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Pequeñas mujercitas

Solange Rodríguez Pappe

Mientras llenaba cajas y cajas con basura sacada de la casa de mis padres, vi a la primera mujercita correr hasta el sofá y escabullirse bajo sus patas con un grito de alegría eufórica. Tampoco es que me sorprendiera tanto topármela. Ser hija de una pareja de acumuladores que durante toda su vida no habían hecho más que almacenar bolsas vacías de papel, recipientes plásticos de varios tamaños y bichos de porcelana, aumenta la posibilidad de que si haces una exploración profunda, darás con cosas muy extrañas escondidas en el hogar de tu infancia.

Una de las actividades preferidas de mi aburrida niñez era revisar cajones para hurgar su contenido, pero desafiándome a dejar las cosas tal como las encontraba. Así di con una colección de llaveros de la segunda guerra mundial, unos porta vasos pornográficos y con el puñal de plata que guardaba celosamente mi padre entre las tablas de la cama. “Ya has estado trasteando entre las cosas”, vociferaba mi madre si notaba algún leve cambio de orden entre alguno de los cientos de objetos recolectados y luego de eso me daba unos buenos bofetones con la mano abierta o un golpe de cinturón en las palmas. “Aprende a tu hermano, que jamás da que hacer”. Obvio, desde que tenía memoria Joaquín había pasado jugando en la calle, con sus carritos, con su bicicleta, con sus patines, con su pandilla, con sus noviecitas. Se había negado a ser uno de los tantos adminículos de colección de mi madre.

Una vez en el asilo, mis padres no necesitarían nada más que lo esencial, así que llevaba casi una semana separando en pilas lo que donaría a la caridad, lo que regalaría, vendería y subastaría a buen precio y también con lo que iba a quedarme para observarlo y ponerle las manos encima, pero primero había que deshacerse de toda la suciedad. Entre los cachivaches de la cocina hallé algunas lagartijas, una rata y hasta un murciélago muerto, incluso si lo pensaba, la rata parecía ser el cadáver de un viejo hámster de la infancia que perdimos. Mientras perseguía con el zapato a unas arañas fue cuando vi a la mujercita desnuda atravesar el salón en pleno grito de guerra. Entre todas esas rarezas, una pequeña mujer salvaje corriendo por ahí, no me parecía tan increíble.

Miré bajo el sillón y tal como me lo había imaginado, existía toda una civilización de diminutas mujeres haciendo su vida. Algunas estaban sentadas en grupos muy juntas peinándose el cabello entre ellas, contándose cosas y riendo; unas más fumaban tumbadas trozos de hojas arrancadas a un helecho cercano al sofá y otras se trenzaban en guerras de placer lamiéndose el sexo y los pechos por turnos, mientras se mordían los dedos de sus minúsculas manitos o emitían agudos gemidos de gozo. Estos ejercicios que cuento, lo hacían a la vista general de toda la población si ningún pudor o recato. No vi hijos o embarazos entre las mujercitas, todas jóvenes y magras. Lo que sí, me parecieron bastante hedonistas por no decir indecentes.

A media tarde sonó el teléfono. Contesté con una mezcla de coraje y desconcierto por las mujercitas que ahora dificultaban mi limpieza de la sala. Era mi hermano Joaquín pidiéndome un espacio en la casa para pasar la noche porque su esposa lo había echado otra vez a la calle. “Se dio cuenta que no terminé la relación con Pamela, como le prometí. Tú sabes que mamá siempre me daba una mano en ese asunto y me dejaba dormir en el sofá”. “Estoy aseando la casa, todo está revuelto y lleno de polvo, pero si crees que puede sopórtalo, pues ven”. “Gracias”, me dijo “No sé qué ha tenido siempre ese sofá, que me hace dormir muy bien”. Entonces sentí escalofríos.

Armada con una escoba fui a barrer la ciudad de las mujercitas. Con la fuerza de mis escasos kilos, le die la vuelta al sillón empleando todo el peso de mi cuerpo y cuando estuvo patas arriba, a escobazo limpio como una ama de casa experta en matar insectos rastreros, dispersé, sacudí y victimé a las que pude. No fue fácil, pelearon lo suyo y tenían dientecitos filudos, pero en menos de una hora ya habían desalojado el sofá. Una que otra se escapó en dirección de los dormitorios, pero estaba segura que solo había sido un pequeño número comparada con todas las que eliminé. Justo cuando volví a colocar el mueble en posición original, sonó el timbre. Joaquín me sonrió encantador como un Clark Gable desde el otro lado de la mirilla. Juntos pusimos en la vereda las fundas llenas de mujercitas que yo ya tenía listas para que se las llevase el camión recolector.

Tomamos una cena rápida hecha con sopa de sobre. De vez en cuando la vista se me iba al piso al ver pasar a una que otra mujercita correteando mientras se tiraba de los cabellos o lloraba con la boca abierta, vagando sin rumbo, pero yo procuraba no prestarles atención mientras mi hermano me contaba los detalles de su sofisticada vida como asesor de un político internacional, de los viajes que realizaba, de las personas que conocía, mientras yo apartaba de un puntapié discreto a las mujercitas que intentaban subirse por mi pierna.

“Yo no quiero tener que elegir a ninguna mujer porque la impresión que tengo es que ellas, más bien, quieren que elija para tener pretextos para sus batallas. Los hombres somos para las mujeres un motivo más para su guerra y no. Yo me niego a ese juego: estoy feliz con las dos, con las tres, con las cuatro en mi vida”, y yo fingía un picor en la pierna para espantar a la mujercita que me clavaba una flecha vengativa en la rodilla. Sí que era miserable Joaquín que había vuelto de la infidelidad contumaz una postura filosófica Lo pensé, no lo dije. Más bien le sonreí con la paciencia de siempre muy parecida a la complacencia. Tal como lo hacía mamá.

Antes de dormir, mientras yo llevaba los trastos a la cocina, lo vi sacarse la ropa en la penumbra de la sala, iluminado solo con la electricidad de la calle. Mie hermano era un hombre muy bello. Alto, de musculatura firme, con una sólida nuez de Adán atravesándole el cuello recio, y un par de brazos vigorosos, fraguados en el gimnasio y en las competencias de pulso con otros hombres tan cosmopolitas como él. Mientras se lanzaba al sofá, semidesnudo, listo para entrar al mundo de los sueño, buscando seguir también allá la conquista de mundos y de hembras, las pequeñas mujercitas se agrupaban en el suelo y armaban una estrategia de defensa.

Una de ellas se trepó escalando temerariamente al sofá y exploró con curiosidad el cuerpo de mi hermano. No sé si había hombres pequeñitos en su mundo, pero dar con uno bastante grande, la tenía extrañada: olisqueaba y mordía la piel ese terreno mientras Joaquín se rascaba aquí y allá. Más mujercitas lograron trepar y fueron a pararse en su pecho peludo, agazapándose y rodando entre el vello y otras tantas fueron a inspeccionar el bulto que se adivinaba, entre sus pantalones. Se las veía cómodas en esa tierra reciente que habían descubierto.

Antes de salir, dejé la pila de platos sucios en el lavadero y la luz de la cocina encendida. Me acerqué en silencio a Joaquín que respiraba con un ritmo pesado, mientras numerosas mujercitas armadas se empeñaban en trepar con escándalo a su entrepierna. Él exhibía una desparpajada sonrisa de placer que venía desde el fondo de su cerebro de varón satisfecho. Sentí un fastidio profundo. Tomé si hacer ruido las llaves de su coche de la mesita mientras más y más mujercitas despelucadas y feroces llegaban a revisar el estado de su nueva colonia. Cuando cerré la puerta y le eché doble llave atrancando la salida, me pregunté si los gemidos de mi hermano, que alcancé a escuchar del otro lado del dintel, serían de dolor o de placer.


