Letras

Cinco preguntas y un final: Carlos Ríos

1-¿Cuál es tu máxima en el trabajo?
-Escribí, escribí, hasta que algo aparezca.

2-Un defecto que no puede dominar
-Hablar todo el tiempo de literatura, hasta el cansancio o el hartazgo de los que me escuchan; también contar de qué van los libros que estoy escribiendo.

3-¿Cuál es el libro que todos deben leer?
-El libro que todos deben leer supone una fatalidad o una locura: se trataría de un libro que en sus páginas contenga todos los libros del mundo. Como esto ya ha sido repetido cientos de veces, juguemos a pensar que el libro que todos deben leer es aquel que en sus páginas contenga algo que no está en otros libros. Cosa difícil, ¿no? Y a la vez fácil: basta con haber leído poco para que eso suceda. Alguien podría decir, en esta dirección: “El libro que todos deben leer es el único que yo leí”.

4-¿Qué cosa hace mágica a la literatura?
-No sé. Tal vez ese don de la ubicuidad que le es tan propio: está en todas partes y en ninguna. Viaja por diferentes soportes. Ese nomadismo perpetuo.

5- Dónde está el paraíso…
-A veces aparece en estos versos de Dante: “Es verdad, que la forma no concuerda/ alguna vez con la intención del arte”. Ahí podría esconderse el Paraíso, en la “masmédula” de ese desajuste donde se pone en juego la escena más contemporánea del arte.

UN FINAL…
Uno de los que más me gustó es el de La luz argentina (1983), de César Aira. Es un final largo, de unas páginas, un final que va decantándose en un modo ensayístico gradual. Transcribo los dos últimos párrafos:

“En el relato suele haber dos personajes, dos héroes que parten desde hemisferios opuestos del día o la noche para encontrarse momentáneamente. La calidad del relato depende del modo en que se combine la fuerza o desvalidez de cada héroe con las horas del día o la noche que ocupe.
Por eso la estúpida actividad de dormir ocupa un lugar preponderante en las narraciones, porque todo el sentido deriva de sus desplazamientos. Es cierto que los héroes deben descansar de sus hazañas, y lo hacen terriblemente. La sucesión de sus sueños de piedra crea el tiempo de las historias, un tiempo doble respecto del real, con un continuum diurno y otro nocturno. La coincidencia de momentos entre estas dos líneas se calcula por inversión geométrica, y el cálculo se llama “sabiduría”. Los narradores de todas las culturas (salvo la post-capitalista) han hecho gran despliegue de sabiduría. A este despliegue se lo ha llamado “contexto”. Cuando los momentos no coinciden, es decir cuando un héroe y otro duermen en el mismo tiempo real, surge una formación de la que da cuenta el modelo moderno del relato: la novela.”


CARLOS RÍOS. Nació en Santa Teresita, provincia de Buenos Aires. Es autor de los libros de poemas Media romana (El Broche, 2001), La salud de W.R. (Dársena3, 2005), La recepción de una forma (Bonobos, México, 2006), Nosotros no (UNL, 2011), Perder la cabeza (Diatriba, 2013), Unidad de traslado (Pixel, 2014) y Excursión a Farandulí (Vox, 2015); de las plaquetas Códice Matta (México, Caja Negra, 2008) La dicha refinada (Dársena3, 2009) y Háblenme de Rusia (Goles Rosas, 2010); de las novelas Manigua (Entropía, 2009), Cuaderno de Pripyat (Entropía, 2012), Cielo ácido (Clase Turista, 2014), En saco roto, Lisiana y Cuaderno de campo (las tres publicadas por Bajo la luna/EME en 2014) y Obstinada pasión (RIL, Chile, 2015); también de los relatos A la sombra de Chaki Chan (Trópico Sur, Uruguay, 2011), El artista sanitario (Postales Japonesas, 2012) y Casapuente (Los Proyectos, 2014). En 2005 fue declarado visitante distinguido por el Ayuntamiento de Huejotzingo, estado de Puebla, México. Actualmente coordina talleres literarios en cárceles bonaerenses, integra el consejo editor de BazarAmericano.com y es coeditor de la editorial platense El Broche.
Fotografía: Lali Solari

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El denario

Octavio Armand

Tomo un café con Septimio Severo en la Pastelería Danubio, acá en Santa Rosa de Lima.

Nacido en el 146 d.C. y emperador entre el 193 y el 211, fecha de su muerte, probablemente por envenenamiento; sucesor de Cómodo y Pertinax, ambos asesinados; padre de Caracalla y Geta, también asesinados -- Geta por su propio hermano mayor; Septimio Severo creó una nueva tesorería imperial y embelleció a Roma y muchas otras ciudades del vasto imperio. Lo tengo frente a mí en un denario que ayer mismo me trajeron de Hispania.

Perfectamente centrado en el metal, majestuoso, sereno, deja adivinar los reconocidos logros de su gestión, nada de la violencia que lo acercó al trono y al veneno. Me intriga su impavidez. Me desconcierta. Ha despertado una vez más mi pasión por los horizontes del pasado, que data de la infancia y que probablemente refleja un desapego -- por decir lo poco -- a la circunstancia inmediata y al presente.

Estoy en Santa Rosa de Lima pero por instantes -- ¿nanosegundos? ¿acaso importa? ¿no será nuestra eternidad un nanosegundo para los dioses? -- me desplazo en el espacio y el tiempo. Gran parte del hechizo que siempre he sentido en los objetos antiguos se debe precisamente a la capacidad que tienen para transformar lo inmediato, desfigurarlo, hasta producir una dislocación; remontándome así a épocas pluscuamperfectas, desconocidas, apenas intuidas, pero que me cuentan, como a Manrique, de un tiempo pasado que fue mejor: entiéndase más heroico, más abundante en sabiduría y belleza; o por el contrario más sangriento, más intolerante, brutal no solo por sus tiranos sino por las masas envilecidas que los vitorean en el circo entre mil despedazamientos y muertes.

Septimio Severo en el brillo de la plata me habla de todo eso. Veo su rostro de perfil; nítidos el bigote, la barba, las patillas; los crespos de la cabellera sobresalientes, escultóricos casi, palpables círculos alrededor de mínimas concavidades, que sugieren los ojos vaciados de la estatuaria. Increíble: hay pequeñas sombras en el interior de estos crespos, el único vestigio de interioridad en el rostro amurallado como una ciudad antigua entre las inscripciones y el margen de metal, pues la mirada, de perfil, no deja conocer del emperador más que su autoridad. Me fijo bien y noto en la mirada cierto asomo de interioridad: como en la estatuaria, el iris es un mínimo vacío y por lo tanto, aunque infinitesimal, una sombra. La pupila, así, está sorprendentemente viva: es negra.

