Letras

Luz Roja

Roberto Montaña

La libertad no consiste solamente en seguir la propia voluntad,
 sino, a veces, también en abandonarla.
Abe Kobo

Se distrajo buscando el celular y no vio la luz roja del semáforo. Cuando levantó la cabeza ya tenía la senda peatonal encima. Pisó el freno y la camioneta vibró antes de detenerse con un leve estremecimiento. A sus espaldas, el súbito chirrido de unas gomas le hizo temer lo peor. Durante aquellos segundos esperó el golpe hundiendo la cabeza entre los hombros, pero nada sucedió. A través del espejo retrovisor descubrió el auto que acababa de detenerse a centímetros de su paragolpes trasero. Era un Falcon destartalado, con una enorme calcomanía que atravesaba el parabrisas de punta a punta. Ford Fierro, leyó en letras fluorescentes. Podía distinguir a su conductor, un muchacho de no más de veinticinco años aferrado al volante como si intentara arrancarlo de cuajo. Tomás bajó apenas la ventanilla y sacó la mano a modo de disculpa. El muchacho hizo un gesto de fastidio y se dio vuelta hacia el asiento de atrás. Menos mal que no me tocaste la camioneta, empezó a decir Tomás como si el otro pudiera escucharlo. Se acomodó el cinturón de seguridad y encogió las piernas. Para arreglarme el paragolpes no te iba a alcanzar con vender ese auto de mierda. Después se alisó el pelo y soltó una larga bocanada de aire como para quitarse el susto de encima.

Encendió la radio. En los parlantes susurró la voz sensual de una mujer. Se restregó los ojos y bostezó. Las luces nacaradas del reloj digital titilaban en el tablero. Las once y cuarto. Qué tarde se le había hecho. Tendría que haber dejado la reunión con la gente de logística para la próxima semana. Su secretaria lo había sugerido. Pero él no quiso suspenderla. Tuvo que lidiar con el fastidio del jefe de operaciones, y el saludo seco del vigilante de la puerta. ¿Y todo para qué? Para acrecentar su fama de obsesivo, de enfermo del trabajo. Como si su ejemplo pudiera promover en los otros algo más que desdén. O lástima.

Levantó los ojos hacia el semáforo. Le pareció que estaba demorando mucho en cambiar. Un par de gotas gruesas, pesadas, estallaron en el parabrisas. A lo lejos, más allá de los edificios espejados del puerto, los refucilos iluminaban las aguas quietas del río. Ahora no lo ayudaba la lluvia, ya era demasiado tarde. Ahora la lluvia era una molestia o incluso, en el peor de los casos, la excusa para que todos se quedasen hasta la madrugada. Tomas cumplía cuarenta años. Clara le había organizado tres fiestas. Hoy, viernes, con los familiares, mañana con los amigos, y el domingo, aprovechando que el lunes era feriado, una noche íntima en una cabaña del Tigre. Cuarenta años. Trató de hundir la panza que le tensaba los últimos botones de la camisa. Cuarenta años. No tenía ganas de recibir a nadie. Quería llegar a su casa, tomar un baño, cenar con vino y tirarse en la cama. Después encender el televisor y dejarse acribillar por los culos y las tetas hasta que lo venciera el sueño.

Movió el espejo retrovisor para mirarse los ojos y no le gustó lo que descubrió en su cara. Quiso olvidarlo pensando en la celebración. Después de todo era una fiesta, su fiesta, y no tenía derecho a arruinarla. Clara no se lo merecía. Había sido un año difícil para su mujer. Fueron muchos exámenes, muchos tratamientos. Días de esperanza contenida seguidos por otros de exasperada desolación. A veces ella se encerraba a llorar en el baño. Después salía como si nada, sonriendo, oculta dentro de su carcaza de optimismo artificial. Pobre Clara, era muy buena, pero cada vez más su bondad se parecía a una pesada armadura que él estaba obligado a llevar a la fuerza.

Tomás volvió a mirar el semáforo. Seguía igual. Un par de gritos agudos lograron traspasar los vidrios de la camioneta y sobreponerse al saxo que sonaba en el estéreo. Miró hacia el kiosco de diarios que se alzaba solitario sobre la vereda. Un hombre fornido y tambaleante salió desde atrás. Tiraba del brazo de una chica con violencia. Ella se aferraba como podía a la cortina metálica de un negocio a oscuras. Pero el hombre era muy fuerte y la estaba arrastrando a pesar de sus esfuerzos. ¿Estará funcionando este semáforo?, pensó Tomás y aceleró apenas la camioneta. El motor roncó potente y después se oyó el murmullo sordo de las válvulas. Algo le decía que era mejor estar preparado para salir rápido de allí. Miró la cuadra de una punta a la otra. Ni un alma. A esa hora, la avenida bajaba hacia el puerto rodeada de esqueletos de vidrio y metal esperando el lunes para volver a la vida. Solo estaban él y el conductor del Falcon. Pero cuando miró por el espejo descubrió al muchacho distraído, hablando por celular.

