Letras

Paulina

Laura Ponce

Las filas de vehículos avanzan y vuelven a detenerse frente a los puestos de control. Está oscuro todavía y la llovizna de hace un rato perla los vidrios; dentro del colectivo hace un frío de morirse. Paulina mira la hora en el celular. Las seis de la mañana. Va lento el asunto, murmura entre dientes. Tiene ganas de hacer pis. Los golpes en el vidrio la sobresaltan. La puerta se pliega con un chasquido y suben dos guardias armados; al igual que el resto de los pasajeros, Paulina se arremanga para que puedan escanearle el código de identificación.

Cuando la barrera se levanta, el colectivo arranca perezosamente, pasa debajo del cartel que dice: "Bienvenido / Ciudad Autónoma de Buenos Aires" y toma la subida a la autopista. Paulina no mira sobre su hombro, sabe que los puestos de control y el río van quedando atrás; siente una especie de íntima satisfacción, como cada vez que entra a la ciudad, pero no quiere ponerse contenta. Es demasiado pronto para eso, piensa.

Durante el trayecto contempla los parques cuidados, las calles limpias y bien iluminadas, las torres construidas en la Nueva Etapa, y piensa en los que las habitan. Se acuerda de lo que su vieja le ha repetido hasta el cansancio: "Hay dos clases de gente: los que viven adentro y los que viven afuera; a los que viven afuera los dejan entrar solamente para que trabajen en manejo de desechos o en seguridad". En realidad es la misma cosa, se dice Paulina con una sonrisa torcida. Se acuerda del tipo al que tuvieron que sacar, ése que todos los días pasaba frente a su puesto en el hall del edificio sin mirarla, como si ella no estuviera ahí; hasta la mañana en que su identificación no pasó por el lector. Paulina se había puesto de pie, se había colgado la tonfa del cinto y se le había acercado.

¿Algún problema, señor?

Sí, no sé qué pasa. No me toma la credencial. El tipo sudaba.

Permítame dijo ella.

"Julio Montero / Jefe de Sección". El de la foto era él, todo se veía en orden y la banda no parecía dañada, pero el lector de acceso volvió a rechazarla. Paulina sabía lo que pasaba; el tipo también, aunque no quisiera aceptarlo.

Espere, por favor le indicó.

Pulsó el botón de la radio pidiendo respaldo a Méndez justo se le había ocurrido ir al baño, sacó su verificador y pasó la credencial. Cuando vio por el rabillo del ojo que Barbieri y Soto salían del ascensor, confirmó:

Usted se encuentra desvinculado de la compañía, señor. Tengo que pedirle que abandone el edificio.

El tipo dijo que no podía ser, que debía haber un error. Gritó, amenazó y suplicó, pero lo sacaron a la calle. Al final, antes de irse, tenía la mirada perdida y una expresión que la hizo estremecer. Todos miran de ese modo al final, pero ella nunca llegó a acostumbrarse.

Hace tiempo que no está en el puesto de acceso y son otros vigiladores los que manejan esos casos, pero Paulina evoca con frecuencia aquella expresión, para que no la deje olvidar lo fácil que es caerse de donde uno está, lo fácil que es perderlo todo.

Baja del colectivo en la esquina del playón y mira el celular una vez más mientras camina hacia el edificio: las seis y media; está en horario. A medida que sube las escaleras del frente, ve crecer su reflejo en las paredes decoradas con el logo de NEC.

En la oficina junto al puesto de acceso está Peretti, el compañero al que relevará. Intercambian saludos, las frases de siempre ¿Hace frío? Sí, una barbaridad y las novedades de la guardia Sé quemó una lamparita del quinto piso. ¿Lo demás todo normal? Sí, todo normal.  Las doce pantallas frente al escritorio no lo desmienten.

Paulina va al baño a cambiarse y vuelve vistiendo el uniforme. Le queda cada vez más ajustado pero el pullover suelto y la campera ayudan a disimular. Firma el Libro de Novedades y toma servicio. Peretti ya tiene el bolso listo, saluda y se va. Ahora Paulina es la Referente del objetivo, lo que significa que los otros veinte vigiladores del turno están bajo su responsabilidad. Toma la radio y empieza a chequear con las cámaras que estén en sus puestos y listos para el cambio de guardia.

A las siete en punto llama a la empresa para dar el presente y pasar la lista. Durante casi dos horas nada sucede. El edificio entero parece suspendido en el silencio. Luego, en tropel, comienzan a llegar los empleados de la compañía. Paulina se entretiene mirándolos llenar ascensores y hormiguear por los pasillos hasta que la actividad se normaliza. Empieza a creer que será un día como todos los demás. Entonces lo vuelve a sentir. No es exactamente dolor, es otra cosa, una especie de señal. Y ya no puede hacerse la desentendida.

Va al baño a mojarse la cara. Se repite que tiene que tranquilizarse, que todo va a salir bien. Se mira en el espejo y no le gusta lo que ve; las ojeras, esas marcas de amargura... cualquiera diría que tiene cuarenta y cinco, aunque todavía no llega a los treinta. El peinado tampoco ayuda, se dice con una mueca, y se suelta el cabello. Tiene ganas de llorar.

Vuelve a su puesto justo a tiempo para ver, por la ventanita espejada, que alguien saluda a los dos vigiladores del puesto de acceso. Por el uniforme, un supervisor de la empresa. El corazón le da un vuelco al darse cuenta de quién es. Un momento después él está entrando a la oficina.

Buen día, Santoro.

Buen día, Martínez.

Y el beso en la mejilla.

Daniel Martínez es su supervisor desde hace años. Paulina siente una vieja fascinación por él; siempre disfrutó de su compañía. Cualquier otro día lo hubiera invitado a quedarse, le hubiera ofrecido mate o café, pero hoy no es cualquier otro día.

¿Alguna novedad? pregunta él mientras hojea el Libro.

No, ninguna responde ella, y en un esfuerzo por dejar de mirarle la alianza que lleva en el anular, se fija en su uniforme impecablemente planchado; observa su rostro delgado, nota las entradas profundas, el bigote encanecido. Se está poniendo viejo, piensa con ternura, y tiene que reprimir el impulso de acariciarle el pelo. De pronto siente el peso de su ausencia, se da cuenta de la falta que le hace su abrazo (el de cualquiera, en realidad). Recuerda la noche que estuvieron juntos, la primera y la última, y la invade una repentina oleada de calor, una confusa mezcla de bronca, vergüenza, deseo y amargura. Por eso no le gusta recordar, porque al final, como cada vez que piensa en él, se siente estúpida. Sabe que es algo que nació ya sin oportunidad. Aprieta los dientes y, tratando de apurar el trámite, pregunta: ¿Trajiste la cobertura? Barbieri andaba preguntando si le cambiaron el franco...

