Letras

Sombras chinas

Flavia Pantanelli

La única resistencia que podemos ejercer es la de los recuerdos. Recostada sobre todas las almohadas, con este sol como de primavera entrando por la ventana, casi diría que me siento bien. Es todo suave en esta tarde de invierno, el golpe del pájaro contra el vidrio, el paso del aire en los pulmones, el de los recuerdos, de la culpa. La mujer de al lado, por ejemplo, pasa las tardes con un recuerdo almidonado. A la hora de la siesta se gira hacia la pared del fondo, y cuchichea con esa hija suya. Charla y ríe con su hija enmoñada toda la tarde y mueve los brazos, y después a mí me quiere hacer creer que reza. Hay que darle tiempo, ya se le va a pasar. Yo la miro por esas sombras chinas que dibuja con los brazos contra el blanco de la pared; yo la miro y me divierto, qué se le va a hacer, es tan poco lo que puede divertirla a una acá, donde todo está destinado al durar, a lo fisiológico y lo vegetal, tan poco para divertirse, yo la miro y veo en la pared del fondo, a veces caballos resollantes, y otras veces muertos en sus trincheras y antes de ayer, incluso, me pareció ver a Sari y tal vez sea por eso que hoy veo gatos, y más gatos, gatos mansos, gatos erizados, gatos con nombre y sin nombre, gatos recién nacidos, gatos muertos, y recuerdo todo aquello que empezó sin que sepamos cómo, que empezó como empieza casi todo, por azar o por un descuido, alguien había dejado la leñera abierta y una gata cualquiera se había metido para tener cría, y entonces, ahora, de la noche a la mañana, Sari se había encontrado al ir a cambiarle el agua a los diamantes del jaulón, con un gatito ciego, y hambriento, abandonado por aquella gata inmoral, gata desamorada y por eso mismo profundamente inmoral, en la leñera de la parrilla del fondo del patio. No habíamos tenido nunca gato en casa, bastaba ya con los perros viejos que habíamos sostenido hasta el final y los treinta diamantes que mamá había dejado en el jaulón, y papá, en ejercicio pleno de su potestad, me prohibió siquiera acercarme a la leñera, por aquello de la toxoplasmosis, la rabia, y creo que también la sarna, y todo el manual de infectología que para eso papá era un médico reputado. La toxoplasmosis te dejaba ciego, decía el nonno, que por algo había sido químico, y Sari en cambio, más doméstica y concreta, reforzaba la idea con la advertencia de que a los chicos desobedientes se les aparecía Añá de debajo de las camas a media noche y se los llevaba de las patas al infierno. La toxoplasmosis y la sarna y por su fuera poco Añá que te llevaba de las patas, así que, el gato, ni de cerca. Ni de cerca ver a ese gatito, pero sí imaginarlo como en las láminas de los libros ¿Cómo sería? Negro, todo negro. El pelo brillante y los ojos verdes y yo le pondría un collar y él me defendería como una pantera feroz, pero conmigo sería suave, el gatito, lo más suave del mundo, o un poco suave y un poco áspero como este aire que ahora me raspa apenas al entrar a los bronquios, este estertor cuando respiro que es casi un ronroneo. Lo primero fue la decepción, nada de negro, el pelo de un gris indefinido, deslucido, emparchado; me miraba con unos ojos perplejos y temerosos, pero pasado ese primer momento me dejé encantar por su tamaño, tan minúsculo y el aspecto tan desvalido, tan raquítico que era de enternecer, así que metí la mano en la leñera con toda la intención de agarrarlo, pero él tiró un zarpazo, maulló de una forma ridículamente amenazadora y después, agotada su batería de armas, corrió a esconderse entre los leños. Feo, deslucido y arisco, entonces, aquel gato, pero posiblemente domesticable, según Sari, a base de queso crema y picadillo. El gatito. Abandonado por la gata inmoral. El huérfano. El nonno, que antes había propuesto ahogarlo en un balde, ahora se ofrecía tirarlo en la vía del tren. Pero papá dijo que los gatos mantenían lejos a los ratones y cuando papá se pronunciaba sobre cualquier tema, el asunto se zanjaba en ese mismo momento, y el gato se quedó nomás. Sin nombre, eso sí, dijo. Ahora que baja la tarde, el sol suave que entraba por la ventana se va dejando desplazar por una luz sucia y alargada que se filtra entre las copas de los árboles; la mujer de la otra cama sigue hablando en voz baja con su hija primorosa. Alza apenas el brazo, lo estira y remeda una caricia. Dice Inesita. Inesita. Sin nombre, el gato, igual que los diamantes del jaulón. Incivilizado, siempre arisco, siempre ajeno. El huérfano. Ni siquiera un entenado. A medida que anochece, estos flecos de sol que se abren paso como pueden entre las ramas de los árboles, a través de las cortinas pesadas, lamen, apenas, el aire, van perdiendo la capacidad de recortar las sombras del cuarto, de separarlas de la negrura en la que pronto se van a fundir completamente. Y con la negrura, se clausurarán los ruidos y los movimientos, el desfilar de tanto guardapolvo blanco y también, por hoy, la función de sombras chinas.