La geometría encrespa la cabellera del emperador, como si Euclides mismo hubiera sido su estilista o su barbero. Y en la perfección geométrica de esos bucles, en el área imposible de medir de esos círculos peinados por la matemática y el pi que se pierde en lo infinitesimal, como gotas en cuencos liliputienses, se acumulan exquisitas, casi palpables sombras. No todo es brillo en la moneda, no todo es ras y superficie. Hay estas como entradas a cavernas o laberintos que invitan más allá de la autoridad imperial hacia los pensamientos o pesadillas del hombre que ahora parece a punto de abandonar su perfil y mirarnos -- quizá será aterradora su mirada -- de frente.

La nitidez de estos poros proliferantes dentro de ese otro círculo que es el denario insinúa una cornucopia. Es difícil no intuir un símbolo de abundancia, pues dentro de la plata, en esta pormenorizada y replicada geometrización, la moneda muestra una cantidad de otras monedas -- minúsculas, cóncavas -- que otorgan a la superficie lustrosa un paradójico brillo con sombra. Lo cóncavo que se traduce en plétora provoca una extraña sensación de monumentalidad. Anfiteatro, foso, arena, el denario es un espectáculo de simultáneas y múltiples contiendas. Crece, se multiplica, como Roma.

Reflejado bucle tras bucle, Septimio Severo es un espejo del poderío romano. Cada bucle es una colonia que en pequeña escala repite a la metrópoli: sus dioses, su urbanismo, su ley; y cada denario, un escudo que la protege: un centurión. Las tres dimensiones le dan un aire imponente al emperador, quizá para que sea reconocido por todos sus súbditos y temido por cada uno de ellos. Los minuciosos detalles singularizan la imagen suspendida en el brillo de la plata: este es Lucio Septimio Severo y no otro, dueño del dueño de esta moneda. Fíjate bien, reconócelo, respétalo.

En la acuñación romana, donde quizá esté su origen, el retrato ni seduce ni atrae: impone una distancia. El dinero manoseado nos recuerda en qué manos estamos y nos coloca fuera de su impenetrable círculo. En las monedas griegas el rostro es una idealización y como tal -- como idea -- nace en el diseño que lo preconcibe. Es de metal y mental. Alejandro es Apolo: es un dios. Su perfil nos dice que es divino pero no nos dibuja su humanidad: no estamos frente a un hombre sino de cara al mismo sol. El brillo de la moneda es solar. Trátese de una estátera o una tetradracma, ese brillo que lo nimba, y que luego en el arte bizantino veremos tras el Cristo y los emperadores en los mosaicos, frescos y por supuesto en los sólidos, es la luz, el rayo de luz, un trozo de sol que el estado coloca en nuestras manos para que podamos comprar las necesidades del día y los placeres de la noche. Ese sol es vino como es sol la viña y la uva y luego el tinto que compramos y bebemos. Eso que para los cristianos será sangre del Cristo fue primero, en el espléndido mundo pagano, rayos de sol, luz, fuego.

En la moneda romana se enaltece la autoridad pero se muestra con rigurosa exactitud su rostro. A pesar de la deificación de algunos emperadores, sus rasgos no son sacrificados al ideal: la cara no es máscara ni idea. No es posible confundir a Nerón o Julio César con Septimio Severo. Cada uno está fielmente retratado. Para que se logre a cabalidad el retrato solo falta la mirada como imagen de lo invisible, o sea el carácter, la personalidad.

Aquí se destaca fundamentalmente -- y es eso lo que interesa -- la autoridad, la radiante
personificación del estado, que se muestra pero no se expone. En el perfil se evita la mirada frontal, acaso reveladora o al menos insinuante de un mundo interior susceptible a dudas, deseos, y otras mil debilidades. El metal, su brillo, contribuye a que nos quedemos en la superficie, como excluidos y lejos, muy lejos de la impenetrable intimidad de ese señor que vemos pero que nunca se rebajará tanto como para enfocarnos y mirarnos de frente: podemos estar a solas con el denario, no tutearlo.

Es muy probable también que se acuñaran exclusivamente perfiles en previsión del desgaste ocasionado por la circulación de la moneda. Un rostro de frente, al perder pómulo, cejas, boca, nariz, sería absolutamente irreconocible. Pero el desgaste nunca borra enteramente al perfil: la célebre nariz de los Habsburgo, en un real o un escudo, será siempre tan elocuente -- o casi -- como aquella que en el poema de Quevedo tiene un hombre pegado.

Los emperadores bizantinos, sin embargo, aparecen retratados de frente en sus sólidos. ¿Por qué? ¿Por qué el Imperio, al desplazarse hacia el este, se volteó hacia nosotros? ¿Qué no se insinuará ahí, así, de la conversión romana al cristianismo, de su debilidad y eventual decadencia? Los emperadores del Este, tras la conversión de Constantino, nos dan la cara en sus sólidos, ¿se trata, acaso, de poner la otra mejilla? Se pasa del perfil de Apolo, a quien no es posible sostenerle la mirada, pues no se puede mirar al sol de frente, a la frontalidad del Cristo en la cruz: no solo vemos cara a cara a este pobre dios sino que debemos apiadarnos de él.

Toco el denario: la monumentalidad romana, para su mayor gloria, se contradice en esta miniatura. Espectacular profusión de detalles en diecisiete milímetros: un perfil con sus bucles, ceja, pómulo, párpados, pupila, y aureolado por la inscripción. El retrato en sí ocupa apenas nueve de esos diecisiete milímetros pero me da la sensación de un mapa en relieve: el vasto imperio, desde el muro de Adriano en el norte hasta el afilado tridente del último gladiador en la arena ensangrentada, cabe en milímetros.

No es necesario ser Proust para sentir, como él sintió, la magia de los objetos. Sobre todo objetos que tras siglos o milenios de abundar en la sombra ponen como una copa rebosante su peso en nuestras manos. La punta afilada del tridente centellea en el denario y de repente entreveo en Septimio Severo al radiante señor de Sipán, como si siguiera entre los siglos II y III pero en otro paisaje.

En las vasijas mochica los retratos poseen una tridimensionalidad absolutamente naturalista: la dimensión y el detalle nos colocan ante un rostro único, casi vivo, que tiene mirada y hasta piel. Tocamos la frente o la mejilla de un guerrero, o un prisionero, o un ciego. ¿Quién resulta más ajeno, o mejor quién resulta menos ajeno, el romano o el mochica? El mochica sin duda: siento que me habla, aunque no entienda nada de su lengua ni su cultura. Del romano solo entiendo su lengua muerta y su cultura: él ni me mira ni me habla. En ambos casos estoy solo pero mi soledad es enorme, tan grande que no me aterra. Por un instante -- lo pienso, no sé si me lo creo -- he sido romano y mochica y he estado tan solo como ellos en su señorío.

