se la llevaron cuando entró al cubículo deshistorizador y seguro ahora vendrán por nosotros. La quijada de Esperanza empezó a temblar, ¿por qué lo harían?, le pregunto a Patricio con un dejo retórico acartonado. Nos descubrieron, respondió. No entiendo, alcanzó a decir la mujer. Sí, sí entiendes, increpó Patricio con dureza. Los ojos de Esperanza se dilataron y un pequeño punto rojo en el iris empezó a crecer.

Patricio se levantó de la silla y se quitó la oreja. Reprográmate, le dijo, y le dejó en la mesa la estructura cartilaginosa con el chip incrustado. Esperanza negó con la cabeza y pronunció la palabra Malcolm, como lamentándose, luego agregó: he pasado momentos con él que no creerías… si hago lo que dices todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia… los datos que tengo son valiosos… son recuerdos humanos, Patricio, pocos han conseguido tanto. Él negó con la cabeza y habló casi en susurros, a pesar del estridente ruido de la música: el momento ha llegado, mi princesa estelar, es hora de luchar, de nada nos sirven ahora las malditas perplejidades de un mamífero.
Salió sin despedirse.

En el cuarto de Esperanza un hombre de uniforme rosa se miraba los incisivos en el espejo. Todos los objetos de los cajones regados por el suelo. Una voz en el intercomunicador advertía de un probable cambio de identidad de los expulsados de la zona 33334WS. El hombre tocó el gatillo, los neurotransmisores opioides invadieron su torrente sanguíneo. Sentía la excitación previa a una batalla largamente esperada.

Las señales del cielo, interpretadas y consignadas en los libros sagrados empezaban a materializarse.

No ay futuro se leía en una pared frente a Entorno Afectivo. Allí, Malcolm orinaba. Después de subirse la cremallera, atravesó la calle y entró. La música lo sobrecogió, en pocos minutos logró divisar a Esperanza arrinconada en una de las paredes del fondo, como si se escondiera. Las luces apenas alcanzaban a tocarla. Pensó en lo bien que lo había pasado la noche anterior con esa elegante mujer y cómo algunas cosas se contagiaban fácilmente de amarga fugacidad.

Cualquiera podría verla, pero muy pocos lo hacían. Una mujer triste fumaba Marlboro y escuchaba en los últimos ciento treinta y cuatro segundos que le restaban, en un hilo aterciopelado que rompía la estridencia electrónica, los cantos delicados de una sirena. La mujer pensó en Dante. Si no fuera por la luz del corto circuito que alcanzaba a quemar la piel sintética de su cara, Malcolm no hubiera podido entender varias inexactitudes con respecto a las costumbres o las anécdotas contradictorias, inusuales en un ser humano verdadero. Lo más triste para Malcolm fue descubrir la inutilidad de todos sus esfuerzos en el cortejo. Nunca fue posible que Esperanza se enamorara, era improbable que su cerebro secretara alguna vez oxitocina, él simplemente fue el código en un sistema informático. El daño dentro de él ya estaba hecho.

La niebla en la ciudad nunca más volvió a disiparse, pronto se alzarían en armas los androides que no fueron atrapados. Y los que aun ante la inminencia del fin de los recuerdos almacenados no se autodestruyeron.



JACOBO CARDONA ECHEVERRI (Medellín, 1978) Antropólogo, escritor, guionista, realizador audiovisual y docente. Ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales sobre cine, arte, literatura y antropología. Ganador del IV Concurso Nacional de Poesía UIS, la 14 Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera, y el IV Concurso Nacional de Cuento La Cueva. Actualmente es profesor de cátedra de la Universidad de Antioquia.

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Un poema de Nicolás Correa

De Virgencita de los muertos

IV.

ayer tuve miedo
tu lengua vergajo muerto
estuviera repitiendo las mismas cosas
porque se lee en tu cuerpo
de miedo a matar
en vez de pelear
vas a correr

caída

único silencio
no poder oír lo que decís
el olvido el temor joven entre las viejas
vieja entre las muertas
los chicos corren
aprendiendo a caminar el infierno

las máquinas las tapias
la escritura menstruo que nace
el alien y el monstruo
encimados en la zona de aparecidos
creciendo la muerte que las viejas te dan y te esconden el lugar donde enterraron a los muertos
para que descansen de las manos
unidad utilitaria

en vez de matar
te metes en el vientre
hinchado y en el anuncio:

cojo nena cojo chica cojo virgen

virgencita de los muertos
parida vieja entre las muertas
cómo no tenerte miedo

me veo en la sombra que da tu panza
virgencita
de los muertos la única vieja
leo tu cara en la piel del polietileno
gruesa piel virgencita

oráculo puto maldito
quién gana sus comicios



NICOLÁS CORREA nació en Morón, provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de cuentos Made in China (2007) Engranajes de sangre (Milena Caserola, 2008), Prisiones terrestres (Editorial de la Universidad de La Plata, 2010), 83 en la colección Exposición de la actual narrativa rioplatense (Editorial El 8vo Loco- Milena Caserola, 2013), la novela Súcubo. La Trinidad de la antigua serpiente (Editorial Wu Wei, 2013), El camino de la siesta (La bola editoria, 2015) y cuentos en varias antologías y revistas internacionales.
Virgencita de los muertos fue publicado por primer vez en 2012 por la editorial Libros de la talita dorada, colección Los detectives salvajes. Ha recibido diferentes premios y menciones.

