Letras

El pabellón de los animales domésticos

Héctor Prahim

Cuando la autodestrucción entra en el corazón,
al principio parece apenas un grano de arena.
John Cheever, Diarios

 

Sé que vamos a pelear, Daniela, por más que anoche lo hayamos hecho como hace mucho no lo hacemos, con el impulso antropofágico intacto y el último ardor de posguerra listo, en ese viejo sofá donde me toca dormir en estas vacaciones. Las últimas vacaciones, los tres, o los cuatro. Sé que vamos a discutir, flaca, sin tregua, como jirafas que intercambian golpes con sus cuellos por un pedazo de río de arena, lo sé por esa forma que tenés de inclinarte en la reposera y de tocarte, una y otra vez, el piercing de tu ombligo. La vamos a pasar mal por más que hayamos estado toda la mañana bien, como estuvimos bien a la madrugada, cuando salimos al patio a oír el ruido del mar que rugía por sobre los techos de las casas, y yo te abracé y vos te pusiste a hablar de esos animales marinos que suelen vivir a tres kilómetros de profundidad y salen por la noche. Y al instante, como si nada, sucede en esta playa, porque se te ocurre decir: Pancho se queda con nosotros. Ahí empieza el asunto, eso da comienzo al conflicto. Lo peor es que te das cuenta, pero ya está, ya fue, ya empezó, y mi sistema de autodefensa se activa, sin mí. Entonces cierro el libro, vuelvo la vista al muelle, a la fila de pescadores que sostienen sus cañas contra la baranda y contesto, Pancho es mío. Vos te estirás hacia adelante, subís el respaldo de la reposera como un pavo real, empezás a decir que soy egoísta, el egoísta de siempre, egoísta porque ni siquiera pienso en Maxi. Yo te digo pará, no digas eso porque no es verdad. Pero para entonces la verdad importa poco, aunque importe demasiado, como nunca antes. Ahí mismo me mirás de costado, con tu hermosa sonrisa irónica, esa sonrisa que conozco bien y que siempre espero como un masoca. Y decís, ¿adónde lo pensás meter? No sé, contesto, pero se viene conmigo. Trato de mostrar firmeza, aunque me vuelvo un poco paranoico, porque por más que quiera a ese perro como lo quiero, no va a venir conmigo. Entonces me hacés que no con el dedo, luego con la cabeza, y al instante sé que el asunto va a seguir así por largo rato. Sé que ya no vas a poder disfrutar de nada, ni ver nada, ni a derecha ni a izquierda, ni arriba ni abajo, solo el objetivo, sin sentimientos, como un misil transoceánico con mi nombre pintado sobre el lomo. Es así, Daniela, eso es lo que viene a continuación, frialdad en estado puro, cambio drástico del humor en estado puro. No falla, ojalá fallara, ojalá pudieras ver a esos adolescentes de ahí adelante, esos que tratan de estaquear una carpa playera contra el viento. Deben ser tan adolescentes como cuando vos y yo nos fuimos a vivir juntos, ¿te acordás?, y alquilamos esa casa de forma cúbica, sin personalidad, arriba del lavadero de autos, y no nos importaba el ruido de rodillos, ni de secadoras, ni de aspiradoras, ni la música alta o los motores, porque éramos felices a pesar de todo, porque reías y yo soñaba y combatíamos el ruido saliendo con nuestro carrito de bebé, paseando como turistas todo el santo día. Luego vino la quietud, el falso confort o bienestar, tan distante y distinto a la velocidad adquirida por estos días, por estos tiempos, es que pensamos eso, y pensamos mal, pensamos que la velocidad nos iba a salvar de algo, porque veníamos con los pies descalzos, cansados de caminar sobre maderas flojas, podridas, de un puente colgante a punto de caer, y al final, el puente resistió, pero nosotros necesitábamos caer, enteros o en pedazos, y caímos en caída libre, en ofrenda, manoteando el aire al derecho y al revés, y nos desvanecimos sin remedio, y comprendimos tarde, pero comprendimos, que funcionaba a la inversa, como en la aceleración y la desaceleración supersónica, como en la altitud plena, y ya no nos sanó nada. Me pongo de pie. Trato de enderezar la sombrilla. Vos te llevás los anteojos de sol hasta la frente, fruncís el ceño, y decís, ¿qué estás haciendo? Estoy a punto de decirte que de alguna manera aprendí a perder, a resignar. Pero mejor no, no voy a resignar nada hoy, hoy quiero un poco de sombra, salir de la zona habitable de mí estrella, de la que fue mí estrella, aunque sea por un rato, a pesar de la oscuridad excesiva