Me dan ganas de pagar el café con el denario de Septimio Severo, como si estuviéramos en Roma y la moneda todavía fuera intensamente romana, y no mía ni tuya sino del propio Emperador que conocía al Danubio como río y antigua frontera y nunca en este Danubio ni en ningún otro sitio probó café.

¿Cómo reaccionaría la cajera? El denario, para ella, no es dinero. Para mí tampoco. Ironía: el dinero deja de ser dinero cuando tiene tanto valor que no tiene precio. Las monedas y los huacos, me dice el amigo que es mi anverso o mi reverso, cuestan más pero valen menos en las galerías que en el tesoro o la tumba. Porque mientras más gente tenga en su poder el objeto cargado de magia menos va quedando de esta, contaminada, digámoslo así, por el dominio de sucesivos y como eslabonados dueños. Evitar esta cadena es acercarse al origen, trasladarse en espacio y tiempo, casi como para recibir de las propias manos de un señor romano o mochica algo exclusivamente suyo, personal de perfil y de frente y como imantado por su presencia.

El sentido mágico del objeto se me confunde con el sentido mágico de la palabra que tuvieron los cátaros y heredaron los simbolistas y está como oblicua poética en La lámpara maravillosa tanto como en los manifiestos surrealistas y vivo en cada poema que en cada sílaba resume al lenguaje. Tan vivo como el emperador cuyos bucles de plata la brisa acaba de deshacer.

Pago con bolívares y regreso a casa con el imperio.

Caracas, 8 de diciembre 2006


OCTAVIO ARMAND (Guantánamo, Cuba, 1946) En poesía, algunos de los libros publicados son: Clinamen (Kalathos, Caracas, 2011); Biografía para feacios (Pre-Textos, Madrid, 1980) y Cosas pasan (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977). En ensayo, Horizontes de juguete (Tsé-tsé Editores, Buenos Aires, 2008), El aliento del dragón (Casa de la poesía Pérez Bonalde, Caracas, 2005) o Superficies (Monte Ávila Editores, Caracas, 1980).
Recientemente aparecieron en Madrid sus memorias El ocho cubano (Efory Atocha Ediciones, al cuidado del poeta Santiago Méndez Alpízar) sello bajo el cual también apareció un estudio sobre su poesía titulado Octavio Armand contra sí mismo, de Johan Gotera.
Las referencias de García Vega sobre Armand se encuentran en Los años de Orígenes (Monte Ávila, Caracas, 1979; reeditado en Buenos Aires por Bajo La Luna, 2007) y en El oficio de perder (Ediciones Espuela de plata, Sevilla, 2005).

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“Cuando el poema sale es como un rayo”

Entrevista a Aixa Rava por Lucía Vargas

Aixa Rava es correctora científico-literaria, profesora en Letras y escritora. Oriunda del sur de Argentina, llegó a Buenos Aires hace apenas dos años. Recientemente, sacó a la luz su primer poemario: Barda, a través del sello editorial Buenos Aires Poetry. Libro que, supe después, fue el resultado de mucho andar y sentir.
Llegué a la casa de Aixa después de caminar un par de cuadras por un barrio con calles llenas de árboles y adoquines. Subimos por escalera, pocos vecinos en el edificio. Al abrir la puerta, el olor a pan casero me llegó como un abrazo de bienvenida. El mate, los dulces caseros, esos panes con semillas y harina integral, los libros en las bibliotecas, los cuadros y la luz en los rincones: todo me hizo sentir como en casa.
En esta entrevista sobre ella y su primer libro, conversamos sobre sus primeras lecturas, los poemas y la vida.

- ¿Recordás cuándo comenzaste a escribir? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas, esas que te incentivaron a dar el puntapié inicial?
- Empecé escribir desde muy chica, al igual que a dibujar, de hecho eran las dos cosas que más hacía: dibujar y escribir. Mis viejos nos leían cuentos infantiles, los clásicos de los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, de unos libros grandes con fotografías de marionetas. Eran geniales, en la tapa tenían un holograma y venían cuatro libros en una caja para poner en la biblioteca. Pero creo que lo que más me influenció fueron los libros de poesía. Cuando nací, un familiar o amigo de la familia me regaló tres libritos con tapa dura y unos hermosos dibujos de duendes y flores, eran canciones de cuna, romances y poemas españoles, una belleza. Los leí tantas veces que me los aprendí de memoria y mientras dibujaba o jugaba, los recitaba.
Escribí mucho durante mi infancia y adolescencia, cosas que hoy no tienen ningún valor literario y otras que ni siquiera existen, porque tiraba gran parte de lo que escribía. A los 8 años me adueñé de una libreta de Alf con hojas cuadriculadas y la llené de poemas. Me pasaba horas en la biblioteca de la escuela, hablaba más con Betty, la bibliotecaria, que con mis compañeros de curso. Sacaba libros todos los días y leía de todo, desde Elsa Bornemann a Poe, de Stephen King a Dickens.

[Cuando Aixa habla de su infancia y adolescencia, enseguida piensa en su abuela materna, que era docente y le alcanzó la mayoría de los libros que leyó durante esos años. Recuerda también que en 6º grado publicaron en el diario del colegio un poema que le había escrito a su mamá y que a los 14 años recibió una mención por un cuento en un concurso provincial.]

- Y ya cuando decidiste ser escritora… ¿Cómo construiste tu primer libro?
- Me alejé de la escritura durante la universidad, ya no pensaba en ser escritora como cuando era chica. Me costó volver a escribir, me ponía muchas trabas, me comparaba y me evadía. Sentía que nada de lo que escribiera iba a ser lo suficientemente bueno como para conformarme, y mucho menos para mostrarlo. Tengo cantidad de cuentos irresueltos de esos años, y muchos poemas inútiles. Aunque suene un poco neurótico, creo que una de las últimas terapias que hice fue la que me ayudó a escribir nuevamente y a compartir los textos en un blog. Comencé a releer poemas viejos y a corregir, y empezaron a surgir montones de experiencias y recuerdos que era necesario transmutar en verso.
Barda tiene mucho de esos recuerdos, de sentimientos enquistados en esos recuerdos, de movimientos y cambios (físicos y psíquicos). Como libro, comenzó a tomar forma el verano pasado, en el que me aboqué a la tarea de seleccionar los poemas, de ordenarlos y corregirlos.

-¿Cómo fue la experiencia de taller con Cecilia Perna?
-A Cecilia la había conocido en una entrevista que le hice para Revista Kundra. Me fascinaba como escribía (me fascina), y luego de la entrevista le dije que quería hacer un taller con ella, que si abría alguno, me tuviera en cuenta. En febrero de ese año me avisó que empezaba un taller y aún no puedo creer todo lo que aprendí en estos meses. A los encuentros grupales se sumaron largas horas de lectura en voz alta, mates mediante. El trabajo que hicimos fue hermoso, muy cuidado, muy atento, arduo. Ella tiene una sensibilidad muy particular y me enseñó a poner el ojo en cosas que nunca habría notado sola. No puedo estar más agradecida, sin sus sugerencias y su guía y, por supuesto, sin los acertados aportes de Juan Arabia, editor de Buenos Aires Poetry, no habría podido publicar un libro como el que finalmente publiqué.