Imágenes: Soledad Tordini

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Tres poemas

Valeria de Vito

CAÑO DE ESCAPE

No puedo tomar un avión
sufro de espasmos en el vuelo;
sufro de dios en la religión y
en la estación
del ruido al tren.

Pero puedo escuchar
soplar al viento
su silbido divino que
hurga en el polen
cuando decido ser
transparente en mi espacio.

Dibujar contornos de aire,
vaciar de hielo el agua hirviente o
en la desesperación, amanecer.

***

FUE NOTICIA DE CRÓNICA TV

“LA TORMENTA ARRASÓ CON LOS PAREDONES DEL CEMENTERIO ISRAELÍ, UBICADO EN LA TABLADA. EL AGUA LEVANTÓ CADÁVERES.”


A metros de la Avenida Crovara,
el cementerio Israelí frente al legendario hotel Gloria.
En la otra esquina, lo que quedó del cine Guemes
fue transformado en una confitería que ofrece
el servicio de lunch más barato de la zona.

En ese cine vimos Jurasik Park 3d y
Tanguito la misma semana que estrenó.
Las películas en el Guemes
Llegaban más tarde
que a las carteleras del microcentro.

Esta madrugada, la tormenta
arrasó con los paredones del cementerio;
el agua levantó cadáveres.

Los okupas de la ex fábrica de bicicletas
se llevaron los ladrillos caídos,
mientras patearon brujerías como si nada
gallos acribillados sobre un colchón de cintas rojas,
velas negras, maíz.
Desde acá se oyen,
por las noches
tambores y cantos elevados.
El viento nos suele traer estas cosas.

A mi me impresiona
el paso abierto a las tumbas,
los nombres de los muertos
en lo pétreo del mármol,
sus fotos y lo que perece
al tiempo del sol.

***

SIN LUZ

Las escenas que te dejan días sin luz:
te volvés simple,
comprás lo necesario,
ahorrás tiempo y cultivás paciencia;
te sumergís en el silencio
que aunque solía ser habitual
no terminaba de resultarte pleno.

Confirmás que se puede vivir con menos.
Aprendés los códigos de la luz solar,
sabés que la tarde alarga la noche
y te dormís temprano.

***

De “Colección de fantasmas” (el ojo del mármol 2014)



VALERIA DE VITO nació en diciembre de 1977 en Buenos Aires. Estudió Castellano, Literatura y Latín en el profesorado Joaquín V. González (CABA). Coordina espacios de lectura y escritura creativa. Trabaja como docente de lengua y literatura. Dirige el sello editorial El ojo del mármol (poesía latinoamericana actual). “Colección de fantasmas” es su primer libro.

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Cinco preguntas y un final: Carlos Ríos

1-¿Cuál es tu máxima en el trabajo?
-Escribí, escribí, hasta que algo aparezca.

2-Un defecto que no puede dominar
-Hablar todo el tiempo de literatura, hasta el cansancio o el hartazgo de los que me escuchan; también contar de qué van los libros que estoy escribiendo.

3-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
-El libro que todos deben leer supone una fatalidad o una locura: se trataría de un libro que en sus páginas contenga todos los libros del mundo. Como esto ya ha sido repetido cientos de veces, juguemos a pensar que el libro que todos deben leer es aquel que en sus páginas contenga algo que no está en otros libros. Cosa difícil, ¿no? Y a la vez fácil: basta con haber leído poco para que eso suceda. Alguien podría decir, en esta dirección: “El libro que todos deben leer es el único que yo leí”.

4-¿Qué cosa hace mágica a la literatura?
-No sé. Tal vez ese don de la ubicuidad que le es tan propio: está en todas partes y en ninguna. Viaja por diferentes soportes. Ese nomadismo perpetuo.

5- Dónde está el paraíso…
-A veces aparece en estos versos de Dante: “Es verdad, que la forma no concuerda/ alguna vez con la intención del arte”. Ahí podría esconderse el Paraíso, en la “masmédula” de ese desajuste donde se pone en juego la escena más contemporánea del arte.

UN FINAL…
Uno de los que más me gustó es el de La luz argentina (1983), de César Aira. Es un final largo, de unas páginas, un final que va decantándose en un modo ensayístico gradual. Transcribo los dos últimos párrafos:

“En el relato suele haber dos personajes, dos héroes que parten desde hemisferios opuestos del día o la noche para encontrarse momentáneamente. La calidad del relato depende del modo en que se combine la fuerza o desvalidez de cada héroe con las horas del día o la noche que ocupe.
Por eso la estúpida actividad de dormir ocupa un lugar preponderante en las narraciones, porque todo el sentido deriva de sus desplazamientos. Es cierto que los héroes deben descansar de sus hazañas, y lo hacen terriblemente. La sucesión de sus sueños de piedra crea el tiempo de las historias, un tiempo doble respecto del real, con un continuum diurno y otro nocturno. La coincidencia de momentos entre estas dos líneas se calcula por inversión geométrica, y el cálculo se llama “sabiduría”. Los narradores de todas las culturas (salvo la post-capitalista) han hecho gran despliegue de sabiduría. A este despliegue se lo ha llamado “contexto”. Cuando los momentos no coinciden, es decir cuando un héroe y otro duermen en el mismo tiempo real, surge una formación de la que da cuenta el modelo moderno del relato: la novela.”


