Letras

Rojo California

Valentina Vidal

Santiago toca el timbre una sola vez, de manera firme y correcta. Observo desde la ventana como espera sin inquietarse. Voy hacia la puerta con las llaves en la mano y estoy a punto de abrirle cuando un profundo arrepentimiento me sorprende. Recuerdo entonces, que el pacto había sido sellado por una tormenta eléctrica y que sobre la mesa del comedor, ya estaba el Rojo California que había comprado para las puertas de la cocina. Abro, le extiendo la mano y percibo la aspereza de su palma. Lo miro a la cara sin conseguir verlo. Quiero decir: hay personas que se dejan ver y otras que no. Santiago es de las que no. Eso me descoloca un poco, pero la decisión había sido tomada y él ya había cruzado la puerta. No tiene aspecto de pintor. Creo que podría ser corredor de autos, o capitán de un barco.  Inspecciona mi casa, una casa sencilla, con un pequeño jardín, que da hacia la parte de atrás de una lujosa quinta vecina. Santiago huele las paredes y lo observa todo. Voy a empezar por el techo de la cocina, dice y apoya un pequeño bolso que deja a medio abrir sobre la mesa. Pregunta a dónde puede cambiarse y señalo en dirección al cuarto de baño. Me doy cuenta de que nunca habíamos hablado de pintar el techo de la cocina. Santiago sale del baño con su traje de pintor que es exactamente igual al que traía puesto, sólo que éste tiene manchas de pintura. Pide la escalera y le indico a dónde buscarla. La casa es pequeña le digo, como si con eso lograra aclarar aquello de las puertas y  no del techo.  Santiago destapa una lata de pintura y el olor me provoca un leve mareo. Me voy al otro cuarto para dejarlo trabajar, después de todo, el tiempo y la humedad habían descascarado una esquina del cielorraso. Apenas le doy la espalda, me dice que la pintura que compré no es la que me dijo por teléfono. Le contesto que es exactamente la que él me había mencionado y sonríe como si alguien le hubiera dicho algo al oído. No se preocupe que yo traje otra, dice y busca una lata dentro de la caja de cartón que había dejado cerca de la puerta. La lata decía Rojo California. ¿Seguro alcanza?, pregunto, pero no sé si lo hice en voz alta o solo lo pensé, porque Santiago no responde. Sigo sin poder verlo y eso me inquieta. Oigo como la lija comienza a sisear sobre  el techo, es un sonido monótono y pausado que al cabo de un rato se dobla en el tiempo, como si algún tramo de la pared tuviera más dificultad que el anterior. Saco una botella de agua  de la heladera y le pregunto a Santiago si quiere un poco. Más adelante, dice y pienso en cuánto más adelante será. El polvillo comienza a adueñarse de todo y me seca la garganta. El sol que entra por la ventana deja ver las partículas de polvo que flotan y se adhieren a cada objeto de la casa. Se acuesta sobre los estantes, los sillones, la tostadora y el termo del mate. Pienso que solo es visible en algunas superficies pero creo que también está sobre mí. El siseo de la lija es incesante y se forma una bruma grisácea  que poco a poco invade el resto de la casa. Abro el cajón del escritorio y encuentro polvillo adentro. Tomo un puñado, y es pesado y se escurre como si fuera líquido. La bruma aumenta y el siseo de la lija no se detiene. Ya no logro ver con claridad y al moverme, el polvo que cae desde mis hombros hacia los brazos y las piernas pica, como cuando el viento en la playa levanta la arena. Salgo hacia el jardín y veo que el polvillo también se acumula sobre las plantas y las reposeras. Trato de limpiar algunas hojas con las manos, pero al hacerlo, se erosionan y la savia que se mezcla con el polvo forma una película pegajosa. El barniz de las sillas se descascara rápidamente y le grito a Santiago que se detenga pero solo oigo el continuo deslizarse de la lija contra el techo. Las manos me arden y están ennegrecidas, como un trozo de madera calcinado. Veo también como el polvillo se instala sobre el desagüe y forma un líquido espeso de un aspecto similar al plomo que cae sobre la tierra. Me cuesta respirar y retrocedo hasta la ligustrina que limita con la quinta de al lado. Me empiezo a alejar y una vez que puedo observar la casa desde cierta distancia, veo que el polvo no se extiende hacia las otras propiedades y que forma una nube envolvente que está sólo sobre mi casa y el jardín. La mañana está algo fría para ser Enero, aunque placentera, y una corriente fresca comienza a abrirse paso en los pulmones, dejándolos claros y brillantes. No quisiera dejar la casa pero igual lo hago a pasos ligeros sobre la calle de tierra, que está húmeda a causa de las lluvias de la semana pasada. Avanzo en dirección a la laguna que hay debajo del puente y que une al pueblo con el barrio de casas quintas. De a poco recupero nitidez y respiro con normalidad. Ya los ojos no me arden y las palmas de las manos volvieron a tener su color normal. Llego hasta la orilla de la laguna y me siento sobre la tierra. Veo como una bolsa de plástico flota, junto a restos de comida y un cigarrillo hundido en el barro. Me quedo sentada un rato que no puedo cuantificar. Quisiera levantarme pero no puedo. O mejor dicho: No quiero. Solo creo que debería levantarme, porque Santiago y el polvo están en mi casa, pero la humedad del aire es dulce y lo olvido muy pronto. Una camioneta pasa por el puente que está al costado del camino y escucho como el hierro cruje contra las llantas. O al revés. El sonido de las ruedas se aminora a medida que se aleja y trae a cambio el ladrido de algunos perros. Nada me apura y no quisiera irme jamás. Me recuesto y apoyo la cara sobre la única parte que tiene un poco de pasto. El cielo y la laguna se inclinan ¿O estaban así desde antes? Escucho una voz que me nombra y que interrumpe mis pensamientos. Me pongo de pie.  La laguna y el barro se enderezan conmigo cuando lo hago. Es el vecino de la quinta que cree que me desvanecí. Me observa con la frente arrugada y noto que mi vestido tiene manchas de barro por todas partes. Supongo que también en la cara y en el pelo, porque al tocarlo me quedan las manos repletas de tierra pero logro distinguir si es el polvillo adherido o el barro de la orilla de la laguna. Nuevamente tengo sed. Empiezo a caminar de regreso a mi casa y recuerdo que dejé a Santiago solo. A medida que me alejo de la laguna, las preocupaciones vuelven como las moscas alrededor de un frasco de dulce. Los pasos se vuelven ligeros y la respiración agitada. ¿Por qué me había quedado tanto tiempo en la laguna?  Las imágenes empiezan a caer delante de mí como una estantería que se derrumba. Llego hasta entrada y la puerta está abierta sin indicios del polvo. Santiago está parado junto a la heladera con la botella de agua en la mano y bebe del pico, mientras veo como la nuez de su cuello sube y baja con los tragos de agua. El polvillo me da mucha sed, dice y  lo miro, mientras me recupero de la carrera y le digo que el agua está para tomarse.  Observo que la casa está tan limpia como antes de que Santiago llamara a la puerta. Me voy hacia el escritorio, abro el cajón y no hay ningún rastro del polvo gris. Santiago me dice que ya terminó de pintar el techo. Vuelvo unos pasos hacia atrás y le pregunto si faltará otra mano de pintura.  Me dice que no y que ya mismo arranca con el baño. Cuando estoy a punto de decirle que el baño no está en el presupuesto original, al igual que tampoco lo estaba el techo de la cocina, me dice que no me preocupe, que él se va a encargar de todo. Le digo que está bien y me siento a tratar de concentrarme un poco. Unos instantes después oigo como el pincel mojado se apoya contra la pared y comienza a arrastrarse hasta quedarse sin pintura. Desde dónde estoy, observo como Santiago lo carga en el tarro y limpia el exceso en el borde, dejándolo caer pesado y brillante, como el polvo con la savia. Otro mareo me desestabiliza, como si mis pies se hundieran en barro y  la sed vuelve, pero no creo poder llegar hasta la heladera. Ahora los muebles están tapados con telas para evitar que se manchen, telas que reconozco como mis sábanas y mi ropa de todos los días.  Me tapo los oídos y con ello consigo apagar el sonido del pincel contra la pared. Voy hasta el baño y Santiago está sobre la escalera. Trato de pedirle que se vaya de una vez, que deje todo tal como está,  pero antes de poder hablar me cae el Rojo California sobre la cara y la ropa. Santiago se baja y me dice algo, pero solo veo mover sus labios. Toma un trozo de tela, lo moja en agua ras y lo pasa sobre mi vestido que comienza a decolorarse a causa del removedor. Empujo su mano con suavidad y el contacto con la sequedad de sus dedos sube por mi espina dorsal como un relámpago. Corro hacia la cocina para enjuagarme el agua ras que lo destiñe todo en un rosa imperfecto. A medida que el agua me toca, recuerdo la laguna y la calma.  Quisiera verme pero ya no me veo como tampoco veía a Santiago. Grito su nombre y de pronto comienzo a escuchar su voz. Es una voz gastada, como si la pintura y el polvo estuvieran atragantados en su garganta. Ahora está frente a mí y me observa detenidamente. Luego se acerca y olfatea el vestido en las zonas manchadas. Retrocedo y le digo que una vez que termine el baño, siga con la puerta de entrada, con la galería que da al jardín y con el resto de la casa. Le dejo todo el dinero que encuentro en mi bolso y salgo en dirección a la laguna que hay debajo del puente que une al pueblo con el barrio de casas quintas y dónde está mi casa pequeña, a la que ya no voy a regresar jamás.