que ya hay acá, en vos, en mí, en toda la gente de esta playa, a pesar del día soleado. Pero hay excepciones, claro, no podemos decir que haya oscuridad en ese perro o en Maxi o en los demás chicos o en los demás perros que juegan con las olas. Si habría en este lugar un detector de mentiras lo confirmaría, como confirmaría que se puede mirar hacia la oscuridad cerrada pero no hacia la luz intensa. Y es simple, te contesto eso, te contesto que sólo quiero un poco de sombra. Vos hacés a un lado la reposera, volvés a levantar la cara al sol. Puede que hace rato te hayas ido de acá, o puede que todavía permanezcas, en piloto automático, en velocidad crucero. Y preguntás, ¿qué día vas a pasar a buscar a Maxi? Todavía no sé, contesto, los domingos, supongo. Al instante escucho que se acerca una avioneta, promociona, por encima del ruido del motor, Locura compartida, en el cine teatro Coral. No me digas nada, estás pensado que yo estoy pensando que esa es la obra justa para nosotros. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga. ¿No? En realidad estoy pensado en otra cosa, en la terapia, quizás no sirvió de nada, o quizás sí, la individual, fue más útil que la de pareja. ¿No te parece? No te parece. Bajás los breteles del corpiño, comenzás a ponerte bronceador como si el sol se viniera a pique en los próximos segundos, y decís, algún que otro sábado voy a querer salir. Me parece perfecto, digo. No queda otra que asentir, mover la cabeza como esos perritos que van pegados arriba del tablero de los autos, conformarme con mirar a las gaviotas que pican la arena fina sin dejar de volar. Frente a mi silencio, agregás, si mi vieja no lo puede cuidar, lo vas a tener que cuidar vos. No tengo problema, digo, pero mirá que hay sábados que me toca trabajar, casi siempre por emergencias en los aires acondicionados de alguna clínica, o en alguna casa, y tengo que pasar tardes enteras trepado a una escalera practicando autopsias a compresores grasientos. Lo sabés, no sé por qué tengo que repetírtelo si lo sabés. Pero de pronto, nos salva el campanazo, Maxi se acerca, se acerca y dice, ¿me comprás eso, ma? y señala con el mentón unos barriletes escalonados en el aire, y pasa la pelota de tenis de mano en mano, delante de Pancho que se sienta en sus patas traseras y sigue el movimiento con la cabeza. El señor de los barriletes, decís, si vuelve para este lado te compro uno, ¿dale? Dale, Daniela ¿Lo oís?, claro que lo oís. Los adolescentes, acaban de poner la inconfundible, la frenética, la extraordinaria voz de Kurt Cobain en el radiograbador, hay electricidad atmosférica en los espíritus, y saltan y mueven los brazos y patean la arena. Yo empiezo a seguir el ritmo con el pie, y estiro mi mano hasta la mano de Maxi y tomo la pelota, la hago rebotar en la arena húmeda. El perro la sigue con el hocico en el ascenso y en el descenso, hasta que en un nuevo rebote salta y la atrapa en el aire. Panchito quiere jugar, digo. Pero Maxi no me mira, te dice a vos que tiene hambre. Al momento destapás la conservadora, le alcanzás un sándwich, le preguntás si quiere jugo. Él asiente, muerde el sándwich. Le decís que por favor mastique bien antes de tragar, y hechás jugo en polvo dentro de una botella de Coca-Cola cargada con agua. De verdad me pregunto, ¿por qué no podemos estar como Pancho? Alegres. Al menos eso es lo que parece, ¿no?, mi perro, sí, mi perro, porque fui yo el que lo encontró hace como dos años. ¿No te acordás? En una de las tantas noches que salía a dar una vuelta después de discutir con vos o con tu otro yo, o con quién fueras en ese momento. Hacé memoria, por favor, dale. Es mío, lo encontré la vez que salí y manejé el Siena sin tener rumbo fijo, hasta que decidí ir hasta el garaje. Estacioné en la calle, subí a pie por la rampa hasta el primer nivel, hasta mi furgoneta fundida. Ahí guardo, sin que vos lo sepas, aunque ahora no creo que te importe demasiado, varias colecciones de soldaditos, mis soldaditos. Habré pasado más o menos una hora limpiándolos, luego volví a vagar por la ciudad. Paré en una estación de servicio, entré a la cafetería a tomar algo. Me demoré con los taxistas hablando de fútbol, de política, mientras un televisor colgado en la pared repetía un capítulo de Dr. House. Cuando salí al estacionamiento vi que alguien había dejado