Letras

Los culpables

Juan Villoro

Las tijeras sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.

Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a cuarenta y dos grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.

—¡Ábrela! —gritó con la cabeza envuelta por la tela. Su mano señaló un punto inexacto que no me costó trabajo adivinar.

Fui por las tijeras y corté la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molestó que las tijeras sirvieran de algo; Jorge volvía útiles las cosas sin sentido; para él, eso significaba tener talento.

Me abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados videos. Le sobraba energía, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pateó el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.

Yo había propuesto otro lugar para reunimos pero él necesitaba algo que llamó «correspondencias». Ahí vivimos apiñados, leímos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo a ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que servía para barrer el excremento de los pollos, soñamos en huir y regresar para incendiar la casa.

—Acompáñame —Jorge salió al porche. Había llegado en una camioneta Windstar, muy lujosa para él. Sacó dos maletines de la camioneta. Estaba tan flaco que parecía sostener tanques de buceo en la absurda inmensidad del desierto. Eran máquinas de escribir.

Las colocó en las cabeceras del comedor y me asignó la que se atascaba en la eñe. Durante semanas íbamos a estar frente a frente. Jorge se creía guionista. Tenía un contacto en Tucson, que no es precisamente la meca del cine, interesado en una «historia en bruto» que en apariencia nosotros podíamos contar. La prueba de su interés eran la camioneta Windstar y dos mil dólares de anticipo. Confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; había demasiado odio y demasiada pasión en la región para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios («un safari caliente», había dicho el hombre al que Jorge citaba como a un evangelista); luego, el improbable productor había preparado un coctel margarita color rojo. Lo «mexicano» se imponía entre un reguero de cadáveres.

La mayor extravagancia de aquel gringo era confiar en mi hermano. Jorge se preparó como cineasta paseando drogadictos norteamericanos por las costas de Oaxaca. Ellos le hablaron de películas que nunca vimos en Sacramento. Cuando se mudó a Torreón, visitó a diario un negocio de videos donde había aire acondicionado. Lo contrataron para normalizar su presencia y porque podía recomendar películas que no conocía.

Regresaba a Sacramento con ojos raros. Seguramente, esto tenía que ver con Lucía. Ella se aburría tanto en este terregal que le dio una oportunidad a Jorge. Aun entonces, cuando conservaba un peso aceptable e intacta su dentadura, mi hermano parecía un chiflado cósmico, como esos tipos que han entrado en contacto con un ovni. Tal vez tenía el pedigrí de haberse ido, el caso es que ella lo dejó entrar a la casa que habitaba atrás de la gasolinera. Costaba trabajo creer que alguien con el cuerpo y los ojos de obsidiana de Lucía no encontrara un candidato mejor entre los traileros que se detenían a cargar diesel. Jorge se dio el lujo de abandonarla.
No quería atarse a Sacramento pero lo llevaba en la piel: se había tatuado en la espalda una lluvia de estrellas, las «lágrimas de San Fortino» que caen el 12 de agosto. Fue el gran espectáculo que vimos en la infancia. Además, su segundo nombre es Fortino.

Mi hermano estaba hecho para irse pero también para volver. Preparó su regreso por teléfono: nuestras vidas rotas se parecían a las de otros cineastas, los artistas latinos la estaban haciendo en grande, el hombre de Tucson confiaba en el talento fresco. Curiosamente, la «historia en bruto» era mía. Por eso tenía frente a mí una máquina de escribir.

También yo salí de Sacramento. Durante años conduje tráilers a ambos lados de la frontera. En los cambiantes paisajes de esa época mi única constancia fue la cerveza Tecate. Ingresé en Alcohólicos Anónimos después de volcarme en Los Vidrios con un cargamento de fertilizantes. Estuve inconsciente en la carretera durante horas, respirando polvo químico para mejorar tomates. Quizá esto explica que después aceptara un trabajo donde el sufrimiento me pareció agradable. Durante cuatro años repartí bolsas con suero para los indocumentados que se extravían en el desierto. Recorrí las rutas de Agua Prieta a Douglas, de Sonoyta a Lukeville, de Nogales a Nogales (rentaba un cuarto en cada uno de los Nogales, como si viviera en una ciudad y en su reflejo). Conocí polleros, agentes de la migra, miembros del programa Paisano. Nunca vi a la gente que recogía las bolsas con suero. Los únicos indocumentados que encontré estaban detenidos. Temblaban bajo una frazada. Parecían marcianos. Tal vez sólo los coyotes bebían el suero. A la suma de cadáveres hallados en el desierto le dicen The body count. Fue el título que Jorge escogió para la película.

La soledad te vuelve charlatán. Después de manejar diez horas sin compañía escupes palabras. «Ser ex alcohólico es tirar rollos», eso me dijo alguien en AA. Una noche, a la hora de las tarifas de descuento, llamé a mi hermano. Le conté algo que no sabía cómo acomodar. Iba por una carretera de terracería cuando los faros alumbraron dos siluetas amarillentas. Migrantes. Estos no parecían marcianos; parecían zombis. Frené y alzaron los brazos, como si fuera a detenerlos. Cuando vieron que iba desarmado, gritaron que los salvara por la Virgen y el amor de Dios. «Están locos», pensé. Echaban espuma por la boca, se aferraban a mi camisa, olían a cartón podrido. «Ya están muertos.» Esta idea me pareció lógica. Uno de ellos imploró que lo llevara «donde juese». El otro pidió agua. Yo no traía cantimplora. Me dio miedo o asco o quién sabe qué viajar con los migrantes deshidratados y locos. Pero no podía dejarlos ahí. Les dije que los llevaría atrás. Ellos entendieron que en el asiento trasero. Tuve que usar muchas palabras para explicarles que me refería a la cajuela, el maletero, su lugar de viaje.

Quería llegar a Phoenix al amanecer. Cuando las plantas espinosas rasguñaron el cielo amarillo, me detuve a orinar. No oí ruidos en la parte trasera. Pensé que los otros se habían asfixiado o muerto de sed o hambre, pero no hice nada. Volví al coche.

Llegamos a las afueras de Phoenix. Detuve el coche y me persigné. Cuando abrí el cofre trasero, vi los cuerpos quietos y las ropas teñidas de rojo. Luego oí una carcajada. Sólo al ver las camisas salpicadas de semillas recordé que llevaba tres sandías. Los migrantes las habían devorado en forma inaudita, con todo y cascara. Se despidieron con una felicidad alucinada que me produjo el mismo malestar que la posibilidad de matarlos mientras trataba de salvarlos.

Fue esto lo que le conté a Jorge. A los dos días llamó para decirme que teníamos una «historia en bruto». No servía para una película, pero sí para ilusionar a un productor.