[Aixa me nombra libros de Cecilia, después hablamos de su poema “Cunita”. Las dos coincidimos en su intensidad. “Cecilia es intensa”, dice Aixa, y se acuerda de la primera vez que hablaron, “de cuatro de la tarde a ocho de la noche” dice; se ríe y sigue contando “después de ese día, de que me hablara de todo lo que pensaba sobre la poesía, supe que quería hacer taller con ella”.]


-Sobre el proceso de construcción de tus poemas, ¿qué pensás que te ayudó a generar una impronta propia, tu estilo particular?
-Escribo como me sale y luego corrijo o mejoro, o no. Creo que hay algo del ritmo, de la cadencia y la métrica de un poema que ya tengo incorporado, y que seguramente viene de tanta poesía española o clásica que leí, me resulta sencillo o natural volcar eso al papel. Hubo un tiempo en que notaba cierta inclinación borgeana en mis poemas, que hoy ya no veo, y en otros momentos hice algunos experimentos vanguardistas, juegos a los que ya no dedico tiempo. Antes me desesperaba cuando un poema no salía o cuando pasaba meses sin escribir. Ahora me lo tomo más relajada, no me exijo porque ese tipo de exigencia me anula; dejo que el poema llegue cuando tiene que llegar y mientras tanto escribo versos o ideas sueltas, que a veces retomo y a veces dejo pasar. Cuando el poema sale es como un rayo, que puede durar segundos o todo el día, porque puedo estar haciendo cualquier otra cosa y al mismo tiempo rumiando unas palabras.
Cuando trabajé los poemas de Barda con Cecilia, noté, como dije antes, muchos vicios que en mi lectura solitaria habían pasado desapercibidos, como el uso frecuente de paralelismos, diminutivos, ciertos giros explicativos, etc. Creo que el aprendizaje es constante y que esa voz propia que uno construye, se renueva y cambia a lo largo del tiempo porque, por un lado, uno siempre está leyendo o escuchando a otros, de los cuales aprende, rescata cosas o descarta y, por otro lado, porque no se está buscando siempre lo mismo.

[“Lo que más me atrae de la poesía es la forma” dice, y enseguida que nos metemos en la pregunta siguiente comenzamos a hablar de todo lo que tiene que ver con esa pasión de identificarse con el libro, con el autor, con la propia lectura: “es como querer meterte adentro del poema” y pensar “yo quiero estar toda la vida leyendo un libro”.]

- Como un ejercicio de conocimiento y de reflexión respecto de la propia literatura. ¿Cuáles cinco libros elegirías de tu biblioteca y por qué?
-Cuando leo o escucho este tipo de preguntas, me resulta imposible no sentir que me están tendiendo una especie de trampa, porque no hay nada más difícil e incómodo para un apasionado que pedirle que haga una selección o recorte de lo que lo apasiona. Trataré de mantenerme dentro del límite.
El primer libro que elegiría es aquel que me compré con mi propio dinero en una de las ferias del libro de Neuquén. Tenía 12 años y estaba fascinada con todo aquello que guardara algún misterio. Agnes Cecilia de María Gripe (colección Gran Angular) fue uno de los primeros libros que me hizo sentir ese deseo desenfrenado de leer. Me atrapó desde la primera línea: “Ocurría únicamente cuando Nora estaba sola en casa…”, y no pude soltarlo hasta el final. No quería comer, ni salir, nada, sólo quería leer. Pensé que no sólo quería sentir eso siempre, con todos los libros, sino que quería provocar eso también en otros lectores, con mi escritura.
El segundo libro imprescindible para mí fue La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Lo leí muchas veces en distintos momentos de mi vida y siempre me produce el mismo placer y la misma desesperación, porque resurgen todas esas preguntas que, al menos los que maquinamos mucho, nos hacemos constantemente. Los monólogos de Segismundo, esa cadencia de los versos, ese aire barroco, esos claroscuros y esa rima… Hoy casi todos los poetas desdeñan la rima, pero es tan hermosa en esta obra (y en tantas otras): “Ojos hidrópicos creo / que mis ojos deben ser, / pues cuando es muerte el beber / beben más, y de esta suerte, / viendo que el ver me da muerte /estoy muriendo por ver”.
El tercer libro es Peter Pan, de James Barrie. Por Peter me tiré a los cinco años de un árbol de lenga, pensé una idea feliz y les jodí el domingo a todos. Tuvimos que salir corriendo del bosque para una guardia y me ligué como dos meses de yeso porque me había quebrado el brazo izquierdo. Era una kamikaze, si no estaba leyendo, me estaba trepando a los árboles o a los techos, nunca me quedaba quieta, salvo cuando leía.
El cuarto libro, El fantasma de Canterville y otros cuentos, de Oscar Wilde. Sencillamente maravilloso, y eso que lo leí traducido la primera vez. Wilde es el amor eterno, siempre se vuelve a él y entonces ese amor se renueva.
El quinto libro, Alicia en el país de las maravillas, de Carroll. Lo tengo repetido como seis veces: en inglés, en castellano, edición abridged y unabridged, ilustrado, con notas, etc. Hay que leer cosas nuevas, pero qué placer volver a leer estos textos una y otra vez, ¿no?
Tengo dos bonus tracks: Tolkien y Shakespeare. Pero no vamos a entrar en detalles porque esta respuesta resultaría interminable.

-¿Crees que Aixa escritora existiría si su pasado, sus elecciones, los lugares en los que vivió hubiesen sido diferentes? ¿Crees que estabas destinada a escribir?
-La verdad es que estoy peleada con toda esa concepción del destino, de que las cosas pasan porque tienen que pasar, porque hay un plan superior del que no tenemos idea y del que nos damos cuenta por ciertas señales. Ya no trato de interpretar por qué pasa tal o cual cosa, te terminás volviendo loco. Siempre quise ser escritora, pero no sé si hubiese escrito Barda si mi vida hubiese sido distinta, quizá habría escrito otro libro. Lo que sí sé es que, en algún momento, mi afición por la literatura y la escritura iba a resultarme ineludible.

***

Tierra del Fuego


La luz rodea el verano en el recuerdo,

aquí la sombra deambula con los niños;

entre turberas y fiordos, los glaciares

hacen que el hielo se vuelva un enemigo.



En esta isla, la sangre se congela,

la piel se raja, la voz se hace chillido;

y hasta las bestias, las plantas, los caminos

creen que la nieve es ajena al paraíso.



Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo

de tambos, de granjas ni de silos;

y si hay un sol, un día, una tarde,

se esconde junto al hierro sin aviso.