una caja de zapatos arriba del capó del Siena. Bueno, ahí estaba Pancho cachorro, muerto de frio, en estado de deshidratación, ese que ahora corre y tira tarascones a las olas. Maxi lo adoptó al instante, y vos nunca supiste si aquello había sido un gesto de paz o una provocación encubierta, como las tuyas, como la de hace un rato. ¿Te acordás del hotel donde fuimos de luna de miel?, ese que tenía los retratos coloridos de Warhol que tanto me gustaban ¿Te acordás? Entonces había un congreso de médicos o algo por el estilo, y los médicos se emborracharon y bailaron desnudos en la pileta. Pero bueno, eso ya pasó, con lo que respecta a nosotros ahora, no hace falta que expliques nada. A buen entendedor pocas palabras. Es que insististe tanto con que teníamos que alquilar una casa de veraneo en vez de ir a ese otro hotel costero tan bonito, el sindical ese que tiene los cuadros de campos de trigo que tanto te gustan, que al final, la casa que conseguimos, a doce cuadras del centro y a tres de esta playa, es triste, colorida pero triste. Me parece justo que no quieras que esté en tus recuerdos futuros, buena decisión, yo trataré de hacer lo mismo, aunque me juego que al hotel vas a volver, como tal vez vuelvas a esa casa triste. Pero mejor no ponerse melancólico. No quiero victimizarme, me hago cargo de mi parte, y listo. Mejor pensar en otra cosa, por ejemplo en la noche que me levanté por un vaso de agua, y al prender la luz de la cocina vi cucarachas, dos se metieron rápido en la rejilla del desagüe, una tercera permaneció en el borde de la azucarera, movió sus antenas hasta que desapareció detrás del exprimidor eléctrico. Vacié la azucarera en el tacho de basura. Y sabés, abrí la alacena y descubrí una cuarta patinando en la pila de platos. Apagué la luz y salí al patio. Prendí un cigarrillo y lo fumé bajo una gran luna, bajo el ruido del mar, el mismo ruido que nos reconfortó en la madrugada de hoy. Luego oriné sobre el pasto, y volví a entrar. Encontré a Pancho acurrucado en el sofá. Le acaricié la cabeza y seguí, fui a la habitación donde vos y Maxi dormían en la cama matrimonial. Me acosté sin taparme y moví los ojos en la oscuridad hasta que me quedé dormido. A la mañana siguiente no mencioné ni una sola palabra sobre las cucarachas. ¿Cómo decírtelo? Ahora, Pancho deja la pelota a mis pies, alza las orejas, sale a correr por la playa. Maxi te pasa el sándwich y dice que no quiere más. Un último mordisco, insistís, dale, no comiste nada. Maxi va tras el perro. ¡Despacio, te podés caer!, gritás, y volvés la vista hacia mí. Pancho se queda con nosotros, decís. Y de vuelta al casillero inicial, de vuelta sacarle la espoleta a la granada para ver qué pasa, otra vez el infierno cotidiano para el prójimo. Lo del perro lo vemos después, contesto, lo único que te pido es que no metas a nadie en el departamento. Ya hablamos de esto, te quejás y alzás los brazos, los dejás caer. ¿En qué momento empezamos a desconocernos? ¿Qué estábamos haciendo que no nos quisimos dar cuenta? Sabés, hace mucho que perdí la inspiración, Daniela, más o menos para el tiempo en que se te dio por ponerle ajo a toda la comida, una cantidad industrial de ajo, y yo, lo reconozco, empecé a hacer ruido con la boca al comer, al sorber. Siempre fueron los extremos, nunca dejaron de ser los extremos, las lucecitas que se prenden de noche en el tablero de control para avisar que todo se está yendo a la mismísima mierda, como lo hacía la voz de Cobain hace un rato, y nosotros no le dimos importancia, o mejor dicho le dimos mayor importancia al deseo autodestructivo asistido y golpeamos con el dedo el vidrio para que las lucecitas dejaran de parpadear y seguir. En algún momento vas a querer estar con alguien, digo, estás en todo tu derecho, lo único que me preocupa es que Maxi vea cosas que no tiene que ver. ¿De dónde sale todo este ataque de moralina? ¿Por qué tengo que decirte esto? Y vos preguntás, ¿qué fecha del mes me vas a traer la plata? Me pongo de pie. Observo a los adolescentes que pasan a la carrera en dirección al agua. Apenas cobre, contesto. ¿Y en vacaciones?, decís. ¿Qué pasa en vacaciones? ¿Qué con quién se queda? Eso después lo charlamos, contesto, y algo me hace recordar la noche que me enojé con vos porque no dejabas de dar vueltas, no decidías que ponerte para