Ya sola, Paulina cierra la puerta de la oficina, se sienta con cuidado y se sube el pullover. Cautelosamente se toca la panza. No es muy grande, pero ya tiene treinta y ocho semanas. Lleva tanto tiempo ocultándola que a veces ella misma necesita tocarla para asegurarse de que no es fruto de su imaginación. Y ahí está otra vez, ese dolor que no es dolor. Paulina ya tiene un hijo Marito, el recuerdo que le dejó su único novio antes de borrarse, de modo que sabe muy bien qué es lo que está sintiendo.

Inquieta, tratando de no pensar en todo lo que está en juego, toma su bolso y empieza a preparar las cosas. En eso está cuando rompe bolsa.

Paulina respira, respira y espera. Ahí viene otra. Es como si una gran mano le retorciera las tripas desde adentro, y luego las soltara. Está recostada contra la fría pared del baño, acomodada sobre un par de toallas, y va controlando como puede con el espejo que trajo. Resiste el deseo de pujar hasta que cree ver la coronilla, recién entonces puja con todas sus fuerzas. Trata de recordar su primer parto. Ruega a Dios que sea igual de rápido, ruega a Dios que este no venga de culo, que no la desgarre, que respire bien, que esté completo, que no tenga ningún problema de salud. Todos los miedos que no se permitió sentir durante el embarazo la invaden de pronto. ¿Y si no pudiera sola? ¿Y si necesitara ayuda? Pero ya es demasiado tarde para pensar en eso. Trata de vaciar su mente de pensamientos y temores, trata de concentrarse en respirar. Puja una vez más y sale la cabeza. Ya pasó lo más difícil, se dice para darse ánimos. Y la verdad es que termina no costándole tanto.

Es una nena. Una nena con buenos pulmones. Paulina corta el cordón con un cúter y limpia y envuelve a la criatura. Le seca la cara, le quita los coágulos sanguinolentos del pelo y la contempla por un momento que le parece eterno. Le roza la boca con la punta del dedo, ve que tiene el reflejo y la acerca a su pecho. Cuando la siente succionar, se le caen las lágrimas. Piensa en cómo eran las cosas antes de conseguir trabajo en la empresa, en las filas interminables y los interminables rechazos, en el frío colándose en la casucha en la que dormía, en el hambre como un dolor constante, piensa en sus padres esos viejos miserables y egoístas que viven de ella, piensa en su hijo ese animalito caprichoso y maleducado que no hace más que exigirle cosas, piensa en el alquiler y las cuentas que hay que pagar... ¿Qué pasaría si la echaran? ¿Qué pasaría si por esto perdiera todo lo que le ha llevado años conseguir? Valdría la pena, murmura. Y entonces escucha que alguien abre la puerta de la oficina.

Apenas ha llegado a expulsar la placenta y está sobre un enorme charco de sangre.

Paulina despierta en la clínica, en una habitación moderna y agradable. Siente que le duele el cuerpo por todo lo que no le dolió durante el parto. Es como si los órganos y hasta los huesos intentaran volver a su posición anterior al embarazo. Cuando trata de incorporarse se da cuenta de que está esposada a la cama.

Te revocaron el permiso de trabajo escucha decir. En cuanto tengas el alta, te deportan.

Se da vuelta y lo ve sentado junto a la ventana. Daniel parece muy, muy cansado.

Sabés que el embarazo es causa justa de despido, la Empresa incluso podría iniciarte acciones legales por ocultar información.

Paulina se queda sin aire.  Él se frota el entrecejo.

Sé cuánto necesitás el trabajo y estoy haciendo todo lo posible para que no te echen. Podría haber una posición como retén en la autovía... Pero no sé.

Paulina piensa en lo que le ofrece: las casetas del borde, turnos de doce horas rotativos, a la intemperie, armada nadie te da un arma por nada, revisando a la gente, esperando a los saqueadores.

¿Y nunca voy a poder volver? Apenas le sale la voz. Se refiere a volver a su objetivo, al puesto que ocupaba, pero en realidad también se refiere a volver a trabajar en la ciudad, a volver a estar con él, a volver a todo lo que ha hecho miserable y soportable su vida hasta entonces.

No, no creo contesta él, y se va hasta la puerta. Pero vuelve, como si no pudiera aguantarse la bronca.

No entiendo cómo pudiste hacer esto le dice. No te hablo solamente de mantener el secreto... ¡Tenerla así!

Vos sabés lo que hubiera pasado si hubiese pedido médico cuando me descompuse. Me hubieran subido a una ambulancia y me hubiesen tirado del otro lado de la General Paz. 

¡Te hubieran llevado al hospital!

¡Del otro lado de la General Paz!

¿Por eso no llamaste? ¿Porque querías que naciera en la ciudad?

Paulina no responde.

¿Qué creías? ¿Que te iban a dar la ciudadanía a vos también? ¡No podés ser tan boluda! Podrán dársela a ella, pero no a vos. ¿No entendés? Le tira una carpeta y una lapicera. Te ofrecen dos opciones: dejarla al cuidado de la ciudad, renunciando a todo derecho de filiación, o renunciar a su ciudadanía y llevártela con vos.

Paulina no se la esperaba. Había llegado a creer que tenía oportunidad, que no era una idea tan loca después de todo. Abre la carpeta pero no puede leer, las letras se le borronean.

¿No hay ninguna otra opción?

No, no hay.

Lo piensa durante un instante y la idea de separarse de ella le hace sentir un ahogo, un súbito malestar, le duele el pezón del que se alimentó, siente las tetas llenas y desesperadas, anhelantes, comprende que dejarla sería como sufrir una amputación, pero sabe que en realidad no hay nada que decidir.

Deciles que renuncio a la filiación.

Él la mira como se mira a un monstruo y abandona la habitación. Paulina sabe que es inútil tratar de explicarle y se recuesta en la cama. Se acuerda cuando se enteró del embarazo, cuando decidió tenerlo; se acuerda cómo se propuso que todo fuera diferente esta vez. Se dijo entonces que sería su oportunidad para empezar de nuevo, para hacer todo bien desde el principio, para sentir la maternidad no como una vergüenza, una carga o la consecuencia de una estafa, sino de ese modo dulce y sereno que se ve en las películas, para sentir y dar todo el amor que se supone que las madres deben tener por sus hijos. Y llegó a creer que realmente podría dejar todo atrás, que su vida después del parto sería tan nueva como la de la criatura.

Las cosas no salieron como hubiese querido y, sin embargo... Sin embargo, siente que esta locura no ha sido en vano. A pesar de todo, su hija se convertirá en ciudadana. Y nadie podrá quitarle eso. Una ola de repentino orgullo le inflama el pecho.

2009/2015


Laura Ponce (Buenos Aires, 1972) es escritora y editora, se especializa en Ciencia Ficción y ha colaborado con diferentes publicaciones electrónicas y de papel. Publicó el libro de cuentos Cosmografía general (2015). Sus cuentos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España, Cuba y Perú. Desde el 2009 dirige Revista PROXIMA y Ediciones Ayarmanot, sello con el que lleva publicados 10 títulos.