***
Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) es docente universitaria, cronista y conductora de talleres de escritura creativa. Tiene un Máster en Literatura Hispanoamericana. Ganó el premio nacional Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos del año con Balas perdidas (2010). Publicó Tinta Sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007) y Balas perdidas.

El cuento Pequeñas mujercitas pertenece a libro de cuentos La bondad de los extraños (2014) publicado por Cadáver Exquisito.
Foto: Amaury Martínez

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Los dioses

Un cuento de Ednodio Quintero

Enclavada en lo alto de la montaña, protegida por riscos, fosos, farallones, la ciudad, prácticamente aislada del mundo exterior, se bastaba a sí misma y consumía su espíritu en el ejercicio de una religiosidad exacerbada. Mendigos, charlatanes y saltimbanquis, farsantes, predicadores y traficantes de ídolos, asolaban las calles empinadas y los callejones sombríos con el guirigay de sus pregones y de sus disputas. A pesar del aislamiento geográfico que hacía obligante una promiscuidad varias veces centenaria, los ciudadanos no habían logrado ponerse de acuerdo en una fe única y perdurable que colmara sus inquietudes y satisficiera a plenitud sus anhelos de trascendencia metafísica. Acaso la cercanía del cielo es que sus creencias estaban signadas por el fanatismo, la fugacidad y el desapego.

Un viajero extraviado que se adentrara tras aquellos muros, se asombraría hasta el escándalo de la facilidad con la cual los montañeses adoptaban con devoción y luego condenaban al olvido a sus múltiples dioses. Si un halcón surcaba el cielo rumbo a occidente, la multitud rugía. El temor y el espanto se apoderaban de los corazones, pues volar en dirección al poniente era un presagio inequívoco de muerte. Al día siguiente, la figura de aquel pájaro presidía las ceremonias más solmenes. En su honor se levantaban estatuas, se bordaban estandartes, se imprimían himnos de alabanza, libros de horas y cantos con acento virgiliano. Los designios del dios alado eran conjurados mediante sacrificios que incluían, por lo general, un cordero blanco, alguna fiera capturada en los bosques cercanos y un primogénito recién nacido. A nadie extrañaba, sin embargo, que esta misma tarde la multitud se prosternase ante un cerdo salvaje en las arenas sucias de un anfiteatro en ruinas. Y que al anochecer, una procesión de encapuchados portadores de antorches paseara en silla de manos, bajo un palio de terciopelo y oro, a una muchacha desnuda embadurnada en miel, y que todos, sin excepción, quisieran tocar su sexo lacio y milagroso.

Así, un casquillo de caballo encontrado bajo la almohada de un moribundo se convertía en preciado talismán por cuya posesión se libraban verdaderas batallas. Las voces de un herido abandonado en un portal finiquitaban la contienda desplazando la atención hacia un sapo verdoso que daba extraños saltos en la penumbra de un corredor. Acudían en tropel intérpretes que iban dibujando, sobre papeles de seda y con meticulosidad de joyeros, las curvas trazadas en el aire por el torpe animalejo. La dicha o la desgracia de algún hombre podía estar inscrita entre las líneas de aquella figura enrevesada.
En el fragor de un rito sangriento, el más leve cambio en las formas de las nubes convertía al verdugo en víctima propiciatoria. Los piojos de un criminal elevado a los altares eran subastados en medio de una algarabía de posesos. Los oficiantes de algún culto vespertino parecían apaleados por sus fieles seguidores al anochecer. Alimañas anidaban en los tabernáculos. Y una taberna maloliente, refugio de tahúres sedentarios y rateros trashumantes, podía ser consagrada como santuario. Abundaban los brebajes, las pociones mágicas y los sahumerios. En algunas ocasiones, la sangre seca de perra se cotizaba en el mercado negro a precios superiores a los de la sal, el incienso y el oro. El más idiota se declaraba dueño de la piedra filosofal. Los poetas herméticos gozaban del aprecio general, pues nadie, hasta la fecha, había logrado descifrar sus arcanos. La heráldica, por el contrario, había caído en franco desprestigio: se la consideraba como una ciencia decadente y barroca, reservada a los melancólicos y los suicidas.

No obstante, aquella profusión de supersticiones no era más que la expresión desmesurada, tal vez cándida, de unos seres inquietos, ávidos e insatisfechos, que aspiraban ver realizados sus anhelos en los vastos espacios del espíritu.

***
A media mañana, un día soleado de principios de abril, llegó a la ciudad un dios verdadero. Vestía túnica blanca ribeteada con hilos de oro, calzaba sandalias de cuero y se apoyaba con soltura en un báculo de marfil. Su larga cabellera negra y su barba de un amarillo herrumbroso conferían a su rostro dulce y alargado un resuelto aire de dignidad. La sonrisa leve de sus labios expresaba a un mismo tiempo ternura y determinación, y en sus ojos ardía el fuego de innumerables soles. Luces sesgadas le golpeaban la frente y un vientecito suave le agitaba la túnica y la cabellera. A pesar de la fatiga, con pasos seguros cruzó el umbral de la Gran Puerta y avanzo decidido por la amplia calzada que conducía al centro de la ciudad.

El dios se proponía librar la ciudad de falsarios, pestes y calamidades. Mohanes, truhanes y holgazanes levantarían sus tiendas de lona enmohecida y huirían como ratas en sus chirriantes carromatos. Y la última zahorí, vituperada, partiría rumbo al desierto en compañía de algún músico ciego o de un titiritero. Nadie se atrevería a poner en duda los atributos del dios. Sin embargo, con cierto aire de preocupación que se reflejaba en su rostro, el caminante pensaba en el estupor de aquella pobre gente que no aguardaba su llegada. Había olvidado –pues el olvido es también privilegio de los dioses- enviar alguna señal premonitoria. Habría bastado una lluvia de azufre o un ángel con trompeta. Muy distinto sería el paisaje si el dios se hubiera anunciado mediante algún prodigio. Estos muros desnudos lucirían engalanados con guirnaldas trenzadas entre sí por cintas de seda, y una alfombra de terciopelo escarlata cubriría la ardiente calzada. De los balcones colgarían bambalinas, faroles y banderas, y en las esquinas se levantarían arcos de bambú adornados con ramas de laurel, flores amarillas y aromáticas enredaderas.

Cirios pascuales, velas de sebo y lámparas votivos arderían en chozas, templos y portales. Y al paso del dios, una llovizna de pétalos iría cubriendo sus pisadas; y se escucharían lamentos de flauta, campanas al viento, petardos, aplausos y fanfarrias. Mujeres enloquecidas, ciegos y leprosos, obesas matronas y fornidos guardianes, a empujones y codazos se acercarían a contemplar el rostro del recién llegado, se conformarían con una sola mirada, acaso con besar el borde gastado de su túnica. En fin, aquel pueblo de montañeses idólatras daría lo mejor de sí mismo y ofrendaría al dios con llaves de oro, pergaminos, bufandas y sombreros, frutas de la estación y peces ahumados.