CARLOS RÍOS. Nació en Santa Teresita, provincia de Buenos Aires. Es autor de los libros de poemas Media romana (El Broche, 2001), La salud de W.R. (Dársena3, 2005), La recepción de una forma (Bonobos, México, 2006), Nosotros no (UNL, 2011), Perder la cabeza (Diatriba, 2013), Unidad de traslado (Pixel, 2014) y Excursión a Farandulí (Vox, 2015); de las plaquetas Códice Matta (México, Caja Negra, 2008) La dicha refinada (Dársena3, 2009) y Háblenme de Rusia (Goles Rosas, 2010); de las novelas Manigua (Entropía, 2009), Cuaderno de Pripyat (Entropía, 2012), Cielo ácido (Clase Turista, 2014), En saco roto, Lisiana y Cuaderno de campo (las tres publicadas por Bajo la luna/EME en 2014) y Obstinada pasión (RIL, Chile, 2015); también de los relatos A la sombra de Chaki Chan (Trópico Sur, Uruguay, 2011), El artista sanitario (Postales Japonesas, 2012) y Casapuente (Los Proyectos, 2014). En 2005 fue declarado visitante distinguido por el Ayuntamiento de Huejotzingo, estado de Puebla, México. Actualmente coordina talleres literarios en cárceles bonaerenses, integra el consejo editor de BazarAmericano.com y es coeditor de la editorial platense El Broche.
Fotografía: Lali Solari

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El denario

Octavio Armand

Tomo un café con Septimio Severo en la Pastelería Danubio, acá en Santa Rosa de Lima.

Nacido en el 146 d.C. y emperador entre el 193 y el 211, fecha de su muerte, probablemente por envenenamiento; sucesor de Cómodo y Pertinax, ambos asesinados; padre de Caracalla y Geta, también asesinados -- Geta por su propio hermano mayor; Septimio Severo creó una nueva tesorería imperial y embelleció a Roma y muchas otras ciudades del vasto imperio. Lo tengo frente a mí en un denario que ayer mismo me trajeron de Hispania.

Perfectamente centrado en el metal, majestuoso, sereno, deja adivinar los reconocidos logros de su gestión, nada de la violencia que lo acercó al trono y al veneno. Me intriga su impavidez. Me desconcierta. Ha despertado una vez más mi pasión por los horizontes del pasado, que data de la infancia y que probablemente refleja un desapego -- por decir lo poco -- a la circunstancia inmediata y al presente.

Estoy en Santa Rosa de Lima pero por instantes -- ¿nanosegundos? ¿acaso importa? ¿no será nuestra eternidad un nanosegundo para los dioses? -- me desplazo en el espacio y el tiempo. Gran parte del hechizo que siempre he sentido en los objetos antiguos se debe precisamente a la capacidad que tienen para transformar lo inmediato, desfigurarlo, hasta producir una dislocación; remontándome así a épocas pluscuamperfectas, desconocidas, apenas intuidas, pero que me cuentan, como a Manrique, de un tiempo pasado que fue mejor: entiéndase más heroico, más abundante en sabiduría y belleza; o por el contrario más sangriento, más intolerante, brutal no solo por sus tiranos sino por las masas envilecidas que los vitorean en el circo entre mil despedazamientos y muertes.

Septimio Severo en el brillo de la plata me habla de todo eso. Veo su rostro de perfil; nítidos el bigote, la barba, las patillas; los crespos de la cabellera sobresalientes, escultóricos casi, palpables círculos alrededor de mínimas concavidades, que sugieren los ojos vaciados de la estatuaria. Increíble: hay pequeñas sombras en el interior de estos crespos, el único vestigio de interioridad en el rostro amurallado como una ciudad antigua entre las inscripciones y el margen de metal, pues la mirada, de perfil, no deja conocer del emperador más que su autoridad. Me fijo bien y noto en la mirada cierto asomo de interioridad: como en la estatuaria, el iris es un mínimo vacío y por lo tanto, aunque infinitesimal, una sombra. La pupila, así, está sorprendentemente viva: es negra.

La geometría encrespa la cabellera del emperador, como si Euclides mismo hubiera sido su estilista o su barbero. Y en la perfección geométrica de esos bucles, en el área imposible de medir de esos círculos peinados por la matemática y el pi que se pierde en lo infinitesimal, como gotas en cuencos liliputienses, se acumulan exquisitas, casi palpables sombras. No todo es brillo en la moneda, no todo es ras y superficie. Hay estas como entradas a cavernas o laberintos que invitan más allá de la autoridad imperial hacia los pensamientos o pesadillas del hombre que ahora parece a punto de abandonar su perfil y mirarnos -- quizá será aterradora su mirada -- de frente.

La nitidez de estos poros proliferantes dentro de ese otro círculo que es el denario insinúa una cornucopia. Es difícil no intuir un símbolo de abundancia, pues dentro de la plata, en esta pormenorizada y replicada geometrización, la moneda muestra una cantidad de otras monedas -- minúsculas, cóncavas -- que otorgan a la superficie lustrosa un paradójico brillo con sombra. Lo cóncavo que se traduce en plétora provoca una extraña sensación de monumentalidad. Anfiteatro, foso, arena, el denario es un espectáculo de simultáneas y múltiples contiendas. Crece, se multiplica, como Roma.