Tomás bajó un par de centímetros la ventanilla de acompañante. Escuchó a la chica gritar: “No quiero, soltame Javier, me estás lastimando” Y aquello de algún modo lo calmó. No era un robo, apenas una pelea de pareja. Siguió mirándolos liberado de la obligación de intervenir, como si el hecho de que se conocieran transformara la violencia en una especie de pasatiempo. Pero todo cambió cuando el hombre empujó a la chica contra el kiosco de diarios y comenzó a golpearla con furia. Fueron dos o tres piñas, la primera en la cara, las otras dos tomándose el tiempo, como buscando el mejor lugar para herir. Tomás sintió el impulso de actuar. Cerró la ventanilla y sacó los kleenex de la guantera. Tenía que secar esas gotas de lluvia que, aunque no eran muchas, podrían estropear el tapizado de cuero. Un suave aroma a lavanda inundó el interior. Inhaló profundo; quería llenar los pulmones de ese perfume artificial. De pronto vio a alguien pasar corriendo delante de su camioneta. Miró por el espejo retrovisor: el Falcon tenía la puerta del conductor completamente abierta. Sintió en su cuerpo la misma adrenalina que le despertaban las buenas películas de acción. A través del parabrisas, como si fuese una pantalla de cine, observó al muchacho dar zancadas, saltar a la vereda y enfrentar al agresor. Un hombre de talla considerable, por cierto, que hizo alarde de su musculatura sacando pecho y desafiando a la pelea. Pero solo lanzó un par de golpes lerdos que murieron en el aire y no causaron daño. Debe estar borracho, pensó Tomás cuando lo vio trastabillar. Con una hábil maniobra el muchacho logró rápidamente torcer el brazo del hombre y aprisionarlo contra la pared. Después de un par de forcejeos inútiles, se calmó. La chica lloraba a su lado cubriéndose la boca con las manos. Parecía que todo había terminado. Por el espejo retrovisor Tomás descubrió la oleada de vehículos que, liberados por el semáforo, se acercaban a toda velocidad. Y la puerta del Falcon abierta de par en par. Se la van a llevar puesta, pensó, mientras soltaba apenas el embrague. Los primeros autos comenzaron a rebasarlo. Tomás vio que el muchacho giró hacia él, como si de pronto el ruido creciente del tráfico le hubiera recordado que había algo suyo olvidado en mitad de la avenida. El hombre aprovechó el descuido del muchacho y le lanzó un codazo que le dio en medio de la cara. El golpe lo desplomó. Su cuerpo inerte cayó sobre la acera. El hombre empezó a patearlo con brutalidad, en las costillas, en el estómago. Le saltó sobre la cabeza. Tomás aceleró otra vez, pero no se decidía a soltar el embrague. Encendió las balizas y volvió a buscar el celular en el piso, entre los asientos. Cuando se incorporó vio al hombre y a la chica cruzando la avenida. Corrían hacia el sur por una calle lateral. A Tomás ni siquiera le llamó la atención que fueran de la mano, como dos enamorados que acababan de cometer una travesura. Miraba hacia todos lados como si hubiese perdido algo más que el celular y no encontrase manera de recuperarlo. A los pies del muchacho, que seguía inconsciente, ahora estaba acuclillado un hombre mayor. Una mujer los miraba guarecida bajo el toldo mientras hablaba por teléfono. Había empezado a llover fuerte. Dos chicos de mochila llegaron corriendo y se sumaron al grupo. Un taxista detuvo su coche y bajó. Tomás sintió que ahora el tiempo había vuelto a recuperar su velocidad normal. Las luces del semáforo volvieron a cambiar de repente. Miró otra vez por el espejo retrovisor. Una vez más se acercaba otra oleada de autos. Y la puerta del Falcon que seguía abierta en mitad de la avenida. No podía irse sin hacer nada. Apagó la camioneta, se guardó las llaves en el bolsillo, levantó las trabas y salió. Las primeras gotas lo impactaron con saña. Trató de cubrirse levantando el cuello del saco. El ronquido del Falcon se oía potente a pesar de la lluvia que golpeaba contra el capot. Este boludo ni siquiera apagó el auto, dijo Tomás, mientras se acercaba. Tenía que cerrar esa puerta. Era lo menos que podía hacer. Cerrarla e irse de una vez. La empujó con fuerza y se oyó un ruido a lata, a tornillos flojos. Se le ocurrió que tal vez si encendía las balizas ayudaría a que lo vieran mejor a la distancia. Entonces podría irse tranquilo. En su casa lo estaban esperando para empezar el festejo. Ya se imaginaba la escena: su padre y Fernando mirando el partido por televisión. La tía Ernestina y Alberto pelándose por los fiambres de la picada. Clara de aquí para allá preguntando si está todo en orden, si no falta nada en la mesa, haciendo de cuenta que no la están comiendo los nervios porque no sabía nada de él. Y su madre… su madre consultando el reloj cada cinco precisos minutos, desconfiando de todo y de todos, preguntándose por qué Tommy le estaba haciendo pasar ese mal momento, justo a ella que en su vida no hizo otra cosa que pensar en su bien. Tomás metió medio cuerpo dentro del auto. Buscó a tientas sobre el tablero a oscuras. ¿Dónde estaban las balizas en el Falcon? La misma búsqueda lo llevó a mirar hacia atrás. Las luces de los autos acercándose reflejaban el estallido de las gotas contra la luneta. Un movimiento sobre el asiento trasero le llamó la atención. Dormido, cubierto con una manta, el bebé estiró sus piernas y luego las encogió. Una mueca de dolor quebró por un instante su carita iluminada por el alumbrado público. Como si un retortijón pasajero o una aparición fugaz hubieran perturbado la placidez de su sueño.

Tomás se quedó mirándolo sin moverse. Era muy pequeño, tendría dos o tres meses. El chupete le colgaba de una cinta celeste atada al asiento. Tenía el puñito cerrado, apretando el sonajero con la cara de un oso panda. Un recuerdo se abrió paso entre todas las sensaciones que lo acribillaron de repente. La imagen de una reunión con amigos, alrededor de una mesa donde convivían cervezas y mamaderas. Tomás escuchaba con una sonrisa pintada las anécdotas de padres primerizos. Recordó sobre todo la confesión de Adrián, su método infalible para hacer dormir a Laurita: dar vueltas con el auto por calles empedradas, pasar por todos los lomos de burro hasta que la venciera el sueño.

Un bocinazo largo, exasperado, hizo que volviera en sí. “Qué haces, pelotudo”, le gritaron desde un auto. Con el mismo impulso corrió el asiento hacia delante, quitó el cinturón de seguridad y alzó el porta bebés retrayendo la manija de plástico ¿Podía dejarlo allí, en aquél automóvil tan frágil, detenido en mitad de la avenida? Cualquier distraído se lo podía llevar por delante. Sin ir más lejos recién casi ocurrió una desgracia. Es cierto que primero pensó en cruzar la calle, dejar al bebé a salvo para que se encargara la policía o quien fuere. Pero los coches pasaban tan cerca que le pareció correr un riesgo innecesario.