¿Y si algún desventurado no lo reconociera? El dios avanza, presuroso, como un pastor que busca sus ovejas extraviadas en algún oculto vallecito entre las rocas. Su figura de peregrino proyecta una sombra larga y vacilante sobre los ladrillos de la calzada. Y de repente su rostro se ilumina, pues allá en el fondo ha vislumbrado unas siluetas moviéndose entre los árboles. Hombres en mangas de camisa y muchachas con flores en el pelo se pasean en las cercanías de una fuente. Parejas sentadas en bancos de madera se acarician las manos mientras intercambian suspiros y confesiones en voz baja. Desde la cima de un fragante árbol del paraíso, un niño de ojos oscuros tararea una melodía de las montañas y otea el horizonte. ¿Y si uno solo de aquellos infelices, con el corazón lleno de soberbia, tuviera el coraje de negarlo? Lo fulminaría con la mirada y le arrojaría a la cara las credenciales selladas y lacradas en las que se demuestra la esencia misma de su deidad.

Cerca de la verja de metal oxidado que rodea el parque, el dios reposa apoyada en su báculo de marfil. Ensaya mentalmente una fórmula de saturación, y con la mano izquierda aprieta contra su pecho agitado las insignias de su poder.

Al anochecer del mismo día de su llegada, el dios abandonó la ciudad. Lo habían reconocido, sí. Y le ofrecieron agua fresca para calmar su sed, y compartieron con él sus raciones de pan, miel y queso de cabra. A la hora de la siesta, un hombre de hermosa cabellera le ofreció su hamaca, y una muchacha de mejillas sonrosadas veló su breve sueño. Debió soñar con algún manantial o una gacela. Aliviado de la fatiga, se levantó y emprendió el camino de regreso. Comprendía que su presencia entre aquellos seres era innecesaria. Hastiados de dioses, habían vuelto los ojos hacia el fondo de sus corazones y habían reconocido en ellos sui propia divinidad.


El escritor Ednodio Quintero nació en 1947, en Las Mesitas (Trujillo), un lugar agreste de la alta montaña de los Andes venezolanos. Es considerado uno de los más grandes narradores de Hispanoamérica. Entre sus obras destacan: La muerte viaja a caballo (1974), La danza del jaguar (1999), Mariana y los comanches (2004), Combates (2009) y El hijo de Gengis khan (2013).
Los dioses es un cuento de Los mejores relatos. Visiones de Kachgar (2006)

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Más se vacía uno, más se llena

Entrevista a Alejandra Laurencich,

por Lucía Vargas


8 de Octubre de 2014. Es una tarde húmeda en la ciudad de Buenos Aires. Tomo el tren rumbo a Vicente López. Cae el sol a eso de las 6 cuando llego a casa de Alejandra. Me recibe Brit, su perro. Entro y lo primero que miro es esa biblioteca llena de libros. Alejandra me invita a pasar, vamos al patio trasero de la casa que parece salido de un poema: verde creciendo de todos lados, subiendo por las paredes y los rincones; unas rosas se destacan al fondo, junto a las pequeñas flores anaranjadas.

Con mate de por medio y el grabador sobre la mesa, empezamos a conversar sobre las respuestas que ya había comenzado a contestar antes de que yo llegara (las mandé por mail), para ganar tiempo (ya eran las 18:15 y Alejandra da taller a eso de las 19:00 todos los martes y miércoles). Cada respuesta que leía me sacaba una sonrisa, me daban ganas de re-preguntar. Con el tiempo en contra, charlamos algunas.

Lo que voy a proponer en esta oportunidad es leer las respuestas para la entrevista y luego las “notas al pie” que van a ir surgiendo al margen: esas que nacieron del ratito que charlamos en persona. Una experiencia casi lúdica.

L- Sé que sos una lectora muy activa, que siempre estás actualizada en el panorama literario; pero quisiera preguntarte sobre esos libros "atemporales", esos que uno tiene cerca en la mesita de luz o en el escritorio... ¿Cuáles son esos libros a los que siempre volvés, esos que atesorás?
A- Hay varios. De Salinger, por ejemplo ya son tres: Franny and Zoeey, los Nueve cuentos, El cazador oculto; también El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy y Never Let me go, de Ishiguro. Esos son mis tesoritos. Me gusta cada tanto releer a Proust y a Joyce. Tengo muy a mano El oficio de mentir, el libro de conversaciones entre María Fasce y Abelardo Castillo, y un librito que se llama Valor para cambiar.

[Nota: Me detengo en Joyce. Le pregunto si le interesan los cuentos. Nombro Dublineses. Me dice que se queda con el Ulises. Me cuenta que se lo compró a los 14 años. Ahora me acuerdo una de las primeras veces que charlé con ella (justamente fue en una cena en La Vaca Mariposa) y que me contó sobre esa compra: uno de los primeros libros que adquirió por sí misma (si no es que el primero). Recuerda y me cuenta una anécdota familiar: hay partes del libro que se sabe de memoria. Recuerda a sus hijos y la relación que tuvieron desde chicos con el libro. Sonríe.]


L- Sobre la formación de escritor: fuiste alumna de Liliana Heker en su taller, y ahora sos tallerista. ¿Cómo fue tu experiencia desde el lugar de alumna y qué te impulsó a dar taller?
A- Como alumna supongo que era muy buena, jaja, nunca faltaba, o casi nunca, trabajaba como loca sobre lo que me mostraban como error, y aún sin entender por qué era un error confiaba en que si me lo estaban señalando era porque había razones para considerarlo así, que ya lo entendería, entonces confiaba en el criterio de Liliana, a la que consideraba mi maestra, y en todas las buenas devoluciones que recibía de los compañeros como Juan Sabia, Romina Doval y tantos otros. También recuerdo que mis propios análisis sobre los textos de los demás eran muy bienvenidos por la mayoría de los compañeros, e incluso por Liliana, que se complacía en las coincidencias, cuando las había. Creo que muchos de esos compañeros fueron los que me impulsaron a dar taller, porque eran los que me palmeaban la espalda: -che, muy buena devolución la que me diste hoy, o… me gustó mucho lo que dijiste de mi cuento, o lo que sea. Pensé entonces que si ese grupo que era tan exigente valoraba mi opinión, podría ayudar a otros a mejorar sus propios cuentos o novelas, así que empecé en una biblioteca popular, dando clases los sábados por la mañana. Era una contribución a la economía familiar haciendo lo que me gustaba, porque siempre me gustó hacer comprender a los demás lo que para mí resultaba comprensible, esa veta de docente la tuve desde chiquita, según recuerdo: el placer de transmitir mi conocimiento sobre un tema, el ver que da frutos en otro. Lo hacía en la escuela cada vez que alguien me lo pedía.

[Nota: Hablamos sobre las devoluciones y la importancia de una mirada constructiva sobre el texto ajeno en taller. Recuerda compañeros del taller de Heker con cariño. Le pregunto si siente que sus talleres la enriquecen: responde que sí, que cuando los alumnos recién comienzan es lindo ver cómo evolucionan y que después… ya avanzados, hay textos que sorprenden, que se genera un ida y vuelta. Le hablo de su trabajo como docente (yo soy alumna), hablamos de los diferentes tipos de talleres, según objetivos, según maestros…]

L- Tenés formación en bellas artes, carrera que abre la menta a un sin fin de expresiones plásticas. Después de ver, conocer, admirar la obra de tantos artistas... ¿Sentís que esa formación estética tiene repercusión en tu literatura? Si es así, ¿De qué forma?
A- Creo que toda la percepción visual que se estimula en Bellas Artes, o por lo menos en la época que yo estudiaba era así, porque tuve muy buenos maestros, repercute positivamente, porque es un canal de apreciación del mundo que se ha abierto y se conjuga con la apreciación personal, la profundiza. No sólo en la observación de la belleza, como hecho estético, también en el proceso creador, en esto de plantar una estructura, por ejemplo en lo escultórico, y a partir de ahí llegar a la forma final, o en el tallado de una pieza, en la dominación y aprovechamiento de los contrastes en pintura, en la búsqueda del equilibrio oculto, qué se yo, podría estar nombrando muchos de los conceptos plásticos que fui adquiriendo a lo largo de los siete años que hice bellas artes y que tranquilamente se trasladan al campo literario. Las líneas de fuerza en un dibujo, por ejemplo, pueden asociarse a los ejes de la narración, a las líneas narrativas que sostienen un cuento o una novela. El saber encuadrar, el conseguir un efecto por planos de color, que podría parangonarse con el manejo de los planos temporales en narrativa, no sé, si llevás cada una de estas búsquedas a lo literario podés encontrar similitudes, seguramente, es decir que el ojo está entrenado en una intención artística: el pintor, el escultor, saben que el oficio les sirve para expresarse, tanto como lo sabe el escritor.