Mi hermano confiaba en mi conocimiento de los cruces ilegales y en los cursos de redacción por correspondencia que tomé antes de irme de trailero, cuando soñaba en ser corresponsal de guerra solo porque eso garantizaba ir lejos.

Durante seis semanas sudamos uno frente al otro. Desde su cabecera, Jorge gritaba: «¡Los productores son pendejos, los directores son pendejos, los actores son pendejos!». Escribíamos para un comando de pendejos. Era nuestra ventaja: sin que se dieran cuenta, los obligaríamos a transmitir una verdad incómoda. A esto Jorge le decía «el silbato de Chaplin». En una película, Chaplin se traga un silbato que sigue sonando en su estómago. Así sería nuestro guión, el silbato que tragarían los pendejos: sonaría dentro de ellos sin que pudieran evitarlo.

Pero yo no podía armar la historia, como si todas las palabras llevaran la eñe que se atascaba en mi teclado. Entonces Jorge habló como nuestro padre lo había hecho en esa mesa: nos faltaba sentirnos culpables. Éramos demasiado indiferentes. Teníamos que jodernos para merecer la historia.

Fuimos a unas peleas de perros y apostamos los dos mil dólares del anticipo. Escogimos un perro con una cicatriz en equis en el lomo. Parecía tuerto. Luego supimos que la furia le hacía guiñar un ojo. Ganamos seis mil dólares. La suerte nos consentía, pésima noticia para un guionista, según Jorge.

No sé si él tomó alguna droga o una pastilla, lo cierto es que no dormía. Se quedaba en una mecedora en el porche, viendo los huizaches del desierto y los gallineros abandonados, con las tijeras abiertas sobre el pecho. Al día siguiente, cuando yo revolvía el nescafé, me gritaba con ojos insomnes: «¡Sin culpa no hay historia!». El problema, mi problema, es que yo ya era culpable. Jorge nunca me preguntó qué estaba haciendo en la carretera de terracería a bordo de un Spirit que no era mío, y yo no deseaba mencionarlo.

Cuando mi hermano abandonó a Lucía, ella se fue con el primer cliente que llegó a la gasolinera. Pasó de un sitio a otro de la frontera, de un Jeff a un Bill y a un Kevin, hasta que hubo alguien llamado Gamaliel que pareció suficientemente estable (casado con otra, pero dispuesto a mantenerla). No era un migrante sino un «gringo nuevo», hijo de hippies que buscaban nombres en las Biblias de los migrantes. La propia Lucía me puso al tanto. Hablaba de cuando en cuando y se aseguraba de tener mis datos, como si yo fuera algo que ojalá no tuviera que usar. Un seguro en la nada.

Una tarde llamó para pedir «un favorsote». Necesitaba enviar un paquete y yo conocía bien las carreteras. Curiosamente, me mandó a un lugar al que nunca había ido, cerca de Various Ranches. A partir de entonces me usó para despachar paquetes pequeños. Me dijo que contenían medicinas que aquí podían comprarse sin receta y valían mucho al otro lado, pero sonrió de modo extraño al decirlo, como si «medicinas» fuera un código para droga o dinero. Nunca abrí un sobre. Fue mi lealtad hacia Lucía. Mi lealtad hacia Jorge fue no pensar demasiado en los pechos bajo la blusa, las manos delgadas, sin anillos, los ojos que aguardaban un remedio.

Cuando decidimos vender la granja, los seis hermanos nos reunimos por primera vez en mucho tiempo. Discutimos de precios y tonterías prácticas. Fue entonces cuando Jorge pateó el ventilador. Nos maldijo entre frases sacadas de la Biblia, habló de lobos y corderos, la mesa donde se ponía un lugar al enemigo. Luego encendió el ventilador y oyó el ruido de sonaja. Sonrió, como si eso fuera divertido. El hermano que me ayudaba a bajarme los pantalones después de los azotes para sentir la fría delicia del río se creía ahora un cineasta con méritos suficientes para patear ventiladores. Lo detesté, como nunca lo había hecho.

La siguiente vez que Lucía me llamó para recoger un envío no salí de su casa hasta el día siguiente. Le dije que mi coche estaba fallando. Me prestó el Spirit que le había regalado Gamaliel. Yo quería seguir tocando algo de Lucía, aunque el coche viniera de otro hombre. Pensé en esto en la carretera y quise aportarle un toque personal al Spirit. Por eso me detuve a comprar sandías.

No volví a ver a Lucía. Devolví el coche cuando ella no estaba en casa y arrojé las llaves al buzón. Sentí un sabor acre en la boca, ganas de romper algo. En la noche llamé a Jorge. Le conté de los zombis y las sandías.

Al cabo de seis semanas, marcas azules circundaban los ojos de mi hermano. Cortó en cuadritos los dólares que ganamos en las peleas de perros pero tampoco así nos llegó la culpa creativa. No sé si sacó esa idea de los castigos en la granja, a manos de un padre de fanática religiosidad, o si las drogas en la costa de Oaxaca le expandieron la mente de ese modo, un campo donde se cosecha con remordimientos.

—Asalta un banco —le dije.—

El crimen no cuenta. Necesitamos una culpa superable.

Estuve a punto de decir que me había acostado con Lucía, pero las tijeras para pollos estaban demasiado cerca.

Horas más tarde, Jorge fumaba un cigarro torcido. Olía a mariguana, pero no lo suficiente para mitigar la peste de las aves de corral. Vio la mancha de salitre donde había estado la imagen de la Virgen. Luego me contó que seguía en contacto con Lucía. Ella tenía un negocio modesto. Medicinas de contrabando. Era ilícito pero nadie se condena por repartir medicinas. Me preguntó si yo tenía algo que decirle. Por primera vez pensé que el guión era un montaje para obligarme a confesar. Salí al porche, sin decir palabra, y vi la Windstar. ¿Era posible que el «productor» fuese Gamaliel y los dólares y la camioneta vinieran de él? ¿Jorge era su mensajero? ¿Traía a la casa los celos de otra persona? ¿Podía haberse degradado con tanto cálculo?

Regresé a mi silla y escribí sin parar, la noche entera. Exageré mis encuentros eróticos con Lucía. En esa confesión indirecta, el descaro podía encubrirme. Mi personaje asumió los defectos de un perfecto hijo de puta. A Jorge le hubiera parecido creíble y repugnante que yo actuara como el hombre débil que era, pero no podía atribuirme esa magnífica vileza. Al día siguiente, The body count estaba listo. Sin eñes, pero listo.

—Siempre puedes confiar en un ex alcohólico para satisfacer un vicio —me dijo. No supe si se refería a su vicio de convertir la culpa en cine o de saciar celos ajenos.