VALENTINA VIDAL es escritora y música. Nació en Buenos Aires en 1970. Como escritora, publicó su primer libro de cuentos titulado “Fondo Blanco” por Llanto de Mudo ediciones (2013). Participó en el tomo #11 de la antología de Pelos de Punta (2016), en “21 experimentos” antología de relatos ilustrados por Aleta Vidal por Llanto de Mudo ediciones (2014)  y en “Martes 7” antología de cuentos por Ediciones del Dock (2015). Varios de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas literarias, recibiendo una mención de honor en el concurso Floreal Gorini 2015 por “Rojo California” (Centro Cultural de la Cooperación) que salió publicado en la antología “El cuento, una pasión argentina 25 años”. Coordinó y realizó talleres de lectura y escritura. En la actualidad colabora como reseñadora en Solo Tempestad y se encuentra escribiendo lo que será su primera novela.  Como música, tocó el bajo en varias bandas y editó tres discos.

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Réquiem en Buenos Aires

Gabriel Payares

Hoy deambulé sin parar durante horas, con los ojos abiertos y sonámbulos, deteniéndome sólo cuando así lo dispuso el cansancio. El dolor de pies acusa la distancia recorrida: en cualquier sentido posible, me encuentro bastante lejos de casa, pero no me genera ningún tipo de angustia perderme. Ha sido así desde que bajé del avión: aunque a ratos no sepa adónde ir, ni por qué, y me pregunte si ando errante como alma en pena, en el fondo me da lo mismo, me digo que todo turista es un espectro, un aparecido, una visión proveniente de un mundo distinto y siempre lejano, porque es absurdo tener a Ítaca a la vuelta de la esquina. Sentado a la mesa, sorbiendo un temeroso café con leche, extraigo mi mapa del bolsillo. Tenías razón: es una ciudad enorme, mucho más grande de lo que alguna vez llegaste a describir, a pesar de que hablaste de ella horas y horas sin parar. Imagino que sus calles y avenidas, ese enorme sistema nervioso, te quedaron pequeñas en la boca, en esa boca grande, laberinto, con la que das tanto placer y escupes tanto veneno. Trato, sin embargo, de no pensarte y me sorprende lo fácil que me resulta: me digo entonces que ciertos esfuerzos ya son en vano, pues en mi día a día, allá en mi casa, son raras las veces en que te nombro. Ya no escucho tu eterno bamboleo de platos y cubiertos, tu tecleo infernal hasta las tres de la mañana, tu eterno olor a cigarrillo. He vaciado mi casa de ti. Por eso no deja de inquietarme el súbito empeño con el que vine a esta ciudad, siguiendo tus pasos, visitando lugares cuyo nombre supe por ti, tomando fotos que tomaste o que probablemente pensaste en tomar, comiendo en los restaurantes que visitaste y preguntándome qué habrías ordenado en el menú. A ratos, este viaje luce como un plan programático por revivirte, o por evocar tu fantasma en los lugares que alguna vez describiste y que yo imaginé a través de tus ojos ambiciosos, perla de los ahogados que algún día flotamos en tus aguas traicioneras. Me siento como un arqueólogo persiguiendo las ruinas de Troya en distantes arenales y desiertos, exclamando un eureka apresurado ante cada fragmento de vasija que se tropieza, y enfrentando día a día esta ciudad con el pánico infantil de encontrarte a la vuelta de una esquina, de tropezarme contigo hecha puente, letrero, campo de flores, iglesia colonial o amplia avenida desierta. Me consta que asumes formas, que te disfrazas en mi memoria revolviendo cajones antiguos y que en el fondo agradezco que así sea, porque tu búsqueda es de cualquier manera inútil: si tan sólo supieras que hace mucho dejé de extrañarte, que mucho tiempo ha pasado desde que eché tus fotos a la basura, que deseché esos regalos y detalles tan especiales, que borré tus firmas y pinté tus huellas en la pared, que me convencí de lo que todo el mundo me decía y que hoy en día me resulta estúpida, atronadoramente obvio: que estoy mejor desde que te fuiste, que estoy mejor sin tu dolor, que todo ese miedo que le tenía a tu recuerdo resultó ser mucho más leve que el peso insoportable de tu presencia. ¿Y entonces?, interrogo con la mirada al mesonero frente a mí, ¿qué hago yo aquí, persiguiéndote como a un recuerdo de infancia, como a una cometa enredada en el cableado de la ciudad? ¿Qué oscura razón me trajo al frío, a la comida grasienta, a la soledad? El mozo me contesta, en su acento extranjero, anotando en su libretita el último relato de un libro secreto e imposible: que te convertiste, y es bueno saberlo, en un canto de sirena, en una luciérnaga mental que me seduce hacia el precipicio, como una fragancia pasajera en la calle superpoblada, un leve sabor a castigo, a mordida sonriente en las manos que te acarician, a reproche insomne de medianoche y a llanto agotado al amanecer. Finalmente, has conseguido tu sueño de ser algo más que tú misma, de volverte abismo y estrella solitaria a la vez. No hay nada en la música, nada en el clima invernal, en la melodía del acento o en la sazón de la comida que realmente te traiga a la memoria; me doy cuenta de ello con el primer bocado de comida sobre la lengua, con el primer apretón que le doy con los molares: tu presencia es un reto a lo real, y eso es lo más curioso de todo. Te escondes a mi mirada como una diapositiva perdida en un carrusel de fotos recientes, pero tus formas las grabó el calor del bombillo –¿tatuaje o cicatriz, qué diferencia hay?– en un telón de fondo que ahora ya es mío. Te veo en donde no puedo verte, te evoco en donde no hay nada que realmente se te asemeje. Subyaces a la ciudad y a sus fascinaciones, porque al final del día no estás más aquí que en el aire que respiro, en mis cubiertos usados o en el agua que dejo correr por el desagüe. Si en algún momento pensé en ti como en algo más que una idea, una sensación proveniente de almanaques desechados, fue porque decidí perderme, porque creí a conciencia en el embrujo de mi propio abandono, uno que se repite hoy en las calles de esta ciudad, tu ciudad, no porque hayas nacido en el Sur, ni porque fuera ésta tu patria soñada, préstamo de culturas más fuertes, sino porque esta ciudad fue tu bastión, tu retaguardia, tu cuartel de invierno en la batalla paciente que he emprendido en tu contra, en este lento e implacable proceder hacia tu desaparición. Te borro, ya casi no quedan letras de tu nombre; he construido con ellas otros rostros en otras mesas y los he mirado marcharse también. Tu recuerdo es una débil silueta incrustada en la ventana, una que con cada línea escrita pierde un poco más su propio borde, a medida que las moscas sorben y sorben su tinta y la vomitan en mi propia libretita, último regalo tuyo que acepté, y que ya alcanza en tu ciudad sus últimas páginas. En ellas encuentro la respuesta al acertijo de este viaje, hallo finalmente la pieza faltante de un enigma que inició hace un par de años tu mirada, rasante y sin verme siquiera, pero verde como el agua del mar al mediodía: vine al Sur a decirte adiós, a despedirme de ti en el último de tus lugares, uno en el que ya no te encuentras; he viajado cinco mil kilómetros para dejarte una última flor en el cementerio equivocado. Vine a verte desaparecer, a superponer mi presencia a la tuya en estos rincones, a sentenciar al olvido el viaje que hiciste a mis costillas, pidiendo tiempo y distancia, huyendo de mí y de nuestro dolor, de la estupidez que era pretender compartir lo que ninguno quería. Vine, querida, a darte la última estocada y a sentenciarte al olvido. Por eso redacto estas últimas líneas, violentas y apresuradas, saliendo de un café en el que nunca estuviste, en una ciudad que ya no te pertenece, en un país que te he arrebatado, en un mundo en el que ya no cabes y ya no estás más, en el que ya no tendré miedo a encontrarte en la mañana, cuando abra los ojos y gire el rostro al otro lado, al tuyo, al otro lado de mi cama.