[Nota: Recuerdo que en esta pregunta nos detuvimos un buen rato, por eso fue de la última que charlamos. Hablamos de la música como expresión artística, como parte fundamental de varios de sus textos. Me acordé de su cuento «Lo más grande que hay». Ella me cuenta una anécdota personal sobre algo que solía hacer de chica: musicalizar momentos que veía en la calle, todo en su cabeza, como si fuera un corto o una escena de alguna película. La mayoría, melancólicas. Se ríe. Hace el gesto de mirar a través de una ventanita juntando dos dedos en forma de “L” de cada mano (formando un rectángulo). Me la imagino ahora y pienso: -“Lo voy a probar, a ver qué tal”. Después nos vamos para el lado plástico, empezamos a hablar sobre las visiones del arte contemporáneo. Tocan el timbre: es hora del taller.]

L- El último número de La Balandra (maravillosa revista literaria circundante, de la cual Alejandra es directora) está dedicado íntegramente a la poesía, ¿Cuál es tu relación con este género?
A- Yo leía poesía desde muy chica, y escribía poesía. Recuerdo el deslumbramiento que me provocaron poemas de Wordsworth, de Rimbaud, o los haiku japoneses, todos esos libritos que estaban en la biblioteca de mis hermanos y que me fascinaban desde muy pequeñita, te digo siete u ocho años en adelante. A los trece o catorce ya escribía poemas y eran mi modo de expresión. Incluso en el 82, un mes antes de la guerra de Malvinas escribí un poema que era un anticipo de lo que vino, algo que todavía me sorprende, porque estaba durmiendo la siesta, boludeando mejor dicho, mirando el techo y tuve que levantarme a escribir eso que me apareció, y que hablaba del sur, de tabernas, de guerra. Lo escribí de un tirón, como si me lo dictara alguien y cuando lo leí me dije: ¿Y esto qué corno es? Porque no tenía nada que ver con mi vida de ese momento, ni con nada que yo hubiera vivido. Lo dejé en mi carpeta de poemas, y años después, cuando lo encontré y vi la fecha fue estremecedor: justo un mes antes de la guerra de Malvinas, que de ningún modo podía haber presagiado por los diarios, ya que esa guerra fue muy repentina. Bueno, así que disfruto enormemente con la poesía, y además en todos los años que escribí narrativa seguí conociendo poetas que admiraba, contemporáneos a los que hacía leer a mis amigos. Entonces, cuando pude publicar a toda esa gente maravillosa, lo hice. Y en el trabajo de investigación para la revista conocí a tantos poetas extraordinarios que ni sabía que existían. Fue muy bueno.

L- Los lectores podemos conocer la visión del escritor a través de su literatura: a través de los temas que elije, la construcción de sus personajes, el tono con el que escribe, entre otras cosas. ¿Crees que el escritor puede conocerse a sí mismo a través del proceso de creación de su literatura?
A- No sé si sobre la ficción, a mí me pasa mucho esto con mi diario, escribo un diario desde mis 18 años, y ahí sí, en la relectura de episodios que viví muchas veces logro un conocimiento de mí misma que me resulta muy valioso. Aprendo al leer cómo encaré alguna cuestión, o viendo la actitud con los que soporté un buen o un mal momento, o cosas por el estilo. Sí, con los diarios tengo una herramienta de autoconocimiento que recomiendo siempre a los demás, escriban su diario, van a ver cuánto de ustedes, o de las contingencias de la vida, de sus vaivenes, de sus espiralamientos, se ven reflejados con precisión absoluta.

L- Hoy en día existe un amplio espectro de escritores jóvenes contemporáneos (publicados en editoriales independientes, o inéditos pero que publican sus trabajos en redes sociales o e-books). ¿Qué pensás de este fenómeno? ¿Hay alguno que llame tu atención?
A- Es un fenómeno con dos aristas, como en el cuento de los taoístas, ¿Verdad? Suerte o desgracia: por un lado es fabuloso que haya tantos pibes que quieran escribir, que se afanen en esto de sentarse frente a un papel a poner por escrito sus personajes, su locura. Pero por otro, ahora parece tan fácil armarse un bloguito y subir lo que uno escribe y recibir comentarios de amigos y familiares que dicen: “esto es genial”, que creo que muchos se confunden. Confunden la tarea de escribir con la tarea de desahogarse a través de la escritura, es decir: confunden la literatura con la terapia, con la confesión, el desahogo.

L- Mirando en retrospectiva tu literatura y pensándote como escritora, repasando mentalmente esas inquietudes que movilizaron tu trabajo de escritora... ¿Cómo te pensás? ¿Crees estar más cerca de eso que anhelas decir con tu literatura? ¿Hacia dónde vas?
A- Más cerca no, porque basta que uno exprese algo para que aparezca otro anhelo, otro desafío, algo que está ahí nomás, pero a lo que hay que alcanzar todavía, a lo que no se llegó. Más se vacía uno, más se llena. ¡Y qué se yo adónde voy, adonde pueda!

Y ahí, en su casa, durante su taller, pude ver como Alejandra se llenaba del espíritu de la literatura que ayuda a construir en sus alumnos… de ese verde en su patio, de esa vida; y que se vaciaba, transparente, sincera… compartiendo todo lo que sabe, dando todo lo que tiene, con esa humildad y ese cariño que se ven cuando sonríe… eso que dice cuando calla.-


(Fotos: Lucía Vargas)

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El vibrante roce de la realidad

Ana Ojeda

Toda mi vida es una pura concesión. Me despierto cerca de las siete de la mañana porque tengo una hora de viaje hasta el trabajo y entro a las nueve en punto, clavado. Cualquier minuto de retraso debe estar acompañado de excusa relevante: suicidio colectivo en medio de transporte público, episodio de violencia à la Columbine (en caso de haber tomado el subte), muerte súbita bajo rodado de varios cuerpos, o similar. No es raro que antes de enganchar la bici en el poste del semáforo tamborilee con los dedos sobre los postigos de la ventana para avisar que ya llegué; así tener que jugar a la salida en el tiempo de descuento.

La empresita funciona en un ph de tres ambientes (todos dan a la calle) y patio cubierto. Baño y cocina quedan frente a la puerta de entrada, de madera centenaria, y hay además un pequeño depósito oscuro y húmedo, usado para acumular trastos viejos. En total, somos cinco y dos jefes. Yo entré con cargo de administrativa, pero la (concesiva) realidad es que hago un poco de todo.