Ilustración de Laura Vicario Vivar para la edición española del libro Cosmografía profunda, publicada por el sello La máquina que hace Ping, España, 2018.

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Tríptico del desamparo. Extracto

Pablo Di Marco

Como siempre, durante la bajada en el ascensor me cubro el cuello con el pañuelo de seda. Don Gómez, inevitablemente en la puerta del edificio, alza la boina y aparta la manguera para dejarme pasar. Ya en la esquina de La Biela, el diariero me da El mundo y el espantoso caramelo de coco para que no le caigan mal las noticias, señora.

No aprecio esta confitería por sus ventanales con vista a un verde que ya casi no distingo, sino por su sempiterno mozo, al que no debo decirle una palabra para que me sirva el mismo pedido de cada tarde.

—Ahí andamos. ¿Vio, señora? Esperando que se largue un buen chaparrón que afloje un poco esta humedad. Porque lo que son los huesos con este tiempo…

Y esta amable sexagenaria tan distante como cortés, que cada tarde se sienta a la mesa acostumbrada, asentirá levantando las cejas encima de los lentes oscuros, y después tomará su té con una nube de leche.

En nada me hará falta este país, inabarcable hasta la grosería para sentirlo como propio. Tampoco esta ciudad, cada día más semejante a una jovencita inmadura haciendo equilibrio sobre los tacos de su madre. La pérdida de mis rituales y la ausencia de estos ínfimos afectos a los que me aferro a falta de algo mejor, serán lo único que echaré de menos de este sitio.

—¿Soñando, ragazza? —Álvaro me besa en la frente, y se sienta tras dejar su bastón a un costado de la mesa. Ha aparecido de repente, una sorpresa de las que es afecto.

Se lo ve aún más elegante que de costumbre. Un sobrio pañuelo de seda le asoma desde el bolsillo del saco, en consonancia con la corbata de rombos azules. Advierte cómo le estudio las mejillas extrañamente enrojecidas.

—Ocurre que después de la afeitada —explica—, un jovencito nuevo me mantuvo más de la cuenta bajo la toalla caliente. —Pide un café y una copa de anís, y agrega con tono burlón—: De haber sabido que me someterían a una sesión de vapor, hubiese llevado el traje de baño.

Conozco al dedillo sus ocurrencias e ironías. Ya no logran sorprenderme, pero igual las disfruto. Él lo sabe, y se deleita con mi sonrisa. Uno de nuestros tantos modos de sostenernos.

Saco de la cartera la traducción.

—Terminada —digo.

Álvaro hojea el centenar de hojas mecanografiadas, revisa un párrafo cualquiera.

—Lo leeré al llegar a la editorial. Pero no comprendo cómo lo hacés.

—¿Cómo hago qué?

—Estar cada día más bella.

Me siento una estúpida. ¿Cómo es posible que sus halagos aún logren sonrojarme?

—No te rías de mí.

—Nada más lejos de este humilde servidor. Hablo en serio. Muy en serio. Más de una jovencita anhelaría tener tu piel—. Ni que hablar de tu porte. La Valli no te llega a los talones.

—¿Semejante actriz? —digo sonriendo—. Jamás pensé que algún día escucharía algo así… Mejor volvamos a la traducción.

—Te estás acariciando un aro.

—¿Y cuál es el problema?

—Que sólo lo hacés cuando estás nerviosa.

—Mejor volvamos a la traducción —repito más decidida—. Le hice infinidad de marcas al original. No sabía que mi último trabajo también consistiría en corregir errores ortográficos.

Ragazza, ragazza… —dice con aire sufrido, un padre reprendiendo a su bambina—. No podés trabajar por siempre con Boccaccio y Petrarca. No se encuentra un clásico bajo cada baldosa, a no ser que pretendas traducir por vigésima vez a Manzoni.

—Sería un gusto. Manzoni me haría reconsiderar mi retiro.

—Siempre exigente, mi Irene. Siempre exigente. Así serás hasta el último aliento. La autora —le da a las páginas unos golpecitos con las yemas de los dedos— es una muchachita que vende de a cientos de miles. Hay todo un mundo allá afuera buscando convencerme de su supuesto talento. No faltan quienes dicen que lo que escribe se ajusta a lo que hoy piden los lectores.

—¿Y desde cuándo te importa lo que piden los lectores?

Álvaro busca refugio en una servilleta, endereza sus pliegues y vuelve a dejarla en su sitio. Se acerca el mozo para servirle el pedido, y me informa que están cayendo las primeras gotas.

—Debió haber traído un paraguas, señora —se lamenta—. El chaparrón va a bajar la temperatura, y se puede pescar un lindo resfrío.

Álvaro espera a que se aleje.

—Ser el dueño de la editorial —dice apartando el pocillo de café sin espuma—, no me exime de sentirme, por momentos, el último empleado. Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines. Viejos bailarines que intentan adaptarse a un compás veloz, y luchan por seguir el paso sin caer en el ridículo.

Entrecierro los ojos, esfuerzo mi mirada. El mozo estaba en lo cierto: las primeras gotas rasgan los ventanales de la confitería.

—Espero que el tiempo libre te acerque nuevamente a la escritura —dice Álvaro.

—¿Volver a escribir? ¿Para qué? ¿No son elocuentes los resultados? No insistas. Acabo de jubilarme. Estás hablando con una vieja jubilada.

Se lleva la copa de anís a los labios. Reanimado, saca una cajita del bolsillo del saco y la acomoda sobre la mesa. Con un gesto enigmático me invita a que desate el moño de seda. Al abrir ese pequeño cofre, un estupendo reloj de oro blanco refulge en mis manos.

—Es mi homenaje. Tantos años de trabajo juntos.

Sujeto el Longines, me percato del modo en que las agujas giran veloces en el cuadrante.

Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines intentando no hacer el ridículo.

Trastos caducos. Antiguallas, muebles en desuso a punto de ser cubiertos con sábanas.

Y de pronto advierto una cavidad en alguna parte de mí, un hueco ardiente en donde debería haber algo. Lo mismo les sucede a los mancos, a los mutilados. Un dolor agudo y tangible en donde ya no queda nada.

—Está… Está fuera de hora.

Álvaro sonríe con tristeza.

—Marca cuatro horas más, ragazza. La hora de Italia.


* Pablo Hernán Di Marco. Es autor de las novelas Las horas derramadas, ganadora en España del XXI Certamen Literario Ategua, Tríptico del desamparo (ganadora de la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”, Colombia) y Espiral (finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España). Vive en Buenos Aires.

Tríptico del desamparo es publicada en Argentina por Odelia Editora.

Fotos: Jazmín Teijeiro para Odelia Editora.