Jorge le hizo cortes al guión con las tijeras para pollos. El más significativo fue mi nombre. Él ganó dinero con The body count, pero fue un éxito insulso. Nadie oyó el silbato de Chaplin.

En lo que a mí toca, algo me retuvo ante la máquina de escribir, tal vez una frase de mi hermano en su última noche en la granja:

—La cicatriz está en el otro tobillo.

Me había acostado con Lucía pero no recordaba el sitio de su cicatriz. Mi refugio era imaginar las cosas. ¿Era ese el vicio al que se refería Jorge? Seguiría escribiendo. Esa noche me limité a decir:

—Perdón, perdóname.

No sé si lloré. Mi cara estaba mojada por el sudor o por lágrimas que no sentí. Me dolían los ojos. La noche se abría ante nosotros, como cuando éramos niños y subíamos al techo a pedir deseos. Una luz rayó el cielo.

—12 de agosto —dijo Jorge.

Pasamos el resto de la noche viendo estrellas fugaces, como cuerpos perdidos en el desierto.


Juan Villoro (México, 24 de septiembre de 1956). Estudió Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. Condujo el programa de Radio Educación, “El lado oscuro de la luna” de 1977 a 1981 y fue agregado cultural en la Embajada de México en Berlín Oriental, dentro de la entonces República Democrática Alemana, de 1981 a 1984. Ha ejercido como director del suplemento “La Jornada Semanal” de 1995 a 1998, además de impartir talleres de creación y cursos en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1991 publicó su primera novela El disparo de argón pero su éxito como novelista llegó en 2004 con El testigo, Premio Herralde.  Vive entre México y España.

Imagen cortesía Galería ADN, Madrid.

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El flautista

Ray Bradbury

-¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! -cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo-. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista.

-¿Y por qué hace esto? -preguntó.
-¿Qué? -el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta... un símbolo... una melodía.
-¿De dónde viene el flautista? -preguntó el muchacho.
-De Venus -dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó-. ¡Oh!, hace más de veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.
-¿Cómo se llama? -la voz del muchacho era infantil, curiosa.
-No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.
Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se arrastraban, se arrastraban.
-Marte es un mundo que se muere -dijo el viejo-. Ya no ocurre nada importante aquí. Creo que el flautista es un exiliado.
Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la música.
-Un exiliado -prosiguió el viejo-. Un poco como un leproso. Le llamaban el Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusiana hasta que llegaron los terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.
-Marte es un mundo que se muere -repitió el chiquillo-. Un mundo que se muere. ¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?
El viejo dejó oír una risita.
-Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida, muchacho. Pero hay muchos millones más.
-¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.
-Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.
-¿Dónde viven?
-Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin inteligencia, bestias crueles.
-¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? -Los ojos del muchacho estaban clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.
-Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí, siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja. Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas, encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra vida de las venas minerales.
-¿Y eso es todo?
-Eso es todo -el viejo agitó tristemente la cabeza-. Ni cultura, ni arte, sólo los terrestres ávidos y desesperados.
-Y las otras dos ciudades... ¿dónde están?
-Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.
-Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos -la cabeza del muchacho estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo-. No me gustan los hombres de la Tierra. Son unos expoliadores.
-Siempre lo han sido -dijo el viejo-. Pero algún día hallarán su castigo. Han blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y lentos. Un día... -su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.
Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que llamaba a realizar el destino del hombre.

Flautista de loca mirada, desde tu colina,
tú que cantas y te lamentas:
¡Llama a los seres salvajes a su venganza,
bajo las lunas de Marte agonizante!

-¿Qué es esto? -preguntó el muchacho.
-Un poema -dijo el viejo-. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año, pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las noches del otoño.
-«Llama a los seres salvajes...» -el muchacho se envaró. -¿Qué salvajes?
-¡Ahí! ¡mira!
A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.

¡Flautista, vuelve a tocar!
Entonces el flautista tocó,
y las lágrimas acudieron a mis ojos.

-¿Es también el mismo poema? -preguntó el muchacho.
-No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en la escuela.
-La música es extraña -los ojos del muchacho brillaban -. Despierta algo dentro de mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?
-Porque es una música que tiene una finalidad.
-¿Cuál?
-Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas... inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las carreteras, hasta las ciudades de los hombres.
La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.
-Ve al interior -dijo el viejo-. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta es la muerte para los hombres de la Tierra. -Y luego, más alto, cada vez más alto-: ¡La muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres... ¡en ruta hacia la Tierra! ¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! -Y más agudo, más rápido, más alto, con un ritmo demencial-: El flautista... el Cerebro... el que ha sabido esperar noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización en toda su gloria. ¡El regreso del arte entre los seres vivos!
-Pero se trata de salvajes -protestó el muchacho-, de marcianos impuros.
-Los hombres son salvajes -dijo el viejo, temblorosamente-. Siento vergüenza de ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es inmortal!
Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se apretujaba murmurando en la carretera.
El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina, avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.
-¡Flautista, vuelve a tocar! -gritó el viejo-. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo! ¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! -Y luego-: ¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes de que lleguen!
-¡Apresúrate!
Y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y permaneció oculto allí toda la noche.
Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva humanidad avanzaba al asalto de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. El canto del flautista. Las estrellas se estremecían. Los vientos se detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban. Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrón de ébano, se sintió llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!
¡Cohetes zigzagueando en el cielo!
Armas. Muerte.
Y finalmente, en el pálido grisor del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.
La voz del viejo le llegó como un eco:
-Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis ojos!
Era el amanecer de un nuevo día.


Ray Bradbury (Illinois, 1920 - Los Ángeles, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción. Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. El flautista fue el primer relato escrito por Bradbury, en 1940. Algunos lo consideran su primera «crónica marciana».