Volvió a la camioneta, abrió la puerta trasera, apoyó el asiento portabebés y le cruzó el cinturón de seguridad. Un temor desconocido, extraño, se apoderó de él. Miró al bebé: se estaba despertando. Le sacó una media solo para contemplar sus dedos redondos e inquietos, la suave curva de los pies. Pero lo que lo decidió no fue verse privado de aquella infinita ternura sino la tristeza de ser un hombre de cuarenta años parado en un semáforo y sin poder arrancar de una vez.  El aullido de las sirenas le llegó de lejos, confundidas con la voz impostada del locutor. Apagó la radio y el aire acondicionado. Levantó la cabeza hacia el semáforo. Estaba otra vez en rojo. No quiso mirar el patrullero, ni la ambulancia, ni toda esa gentuza que colmaba la calle y lo empezaba a señalar. Bajó la ventanilla de su lado y asomó la cara hacia el cielo. Dejó que la lluvia se llevara unas lágrimas que no hubiese podido explicar. Apagó las balizas y antes de encender la camioneta se dio vuelta hacia el pequeño, que lo observaba con los ojos abiertos y ya empezaba a lloriquear.

-Tranquilo bebé, que está todo bien- dijo atontado por la súbita felicidad que lo colmaba.

Giró hacia adelante y volvió a mirar el semáforo: la luz verde brillaba ahora contra un cielo iluminado de refucilos.

- Está todo bien –repitió mientras aceleraba como nunca lo había hecho antes en su vida.

********************

ROBERTO MONTAÑA. Cursó talleres de Literatura Argentina con Beatriz Sarlo y Ricardo Piglia). Desde el 2010 forma parte del grupo de talleristas de Vicente Battista. Sus cuentos fueron publicados en diferentes antologías (Martes 7, Palabras escritas palabras dichas, Cuentos y Microrrelatos Bonaerenses, La vida en Chancletas, Revista Ficcionario, entre otras publicaciones). Su primera novela, Washington, fue distinguida por el Fondo Nacional de las Artes y publicada por la editorial Simurg.
Coordina el Taller Literario de la Biblioteca Popular Victoria Ocampo.

Pin It

Memoria de los velorios

Adriana Morán Sarmiento

"No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía"
J.C.

Al único velorio que debí  ir, no me dio tiempo llegar. La vida suele sorprender y un evento que lo cambia todo sucede cuando menos te lo esperas, o cuando no tienes un traje negro.

Los velorios siempre llamaron mi atención. Un suceso que ocurrió en mi infancia, y que nunca pude olvidar, marcó mi curiosidad por esas reuniones de lágrimas y desconocidos. Al papá de una persona cercana a mi familia lo encontraron guindando de una viga en el comedor de su casa. Decían que era tanto su empeño por morir, que aún colgado, los pies le llegaban al piso, y entonces dobló las piernas para balancearse y apretar el cordón en su cuello. Hay que tener mucha fuerza de voluntad para querer morir. Lo contario al instinto natural. El asunto es que al difunto en cuestión nunca lo vi. Recuerdo la calle llena de gente, en la vereda del frente, pero no un velorio.

Al que sí asistí fue al del sobrino de mi maestra de cuarto grado. Esa mañana no me dio tiempo de lavarme el cabello, estaba preocupada, pero era obligado para todos los alumnos acompañar a la Señorita Gledys. Así que nos montaron a todos uniformados en un autobús y nos llevaron a la sala velatoria y luego al cementerio. Lo que más se rumoraba era el recorrido que había hecho la bala en el cuerpo del muchacho, que valientemente salió a defender a su familia en un asalto en su propia casa. Como una lección de historia nacional, aprendimos ese recorrido de memoria, y toda la semana fue tema del recreo. Los de cuarto, nos hicimos populares gracias al dolor de la Seño. También recuerdo otra frase imprudente y repetida de ese mediodía acalorado en el camposanto: “el sobrino que más quería, dormía con ella en su cama”.

Memoria vaga la de los velorios. Alguien con una camisa roja en medio de tanto negro y blanco; un chiste malo contado repetidas veces, una mujer que cuida su maquillaje, un desconocido se toma todo el café, una niña pide ir al cine, el tío lejano que aparece 20 años después a pellizcarte los cachetes, en el mejor de los casos; la sonrisa quieta y angelical de mi abuela.

Cuando era niña, Mima me hizo prometerle que me vestiría de rojo el día de su muerte. Pero tampoco fui a su despedida de este mundo. Lástima porque hubiese llevado globos, rojos y amarillos. Con mis primos y hermanos hubiésemos perfumado el lugar con aroma de pino y servido dulces de brillantina, ricas tortas y mandocas con queso. En vez de café, hubiésemos repartido cerveza fría y gelatinas de colores en vasitos de plástico. De fondo musical, Oscar de León o Camilo Sesto, según el día de la semana; pero sin escándalo, no como esos velorios de ahora en los que detrás del carro fúnebre va una camioneta con parlantes gigantes y vallenato a todo volumen, mientras los amigos del difunto toman ron y hacen tiros al aire. Nada de violencia. Nada de cuentos piadosos sobre lo buena mujer que fue, sino sobre su manera de regañarnos, su costura, su sonrisa y su dulce de hicacos.

***********************

ADRIANA MORÁN SARMIENTO. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros

Pin It

Cuatro horas

Valentina Vidal

Tu cabeza me calienta tanto, que te como la boca para estar más cerca, dijo y me fui a trabajar.
Y después.