Pero falta para eso, falta mucho, todavía tenemos que enfrentar el inevitable ritual de la comida. La orden férrea de papá era no alimentarlo, porque gato con guantes, pero Sari, en el, diría, único acto de rebeldía que le conocí, salía al patio cada tarde con una lata de paté en la mano, la golpeaba con la cuchara para alertar al gato, vaciaba la lata, y esperaba, inútilmente. Solo cuando ella volvía a la cocina, él llegaba, sinuoso, vigilante, y comía rápido, en estado de alerta, como robando. Ya escucho los primeros ruidos, lejanos, en el pasillo; los primeros movimientos de una sinfonía que se repite, idéntica, cada tarde. Son ellas, que vienen. Al principio son rumores mínimos, que pueden parecer casuales al oído no experimentado, cada tanto un tintineo, y después otro que se suma al anterior, que se enlazan y organizan, se preparan para atacarnos primero con el olor del pollo hervido, y en seguida el arreciar del frufrú de los pies de las mucamas en uniformes celestes hollando apenas el flexiplas del piso y las voces y los golpes en las puertas y toda la munición gruesa, todo, comida, uniformes, jeringas, pastillas, chatas, sondas, formando una muralla sólida que se acerca, el ejército de la sanidad, armado hasta los dientes para la batalla de la cena, y en seguida cómo le va abuela, mientras corren las cortinas, qué buena moza se la ve, y levantan la cama, no sabe la comida rica que le prepararon hoy, y todas las mentiras repugnantes, necesarias, para soportar la vida acá, para resistir otro día más en este lugar, nosotras sin remedio, y ellas también sin remedio. Después es el turno de las enfermeras, al mando de la cava que marca el paso: un ejército eficiente y blanco que avanza por los corredores, armadas con sus jeringas, con sus chatas y los termómetros tomando por asalto los cuartos, violándolos con su vitalidad falsa y sus uniformes almidonados y sus sonrisas pintadas, y otra vez buenas abuela, cómo le va abuela, abuela de quién, de qué, abuela tu abuela, y toda esa energía aséptica, profiláctica, y de nuevo las mucamas celestes, levantando colchones, sacudiendo sábanas revoleando caspas y seborreas, venteando su olor a orines, a antibióticos, cambiando pañales, denunciando hasta las más íntimas vergüenzas, aniquilándolas, porque no hay lugar para vergüenzas acá, hasta eso nos sacan, queda solo el campo yermo de lo vegetal. Aquí llega, ya están acá, todo el ejercito de voluntades, la hermandad del caldo de pollo con su himno de bandejas chocando, metal contra metal, contra el parante de los carritos. La sopa de pollo y el puré aguachento y grisáceo, la sopa viscosa, primigenia, recocinada y el puré entristecido, y el jugo de ciruelas, porque todo en este lugar es funcional y recetado. Si la vieras a la estúpida de la mujer de al lado, deja de hablar con la hija y se endereza casi contenta, ordena y aplana las sábanas con la palma de la mano y recibe su bandeja, agradecida como una huérfana, ya se le va a pasar, ya se le va a pasar, le doy una semana, no más. Todo útil y terapéutico y fisiológico, acá. También el puré. También el jugo de ciruela. Y todo bendecido, ungido, por la compota de manzanas, como una hostia, como el cuerpo de Cristo. Pero a quién puede gustarle la compota de manzana. Cómo olvidarlo. A ella le gustaba. A ella sí. A la amiga de papá le encantaba.