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Dos cuentos

Woody Allen

El secuestro extravagante

Medio muerto de inanición, Kermit Kroll entró tamabaleándose en el salón de la casa de sus padres, quienes le esperaban ansiosos en compañía del inspector Ford.
-Gracias por pagar el rescate, familia -exclamó  Kermit-. Nunca creí salir vivo de allí.
-Cuénteme lo que pasó -dijo el inspector Ford.
-Iba hacia el centro para que me ahormasen el sombrero, cuando se paró un Sedán y dos hombres me preguntaron si quería ver un caballo que sabía recitar la declaración de Gettysburg de corrido. Contesté que bueno y subí. Luego ya no sé más excepto que me dieron cloroformo y que me desperté atado a una silla y con los ojos vendados.
El inspector Ford examinó la nota de rescate: "Queridos mamá y papá: Dejar 50.000 dólares en una bolsa debajo del puente de Decatour Street. Si no hay puente en Decatour Street, por favor construir uno. Me tratan bien, tengo alojamiento y buena comida, aunque ayer por la noche las almejas de lata estaban demasiado cocidas. Enviar el dinero rápidamente porque si no se sabe nada de ustedes en varios días, el hombre que ahora me hace la cama me estrangulará. Los quiere, Kermit.
P.D.: Esto no es una broma. Adjunto una broma para que puedan apreciar la diferencia."
-¿Se le ocurre alguna idea de donde lo podían mantener encerrado?
-No. Oía solo un ruido extraño fuera de la ventana.
-¿Extraño?-Sí. ¿Conoce el ruido que hace el arenque cuando se le cuenta una mentira?-Hummmmmm -murmuró el inspector Ford
- ¿Y cómo logró escapar por fin?
-Les dije que quería ir al béisbol, pero que tenía solo una entrada. Me dijeron que bueno, con la condición de que llevase la venda puesta y prometiera volver a la medianoche. Así lo hice, pero al tercer cuarto de hora los Gigantes llevaban mucha ventaja, así que me aburrí, salí y me vine para acá.
-Muy interesante -exclamó el inspector Ford- Ahora sé que este secuestro ha sido fingido. Creo que lo ha preparado usted para sacarle el dinero a sus padres.
¿Como lo descubrió el inspector Ford? Aunque Kermit Kroll vivía aún con sus padres, éstos contaban con ochenta años y él sesenta. Unos secuestradores de verdad jamás raptarían a un niño de sesenta años... ya que no tiene sentido.


Colas de Manhattan

Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
«¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo.
«Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta.
«¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas.
«Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras».
«¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?».
«El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa».
A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor.
En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba mientras su cola batía el agua con igual fuerza que el motor de un yate Evinrude.
«No me lo puedo creer», dijo, incrustando sus pequeños ojos —que asemejaban semillas de pimiento— en las paredes de cristal. «Ese ladrón que debería estar tras las barras, dando pico y pala en la roca, haciendo chapas de carros, se las agenció para escurrirse de la reclusión de su apartamento y ha venido a agasajarse con una cena de delicadezas marinas».
«No te pierdas la piedra de su inmortal amada», apuntó Moe, echándole un vistazo al anillo y los brazaletes de la señora M.
Moscowitz contuvo su reflujo ácido, una condición que lo perseguía de su vida anterior. «Él es la razón por la que estoy aquí», dijo ya en estado de agitación extrema.
«Dímelo a mí», dijo Moe Silverman. «Yo jugué golf con el hombre en la Florida —dicho sea de paso, el tipo mueve la bola con el pie cuando no estás mirando—».
«Cada mes me enviaba un extracto de cuenta», despotricó Moscowitz. «Yo sabía que esos números lucían demasiado buenos como para ser kosher, y cuando bromeé diciéndole que aquello parecía una estafa Ponzi, se atragantó con su kugel. Tuve que revivirlo con la maniobra de Heimlich. Al final, después de toda esa vida de altura, resulta que el tipo era un fraude y mi valor neto era igual a un quilo prieto. P.D.: Tuve un infarto al miocardio que fue registrado en unos laboratorios de oceanografía en Tokio».
«Conmigo se hizo el duro», dijo Silverman, buscando instintivamente en su carapacho una píldora de Xanax. «Al principio me dijo que no tenía espacio para otro inversor. Mientras más me rechazaba, más quería yo que me aceptara. Lo invité a cenar y como le gustaron los blintzes que cocinó Rosalee, prometió que la próxima vacante sería mía. El día que me enteré que se haría cargo de mi cuenta me emocioné tanto que corté la cabeza de mi esposa en nuestra foto de bodas y puse la suya. Cuando me enteré de que estaba en la ruina, me suicidé saltando del techo de nuestro club de golf en Palm Beach. Tuve que esperar media hora para el salto mortal: era el número doce en la cola».
En ese momento, el capitán escoltó a Madoff hasta el tanque de las langostas, en donde el astuto y fastidioso personaje analizó los diferentes candidatos de agua salada y sus potencialidades en términos de suculencia y señaló a Moscowitz y a Silverman. Una atenta sonrisa apareció en la cara del capitán mientras llamaba a un camarero para que extrajera el par de langostas del tanque.
«¡Esto es el colmo!», gritó Moscowitz, preparándose para la atrocidad suprema. «¡Me despoja de los ahorros de toda una vida y después me devora enchumbado en mantequilla! ¿Qué clase de universo es éste?».
Moscowitz y Silverman, cuya ira alcanzaba dimensiones cósmicas, empezaron a balancear el tanque hasta que lo derribaron de la mesa, rompiendo sus paredes de cristal y empapando el piso de lozas hexagonales. Las cabezas se volvieron mientras el alarmado capitán contemplaba el panorama atónito. Empecinadas en la venganza, las dos langostas se escabulleron rápidamente hacia Madoff. Llegaron a su mesa en un instante y Silverman se le tiró al tobillo. Moscowitz, canalizando la fuerza de un poseso, pegó un brinco desde el suelo y con una de sus tenazas gigantes engrampó fuertemente la nariz de Madoff. Gritando de dolor, el canoso artista de la estafa saltó de la silla en lo que Silverman le estrangulaba el empeine con ambas pinzas. Los comensales no podían dar crédito a sus ojos al reconocer a Madoff, y empezaron a vitorear a las langostas.
«¡Esto es por las viudas y las obras de caridad!», gritó Moscowitz. «¡Gracias a ti, el Hatikvah Hospital es ahora una pista de patinaje!».
Madoff, incapaz de librarse de los habitantes del Atlántico, salió disparado del restaurant y huyó chillando entre el tráfico. Cuando Moscowitz apretó el agarre de tornillo de banco en su tabique y Silverman le atravesó el zapato, persuadieron al tramposo de que se declarara culpable y pidiera perdón por su estafa monumental.
Al final del día, Madoff estaba en el Lenox Hill Hospital, lleno de verdugones y contusiones. Los dos renegados platos fuertes, saciadas sus iras, tuvieron sólo la fuerza suficiente como para dejarse caer en las frías y profundas aguas de Sheepshead Bay, donde, si no me equivoco, Moscowitz vive con Yetta Belkin, a quien reconoció de cuando hacía las compras en Fairway. En vida, ella siempre se había asemejado a un pez platija, y luego de su fatal accidente aéreo había regresado como tal.


Woody Allen. (Nueva York, 1935) Director, actor y guionista cinematográfico estadounidense. Aunque llegó a ingresar en la universidad, no tardaría en abandonarla. Desde muy joven se dedicó a vender chistes a famosos columnistas y cómicos profesionales, más tarde escribió sketchs para clubes nocturnos, revistas de Broadway y programas de televisión, desarrollando una comicidad cercana a la de los clásicos Chaplin, Keaton, Lloyd, hermanos Marx y Jerry Lewis. Durante la década de los noventa, sin perder el humor cáustico que lo caracteriza, las películas de Woody Allen adquirieron un tono más reflexivo y trascendental. En 2002 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y en 2007 fue investido doctor honoris causa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Allen es además autor de varios libros en los que despliega arrolladoramente su cáustico y archiculto humor, y de diversas obras de teatro.