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Lectura recomendada

«Nadie necesita otra novela», por Marcial Gala

Una buena novela se compone sobre todo de muchos silencios, silencios que suelen tener la contundencia de las palabras más elaboradas, pero narrar así es peligroso porque el autor no sólo va en busca de la palabra exacta, sino que necesita arrancarse tiras de su piel; en resumen, convertir a la propia vida en material literario puede ser una de las mayores pruebas que ha de enfrentar el escritor.

Leyendo la novela de Laura Massolo me viene a la mente un verso de Borges “como el caballo muerto que la marea inflige a la playa” y es que la novela es un retorno a esa etapa bisagra del ser argentino, los años 70.  Ese eterno retorno del que nos habla Nietzsche y que tan caro era para Borges está presente en la novela. En una especie de fijeza lezamiana los personajes vuelven a encontrarse porque es imposible escapar de uno mismo. Como decíamos ayer, dice Fray Luis de León luego de cinco largos años en las ergástulas de su España de conventos e intolerancia, y Josefina y el doctor Baldini vuelven a encontrarse o quedan “fijos” en esa mañana de tormenta, y en tanto la Argentina transcurre, se torna una nación adulta, empieza a caminar intentando ser otra que es una de las maneras más pulidas de seguir siendo el mismo. Es preciso que todo cambie para que nada cambie, dice Lampedusa en el Gatopardo y los personajes de Nadie necesita otra novela cambian constantemente como Argentina y como el mundo.

Uno de los grandes logros de la novela está en su estilo, donde la palabra más sencilla se convierte en un hallazgo, una joya. La estructura circular contribuye a mantener la tensión narrativa de una manera muy eficaz.   

Leer «Nadie necesita otra novela», nos lleva a preguntarnos otra vez ¿Quiénes somos?

«La voz del agua», por Bruno Román

“Bajó con pasos lentos. Sabía que en ese sitio nunca había habido nada que la apurara y, además, no se encontraba segura de lo que estaba por hacer. Llegó hasta el borde en el que la arena se volvía un universo de pedregullos y carcasas fragmentadas, el borde incierto en el que golpeaban las olas más tardías. Se detuvo un rato (…).

Desde el título, en la obra de Javier Freixas está el eco de la novela filosófica. En la tradición de Camus y Kundera, «La voz del agua» es el desarrollo de una tesis, de una argumentación sólidamente sostenida.

Un policial, un asesinato, un misterio que encuentra en una chica -y en el agua- preguntas y respuestas. Un diálogo con la naturaleza humana durante el cual, y «en su búsqueda honesta de la verdad», un grupo de seres humanos se transforman entre sí.

«Taxidermia», por Adriana Morán Sarmiento

"Las historias, todas las historias, son un vómito de luz".

El personaje se construye de a poco, así como la novela se va leyendo en pequeñas dosis, porque lo que Bisama hace es ir soltando pequeñas historias dentro de la historia. Dosificar la tragedia. Como una garúa, así se va leyendo «Taxidermia».

Álvaro Bisama -que ya no sorprende con este tipo de narración, pero que sigue cautivando- cuenta el momento en que un cineasta trastornado recopila sus recuerdos sobre un dibujante y sus intentos de perpetuarle en filme. En la historia aparecen páginas llenas de cómics, sus propias historias familiares, fugaces menciones a la dictadura, amores fallidos, y la manera cómo se conocen y se alejan sus personajes.

"En el baúl había cuatro historias cortas sobre la casa. Todas habían sido dibujadas en el cuarto quemado, en las tierras del insomnio".

La vida del cineasta se confunde por momentos con la del dibujante. Quién quemó la casa. Quién sobrevivió a la angustia de vivir. Qué historias maravillosas e inconclusas esconde el baúl de los cómics.

Flashback, videos entrecortados, personajes que traen noticias de otras tierras, el recuerdo y la nostalgia familiar, la muerte. Así se construye «Taxidermia», minuciosamente, minimalista. Cada página se lee como un capítulo, o no, porque, si hay algo que le gusta a Bisama, "es la anunciación del acabose".

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Cuatro encuentros con «Casas muertas»

Casas Muertas, la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), fue publicada por primera vez en Argentina por Editorial Losada, en 1955. Más de 60 años después, otra editorial argentina -Sorojchi Editores- vuelve a publicar esta joya olvidada de la literatura latinoamericana.

A continuación compartimos relatos de cuatro ensayistas y narradores venezolanos que dan cuenta de la vigencia de Otero Silva en estos tiempos en los que la historia de un país se recicla.

 

Casas muertas es una novela-testimonial de un joven autor que trata de reflejar una época -las tres primeras décadas del siglo XX- de un país atrapado en el siglo XIX rural y en una brutal dictadura, cuya novedad era la explotación petrolera incipiente por los «musiúes».

No se entendía bien lo que venía, pero tímidamente se intuía una lejana posibilidad de mejora personal que aceleraba el deseo de huir de la aldea y de la miseria sin esperanza. Es un final y un posible comienzo, como efectivamente ocurre a partir de 1935, con la muerte del tirano, y la insurgencia política de una generación que plantea a la par la «revolución» y la democracia.

Novela actual, en estas dos primeras décadas del siglo XXI, cuando otra tiranía con una economía y una sociedad arruinadas, vuelven a plantear la encrucijada de un mundo por abandonar («Casas muertas») y otro por crear. Cambian los tiempos, pero los miedos, las huidas, los anhelos y las esperanzas son los mismos.

La historia no se repite, pero el hombre siempre se repite a sí mismo, aprendimos en Tucídides. Y es que la literatura a su manera es intemporal en la medida que expresa la agonía del vivir y el permanente viaje en busca de un destino personal, indisolublemente confundido en la historia social.

Nadie puede vivir en «casas muertas». Siempre se busca «un nuevo cielo y una nueva tierra» y los venezolanos de ese ayer y de este hoy viven en la incertidumbre de un tiempo detenido y un tiempo-por-venir.

Ángel Lombardi, ensayista.

 

«Ortiz» es una buena metáfora de lo que pasa en Venezuela en estos momentos, el país es una «casa muerta» donde la única obligación es marcharse...

Norberto José Olivar, narrador.

 

Con dos novelas he convivido con los fantasmas. Cuando terminé Cien aсos de soledad, solté el libro, fui a bañarme y al cerrar los ojos por el agua en la cara, es como si hubiera visto en desfile todos los muertos de Macondo. El jovencito que, sin embargo, ya tenía 15, se asustó y ahí se acabó esa parte de su historia.

Los muertos de Parapara de Ortiz me han acompañado toda la vida. Es como si el joven de 13, justo en 1980, se hubiera quedado o estuviera aquí conmigo. Además, el impresionable de 13, por alguna causa hizo encarnar a Carmen Rosa en el poster de una aguerrida y exuberante Claudia Cardinale de quién sabe cuál de sus películas. Mientras Sebastián no pasaba de ser un personaje fuerte y con ganas de luchar que enferma y muere.