Reflejado bucle tras bucle, Septimio Severo es un espejo del poderío romano. Cada bucle es una colonia que en pequeña escala repite a la metrópoli: sus dioses, su urbanismo, su ley; y cada denario, un escudo que la protege: un centurión. Las tres dimensiones le dan un aire imponente al emperador, quizá para que sea reconocido por todos sus súbditos y temido por cada uno de ellos. Los minuciosos detalles singularizan la imagen suspendida en el brillo de la plata: este es Lucio Septimio Severo y no otro, dueño del dueño de esta moneda. Fíjate bien, reconócelo, respétalo.

En la acuñación romana, donde quizá esté su origen, el retrato ni seduce ni atrae: impone una distancia. El dinero manoseado nos recuerda en qué manos estamos y nos coloca fuera de su impenetrable círculo. En las monedas griegas el rostro es una idealización y como tal -- como idea -- nace en el diseño que lo preconcibe. Es de metal y mental. Alejandro es Apolo: es un dios. Su perfil nos dice que es divino pero no nos dibuja su humanidad: no estamos frente a un hombre sino de cara al mismo sol. El brillo de la moneda es solar. Trátese de una estátera o una tetradracma, ese brillo que lo nimba, y que luego en el arte bizantino veremos tras el Cristo y los emperadores en los mosaicos, frescos y por supuesto en los sólidos, es la luz, el rayo de luz, un trozo de sol que el estado coloca en nuestras manos para que podamos comprar las necesidades del día y los placeres de la noche. Ese sol es vino como es sol la viña y la uva y luego el tinto que compramos y bebemos. Eso que para los cristianos será sangre del Cristo fue primero, en el espléndido mundo pagano, rayos de sol, luz, fuego.

En la moneda romana se enaltece la autoridad pero se muestra con rigurosa exactitud su rostro. A pesar de la deificación de algunos emperadores, sus rasgos no son sacrificados al ideal: la cara no es máscara ni idea. No es posible confundir a Nerón o Julio César con Septimio Severo. Cada uno está fielmente retratado. Para que se logre a cabalidad el retrato solo falta la mirada como imagen de lo invisible, o sea el carácter, la personalidad.

Aquí se destaca fundamentalmente -- y es eso lo que interesa -- la autoridad, la radiante
personificación del estado, que se muestra pero no se expone. En el perfil se evita la mirada frontal, acaso reveladora o al menos insinuante de un mundo interior susceptible a dudas, deseos, y otras mil debilidades. El metal, su brillo, contribuye a que nos quedemos en la superficie, como excluidos y lejos, muy lejos de la impenetrable intimidad de ese señor que vemos pero que nunca se rebajará tanto como para enfocarnos y mirarnos de frente: podemos estar a solas con el denario, no tutearlo.

Es muy probable también que se acuñaran exclusivamente perfiles en previsión del desgaste ocasionado por la circulación de la moneda. Un rostro de frente, al perder pómulo, cejas, boca, nariz, sería absolutamente irreconocible. Pero el desgaste nunca borra enteramente al perfil: la célebre nariz de los Habsburgo, en un real o un escudo, será siempre tan elocuente -- o casi -- como aquella que en el poema de Quevedo tiene un hombre pegado.

Los emperadores bizantinos, sin embargo, aparecen retratados de frente en sus sólidos. ¿Por qué? ¿Por qué el Imperio, al desplazarse hacia el este, se volteó hacia nosotros? ¿Qué no se insinuará ahí, así, de la conversión romana al cristianismo, de su debilidad y eventual decadencia? Los emperadores del Este, tras la conversión de Constantino, nos dan la cara en sus sólidos, ¿se trata, acaso, de poner la otra mejilla? Se pasa del perfil de Apolo, a quien no es posible sostenerle la mirada, pues no se puede mirar al sol de frente, a la frontalidad del Cristo en la cruz: no solo vemos cara a cara a este pobre dios sino que debemos apiadarnos de él.

Toco el denario: la monumentalidad romana, para su mayor gloria, se contradice en esta miniatura. Espectacular profusión de detalles en diecisiete milímetros: un perfil con sus bucles, ceja, pómulo, párpados, pupila, y aureolado por la inscripción. El retrato en sí ocupa apenas nueve de esos diecisiete milímetros pero me da la sensación de un mapa en relieve: el vasto imperio, desde el muro de Adriano en el norte hasta el afilado tridente del último gladiador en la arena ensangrentada, cabe en milímetros.

No es necesario ser Proust para sentir, como él sintió, la magia de los objetos. Sobre todo objetos que tras siglos o milenios de abundar en la sombra ponen como una copa rebosante su peso en nuestras manos. La punta afilada del tridente centellea en el denario y de repente entreveo en Septimio Severo al radiante señor de Sipán, como si siguiera entre los siglos II y III pero en otro paisaje.

En las vasijas mochica los retratos poseen una tridimensionalidad absolutamente naturalista: la dimensión y el detalle nos colocan ante un rostro único, casi vivo, que tiene mirada y hasta piel. Tocamos la frente o la mejilla de un guerrero, o un prisionero, o un ciego. ¿Quién resulta más ajeno, o mejor quién resulta menos ajeno, el romano o el mochica? El mochica sin duda: siento que me habla, aunque no entienda nada de su lengua ni su cultura. Del romano solo entiendo su lengua muerta y su cultura: él ni me mira ni me habla. En ambos casos estoy solo pero mi soledad es enorme, tan grande que no me aterra. Por un instante -- lo pienso, no sé si me lo creo -- he sido romano y mochica y he estado tan solo como ellos en su señorío.