Imagen Christine Koenig

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Diario de viajes

Lucía Vargas

Retiro, Buenos Aires, Capital Federal. 16 de noviembre de 2015. 



Me bajo del bus, llego a Córdoba capital y me instalo en lo de Mauri, mi mejor amigo. Él no cree en el poder de las energías y me mira escéptico cuando le pregunto cuántas posibilidades hay de que me toque viajar junto a un chico de filosofía. Se ríe, me gusta verlo reír y le insisto:

- ¿Cuántas eh?


Anoche conocí a Rodrigo. Estudiante de la UBA, Chileno (de Santiago), alto y delgado, blanco y rubio como una espiga de trigo al sol. 



Empecé hablándole después de una secuencia de evasiones mutuas con música y lecturas. Dos horas después, ya para la mitad de nuestra charla, supe que él esperaba que me comunicara y sentí la importancia de presentir el dialogo necesario. 


Acercándonos a la madrugada, con la gente dormida alrededor, pude leerle un poema y verle los ojos de otra manera. Es que Rodrigo tiene el parpado caído, la mirada algo rasgada, de un color marrón suave. Igual a los ojos de Federico. 


Y quise callarme, quise aprender a guardarme cosas a partir de ese momento, pero no pude.



- Te miro y lo veo, le dije. Y realmente, sentí como si él volviera: como si nunca hubiese hecho llegar la muerte o como si hubiese decidido volver en Rodrigo justo en ese momento, para recordarme todo lo que intentó transmitirme y que no pude aceptar en ese entonces.



Porque esa es la palabra, la pienso al escribirla, aceptar. Permitir que las enseñanzas de un otro tan diferente a uno te lleguen y puedas tomar ese regalo.


Cuando lo conocí, Fede era, como todo chico de diecisiete, un rebelde. Un adolescente con ganas de probar siempre, desafiando el orden de las cosas. Nos encontramos a esa edad: yo tan estructurada y tan confundida. Mi única certeza era lo que no quería. Él, tan lleno de energía, de pasión, de violencia autodestructiva. Puro fuego que en esos ojos ajenos, en los ojos de un extraño, volvió a aparecer. Iluminando la noche, así, cortando el viaje como una tijera inaugural. 



Acá empieza eso que no aceptaste, acá llega esta forma de la vida que te negaste a ver antes, acá te enfrentás a la pasión de ser, al encuentro con tu violencia, con tus pulsiones, con tus verdades. Hacete cargo.



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Córdoba, Argentina. 17 de Noviembre de 2015.



Después de las empanadas y las cervezas, decidimos irnos a fumar a la terraza. Dana me ve acostada en el suelo mirando el cielo cargado de lluvia, a punto de explotar. Elije tirarse también, estira las piernas y me ofrece recostarme sobre ella. Formamos un ángulo perfecto. Prende el primer cigarrillo y lo siento igual a un mate, una ceremonia del compartir. La saliva, el tiempo, el amor, el tacto. Mauri pone sin querer una canción que, igual al primer trueno que inicia la lluvia, lleva a Dana al ojo de la tormenta. Ella se levanta y se pierde dentro de la casa. Después de un buen rato, entro. Ella abre justo la puerta del baño. No le doy tiempo: la intercepto en el abrazo que no me pide. Nos prendemos como la luz del relámpago al cielo. Nos prendemos a nosotras, a la vida que nos atraviesa, a los años de amistad hermanada. Nos prendemos a la posibilidad que nos brindamos al estar aquí, ahora. 


Hay amigos que no se eligen, y yo a ella no quise elegirla por mucho tiempo. Pero las cosas fueron demostrando que muchos de los que había elegido se habían quedado en el camino, mientras que ella, firme, entera, seguía a la par.


Hoy la veo ser toda, la veo ser fuerza y fragilidad. Nos enseñamos en este encuentro, como en todos. Nos permitimos atravesar juntas el diluvio como elegimos: compartiendo como hermanas.
Al rato volvemos a la terraza, las nubes se disipan. Mauri viene trayendo la última cerveza del freezer y hace rato que suena otra canción de fondo.



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LUCÍA VARGAS nació en Buenos Aires pero creció en Santa Cruz, tierra patagónica. Es Licenciada y profesora en Letras, actualmente mochilea por Latinoamérica hace ya diez meses y planea hacerlo por mucho tiempo más. Éste es el inicio de su libro (o diario de viajes) titulado Todo el tiempo nuevo, que saldrá publicado en Bogotá por Tyrannus Melancholicus Taller a fines de octubre de 2016 y que llegará a Argentina en noviembre.

Foto de Elda Caridad
eldafotografia.blogspot.com.ar


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Luz Roja

Roberto Montaña

La libertad no consiste solamente en seguir la propia voluntad,
 sino, a veces, también en abandonarla.
Abe Kobo

Se distrajo buscando el celular y no vio la luz roja del semáforo. Cuando levantó la cabeza ya tenía la senda peatonal encima. Pisó el freno y la camioneta vibró antes de detenerse con un leve estremecimiento. A sus espaldas, el súbito chirrido de unas gomas le hizo temer lo peor. Durante aquellos segundos esperó el golpe hundiendo la cabeza entre los hombros, pero nada sucedió. A través del espejo retrovisor descubrió el auto que acababa de detenerse a centímetros de su paragolpes trasero. Era un Falcon destartalado, con una enorme calcomanía que atravesaba el parabrisas de punta a punta. Ford Fierro, leyó en letras fluorescentes. Podía distinguir a su conductor, un muchacho de no más de veinticinco años aferrado al volante como si intentara arrancarlo de cuajo. Tomás bajó apenas la ventanilla y sacó la mano a modo de disculpa. El muchacho hizo un gesto de fastidio y se dio vuelta hacia el asiento de atrás. Menos mal que no me tocaste la camioneta, empezó a decir Tomás como si el otro pudiera escucharlo. Se acomodó el cinturón de seguridad y encogió las piernas. Para arreglarme el paragolpes no te iba a alcanzar con vender ese auto de mierda. Después se alisó el pelo y soltó una larga bocanada de aire como para quitarse el susto de encima.