El de 13 no vio en Casas muertas más que un pasado peor que el del 80. No vio lo que después de la era del petróleo se vino, para bien y mal, y en algún momento estuvo peor.

En memoria e influencia, ganó la mujer, el personaje femenino, Carmen Rosa. Pues, ido como ella, el hombre de 2018 ve el país a 8 mil kilómetros de distancia. Pero el pasado, siempre presente, me hace tener en las manos una sobria edición de Sorojchi Editores que, con una elegante portada en tonos grisáceos que van de lo sombrío a lo lúgubre, no puede evocar y parecerse más al país.

Monzantg, ensayista y editor.

 

Casas muertas sigue reflejando un país-circular que no sale del foso. Una novela escrita en un momento en el que el país no tiene futuro.

Miguel Ángel Campos, ensayista y editor.


Imágenes:

* Detalle de la portada. Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Seix Barral. 1975.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Losada. 1955.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Sorojchi. 2018.

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A «M»

Homenaje a Eugenio Montejo, 10 años después

Waleska Bustos

«Un buen poema ayuda a cambiar la forma
y el significado del universo,
ayuda a extender el conocimiento de sí mismo
y del mundo que le rodea»

Dylan Thomas

Conocí a Montejo gracias a «M». Un mediodía, cuando la distancia era la norma, conversábamos por teléfono mientras me presentaba al poeta. Recuerdo haberme conectado de tal forma que llorar fue parte del encuentro. Es difícil no dejarse atrapar por sus historias, es decir, sus poemas.

Creo que su mayor distinción es la capacidad de narrar y compartir su visión de la condición humana desde una mirada y con una sensibilidad tan perfecta, poética, universal e íntima como solo sus palabras nos pueden hacer sentir.

Montejo es uno de los pocos poetas al que regreso siempre. Por eso, sin pensarlo, estuvo entre los primeros libros que me traje a Buenos Aires cuando salí de Venezuela.

A Montejo recurro cuando quiero celebrar la vida, o el amor, que muy bien podrían ser lo mismo.

Agradezco de Montejo la facilidad con la que puedo ver sus ideas. Son historias sin artificios, poesía que se aleja de las palabras postizas e ideas forzadas por muy complejas que puedan ser. Aunque vivimos en los mismos tiempos con edades distantes, aún sin conocerlo, me atrevería a decir que el resultado de su trabajo describe al detalle su mundo auténtico y que le nacía de forma, digamos, espontánea, tanta perfección contenida en sus líneas.

Gracias a esa perfecta relación con el lenguaje y la magia que nos regala en cada línea, alguna vez lo vi extender su mapa mientras soñaba conocer Islandia.

¿Habría algo más fatal que este deseo de irme a Islandia y recitar sus sagas, de recorrer sus nieblas?»

De «Lo nuestro» rescaté la idea de que «Solo trajimos el tiempo de estar vivos» y la marqué en mi piel como recordatorio del presente que nos queda.

Las ideas constantes que se presentan en esa manifestación que es su universo sobrepasan las emociones a las que un alma sensible podría esperar enfrentarse ante una línea o una página completa: el viaje por la tierra, el amor de a dos, nuestro tiempo en «este cuerpo celeste», la galaxia, la infinitud, «nuestro asombro de ser aquí la vida».

Se siente una incompleta cuando de abordar a un gigante se trata. Parecen escasas las palabras, pero no queda más que compartir y celebrar sus líneas en cada momento.

«M» me prometió una marca, suya, de Montejo para él: «Estoy sintiendo todo lo que vivo y me acompañan la palabras».

 

Poesía de Montejo

Lo nuestro

Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa 
con el temblor del mundo, 
el tiempo, no tu cuerpo. 
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando; 
se despertó contigo una mañana 
cuando quiso la tierra. 

Tuyo es el tacto de las manos, no las manos; 
la luz llenándote los ojos, no los ojos; 
acaso un árbol, un pájaro que mires, 
lo demás es ajeno. 
Cuanto la tierra presta aquí se queda, 
es de la tierra. 

Sólo trajimos el tiempo de estar vivos 
entre el relámpago y el viento; 
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo, 
el hoy, el grito delante del milagro; 
la llama que arde con la vela, no la vela, 
la nada de donde todo se suspende 
–eso es lo nuestro.

(Adiós al siglo XX, 1992)

El hacha blanca

Y a quien no siente,
¿de qué le sirven las palabras?
Al sin amor, su cuerpo ¿qué le vale?
La noche cae. ¿A quién la sombra importa
si no encuentra una voz que lo acompañe?
La luna alumbra. ¿Qué sueña ahora solo
quien palpó en una piel todos sus rayos?

La ciudad es recta, de paredes vítreas,
autómatas las sombras de sus calles.
En no sé cuál de tantos edificios,
tras alguna ventana, quedan tus ojos
y la música móvil de tus párpados
y en una balanza tus senos,
cuyo fiel es la luna y su hacha blanca...

Estoy sintiendo todo lo que vivo
porque tras estas piedras sigo tu sombra
y me acompañan las palabras.
Atravieso la noche y siento las estrellas,
siento demasiado las estrellas
y tus manos, tu boca, tu perfume...
Jamás un cuerpo me unió tanto a los astros.

(Papiros amorosos, 2004) 


Waleska Bustos (Maracaibo, Venezuela). Comunicadora Social y Communnity Manager. Amante de la fotografía y la buena literatura.

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Cinco textos inéditos

Eleonora Requena

I

Me comieron la lengua los ratones, me entramparon en el pecho su silencio
me limaron las vocales, se llevaron mis lamentos, se enfundaron las memorias
orinaron los legajos, borronearon los versitos
merendaron sobre cartas, sobres, aspavientos, se cagaron en la caja de pañuelos
carcomieron los olvidos, devoraron la tristeza y satisfechos
se fugaron por los caños, se mudaron
emigraron, copularon y se fueron
han dejado el fuerte hedor del abandono, ya no queda nada tierno que roer
soy letra muerta.

 

II

Es la edad
Antes escribía frases con aguijones
los poemas tenían un cerrojo agudo
los rumores de la savia de la noche
destilaban por los poros de los días
las palabras se escondían en almenas, etc
Perdí el candor
Los sueños tienen poco aceite, su flama es débil
Vivir así tiene su encanto
observo los detalles de la trama
apenas vislumbro los señuelos.

 

III

La moneda de 10 centavos incrustada en el asfalto, los otros objetos encajados en las baldosas de cemento, la llave en Anchorena, el arito de metal en Ecuador, clavos, tornillos, fragmentos de vidrio, cuatro cuadras más adelante varias chapas de cerveza, huellas de pisadas de perros y de personas, el gesto agrio de la vendedora de la tienda, las cortezas de los árboles sin nombre, arriba, la vetusta arquitectura abigarrada de los edificios, la imagen que creo tener ante los transeúntes - tan inadecuada me siento, hay rabillos en los ojos, ya hace frío, aprieto los puños dentro de los bolsillos, sería ideal un texto desplegado como una alfombra a mi paso, las palabras cayendo desde el cielo como hojas, susurrándome al oído los significados, un cuaderno autónomo llenándose de frases sin aristas, todo trastabilla y sigue siendo ajeno a la mirada -cada día, temo hacerme añicos, mejor esta mudez, esta mirada al ras, un buen abrigo.