“Réquiem en Buenos Aires” fue leído en la Fiesta en Almagro, del 11/11/17, y forma parte del libro Hotel (Puntocero, 2012)


GABRIEL PAYARES. Escritor venezolano (Londres, 1982). Licenciado en letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y magíster en literatura latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (USB). Ganador del Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores Latinoamericana con su primer libro de relatos, Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila, 2009), así como de numerosos galardones nacionales de narrativa: la 5ª y 7ª ediciones del Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (primer lugar en 2011 y segundo lugar en 2013), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2011) y el primer lugar del Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, Unermb, 2014). También fue escogido como parte de los escritores menores de cuarenta años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura (2011; en el marco del convenio Cuba-Venezuela) y recibió con su relato “Las ballenas” una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de estos relatos se recogen en sus libros Hotel (Punto Cero, 2012) y Lo irreparable Tiempos de ciudad (Fundación para la Cultura Urbana, 2010), Nuevas rutas. Jóvenes escritores latinoamericanos (Coedición Latinoamericana, 2010), Antología sin fin. Novísimo cuento venezolano (Escuela Literaria del Sur, 2012) y De qué va el cuento. Antología de cuentos venezolanos 2001-2012 (Alfaguara, 2013). Desde 2014 cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en Buenos Aires.




Foto: Manuel Sarda

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La práctica del zen es difícil

Miguel Sardegna

Hoy se cumplen cinco años desde el día en que el japonés empezó a sacarme sus fotos, en una esquina del barrio de geishas más famoso de Kioto.
La mañana había comenzado igual de accidentada que todas las de aquel viaje. Tanto a Mariana como a mí nos costaba interpretar el mapa que nos había dado el encargado del “Sakura”, con sus abreviaturas orientales y su escala despareja de otro mundo. Pero finalmente habíamos logrado encontrar el legendario Gion Kobu. Casas con zócalos de bambú, el puente, los cerezos. Del lado del río, los árboles asomaban hacia afuera desde la ventana misma de la sala de estar, entre esterillas. Habían diseñado el barrio de geishas respetando la geografía preexistente.
Teníamos la esperanza de cruzarnos en la calle con auténticas geishas, sus caras blancas y sus peinados ampulosos. Llevábamos semanas ilusionados con tomar el té con ellas y sorprenderlas haciendo lo mismo que cualquier hijo de vecino. Nos reíamos inventándoles actividades cotidianas.
—¿Te las imaginás con la bolsa del súper, o sacando la basura?
Pero no, ahora que estábamos ahí, no había nada. Ni geishas, ni japonesas de civil, ni cosa parecida. Ni siquiera turistas occidentales. El entusiasmo se convertía de a poco en desazón. Incluso ya nos dolían los pies. En esas vacaciones descubrimos que el hastío siempre arrancaba por los pies.
Y lo peor: nos habíamos perdido, una vez más. Nuestro mapa concentraba el distrito de las geishas en cuatro manzanas irregulares, pero las casitas de madera —que para ese momento también imaginábamos vacías—  seguían apareciendo a un lado y a otro. Me arrepentí de haber dejado el chip de mi celular en Buenos Aires. Había preferido quedarme sin Internet ni gps y no arriesgarme a que me mataran con el roaming en el resumen de la tarjeta.
No sabíamos cómo regresar a nuestra incómoda habitación de dos por dos en el “Sakura”, pero no le dimos muchas vueltas y echamos mano de la mejor estrategia que conocíamos: abrimos el mapa, lo desplegamos bien grande, y pusimos cara compungida. Esa tontería ya había demostrado su eficacia. Cuando uno abre un mapa en Japón, los lugareños se sienten compelidos —sí, compelidos, por extraño que parezca— a acercarse y ofrecer ayuda. Esa persona perdida delante de ellos se les ha transformado en un problema que no podrán olvidar en todo el día; una pesadilla que los perseguirá implacable, si no la conjuran de inmediato.
Con el mapa desplegado, mágicamente apareció él, a escasos metros, en la esquina. Nuestro salvador era japonés, desde luego. Pero no se movía. Nos miraba fijo.
—Viene —le dije a Mariana—. Vas a ver que viene hasta acá, a ayudarnos.
Siempre con gestos teatrales, moví el mapa de un lado a otro; lo puse al revés, patas para arriba, lo cerré y volví a abrirlo. De reojo lo miraba a él, esperando que se decidiera.
De pronto sacó su cámara de fotos como quien desenfunda un revólver. Con un movimiento brusco nos apuntó y nos tomó una foto. Recién entonces sonrió. Sonreímos también nosotros, aunque incómodos. Era evidente que no le interesaba ayudarnos: habíamos dado con el único japonés sin cargo de conciencia en todo el Imperio.
Nos tomó otra foto y otra y otra más. Su cámara —una Nikon monstruosa, con uno de esos lentes que lo hacen a uno avergonzarse de la cámara propia— le colgaba del cuello, con la correa extendida. Ni siquiera se la subía a la cara. La disparaba a toda velocidad, como si no quisiera desperdiciar la oportunidad única de eternizar a una exótica pareja de latinoamericanos. El japonés se limitaba a apretar el botoncito de sacar fotos, aparentemente sin prestarle atención al encuadre, a la luz, al movimiento: todas esas minucias que nos atormentaban a Mariana y a mí, y que ya nos habían provocado más de una discusión.
Lo sobrepasamos, lo dejamos atrás, no tenía sentido seguir con el jueguito del mapa. No me atreví a mirar por encima del hombro, pero sabía que nos seguía fotografiando.

Todavía hablábamos del japonés de las fotos, cuando descubrimos cómo volver. Discutíamos por no habernos detenido, por no haberle ofrecido un buen encuadre para su foto “pintoresca”, por no preguntarle dónde prefería que nos ubicáramos.
En definitiva, a nosotros también nos había sucedido lo mismo. ¿Por qué no se había mostrado cortés el día anterior el japonés que recitaba sutras en el Pabellón de Oro? Nunca había dejado de mirar al altar, nos había dado la espalda todo el tiempo, despreciándonos. O las japonesitas que caminaban por las calles de Nikko, envueltas en sus bellos kimonos multicolores. Hubiera sido lindo que nos dejaran fotografiarlas sin apuros, sin el estigma que lleva toda foto robada, sin la torpeza del que sabe que no puede perder tiempo porque pronto vendrá algún desvergonzado a cruzarse y ya no habrá foto posible.
Nunca se me ocurrió que esa misma tarde volvería a ver al japonés de las fotos. Fue en el templo Sanjusangendo, en el Pabellón de los Mil Budas. Lo reconocimos entre la multitud, con su cámara. Me indigné: estaba prohibido sacar fotos ahí. Quise gritarle: “Señor, ¿no ve los cartelitos? Nada de fotos acá. Vaya y cómprese una postal”. Pero nunca me entendería, y mi japonés es muy rudimentario: apenas sé los números, los cuantificadores, alguna frase inútil del estilo de “El señor Santos es empleado de una compañía” o “Esto es una revista de deportes”. ¿De qué me podían servir esas palabras cuando lo que quería decirle es que dejara de sacar fotos? Opté por poner mi mejor cara de reproche, frunciendo el ceño de manera exagerada, como los personajes de los dibujitos japoneses. No me debe haber entendido: siguió disparándonos fotos. Y, para colmo, con la anuencia de los cuidadores del templo, a quienes parecía no importarles esa infracción tan flagrante a su estricto código de “protección cultural”.
Mariana empezó a molestarse:
—Hacé algo —me dijo—, nos sigue sacando fotos. Encima tengo la misma ropa que ayer.