Encendió la radio. En los parlantes susurró la voz sensual de una mujer. Se restregó los ojos y bostezó. Las luces nacaradas del reloj digital titilaban en el tablero. Las once y cuarto. Qué tarde se le había hecho. Tendría que haber dejado la reunión con la gente de logística para la próxima semana. Su secretaria lo había sugerido. Pero él no quiso suspenderla. Tuvo que lidiar con el fastidio del jefe de operaciones, y el saludo seco del vigilante de la puerta. ¿Y todo para qué? Para acrecentar su fama de obsesivo, de enfermo del trabajo. Como si su ejemplo pudiera promover en los otros algo más que desdén. O lástima.

Levantó los ojos hacia el semáforo. Le pareció que estaba demorando mucho en cambiar. Un par de gotas gruesas, pesadas, estallaron en el parabrisas. A lo lejos, más allá de los edificios espejados del puerto, los refucilos iluminaban las aguas quietas del río. Ahora no lo ayudaba la lluvia, ya era demasiado tarde. Ahora la lluvia era una molestia o incluso, en el peor de los casos, la excusa para que todos se quedasen hasta la madrugada. Tomas cumplía cuarenta años. Clara le había organizado tres fiestas. Hoy, viernes, con los familiares, mañana con los amigos, y el domingo, aprovechando que el lunes era feriado, una noche íntima en una cabaña del Tigre. Cuarenta años. Trató de hundir la panza que le tensaba los últimos botones de la camisa. Cuarenta años. No tenía ganas de recibir a nadie. Quería llegar a su casa, tomar un baño, cenar con vino y tirarse en la cama. Después encender el televisor y dejarse acribillar por los culos y las tetas hasta que lo venciera el sueño.

Movió el espejo retrovisor para mirarse los ojos y no le gustó lo que descubrió en su cara. Quiso olvidarlo pensando en la celebración. Después de todo era una fiesta, su fiesta, y no tenía derecho a arruinarla. Clara no se lo merecía. Había sido un año difícil para su mujer. Fueron muchos exámenes, muchos tratamientos. Días de esperanza contenida seguidos por otros de exasperada desolación. A veces ella se encerraba a llorar en el baño. Después salía como si nada, sonriendo, oculta dentro de su carcaza de optimismo artificial. Pobre Clara, era muy buena, pero cada vez más su bondad se parecía a una pesada armadura que él estaba obligado a llevar a la fuerza.

Tomás volvió a mirar el semáforo. Seguía igual. Un par de gritos agudos lograron traspasar los vidrios de la camioneta y sobreponerse al saxo que sonaba en el estéreo. Miró hacia el kiosco de diarios que se alzaba solitario sobre la vereda. Un hombre fornido y tambaleante salió desde atrás. Tiraba del brazo de una chica con violencia. Ella se aferraba como podía a la cortina metálica de un negocio a oscuras. Pero el hombre era muy fuerte y la estaba arrastrando a pesar de sus esfuerzos. ¿Estará funcionando este semáforo?, pensó Tomás y aceleró apenas la camioneta. El motor roncó potente y después se oyó el murmullo sordo de las válvulas. Algo le decía que era mejor estar preparado para salir rápido de allí. Miró la cuadra de una punta a la otra. Ni un alma. A esa hora, la avenida bajaba hacia el puerto rodeada de esqueletos de vidrio y metal esperando el lunes para volver a la vida. Solo estaban él y el conductor del Falcon. Pero cuando miró por el espejo descubrió al muchacho distraído, hablando por celular.

Tomás bajó un par de centímetros la ventanilla de acompañante. Escuchó a la chica gritar: “No quiero, soltame Javier, me estás lastimando” Y aquello de algún modo lo calmó. No era un robo, apenas una pelea de pareja. Siguió mirándolos liberado de la obligación de intervenir, como si el hecho de que se conocieran transformara la violencia en una especie de pasatiempo. Pero todo cambió cuando el hombre empujó a la chica contra el kiosco de diarios y comenzó a golpearla con furia. Fueron dos o tres piñas, la primera en la cara, las otras dos tomándose el tiempo, como buscando el mejor lugar para herir. Tomás sintió el impulso de actuar. Cerró la ventanilla y sacó los kleenex de la guantera. Tenía que secar esas gotas de lluvia que, aunque no eran muchas, podrían estropear el tapizado de cuero. Un suave aroma a lavanda inundó el interior. Inhaló profundo; quería llenar los pulmones de ese perfume artificial. De pronto vio a alguien pasar corriendo delante de su camioneta. Miró por el espejo retrovisor: el Falcon tenía la puerta del conductor completamente abierta. Sintió en su cuerpo la misma adrenalina que le despertaban las buenas películas de acción. A través del parabrisas, como si fuese una pantalla de cine, observó al muchacho dar zancadas, saltar a la vereda y enfrentar al agresor. Un hombre de talla considerable, por cierto, que hizo alarde de su musculatura sacando pecho y desafiando a la pelea. Pero solo lanzó un par de golpes lerdos que murieron en el aire y no causaron daño. Debe estar borracho, pensó Tomás cuando lo vio trastabillar. Con una hábil maniobra el muchacho logró rápidamente torcer el brazo del hombre y aprisionarlo contra la pared. Después de un par de forcejeos inútiles, se calmó. La chica lloraba a su lado cubriéndose la boca con las manos. Parecía que todo había terminado. Por el espejo retrovisor Tomás descubrió la oleada de vehículos que, liberados por el semáforo, se acercaban a toda velocidad. Y la puerta del Falcon abierta de par en par. Se la van a llevar puesta, pensó, mientras soltaba apenas el embrague. Los primeros autos comenzaron a rebasarlo. Tomás vio que el muchacho giró hacia él, como si de pronto el ruido creciente del tráfico le hubiera recordado que había algo suyo olvidado en mitad de la avenida. El hombre aprovechó el descuido del muchacho y le lanzó un codazo que le dio en medio de la cara. El golpe lo desplomó. Su cuerpo inerte cayó sobre la acera. El hombre empezó a patearlo con brutalidad, en las costillas, en el estómago. Le saltó sobre la cabeza. Tomás aceleró otra vez, pero no se decidía a soltar el embrague. Encendió las balizas y volvió a buscar el celular en el piso, entre los asientos. Cuando se incorporó vio al hombre y a la chica cruzando la avenida. Corrían hacia el sur por una calle lateral. A Tomás ni siquiera le llamó la atención que fueran de la mano, como dos enamorados que acababan de cometer una travesura. Miraba hacia todos lados como si hubiese perdido algo más que el celular y no encontrase manera de recuperarlo. A los pies del muchacho, que seguía inconsciente, ahora estaba acuclillado un hombre mayor. Una mujer los miraba guarecida bajo el toldo mientras hablaba por teléfono. Había empezado a llover fuerte. Dos chicos de mochila llegaron corriendo y se sumaron al grupo. Un taxista detuvo su coche y bajó. Tomás sintió que ahora el tiempo había vuelto a recuperar su velocidad normal. Las luces del semáforo volvieron a cambiar de repente. Miró otra vez por el espejo retrovisor. Una vez más se acercaba otra oleada de autos. Y la puerta del Falcon que seguía abierta en mitad de la avenida. No podía irse sin hacer nada. Apagó la camioneta, se guardó las llaves en el bolsillo, levantó las trabas y salió. Las primeras gotas lo impactaron con saña. Trató de cubrirse levantando el cuello del saco. El ronquido del Falcon se oía potente a pesar de la lluvia que golpeaba contra el capot. Este boludo ni siquiera apagó el auto, dijo Tomás, mientras se acercaba. Tenía que cerrar esa puerta. Era lo menos que podía hacer. Cerrarla e irse de una vez. La empujó con fuerza y se oyó un ruido a lata, a tornillos flojos. Se le ocurrió que tal vez si encendía las balizas ayudaría a que lo vieran mejor a la distancia. Entonces podría irse tranquilo. En su casa lo estaban esperando para empezar el festejo. Ya se imaginaba la escena: su padre y Fernando mirando el partido por televisión. La tía Ernestina y Alberto pelándose por los fiambres de la picada. Clara de aquí para allá preguntando si está todo en orden, si no falta nada en la mesa, haciendo de cuenta que no la están comiendo los nervios porque no sabía nada de él. Y su madre… su madre consultando el reloj cada cinco precisos minutos, desconfiando de todo y de todos, preguntándose por qué Tommy le estaba haciendo pasar ese mal momento, justo a ella que en su vida no hizo otra cosa que pensar en su bien. Tomás metió medio cuerpo dentro del auto. Buscó a tientas sobre el tablero a oscuras. ¿Dónde estaban las balizas en el Falcon? La misma búsqueda lo llevó a mirar hacia atrás. Las luces de los autos acercándose reflejaban el estallido de las gotas contra la luneta. Un movimiento sobre el asiento trasero le llamó la atención. Dormido, cubierto con una manta, el bebé estiró sus piernas y luego las encogió. Una mueca de dolor quebró por un instante su carita iluminada por el alumbrado público. Como si un retortijón pasajero o una aparición fugaz hubieran perturbado la placidez de su sueño.