 

IV

Armas y desarmas, vuelta a hacer, la vacías para intentar otro orden donde quepa algo más, donde dejes por fuera otro cosa, renuncias a poseer algo, lo pones a un lado quizás para después, sabiendo o presintiendo su espacio en la memoria de las posibilidades, esto vendrá, esto no cabe, esto debería llevarlo, esto otro no, haces la maleta, la pesas y sopesas en el reino del porvenir, tu último gesto de control antes del viaje, saber qué llevas contigo. Y el descontrol ya va abriéndose paso entre las cosas abandonadas, perderás, recuperarás, olvidarás, lamentarás, decides y cierras los ojos, los abres hacia adelante.

 

V

En la ventana de abajo una voz ronca y aniñada le grita en monocorde furia a quien, sospecho, cabizbaja y con resignación, apenas tiñe las pausas con un opacado hilo de silencio ante la boca que entona cada tarde sos una boluda, sos una puta, sabés que eso me molesta, boluda, lo sabés, y pasa la tardecita del verano con las ventanas de par en par, y nada que da brisa, sos una boluda, y el ligero viento de pronto agarra cuerpo y bate los cristales pero poco refresca, mientras, detrás de las otras ventanas, otros hablan bajito y viven hacia adentro sus pequeños dramas con más discreción. Allá abajo vocifera su lugar común de abusos aquel garabato de hombre, sos una puta y demás. Que nadie hable tras los otros vidrios o bajen con sigilo sus persianas tampoco es garantía de alguna felicidad, lo sé.


Eleonora Requena es poeta venezolana (Caracas, 1968). Ha publicado los poemarios Sed (Eclepsidra, 1998), mandados (La Liebre Libre, 2000), Es de día (El Pez Soluble, 2004), La Noche y sus agüeros (El Pez Soluble, 2007), Ética del aire (bid & co. editor, 2008) y Nido de tordo (Kalathos editores, 2015). Su trabajo aparece reseñado en diversas antologías y estudios críticos dentro y fuera de su país. Con mandados obtuvo el Premio de la V Bienal Latinoamericana de Poesía José Rafael Pocaterra (2000), mientras que con La Noche y sus agüeros obtuvo el Premio Italia 2007 para la Poesía en el certamen “Mediterráneo y Caribe”, auspiciado por el Instituto Italiano de Cultura de Venezuela y el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Boloña. Actualmente reside en Buenos Aires.

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Gabriel Payares: el mar y la nostalgia

Entrevista por Adriana Morán Sarmiento

Fotos: Beto Gutiérrez

Parado frente al monumento a Simón Bolívar que está en la ciudad boliviana de Villazón, Gabriel recordó la imagen de los libros que vio desde chico. El héroe patrio se había desdibujado. Este Bolívar era más bien pequeño, con el caballo mirando hacia adelante y una rara expresión de conformidad. Esa sorpresa quedó en su memoria, que ya venía cuestionando, desde hace mucho, el patriotismo venezolano dentro y fuera del país.

Gabriel Payares es hijo del desarraigo, de la distancia y la soledad. Esto no lo hace un ser asocial, por el contrario, resulta una buena compañía al momento de la charla. El café se enfría y no le importa. Todavía tiene mucho que decir. Mucho ha leído, mucho ha escrito y en esa medida siente que le falta vivir, conocer esta Latinoamérica que lo intriga, que lo interpela en su intimidad y que le permite cuestionarse como nativo y como forastero.

Nació en Londres en 1982, cuando sus padres hacían estudios de doctorado en Biología. Tres años después, se radicó en Caracas, una ciudad en la que ya se respiraban tiempos de tormentas, el caos que fue después. Gabriel creció en los 90, la época post caracazo.

De niño escribía relatos de películas. Como no sabía pintar, tenía que escribir. Su mamá intuyó su inquietud por contar historias y comenzó a regalarle libros. Supo, antes que él mismo, que su único hijo tenía cierto talento en la escritura. Pero no fue hasta terminar la universidad que escribió sus relatos más serios, influenciado en su formación por Carlos Noguera, a quien conoció en un taller en el 2006.

Hablar de influencias, es arriesgarse a olvidar nombres. Para Gabriel es mejor agradecer a sus profesores de la Escuela de Letras, quienes en esa época llevaron las riendas de los últimos años dorados de la universidad venezolana. Pero hay un nombre que se repite: Carlos Noguera. Por quien sí siente una deuda. "Su literatura no me influyó, lo leí poco -asegura-, pero sí influyó en mi formación. Aprendí mucho de él".

Sin embargo, la literatura de Milan Kundera fue reveladora. Durante mucho tiempo quiso escribir como él, para disgusto de algunos. A Gabriel no le importó, pocas lecturas lo removieron tanto como "La insoportable levedad del ser".

A sus 30 años, Payares ya publicó tres libros de relatos: "Cuando bajaron las aguas", ganador del Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores, “Hotel” (Punto Cero, 2012), y "Lo irreparable" (Punto Cero, 2016), reeditado en Buenos Aires por Corregidor (2017). Fue ganador del V y VII Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional y el II Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, 2014); y la Primera Mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). En 2011 fue escogido como parte de los escritores menores de 40 años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura, en el marco del convenio Cuba-Venezuela.

"La literatura es como un caballo que siempre llega tarde a la carrera", define Gabriel el oficio. Pues resulta que a pesar de tener expectativas muy altas, es un escritor indisciplinarlo. "Tardo mucho escribiendo. Improviso, releo, me tardo escribiendo. Soy indisciplinado y flojo". Además, la literatura le resulta un proceso insoportablemente lento. "Cuando terminas un libro ya no eres ese que escribió". Pero no pierde las ganas y recuerda a Ednodio Quintero cuando señaló que hay dos fuerzas para el escritor: el deseo y la nostalgia, sin ellas no se puede escribir.

"Escribir es un acto de fe, en el sentido de creer que puedes encontrar dentro tuyo las piezas para darle un sentido específico al mundo. Yo escribo para ordenar, para tener un entendimiento".

Recuerdos del mar

Cango era un pescador macizo, con un bigote al estilo Pancho Villa, simpático aunque no muy charlatán. Una mañana echó las redes al mar para atrapar y traer a la orilla esa masa impresionante de pescados que a los turistas tanto les gustaba ver. Muy cerca había un grupo de chicos jugando con la soga extendida. Cuando Cango fue a sacarlos del lugar, la soga se rompió y un latigazo le llegó al muslo. Perdió una pierna. Aunque el Gobierno le dio una prótesis, su depresión era tal que prefería andar por la playa saltando con una muleta que depender de esa pierna falsa. Tiempo después volvió a los peñeros a hacer lo que podía, como tejer redes. No dejó la vida del mar, pero sí su pierna.