La amiga de papá, que cada vez venía más seguido, tan bien sentada, ella, tan compuesta en el sillón verde de pana, en medio del living como un adorno, siempre sonriente. A lo último había empezado a venir también a tomar el té entre semana, casi día por medio. A ella sí, a ella le encantaba la compota de manzana. Nunca la llamé por su nombre, nunca. Pisístrata le decíamos en secreto con Sari. Aunque Sari le decía Pistrita y se reía con su boca abierta y los ojos de lago, sin terminar de entender lo que yo tampoco podía explicarle, porque tampoco yo sabía lo que significaba aquella palabra, pero que era sonora como un insulto y que más de una vez se la había escuchado decir a mamá. Pisístrata, entonces, de un día para otro instalada en el sillón del living, con su sombrerito redondo y el sempiterno collar de perlas, y aquel gato de Java, una bola suave, tan blanca y tibia, siempre en el brazo izquierdo, y la boquilla en la mano derecha, y la sonrisa dura, tan roja, clavada en la cara, la boca aquella tan carnosa, tan roja y tan húmeda pero tan dura, y su voz perfecta, modulada y perfecta y dura, y cada dos minutos su lengua rosada, su pequeña lengua rosada repasándose los dientes para que no se le mancharan de todo aquel rojo. La pequeña lengua rosa, ella, en su boca, y la pequeña lengua rosa, su gato, en las patas. Una y otra vez. Y otra vez. Y yo nunca la llamé por su nombre. Nunca. Y una tarde le dije corista, que también lo había escuchado alguna vez, y papá me dio un sopapo, y la prohibición de retirarme de la mesa, la obligación de permanecer con el sopapo puesto y el cuarto oscilante como un mal de mar, y la voz de ella modulando aquella palabra: coreuta. Coreuta, querida, coreuta, dijo a través del sopapo, con su sonrisa roja, y se sirvió otro poco de té y miró por la ventana mientras volvía a acariciar a su gato todo blanco. Y reía. Y papá reía, también, por todo y todo el tiempo, olvidado del humo y de que era doctor, olvidado por completo de la toxoplasmosis y de la ceguera, de la tuberculosis y de la sarna y olvidado sobre todo de que mamá. Reía con la coreuta y jugaba con Alphonse. Porque ese gato tenía nombre, ese gato sí tenía nombre: Alphonse. La mujer de la cama de al lado sorbe la sopa con ruido y con fe. La sopa, esa mezcla de comida y remedio. La sopa ruidosa, con fe. Traga después el puré religioso. La redención de todo mal por obra y gracia del puré y la compota. Es una creyente y se entrega a la liturgia del alimento. Hay que darle tiempo. Yo le doy una semana, no más, para que empiece a flaquear su devoción, a devolver la bandeja como vino, y a organizar, como casi todas, un tráfico clandestino de galletitas desmigajadas, facturas aplastadas y tartas de zapallitos, que algún familiar trae de regalo alguna tarde, entonces sí va a dar gusto verla roer con las encías lisas las facturas viejas, las galletas de agua, rápido, antes de que venga la cava, como robando, juntando la migas con miedo, siempre en falta, como el gato, que no bajaba así como así del techo, Sari decía que qué dulzura se podía esperar de un gato como ese, abandonado a su suerte, sin ni siquiera un nombre. Alphonse en cambio, hay que ver cómo comía, como la mujer acá al lado, comía, con deleite, con parsimonia, sobre la mesada de la cocina. Debe haber sido el calor de diciembre, pienso yo. Un calor de infierno como este que ahora sale del radiador de al lado de mi cama. Sí, debe haber sido el calor tremendo y Sari entonces debe haber dejado la ventana de la cocina abierta. Eso, y que Alphonse se debería sentir, ya, tan dueño de casa. Yo estaba sentada en el silloncito del patio, vi las piernas de Sari que caminaban hasta el fondo y vi el ruedo de su pollera levantarse cuando ella se agachó dejando al aire sus piernas gordas, llenas de nudos, y vi sus manos gruesas, puro cuero, vaciar la comida del gato en la lata, golpear la cuchara contra el borde. Su boca no la vi, tapada por el pelo que le caía sobre la cara, pero se debe haber abierto apenas para decir como cada día gato, gato. Vi al gato en el techo de la parrilla y vi la bola blanca que era Alphonse salir por la ventana, lo vi caminar satisfecho, orondo, y pasar con toda su pompa, una pata delante de la otra, una pata delante de la otra, la cola en alto, no como la del gato, que era una advertencia, un arma, sino de otro modo, esa cola era puro gozo, una lujuria. Vi a nuestro gato expectante en el borde del techo de la parrilla, lo vi mirar a Alphonse que se acercaba a su plato, lo vi examinarlo con su cara de piedra, estudiar la forma en que Alphonse bajaba el morro, olía la pasta suave, nauseabunda, del pescado, lo sentí atento al vibrato en el pecho de Alphonse, seguir con atención cada suave lengüetazo que Alphonse daba al paté con pequeños maullidos de satisfacción, moviendo la cola, un retorcerse voluptuoso y plácido. Y vi mis piernas dar un salto, llegar hasta Alphonse, y vi mis manos agarrar esa cola, y me vi dar una vuelta, dos, en redondo, un pie al lado de otro, muy juntas las rodillas, envarado el cuerpo, las dos manos apretando fuerte aquella cola blanca, yo giraba como un trompo con un brazo extendido, Alphonse como una prolongación de mi brazo, y otra vuelta más, Alphonse que maullaba y no había nadie para socorrerlo, tomá, pensaba para mí, y una vuelta más, más rápido, más alto, se retorcía Alphonse en la punta de mi mano, para que aprendas, volvía a pensar y giraba y giraba y frente a mis ojos pasaban como en continuo, Sari, la parrilla, el gato, la puerta del patio y otra vez Sari y siempre Alphonse agarrado de la cola, como una mira, como una bala, para que aprendas a no; Alphonse me clavó las uñas, abrí la mano y lo solté como si quemara y fue a dar con toda aquella fuerza contra la pared del fondo, la cabeza hizo un ruido hueco al golpear contra el ladrillo, un ruido hueco con un reverbero raro, y después, después de un tiempo que me pareció mucho más largo de lo que esperaba, cayó contra las baldosas haciendo otro sonido, inolvidable, mezcla de trapos mojados y ramas secas. Me llevé la mano a la boca, y me vine al suelo, caí muy cerca de Alphonse, nuestras cabezas casi juntas. Todo me daba vueltas. Vomité. Miré hacia el techo de la parrilla, nuestro gato había desaparecido y Alphonse seguía ahí tirado, tan cerca, sin moverse, solo una burbuja sanguinolenta se le inflaba, se le desinflaba, en el morro cada vez que respiraba, tenía los ojos cerrados, un diente le asomaba torcido, como un cuerno. Ya nos ganó de nuevo la noche, la ventana ahora es un cuadrado negro que no puede ofrecernos nada. y acá adentro nos esperan las horas inacabables de la gotera insistiendo en algún lado, el golpeteo delicado de un insecto en el zócalo; lejana, en alguna parte, la risa ahogada de una nochera, un timbre urgente en algún cuarto, cada tanto, para lo inevitable, y los sonidos del cuerpo, el rechinar de las camas, cada tanto una queja, un suspiro, algún bisbiseo, alguien que reza, ora pro nobis, la ventana un cuadrado negro y las luces del pasillo que terminan de apagarse para que la hija almidonada, Sari, Alphonse, y todo aquello se vaya fundiendo, irremediable, en la negrura de otras sombras.

***

 

Flavia Pantanelli es fonoaudióloga y cuentista. Sus trabajos fueron distinguidos en concursos municipales, Provinciales y Nacionales, como Manuel Mujica Laínez, Fundación Victoria Ocampo, Colegio de Escribanos de Provincia de Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, Concurso Federal de Relatos y otros. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias y en antologías de Argentina, Brasil y España. Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 sonrisas con historia (España). En 2015 publicó “Haceme lo que quieras” (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015 y Modesto Rimba 2017) y “Carne Rota” (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la Fundación Victoria Ocampo). Su libro “El extraño lenguaje de las casas” fue publicado por Universidad Autónoma del Estado de México en 2017.

 

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Jeroglíficos

Sebastián Pandolfelli

Una manchita.

A veces se quedaba quieta.

Era un signo, un puntito negro expectante. Como el cursor del Word titilando en el documento recién abierto. Cada tanto una arremetida hacia la derecha dibujando un párrafo extenso. Pero otras veces volvía sobre los pasos dados, para imprimir a su incomprensible escritura, un aspecto de jeroglífico.