Me dan ganas de pagar el café con el denario de Septimio Severo, como si estuviéramos en Roma y la moneda todavía fuera intensamente romana, y no mía ni tuya sino del propio Emperador que conocía al Danubio como río y antigua frontera y nunca en este Danubio ni en ningún otro sitio probó café.

¿Cómo reaccionaría la cajera? El denario, para ella, no es dinero. Para mí tampoco. Ironía: el dinero deja de ser dinero cuando tiene tanto valor que no tiene precio. Las monedas y los huacos, me dice el amigo que es mi anverso o mi reverso, cuestan más pero valen menos en las galerías que en el tesoro o la tumba. Porque mientras más gente tenga en su poder el objeto cargado de magia menos va quedando de esta, contaminada, digámoslo así, por el dominio de sucesivos y como eslabonados dueños. Evitar esta cadena es acercarse al origen, trasladarse en espacio y tiempo, casi como para recibir de las propias manos de un señor romano o mochica algo exclusivamente suyo, personal de perfil y de frente y como imantado por su presencia.

El sentido mágico del objeto se me confunde con el sentido mágico de la palabra que tuvieron los cátaros y heredaron los simbolistas y está como oblicua poética en La lámpara maravillosa tanto como en los manifiestos surrealistas y vivo en cada poema que en cada sílaba resume al lenguaje. Tan vivo como el emperador cuyos bucles de plata la brisa acaba de deshacer.

Pago con bolívares y regreso a casa con el imperio.

Caracas, 8 de diciembre 2006


OCTAVIO ARMAND (Guantánamo, Cuba, 1946) En poesía, algunos de los libros publicados son: Clinamen (Kalathos, Caracas, 2011); Biografía para feacios (Pre-Textos, Madrid, 1980) y Cosas pasan (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977). En ensayo, Horizontes de juguete (Tsé-tsé Editores, Buenos Aires, 2008), El aliento del dragón (Casa de la poesía Pérez Bonalde, Caracas, 2005) o Superficies (Monte Ávila Editores, Caracas, 1980).
Recientemente aparecieron en Madrid sus memorias El ocho cubano (Efory Atocha Ediciones, al cuidado del poeta Santiago Méndez Alpízar) sello bajo el cual también apareció un estudio sobre su poesía titulado Octavio Armand contra sí mismo, de Johan Gotera.
Las referencias de García Vega sobre Armand se encuentran en Los años de Orígenes (Monte Ávila, Caracas, 1979; reeditado en Buenos Aires por Bajo La Luna, 2007) y en El oficio de perder (Ediciones Espuela de plata, Sevilla, 2005).

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“Cuando el poema sale es como un rayo”

Entrevista a Aixa Rava por Lucía Vargas

Aixa Rava es correctora científico-literaria, profesora en Letras y escritora. Oriunda del sur de Argentina, llegó a Buenos Aires hace apenas dos años. Recientemente, sacó a la luz su primer poemario: Barda, a través del sello editorial Buenos Aires Poetry. Libro que, supe después, fue el resultado de mucho andar y sentir.
Llegué a la casa de Aixa después de caminar un par de cuadras por un barrio con calles llenas de árboles y adoquines. Subimos por escalera, pocos vecinos en el edificio. Al abrir la puerta, el olor a pan casero me llegó como un abrazo de bienvenida. El mate, los dulces caseros, esos panes con semillas y harina integral, los libros en las bibliotecas, los cuadros y la luz en los rincones: todo me hizo sentir como en casa.
En esta entrevista sobre ella y su primer libro, conversamos sobre sus primeras lecturas, los poemas y la vida.

- ¿Recordás cuándo comenzaste a escribir? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas, esas que te incentivaron a dar el puntapié inicial?
- Empecé escribir desde muy chica, al igual que a dibujar, de hecho eran las dos cosas que más hacía: dibujar y escribir. Mis viejos nos leían cuentos infantiles, los clásicos de los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, de unos libros grandes con fotografías de marionetas. Eran geniales, en la tapa tenían un holograma y venían cuatro libros en una caja para poner en la biblioteca. Pero creo que lo que más me influenció fueron los libros de poesía. Cuando nací, un familiar o amigo de la familia me regaló tres libritos con tapa dura y unos hermosos dibujos de duendes y flores, eran canciones de cuna, romances y poemas españoles, una belleza. Los leí tantas veces que me los aprendí de memoria y mientras dibujaba o jugaba, los recitaba.
Escribí mucho durante mi infancia y adolescencia, cosas que hoy no tienen ningún valor literario y otras que ni siquiera existen, porque tiraba gran parte de lo que escribía. A los 8 años me adueñé de una libreta de Alf con hojas cuadriculadas y la llené de poemas. Me pasaba horas en la biblioteca de la escuela, hablaba más con Betty, la bibliotecaria, que con mis compañeros de curso. Sacaba libros todos los días y leía de todo, desde Elsa Bornemann a Poe, de Stephen King a Dickens.

[Cuando Aixa habla de su infancia y adolescencia, enseguida piensa en su abuela materna, que era docente y le alcanzó la mayoría de los libros que leyó durante esos años. Recuerda también que en 6º grado publicaron en el diario del colegio un poema que le había escrito a su mamá y que a los 14 años recibió una mención por un cuento en un concurso provincial.]