A la mañana no bien llego pongo en orden la cocina, que por lo general es un chiquero. Se desayuna, se almuerza y se merienda, pero no se lava. Desde que trabajo acá, odio la pizza: la muzzarella derretida de ayer es una especie de chicle con anfetaminas. Imposible de remover. Lo otro que no soporto es el cigarrillo. Mi jefe el mayor, ocupado en salvar vidas, así dice él, se desentiende de las normas más elementales de la higiene. Para él, cenicero es todo: vaso, tasa, botella, cuchara o platito. La semana pasada hubo un principio de incendio porque tiró un pucho encendido en el tacho. El episodio nos dejó mal, sobre todo porque tuvimos que comprar un tacho nuevo con los fonditos de La Coope. Mi jefe el mayor nos explicó que los bienes muebles perecederos son más de todos que de la empresa y que por eso tenemos que bancarlos con el fondito común.

A mi jefe el menor lo veo poco. Casi nunca va por el ph, así que cuando lo veo charlamos más que nada de la vida. De la suya, porque es un gran viajero y siempre nos trae noticias del mundo y de sus novias. Yo me limito a escuchar, sé que no corresponde que me aproveche de la supuesta reciprocidad del diálogo para agobiarlo con la larga retahíla de concesiones que engarzo día tras noche tras día. Mi psicóloga no entiende esta manera que tengo yo de ver las cosas. Siempre me dice que lo mío es que no puedo con la vibrante. No digo que no, pero creo que lo mío es algo más global.

Mis tareas en la empresita son sencillas. Sobre mi escritorio hay una computadora y tres bandejas. En la primera hay pedidos, en la segunda reclamos y en la tercera envíos. Un pedido puede ser que vaya hasta el banco a pagar la luz o hasta Dispita a compararle pañales a la nena de mi jefe el mayor. A esa bandeja le temo, nunca sé qué me va a deparar. Me acuerdo la vez que, tras lavar y ordenar en la cocina, me acomodé frente a la máquina sorbiendo el primer café de la mañana y al levantar una A4 agujereada, leo: “9:00 tomate un taxi y pasá a buscar a Ivette. Acompañala donde quiera ir”. Fue una patada de adrenalina. Primero, porque yo era administrativa y no personal para todo servicio. Segundo, porque no me había dejado plata para el taxi. Tercero, porque las nueve eran pretérito pluscuamperfecto. Todo el tiempo es así. Voy, no voy, qué hago. Tal como yo lo veo, desobedecer una orden es causal de despido, pero ir era gastar mi propia plata sin saber a qué hora iba a terminar, ni dónde. Además, a esa hora todavía no había nadie, ¿quién iba a atender el teléfono? Migue, Lore, Juancho y Liso (se llama Lisandro, pero le quitamos una sílaba para que no desentone con nosotros, todos bi) llegaban a las diez. No tendría que haber ido, pero fui. Concesiones, concesiones, siempre.

Por ese tipo de cosas, prefiero la bandeja 2. Los reclamos son por lo general de proveedores o clientes descontentos, con lo cual mi función es clasificarlos por tema y mandar el mail “automático” de recibimos su consulta y estamos trabajando para usted. Después cuando mi jefe el mayor tiene un momento le comento más o menos de qué se trata como para que esté al tanto. La mayoría de las veces prescriben y nadie hace nada.

Los envíos también me gustan. Cuando toca el servicio mensual, Ramón me pasa a buscar con la combi. Tomamos mate, charlamos y mientras vamos haciendo las entregas. A veces la cana jode porque Ramón no tiene los papeles en orden, por eso su flete es más barato, y hay que cometearla para poder seguir. Yo pasaba la coima como “viáticos” hasta que mi jefe el menor me indicó que mejor lo pasara como “insumos”. De esa manera se puede descontar de los impuestos.

Como el lugar es chico, cuando estamos todos me cuesta concentrarme. Sobre todo porque Lore es una máquina de hablar. No para. Se cuelga del teléfono y te enterás hasta del color de bombacha que eligió para que combine con la funda del celu. Por eso detesto los días que no están ni mi jefe el mayor ni mi jefe el menor, son ocho horas que me tengo que tragar de interiorización radical en la vida de Lore y, la verdad, me satura. Menos mal que Migue es callado. Cuando no está, Juancho dice que tiene un retraso, pero no creo que sea verdad. Pasa que es tranquilo, nada más. Y come como un elefante. La otra vez se compró una pizza para él solo. Menos mal que al final Liso lo convenció para que compartieran. Yo los miraba tragar y pensaba en el baño, otra de mis ocupaciones tácitas, pero obligatorias. Hace un año que mi jefe el mayor decidió prescindir de los servicios de Mónica, que antes venía una vez por semana. El tamaño de la empresa no lo permite, no hay superávit como para que siga viniendo, así que hubo que repartirse sus tareas. Yo no tengo problema en limpiar el baño, el tema es que nunca hay con qué. La semana pasada traje el Mr. Músculo de casa porque el detergente lo guardo para los platos. Desde que Migue encontró una rata muerta entre las cajas del patio, todos coincidimos en que tenemos que extremar las medidas de higiene.

En realidad, además de administrativa, en la empresita también cumplo funciones de secretaria. Llego primero que todo el mundo y me voy última, almuerzo siempre en el escritorio para poder atender el teléfono y le llevo la agenda a mi jefe el mayor. Sirvo café cuando tenemos visitas, me encargo de que no falten galletas dulces ni té, y me encargo de la coordinación general de las tareas de Migue, Lore, Juancho y Liso para que los tiempos se cumplan. Hago mucho y me gustaría ganar un poco más, sobre todo porque con la inflación, mi sueldo quedó desactualizado. Hace tres años, cuando empecé, la situación del país era otra. También me gustaría que me pusiera en blanco, para tener vacaciones y obra social. Quiero pedir un aumento o un ajuste, pero no lo hago porque Juancho se lo pidió el otro día y mi jefe el mayor le dijo que la empresa daba aumentos cuando la situación estaba como para dar aumentos. Que él no iba a soportar que le fuéramos con la huevada sindicalista ni mucho menos y que al que no le gustara, que se mandara mudar.

Como lo que facturo en la empresita me alcanza solo para el alquiler, ayer agarré viaje en un ciber de mi barrio que buscaba personal para el turno noche. Levantarme a la mañana me cuesta un triunfo y mi jefe el mayor ya me llamó la atención porque nota que no estoy dejando todo en el laburo como antes. Yo le dije que estaba equivocado y que ando mal dormida, pero no me gustó que su respuesta fuera encajarme a la beba de Mariana para que me hiciera cargo mientras ellos se iban a almorzar. Tendría que haberle dicho que no. ¿Y si se lastimaba? ¿Y si no paraba de llorar? Yo soy administrativa, no tengo porqué contar con conocimientos de baby-sitter. Además de que yo también quería almorzar y no pude porque la nena era un demonio que se metía todo en la boca, dos segundos la dejabas sola y ya te había localizado un toma corrientes para ir a enchufar sus deditos babeados. Al final, terminé comiendo dos empanaditas a las cinco y media de la tarde, mientras esperaba el colectivo. Ni hambre tenía para esa hora porque el almuerzo se alargó y al final Mariana pasó a recoger a la nena a las cuatro y yo en la hora que me quedaba tuve que resolver las tres bandejas corriendo como una loca porque mi jefe el mayor me avisó que a partir del jueves hacíamos inventario.

Quisiera irme de la empresita pero no lo hago porque tengo miedo de no encontrar nada más. ¿Cómo pagaría el alquiler? Con lo del ciber apenas me alcanza para la comida. Mi fonoaudióloga dice que es un problema en la vibrante, pero yo sé que hay algo más. Yo siento que tengo una vida de pero.