salir, y me fui al centro solo. Entré a un bar, me senté al lado de la ventana y pedí un fernet. Como a la hora te vi pasar con Maxi en el tren de la alegría. La Pantera Rosa bailaba en la parte de atrás. La tarde anterior había visto a esa misma Pantera en ese mismo bar, la cabeza estaba sobre una mesa junto a tres botellas de cerveza, el hombre demacrado dentro del resto del traje, trataba de meter una moneda en la ranura de la Rocola. Pagué el fernet y salí, preferí caminar por calles de departamentos apretados, de PHs en alquiler con patios y terrazas compartidas. Deseé estar en mi furgoneta, con mis soldaditos de siempre. Al llegar a la casa, Pancho me recibió a lambetazos, le llené un plato de trocitos de hígado y prendí la tele, me puse a mirar El verano de Kikujiro, y convertí aquello en el pabellón de los animales domésticos. Vos llegaste con Maxi en un taxi una hora después. Maxi sonrió y mostró un globo y una bolsa de caramelos. Pancho reventó el globo de un mordisco. Lo que siguió ya lo conocés bien, discusión, pura discusión. La avioneta pasa de nuevo, esta vez promociona ese restaurante grande de la peatonal. Decís, no quiero que te lo lleves a dormir, por lo menos por ahora, después de los seis años sí, y en Navidad se queda conmigo. El viento hace flamear el banderín del puesto de los guardavidas como si indicara la peste, y avanza en oleadas, en forma de media luna alargada sobre la llanura arenosa. ¿Qué exhibirán las ciudades sustentables del futuro en las vitrinas de la vida conyugal, mi amor? ¿Acaso chapas dobladas, astillas de vidrio, ladrillos reducidos a cenizas? ¿Acaso souvenirs de viejos polígonos de bombas? Si tiene que ser así, que así sea, y listo. Que al menos en los cumpleaños nos vea juntos, digo. Me siento, bajo la mirada. Siempre es así, yo sugiero y vos ordenás, yo digo hoy podemos comer ravioles, vos decís hoy vamos a comer ravioles. Vuelve Maxi, toma el balde en el que suele juntar caracoles y se aleja unos metros. Me estiro hacia atrás, quedo apoyado en los codos. Alguna vez lo voy a ir a buscar a la salida del jardín, digo. Avisame antes, decís, y enterrás medio pie en la arena. Ah, y quiero que te lleves el jueguito ese de porquería. El hielo termina de formarse bajo mis pies, una vez más la conversación está por caer en un punto ciego. Eso significa discutir el resto de la tarde, Daniela, no quiero eso, no quiero tener que girar la barrena para hacer un agujero en el hielo, y sentarme en una banqueta a pescar hasta que el camino se despeje y podamos seguir. De verdad, tener que llevarme la Play es como una última frontera. Digo, de ninguna manera me la llevo, eso es de él. Vos te volvés a enderezar en la reposera, abrazás tus piernas. Maxi viene con el balde vacío. ¿Qué pasó?, le decís, ¿y los caracoles? También viene Pancho, se sienta, jadea con la lengua afuera. Nuestro hijo lo mira por unos segundos, amaga pegarle con el balde. Eso no, decís, no se maltrata a los animalitos. Lo decís y tu voz viaja intacta en la oscuridad y llega hasta mí vía coaxil, la misma voz tierna que supo enroscarme la víbora, con todo gusto, hace mucho. Trago saliva, me pongo de pie, levanto la pelota y las paletas, marco una línea en la arena con el talón. Maxi, digo, te juego un partido. Vos también debés de acordarte de algo, porque guardás los anteojos de sol en el estuche y pasás tus dedos por los ojos. Sacás la cámara digital del bolso, y decís, cuando lo lleves, no lo des comida chatarra. Hago girar la paleta en mi mano. Asiento con la cabeza. Maxi intenta darle a la pelota. El viento arranca una sombrilla, la lleva a los tumbos unos metros más allá. Pancho ladra hacia las olas. Vos te cubrís los hombros con una toalla. Te ponés de pie. Prendés la cámara. El objetivo lente se extiende. Apuntás hacia el mar, hacia el retazo de mar que se debe mover despacio bajo la bruma en esa pantalla digital. Girás primero la cabeza hacia nosotros, luego la cámara, y por diez segundos parecés contemplar la imagen a través del visor, como si te dieras cuenta, como si nos diéramos cuenta que estamos a punto de hacer algo significativo para nuestras vidas. Y al momento pasa, como en un único acto de magia, porque tenés, porque siempre tuviste más pelotas que una horda de cosacos. Y lo decís, decís ¡Sonrían, dale, sonrían!, y luego disparás.