Una hormiga en la ventana. El cursor en el documento de Windows. Una manchita negra. En el fondo: la luz. Y las escrituras que avanzan.

El viento hace que el polvo y el salitre se vayan adhiriendo, cuando el sol seca el rocío de la mañana. No es mucho, es una capa finísima que apenas logra opacar la transparencia. Pero ante el tratamiento climático, el vidrio queda preparado como una tela en blanco sobre el caballete en el atelier, a la espera de la primera pincelada.

Y ahí iba la hormiga. En un lento avance. Cuesta arriba, cuesta abajo.

A veces se quedaba quieta.

Desperté tranquilo, liviano. Siesta de una tarde calurosa en una ciudad costera. Miré por la ventana: de un lado yo que empezaba a dejar atrás el sueño como un naufragio. Del otro lado el mar, imponente, azul. En el medio el ventanal, el vidrio, la finísima capa de polvo y la hormiga yendo y viniendo en su labor de escritura.

Me pregunté qué estaría contando y miré de cerca. Párrafos ilegibles. Mientras, el universo se reescribe porque siempre se está reescribiendo. Se manifiesta en el trazo de una gaviota que surca el cielo, en la caprichosa distribución de los arbustos de acacias sobre los médanos, en las ramas que se elevan, en los surcos de la madera, en los fractales de las nervaduras de las hojas, en cada granito de arena.

Todo eso cayó como un rayo. Un segundo luminoso que llenó mi cabeza de imágenes, seguidas del estruendo imparable de los pensamientos. Esa voz interior que dicta.

Recordé a mi viejo maestro una de las tantas veces que fui a visitarlo. Estaba sentado, con la mirada puesta en un extraño más allá. Observaba con detenimiento la fórmica de la mesa, una burda imitación del mármol. De repente golpeó la superficie con sus nudillos. Me miró serio y me dijo que quizá en las milenarias vetas del mármol se encuentra escrita la historia del universo. Quizá ahí estaban todas las respuestas, pero nunca vamos a lograr entender.

Y así como a las palabras se las lleva el viento, una brisa cálida empezó a soplar, mientras el sol todavía alto, se untaba sobre la playa. Las acacias en un lento ir y venir, bailotearon su coreografía ensayada desde hace años.

Y la hormiga, manchita negra, se fue arrastrada por la ventisca, dejando inconclusa en la ventana una historia que ya no voy a descifrar.

***

 

Sebastián Pandolfelli. 1977. Músico, compositor y escritor. Publicó cuentos en varias antologías y los libros “Rocanrol” (Funesiana 2008 y 2010), “Choripán Social” (Wu Wei 2012 y 2015), “Unidad Básica” (Eloísa 2014), “Esquina de Diamante” (Peces de ciudad 2017) y "Diamante" (Galerna 2017). Colaboró con diversos medios gráficos como Tiempo Argentino, Izquierda Diario y Clarín. Ganó la Beca para la creación del FNA en 2017. Coordina talleres de escritura para jóvenes y adultos.

 

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El árbol

Nicolás Igolnikov

Este árbol implacable. Estas flores que pueblan su copa frondosa. La sombra dibuja una circunferencia negra que cae sobre mí, rodea el cantero y toca la entrada de la casa. Yo, de este lado, me agacho con cuidado. Una de mis manos, apoyada contra la corteza del tronco, estabiliza mi descenso. La otra, lentamente, alcanza la tierra seca. Alzo la vista y miro, a través de la reja, el cartel desgastado que cuelga sobre el garaje. El cartel del taller de mi padre. Las letras despintadas me devuelven a las horas que él pasaba ahí dentro, al sonido remoto de su amoladora. A la izquierda, entre la reja y la casa, el pasto crecido del jardín. Él lo cortaba. Con mamá lo veíamos desde el living, a través del ventanal, pasando con la bordeadora. Ahora el vidrio del ventanal está recubierto por polvo y la persiana sigue baja. Yo la bajé, antes de irme, hace años, luego de su funeral. Siento el hormigueo treparme por los muslos. Me afirmo sobre la corteza del árbol y me levanto. Mamá, en la mecedora, pasaba las tardes tejiendo y mirando a través el ventanal. A veces cantaba. Yo, a sus pies con mi cochecito de madera, jugaba. A veces, al aburrirme, recorría con la vista el jardín, la reja, la calle, el árbol, las casas. Buscaba aquello que ella miraba. Una vez le pregunté qué era. Ella, con la mirada en el mismo lugar, rio brevemente. “Nada. Espero” me dijo. No entendí. Le pregunté qué esperaba. “Que el árbol se vaya” me dijo, pero yo apenas había cumplido diez años, y no entendí qué había querido decir. Este árbol implacable. Sus raíces que rompen las baldosas desde abajo. El municipio intentó removerlo muchas veces. Llegaban dos hombres, se paraban al lado del árbol, donde estoy ahora, y revisaban el tronco enorme, la corteza, las raíces. Uno era alto y morrudo, el otro un poco más bajo y rechoncho. Mamá y yo los veíamos desde el living. Al poco tiempo, la amoladora de papá se apagaba y él salía del garaje. Atravesaba el jardín y se paraba detrás de la reja con los brazos cruzados. Se quedaba ahí, del otro lado, de espaldas a nosotros. Yo movía la cabeza tratando de ver qué pasaba, pero su cuerpo amplio e inmóvil tapaba a ambos hombres. Mamá dejaba de mecerse y miraba también. Cuando veíamos a los dos irse lentamente en dirección a la esquina, Papá venía hacia nosotros en vez de volver al garaje. El hombre alto, en ese momento, sin que él lo viera, se asomaba, miraba hacia dentro y saludaba. Desaparecía cuando Papá descorría el ventanal. Entonces me decía “Dejá eso y andá con Juan”. Yo lo miraba y él me devolvía la mirada. Luego asentía y me iba corriendo. Atravesaba el jardín, abría la puerta de la reja y, mientras cruzaba la calle, buscaba a los costados, pero los hombres ya no estaban. Una vez en la casa de Juan llamaba a su puerta. Juan era el hijo del vecino de enfrente. Al verme desde una de las ventanas, me saludaba, corría a buscar la pelota y salía. Nos la pasábamos, él en la vereda de su casa, yo en la de la mía. Por momentos, mientras miraba la pelota girar hasta él, la imagen de papá volvía. Se me aparecía su semblante relajado, su sonrisa casi imperceptible, el marrón con que sus ojos me atravesaban cuando me decía que me fuera. Siento el tronco del árbol en mi espalda. Ahora también se me aparece. La luz atraviesa la copa formando un entramado de luz en la sombra redonda. No sé por qué me iba corriendo. No, miedo no era. Papá era un buen tipo. Jamás le temí.