***
Ana Ojeda es la editora de El 8vo loco, integra el grupo que dirige la Exposición de la actual narrativa rioplatense (serie de libros que publican El 8vo loco, Alto Pogo, y Milena Caserola), los segundos sábados de cada mes coordina la Comunidad de Lectores, columna dedicada a la producción de los pequeños sellos editoriales en el programa de radio Patologías Culturales (La Tribu FM 88.7); publicó las novelas: Modos de asedio (2007) y Falso contacto (2012), el libro de cuentos La invención de lo cotidiano(2013) y Motivos particulares (2013), poemitas en prosa; participó en varias antologías, es traductora y, es mamá.
(Foto de portada: Mailen Albamonte /Arte del libro: Rodolfo Marqués)

El cuento «El vibrante roce de la realidad» está publicado en La invención de lo cotidiano (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2013)

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La jaula de los esperpentos

Diana Varas Rodríguez

A Freddy Avilés



Aparecer viva y sin ninguna pinta de sangre en la primera plana del diario amarillista más famoso del país, te asegura la fama de por vida.

“¡La matagallinas fue enjaulada! ¡La matagallinas fue enjaulada!”, voceaban todos los vendedores de periódico a primera hora de ese día.

Me hice pasar por la Gallareta, la asesina más buscada de gallinas y ya tengo una semana en cana. Averigüé todo su récord policial para representar bien su papel: 37 años. Esquizofrénica. Alzheimer. 176 gallinas robadas. 41 colgadas en el umbral de varias casas. 621 mutiladas. 6 cabezas encontradas en las loncheras de los niños de una guardería. 11 patas pegadas debajo de las bancas de la Catedral. Se sospecha que fue la causante de la aparición repentina de 34 gallinas teñidas de azul y amarillo en el centro regenerado del pueblo. Unos dicen que estaba haciendo campaña política. Otros, que era cocinera y vendía caldo a un dólar. De seguro ella me había visto en la nota.

Yo era su fan número uno. Hice un criadero de gallinas en el patio trasero de mi casa para poner en práctica mis ideas. Mis primeras acciones consistían en suturar dos gallinas por su carúncula. Las dormía primero, para que los vecinos no sospecharan. Utilizaba plantas de valeriana, las mezclaba con agua y Lexotan. Se las daba con jeringa después de hacerles cariñitos para que no hagan ruido.

La gente ni se imagina que la Gallareta no es responsable de todo lo que se le acusa. Yo construí más de la mitad de su historial policíaco e hice cosas que los pacos nunca registraron. Las acciones que realizábamos individualmente en la ciudad se convirtieron en nuestro vínculo. Nunca nos habíamos visto físicamente, ni conversado. Sabíamos que éramos mujeres y que esta obsesión a la cual nos entregábamos, -mágicamente- nos obligaba a pertenecernos.

Un día antes de entregarme, suspendí una importante suturación entre gallinas. Siempre me llamó la atención una de ellas. Nunca se integraba con las demás y la distinguía por su ojo anaranjado. Ese día me miró raro. Su cabeza estaba de lado, paralizada, como si estuviera observando un gusano que se escapa lento, sin conciencia de la muerte. Fue inevitable. Pensé que la Gallareta había tomado la forma de ese animal y esperaba algún despiste para atacarme.

Siempre imaginé cómo era su aspecto y nunca pude determinar una sola forma: una mujer con alas, enana con plumas, hermafrodita con pico y cresta. Sabía que no era humana o que, por lo menos, eso era lo que ella creía.

Suturar se volvió un vicio. Empecé a adicionar partes mutiladas de gallinas a mi propio cuerpo. Las disecaba antes, utilizaba formol, cristales… Mi casa parecía el aviario de un experimentador obseso. Tenía frascos llenos de formol que contenían partes amputadas del cuerpo de esos animales. Las momificaba, me momificaba, me travestía con ellas.

Llegué a tener 45 patas pegadas a mi cuerpo y una cabeza de gallina en cada hombro. Me había convertido en una siamesa trilliza, un cuerpo tripartito, divino, fanático de la mutilación y los esperpentos. Mi cuerpo era mi propio traje.

Cuando llegué a la cárcel, se alarmaron tanto que llamaron al cura del pueblo para que me sacara los demonios; el cura llamó a un psiquiatra; el psiquiatra a un doctor; el doctor, a un abogado; y el abogado, a una vidente. Me quitaron todo. Ahora solo tengo cicatrices, picoteos de aves, mordisqueos de moscas, cenizas de un ave fénix que no resucitó por ser desperdigada, amputada.

Me tiraron agua bendita. Hicieron que dibujara y dijera qué imágenes veía en unos garabatos: gallinas, gallinas, decía yo. El doctor me quitó las patas, las cabezas y me regaló un frasco de alcohol. El abogado trataba de encontrar una razón lógica, y la vidente continuó visitándome de vez en cuando para hacerme baños contra el mal de ojo.

El tiempo de visita había terminado hace unas horas y sentía que alguien estaba dentro de mi celda. Escuché susurros ininteligibles debajo de mi cama. Cada vez se hacían más fuertes, eran carcajadas demoníacas de cigueñas-arpías, de esas que llevan el insomnio en el pico, como acostumbran, para aventarlo a mis párpados. Ya no eran murmullos, eran gritos. Tenía miedo. Empecé a moverme y a golpearme la cabeza una y otra vez contra la pared, hasta que el sonido más intenso se estranguló en el aire, como el recuerdo del gruñido de un cerdo que acaba de morir.

Una gallina blanca salió disparada por debajo de mi cama. Movía sus alas con apuro. Me miraba, pero no tenía ojos. Cualquiera hubiera creído que alguien le dio un patazo debajo del colchón. Estaba alocada, ansiosa… hasta que me vio. Se detuvo mientras yo seguía golpeando mi cabeza contra la pared. Me dio la ligera impresión de que su cuerpo crecía poco a poco, mientras se acercaba tímidamente. Quedé hipnotizada con la hondonada de sus ojos, pude sentir que me introducía en su cuerpo. La Gallareta estaba aquí, conmigo.

Quería acariciarla, pero yo no tenía brazos. Se habían instalado en su cuerpo en lugar de sus alas. Empezó a picotearme, yo era su lienzo experimental donde la bebida era la sangre. Picoteaba mis cicatrices para abrirlas de nuevo, rememorándome la misión impuesta por el destino de los mutilados. De las heridas brotaron plumas blancas y dos alas en lugar de mis brazos.

Veo a mi propio cuerpo frente a mí, descansando en un lago de sangre que brota desde mi cabeza, sin insomnio. La Gallareta me toma de las alas con su mano y salimos por la pared.

Mi cuerpo ya no me limita.


Diana Varas Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1984) Licenciada en Comunicación Social con mención en Redacción Creativa. Realizadora del documental A imagen y semejanza (2008), que trata sobre las transgéneros y sus acciones por legitimizarse como seres ciudadanos. Fue exhibido el mismo año en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y en el Festival Diversa, de Buenos Aires.
Su libro de cuentos “La jaula de los esperpentos” fue publicado por la editorial ecuatoriana DADAIF [cartonera], en una edición limitada de 100 ejemplares.


Disponible en:

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“Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias”

Ezequiel Vila, por Lucía Vargas



Ezequiel Vila es poeta, docente e investigador. Reside en Buenos Aires y ha publicado su primer libro de poemas en 2013, mediante Años Luz Editora.

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande consta de cinco poemas en dónde se ve reflejada una poderosa visión de la actualidad a través de un matiz muy personal. Mediante las historias contadas a través de los versos, su estilo evidencia la ironía y el humor con el que se recorrerá todo el poemario.