Jugar es cosa de adentro, no de plaza,

y a nadie se le antoja el infinito,

que está en el mar, en el nombre, en la bahía,

en todo el viento, y también, en todo el frío.



En un domingo de bosque y costa espesa,

la libertad una rama de lenga

quiebra

con la ilusión de salir y no encontrarse

con el blanco, el gris y la tristeza.



La isla para el niño es una cárcel

con gaviotas, nutrias y orcas muertas,

un exilio, un castigo, una venganza,

que en el sur de estos pies dejó su huella.


Poema incluido en Barda (Editorial Buenosaires Poetry, 2014)
Disponible en La Vaca Mariposa Libros



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Bajo el sol de otoño

Un cuento de Victoria Mora

Julián salió de su casa a la misma hora como cada mañana del último año. Era Marzo de 1977 y estaba en La Plata, una ciudad que no eligió, ahí fue destinado.

Se miraba de reojo en las vidrieras mientras caminaba hacia la universidad. Le costaba trabajo reconocerse. El pelo largo, los pantalones, los colores de la camisa, las botas. Nunca pensó que lo más superficial podía ser lo más duro de sobrellevar. Observaba sus pies, como si fueran los de un desconocido. Tuvo que frenar de golpe para no chocar con la gente que se había parado en la esquina para cruzar. Distraerse era un lujo que no podía darse. Tenía que concentrarse en hacer bien su trabajo. Si no terminaba con esa sensación de ajenidad, la gente iba a empezar a notarlo. Siguió caminando bajo el sol de un otoño raro. Entró a la universidad caminó por los pasillos hasta que llegó a la puerta del aula a la que le tocaba ir. Tomó aire y entró. Comenzaba la función.

Se sentó al lado de María. María era preciosa, sus ojos, su pelo, su voz. Se saludaron. Él estaba seguro de que a ella, él le gustaba. Otro lujo que no iba a poder darse. Las órdenes eran claras.

Escuchó la clase aguantando el tedio. Nunca terminó de entender porque él había sido elegido para este trabajo. Supuso que por su edad. Su jefe ordenaba, ellos hacían.

Allí estaba, escuchando a un profesor hablar de historia del arte en la Universidad de La Plata. Ironías de la vida. Cuando entró a la Dirección de Inteligencia, no supuso que este era el tipo de tarea que podía pedírsele a un policía, ni remotamente. Se imaginaba vigilando, persiguiendo delincuentes, mafiosos, pesos pesados, no estudiantes y abuelas. Igual no iba a quejarse.

Se bancó hasta el final la clase, poniendo la mejor cara de interesado que pudo. Se levantaron y salieron juntos hacia el bar. María insistía en hablar de lo bien que había estado el profesor. Él buscaba el modo de hacerla sentir escuchada para que hablara. Sospechaba que ella era la encargada de distribuir la información que le transmitían las abuelas. Su tarea ahí era esa: detectar quién hacía circular los datos que Abuelas de Plaza de Mayo transmitían dentro de la universidad buscando a sus nietos.

Por las noches siempre tenía la misma pesadilla. Apenas conciliaba el sueño aparecía un agujero negro que lo absorbía de tal manera que no paraba de caer al vacío. Cuando salía del pozo, ya nadie lo reconocía. Sus compañeros de trabajo, su madre, su hermana, sus vecinos de la infancia, aparecían todos como en una galería sin fin, decían que no lo conocían y que se fuera porque lo iban a matar

Se despertaba, se lavaba la cara y volvía a su papel de cada día.

Cayó en la cuenta de que habían pasado unos cuantos días de la fecha prevista para entregar a María. Fue a verla a su casa. Tocó el timbre. Escuchó sus pasos por el pasillo, ella le abrió a la vez que le sonreía luminosa.

Él nunca había sentido nada igual por nadie, pensaba mientras caminaban hombro a hombro por el pasillo que daba al departamento chiquito. Ella nunca hablaba de su militancia. Hablaban de literatura, de arte, Julián le había tomado gusto a la cosa. Él decía amar el surrealismo por su cercanía a la libertad, ella le retrucaba por las posiciones políticas de algunos de sus representantes. Él decía que admiraba la literatura inglesa, ella lo trataba de cipayo. La única función que tenían esas discusiones fingidas era juntar los cuerpos y ambos se dejaban llevar.

Una vez a él se le había ido la mano. Cuando quiso frenar ya era tarde. Lo que había empezado como un juego dialéctico había derivado en una sacudida y un empujón, que no terminó en golpe porque él vio en la cara de María la sorpresa y él pánico que había provocado. Lo miraba con desconcierto. Había remontado la situación, la había abrazado. Era lo máximo que había podido hacer entonces.

Después las cosas se pusieron más difíciles. Su superior pedía explicaciones, corrían los días y él no aparecía a dejar la mercadería que debía entregar. Así había dicho su jefe por teléfono en el último llamado, “mercadería”, y él no pudo evitar que le corriera un escalofrío por la espalda.

Esa noche volvió a soñar. Se tomó un somnífero y siguió, pero a la mañana siguiente no podía funcionar. Se levantó como sonámbulo, se preparó café y prendió el primer cigarrillo de muchos que iba a fumarse pensando qué hacer para seguir con su vida.

Simplemente no podía desaparecer. Había pensado seriamente en confesarle a María quien era y huir juntos. Sabía que resultaba imposible, ella lo odiaría por ser quien era, estaba seguro. Era inútil. Ella pertenecía al grupo de los que se creían salvadores del mundo, todos Che Guevara que ante la primera piña lloraban como nenas. Las minas resistían más, eso sí había sido una sorpresa, pero sabía justamente que por su resistencia era difícil que una mujer se pasara de bando. Había conocido muchas desde que empezó el laburo y muy pocas aflojaron. Conociéndola, si estuviera acorralada María se tomaría la pastilla. No, nunca iba a poder decirle quien era. Escaparse con ella sin decirle quién era tampoco era opción. Se convertiría en desertor. Sonó el teléfono. Un compañero lo llamaba diciéndole que no se demorara, la cosa estaba fea, había habido un atentado en la ciudad y habían muerto dos coroneles, su jefe estaba furioso. Gritó MIERDA y cortó. Dio vueltas por el comedor de su departamento como un gato enjaulado. Agarró la 45 y salió dando un portazo. No miró a la vecina que intentó saludarlo. Se subió al ascensor. En la calle pidió un taxi y dio la dirección de María. Se bajó del auto, esperó a que fuera bien entrada la noche, madrugada. Tocó el timbre tres veces como hacía siempre para que ella supiera que era él. María abrió otra vez con una sonrisa que se borró frente al caño del arma que le apuntaba a los ojos. Un disparo sordo se oyó en una noche sin testigos detrás de cortinas cerradas. Él la arrastró hasta la vereda.