Y lo vimos una vez más en Osaka. Y en Kamakura. Y también en Tokio. Desde entonces, el japonés continúa sacándonos fotos. Sacándome fotos, en realidad: es a mí a quién siguió a Buenos Aires, no a Mariana. No quería confesar esto, pero ella me dejó a los pocos días de volver a la rutina de siempre, con su hastío laboral y los almuerzos rápidos en el microcentro. Surgió como un juego, casi como un experimento: “Separémonos”, me dijo una vez, cansada del japonés que nos sacaba fotos desde una mesa cercana, en el bodegón de la esquina de casa. El tuco de los sorrentinos le enchastraba la boca, y los clics de la cámara se oían como truenos. “A ver cómo se las arregla si no estamos juntos. No puede seguirnos a los dos, ¿no?”.
Accedí, su lógica era irreprochable. Y nos separamos. Se mudó a lo de su madre y nunca más volvió. Descubrimos que solo yo le importo al japonés; que ella es libre, tan libre como antes del fatídico viaje. Siempre supe que teníamos razones para no viajar a Japón.
Muchas veces me he preguntado por qué el fotógrafo se las agarró conmigo, un porteño sin nada especial. Que yo sepa, jamás hizo otra cosa en estos cinco años que sacarme fotos. Cada mañana me acompaña al trabajo, me mira desde el visor de la cámara. Y dispara. Y dispara. Mientras, desde mi escritorio, yo me esmero sacando expedientes administrativos. Incluso me acompaña a casa, caminando apenas unos pasos delante de mí, y siempre disparando.
Pienso a menudo en esa costumbre que tanto se ha extendido, este último tiempo, de colocar cámaras en cualquier negocio. Incluso en los quioscos más pequeños tropiezo con carteles de “Sonría, los estamos filmando”. Vigilancia constante con el pretexto de nuestra propia seguridad.
Pero lo de este japonés es todavía peor. A veces imagino sus fotos como constantes paraguazos en la cabeza. Leves golpes indoloros, pero infinitamente molestos.
Cada vez salgo menos. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Vivo con las persianas bajas. Varias veces reconocí el flash de su cámara colándose entre las hendijas.
Alguna vez pensé en encajarle un trompazo al japonés. ¿Pero qué conseguiría? La policía se la agarraría conmigo. Todos tomarían partido por el japonés: es tan calladito que cae simpático.
En los primeros tiempos, en la oficina se reían de mí, con sus dentaduras iluminadas por los disparos del japonés. Al menos ya no le dan importancia, se acostumbraron. Los de seguridad hasta le convidan mate. Claro que él nunca acepta; lo rechaza sin una palabra, apenas moviendo la mano como esos gatitos de la suerte. ¿Cómo se llaman esas cosas? ¿Maneki neko? El caso es que el japonés sigue sacándome fotos mientras simula escuchar las anécdotas triviales de los uniformados. Ellos me aseguran que es bueno escuchando, que siempre les presta atención.
Mi jefe no es tan tolerante. Me amonestó un par de veces. Me explicó que no debo llevar asuntos personales al trabajo, que debo ser solidario con mis compañeros. Intenté decirle que yo no tengo la culpa, que el japonés me sigue a todos lados con su bendita cámara. No hubo caso. Los jefes nunca entienden nada.
También me advirtieron mis compañeros que cada día voy más desaliñado.
—Aprendé del guía —dijo el gordo Fernández, señalando con el pulgar al inmaculado japonés—. Ni una arruguita.
Es cierto: en tanto mi perseguidor resplandece de pulcritud, mi traje se ha vuelto un verdadero despojo, muy lejos de esos sacos planchados al vapor, o de las camisas con aroma a lavanda. Ellos creen que ya no me preocupa mi imagen, que no me interesa el qué dirán. Ignoran la verdad: cierta vez que llevaba mis trajes a la tintorería, reconocí una sonrisa cómplice entre mi japonés y el tintorero; también japonés, de más está aclararlo. Algo tramaban con mis cosas. Soy más vivo que ellos: nunca volví. También pesco sonrisas raras entre mis compañeros de oficina y el japonés. Traman algo. Todos traman algo. Lo sé. Debo mantenerme alerta.
Extraño a Mariana. Mi Mariana. Mi Maru. Mi maruchancita. Sin ella me siento solo. ¡Qué rico café preparaba por la mañana! ¿Con quién tomará café ahora? ¿Será expreso, como el de casa? ¿O preferirá el té verde? Pobre, no lo soportó.
Por lo menos lo tengo al japonés cuando necesito hablar. Aunque odio esas fotos en la que salgo con la boca abierta, en mitad de una palabra.
Mariana no sabe que uno a la familia no la elige. Hay quienes tienen tíos borrachos, primas solteronas y malhumoradas. Yo tengo a un japonés en la familia. Y un hombre de bien debe aceptar la familia que le ha tocado en suerte, llevarse lo mejor posible, con sus defectos y virtudes.


MIGUEL SARDEGNA nació en 1978 en Buenos Aires. Es abogado, docente universitario y jugador de ajedrez. Publicó el libro de cuentos Horario de oficina, en la colección Exposición de la actual narrativa rioplatense y Hojas que caen sobre otras hojas, en la editorial Conejos. Ese libro obtuvo el Primer Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires en la categoría libro de cuentos inédito, bienio 2010-2011. Sufrió los cambios naturales que le imprime el paso del tiempo antes de ser publicado por Conejos en 2017. Su novela Los años tristes de Kawabata obtuvo la Primera Mención en el Premio Clarín de Novela 2016.

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La habitación alemana. Capítulo I

Carla Maliandi

Alguna vez aprendí el nombre de todas las constelaciones. Me las enseñó mi padre advirtiéndome que este cielo alemán le resultaba totalmente ajeno. Yo tenía una obsesión con el cielo, las estrellas y los aviones. Sabía que un avión nos había traído a Heidelberg y que un avión nos llevaría de vuelta adonde pertenecíamos. Para mí los aviones tenían cara y personalidad. Y rogaba que el que nos llevara de vuelta a Buenos Aires no fuera uno de esos que podían caerse en el medio del océano matándonos a todos. La noche anterior al viaje, al gran viaje de vuelta a la Argentina, nuestra casa de la Keplerstrasse se llenó de filósofos. Cenamos en el jardín porque fue una noche inusualmente despejada y cálida. Entre los filósofos había algunos latinoamericanos, un chileno que tocaba la guitarra, un mexicano serio de previsibles bigotes, y Mario, un joven estudiante argentino que paraba en nuestra casa. Los latinoamericanos se esforzaban en hablar alemán y los alemanes respondían amablemente en español. Mi padre discutía a los gritos con un filósofo de Frankfurt muy alto y totalmente pelado. En algún momento notaron que yo los miraba asustada y me aclararon que no peleaban, que estaban discutiendo acerca de Nicolai Hartmann. Un poco más grande intenté leer a Hartmann para entender qué cosa los podía llevar a discutir con semejante apasionamiento, pero no encontré nada.

Ahora debería dormir pero no puedo, todavía tengo encima los nervios del viaje. Veo por la ventana de mi nueva habitación un pedazo del cielo de Heidelberg. Aquella noche miré este mismo cielo un rato largo tratando de aprendérmelo, como si me despidiera de algo que debía retener en la memoria. Recuerdo que el filósofo chileno que tocaba la guitarra comenzó a cantar con voz desgarrada Gracias a la vida de Violeta Parra; y que alrededor de él un grupo de alemanes entusiasmados, solidarios y ebrios, coreaban la letra con una entonación ridícula.