Una vez, después de pasarle la pelota a Juan, me apoyé en el árbol, más o menos donde estoy ahora, y los vi. Papá, de pie, gesticulaba exageradamente. Mamá, quieta en la mecedora, con las manos entre las piernas, miraba hacia arriba. Era un problema que vinieran los del municipio. Jamás me dijeron por qué. Mientras los miraba, de un momento a otro, mamá bajó la mirada y me encontró. Papá seguía hablando y moviendo las manos. Ella, sin decir una palabra, sostenía sus ojos pardos en los míos. La pelota, la tarde y Juan desaparecieron. “Que el árbol se vaya” creí escuchar. Me inundó el silencio. Volvió a mi cada tarde con ella mirando por el ventanal. “Me verás volver” creí escucharla cantar mientras tejía. Me acerqué hasta la reja, me tomé de dos barrotes y acerqué más la cara. Siento las barras frías contra mí. A esa distancia, en ese momento, sentí como si ella se me presentara sincera y completamente. Como si nuestros dolores y pensamientos se conectaran. Ella permanecía inmóvil con las manos entre las piernas. “Que el árbol se vaya” la escuchaba. “Espero” decía. Las tardes. El árbol. El hombre alto saludando. Todo frente a mí, tan claro como la luz. De fondo, extremadamente lejano, mi nombre. Juan gritaba. Papá se paró en seco y giró la cabeza. Creo que me miró. Y corrió de un golpe la cortina.

Este árbol implacable. Esta familia desconectada. Durante los dos meses siguientes los hombres no volvieron. Al principio del tercer mes, mamá dejó la casa. Fue la madrugada de un domingo. Yo desperté con los gritos. Escuché, envuelto entre mis sábanas, las quejas inusitadamente altas, los insultos vociferados, los pájaros que cantaban tímidos el amanecer que comenzaba. Ellos dormían hasta tarde los domingos. Esa vez, no. Esperé. Hubo un portazo violento y, luego de un tiempo, otro más. Salí de la cama. La mañana abría el living, el cuarto de mis padres, los cajones dados vuelta. La amoladora, de fondo, sonaba insistentemente. Vi unas valijas tiradas, el placard casi vacío. No sé cuánto tiempo estuve mirando a mi alrededor, ni si hice algo más que quedarme ahí hasta que volvió Papá. Quedó quieto, al lado de la mecedora, mirándola. “Andá con Juan” me dijo sin moverse. Lo miré, él lo notó y me devolvió la mirada. Asentí y me fui corriendo.

Nos pateábamos la pelota en silencio. Me parecía que cada vez que la pelota viajaba volvía a escuchar algún grito. Juan la recibía y devolvía casi con solemnidad, como si me entendiera, casi como si escuchara. Yo miraba, de vez en cuando, hacia adentro, y veía a papá ordenando. En un momento Juan pateó la pelota en dirección al garaje y yo corrí a buscarla. En el camino volví a mirar hacia adentro: papá movía la mecedora. No vi una raíz que sobresalía entre las baldosas. Una raíz como esta sobre la que ahora apoyo mi pie cansado. Me di la sien contra el cantero. La cabeza me latía, Juan gritaba, yo no lograba levantarme. La pelota, contra la reja, frente al garaje, se cubría por la luz oxidada del mediodía. Yo pensaba en mamá mirando hacia afuera. En su movimiento monótono y su mirada extraviada. En su canto. En eso pensaba. Cuando papá se acercó le dijo a Juan “Tranquilo, andá a tu casa”, me levantó de un brazo, me llevó adentro y me puso hielo. “Cuidate” me dijo. Lloraba. “Tranquilo” me susurró. Este árbol implacable. Esta luz que la primavera casi parece rezongar. Esta luz que sobra en la calle donde ahora algunos edificios reemplazan las casas. Esta calle donde estacionó el patrullero a los pocos días. Cuando llegaba del colegio y papá, con los brazos caídos, llevaba a los oficiales dentro de la casa. Atravesé la reja y fui directo al garaje. Pasé entre las herramientas, la amoladora, el aserrín, los restos de madera y de chapa. El calor era sofocante. Entré a la casa por la puerta del costado y esperé temblando en mi cuarto. Escuché, lejano, a Papá decir que debía buscarme en la escuela. Saludó a los oficiales y dijo que estábamos bien, que no había por qué preocuparse. Cuando cerró la puerta me acerqué a él. Mi cabeza se apoyó en su muslo, él revisó que no tuviera el chichón. Levanté la vista. Los hombres de la municipalidad hacían mediciones del árbol. Él se agachó y me preguntó si lo acompañaba a sacarlos. Sus ojos vacíos, profundos, me miraron. Le dije que sí, que lo acompañaba, y así lo hice. Salimos, caminamos hasta la reja, nos cruzamos de brazos. Papá y el alto se miraron fijamente. “El árbol se queda” dijo papá. El rechoncho bajó la vista hacia mí. “Se queda” dije yo. Ambos hombres, sorprendidos, me miraron. Después, se fueron. Y no volvieron a molestar.