Julián caminó a la esquina tomó el primer colectivo a cualquier lado. Viajó veinte minutos y se bajó. Buscó un teléfono público metió los cospeles. Del otro lado atendió su jefe “Se quiso escapar, hay que mandar a alguien que la busque, quedó en la vereda”.

Volvió a tomar un taxi y se fue a su departamento.


***

VICTORIA MORA nació en Buenos Aires en 1979. Es psicoanalista, docente y escritora. Recibió el primer premio en el concurso de cuentos Premio Fiesta Nacional de las Letras por su obra “El último tren”. Otro de sus cuentos, “Un nuevo cielo”, fue incluido en una antología de la Federación de Asociaciones Gallegas. Actualmente es alumna de Claudia Piñeiro y colaboradora de la revista Kundra.
Publicó el libro de cuentos Un mundo oscuro (Ediciones Llanto de mudo, Córdoba, 2014) disponible en La Vaca Mariposa.




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El libro es nuestra más íngrima dosis de felicidad

Entrevista a Antonio López Ortega, por Adriana Morán Sarmiento

En momentos críticos, la cultura –le creatividad- sale a flote. Esta es una afirmación que se ha repetido por años y cientos de ejemplos en todo el mundo lo comprueban. Es así como Venezuela, país de actual crisis económica y política, apuesta por un nuevo encuentro literario: La Feria Internacional del Libro del Caribe (Filcar) 2015, que se realizará en la isla de Margarita del 27 de febrero al 4 de marzo.

Antonio López Ortega es uno de sus organizadores. A propósito de la iniciativa literaria, publicamos esta entrevista realizada para la revista Lunes, en la que el escritor reflexiona sobre la literatura y la producción editorial del país caribeño. Con miras a un futuro promisorio, define, según su criterio y experiencia, las iniciativas necesarias para fortalecer una mejor política cultural.

De padre caraqueño y madre canaria, vivió su infancia entre los campos petroleros de Maracaibo y la ciudad holandesa de La Haya. Cursó Estudios Hispánicos en París, se destacó como gerente de la Fundación Bigott, cuyo objetivo es rescatar valores de la cultura popular, ha publicado varios libros de narrativa y ensayo y colabora con medios dentro y fuera del país. Actualmente, dirige una nueva editorial, Artesano, que se suma a la movida emergente de la literatura nacional. A la pregunta ¿Qué es el libro en Venezuela?, Antonio López Ortega contesta:
-Es una herramienta de cambio. Es una tabla de salvación. Es una palanca para mitigar el odio. Es una barcaza para derivar por los mares. Es un ladrillo para construir futuros. Es nuestra más íngrima dosis de felicidad.

-Tu ejercicio literario nace con la narrativa breve. ¿En qué género se enmarca tu obra en la actualidad?
-Mis primeros cinco libros, escritos entre 1978 y 1996, fueron de narrativa breve, aunque allí se colaron títulos como Cartas de relación y Calendario, que estuvieron más cerca de la escritura epistolar y del diario, sin apartarse de los formatos breves. En 2001 publiqué una novela llamada Ajena, y en 2006 y 2008 dos colecciones de relatos largos: Fractura e Indio desnudo. Creo que estos últimos libros señalan una tendencia que se mantiene: la novela y el cuento, géneros en los que me mantengo muy activo. También trabajo el ensayo, con dos libros publicados hasta ahora: El camino de la alteridad y Discurso del subsuelo.

-¿Cuáles autores han marcado tu literatura?
-Es una pregunta compleja, que vale la pena contestar por etapas. Entre 1972 y 1975, leí mucho cuento latinoamericano; también clásicos del budismo zen y pensadores del movimiento contracultural norteamericano. En 1975 y 1979 leí mucho surrealismo y, en general, poesía francesa; también a Borges, Cortázar, Sábato, Arreola, Quiroga. Entre 1979 y 1985, residí en Francia, y curiosamente allí leí a los clásicos españoles: Calderón, Lope, Quevedo, Góngora, Tirso, Garcilaso, Mateo Alemán; también a los autores del noveau roman y poesía francesa contemporánea; también a Eliot, Pound, Joyce y Beckett; también a autores venezolanos como Picón Salas, Garmendia, Sucre, Sánchez Peláez, Montejo, Oliveros; también a Pessoa y su Libro del desasosiego, que para mí fue como un alumbramiento. Llego a Venezuela en 1985 y comienzo a leer a mis contemporáneos; también literatura anglosajona, alemana, italiana, brasileña, griega. Los años recientes son menos ordenados y leo todo lo que me interesa: estamos en un mundo mucho más integrado y no hay autor que pueda escondérsete.

-Como antólogo, ¿cómo percibes el desarrollo de la literatura venezolana, especialmente la de los jóvenes?
-Pese a todo, creo que puede hablarse de un buen momento. Quiero decir, la gente escribe, publica, organiza eventos. Este movimiento tiene aún más mérito cuando se sabe que las plataformas públicas son nulas. Al lado de la creación, sin embargo, hay carencias: no tenemos revistas; no contamos con recensiones críticas. La crítica académica hace un esfuerzo loable, cuando pensamos en el hostigamiento que han sufrido las universidades. El perfil del joven escritor luce un poco más profesional, porque ya no cuenta con dádivas; depende enteramente de sí mismo. La escasez de medios siempre curte el espíritu; lo vuelve más indoblegable.

-¿Qué está pasando actualmente en la literatura venezolana?
-Están pasando muchas cosas en simultáneo. Por un lado, la generación nacida en los años ’30 (Garmendia, González León, Montejo) se está yendo para dar paso a la generación de los ’40 y ‘50, que deben asumir el relevo. Por otro lado, el cambio de siglo obliga a balances y reinterpretaciones. Adicionalmente, las políticas públicas se han vuelto sectarias: ningún autor con pensamiento crítico puede contar con ayuda del Estado. Se lee más, por ejemplo, pero las librerías desaparecen; las publicaciones electrónicas florecen; se forman clubes de lectura; se hacen intercambios de libros. Hay un síntoma de salud, porque la creación está en alza, pero los cimientos son frágiles. Todo depende hoy en día de la fuerza creadora que pueda tener la sociedad venezolana, o al menos una parte de ella. Si se mantiene, todo lo demás vendrá como agregado.

-Dicen que en épocas de crisis aflora la creatividad. ¿Aplica esta creencia a la literatura en el país?
-La tragedia, el dolor, las crisis, según López Pedraza, hacen madurar la psique colectiva. Pareciera que ya no vemos la realidad desde una perspectiva horizontal, sino más bien vertical. Para entender la encrucijada o el bochorno que vivimos es sano escarbar en nosotros mismos y descubrir en qué hemos contribuido, porque todos tenemos nuestra cuota. Este período de pena y dolor, y también de engaño y amoralidad, lo sabremos ver en un futuro como el quiebre necesario para pasar a otra etapa distinta: uno que nos lleve a la modernidad política, social y económica. Este experimento que han dado por llamar “la patria nueva”, tiene todos los vicios del siglo XIX (militarismo, caudillismo) y del siglo XX (rentismo, presidencialismo) y ninguna de sus virtudes.