Ver al jefe delante y pensar: estuve toda la noche con Lautaro y tengo dos botellas de vino encima. Dije barbaridades, pienso, y lo miro al jefe. Y si escarbo un poco más en medio de esta resaca, también las hice, jefe. Pero me tomo el café que tengo agarrado como el último bastión de la humanidad, sacudo la cabeza y lo vuelvo a mirar, inalterable. Y él me habla del presupuesto. De las proyecciones, de la mina que está embarazada y que abusa de las licencias médicas. Está fresco como una lechuga el hijo de puta. Toma mate y me ofrece, no, gracias, le digo, ¿no? me dice, no, le confirmo, ¿segura?, insiste, sí, le respondo,  vamos, vamos, con ovarios, me digo, si tomo ese mate se me da vuelta el estómago. Me pongo en clima y agarro la lapicera para concentrarme en los números. Me tiembla la mano. Miro el Excel. Miro al jefe. Tengo la camisa hecha un acordeón. Bien que se me puede haber arrugado en el colectivo, viste como se viaja. La verdad es que no entendía nada cuando me desperté en el telo con Lautaro y toda la ropa en el piso. No llegamos con el presupuesto, le digo y la realidad es que no lo puedo resolver ahora y mucho menos ayer, cuando estaba por cerrar los números y Lautaro me mandó el mensaje para vernos, sí, le dije a Lautaro, sí, le dije a mi jefe que se subía a una proyección que está muy por fuera de las posibilidades de la empresa, vos decís, le dije a Lautaro, cuando pidió el segundo vino y me dijo sí, él, sí, mi jefe, con el presupuesto y de pronto me vinieron ganas de que Lautaro me coma otra vez la boca, porque todavía tengo el gusto de su tabaco, pero pongo cara de entenderlo todo y sé muy bien que voy a tener que lidiar con un exceso de gastos si no le pongo un freno al jefe, que descansa en mi noche de ayer para patinarse toda la plata, como se nos patinó la lengua con Lautaro y ahora hay que lidiar con todo lo dicho y con todo lo excedido. Al jefe le suena el teléfono. Atiende. La cabeza me da vueltas. Si pasaron apenas cuatro horas desde que me fui del telo, como no me va a dar vueltas la cabeza. Cuatro horas pueden parecer poco, pero en cuatro horas se puede viajar desde Buenos Aires a Trelew, a Santiago de Chile o a Lima. También se puede renunciar a un trabajo o que una sudestada se lleve puesta la ciudad.  Pero en estas cuatro horas, en estas específicas cuatro,  no hubo un solo mensaje de Lautaro. El jefe corta. No podemos pedir otro préstamo, le digo y me dice porqué, porque tenemos todas las calificaciones vencidas, le digo y me dice, actualizalas, como si se pudiera actualizar tan fácil todo, la noche de ayer y repetirla en un loop continuo que dure toda la vida, para repasar, para entender, para poder corregir y no soltar la lengua como la soltamos y que no haya nada de qué arrepentirse, pero lo dicho hecho está y ahora hay que mirar el balance, generar la reunión con el directorio y que no me escribas nunca más, porque no estabas en mis cálculos ni yo en los tuyos, ni tampoco el bendito presupuesto que aunque lo presentemos a todos los directivos de la empresa, no cierra por ninguna parte y qué tampoco me cierra a mí, que no hayamos usado esas cuatro horas para irnos a Trelew, Santiago o Lima  y hayamos dicho que lo mejor que podemos hacer es no vernos más.

*********************

VALENTINA VIDAL es escritora y música. Nació en Buenos Aires en 1970. Como escritora, publicó su primer libro de cuentos titulado “Fondo Blanco” por Llanto de Mudo ediciones (2013). Participó en el tomo #11 de la antología de Pelos de Punta (2016), en “21 experimentos” antología de relatos ilustrados por Aleta Vidal por Llanto de Mudo ediciones (2014)  y en “Martes 7” antología de cuentos por Ediciones del Dock (2015). Varios de sus relatos fueron publicados en diferentes revistas literarias, recibiendo una mención de honor en el concurso Floreal Gorini 2015 por “Rojo California” (Centro Cultural de la Cooperación) que salió publicado en la antología “El cuento, una pasión argentina 25 años”. Coordinó y realizó talleres de lectura y escritura. En la actualidad colabora como reseñadora en Solo Tempestad y se encuentra escribiendo lo que será su primera novela.  Como música, tocó el bajo en varias bandas y editó tres discos.


Pin It

En el borde del mundo

Laura Ponce

Parado acá, sobre la muralla, contemplo el páramo. Un terreno áspero, pedregoso, con pastos duros, ocasionales matas de espinos y esas plantas enormes que crecen al lado del río. No parecía mucho más cuando lo observamos desde la órbita y sin embargo nos alegró ver Beta Semaris Cuatro con nuestros propios ojos por primera vez.

Las lecturas que obtuvimos entonces acerca de las condiciones ambientales confirmaron la información enviada por las primeras sondas, información que nos impulsó a venir hasta acá desde el otro extremo del sector: la atmósfera era apropiada y las condiciones del planeta eran ideales para establecernos. Pero estas nuevas lecturas mostraron también algo más.

En la región central del único continente, cerca de la costa del único río, vimos un conjunto de aspecto no natural. Lucía como un grupo de edificaciones. Verificamos una y otra vez: no se registraba movimiento alguno, había evidencia de vida vegetal pero no había señal alguna de vida animal. El mundo estaba desierto y la construcción vacía.

Aparentemente, nuestros antecesores eran seres antropomórficos aunque de proporciones físicas algo mayores. El bloque central y los edificios más grandes daban la impresión de haber sido prefabricados; quizás eran los módulos de una nave destinados a proporcionar las instalaciones de base para la colonia. En torno a ellos había construcciones más pequeñas alzadas con materiales locales y todo estaba rodeado por una especie de muro. Pronto hubo consenso entre los que nos adelantamos para explorarla: nos recordó vagamente a una ciudadela medieval y comenzamos a llamarla Camelot.

Parecía haber sido abandonada algún tiempo atrás y no había nada que sugiriera el destino de sus ocupantes, aunque al irse habían dejado muchas cosas olvidadas. Nos dijimos que quizás tenían una nave de repuesto y se habían marchado en ella. O tal vez alguien había venido a buscarlos para llevarlos de regreso a casa. ¿Cómo saberlo? Lo cierto es que afortunadamente no debíamos compartir el mundo con ellos. Tomamos la ciudadela contentos de su existencia y de que estuviera vacía y no nos hicimos más preguntas sobre el destino de sus constructores.

Nada indicaba peligro inmediato y parecía un desperdicio no ocuparla, no aprovechar sus recursos y las comodidades de sus instalaciones. Se dice que los viajeros espaciales somos supersticiosos y no es del todo falso, pero más que ninguna otra cosa somos gente práctica. Habíamos viajado en pos de este mundo durante años y estábamos deseosos de ponernos a trabajar en él de una buena vez.