*Héctor Prahim. Sus relatos han sido publicados en antologías como la colección de la editorial PelosDePunta, en diarios nacionales e internacionales. Colabora con las revistas Solo Tempestad, Dos Disparos Magazine, Chile, Almiar, Margen Cero, España, y El Narratorio, narrativa hispanoamericana.  Recibió el Premio Antonio Porcelli “Concursos Participativos 2017”, Premio Municipal de Relatos Manuel Mujica Láinez 2014, Premio Certamen Nacional e Internacional de relatos el Escriba 2011, Mención de  Honor Concurso Anual de Relatos Crepúsculo 2009 Fundación Tres Pinos, Premio de Relatos Yo te cuento Buenos Aires. La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2008.

Foto Matías Grippo.

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Para escribir: corazón y cerebro

Domingo de Ramos, por Alba Paloma Carrillo

El poeta peruano Domingo de Ramos piensa que la poesía, como arte, desnuda el sentir por el uso directo y sin filtro de la palabra y que podría ser capaz de curar heridas profundas al exteriorizar la tristeza. Habla con firmeza respecto a que la técnica no hace al escritor.

No cree en Dios, pero conoce de él como si postulara a ser Papa. Habla como si todo fuese sencillo, como si la vida y los dolores no costaran tanto esfuerzo como se piensa. Reconoce intensamente en sus amigos ese apoyo que le dieron cuando no tenía una editorial en la cual publicar y los reconocimientos le eran esquivos. Cuenta sus anécdotas más preciadas como si las estuviera volviendo a vivir.

Con esa gracia contó la historia de la vez que conoció con sus amigos la tumba de César Vallejo, en Francia, una anciana los persiguió hasta la salida por pretender brindar con él y tomar las flores del mausoleo del difunto de la señora para ponérselas al poeta Vallejo.

En una tarde de larga charla, Domingo de Ramos respondió sin prisas.

¿Sientes que escribir te cura?
Me curo profundamente y siento que en algo curo al que lee, al que no tiene voz, al que no escribe, al que se identifica con lo que puedo describir como mi propio proceso. Pero yo no soy una isla soy un ser humano, no un extraterrestre, tengo los sentimientos de cualquiera, pues los sentimientos de alguien muy sofisticado o de alguien muy sencillo son más o menos los mismos. Quizás no curo, quizás degenero, pero antes y después existe alguna diferencia.

¿Cómo reacciona el que te lee?
No creo que leerme sea tan duro como para que alguien se suicide, pero creo que la congoja es normal. Lo que deseo cuando escribo es llegar a conmover a alguien o aunque sea una reflexión, pero tiene que percibir algo el lector, porque el artista para ser tal tiene que golpear, eso es arte, si no lo logra es cualquier cosa menos arte.

¿En cualquier persona hay un poeta?
Sí, potencialmente todos somos poetas.

¿Qué podría desencadenar a ese potencial poeta?
El sistema, el mundo que habitamos hace que el ser humano se cosifique, que deje su lado humano y se convierta en una cosa, en un ladrillo más. Quizás es hartarse, el hacerse artista es la rebelión de eso, es el espíritu que se revela.