-Se habla del “divorcio” entre el escritor y la cadena de producción editorial. ¿Cuál es tu opinión?
-En la tradición venezolana, ese “divorcio” no ha existido. Lo digo porque el escritor ha sido muchas veces el corrector, el editor, el promotor y hasta el vendedor de sus libros. Digamos que la profesionalización de la cadena editorial es, entre nosotros, una especie de reciente data.

-Se sabe que, en la actualidad, Venezuela está polarizada social, política y culturalmente ¿Quiénes son realmente los excluidos?
-Los excluidos son, claramente, aquéllos que no están en posiciones de poder ni tampoco reciben dádivas del poder. Esa diferencia es ostentosa hoy en día. Venezuela atiende sus compromisos culturales internacionales con unos ocho nombres que no han cambiado en catorce años. Nepotismo del más puro, aunque cada vez menos ilustrado.

-Como gerente cultural, ¿qué iniciativas faltan para consolidar una política cultural en el país?
-En este momento, por ejemplo, se discute un proyecto de Ley de Cultura que es un verdadero esperpento. Por respeto a lo que se entiende como políticas culturales públicas, ese proyecto no debería aprobarse, porque sería como una condena. Son tantas las iniciativas que faltan, que hasta enumerarlas cuesta. En estos días, a petición de un grupo de estudio, hice un esfuerzo por lograr una síntesis. Me quedaron ocho conceptos que llamé desafíos: 1) Legislación; 2) Estrategias y políticas públicas; 3) Interinstitucionalidad; 4) Industrias Culturales; 5) Mecenazgo; 6) Patrimonios culturales; 7) Educación y Cultura; 8) Sistemas de Creación.



-En resumen ¿qué es lo más discutible de ese proyecto de ley?
-La visión es muy estatista. Después no se hace legislación comparada con todos los proyectos de ley que se han aprobado en estos últimos años, al menos en América Latina. No se menciona el concepto industrias culturales, tampoco mecenazgo, tampoco sociedades creadoras. Una política cultural debe sobre todo promover y asegurar los espacios de la Creación, pero ésta le da una preeminencia al Estado como gran agente rector. La Cultura es asunto de las sociedades y no de “órganos rectores”.

-En una entrevista dijiste que “nosotros –los venezolanos– no hemos sido los mejores promotores de nuestra literatura”. ¿Cómo aprender? ¿Cómo cambiar?
-Lo que quise decir es que la promoción de nuestra literatura se debe a nuestros escritores y no a ningún aparato público, que sólo está interesado en exportar modelos políticos. Cadenas y Montejo, por ejemplo, son autores leídos y valorados en España, pero esto se debe a la pura recepción de sus obras. El país de hoy no exporta ni promueve valores literarios; eso es tarea exclusiva de la trayectoria que siguen las obras y del empuje de los propios autores.

-¿Es parte de tu necesidad de “recuperar los signos invisibles de la cultura” el haber asumido la dirección de una nueva editorial?
-La verdad es que el oficio editorial viene a la par de mi oficio como escritor. Cuando me recuerdo en mi primera actividad literaria, lo hago editando una revista llamada La Gaveta Ilustrada. Y así ha sido en todas las etapas: siempre con un manuscrito por editar. Ha habido etapas más felices, como en la época de Fundación Bigott, cuando los medios no escaseaban, y ha habido etapas menos felices, como la actual, cuando los apoyos brillan por su ausencia. La invención de Artesano Editores es una respuesta a los huecos que han dejado en el mercado venezolano los sellos internacionales, que se han ido en estampida por el régimen cambiario. Pero la gente en el país sigue leyendo, y esas necesidades hay que traducirlas en ofertas editoriales.

-En lo profesional y en lo personal estás relacionado con las diversas áreas del arte y la cultura ¿qué área se mantiene mejor?
-La música, sin duda. En parte porque el Sistema de Orquestas es un acorazado que se mantiene creciendo como semillero y distribuidor de talentos. Y también en parte porque nuestra música tradicional ya era elaborada y compleja antes de fundirse con los géneros contemporáneos. La música es nuestra única carta de presentación a nivel internacional. Y lo que estamos viviendo con fenómenos como la Movida Acústica Urbana apenas comienza.

-¿Venezuela es un país lector?… ¿musical?
-Antes que todo, o que nada, musical, muy musical. Podemos hablar bien de arte malo o alabar con aplausos poemas cursis. Pero aquí sabemos cuando un cuatro está desafinado en los primeros cinco segundos. Ese oído musical es herencia de generaciones: la escucha fina y atenta corre en el torrente de nuestra sangre.

Fotos: Diario El Nacional

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Despedida a mi padre

Leo Felipe Campos

Terminó. Mi padre ha muerto. Siento alfilerazos en el pecho y un profundo ardor en la boca del estómago, allí, justo al lado de la memoria. Un sexto infarto acabó con la música que salía de sus manos, cuando cerraba los ojos y sonreía en cada canción que era un susurro. Hacía algunos años que había bajado su volumen. Respiraba lento. Ganó una molesta torpeza en su pierna y su mano derecha. Tenía ilusiones y ganas de volver a la noche, que a veces alternaba con la resignación. Me lo dijo hace un mes. Acababa de mudarse a la playa, una vez más, para escapar del frío. Llegó a su nueva casa, se sentó en un sofá y miró por la ventana hasta que se le detuvo el corazón. Estaba lo suficientemente solo como para que nadie supiera que había muerto hasta después de dos días. Me avisó una desconocida. Después hablé por teléfono con la policía. Con mi familia. Pedí un dinero prestado. Tomé un avión al sur. Así es el protocolo de la despedida.

No conversaba con él desde hacía un par de semanas. Tal vez no haya sido una maravilla como padre, pero puedo jurar que he conocido, estado y compartido con miles de personas, y él era una magnífica compañía; de las mejores que he tenido hasta hoy. Además, era mi padre y nos parecíamos hasta el miedo. Aunque nunca viviéramos juntos, estar frente a él era estar conmigo mismo. Por eso me siento tan débil, porque a uno no le gusta estar consigo mismo todos los días, pero tampoco es bueno saber que jamás volveré a mirarme en el espejo de su mirada, que era, al mismo tiempo, cálida y simple.