Al colocar la piedra fundacional en el edificio central de la ciudadela -el módulo de comando de nuestra nave una vez despiezada- pensamos que ese era nuestro castillo ahora, el primero de muchos castillos, que nos establecíamos en la primera de muchas ciudadelas. Nosotros, los humanos, haríamos de este suelo yermo un vergel, nosotros traeríamos vida a este mundo muerto, nosotros... éramos unos estúpidos.

El miedo es una cosa terrible, se esparce entre la gente como un virus incapacitante potencialmente mortal. La gente se paraliza.

¿Saben ustedes lo que es pararse acá cada noche con el dedo agarrotado en el gatillo y observar la oscuridad conteniendo el aliento? ¿Saben lo que es pasar el día preparando las armas, afilando las bayonetas? ¿Estas armas toscas que hemos fabricado, flamantes e inútiles, sin uso e incapaces de detener las desapariciones?

Hace un tiempo avistamos a alguien corriendo hacia unos pastizales. Se ocultó rápidamente y los reflectores no lograron darle alcance. A la mañana hicimos un recuento y descubrimos que faltaba una mujer. Se llamaba Takashi y su esposo había sido el primero en desaparecer. Atribuimos su abandono de la ciudadela a un intento estúpido pero comprensible de ir en su búsqueda. Pensamos que regresaría o que eventualmente descubriríamos sus restos por ahí. Pero no ocurrió. Encontramos sus cosas, sí, su ropa, sus zapatos, sus adornos, pero no a ella o sus restos. Era extraño. No había evidencia de vida animal en el planeta; las condiciones climáticas del páramo podían ser severas pero no descompondrían un cuerpo en tan poco tiempo, no sin dejar rastro. Buscándola a ella y a los que la siguieron descubrimos túneles. Parecían grandes madrigueras que se intercomunicaban. Quizás nuestra gente caía en ellas, se perdía y no podía volver; pero parecía una explicación muy poco razonable y en todo caso no aclaraba por qué encontrábamos ocasionalmente sus cosas o qué los motivaba a alejarse de la ciudadela sin decírselo a nadie.

La paranoia se extendió. Según a quién uno le preguntara, los responsables de lo que sucedía eran nativos invisibles que se defendían de nuestra invasión, fantasmas de los constructores que volvían para recuperar su ciudadela, o una fracción de la colonia que estaba deshaciéndose de los demás. Se organizaron patrullas, se fabricaron armas, se establecieron puestos de vigilancia, pero las desapariciones siguieron en aumento.

Fue en medio de esa locura que yo me acerqué a Venara. Obviamente la conocía -uno no viaja cinco años encerrado en una nave con otros ciento quince colonizadores sin llegar a conocerlos- pero en aquellos días aciagos fue como si la viera por primera vez. Era realmente hermosa. ¿Conocen esa anarquía de los sentidos, esa especie de narcosis que nubla la razón, incapacita las extremidades y descontrola la lengua? Yo caí de lleno en sus brazos.

Venara no sólo era hermosa sino también brillante. Como exobióloga encontraba fascinantes las particulares condiciones del planeta, el desarrollo de las plantas como únicas formas de vida, evolucionando hasta constituir un complejo ecosistema. En sus labios el mínimo dato sonaba a deslumbrante revelación. Con la paranoia reinante, la investigación de campo, la recolección de muestras, incluso la exploración, habían quedado relegadas; pero por supuesto Venara no se sentía incluida en las disposiciones generales. Dale.... Llevame a la frontera, dijo un día. Y yo, como un tonto, acepté. Fue la primera vez de muchas en que nos escabullimos fuera de la muralla.

Le interesaban en particular esas plantas enormes que crecen en la costa del río. Sus raíces se proyectan bajo el agua y horadan profundamente el suelo, entrelazándose con las de otros ejemplares que crecen a gran distancia. En esa época se hallaban en plena floración y al parecer sus esporas provocaban cambios en el desarrollo de plantas de otras especies con las que estaban relacionadas de forma simbiótica. Aparentemente todos sus ciclos reproductivos estaban encadenados. Podría tratarse de algún tipo de polinización cruzada o incluso de una transmisión horizontal de genes realmente importante. Como fuera, saltaba a la vista que esas plantas enormes eran las reinas del lugar.

Venara decía que eran vegetales extraordinariamente avanzados y complejos, que habían alcanzado un nivel evolutivo in-imaginable para nuestro mundo natal. La ayudé a armar un dispositivo para sobrevolar el continente y hacer una especie de censo, tomamos muestras, pasamos días enteros arrastrándonos por los túneles. Mientras la colonia se desintegraba en medio del temor y las acusaciones, mientras iban desapareciendo uno a uno, yo sólo tenía ojos para ella.

Con el avance de la investigación, una sensación de urgencia fue ganándonos poco a poco. Llegamos a dedicarle cada elemento a nuestro alcance, cada momento de la jornada, y todo parecía poco. Era como si por fin comprendiéramos lo precario de nuestra situación. Los estudios y experimentos insumían cada vez más recursos de la debilitada colonia; no gozábamos del favor de la mayoría, que veía nuestro trabajo con suspicacia, socarronería o indiferencia, y no me avergüenza admitir que cuando debí robar o mentir, lo hice. Hubiera hecho cualquier cosa por ella.

A veces estaba tan agotado que apenas podía mantenerme despierto, pero una sonrisa suya o un roce de su mano era suficiente para que volviera al trabajo.

Venara intuía algo, lo sé, estaba al borde de un gran descubrimiento; pero desapareció hace dos semanas.

Aunque no tengo sus conocimientos, hice todo lo que pude para continuar con la investigación. Lo hice como un modo de honrar su memoria, pero también porque creí que ahí podía encontrarse la última esperanza, lo que desentrañaría el misterio y salvaría lo que queda de nuestra colonia.

De manera inesperada, y por lo menos en parte, he tenido éxito. Las tormentas de polvo se han hecho más frecuentes y dejan un aroma dulce en el aire. Son las esporas. Pronto habrán afectado a todos.