¿Cuántas noches del último mes pasé sin dormir de corrido? Ayer en Buenos Aires tenía miedo de no oír el taxi y me despertaba a cada rato. Cuando llegué a Ezeiza tuve que tomarme un café bien cargado para terminar de despertarme y enfrentar los pequeños trámites de aeropuerto. En el avión volví a sentir ese vértigo del vuelo, pero no era un temor a la caída sino el miedo de llegar a destino sana y salva, y no saber qué hacer ni para qué. Terminar la vida en ese avión hubiese sido menos problemático que llegar a Alemania así, sin haber avisado a nadie en Buenos Aires. Morir en el vuelo tal vez hubiera sido menos aterrador que llegar traída por un impulso, sin dinero suficiente, en un intento desesperado por encontrar tranquilidad. Y una felicidad pasada, perdida y enterrada para siempre con la muerte de mi padre. Las cosas no se hacen así, pero así lo hice y acá estoy. Mañana buscaré un teléfono para llamar a Buenos Aires, y explicaré todo como pueda.

Creo que en este lugar, en esta cama, voy a poder dormir bien. La habitación es más linda de lo que vi en internet, y lo que me mostró recién la administradora: el comedor, la cocina y toda la parte de abajo de la residencia, también me gustó. Seguramente sea un buen lugar para los estudiantes. Pero yo no voy a estudiar nada. Yo voy a tratar de dormir, voy a tratar de ponerme bien, y voy a buscar en la Markplatz un banco donde pueda sentarme a pensar tranquila y a comer bretzel.


CARLA MALIANDI. Hija de padres argentinos, nació en Venezuela en el año 1976, durante la última dictadura militar argentina. Es dramaturga, guionista, directora de teatro y docente. Estrenó en Buenos Aires cinco obras teatrales de su autoría. Conforma el colectivo autoral Rioplatensas y co-dirige la publicación y el programa televisivo que lleva el mismo nombre. Junto a este grupo también es autora de la intervención literaria El Gliptodonte. Realizó su formación de grado y posgrado en la UNA (Universidad Nacional de las Artes) y actualmente cursa el Doctorado en Filosofía en la UNLa (Universidad Nacional de Lanús).
La habitación alemana es su primera novela.


Foto: Página 12

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Un libro para Gastón

Mariano Quirós

La última vez que vi a mi amigo Gastón fue muy rara, entre otras cosas porque no era él. No era Gastón. De más está decir que fue una situación engorrosa: vi a mi amigo de la infancia sentado en el banco de una plaza y, sin dudar, me acerqué a saludarlo.

–¡¿Qué hacés acá...?! –pregunté, con esa mezcla de histeria y euforia con que celebramos los encuentros inesperados.

Pero, como dije, este tipo no era Gastón, cosa que se me hizo evidente incluso antes de lanzar aquel saludo. Y digo que se me hizo evidente porque era imposible que la persona a quien yo saludaba fuese Gastón, porque mi amigo había muerto hacía unos pocos días en un accidente de tránsito. Hacía dos días, para ser más precisos.

En un principio atribuí la confusión a mis problemas en la vista –de chiquito me diagnosticaron miopía y más tarde me sumaron astigmatismo, con lo cual confundir a la gente se me había vuelto una cuestión casi cotidiana–, pero un rato después, y probablemente empujado por la sugestión, adjudiqué mi error a un asunto más metafísico, como si mi amigo intentara enviarme un mensaje desde el más allá a partir de mis problemas oftalmológicos. Pero qué mensaje...

Como sea, al tipo con quien confundí a Gastón no le resultó graciosa mi torpeza ni pareció que le bastaran mis pedidos de disculpa. Y no era para menos, sobre todo porque en mi entusiasmo por saludar a mi querido amigo muerto me dejé llevar y solté un pequeño pero sonoro chirlo contra su hombro. Contra el hombro de este tipo, digo, que no era el hombro de Gastón.

–Qué te pasa... –preguntó el falso Gastón en un tono neutro, tirando a secote. Respondí que mil perdones, que me había confundido, y la verdad es que me había equivocado como nunca, porque el tipo este muy poco tenía que ver con mi amigo, físicamente quiero decir, porque Gastón era más bien bajito y morrudo, mientras que este perfecto desconocido era alto y, a diferencia de mi amigo –un chico siempre alegre y vivaz–, parecía más bien macilento y desganado.

Apuré el paso y seguí mi camino, con la idea de salirme rápido de aquel engorro y olvidarme pronto del falso Gastón, cuya mirada, y con ella el fastidio, yo sentía posados sobre mi espalda. Me prometí, como hago siempre, una urgente visita al oculista.

Pero antes tenía que visitar a la mamá de Gastón en el sanatorio. La pobre mujer, por supuesto, estaba deshecha. Además de su hijo, en el accidente también había muerto su marido. Ella había sobrevivido de milagro. O no tanto de milagro, sino más bien por una cuestión lógica: a diferencia de su marido y de su hijo, ella se había puesto cinturón de seguridad, de manera que al momento de producirse el choque mi amigo y su padre salieron despedidos del auto, mientras que ella, que si bien sufrió heridas de consideración –un brazo fracturado y unas cuantas costillas rotas–, quedó dentro, un poco apretada por la chatarra pero con vida.

–¡Por qué Dios me abandonó..! –así, con esa súplica, me recibió esta mujer, a quien yo había visto durante mucho tiempo como una especie de tía postiza. Esas mujeres que siempre están a gusto recibiendo en su casa a los amigos de su hijo.

Como no hay modo de responder a expresiones como aquella, no dije nada y me limité a darle un abrazo. Fue también un abrazo ligero, un abrazo en la medida de lo posible, porque la postración en que se encontraba no permitía estrecharla tanto como uno hubiese querido. Porque aunque es verdad que semejante dolor no se contiene con un mero abrazo, en esas circunstancias es lo más que podemos ofrecer.

En la habitación del sanatorio estaban también las dos hermanas de mi amigo y el marido de una de ellas. Repartí abrazos entre ellos, entre los que mezclé palabras de consuelo apenas murmuradas, con lo que no creo que hayan alcanzado a descifrarlas. Pero estaba claro que se trataba de un pésame. O por lo menos eso espero, porque cualquier otra cosa, cualquier otra frase que no manifestara condolencia, hubiese sonado fuera de lugar.

Abracé con más entusiasmo a la menor de las hermanas. Además de ser la más simpática, era también la soltera, de modo que no me inhibía la presencia del marido al momento de poner de manifiesto mi cariño. Aunque, bien pensado, no creo que el marido se enojara si se me ocurría ser más amable con su mujer.

Digo, la situación no daba para ese tipo de enojos. En todo caso, el problema era más bien mío. En definitiva que eso, abrazar mucho o poco a la hermana mayor de mi amigo muerto, no era lo importante. Lo importante, creo, era acompañar un poco a esas personas desgraciadas.

Ahora bien, ¿era deseada mi presencia? ¿No hubiesen preferido la madre de Gastón, sus hermanas y su cuñado un poco de tranquilidad? Porque seguramente no había sido yo la primera visita. Quizás estaban ya hartos de la gente, de las muestras de condolencia, de las palabras que sirven para muy poco..., qué situación horrible y tan incómoda.

Supongo que fue eso, la incomodidad, lo que me empujó a contarles del equívoco en que me había visto envuelto hacía escasos minutos, al saludar al falso Gastón. Incluso agregué al comentario una cierta efusividad, dije que de alguna manera aquella había sido la última vez que vi a Gastón. Y agregué que no, que no era Gastón. Tan graciosa me pareció mi propia historia que repetí varias veces: “La última vez que lo vi, no lo vi”.

Desde la cama, desde su convalecencia, la mamá de mi amigo me tendió el brazo que podía mover, una seña para que me acercara. Lo entendí como un gesto piadoso de su parte. Me salvaba, la mamá de Gastón, del abismo hacia el cual yo solito, sin ayuda de nadie, me había lanzado con esa historia tan traída de los pelos, aunque tan cierta sin embargo.