¿La poesía es un arte más democrático que otros?
Lamentablemente no, pues para las personas que se dedican a él significa un sacrificio, no tanto por las personas que no tienen medios, pero es que el artista tiene que sacrificar en algunos casos hasta su familia, pues su energía debe canalizarla hacia la creación. Mantener una familia significa más de la mitad de su energía y es igual en cualquier arte, la poesía también requiere mucho sacrificio.

¿Se puede escribir en felicidad?
No, definitivamente.

¿Sientes que en alguna medida se fue tu dolor después de escribir?
Sí y no, porque lo escrito nace de uno y de lo que lo rodea. Lo que escribo es un coctel de lo que he sentido en ese momento de dolor y la realidad, entonces el dolor se exterioriza y hay diferencia, pero también está la realidad, que es infinita y ella no cambia.

¿Qué es lo más difícil de hacer poesía?
Lo que he vivido como poeta es que, al menos en el país, no incentivan el arte como se debiera. Se habla de un crecimiento económico, pero no se ve que vaya de la mano con el desarrollo y apoyo a la cultura. En otros países tienen más incorporada la necesidad de que a la par que crece la economía del país, se tiene que ver reflejado en su desarrollo de las artes. Esto siempre resultará negativo para un espíritu que le guste cultivar la belleza.

Entonces ¿Crees que no existe desarrollo si no hay un real respeto por la cultura?
Totalmente, y lo peor es que sucede, pues yo puedo ir por el mundo mostrando lo que hago, quizás representando a mi país, pero lo hago yo, de manera individual y el Estado no apoya eso. Quisiera que la sociedad entienda que un pueblo que se respeta, siempre pondrá el desarrollo cultural por delante. Es un pueblo que se condena a quedarse como productores de  lo mismo, de lo que ya existe.

¿Y qué es lo más reconfortante de hacer poesía?
La satisfacción de escribir para un alguien que no sabes cómo va a reaccionar, que quizás se sienta tocado por tus palabras. Es como si cuando escribo arrojara una botella al mar, y que al recogerla una persona y leer lo escrito se fuera a sentir diferente. Pensar eso creo que me hace sentir bien.

Te hemos visto transitar por distintas temáticas ¿Qué tipo de poesía es la que más te llena?
No podría delimitar eso. El poeta es sensible a todo, percibe todo, y todo lo involucra en su escritura, uno no escoge, el tema o el contenido sale sin que uno lo prevea. Es un proceso tan diferente a la elección que el mismo poeta puede terminar asombrado de lo que ha escrito.

Tenemos en Latinoamérica escritores tan correctos en su escritura y reconocidos por ello… ¿la técnica hace al poeta?
No, la técnica no es el principio del creador, el creador nace de sí, si no eres creador la técnica no te va a servir para nada. Tiene que ir de la mano pues debes tener la facultad de crear y conocer la técnica, que es importante si deseas que tu escritura se desarrolle, evolucione. Ambas cosas tienen que existir para escribir: corazón y cerebro.

¿Existe alguna diferencia fundamental entre un escritor que hace prosa y el que hace poesía?
Ninguna esencial creo yo, son sólo géneros y ambos escriben.

¿Por qué poesía entonces?
Porque la poesía es el verbo. El verbo existe para señalar las cosas como son, y la poesía es eso, son las cosas dichas tal como son y se sienten. Hasta los cristianos lo dicen, el verbo fue lo primero que creó Dios para ese mismo fin.


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Geometrías incompletas

Julieta Dal Verme

4 poemas del libro Geometrías incompletas, publicado por Santos Locos, 2017.

 

PULSIÓN

horizontal y sola,
me despierto
hay un cuadrado de luz
en la ventana
y un libro de poemas
sobre mis piernas;
tengo la certeza
de que ninguna palabra
que se haya dicho, o escrito
pudo, jamás
conjurar a la muerte


ACERCA DEL AMOR

te escribí un poema
no se trataba
de vos
o de nosotros
era
sobre las hojas
en blanco
de un cuaderno


A TIENTAS

Las palabras que escribo
no alcanzan
a las cosas que me rodean
de las que veo, apenas,
geometrías incompletas.
Es como si esta noche
los objetos encerraran
poemas desconocidos.
Yo insisto
y mientras mis manos
en el teclado siguen,
a tientas,
la luz de la pantalla
le devuelve
sus atributos a la mesa
y la nombra.