- Y ya cuando decidiste ser escritora… ¿Cómo construiste tu primer libro?
- Me alejé de la escritura durante la universidad, ya no pensaba en ser escritora como cuando era chica. Me costó volver a escribir, me ponía muchas trabas, me comparaba y me evadía. Sentía que nada de lo que escribiera iba a ser lo suficientemente bueno como para conformarme, y mucho menos para mostrarlo. Tengo cantidad de cuentos irresueltos de esos años, y muchos poemas inútiles. Aunque suene un poco neurótico, creo que una de las últimas terapias que hice fue la que me ayudó a escribir nuevamente y a compartir los textos en un blog. Comencé a releer poemas viejos y a corregir, y empezaron a surgir montones de experiencias y recuerdos que era necesario transmutar en verso.
Barda tiene mucho de esos recuerdos, de sentimientos enquistados en esos recuerdos, de movimientos y cambios (físicos y psíquicos). Como libro, comenzó a tomar forma el verano pasado, en el que me aboqué a la tarea de seleccionar los poemas, de ordenarlos y corregirlos.

-¿Cómo fue la experiencia de taller con Cecilia Perna?
-A Cecilia la había conocido en una entrevista que le hice para Revista Kundra. Me fascinaba como escribía (me fascina), y luego de la entrevista le dije que quería hacer un taller con ella, que si abría alguno, me tuviera en cuenta. En febrero de ese año me avisó que empezaba un taller y aún no puedo creer todo lo que aprendí en estos meses. A los encuentros grupales se sumaron largas horas de lectura en voz alta, mates mediante. El trabajo que hicimos fue hermoso, muy cuidado, muy atento, arduo. Ella tiene una sensibilidad muy particular y me enseñó a poner el ojo en cosas que nunca habría notado sola. No puedo estar más agradecida, sin sus sugerencias y su guía y, por supuesto, sin los acertados aportes de Juan Arabia, editor de Buenos Aires Poetry, no habría podido publicar un libro como el que finalmente publiqué.

[Aixa me nombra libros de Cecilia, después hablamos de su poema “Cunita”. Las dos coincidimos en su intensidad. “Cecilia es intensa”, dice Aixa, y se acuerda de la primera vez que hablaron, “de cuatro de la tarde a ocho de la noche” dice; se ríe y sigue contando “después de ese día, de que me hablara de todo lo que pensaba sobre la poesía, supe que quería hacer taller con ella”.]


-Sobre el proceso de construcción de tus poemas, ¿qué pensás que te ayudó a generar una impronta propia, tu estilo particular?
-Escribo como me sale y luego corrijo o mejoro, o no. Creo que hay algo del ritmo, de la cadencia y la métrica de un poema que ya tengo incorporado, y que seguramente viene de tanta poesía española o clásica que leí, me resulta sencillo o natural volcar eso al papel. Hubo un tiempo en que notaba cierta inclinación borgeana en mis poemas, que hoy ya no veo, y en otros momentos hice algunos experimentos vanguardistas, juegos a los que ya no dedico tiempo. Antes me desesperaba cuando un poema no salía o cuando pasaba meses sin escribir. Ahora me lo tomo más relajada, no me exijo porque ese tipo de exigencia me anula; dejo que el poema llegue cuando tiene que llegar y mientras tanto escribo versos o ideas sueltas, que a veces retomo y a veces dejo pasar. Cuando el poema sale es como un rayo, que puede durar segundos o todo el día, porque puedo estar haciendo cualquier otra cosa y al mismo tiempo rumiando unas palabras.
Cuando trabajé los poemas de Barda con Cecilia, noté, como dije antes, muchos vicios que en mi lectura solitaria habían pasado desapercibidos, como el uso frecuente de paralelismos, diminutivos, ciertos giros explicativos, etc. Creo que el aprendizaje es constante y que esa voz propia que uno construye, se renueva y cambia a lo largo del tiempo porque, por un lado, uno siempre está leyendo o escuchando a otros, de los cuales aprende, rescata cosas o descarta y, por otro lado, porque no se está buscando siempre lo mismo.

[“Lo que más me atrae de la poesía es la forma” dice, y enseguida que nos metemos en la pregunta siguiente comenzamos a hablar de todo lo que tiene que ver con esa pasión de identificarse con el libro, con el autor, con la propia lectura: “es como querer meterte adentro del poema” y pensar “yo quiero estar toda la vida leyendo un libro”.]