Me pregunto si los Altos habrán descubierto lo que pasaba antes de que su ciudadela se vaciara por completo. Es irónico, ¿no creen? Con tantos viajes, en tanto tiempo explorando el espacio, la humanidad nunca había encontrado otra forma de vida evolucionada y nosotros encontramos dos en el mismo mundo. Sin embargo es fácil entender por qué no pudimos identificar a la más importante de ellas: no te ataca, no se defiende, no intenta comunicarse, no es animal, ni vegetal ni mineral o acaso es todas esas cosas. Sólo está viva y este es su mundo, todo lo que hay en él le pertenece. O pronto será así.

Va cayendo la noche y observo el cielo. Un cielo nuevo que se abre como una ventana a lo desconocido.

Beta Semaris Cuatro... Los nombres son cosas imprecisas, dudosas convenciones. Para quienes no tienen un idioma hablado ni gestual ni escrito, para quienes pueden comunicar directamente ideas o impresiones complejas, los nombres no tienen sentido. Ahora al pensar en el nombre de este mundo, siento que esa designación -Beta Semaris Cuatro- es opacada rápidamente por una idea, la idea de Hogar, pero también la de Ser, y también las de Cambiar y Permanecer.

La parte de mí que todavía es humana tiene miedo, pero la parte de mí que es otra cosa siente una mansa ansiedad; puede esperar, tiene todo el tiempo del mundo para que el cambio se complete. Esto es más vasto que cualquier otra cosa que haya conocido, más acogedor y más propio que cualquier otro sitio en el que haya estado.

Cierro los ojos y casi puedo sentir cómo van apareciendo las estrellas; y con cada una que sale, la naturaleza de lo que somos se manifiesta con mayor claridad y fuerza. El viento se alza de modo invitante sobre el vibrante escenario de la llanura y ahí, entre todas esas voces que trae, está la voz de Venara llamándome.

********************************

Imagen: Grendel Bellarousse. Del libro Cosmnografía general. Ediciones Ayarmanot. 2015