Tocando temas actuales como el kirchnerismo en "Amo a una chica Kirchnerista" o los escenarios de las microhistorias de "Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande", logra introducir temáticas atemporales como lo son las ideologías políticas, la muerte y el amor. En "Me doy cuenta de que no puedo ser Séneca" acerca la filosofía a la reflexión vigente, y desmitifica el amor con una cierta oscuridad en "Amputación": sin prejuicios y con mucha originalidad, Vila revive tiempos y espacios para recrearlos en el presente audaz del poema.

En esta entrevista, intentamos conocer al autor y su visión del mundo en relación con su literatura.

-¿Cuándo comenzaste a escribir? ¿Recordás por qué?
-De chico tenía una carpeta en la que dibujaba historietas que le pasaba a mis amigos y mis primos en las que parodiaba o inventaba tramas nuevas de alguna serie con la que estuviéramos todos enganchados en ese momento, como Dragon Ball o Oye Arnold, así que mi debut como escritor fue en el terreno del fanfic. No creo que en ningún momento haya dejado de hacer comics o escribir pequeñas historias así. Pero sí hubo un momento de quiebre, a los 15 años, en el que empecé a participar mucho en un foro de literatos donde la gente dejaba escritos y los demás usuarios comentaban. Yo venía de otro foro que había armado el mismo administrador, que estaba formado por un resto de gente que escuchaba un programa de radio que pasaban por Rock & Pop a la madrugada, “La convención de las tribus”, y cuando caí ahí me copó la propuesta de sumarle a los típicos debates forísticos la posibilidad de leer a los otros usuarios y que los otros te lean a vos en una veta más literaria. Ahí me hice de un grupo de amigos que me cambió la cabeza, conocí muchos textos que de otra manera jamás hubieran llegado hasta mí y fui partícipe de la irritante bohemia adolescente que en última instancia me hizo naufragar en Puan. Pero volviendo a la pregunta, digamos que la sociabilidad de Internet me dio un poco de manija para ponerle más trabajo a algo que siempre me había gustado, encontré un lugar de expresión personal y de desarrollo de inquietudes literarias propias, un poco más alejadas del plagio y la fantasía narcisista del fanfic (al que por supuesto sigo bancando).

-¿Qué te moviliza a escribir?
-Hay una pulsión de expresividad que me parece innegable, para mí y supongo que para cualquier artista. Lo que sucede es que si te conformás con eso, lo que terminás escribiendo es una mierda, o yo por lo menos no puedo no ser completamente grasa cuando suelto esa correa. Suelo escribir en contra de ese principio, me interesa más concentrarme y trabajar en las ideas que se me aparecen como algo ocioso, sin sentido, o que surgen a partir de imágenes que pueden ser horrorosas o simplemente graciosas, y a partir de ahí dejar que se vaya filtrando la emoción o las ideas que me obsesionan, pero siempre a partir de una historia. La voluntad de contar una experiencia (propia, ajena, inventada) y su interpretación suele ser un motor para la escritura. Por eso me gusta escribir poemas sobre cosas que parecen muy singulares pero que le podrían pasar a cualquiera, hoy. Soy medio tribunero. O para que quede más elegante, soy “generacional”.

- Desde tu visión como poeta, como docente y como lector e investigador ¿Qué pensás de la literatura actual?
-Con todos esos títulos puede hasta incluso parecer que me opinión es importante, nada más lejos de la realidad. En general no me gusta pensar, para fenómenos contemporáneos, dentro de la categoría literatura (acá me sale el investigador) sino en términos de ficción. Cada vez es más evidente que estamos sumergidos (y que fuimos criados) en una cultura mediática donde las historias circulan en múltiples dispositivos. Hoy lo vemos con el boom de las series de televisión, antes fue con el cine, en el futuro inmediato serán los videojuegos. Lo que se mantiene en ese ida y vuelta entre medios, es la necesidad de contar historias. Me parece que los mejores escritores que me llegan hoy entienden ese panorama, no se aferran a la idea de una literatura que es únicamente experimentación del lenguaje, ni tampoco saltan eufóricos hacia un mundo cibertextual que no existe. Me gusta mucho Leo Oyola porque me parece que combina bien ese nuevo juego, mezcla temas de la cultura popular con voces narrativas potentes y un tempo en sus tramas de clara inspiración cinematográfica. Obviamente, creo que la literatura tiene sus características particulares, pero no me sirve pensarla como una serie aislada, mucho menos concebirla como una cuestión para iniciados, ni mucho menos. Los autores que piensan en esos márgenes, por lo general, no me interesan y siento que en sentido estricto no somos contemporáneos.

- Decidiste publicar con Años Luz, ¿Por qué?
-Conozco a Flor Piluso, una de las editoras, desde hace muchos años por haber cursado la carrera de Letras y haber trabajado juntos en los inicios de la revista Luthor. Flor sabía que yo escribía y había ido a escucharme a varias lecturas. Así que cuando se juntaron con Juan Crasci y Sebastián Realini a armar Años Luz ella sugirió mi nombre y me pidieron que les mande algunas cosas.

- ¿Y cómo te decidiste a publicar?
-Como cualquier poeta qualunque, yo había fantaseado alguna vez con publicar un libro, pero la verdad es que no era algo que tuviera en mente o que estuviera tratando de alcanzar cuando me contactaron los chicos. Por supuesto lo tomé como un gran halago y acepté. Pero la realidad es que yo no tenía ningún libro pensado como tal, así que les mandé lo que me parecía publicable y ellos hicieron una selección. Cuando lo charlamos me pareció que estaba sensacional, que cerraba muy bien la idea. Ese proceso fue muy grato, contar con un editor que labure tu texto me sirve mucho como escritor. Lo mismo puedo decir de los chicos de revista NaN y revista Velociraptors, proyectos para los que a veces colaboro. Los menciono porque me parece que comparten lo que más me gusta de Años Luz que es que son independientes y saben valorar el trabajo. Con Años Luz no habría podido pedir por condiciones mejores. Por un lado, porque trabajan con licencias Creative Commons y yo soy algo así como un militante de la cultura copyleft (en mi vida privada y con otros proyectos como revista Luthor y EDEFyL). Por otro, porque me ofrecían algo rarísimo en este mercado: no solamente no puse un peso para publicar mi obra sino que me pagaron (y me siguen pagando) un porcentaje de cada libro vendido. Con gente así hay que ir a todos lados. Y por suerte hubo más lados a los que ir con ellos: el proceso no se terminó con la publicación del libro sino que siguió con lecturas, eventos, etc. Ahora sacaron Himnos nacionales, una antología de poemas mundialista en la que tuve el gusto de participar. Mi escritura creció mucho gracias a la movida que le dieron los chicos al libro y todo lo que vino después. Espero no haberme olvidado de pasar ningún chivo en esta respuesta (?).

- ¿Te importa el mercado editorial? ¿Y la crítica literaria?
-Me alegra muchísimo cuando alguien me escribe por Facebook para decirme que le copó mi libro o cuando en una lectura la gente se caga de risa con lo que escucha. Y esas cosas pasan en parte porque existe un mercado y porque existe la crítica. Claro que si no hubiera editado ningún libro seguiría yendo a lecturas y esas cosas seguirían pasando en alguna medida, pero el mercado y la crítica (aunque ahora que lo pienso no sé si alguien hizo alguna vez una crítica de mi libro) permiten que esas cosas sean más frecuentes en mi vida, por lo tanto me importa y lo aprecio. Ser leído me da mucho placer. Pero tampoco me vuelve loco, no podría ir a cuanta lectura haya miércoles, jueves, viernes, sábados... ni hincharle a los conocidos que escriben en algún suplemento cultural para que me publiquen una reseña, ni andar corriendo editores para ver si se puede sacar un libro nuevo o publicar en tal revista. En parte porque hago otras cosas además de escribir y todo eso es desgastante, en parte porque me parece un poco de mal gusto. No sé si soy humilde o si soy narcisista al punto de que me cuido de ser vanidoso para que no quede feo.