- Como un ejercicio de conocimiento y de reflexión respecto de la propia literatura. ¿Cuáles cinco libros elegirías de tu biblioteca y por qué?
-Cuando leo o escucho este tipo de preguntas, me resulta imposible no sentir que me están tendiendo una especie de trampa, porque no hay nada más difícil e incómodo para un apasionado que pedirle que haga una selección o recorte de lo que lo apasiona. Trataré de mantenerme dentro del límite.
El primer libro que elegiría es aquel que me compré con mi propio dinero en una de las ferias del libro de Neuquén. Tenía 12 años y estaba fascinada con todo aquello que guardara algún misterio. Agnes Cecilia de María Gripe (colección Gran Angular) fue uno de los primeros libros que me hizo sentir ese deseo desenfrenado de leer. Me atrapó desde la primera línea: “Ocurría únicamente cuando Nora estaba sola en casa…”, y no pude soltarlo hasta el final. No quería comer, ni salir, nada, sólo quería leer. Pensé que no sólo quería sentir eso siempre, con todos los libros, sino que quería provocar eso también en otros lectores, con mi escritura.
El segundo libro imprescindible para mí fue La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Lo leí muchas veces en distintos momentos de mi vida y siempre me produce el mismo placer y la misma desesperación, porque resurgen todas esas preguntas que, al menos los que maquinamos mucho, nos hacemos constantemente. Los monólogos de Segismundo, esa cadencia de los versos, ese aire barroco, esos claroscuros y esa rima… Hoy casi todos los poetas desdeñan la rima, pero es tan hermosa en esta obra (y en tantas otras): “Ojos hidrópicos creo / que mis ojos deben ser, / pues cuando es muerte el beber / beben más, y de esta suerte, / viendo que el ver me da muerte /estoy muriendo por ver”.
El tercer libro es Peter Pan, de James Barrie. Por Peter me tiré a los cinco años de un árbol de lenga, pensé una idea feliz y les jodí el domingo a todos. Tuvimos que salir corriendo del bosque para una guardia y me ligué como dos meses de yeso porque me había quebrado el brazo izquierdo. Era una kamikaze, si no estaba leyendo, me estaba trepando a los árboles o a los techos, nunca me quedaba quieta, salvo cuando leía.
El cuarto libro, El fantasma de Canterville y otros cuentos, de Oscar Wilde. Sencillamente maravilloso, y eso que lo leí traducido la primera vez. Wilde es el amor eterno, siempre se vuelve a él y entonces ese amor se renueva.
El quinto libro, Alicia en el país de las maravillas, de Carroll. Lo tengo repetido como seis veces: en inglés, en castellano, edición abridged y unabridged, ilustrado, con notas, etc. Hay que leer cosas nuevas, pero qué placer volver a leer estos textos una y otra vez, ¿no?
Tengo dos bonus tracks: Tolkien y Shakespeare. Pero no vamos a entrar en detalles porque esta respuesta resultaría interminable.

-¿Crees que Aixa escritora existiría si su pasado, sus elecciones, los lugares en los que vivió hubiesen sido diferentes? ¿Crees que estabas destinada a escribir?
-La verdad es que estoy peleada con toda esa concepción del destino, de que las cosas pasan porque tienen que pasar, porque hay un plan superior del que no tenemos idea y del que nos damos cuenta por ciertas señales. Ya no trato de interpretar por qué pasa tal o cual cosa, te terminás volviendo loco. Siempre quise ser escritora, pero no sé si hubiese escrito Barda si mi vida hubiese sido distinta, quizá habría escrito otro libro. Lo que sí sé es que, en algún momento, mi afición por la literatura y la escritura iba a resultarme ineludible.

***

Tierra del Fuego


La luz rodea el verano en el recuerdo,

aquí la sombra deambula con los niños;

entre turberas y fiordos, los glaciares

hacen que el hielo se vuelva un enemigo.



En esta isla, la sangre se congela,

la piel se raja, la voz se hace chillido;

y hasta las bestias, las plantas, los caminos

creen que la nieve es ajena al paraíso.



Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo

de tambos, de granjas ni de silos;

y si hay un sol, un día, una tarde,

se esconde junto al hierro sin aviso.



Jugar es cosa de adentro, no de plaza,

y a nadie se le antoja el infinito,

que está en el mar, en el nombre, en la bahía,

en todo el viento, y también, en todo el frío.



En un domingo de bosque y costa espesa,

la libertad una rama de lenga

quiebra

con la ilusión de salir y no encontrarse

con el blanco, el gris y la tristeza.



La isla para el niño es una cárcel

con gaviotas, nutrias y orcas muertas,

un exilio, un castigo, una venganza,

que en el sur de estos pies dejó su huella.


Poema incluido en Barda (Editorial Buenosaires Poetry, 2014)
Disponible en La Vaca Mariposa Libros



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Bajo el sol de otoño

Un cuento de Victoria Mora

Julián salió de su casa a la misma hora como cada mañana del último año. Era Marzo de 1977 y estaba en La Plata, una ciudad que no eligió, ahí fue destinado.

Se miraba de reojo en las vidrieras mientras caminaba hacia la universidad. Le costaba trabajo reconocerse. El pelo largo, los pantalones, los colores de la camisa, las botas. Nunca pensó que lo más superficial podía ser lo más duro de sobrellevar. Observaba sus pies, como si fueran los de un desconocido. Tuvo que frenar de golpe para no chocar con la gente que se había parado en la esquina para cruzar. Distraerse era un lujo que no podía darse. Tenía que concentrarse en hacer bien su trabajo. Si no terminaba con esa sensación de ajenidad, la gente iba a empezar a notarlo. Siguió caminando bajo el sol de un otoño raro. Entró a la universidad caminó por los pasillos hasta que llegó a la puerta del aula a la que le tocaba ir. Tomó aire y entró. Comenzaba la función.

Se sentó al lado de María. María era preciosa, sus ojos, su pelo, su voz. Se saludaron. Él estaba seguro de que a ella, él le gustaba. Otro lujo que no iba a poder darse. Las órdenes eran claras.

Escuchó la clase aguantando el tedio. Nunca terminó de entender porque él había sido elegido para este trabajo. Supuso que por su edad. Su jefe ordenaba, ellos hacían.

Allí estaba, escuchando a un profesor hablar de historia del arte en la Universidad de La Plata. Ironías de la vida. Cuando entró a la Dirección de Inteligencia, no supuso que este era el tipo de tarea que podía pedírsele a un policía, ni remotamente. Se imaginaba vigilando, persiguiendo delincuentes, mafiosos, pesos pesados, no estudiantes y abuelas. Igual no iba a quejarse.