Pin It

Los payasos

Gabriel Payares

Este cuerpo no volverá a empezar
Cesare Pavese

Los payasos llegaron un sábado, cuando habíamos salido de la ducha y recién comenzaba el horario de visita. Era un fin de semana fresco, de enero o de febrero a lo mejor, es difícil saberlo en este lugar. Los días empiezan aquí de la misma idéntica manera: yendo al baño uno por uno en una fila larga y lenta, cogidos de la mano de las cuidadoras, que a esa hora tienen peor humor que de costumbre. Están obligadas a madrugar para dejarnos limpios y perfumados antes del cambio de turno y hay que decir que esa no es tarea sencilla: a algunos hay que arrastrarlos hasta la ducha y bañarlos a juro, como a los animales, mientras que a otros basta con seguirles la corriente y empujarlos con cariño hacia el baño. El problema viene después, a la hora de desnudarlos o ponerles el champú, o sacarlos del agua una vez terminado el asunto. Y supondrán la delicadeza con que nos tratan estas hijas de puta. A mí no, debo decir, yo aún me baño por cuenta propia y a un ritmo decente, sin tardar mucho, sin tratar de escapar, sin que tengan siquiera que ayudar a desvestirme. Por eso no me joden tanto como a los demás, sobre todo a los que ya ni caminan pero se cagan encima y, de paso, luchan cuando hay que cambiarles la ropa: gritan, gruñen, llegan a embarrarlas de mierda. «Casos difíciles», los llaman, que terminan con un jeringazo y a dormir otra vez hasta bien entrado el mediodía. Aquello empeora los sábados y domingos, cuando tienen encima la presión de la visita semanal: nadie quiere ir al ancianato y encontrarse al abuelo hediondo porque no hubo forma de meterlo a bañar, pero tampoco verlo noqueado en el sofá, mascando por horas el vaporón de la anestesia. También hay algunos que prefieren esa última alternativa. Dormido el viejo se acaban las quejas y las discusiones, se evita volver a oírle el mismo cuento repetido de siempre o que les pida con lágrimas en los ojos que lo dejen volver para su casa. Será por eso que a mí ya nadie me visita, porque hace rato me dejé de hipocresías y los mandé a todos al carajo. Es preferible así, es más sincero. Lo encierran a uno para que no estorbe en sus casas o porque no soportan la idea de que uno se muera tranquilo viendo televisión y se enteren cuando nadie conteste el teléfono, y encima pretenden que uno los reciba bailando de alegría y agradecimiento cada vez que vienen de visita, cargados de pastillas, lociones y champú para bebés. Por mí que no lo hagan más, así mismo se lo dije. Y ellos en el fondo agradecidísimos. Qué importa, no sólo de amor vive el hombre.
Esa mañana yo estaba sentado allá atrás, en las sillitas plásticas que hay en el patio de tierra, esperando a que nos sirvieran el desayuno. Los fines de semana ponen cruasanes con queso blanco y jugo de envase, que yo aprovecho para comerme lo más lejos que se pueda del grupo. No hay forma de estar mucho rato ahí, sentado a la mesa entre un montón de viejos locos ensuciándolo todo, gritándose necedades o queriendo pararse a cada rato a caminar. Así es Irma, una mujer bajita y achinada, parecidísima a un duende, que no para de reírse a cada rato con picardía, como si le contaran chistes groseros al oído. Tiene tan mal la cabeza que no sabe explicar de qué carajo se ríe ni tampoco reconocer a sus sobrinas, la única familia que tiene y que la visita sin falta los fines de semana. Del resto, Irma es puro caminar. El instante que le toma a la cuidadora ubicarla en un puesto a la mesa y darse la vuelta para servir la comida, le basta al duende para empezar su maratón por toda la casa, arrastrando consigo a quien tenga la desgracia de estar a su lado en el momento. Entonces tienen que perseguirlos a ambos y devolverlos al asiento, del que ella intentará levantarse en el próximo minuto y medio y así sucesivamente, en un episodio eterno de Los Tres Chiflados. Otro que jode a menudo es Álvaro, un calvo flaco y largo parecido a una iguana, que en vida fue un arquitecto famoso, de los que le hacen plazas y mansiones a los ricos, pero ahora no hace más que gritarle al mundo su nombre completo y su profesión, cada cinco minutos, atrapado en una entrevista de trabajo. Lo peor es que se trata de un tipo manso, al que las cuidadoras alimentan como a los bebés, metiéndole a juro la comida entre un grito y el siguiente. De otro modo, Álvaro ni comería. A veces tampoco duerme, a pesar de los calmantes que nos obligan a tomar cuando cae la tarde, y se le escucha gritando, una y otra vez, dándole su santo y seña a la noche. Las cuidadoras ni se inmutan, claro, pero pobre del que comparta su habitación.
Este zoológico de casos perdidos sigue con la madám: una ballena blanca y mofletuda encallada para siempre en su silla de ruedas, desde donde escupe todo el día maldiciones en francés; y también con la timidísima Amalia, de ojos saltones como los sapos, obligada por el Alzheimer y la hipertensión a pasar todo el día sedienta, quejumbrosa, sin importar cuántos vasos de agua seguidos se llegue a tomar. De sus vidas pasadas no se puede saber ya demasiado: ninguna ha recibido visitas desde que ingresé a este moridero y ya están demasiado perdidas para siquiera contestar una pregunta. Así está también el pobre Gutiérrez, uno de los pocos del asilo que me cae bien. Será porque no se mete con nadie. Sus hijas me contaron que era maestro, profesor universitario o algo parecido, y la ironía está en que dedicase su vida a formar mentes despiertas y ahora esté casi en el hueso por su total indiferencia ante todo, absolutamente todo lo que no salga en la pantalla del televisor. No importa qué estén transmitiendo ni en qué canal sintonice: cada mañana Gutiérrez se sienta en el sillón de la salita y se niega el resto del día a abandonar ese lugar, e incluso a intercambiar más que unas poquísimas palabras. Si uno insiste demasiado, lo manda a callar con un gesto de fastidio, como espantándose de encima los zancudos. Del resto ni come, ni bebe agua, ni hace nada de nada de nada: figúrense un faquir, pero muchísimo más aburrido. A sus hijas las recibe en ese mismo sillón y nunca duran más de una hora compartiéndole el silencio o mirando con él las telenovelas, que al mediodía dejan puestas las cuidadoras.
Por último estoy yo, el único viejo cuerdo en el asilo y por lo tanto el que más sufre. Porque no sería lo mismo si no me diera cuenta de nada, si fuese un vegetal más tendido en una silla del patio, viviendo más allá de todo gusto y toda tristeza. Mi único pecado fue caerme en la ducha, abrirme la cadera contra el suelo y quedarme allí casi tres horas tendido bajo el agua helada, porque no podía pararme, ni siquiera arrastrarme como una lombriz hasta el teléfono. Y ya, eso bastó y sobró para que me declararan inútil: una caidita en la ducha, algo que le pasa a cualquiera. Eso y la bronquitis que vino después y que casi me lleva a la tumba, junto al maldito médico empeñado en que me daban mareos porque me fluctuaba el azúcar. Lo peor es que al final tenía razón. Diábetes, así, sin anestesia.
Del resto, a decir verdad, no hay más que un montón de muertos en vida, tan abstraídos de todo y de sí que es inútil aprenderse sus nombres: duran poco y es como si nunca estuvieran. Lo único bueno de estar encerrado con ellos es que uno pasa completamente desapercibido: basta con callarse la boca y caminar. Claro que al principio no era así, yo era muy rabioso, daba mucha lidia y las cuidadoras me odiaban y me atendían de mala gana, me negaban atención o me sentaban junto a los más insoportables nada más que para verme sufrir. Ahora lo llevo con más calma, les doy los buenos días, les pregunto por sus docenas de hijos de nombre impronunciable y a cambio ellas me dejan estar un poco a mis anchas. Incluso a veces logro fumarme un cigarrito en paz, de los pocos que les robo del bolso a las del turno de la noche. Y que no me vengan a esta edad con el cuento de que el tabaco da cáncer. Cuarenta años fumando son prueba contundente de lo contrario y perro a cagar.