ATARDECER

sentada acá
en medio de las cosas

convierto minutos
en pasado
los chicos
que juegan en la calle

parecen reales

lo verde, la luz, el calor,

afuera
todo es de verdad

hasta el vecino

cuando enciende el motor

mientras cree verme a mí

en la vereda

con el mentón en las rodillas 


 

 

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El dinosaurio. Seis versiones ilustradas

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” —A. Monterroso [1959]

Seis versiones ilustradas por Frank Arbelo, Colombia.

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El extraño caso del Sr. Valdemar

Narrado por Alberto Laiseca

El extraño caso del Sr. Valdemar es un cuento de Edgar Allan Poe narrado por el escritor argentino Alberto Laiseca para el ciclo "Cuentos de Terror".

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Alberto Laiseca (Rosario, 11 de febrero de 1941-Buenos Aires, 22 de diciembre de 2016)1 fue un escritor argentino. Publicó una veintena de libros de novela, cuento, poesía y ensayo.   Los Sorias es su novela más destacada.
Algunos de sus textos pueden leerse en http://albertolaiseca.blogspot.com.ar

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El ahogado más hermoso del mundo

Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado.

Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
 Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.




Gabriel García Márquez
(Aracataca 1928 - Ciudad de México 2014) Escritor, novelista, cuentista, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Es el creador del "realismo mágico" y su obra más conocida, la novela Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario e incluso se considera que por el éxito de la novela es que tal término se aplica a la literatura surgida a partir de los años sesenta en Latinoamérica.

Imagen: Williams Awash

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Amor imperecedero

Clarice Lispector

Todavía me siento un poco perdida en mi nueva función con eso que no puede llamarse propiamente crónica. Y, además de ser neófita en el asunto, también lo soy en materia de escribir para ganar dinero. Ya trabajé en prensa como profesional, sin firmar. Al firmar, sin embargo, me vuelvo automáticamente más personal. Y siento un poco como si estuviera vendiendo mi alma. Hablé de esto con un amigo que me respondió: pero escribir es un poco vender el alma. Es cierto. Aun cuando no sea por dinero, una se expone mucho. Por más que una amiga médica lo haya objetado: argumentó que en su profesión da su alma toda, y no obstante cobra dinero porque también necesita vivir. Les vendo, pues, a ustedes, con el mayor placer, una cierta parte de mi alma —la parte para la charla del sábado.

Sólo que, por neófita, todavía la elección de los temas me confunde. En este estado de ánimo me encontraba cuando estaba en la casa de una amiga. Sonó el teléfono, era un amigo en común. Hable también con él, y, es claro, le conté sobre mi tarea de escritura de todos los sábados. Y de pronto le pregunté: “¿qué es lo que más le interesa a la gente? Digamos a las mujeres”. Antes de que pudiese responderme, oímos del fondo de la enorme sala a mi amiga que respondía en voz alta y espontánea: “El hombre”. Nos reímos, pero la respuesta era seria. Y con un poco de pudor me veo obligada a reconocer que lo que más interesa a la mujer es el hombre.

Pero que esto no nos suene a humillación, como si se nos exigiera tener en primer lugar intereses más universales. No nos sintamos humilladas, pues si le preguntáramos al mejor técnico del mundo en ingeniería electrónica qué es lo que más le interesa al hombre, la respuesta íntima, inmediata y franca será: la mujer. Y cada tanto es bueno que recordemos esta verdad obvia, por más vergüenza que nos dé. Preguntarán: “pero en materia de personas, ¿no son los hijos lo que más nos interesa?”. Eso es otra cosa. Los hijos son, como se dice, nuestra carne y nuestra sangre, y ni se habla de interés alguno. Es otra cosa. Tan otra cosa que cualquier niño del mundo es como nuestra carne y nuestra sangre. No, no estoy haciendo literatura. Hace unos días me contaron de una niña semiparalítica que necesitó vengarse rompiendo un jarrón. Y toda la sangre me dolió. Era una hija colérica.

El hombre. Qué simpático es. Menos mal. ¿Es él nuestra fuente de inspiración? Sí. ¿Es nuestro desafío? Sí. ¿Es nuestro enemigo? Sí. ¿Es nuestro rival estimulante? Sí. ¿Es nuestro igual al mismo tiempo por completo diferente? Sí. ¿Es lindo? Sí. ¿Gracioso? Sí. ¿Es un niño? Sí. ¿También un padre? Sí. ¿Nos peleamos con él? Lo hacemos. ¿Podemos seguir sin el hombre con quien nos peleamos? No. ¿Somos interesantes porque al hombre le gustan las mujeres interesantes? Lo somos. ¿Con el hombre tenemos los diálogos más importantes? Sí. ¿Es el hombre irritante? También. ¿Nos gusta que nos fastidie? Nos gusta.