- ¿Qué planes tenés para tu literatura en un futuro cercano o lejano?
-Está la idea de sacar un nuevo libro el año que viene, que ponga en el papel algunos de los poemas que se gestaron a raíz de la circulación del anterior en estos dos años. Estaría en una línea muy parecida a los poemas de Una tortuga muerta... una suerte de hermano menor, capaz que un poco más pop. Si el libro anterior tenía referencias a Séneca y a Boccaccio, este tendría más Tortugas ninja, Wonderboy, Batman... Pero eso es la cáscara, en el fondo son poemas muy parecidos. Después mi idea es ponerle una pausa a esa escritura y pasar a otras cosas. Me gusta mucho el fantasy y la ciencia ficción y mis poemas no tratan en lo absoluto sobre eso, pero me resulta natural pasar de una cosa a la otra. Por ejemplo, y por si quedaba alguna duda de que soy un nerd gigantesco, ahora estoy escribiendo mucho para una campaña de rol, Dungeons & Dragons; y bueno, es una escritura doméstica, que queda puertas adentro, con mis amigos, pero no deja de ser una escritura, que por cierto como narrador me parece súper desafiante. De la misma manera creo que el guionado de videojuegos es algo interesantísimo y hay algunos proyectos que van por ese lado. Ah, y como decía Fogwill de los malos poetas, también tengo mis “novelas en preparación”.

Ezequiel Vila, lee "Amo a una chica Kirchnerista" (click en la foto)

Vila

Una tortuga muerta llega a la orilla de Playa grande está disponible en:

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800 golpes de Guillermo Flores y Manuela Güell

Entrevista de Adriana Morán Sarmiento



Para Oscar Steimberg, todo proceso de apropiación cultural es un proceso de autoviolencia contra el cuerpo mismo, un proceso de cambio, un primer golpe que llevará a individuo a otro lugar mental.

Con esta idea nace el proyecto de 800 golpes, una editorial dirigida por dos jóvenes argentinos: Guillermo Flores y Manuela Güell. En su blog publican extractos de libros, entrevistas y comentarios relacionados con esos escritores y libros que los inspiran -Artl y Güiraldes están siempre presentes-, mientras trabajan a cuatro manos un catálogo que va sumando autores y buenas críticas.

Este emprendimiento editorial independiente, creado en 2013, ya tiene varios títulos: Yo no tengo la culpa, de Roberto Arlt; Cuentos de muerte y de sangre, Ricardo Güiraldes; Esa serena sombra –haikus de amor y de agua- de Marcelo di Marco; y la antología Todos felices, en la que participan Leticia Rivas, Bárbara Sayour, Manuela Caldeone, Lucía Russo, Leonardo Azamor y Esteban Caballero.

Guillermo comenzó en la edición con 13x13, un proyecto donde los libros tenían ese formato cuadrado, y publicaban traducciones de notables como Edgar Allan Poe o Scott Fitzgerald. Junto a Manuela Güell fundó 800 golpes, la pequeña editorial que les deja grandes satisfacciones. “La idea surgió hace unos años, en parte por afición a la lectura y en parte también porque siempre nos gustó recomendar y regalar libros, películas, cosas por el estilo. Creemos que la edición es, en última instancia, una evolución de eso y está vinculado a esa idea de buscar recomendar, seleccionar. Con nuestros amigos todavía lo hacemos, y yo suelo prestar muchos libros, que rara vez son devueltos. Ahora, con 800 golpes, por lo menos, podemos ponerle un precio”.

-¿Cuál es el plus entre 13x13 y 800 Golpes?
-Creo que son cosas diferentes, porque las personas que lo hacemos somos diferentes. Me parece que en 800 golpes hay un interés mucho más fuerte por el idioma castellano (todavía no tenemos ninguna traducción), también por las personas con las que nos estamos contactando (fue un placer trabajar con Sylvia Saitta y poder usar un dibujo de Rep), pero en comparación con 13x13, aquí tenemos un menor interés por la encuadernación y todo lo referido por el libro objetivo y un mayor interés por el texto en sí.

-Hay un aporte valioso en rescatar textos ya publicados, pero con destacadas ilustraciones y formatos novedosos... ¿es una manera de re-presentar un autor, o la idea se acerca más a fortalecer el objeto libro?
-Sí, totalmente, es una manera de representar un autor. Yo creo que lo que ocurre es algo muy particular de nuestro continente, o nuestra cultura. Por ejemplo, autores tales como Antonin Artaud u Oscar Wilde, pueden sonarnos a nuestros ojos como muy novedosos, a veces, hasta contemporáneos en algunos aspectos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con autores como Ricardo Guiraldes o Elías Castelnuovo, que a pesar de ser de la misma época, pueden sonar como antiguos y poco interesantes. Por eso creemos que con un diseño actual y adecuado respecto al autor, puede romper en algún sentido ese imaginario, que me parece muy malo porque no ayuda a o reconocer nuestra propia historia cultural, y se siguen imprimiendo libros de autores que eran amigos o familiares de André Breton o que una vez compartieron una mesa con Scott Fitzgerald.

-¿Se siguen leyendo los clásicos?
-Leemos y leímos bastantes clásicos, y muchos de nuestros amigos también. Leer los clásicos es como ir a la fuente. Muchas veces me sorprende al leer algún autor contemporáneo con ideas similares a textos de ese estilo, y me encanta redescubrirlos, encontrar autores olvidados, y creo que hay gente suficiente a la que les interesan también.

-¿Cómo es el proceso editorial a cuatro manos?
-Seguramente por obligaciones que tenemos, no podemos dedicarle todo el tiempo que quisiéramos. Empezamos a trabajar juntos hace un año y nos llevamos muy bien, aunque tratamos de no estar hablando todo el día de la editorial. Creemos que es importante en un tipo de trabajo de este estilo, que los dos puedan estar y puedan no estar también, y que la rueda siga funcionando. Nos agrada esa independencia del otro y saber que nos reunimos para hacer algo que los dos queremos hacer.

-¿El libro indispensable en la biblioteca de 800 Golpes?
-El escritor en el bosque de ladrillos, de Sylvia Saitta. Es la biografia de Arlt, que nos parece excelente.

-¿Cuáles editoriales argentinas recomiendan?
-Nos gusta mucho lo que vienen haciendo los chicos de Escrituras Indie y su proyecto Difusión Alterna. También Tinta Limón, Ciccus. Y celebro el proyecto independiente de La Vaca Mariposa, que es una editorial, una librería y una revista al mismo tiempo. Esa unidad me parece no sólo interesante, sino también imitable.

-Próximas novedades de 800 golpes…
-Un libro de cuentos infantiles de terror escrito por Leonardo Azamor y diseñado y dibujado por Keki Un Puntito, que nos gustó muchísimo editar y fue como incursionar en un nuevo ámbito que desconocíamos por completo. También un nuevo libro de Roberto Arlt y otro de Horacio Quiroga, con selección y prólogo de Sylvia Saitta.

Roberto Arlt. Book trailer (Click en la foto)

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