***

 

Nicolás Igolnikov (1997) Asiste al taller literario con Maria Malusardi desde fines de 2017. Asistió también a los talleres de Paula Varsavsky y Jorge Consiglio (en la Biblioteca Nacional), Yamil Dora, Yanina Audisio y Marta Loiácono. Fue organizador del ciclo “Incógnito” de danza/teatro & literatura (Marzo 2017-Diciembre 2018) y coorganizador del ciclo “Metáfora” de cine y literatura (Julio 2017-Diciembre 2018), ambos en el Club Cultural Matienzo. Publicó el poemario “El Nombre que Falta – y algo de Pólvora-“ (Editorial Ex Nihilo, 2016) y la nouvelle “La Mentira” (Editorial Ex Nihilo, 2017) Dirigió el cortometraje “El Nombre que Falta – y algo de pólvora” basado en su libro homónimo, con la producción de Discos del Ratón (2016). Es curador de la Antología de cierre del Ciclo Incógnito (Editorial Ex Nihilo, 2018).

 

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Anahí Flores

 

Respuestas

1
La nuestra
es una editorial con varios editores.
Nos es difícil
ponernos de acuerdo.
Siempre alguno dice:
—A mí no me parece.
Y adiós libro.
Te diría
que no cuentes
con nosotros.

2
Te debo una respuesta,
perdón por la demora.
Estuvimos hablando
con mi socio y llegamos
a esta conclusión:
no incluiremos autores
que hayan publicado
en una editorial
tan cercana a la nuestra.
Hay demasiados puntos
en común entre ambas.
Espero que comprendas.
Te mando un gran abrazo.

Así que escribís

1
Antes que nada
tengo que decirte algo:
me rompería el corazón
que me transformaras
en personaje.
Si alguna vez me viera por escrito
en uno de tus libros
sentiría que me usaste
de materia prima.

2
Así que escribís
mirá vos
debés tener buena imaginación.
Yo no podría,
no,
me aburro si estoy sentado mucho tiempo.
Pero tengo varias historias
de la vida real,
quiero decir: me pasaron a mí.
Hay una que te serviría,
sí,
harías un gran libro,
vos que escribís.
Una novela policial, romántica y de aventuras.
Todo junto.
Ahora que lo pienso, podría contártela.
¿Qué hacés este sábado a la noche?

 

***

Estos poemas pertenecen al libro Quizá en otro momento, de Halley Ediciones. 

Anahí Flores escribe y da talleres de escritura creativa. No come animales desde 1987. Sus libros de cuentos son: Criaturas (Alto Pogo, 2018) y Todo lo que Roberta quiere (Textos Intrusos, 2013). En poesía, publicó: Ciertas horas de la primavera (La carretilla roja, 2017), Se durmió y otros poemas (Bajo la Luna, 2015, gracias al tercer premio del Fondo Nacional de las Artes), Catalinas Sur (Eloísa Cartonera, 2012) y Limericks cariocas (Caki Books Editora, Río de Janeiro, 2011). Compiló Bailarinas (Desde la Gente, 2018), una antología de cuentos ambientados en el mundo del ballet.

Foto de Elda Caridad.

 

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Ariel Bermani

Aniversarios

Ahora que estamos llegando
al final de otro año
no pude evitar la tentación
de buscar un almanaque de 2011.
Me acordé que el jueves
anterior a la navidad
hicimos el taller
y dejaste tu libro de Marosa
sobre la mesa
pero alguien te avisó.
Eso del libro era un truco
me explicaste después
para volver al día siguiente.
Me mandaste un mail esa madrugada
porque querías charlar algo conmigo
el viernes
a las cuatro de la tarde.
Calculando fechas
me doy cuenta que eso ocurrió
el viernes 23
se nos pasó otra vez la fecha
pero
además
ya sabemos
que no nos gustan los aniversarios.

 

Até mi caballo y el de ella y entramos al bar

Até mi caballo y el de ella y entramos al bar.
Dos whiskies sin hielo
ordené
ella agregó unas papas fritas
con aderezos.
El pueblo ardía de gente
algunos pistoleros nos conocían
y movían la cabeza hacia adelante
a modo de saludo.
Unas damas
que estuvieron en la cama
conmigo
o con ella
o con los dos
también saludaron.
Teníamos un tiempo
de vivir por ahí
y a ese pueblo siempre volvíamos
nos gustaba especialmente
por sus lecturas de poesía
y por la buena cantidad
de editoriales independientes
que exhibían sus libros
en las barberías en las tiendas en los templos
en los bares en las cárceles en las escuelas.
Las maestras adoran a los poetas
sobre todo cuando
al tercer whisky
recitan el poema de Darío
dedicado a los Estados Unidos
y “La Niña de Guatemala”
de ese viejo amigo nuestro que ya murió
el copado de Martí.
Sentados cerca de la barra
salamos un poco las papas
brindamos
y golpeamos apenas
con el taco de las botas texanas
el piso de madera.