Cuando me tuvo a su lado, tomó mi mano izquierda con delicadeza. Me agradeció, en un hilo de voz, la molestia que me tomaba al visitarlas, a ella y a sus hijas, en un momento tan feo.

–Siempre fuiste el amigo intelectual de Gastón –dijo finalmente. No supe qué responder, en parte porque lo suyo no había sido una pregunta, pero más que nada porque el comentario, su comentario, no venía muy a cuento. Era, si se me permite, un dato de lo más superfluo. O un simple desvarío.

Pero, para mi desdicha, la mujer agregó:

–Estaré atenta a tu próximo libro.

Por supuesto, para nada me molesta que la gente se interese en las cosas que escribo. Qué más puede pedir uno. Pero, sin quererlo, me había metido en un problema: mi último libro, que se publicaría en cosa de unos días y sobre el cual ya había trabajado en las pruebas de galera, incluía un relato cuyos protagonistas eran, increíblemente, Gastón y su padre. Sí, a mi amigo muerto y a su padre, también muerto, los había convertido yo en personajes literarios. Y no precisamente personajes que salieran del todo favorecidos.

No es algo que me preocupe demasiado, entiendo que todos los escritores llevan hacia sus textos a personas de carne y hueso. Las llevan hasta allí y después hacen con ellas lo que quieren, lo que les venga en gana, siempre de acuerdo con sus necesidades, las necesidades del escritor, claro está.

Por otra parte, al momento de escribir yo el relato aquel donde Gastón y su padre no quedaban, que digamos, muy bien parados, no tenía modo de saber que mi amigo y su padre acabarían muertos en un accidente de tránsito. Ahora, llegado el caso, era como que yo simple y cruelmente me situaba contra personas que ya no podían pronunciarse.

Pero más aún: el problema estaba en el hecho de que la madre de Gastón efectivamente se interesaría en mi libro como no se había interesado nunca por ningún otro de mis libros. Antes, antes de la muerte de mi amigo, que yo escribiera cuentos y novelas era para ella como un dato pintoresco. Su hijo tenía un amigo escritor, una pequeña excentricidad, algo que contar en las reuniones con amigas. Cuentos y novelas que, por lo demás, ella no se gastaría en leer, le alcanzaba con estar al tanto de mi estrafalaria afición.

Pero ahora, con el hijo muerto, cualquier cosa del mundo de los vivos que le permitiera sentir la –cómo llamarla– presencia de su hijo, la empujaría con ansias en la búsqueda de eso.

Y ya que estaba con ánimo de sumarme preocupaciones, había una peor: en mi relato yo había sido injusto con mi amigo y con su padre. Y no, no es que quisiera congraciarme con ellos ahora que estaban muertos, no era por mero remordimiento. Me sentía ni más ni menos que como un vil traidor.

La madre de mi amigo –una vez hubo pronunciado aquella promesa tan desafortunada, la de estar atenta a mi próximo libro–, aun desde su horrible realidad, fue capaz de percibir mi consternación, porque en un pispás pasó de consolada a consolarme.

–Debemos ser fuertes –repetía la pobrecita, ajena por completo a mi penoso dilema (aunque bien pensado, ¿dónde estaba el dilema?).

Quedé un par de segundos en silencio, aferrado a la mano de la madre de Gastón, sin ánimo de pronunciar ya frase alguna, sin esforzarme en dejar a un lado las incomodidades y molestias del duelo.

Fue la hermana menor quien tomó la posta y, agarrándome de un brazo, me llevó fuera de la habitación. Gracias a Dios me libró del saludo final a la otra hermana y al cuñado, que habían quedado con caras largas, compungidos en un rincón.

La vida de esa familia había cambiado bruscamente, de un modo salvaje.

Ya fuera, en el pasillo del sanatorio, la hermana menor me tendió una libretita y una birome. Que escribiera el título de mi libro, pidió, así lo encargaba y, de paso, lo recomendaba entre la gente amiga. Cotejé la opción de escribir un título apócrifo, inventar algo sobre la marcha. Pensé también en anotar el título de alguno de mis libros anteriores. Pero la posibilidad de ser recomendado me empujó a escribir en la libretita no sólo el título de mi inminente nuevo libro, sino también el nombre de la editorial que lo publicaba y de las librerías donde seguro lo conseguirían.

A modo de despedida la hermana de Gastón me abrazó y me dio un tierno beso en la boca. Me pidió también que no las olvidara, que la presencia del amigo intelectual era siempre bienvenida. Y volvió a besarme.


MARIANO QUIRÓS. Resistencia- Chaco, 1979. Ganador del XIII Premio Tusquets Editores de Novela 2017 por la novela Una casa junto al Tragadero. Es autor de las novelas Robles (Premio Bienal Federal), Torrente (Premio Iberoamericano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio Laura Palmer no ha muerto), No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache). Su cuento Cazador de tapires recibió el premio Gabriel Aresti, convocado por el Ayuntamiento de Bilbao. Junto a los escritores Pablo Black y Germán Parmetler publicó el volumen de cuentos Cuatro perras noches, con ilustraciones de Luciano Acosta. Actualmente dirige junto a Pablo Black la colección literaria Mulita.



Foto: TELAM

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Una oficina de correos, medio siglo atrás

Pablo Di Marco

Acompáñeme, querido lector, quiero mostrarle algo. Por acá, sí. Corra el velo que tiene delante, así, muy bien. Pase, aquí lo tiene. ¿Quiere saber de qué trata todo esto? Sea paciente, permítame contarle. Como usted notará, estamos en una oficina de correos atiborrada de gente, como toda oficina de correos que se precie. ¿De qué país? De México. ¿Qué me dice, querido lector? ¿Que no estamos en la actualidad? Está usted en lo cierto, nos encontramos en el año 1967, principios de 1967, para ser más exactos. Como usted bien notará, los hombres visten de traje y corbata, y no hay teléfonos celulares ni acondicionadores de aire. Las aspas de los ventiladores de techo apenas logran desparramar alguna que otra brisa tibia. Sígame, lector, venga conmigo que quiero mostrarle a alguien en particular. No se preocupe, ellos no pueden vernos, somos casi invisibles. Acá estamos mejor ubicados. Centre su atención en el hombre de saco marrón de la tercera fila de asientos. No, ese no, me refiero al de bigotes, el que sostiene un paquete sobre los muslos. Sí, ese mismo. Ese hombre es escritor. Escritor y periodista. Tiene cuarenta años y… ¿Cómo? ¿Qué por qué le hago perder el tiempo espiando a un pobre infeliz? Por favor, lector, acompáñeme unos minutos más, apenas eso. Se lo ruego. Ya sé que no pareciera muy significativo visitar una oficina de correos de medio siglo atrás, pero le aseguro que lo que le mostraré será de veras interesante. Como le venía diciendo, nuestro hombre está a pocos segundos de ser llamado por el empleado del puesto 2.
     —¡El que sigue!  

Se lo dije. El que sigue es él. Mire cómo se levanta de su asiento y se acerca al mostrador. ¿Qué quién es la mujer que lo acompaña? Ah, disculpe, olvidé decírselo. Es su esposa. Se llama Mercedes y le aseguro que, de no ser por ella, la vida del “pobre infeliz” no valdría nada. Venga, hagamos silencio y escuchemos.
     —¿Qué quiere? —dice el empleado mientras el cliente apoya el paquete sobre el mostrador.
     —Buenos días, quisiera hacer un envío con destino a Buenos Aires.
El empleado abre el paquete que contiene varios centenares de hojas escritas a máquina.
     —¿Qué es esto?
     —Una novela.
El empleado endereza por primera vez el cuello y le echa una rápida mirada al cliente. Después lee la primera página:

Cien años de soledad
Gabriel García Márquez

¿Qué le ocurre, querido lector? Le ha cambiado la cara de un segundo al otro. Sshh… haga silencio, sigamos escuchando:
     —Le habrá llevado un tiempito escribir semejante mamotreto —dice el empleado, y recoge las hojas y se retira al fondo de la oficina.