Vine a Brasil para perderme y el destino me ha sacado el tapete de los pies con tanta fuerza que me siento mareado. Tengo que agarrarme de las cosas por momentos y desde hace algunos días también tengo dolores en el pecho y en el culo, de tanto cagar impotencia. Vine a Brasil, entre otras cosas, para ver morir a mi viejo y ni siquiera tuve el coraje suficiente para ganarle al tiempo. Después de 3 meses en el mismo país me tuve que conformar con sus últimas palabras vía Skype. Además, por escrito: un regaño disfrazado de chiste porque olvidé felicitarlo el día del padre, que en Brasil se celebra en una fecha distinta, qué ironía. Luego otra sonrisa, su “te amo, hijo”, que se hizo una constante en nuestras conversaciones de los últimos años, y una última abreviación del dios te bendiga.

Ese cierre inesperado lo resume frente a mí: un reclamo suave, una broma, un gesto de amor y una bendición. Solo nos faltó hablar de fútbol y mujeres, como cuando lo visitaba una vez cada tres años. Guardo junto a él más de 20 momentos maravillosos y casi todos ocurrieron entre las 9 pm y las 4 am. Aunque podamos despertar con el sol y preparar un almuerzo, fuimos y somos de esas horas. En la mayoría de esos encuentros, él estaba tocando su guitarra o su teclado antes de ponerme una mano sobre el hombro o acariciarme el rostro, y en todos esos momentos brindamos por algo.

Mi madre, que murió hace 5 años, era todo para mí. Mi padre, que murió hace días, era uno de mis mejores cómplices, un amigo entrañable. Y me duele no haberle dado un nuevo abrazo antes de irse, como si tuviéramos que conformarnos con atragantarnos de esperanza y recuerdos. Además, sé que voy a extrañar su barba y el color bronceado de su piel. Su cuello y sus brazos flacos. Su sentido del humor.

¿Qué es lo que hacemos de nosotros y con nosotros mientras estamos vivos? No paro de preguntarme lo mismo una y otra vez. ¿Qué decisiones tomamos y por qué? A pesar de sus depresiones finales, mi padre nunca perdió la fe. La lentitud que le dejaron sus infartos y sus accidentes cerebro-vasculares no evitó que se las arreglara para tocar de tanto en tanto la puerta del goce. Fue cómodo y egoísta hasta cierto punto, pero también ese temple lo admiro porque después de todo él supo lidiar con una soledad de espanto en los últimos años de su vida gracias a las amistades que construyó y al empuje de sus amigos cercanos. Sobre todo, al de su hermana de oro, una mujer fuerte, sensata y estoica como probablemente nunca conozca a otra.

Siempre hubo mujeres que le tendieron su mano y su corazón a mi padre con experta complicidad. Creo que fue un hombre afortunado y también comprensivo. Eso se lo agradezco, como le agradezco haberme dado alguna vez aquel gran consejo que nunca he podido seguir a rajatabla: “Donde hay amor no pongas el orgullo, porque no sirve de nada”.

Se ha roto algo dentro de mí en este viaje, a pesar de haber contado con la mejor compañía, una chica única y sensacional, a la que jamás olvidaré, que ha medido casi todos sus pasos para hacerme sentir tan bien como es posible en esta circunstancia. Pero es duro. Y es intenso.

Mi próximo libro de relatos lleva por título Gancho al hígado y una de sus dedicatorias, escrita hace dos años, dice: “A Celso, músico, porque me enseñó todo lo que olvidé del blues”. Celso es mi papá y así va a permanecer la dedicatoria. Ahora estoy un poco desconcertado, porque a pesar de saber que ocurriría más temprano que tarde, por su condición de salud, su muerte me tomó por sorpresa; fue un verdadero mandarriazo directo a mi zona lumbar que salió de repente y me agarró fuera de guardia. Pensé que yo era capaz de dominar el ritmo de la pelea. Y no.

Sé que me toca salir round tras round y aguantar con lo que tengo, con lo que he aprendido. Sé que espero levantarme de la lona y llegar sano al final del combate, pero, de momento, no quiero conocer gente. Quiero pensar, quiero estar junto a mi hija. Quiero volver al aeropuerto y recomponer el despegue. Quiero planear sintiendo apenas la brisa en mis oídos, sin que exista otra cosa. Que el sol me dé de lleno en la cara. Ver montañas y aguas y no ver más nada sino sonrisas. Quiero entender el dolor no desde el consuelo, ni desde los recuerdos alegres, sino desde el silencio de nuestro amor, que era potente y delicado en proporciones iguales. Necesito cambiar algunas preguntas del cuestionario, cambiar la manera de imaginar mi futuro. Esta hoja de ruta será nueva, casi de forma obligatoria, porque así lo estoy mirando y porque soy una persona que respeta sus perspectivas.

Me siento irremediablemente solo y es verdad que así se puede llegar muy lejos, pero no quiero caminar tanto de esta manera. Acabo de perder el deseo de descubrir cosas nuevas. De vivir experiencias. Si voy a viajar, será para despejarme. Para asomarme a la ventana, tal como estaba mi padre al momento de partir. Para ver colores, inmensidades, gente que habla sin que yo pueda escuchar. Estoy frío y el tiempo se encargará de subir la candela. Eso lo sé. Eso lo sabemos todos. El tiempo. El tiempo. El tiempo es finito y poderoso. Damos vueltas en la vida y muchas veces estamos abajo, otras encima y otras aplastados. Estaré encima más adelante, pero tener certezas no te hace necesariamente más sabio, ni más fuerte, y yo en este momento no tengo siquiera la menor idea de en cuál ciudad voy a estar el mes que viene.
Tengo la vista nublada, pero no necesito consuelos, ni monsergas, ni proverbios antiguos o frases hechas. Espero que me entiendan. Soy hombre y soy libre. Y soy padre. Sobre todo. Y me enfermo poco y me curo rápido. Y me gusta dudar y pensar como a mi padre y también a mi madre les gustaba dudar y pensar, con música de fondo. No sé mucho de música pero he aprendido algunas cosas sobre el amor y las pérdidas. También sobre la buena compañía. Soy cómodo, egoísta, afortunado y comprensivo. Soy padre y quiero hacer lo que un padre tiene que hacer, ahora también en homenaje al mío, que en paz descanse.


***


LEO FELIPE CAMPOS nació en San Félix, pero se trasladó a Caracas donde se graduó de Comunicador Social. Ha sido actor de teatro, periodista deportivo y asistente de dirección en cine y televisión. Es fundador y editor de dos revistas venezolanas Platanoverde y 2021 Pura Ficción. Publicó “Los paralelos”, su primer cuento en el 2006 por Amauta Editorial. En 2009, publica con Ediciones PuntoCero su primera novela “Sexo en mi pueblo”, una obra que ofrece un compendio de relatos apasionados y divertidos en torno a los ardores de la carne.
Actualmente es editor jefe en contrapunto.com.
Twitter @leofelipecampos

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Ego

Paola Senseve Tejada

Poeta visual nacida en Cochabamba, Bolivia.
Estudió Psicología en la Universidad Santa Cruz de la Sierra.
Su trabajo puede verse en www.psenseve.blogspot.com.ar

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