Cuando

Cuando levantás una mano de lejos para que te vea llegar
Cuando sonreís con la boca con los ojos
con los dientes con el cuerpo entero
Cuando ponés esa vocecita de nena enojada
para hacerte la graciosa en la calle
Cuando te llamo por teléfono y te quedás callada
para que la conversación no se vacíe
y me decís que no está bueno hablar por hablar
que mejor es comunicarnos si lo necesitamos
Cuando te llamo o me llamás
y te ponés a contarme cosas de esos días
o del pasado
incluso del futuro
Cuando me das un beso y otro y te acaricio el pelo
y me leés lo que estás escribiendo
o me leés algo de un autor o una autora
que acabás de descubrir
Cuando nos metemos al cine con cerveza y papas
y por más que lloremos con la película
el ruido que hacemos al masticar las papas
y tomar cerveza
nos hace reír
Cuando nuestros cuerpos se encuentran
y se produce esa conexión que nos deja
transpirados y satisfechos
con la necesidad de dormir unas horas
con tus pies y mis pies pegados
y las manos entrelazadas
Cuando me enojo porque no quiero caminar
y te enojás porque camino igual
Cuando discutimos por alguna tontería
y te digo que no podemos seguir así
y enseguida se nos pasa
y ya ni nos acordamos por qué habíamos discutido
Cuando miramos el atardecer en la playa
o en una plaza o por las ventanas de mi casa
o la tuya
Cuando coincidimos en que el futuro
es algo que no existe y que no nos importa
Cuando hablamos de las cosas
que más nos preocupan:
tu hija tu hijo el mío
Cuando comemos una rica cena y tomamos un rico vino
y después unos ricos mates
y nos quedamos conversando casi a oscuras
sin que nada nos apure
sin que nada nos inquiete.

***

 

Ariel Bermani nació en el Gran Buenos Aires, en 1967 y vive en la ciudad de Buenos Aires desde 1990. Publicó cuentos, artículos y poemas en revistas y antologías. Es autor de trece libros. Las novelas: Leer y escribir, Veneno, El amor es la más barata de las religiones, Quedarme acá, Furgón, Agua, Anita y Messina. También de los cuentos de Ciertas chicas; de las crónicas de Inochi wa takara; de un libro de reflexiones sobre el oficio de escribir, Procesos técnicos; y de tres poemarios: No sé nada de ballenas, La relación con los objetos y Tenemos que hablarlo. Recibió el premio Emecé 2006, la Segunda Mención en el Premio Clarín 2003 y la Beca Bicentenario a la creación literaria del FNA, en 2016. Parte de su obra fue traducida al hebreo y al francés. Es narrador, poeta, coordinador de talleres de escritura y de lectura y editor.

Foto de Elda Caridad.

 

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Griselda Perrotta

El último soldado

Decías algo del amanecer
yo doblaba las frazadas
Irnos sin rastros
Nosotros justo
que desde una cueva hacíamos temblar gigantes
Que los vimos
golpear su escritorio con las dos manos para advertir
e hicimos llama la chispa de tantos

Nosotros somos el rastro, dijiste
y fue lo último que escuché
Después vimos la puerta abrirse de una patada

Estamos solos, decías la noche anterior
Negaba pero tenías razón
Como cuando me agarraste la mano y corrimos
El sol saliendo también esa vez, recuerdo
Desde entonces todo fue noches
camas prestadas
andar con lo puesto
Cómo no enamorarnos en ese paso de apocalipsis
si el último bastión éramos nosotros
El último soldado

Cuando escapemos voy a contarte:
nunca adherí tanto a esta lucha
Me pregunto si alguien más sentía como yo
No elegimos el verano
Siempre
Las cosas grandes
son dadas por alguien más, pero
¿Dónde quedaba la duda?
En ese fervor grupal
masivo
común
No había tiempo para esas cosas
Tiempo
Tiempo y tu voz firme que entendíamos verdad
Duda inútil y estúpida
Como este arrepentimiento que es a medias y además tardío

Perdí la cuenta del tiempo
Aprendí el límite del dolor
Los mil matices de un gris que no deja de propagarse y se extiende
Ya ni escucho los lamentos
la queja
el derrumbe

Soy
el peso muerto de un cuerpo cortando el aire
Flores al costado de una tumba vacía
Vueltas en círculo y no encontrar
La llaga de una nación que grita Nunca Más pero no deja de repetirse
Su incendio mal apagado

No elegimos el verano, recuerdo
y entonces de vuelta escucho tu voz que es luz
hijos libres
bosques nuestros
Pero no todavía
No todavía

¿Cuántos colores son necesarios para tapar este gris?
¿Cómo?
¿Cómo es que afuera escucho gorriones,
cómo es que igual sale el sol si el gris no cesa?
Si no logramos romper los candados
¿Fuimos
acaso
la ilusión de un puente que acabó por ceder?

No se ruega por nosotros todavía
No suficiente

Mañana seremos carteles
listas
pintadas en las paredes
que nos invoquen y nos invoquen y nos invoquen
El porvenir a destiempo
Ceniza que se monta al río y avanza
Restos que nutren la tierra
y después barro
y valió la pena
Porque sabemos
que nadie fue tan feliz como nosotros cuando mirábamos el fuego
Y ninguna hoguera es en vano
Ninguna

Nadie esperaba esta lluvia
Fuimos el verano, es cierto
Pero el cansancio

¿Quién resiste la tibieza en los pies,
el viento fresco en la nuca?
No hay belleza en permanecer donde todo ha muerto

Mañana tal vez otros
Nosotros
Seremos tierra nutrida y el río correrá limpio para inundar las naciones
Los carteles no harán falta
Tendrá sentido el color

Tal vez otros mañana
No yo
Hoy
No todavía


Los desertores

Voy a delatarme
Dejar de inventar excusas que me pongan en la puerta de un Italpark abandonado
o peor
esa masa verde en que lo convirtieron

Aviones que despistan para impactar contra estaciones de servicio
Trenes sin frenos
Bengalas que se atoran en un falso cielo

La ciudad sabe
de este ácido en las entrañas
cada vez que una niña vende flores en Constitución y un señor las compra
Pero callamos

Merecemos el tridente atravesándonos la carne

No supimos poner a salvo las semillas
Ya no habrá lluvias ni abejas suficientes
sombra bajo los árboles

Lo inmediato consume
Lo correcto diluye
Somos un compilado eficiente de frases de señalador