Tomás se quedó mirándolo sin moverse. Era muy pequeño, tendría dos o tres meses. El chupete le colgaba de una cinta celeste atada al asiento. Tenía el puñito cerrado, apretando el sonajero con la cara de un oso panda. Un recuerdo se abrió paso entre todas las sensaciones que lo acribillaron de repente. La imagen de una reunión con amigos, alrededor de una mesa donde convivían cervezas y mamaderas. Tomás escuchaba con una sonrisa pintada las anécdotas de padres primerizos. Recordó sobre todo la confesión de Adrián, su método infalible para hacer dormir a Laurita: dar vueltas con el auto por calles empedradas, pasar por todos los lomos de burro hasta que la venciera el sueño.

Un bocinazo largo, exasperado, hizo que volviera en sí. “Qué haces, pelotudo”, le gritaron desde un auto. Con el mismo impulso corrió el asiento hacia delante, quitó el cinturón de seguridad y alzó el porta bebés retrayendo la manija de plástico ¿Podía dejarlo allí, en aquél automóvil tan frágil, detenido en mitad de la avenida? Cualquier distraído se lo podía llevar por delante. Sin ir más lejos recién casi ocurrió una desgracia. Es cierto que primero pensó en cruzar la calle, dejar al bebé a salvo para que se encargara la policía o quien fuere. Pero los coches pasaban tan cerca que le pareció correr un riesgo innecesario.

Volvió a la camioneta, abrió la puerta trasera, apoyó el asiento portabebés y le cruzó el cinturón de seguridad. Un temor desconocido, extraño, se apoderó de él. Miró al bebé: se estaba despertando. Le sacó una media solo para contemplar sus dedos redondos e inquietos, la suave curva de los pies. Pero lo que lo decidió no fue verse privado de aquella infinita ternura sino la tristeza de ser un hombre de cuarenta años parado en un semáforo y sin poder arrancar de una vez.  El aullido de las sirenas le llegó de lejos, confundidas con la voz impostada del locutor. Apagó la radio y el aire acondicionado. Levantó la cabeza hacia el semáforo. Estaba otra vez en rojo. No quiso mirar el patrullero, ni la ambulancia, ni toda esa gentuza que colmaba la calle y lo empezaba a señalar. Bajó la ventanilla de su lado y asomó la cara hacia el cielo. Dejó que la lluvia se llevara unas lágrimas que no hubiese podido explicar. Apagó las balizas y antes de encender la camioneta se dio vuelta hacia el pequeño, que lo observaba con los ojos abiertos y ya empezaba a lloriquear.

-Tranquilo bebé, que está todo bien- dijo atontado por la súbita felicidad que lo colmaba.

Giró hacia adelante y volvió a mirar el semáforo: la luz verde brillaba ahora contra un cielo iluminado de refucilos.

- Está todo bien –repitió mientras aceleraba como nunca lo había hecho antes en su vida.

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ROBERTO MONTAÑA. Cursó talleres de Literatura Argentina con Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia). Desde el 2010 forma parte del grupo de talleristas de Vicente Battista. Sus cuentos fueron publicados en diferentes antologías (Martes 7, Palabras escritas palabras dichas, Cuentos y Microrrelatos Bonaerenses, La vida en Chancletas, Revista Ficcionario, entre otras publicaciones). Su primera novela, Washington, fue distinguida por el Fondo Nacional de las Artes y publicada por la editorial Simurg.
Coordina el Taller Literario de la Biblioteca Popular Victoria Ocampo.

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Memoria de los velorios

Adriana Morán Sarmiento

"No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía"
J.C.

Al único velorio que debí  ir, no me dio tiempo llegar. La vida suele sorprender y un evento que lo cambia todo sucede cuando menos te lo esperas, o cuando no tienes un traje negro.

Los velorios siempre llamaron mi atención. Un suceso que ocurrió en mi infancia, y que nunca pude olvidar, marcó mi curiosidad por esas reuniones de lágrimas y desconocidos. Al papá de una persona cercana a mi familia lo encontraron guindando de una viga en el comedor de su casa. Decían que era tanto su empeño por morir, que aún colgado, los pies le llegaban al piso, y entonces dobló las piernas para balancearse y apretar el cordón en su cuello. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para querer morir. Lo contario al instinto natural. El asunto es que al difunto en cuestión nunca lo vi. Recuerdo la calle llena de gente, en la vereda del frente, pero no un velorio.