Se bancó hasta el final la clase, poniendo la mejor cara de interesado que pudo. Se levantaron y salieron juntos hacia el bar. María insistía en hablar de lo bien que había estado el profesor. Él buscaba el modo de hacerla sentir escuchada para que hablara. Sospechaba que ella era la encargada de distribuir la información que le transmitían las abuelas. Su tarea ahí era esa: detectar quién hacía circular los datos que Abuelas de Plaza de Mayo transmitían dentro de la universidad buscando a sus nietos.

Por las noches siempre tenía la misma pesadilla. Apenas conciliaba el sueño aparecía un agujero negro que lo absorbía de tal manera que no paraba de caer al vacío. Cuando salía del pozo, ya nadie lo reconocía. Sus compañeros de trabajo, su madre, su hermana, sus vecinos de la infancia, aparecían todos como en una galería sin fin, decían que no lo conocían y que se fuera porque lo iban a matar

Se despertaba, se lavaba la cara y volvía a su papel de cada día.

Cayó en la cuenta de que habían pasado unos cuantos días de la fecha prevista para entregar a María. Fue a verla a su casa. Tocó el timbre. Escuchó sus pasos por el pasillo, ella le abrió a la vez que le sonreía luminosa.

Él nunca había sentido nada igual por nadie, pensaba mientras caminaban hombro a hombro por el pasillo que daba al departamento chiquito. Ella nunca hablaba de su militancia. Hablaban de literatura, de arte, Julián le había tomado gusto a la cosa. Él decía amar el surrealismo por su cercanía a la libertad, ella le retrucaba por las posiciones políticas de algunos de sus representantes. Él decía que admiraba la literatura inglesa, ella lo trataba de cipayo. La única función que tenían esas discusiones fingidas era juntar los cuerpos y ambos se dejaban llevar.

Una vez a él se le había ido la mano. Cuando quiso frenar ya era tarde. Lo que había empezado como un juego dialéctico había derivado en una sacudida y un empujón, que no terminó en golpe porque él vio en la cara de María la sorpresa y él pánico que había provocado. Lo miraba con desconcierto. Había remontado la situación, la había abrazado. Era lo máximo que había podido hacer entonces.

Después las cosas se pusieron más difíciles. Su superior pedía explicaciones, corrían los días y él no aparecía a dejar la mercadería que debía entregar. Así había dicho su jefe por teléfono en el último llamado, “mercadería”, y él no pudo evitar que le corriera un escalofrío por la espalda.

Esa noche volvió a soñar. Se tomó un somnífero y siguió, pero a la mañana siguiente no podía funcionar. Se levantó como sonámbulo, se preparó café y prendió el primer cigarrillo de muchos que iba a fumarse pensando qué hacer para seguir con su vida.

Simplemente no podía desaparecer. Había pensado seriamente en confesarle a María quien era y huir juntos. Sabía que resultaba imposible, ella lo odiaría por ser quien era, estaba seguro. Era inútil. Ella pertenecía al grupo de los que se creían salvadores del mundo, todos Che Guevara que ante la primera piña lloraban como nenas. Las minas resistían más, eso sí había sido una sorpresa, pero sabía justamente que por su resistencia era difícil que una mujer se pasara de bando. Había conocido muchas desde que empezó el laburo y muy pocas aflojaron. Conociéndola, si estuviera acorralada María se tomaría la pastilla. No, nunca iba a poder decirle quien era. Escaparse con ella sin decirle quién era tampoco era opción. Se convertiría en desertor. Sonó el teléfono. Un compañero lo llamaba diciéndole que no se demorara, la cosa estaba fea, había habido un atentado en la ciudad y habían muerto dos coroneles, su jefe estaba furioso. Gritó MIERDA y cortó. Dio vueltas por el comedor de su departamento como un gato enjaulado. Agarró la 45 y salió dando un portazo. No miró a la vecina que intentó saludarlo. Se subió al ascensor. En la calle pidió un taxi y dio la dirección de María. Se bajó del auto, esperó a que fuera bien entrada la noche, madrugada. Tocó el timbre tres veces como hacía siempre para que ella supiera que era él. María abrió otra vez con una sonrisa que se borró frente al caño del arma que le apuntaba a los ojos. Un disparo sordo se oyó en una noche sin testigos detrás de cortinas cerradas. Él la arrastró hasta la vereda.

Julián caminó a la esquina tomó el primer colectivo a cualquier lado. Viajó veinte minutos y se bajó. Buscó un teléfono público metió los cospeles. Del otro lado atendió su jefe “Se quiso escapar, hay que mandar a alguien que la busque, quedó en la vereda”.

Volvió a tomar un taxi y se fue a su departamento.


***

VICTORIA MORA nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y escritora. Recibió el primer premio en el concurso de cuentos Premio Fiesta Nacional de las Letras por su obra “El último tren”. Otro de sus cuentos, “Un nuevo cielo”, fue incluido en una antología de la Federación de Asociaciones Gallegas. Actualmente es alumna de Claudia Piñeiro y colaboradora de la revista Kundra.
Publicó el libro de cuentos Un mundo oscuro (Ediciones Llanto de mudo, Córdoba, 2014) disponible en La Vaca Mariposa.




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