Esta historia es una de las tantas que Gabriel vivió en su infancia en Margarita y que aún resguarda en su memoria para escribirlas algún día. Anécdotas que hicieron de su niñez solitaria, un lugar atesorado al que volver en su memoria. "Son historias interesantes pero yo no quiero replicar a García Márquez o Isabel Allende... esa cosa medio porno miseria, o la anécdota mágica. Si no encontrar una forma de abordarlas que fuera más mía, que hiciera justica a esas historias de sufrimiento, esperanza y amor".

Entiendo ahora que hemos asociado nuestras mujeres y nuestras ciudades por una razón específica. Empeñados en que el mundo decaiga y muera con nosotros, hemos querido ver la vejez de las primeras en la decadencia de las últimas; por eso cada generación venidera tiene una mejor ciudad que recordar en su niñez, y una realidad un poco más triste que vivir: las naciones se fundan a la sombra de su propia nostalgia.

Del cuento: Nagasaki (en el corazón) (Hotel, 2012)

Gabriel es hijo único de profesionales de clase media. Se crió en una quinta ubicada en Los dos caminos, cerca del Ávila. Su primera infancia estuvo muy cerca de sus padres, pero luego estuvo muy recluido. "Me crié con el nintendo", recuerda. Sus padres lo tuvieron a sus 40 años y lo formaron apostando más por la seguridad que por la experiencia. No tener con quien jugar le permitió crear un mundo interior muy rico y valorar mucho su individualidad, lo que fue un problema en su adolescencia.

Pero Gabriel recuerda con nostalgia las vacaciones familiares. Su padre era un trotamundos, siempre le gustó viajar y Gabriel heredó esta inquietud. Parte importante de su niñez son las vacaciones en Margarita, a donde viajaba la familia frecuentemente. "Mi viejo formaba comunidad muy rápido con los pescadores -cuenta-, sus hijos eran mis amigos. Tengo montones de recuerdos de esos días."

El imaginario de la costa es muy importante. "Cuando escribo, el mar tiene una presencia muy fuerte para mí". Los hijos de pescadores que eran sus amigos, la señora Rosenda sentada en su "trono" mirando el atardecer y fumando tabaco, Cango, las mesas del restaurante en la arena, los peñeros, el día que aprendió a nadar solo... son viñetas que marcaron su infancia y que, al mismo tiempo, le era difícil compartir. "Por un lado estaban mis viejos en su crisis de pareja, y por otro, los chicos para los cuales eso era algo corriente y no tenían la distancia para contemplar toda esa belleza, y en el medio estaba yo."

Lo más importante de poder contar estas anécdotas es no caer en el chauvinismo ficcional. "Hasta ahora he intentado escribir eso, pero lidiar con lo nacional en estas últimas décadas ha sido difícil. No quiero contar el país de "el secreto mejor guardado del Caribe". No es eso lo que quiero mostrar. De hecho, en esas viñetas bonitas que recuerdo, había mucho drama".

La carga político-religiosa

Gabriel no fue un buen alumno. Lo reconoce sin vergüenza. Estudió en un colegio para hijos de profesores de la Universidad Central de Venezuela, donde trabajan sus padres. La dinámica del colegio no le resultaba atractiva, no se llevaba bien con sus compañeros, no lo apasionaba ninguna clase, no le interesaba estudiar. "El colegio era más bien un lugar seguro, para mantener a los chicos lejos de la drogas, del hampa en una época de crisis. Algo muy común en las clases medias venezolanas", cuenta.

Luego pasó a la Central, donde estudió primero Computación y luego Letras y tuvo la oportunidad de dar clases. Este recinto universitario es otro enclave importante en su historia. Ahí pasó casi toda su vida y comenzó a interesase por la escritura. "Tuve la oportunidad de probar los diferentes puntos de vista en la Central, lo suficiente como para entender que la universidad es una especie de termómetro del país. Casi que es como una especie de diorama chiquitito donde ocurre todo lo que ocurre afuera".

Entre reflexiones que hoy lo hacen repensar una Venezuela que pareciera muy lejana, Gabriel recuerda su "militancia artística", desde el Centro de Estudiantes. Como universitario, no fue un militante político y esto lo debe mucho a la formación marxista de su padre.

"Mi papá me crió haciendo mucho hincapié en temas de conciencia de clases, un marxismo que terminó siendo culpa de clases. El marxismo es como un nuevo cristianismo que te enseña a ver el mundo muy ajeno y muy caro, entonces es como si todas las cosas tuvieran un precio altísimo que los demás pueden pagar pero tú no, aunque tuvieras el dinero para hacerlo. Esto fue producto de mucho sufrimiento en mi vida y análisis en terapia".

Durante mucho tiempo se sintió enemistado con la idea de la doctrina paterna que, si bien le indujo a penosas situaciones, también fue la oportunidad de crear un vínculo empático con personas en situación más humilde. Convencido o no, hoy ha podido desechar lo que no le gusta y trata de ser un libre pensador, "si es que eso es posible".

Pero fue mucho más lo que por años lo mantuvo distanciado de su papá, no sólo este ideario político, sino también el naufragio del matrimonio. Hoy, con la distancia del tiempo y el espacio, reflexiona: "Sospecho que mi papá construyó su emocionalidad en base a una cierta militancia muy ardua, que le dio mucha dirección interpretativa de la vida, pero le castró un poco su acceso a la interioridad. Tuve un padre muy distante, severo, castigador, pero pendiente de darme todo lo que necesité".

El marxismo como ideario revolucionario, fue para Gabriel algo muy cercano: una fuente de culpas que lo sentenciaba a buscar castigo, y también una fuente ideal para iluminar los sectores oscuros de las sociedades modernas. La gran escuela de la sospecha que permite interpelar y ordenar la sociedad. "El marxismo y el psicoanálisis son mis dos iglesias", concluye.

Venezuela hoy

Ciertas posturas políticas muy frecuentes no bastan para entender la realidad histórica, dice. Distanciado del chavismo y de la oposición venezolana -atrás quedaron sus jornadas laborales en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y en Monte Ávila Editora- no cree que al ser opositor a los gobiernos de Chávez o Maduro deba suscribirse plenamente a otro tipo de modelo.

"Creo que militar contra Chávez en un momento, era reprochar la ausencia de mi padre", dice y corrobora que la militancia está muy ligada a lo paternal. Además, la militancia exige unas certezas de cara a una educación formal que no cree tener, puesto que ha sido autodidacta en muchas etapas de su vida. Prefiere pensar las problemáticas sociales con nombre propio y no adherirse a militancias.

"A la larga, no ser militante es el único rol posible para un escritor".