Teníamos el parque de diversiones más grande de Sudamérica
y lo cambiamos por escenarios multifunción
donde tomar mates en ronda sobre una lona de Frida Kahlo

Pero aquí estamos
Los desertores
La piel de gallina en verano
El terror de no saber si nuestras hijas podrán gritar sus nombres mañana

No alcanzarán los pañuelos para recuperar lo que nos sacaron
lo que nos dejamos arrebatar
No alcanzarán los colores

Elijamos bien las causas
porque hay un vampiro en la puerta de cada hogar
al acecho de cada suspiro nuestro
Limándose las uñas con cal
mientras nosotros
tomamos mates en ronda y nos tatuamos pelotudeces

Basta de lamento si no estamos dispuestos a reparar puentes
a construirlos, si es necesario

Seamos los símbolos
los pañuelos
Se lo debemos a cada cuerpo al costado de una ruta
A los que nunca vamos a recuperar

Tengo miedo de que el cansancio nos venza y dejemos de reconocernos
De que al saltar del balcón imaginemos alas
y nos contemos
mirando al suelo
que la televisión decía la verdad

Tengo miedo de que la lucha sea un entretenimiento de pocos
Mientras los monstruos
nos duermen al lado y los abrazamos

De que algún día
este océano
a nosotros también nos dé igual

 

***

Griselda Perrotta nació en Buenos Aires en 1976. Es traductora e intérprete de inglés, abogada y docente de la Carrera de Traductorado Público en la Universidad de Buenos Aires. Escribe narrativa y poesía. Varios de sus textos obtuvieron menciones en distintos concursos y fueron publicados en antologías y revistas literarias. Comparte material en su blog "Princesa de la viruta". Publicó "Frontera" (Peces de ciudad, 2017).

Foto de Elda Caridad.

 

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Patricio Foglia

Bing bang

Todo el tiempo ocurre el Big Bang
otra vez las esquirlas de vapor, en su dinámica
giran y giran, hasta convertirse en asteroides,
en planetas. Nadie sabe cuándo ni cómo.
En 1994, por ejemplo, estalló el universo.
Con terror, me tomé de la mano de mamá
y cuando me di vuelta, vi a mi padre
contemplando en perfecto silencio
la casa vacía y las estrellas.

*

Tenía ocho años cuando vi
a mi padre, pidiéndole que no se fuera
y a mi madre, de brazos cruzados
en sus ojos el fuego de la revolución.

Me acuerdo de mamá, meses después,
tomando una cerveza
mirando la noche y las luces
desde los ventanales del piso 12
de nuestro edificio.

Mientras, seguramente papá
se retiraba a su cuarto
como los grandes animales
que cierran los ojos cuando cae la nieve.

*

En algún momento va a pasar
y como se disuelven en el aire
las casas, los imperios
la noche en que mis padres se separaron
también se va a diluir, pero ahora
todavía caminamos frente al mar, en invierno
-- mientras, se agitan las ramas de los árboles
papá me dice que no tome frio
mamá dice es verdad
y me sube el cierre de la campera
y así nos amparamos
del viento del océano.

*

Por las escaleras de nuestra casa
subía mi madre tan enojada
que sus pasos formaban una escritura
cuentos breves como Monterroso
(cuando se despertó
el dinosaurio todavía estaba ahí)
y mi padre
se quedó mirando el verde
del pasto crecido y la humedad
que empezaba a expandirse en un rincón
como se abre de noche una flor negra.

*

Como un lodazal barre a su paso
con un pueblo entero, así
bajaban los gritos de mis padres
por las escaleras
como agua y tierra y la furia
de la gravedad o parlantes desconados
mientras suena Nevermind y Cobain
ya está cantando hello, hello
hello, how low?
hello, hello
hello, how low?
y aunque todavía faltan diez años
yo ya estoy agitando la cabeza
ya tengo 18 y soy uno más
uno entre tantos animales pesados
huyendo del barro, indómito, en la plenitud
de su instinto de supervivencia.

*

Sentí un alivio parecido al aire puro de las sierras
ese viento leve, esa frescura que corre
cuando todavía no se despliega una ciudad
el aire puro, como de valle,
de montaña verde, azul, verde, azul.
Perdonen la insistencia
pero fue lo que sentí
exactamente y en la cara
con los ojos cerrados
sin conocer Córdoba ni sus ríos
cuando mamá cerró la puerta
y ya estábamos afuera.

*

Pocas cosas se mudan con nosotros
nuestra ropa, ollas, dos o tres platos.
La mudanza es un bolso
pesado y negro.

Al poco tiempo desaparecen
la guitarra, los tomos de la colección
“El mundo del Arte”,
una cadena de plata del cuello de mamá.

Sobrevive, eso sí, en tapa dura
un libro de Alfonsina Storni,
su voz como una tarde
de lluvia intensa.

Yo seré a tu lado,
silencio, silencio,
perfume, perfume

Cierro los ojos. Escucho
el agua que cae, monótona
contra la ventana de vidrio
de mi nuevo cuarto.

 

***

Patricio Foglia (Buenos Aires, 1985). Publicó Temperley (En el aura del sauce, 2011; Subpoesía, 2013), Lugano 1 y 2 (Viajero Insomne, 2014), La escafandra (Mágicas Naranjas, 2015), Tokio (Caleta Olivia, 2016) y Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018). Compiló y prologó la antología de poesía y ciencia ficción Los fuegos de Orc (Mágicas Naranjas, 2016). Coordina el sitio malonmalon.com.ar. Colabora en el ciclo de lecturas El Rayo Verde, que organiza Osvaldo Bossi. Tradujo, junto con Natalia Leiderman, El pájaro rojo (Caleta Olivia, 2017), de Mary Oliver.

Foto de Elda Caridad.

 

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