Al que sí asistí fue al del sobrino de mi maestra de cuarto grado. Esa mañana no me dio tiempo de lavarme el cabello, estaba preocupada, pero era obligado para todos los alumnos acompañar a la Señorita Gledys. Así que nos montaron a todos uniformados en un autobús y nos llevaron a la sala velatoria y luego al cementerio. Lo que más se rumoraba era el recorrido que había hecho la bala en el cuerpo del muchacho, que valientemente salió a defender a su familia en un asalto en su propia casa. Como una lección de historia nacional, aprendimos ese recorrido de memoria, y toda la semana fue tema del recreo. Los de cuarto, nos hicimos populares gracias al dolor de la Seño. También recuerdo otra frase imprudente y repetida de ese mediodía acalorado en el camposanto: “el sobrino que más quería, dormía con ella en su cama”.

Memoria vaga la de los velorios. Alguien con una camisa roja en medio de tanto negro y blanco; un chiste malo contado repetidas veces, una mujer que cuida su maquillaje, un desconocido se toma todo el café, una niña pide ir al cine, el tío lejano que aparece 20 años después a pellizcarte los cachetes, en el mejor de los casos; la sonrisa quieta y angelical de mi abuela.

Cuando era niña, Mima me hizo prometerle que me vestiría de rojo el día de su muerte. Pero tampoco fui a su despedida de este mundo. Lástima porque hubiese llevado globos, rojos y amarillos. Con mis primos y hermanos hubiésemos perfumado el lugar con aroma de pino y servido dulces de brillantina, ricas tortas y mandocas con queso. En vez de café, hubiésemos repartido cerveza fría y gelatinas de colores en vasitos de plástico. De fondo musical, Oscar de León o Camilo Sesto, según el día de la semana; pero sin escándalo, no como esos velorios de ahora en los que detrás del carro fúnebre va una camioneta con parlantes gigantes y vallenato a todo volumen, mientras los amigos del difunto toman ron y hacen tiros al aire. Nada de violencia. Nada de cuentos piadosos sobre lo buena mujer que fue, sino sobre su manera de regañarnos, su costura, su sonrisa y su dulce de hicacos.

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ADRIANA MORÁN SARMIENTO. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros

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Cuatro horas

Valentina Vidal

Tu cabeza me calienta tanto, que te como la boca para estar más cerca, dijo y me fui a trabajar.
Y después.

Ver al jefe delante y pensar: estuve toda la noche con Lautaro y tengo dos botellas de vino encima. Dije barbaridades, pienso, y lo miro al jefe. Y si escarbo un poco más en medio de esta resaca, también las hice, jefe. Pero me tomo el café que tengo agarrado como el último bastión de la humanidad, sacudo la cabeza y lo vuelvo a mirar, inalterable. Y él me habla del presupuesto. De las proyecciones, de la mina que está embarazada y que abusa de las licencias médicas. Está fresco como una lechuga el hijo de puta. Toma mate y me ofrece, no, gracias, le digo, ¿no? me dice, no, le confirmo, ¿segura?, insiste, sí, le respondo,  vamos, vamos, con ovarios, me digo, si tomo ese mate se me da vuelta el estómago. Me pongo en clima y agarro la lapicera para concentrarme en los números. Me tiembla la mano. Miro el Excel. Miro al jefe. Tengo la camisa hecha un acordeón. Bien que se me puede haber arrugado en el colectivo, viste como se viaja. La verdad es que no entendía nada cuando me desperté en el telo con Lautaro y toda la ropa en el piso. No llegamos con el presupuesto, le digo y la realidad es que no lo puedo resolver ahora y mucho menos ayer, cuando estaba por cerrar los números y Lautaro me mandó el mensaje para vernos, sí, le dije a Lautaro, sí, le dije a mi jefe que se subía a una proyección que está muy por fuera de las posibilidades de la empresa, vos decís, le dije a Lautaro, cuando pidió el segundo vino y me dijo sí, él, sí, mi jefe, con el presupuesto y de pronto me vinieron ganas de que Lautaro me coma otra vez la boca, porque todavía tengo el gusto de su tabaco, pero pongo cara de entenderlo todo y sé muy bien que voy a tener que lidiar con un exceso de gastos si no le pongo un freno al jefe, que descansa en mi noche de ayer para patinarse toda la plata, como se nos patinó la lengua con Lautaro y ahora hay que lidiar con todo lo dicho y con todo lo excedido. Al jefe le suena el teléfono. Atiende. La cabeza me da vueltas. Si pasaron apenas cuatro horas desde que me fui del telo, como no me va a dar vueltas la cabeza. Cuatro horas pueden parecer poco, pero en cuatro horas se puede viajar desde Buenos Aires a Trelew, a Santiago de Chile o a Lima. También se puede renunciar a un trabajo o que una sudestada se lleve puesta la ciudad.  Pero en estas cuatro horas, en estas específicas cuatro,  no hubo un solo mensaje de Lautaro. El jefe corta. No podemos pedir otro préstamo, le digo y me dice porqué, porque tenemos todas las calificaciones vencidas, le digo y me dice, actualizalas, como si se pudiera actualizar tan fácil todo, la noche de ayer y repetirla en un loop continuo que dure toda la vida, para repasar, para entender, para poder corregir y no soltar la lengua como la soltamos y que no haya nada de qué arrepentirse, pero lo dicho hecho está y ahora hay que mirar el balance, generar la reunión con el directorio y que no me escribas nunca más, porque no estabas en mis cálculos ni yo en los tuyos, ni tampoco el bendito presupuesto que aunque lo presentemos a todos los directivos de la empresa, no cierra por ninguna parte y qué tampoco me cierra a mí, que no hayamos usado esas cuatro horas para irnos a Trelew, Santiago o Lima  y hayamos dicho que lo mejor que podemos hacer es no vernos más.

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VALENTINA VIDAL es escritora y música. Nació en Buenos Aires en 1970. Como escritora, publicó su primer libro de cuentos titulado “Fondo Blanco” por Llanto de Mudo ediciones (2013). Participó en el tomo #11 de la antología de Pelos de Punta (2016), en “21 experimentos” antología de relatos ilustrados por Aleta Vidal por Llanto de Mudo ediciones (2014)  y en “Martes 7” antología de cuentos por Ediciones del Dock (2015). Varios de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas literarias, recibiendo una mención de honor en el concurso Floreal Gorini 2015 por “Rojo California” (Centro Cultural de la Cooperación) que salió publicado en la antología “El cuento, una pasión argentina 25 años”. Coordinó y realizó talleres de lectura y escritura. En la actualidad colabora como reseñadora en Solo Tempestad y se encuentra escribiendo lo que será su primera novela.  Como música, tocó el bajo en varias bandas y editó tres discos.


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