En el cuento "Para Elisa", que obtuvo el segundo lugar de la VII edición del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores 2013, Gabriel rememora iconos de la historia oficial venezolana: un crimen pasional, un policía, un extranjero, un militar y la violencia. Como en una película de los años 80, la historia se narra "en un contexto sociopolítico muy específico, de fuertes conflictos sociales y humanos, pero que al mismo tiempo conserva vigencia en la actualidad", dijo el jurado. Y es que Payares tiene muy presente el imaginario de país en su devenir. Reflexiones que derivan en textos.

Gabriel es un militante de la literatura, esa que debería ser un mazo para romper mitos y tomar los pedazos que interesa para contar otras cosas. Y es ahí cuando piensa en Venezuela, un país profundamente triste que vive un momento de resignación y amargura. La imagen de la barriada celebrando el callejón sin salida es, para Gabriel, muy definitoria de la Venezuela de hoy. -"Somos un país profundamente triste"-.

Mientras que en Argentina consideran a los venezolanos muy alegres, por venir del Caribe, insiste en que es una alegría triste, "que sirve para mantenernos arriba, en una especie de salva vida porque en el fondo somos un pueblo muy triste. Este es un momento de descontento que va a movilizar cosas, muchas energías, no necesariamente de la manera idónea. Ya está movilizando mucho rencor".

"Me resisto a pensar Venezuela como un país en ruinas, pero sí hay una especie de nostalgia por lo que fue, que habría que empezar a dosificar y meterle lupa. Nos hacen faltan relatos y por eso es un momento importante para los que hacemos ficciones, a pesar de que nadie nos está esperando para leernos".

Recuerda un consejo que le dio la escritora Victoria de Stéfano, "el mejor que me han dado en la vida", y es que ella escribe lento, pues nadie está esperando para leerla. La literatura es el caballo que llega de último en la carrera.

Gabriel se cuestiona la idea de que la narrativa debería rendir cuentas de lo que se está viviendo, de que habría que esperar "la novela del chavismo", o refrescar la realidad como si la gente no la viviera, como si hubiese alguien a quien hay que rendirle cuentas de la realidad que vive. "Es todo lo contrario - plantea-. Ya que los medios periodísticos tienen tanta importancia en el panorama político, la labor de la literatura es otra. No sé si darle la espalda e irse a soñar mundos paralelos, pero sí de una forma romper esos mitos".

Para este joven escritor que observa la realidad nacional desde afuera, la literatura debe ofrecer otras vías de relato, otras vías de entrada y salida de "lo nacional": "redibujar el laberinto, más que encontrarle una solución posible... No hemos sabido construir una mirada sobre el arte y la literatura como una vía de entrada a lo propio".

En su último libro de cuentos, Lo irreparable, hay pocas referencias a la Venezuela de hoy y se aborda al chavismo como algo ya pasado, que ya terminó: "quizás es mi forma de hacer oposición".

El escritor nómade

Treinta años después de nacer, Gabriel volvió a Londres para conocer la ciudad donde nació pero la sintió ajena. A pesar de visitar los lugares que marcaron su nacimiento, el hospital donde nació, el apartamento donde vivieron sus padres, Londres resulta lejano a su niñez.

Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Y aunque vivir lejos de su tierra le fue difícil, una experiencia que cataloga de dolorosa, también contribuyó a contrastar realidades. "En la medida en que uno pueda ver más mundo comienza a entender no sólo cosas de ese mundo, sino cosas de sí y de sus propias raíces. Nunca entendí tanto sobre Venezuela como este año medio fuera".

Pero el viaje no termina en la capital argentina. Desde hace años ha estado atesorando experiencias de desarraigo, de viajes que despierten ganas de descubrir otras culturas, "creo que es indispensable en la formación de escritor. Un poco para poder pensar lo propio y lo ajeno".

En lo que fue un viaje muy revelador del continente americano, visitó el norte de la Argentina y parte de Bolivia. Ahí, parado frente a ese Bolívar enjuto entendió que lo que hay que generar un intercambio cultural en Latinoamérica, "dejar de mirar a Europa, es lo que uno debería perseguir activamente". Ahora, quiere recorrer esa Latinoamérica que promete una gran experiencia para poder acumular vivencias de lo que es ser suramericano. Considera que por ahí van las enseñanzas de la época.

Sin embargo no cree en la llamada "literatura del exilio", de la que fue muy crítico cuando comenzó a viralizarse el concepto en los medios. Según le confesó Eduardo Sánchez Rugueles, escritor venezolano residenciado en Madrid, algunos exiliados se quejan de que la etiqueta no la asumieron ellos, "no se trata de que una generación de escritores se puso de acuerdo para bautizarse como tal", sino fue la manera en la que ciertos poderes mediáticos, editoriales y de mercado, atajaron una narrativa que estaba intenta visibilizar la clases media que se está yendo del país. "La clase media tiene quince años invisibilizada por el chavismo y esta literatura está intentando revisibilizarla. Algunos están escribiendo sobre la cuarta república, la época en que eran jóvenes, y otros sobre la narrativa de lo extranjero, que yo prefiero llamar de la emigración y no del exilio. La narrativa del exilio la reconvirtieron a la diatriba política, entonces es la narrativa de oposición".

Con más de un año viviendo lejos, Gabriel siente que el país no logra escapar de un molde político. Aunque el chavismo esté llegando a su final, es este fin el comienzo de la narrativa chavista que está por venir. "Chávez como figura no está extinta, por el contrario comienza el mito, el relato del chavismo. Es como el peronismo, aún sigue el relato".

El regreso del hijo

Durante mucho tiempo, Gabriel estuvo enemistado con su padre, hasta que la literatura se lo regresó: "Cuando salió el primer libro de cuentos, en el que abordaba, entre otros temas, la relación con mi familia, creo que él supo leerlo de otra manera. Fue el libro premiado que le mostró más sobre mí. Ya que no éramos buenos hablando, podía leerme. A partir de ese entonces se horizontalizó mucho a relación y empezamos a estrechar los lazos. Hasta el sol de hoy, creo que ese el premio más grande que la literatura me ha dado, me devolvió a mi viejo".

Gabriel aprendió a nadar en Margarita, junto a los hijos de los pescadores. Sus padres no lo sabían. Un día, luego de haber nadado hasta un peñero, vio en la orilla a su padre que lo buscaba. Lo saludó. Su padre se sorprendió de verlo ahí. Le contó a su madre: -Mira donde está tu hijo. -¿Cómo llegó ahí?, le preguntó ella. -Nadando...

"Esa imagen -concluye- de estar en el peñero mirando a la costa y saludando a mis padres, es la que tengo en este momento de mi vida. Ellos están lejos y yo estoy en esta especie de peñero viendo a dónde atraco".


Entrevista publicada en el libro "Nuevo país de las letras", compilación de Antonio López Ortega para la Biblioteca Digital Banesco www.banesco.com

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