Podría seguir con esta lista interminable hasta que el director me ordene parar. Pero creo que nadie me mandaría detenerme. Creo que toqué un punto neurálgico. Y, por ser un punto neurálgico, cómo nos duele el hombre. Y cuánto le duele la mujer al hombre.

Con mi manía de viajar en taxi, entrevisto a todos los choferes con quienes viajo. Hace unas noches viajé con un español muy joven, de bigotito y mirada triste. Palabra va, palabra viene, me preguntó si yo tenía hijos. Le pregunté si también él los tenía, y me contestó que no estaba casado, que jamás se casaría. Y me contó su historia. Hace catorce años amó a una joven española, en su tierra. Vivía en una ciudad pequeña, con pocos médicos y recursos. La joven enfermó, sin que nadie supiera de qué, y en tres días murió. Murió consciente de que moriría, prediciendo: “Voy a morir en tus brazos”. Y murió en sus brazos, pidiendo: “Que Dios me salve”. El chofer durante tres años apenas si podía alimentarse. En la ciudad pequeña todos sabían de su amor y querían ayudarlo. Lo llevaban a fiestas, donde las muchachas, en lugar de esperar que él las sacara a bailar, le pedían que bailara con ellas.

Pero de nada sirvió. Todo el ambiente le recordaba a Clarita —éste era el nombre de la muchacha muerta, lo cual me asustó pues es casi mi nombre y me sentí muerta y amada. Entonces resolvió salir de España, y sin siquiera avisar a sus padres. Se informó de que sólo dos países en ese momento recibían a inmigrantes sin exigir visa: Brasil y Venezuela. Se decidió por Brasil. Aquí se hizo rico. Tuvo una fábrica de zapatos, la vendió después; compró un bar-restaurante, lo vendió después. Es que nada le importaba. Decidió transformar su auto de paseo en taxi y se hizo chofer. Vive en una casa en Jacarepaguá, porque “allá hay cascadas de agua dulce (!) que son lindas”. Pero en estos catorce años no logró querer a ninguna mujer, y no tiene “amor por nada, todo me da lo mismo”. Con delicadeza el español dio a entender que no obstante la saudade cotidiana que siente por Clarita no detiene su vida, que consigue tener relaciones y cambiar de mujeres. Pero amar —nunca más.

Bueno. Mi historia termina de un modo un poco inesperado e inquietante.

Estábamos casi llegando a mi destino, cuando habló de nuevo de su casa en Jacarepaguá y de las cascadas de agua dulce, como si existiesen de agua salada. Dije medio distraída: “Cuánto me gustaría descansar unos días en un lugar como ése”.

Pues hete aquí que era lo que no debería haber dicho. Porque, con riesgo de meter el coche adentro de alguna casa, súbitamente giró la cabeza hacia atrás y exclamó con la voz cargada de intenciones: “¡Si usted lo quiere, puede venir!”. Nerviosísima con el repentino cambio de clima, me oí contestándole apurada y en voz alta que no podía porque tenía que operarme e “iba a estar muy enferma (!)”. De ahora en adelante sólo entrevistaré a los choferes muy viejitos. Pero esto prueba que el español es un hombre sincero: la intensa saudade por Clarita no detiene su vida.

El final de esta historia desilusiona un poco a los corazones sentimentales. A muchos les gustaría que ese amor de catorce años detuviese, y mucho, su vida. La historia sonaría mejor. Pero no puedo mentir para contentarlos. Y además me parece justo que su vida no resulte completamente detenida. Ya basta con el drama de no lograr amar a nadie más.

Olvidé decir que él también me contó historias de negocios y de desfalcos —el viaje era largo, el tránsito pésimo. Pero encontró en mí oídos distraídos. Sólo lo que se conoce como amor imperecedero me había interesado. Ahora estoy recordando vagamente lo del desfalco. Tal vez, si me concentro, lo recuerde mejor, y lo cuente el próximo sábado. Pero creo que no es interesante.


Clarice Lispector. (Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977). Considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la generación del 45 brasileño. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un "no-estilo". Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, como La pasión según G.H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.


Imagen Daniel Blaufuks

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