El pobre infeliz, parado ante el mostrador, le asiente en silencio a la nada. Sí, “pobre infeliz”, querido lector. Es así como usted lo ha llamado y yo no soy nadie como para contradecirlo. Mientras tanto, su esposa no desprende su mirada de las páginas de la novela, que ahora hacen equilibrio sobre una vieja balanza. Ella sabe muy bien que ese “mamotreto” es lo único que los puede librar de las deudas y la incertidumbre de los últimos años. Claro que lo sabe, lo sabe muy bien, porque lo vio en las cartas. Y las cartas a ella nunca le han mentido. No importa el rechazo de la editorial de Barcelona, la novela debe llegar sí o sí a ese editor de Buenos Aires. Y una vez que eso suceda Cien años de soledad será colosal, y su marido se volverá, de un día al otro, en el mayor escritor del continente. Aunque nadie lo crea.
     —Son ochenta y tres pesos —dice el empleado, de regreso.

El infeliz revisa sus bolsillos. Cuenta treinta, cuarenta, cincuenta… No tiene más que eso. La esposa revisa su cartera y suma algunas monedas. Entre los dos juntan cincuenta y tres pesos. El capital entero de la pareja son esos cincuenta y tres pesos.
     —Ochenta y tres —repite con firmeza el empleado, como si la empresa de correos fuese su propiedad. 
     —¿No hay un servicio más económico?
El empleado niega y le devuelve el mamotreto con displicencia.
El infeliz se seca con la mano el cuello transpirado, la vergüenza le impide mirar a su esposa a la cara.
     —Si no tiene para pagar el despacho háganse a un lado, que hay una larga fila de gente detrás de ustedes.

El infeliz levanta el paquete con ambas manos, la novela le pesa toneladas. Será otra vez, o será en otra vida. O quién sabe, tal vez alguien le preste los miserables treinta pesos que le hacen falta. Aunque… a él ya nadie le fiará una sola moneda. Es un hombre quebrado. Es posible que sus amigos tengan razón. Lo más conveniente sería abandonar la escritura y conseguirse un trabajo estable que le proporcione un sueldo fijo.
     —Háganse a un lado. ¡Que pase el que sigue!
     El infeliz comienza a retirarse cuando su esposa Mercedes lo detiene y le dice al empleado:
     —La mitad.
     —¿Dijo algo, señora? —pregunta el empleado.
     —Dije que despacharemos la mitad —responde la mujer con firmeza mientras separa la novela en dos partes—. Tenga. ¿Ahora nos alcanzan los cincuenta y tres pesos?

Sí, querido lector. Los cincuenta y tres pesos fueron suficientes para enviar aquella mitad. Días después el editor de Buenos Aires pagó el envío de la otra parte, y la novela se publicó pocos meses después, en junio de 1967. En pocos días agotó una tirada de ocho mil ejemplares, y en pocas semanas agotó una segunda tirada de diez mil. Y, tal como las cartas se lo habían anticipado a Mercedes, Cien años de soledad fue colosal y Gabriel García Márquez… no es necesario que lo cuente, esa es una historia que ya todos conocemos. Ahora hagámonos a un lado que ya hemos visto suficiente. Retrocedamos en silencio y volvamos a correr el velo, que la historia no debe ser manoseada.

¿Una cerveza? Por supuesto, querido lector. Acepto, claro que acepto. Y no solo una, también aceptaré dos. Pero no brindaremos por el tal García Márquez —que ya ha recibido demasiados homenajes— sino por la historia. No por la historia que nos ofrecen los titulares de los diarios sino por la otra, la que se desliza de cuando en cuando ante nuestros propios ojos y no siempre vemos. Esa pequeña historia que carga consigo cada pobre infeliz que toma un café en soledad, llora en silencio en el último asiento de un colectivo, o despacha con las monedas justas un paquete por correo. Y también brindaremos por Mercedes. Por supuesto que también brindaremos por Mercedes. Usted y yo sabemos bien por qué.


Que este pequeño relato sea mi homenaje no solo a los cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, sino también a cada escritor que le dedica años de su vida a la escritura de un libro que tal vez nadie leerá. Y, por supuesto, a las “Mercedes” que acompañan y sufren junto a cada uno de esos escritores. 




 


* Pablo Hernán Di Marco. Es autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo (ganadora de la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”, Colombia) y Espiral (finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España). Vive en Buenos Aires.

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Shunga. Capítulo I

Martín Sancia Kawamichi

La muerte de Oriko

    La habitación parecía iluminada por una hoja seca.
    Era septiembre.  
     —Adiós —dijo Kotaro, y su voz le sonó a insectos atrapados, frotándose entre sí. Quiso repetir la frase pero se detuvo. Bajó el párpado derecho de Oriko, que cedió con facilidad, y dejó el izquierdo abierto, como si aún la pupila no terminara de morir y, a diferencia de lo sucedido con el otro ojo, fuera necesario esperar. Se quedó varios minutos mirando el iris. Luego se puso de pie. No supo qué hacer en esa posición, de modo que volvió a arrodillarse. Bajó el párpado que faltaba. Miró objetos duros: los labios de una muñeca de cerámica, un cuenco ensangrentado, una tetera, un cofre. Dijo, y ahora sintió que los insectos habían abandonado su voz:
    —Ella fue siempre lo más importante para mí.
    Se rascó uno de los brazos, aunque no le picaba. Se rascó las rodillas. Tosió. Ocho veces seguidas. Se puso nuevamente de pie, salió de la casa, volvió a entrar. Miró otros objetos duros: una miniatura china, los bordes de una vasija, un daruma de madera.
    Y luego le pidió a Taru, su criado de confianza, que fuera a buscar a las hijas de Kichiro Izumi.
    —¿La actrices?
    —Sí, ellas. Desde que dejé de ser un niño, llorar se me hace imposible. No encuentro el camino para hacerlo. —Acarició la mejilla derecha de Oriko.  —Pero mi casa, que también seguirá siendo de mi esposa, la llorará cada instante que me quede de vida. Las hermanas Izumi van a entender mi pedido. 
    Taru tenía curiosidad por saber de qué pedido se trataba, pero jamás hacía preguntas.
    Kotaro agregó:
    —Quiero que trabajen para mí. Que lloren por toda la casa la muerte de Oriko como ella merece ser llorada, de mañana, de tarde y de noche. Cada día, sin descanso, mientras yo viva.
    Los ojos de Taru no pudieron disimular que aquello que estaba escuchando le resultaba desmedido. Kotaro continuó
    —Voy a pagarles por su llanto. ¿No son actrices, acaso? Que se turnen. Que se repartan el trabajo como ellas quieran. Pero que en mi casa no se deslice un solo segundo sin que alguien esté llorando por Oriko en alguna parte, en el rincón que sea.     


    Durante el camino Taru pensaba en cómo sería la casa de ahora en más, sin Oriko. ¿Cómo sería vivir acompañado por el llanto de tres extrañas?
    La casa en la que el viejo Kichiro residía  junto a sus hijas era una construcción modesta cercada por charcos de agua. A Taru le llevó cerca de una hora de caminata dar con ella. Golpeó la puerta dos veces con un llamador estrafalario que le costó descifrar, y esperó.  
    El viejo tardó en acudir.
    —No están—dijo Kichiro, después de escuchar a Taru. —Las tres tuvieron que irse con el gigante Kazuma.
    Taru pensó que el hombre divagaba.
    —¿Gigante?
    Kichiro advirtió la sospecha:
    —Le dicen así, no son locuras de viejo. Es muy alto y fuerte como un buey. Se dedica a la usura. Hace un año, cuando enfermó mi esposa, tuve que pedirle dinero prestado, y como no pude devolvérselo se llevó a mis tres hijas para que trabajen en su casa.
    El viejo tosió. Tenía sangre en la nariz y el pecho delataba un gran esfuerzo para respirar.
    —Ahora estoy solo. Mi esposa murió hace seis meses y ellas se fueron hace dos.
    Taru le preguntó dónde vivía Kazuma.
    —Siguiendo por este sendero. Es la única casa de este lado del arroyo.
    —Gracias.
    —Tenga mucho cuidado: es un hombre peligroso.
    —Sí—dijo Taru. —Yo también los soy.
    —Pero él además tiene sus monos.
    Taru creyó que había escuchado mal:
    —¿Dijo “monos”?
    —Sí, monos—confirmó el viejo. —Cuatro nihonzaru entrenados para hacer lo que él quiera. No necesita de hombres que protejan sus espaldas, como sucede con otros usureros. Con sus monos le basta.
    Taru agradeció la información (que juzgo exagerada) y abordó ese sendero tembloroso que parecía haber sido trazado por un prófugo.
    Y mientras caminaba pensó en Oriko, su bella señora. Recordó la tarde en que la había espiado mientras se bañaba, hacía diez años, cuando él tenía solo trece y su señora veintidós. El viejo Riku, antiguo criado de Kotaro, le había dicho:
    —Al atardecer suele ir al río sola. Camina descalza, se ensucia los pies en el barro,  luego se quita la ropa y nada sin mojarse el rostro ni los cabellos, hasta que la luz declina.  Créeme: no existe nada más bello que Oriko desnuda. 
    Taru dejó pasar una semana hasta que decidió ir al río. Para poder camuflarse entre la vegetación se puso una yukata verde y se cubrió los cabellos con un tejido de alfalfa. Y se movió entro los bambúes y los arbustos en cuatro patas, como si fuera un gato.
    La vio cuando ya comenzaba a resignarse a que esa no sería su tarde. Tal cual le había dicho Riku, estaba descalza, caminando por el barro. Iba cubierta por un kimono floreado y cantaba una canción infantil. Taru, siempre en cuatro patas, avanzó hacia ella para obtener la mayor cantidad de detalles que ese espectáculo furtivo podía ofrecerle. Trató de controlar la respiración; de observar en  quietud.
    La canción de Oriko decía:

Huye niña triste
con la madrugada.
Antes que el rocío
coma tu alma.

    Oriko se quitó el kimono floreado y miró el río unos segundos. Taru quiso ir de a poco: primero le miró el hombro izquierdo, que tenía forma de mordisco, y al mirar el derecho tuvo un mal presentimiento. ¿Qué pasaría si Oriko, por la razón que fuera, decidía ahogarse? ¿Iría a socorrerla así vestido, con esa yukata y esa peluca de alfalfa? ¿O la dejaría morir? Pero sus presentimientos, tanto los malos como los buenos, eran solo caminos que él tomaba para no pensar. Y en ese momento necesitaba eso: no pensar.
    Oriko ingresó al río antes de que los ojos de Taru hubieran llegado a mirar el resto de su espalda, y comenzó a nadar. Taru cerró los ojos. Se llevó la mano a la entrepierna pero la detuvo sobre el estómago. Se apretó la panza. Imaginó una vasija llena de dientes, una flor quemada. Abrió los ojos. Dejó sus dos manos a un costado de su cuerpo, como sombras húmedas. Y cuando Oriko abandonó el agua y mostró su desnudez de frente, esa desnudez con la que la mayoría de los hombres del pueblo soñaba, Taru confirmó algo que solo había sospechado dos veces sin tomarlo demasiado en serio: las mujeres no le gustaban. Oriko desnuda era, para él, como cualquier otra cosa del paisaje. A tal punto que pronto se distrajo mirando solo el agua cubierta por las escamas del atardecer, tan rosadas y distintas a la sangre del alba, mientras fuera del río, aún desnuda, Oriko se secaba.   
    —Ayuda, por favor
    Taru abandonó sus recuerdos y dejó de caminar. Miró hacia los yuyos que bordeaban el camino sinuoso.
    —Ayudaaaa.
    Tomó una piedra (no llevaba ningún arma que pudiera utilizar si lo atacaban) y caminó hacia la voz. Tuvo que avanzar unos metros entre la vegetación parásita y las nubes de insectos que emergían con cada paso y que lo rodeaban sin picarlo. Hasta que descubrió al hombre. Tenía más o menos la edad de su amo, alrededor de cuarenta años, y estaba tirado en el suelo, cubierto de sangre, con las manos y las piernas destrozadas. Le habían arrancado las orejas, el labio superior y los dos párpados.
    Taru se agachó. Le ofreció al hombre un poco de agua de su cantimplora pero el hombre no la aceptó:
    —Quiero morir—le dijo.
    Y luego le pidió que le cubriera los ojos. Necesitaba cerrarlos. Que alguna cosa, la que fuera, reemplazara a sus párpados.
    Taru pensó primero en piedras, pero lo desechó porque enseguida optó por lo que tenía ahí a la vista, rodeándolo por todas partes, y arrancó dos puñados de yuyos y con ellos cubrió los ojos, que sin párpados tenían el aspecto de dos moluscos voraces que quisieran matarse entre sí.
     —Gracias—dijo el hombre, y al segundo ofrecimiento de agua, le respondió a Taru nuevamente que no. Y agregó: —Por favor, rescata a mi hija. Yo ya no puedo, no tengo cómo hacerlo. Pero ella no debe morir. La culpa fue mía. Fui yo quien se metió en problemas con Kazuma. Ella no tiene que pagar mis errores… Ya perdió su lengua. No quiero que pierda la vida.
    Lo que le estaba deparando el día era demasiado: la muerte de Oriko, el pedido de su amo, el viejo Kichiro que le habló de un gigante con cuatro monos y ahora ese hombre mutilado, con yuyos sobre sus ojos sin párpados, que le contaba que su hija había perdido la lengua.
    —¿Cómo se llama tu hija?
    —Madoka. Y su apellido es Tazaki. 
    —¿Y por qué dices que perdió su lengua?
    —Porque es así. Kazuma se la quitó. Por eso te ruego que la ayudes. Es una buena mujer y no merece lo que le está sucediendo. Yo sí. Yo merezco terminar de este modo. Déjame morir y ayúdala, así harás justicia tanto con ella como conmigo.
    —No puedo dejarte morir.
    —Me matarías si supieras lo que hice.
    Taru iba a decirle que él era  incapaz de matar a un indefenso, pero prefirió cambiar el rumbo de la charla. 
    —¿Conoces a las hijas de Kichiro?
    —Sí, por supuesto que las conozco. Y no solo las conozco: he abusado de ellas. Están con mi hija, en el mismo árbol. Un álamo blanco. 
    —¿Un álamo blanco? No entiendo. ¿Por qué están allí?
    —Es largo de contar. Ve y rescátalas. Pero cuidado con los monos. No querrás seguir vivo si uno de ellos te ataca.
    —¿Ellos fueron los que te hirieron?
    —Sí.
    Taru notó que la entrepierna del hombre pujaba levemente la tela de la entrepierna.  
    —Tu pene está endurecido—le dijo.
    El hombre respondió:
    —Sí. Es una enfermedad. No tengo un minuto de sosiego. Y ahora que hablaste de las hijas de Kichiro se ha endurecido un poco más. Lo confieso: quiero morirme recordándolas. Las he disfrutado desnudas, he abusado de sus cuerpos. He hecho con ellas lo que he querido. Por eso terminé de este modo. Y por eso mi hija va a morir.
    Quiso ver la erección del hombre y le bajó los pantalones.
    Se sorprendió: era un sexo tan pequeño como una nariz de niño.
    Como un ojo.
    Y, recién entonces, lo supo culpable, capaz de una crueldad ilimitada.
    Un pene así solo podía hacer daño.
    Y no merecía vivir.
     Puso un pie sobre su cuello y apretó, mirando la excrecencia endurecida y absurda, para que su odio hacia el hombre continuara creciendo y su pie apretara cada vez con más fuerza, sin una astilla de piedad, hasta que sintió el crujido, que sonó a huesos y a barro, y el hombre dejó de respirar.


* Martín Sancia Kawamichi. Nació en julio de 1973. Estudió cine en el CIEVYC y literatura en el IES Nº 1 “Dra. Alicia M. de Justo”.  Publicó, como Martín Sancia, dos libros infantiles:  Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… y otras historias (Ed. Sudamericana, 2009) y  Los poseídos de Luna Picante ( 2do. Premio Sigmar 2014) Durante años colaboró con cuentos y textos breves en la revista Beatrizos. Su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014.

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