Pero si sigo divagando así no voy a contar un carajo. A esta edad cuesta ser lineal en lo que se dice, los recuerdos son necios, se atraviesan, se enredan en la lengua como telarañas. Lo importante, decía, fue que llegaron los payasos y que llegaron armando alboroto, con sus vestidos estrafalarios y sus sonrisas de cartón, dándole un susto a más de uno que por poco lo mata de un infarto. Eran cuatro en total, contando al chofer de la camioneta blanca en que vinieron, un gordito odioso con mirada de asesino. Los otros tres estaban disfrazados, dos jovencitos y una muchacha, ninguno superaba la veintena. Ella de rojo, ellos de amarillo y azul, de un patriotismo asqueroso. Las cuidadoras les abrieron la puerta rebosantes de alegría, no sé si por el aire de fiesta y la enorme torta que nos traían, o más bien por el ratico que iban a estar sin trabajar. «Ah, carajo, ¿y cuál de los niños cumple años hoy?», pregunté yo, asomándome de pronto cuando los vegetales anónimos aplaudían, como títeres cuando arranca la función. «Ay, ¿no es lindo, señor Fernando? Nos vinieron a alegrar la mañana. Hay que hacerlos sentir como en su casa», me respondió la jefa de cuidadoras, una mulata trigueña y avispada, haciendo hincapié en la última frase como en una advertencia. Ni que pudiera yo echarlos por cuenta propia, yo que no puedo pasar mucho tiempo de pie porque la ciática me empieza a latir como un motor. Total que con un mugido y la media vuelta los dejé entendiéndose, payasos y cuidadoras, mientras volvía hacia el fondo y trataba de no oír el trompeteo de los primeros globos inflados. Claro que pensé en replicarle al instante a la jefa de las carceleras, en decirle que no era a nosotros sino a ellas a quienes les iban a alegrar la mañana o que la mitad de los «abuelitos» no podríamos probar la maldita torta sin envenenarnos la sangre con el azúcar. Lo pensé, claro que sí, pero me mordí la lengua. ¿Qué iba a ganar con eso? Más bien opté, como ya dije, por el silencio y la retirada, negándome a formar parte de aquella fiestecita ridícula que los payasos le imponían a los presentes, arrancándole a cada viejo una sonrisa con bailecitos y voces chillonas, con unos minutos de falsa atención y preguntas bobas, o en los casos más desesperados, con un truco de magia y unos globos de colores. ¿Se ha visto estrategia más cruel y minuciosa? Hasta que el carcamal no se rendía a la metamorfosis de viejo amargado en muchachito risueño, no pasaban los malditos payasos al siguiente ni lo dejaban rumiar en paz los minutos que le quedaran de vida. Para colmo se repartían entre los tres la tarea, de modo que ninguno pudiera escapar a sus encantos, ni siquiera los pocos que ya estaban en compañía de su visita.
Yo confieso, por qué no hacerlo, que si me hubiese valido las atenciones de la payasita veinteañera únicamente, creo que hasta me habría dejado poner un gorrito de cartón, de esos que se amarran con una liga a la mandíbula. Y me importa un carajo que me digan viejo verde. A ver, ¿quién decidió que los ancianos no pensamos nunca en el sexo, que somos pura tensión arterial y cataratas, que nos dan igual unas nalgas bien firmes o unas tetas paraditas y respingonas? ¿De dónde salió que el tiempo vivido nos priva, por arte de magia, de los deseos que hemos sentido durante toda la vida? No es así, damas y caballeros, entérese quien aún no lo sepa: que se pierdan las erecciones, los dientes, el cabello y la flexibilidad sólo demuestra que estos cuerpos en los que nacimos son un préstamo mezquino de la naturaleza, que sus intereses se pagan en soledad, enfermedades y unas pocas horas de sueño. Y lo que es peor, cuando por fin los hemos aceptado tal como son, cuando nos hemos acostumbrado a sus recovecos y sus limitaciones, a lavarlos cada mañana y fijarnos en cada bulto inesperado en la ingle o en la encía, en cada lunar nuevo que aparece y cada meada más oscura y turbia que la anterior, entonces empiezan estos cuerpos a mostrar sus desperfectos de fábrica, a exhibir sus insuficiencias, sus taras irreparables y heredadas del desgaste, cuando no de algún ancestro muerto, enterrado y olvidado. En ese mismo instante una ley invisible nos prohíbe sentir más que dolor y fatiga, como si volviéramos a ser niños incapaces de rabias, de maldades, de pasión, viviendo la vida con una antorcha apagada en el pecho. Yo no me resigno a eso, no señor. No acepto convertirme en una maquinita defectuosa del recuerdo, en la que invertir unos minutos de afecto para amortizar esa deuda absurda de haber recibido la vida. Prefiero mil veces morirme entre las piernas de una payasita tetona que mirando el techo en una camilla de hospital, consumiendo la póliza del seguro mientras tus hijos te mandan bajito a caminar hacia la luz. Yo seré un viejo, un anciano, un carcamal, un dinosaurio, pero también un hombre, para lo bueno y para lo malo, y lo quiero seguir siendo hasta el instante en el que me muera. De eso no me cabe la menor duda del mundo. No pasé más de cincuenta años casándome y divorciándome como si el mundo se fuera a acabar, para terminar llevando pañales y sin acordarme siquiera lo que se siente tener un orgasmo.
Pero bueno, yo soy así y a estas alturas qué carajo voy a estar cambiando. Toda la vida he preferido siempre la soledad al ridículo y ese es un camino lleno de abandonos e ingratitudes. Para muestra un botón: nadie en el ancianato parecía dispuesto a perderse la visita de los payasos, excepto por mí y por el pobre Gutiérrez, eternizado en su sillón, mirando a su vez otros payasos a distancia. Cuidadoras, pacientes y familiares colaboraban con aquella invasión, entregándose sin resistencia al poder que tienen los payasos sobre la gente, ese talento tan suyo para arrancarlos de sus quehaceres y sus sufrimientos y convertirlos en público. Debe ser por eso que las funciones de circo comienzan siempre con ellos: son sus tropas de choque, que allanan la resistencia y abren camino al espectáculo. Claro que nadie piensa nunca en estas cosas. Pero como no creo en la bobería ésa de que si no puedes oponérteles entonces te les tendrías que unir, opté por volver aquellos minutos de desatención en verdaderos instantes de libertad y alegrarme yo mismo la mañana. Mientras allá en el porche unas voces carrasposas entonaban contra todo pronóstico la canción de la cucaracha, yo enfilé mis pasos hacia el cuarto de las cuidadoras, en donde nadie me vio entrar y adueñarme de una taza enorme de café negro recién colado y sin azúcar, y además, por si fuera poco, del periódico del día que estaba allí, virgen, perfectamente plegado en el mesón donde las hienas de uniforme guardan sus objetos personales. Si parece poca cosa aquel par de maravillas que me llevé apenas pude a mi cuarto, es porque nadie comprende que aquí, en este campo de concentración, son verdaderos tesoros los poquísimos instantes en que uno ejerce la propia voluntad y no la de los médicos, los hijos o las malditas cuidadoras. Me refiero a semanas sin probar un buen café negro, no esas imitaciones en polvo que tienen gusto como a hiedra venenosa, o sin leer el periódico temprano, libre de la torpeza de estas campesinas de ciudad que lo doblan mal y de paso equivocan hasta lo más simple del crucigrama. Se entenderá que aquellos minutos de plenitud que pude obsequiarme eran el verdadero milagro del día y por eso me entregué a cada segundo como si fuera el último.
Ay, pero la vejez es terreno muy árido, y estar mucho rato a solas lo lleva a uno siempre al mismo adormecimiento, al mismo sopor que se empeña en darnos pequeños amagos de muerte. Yo no sé si la gente sabe cuánto hay de tedio, del más puro aburrimiento de existir, en ese reloj interno que a cada rato nos sentencia a la siesta. Pero quedan los sueños, afortunadamente, los sueños o los recuerdos, que son lo mismo y a veces tan vívidos que lo hacen a uno dudar, al despertarse, si no será todo una horrenda pesadilla de juventud. Más aun en este manicomio, donde desde hace unos cuantos meses no hay una sola alma inteligente que le haga a uno compañía. Y tampoco es que uno sea Vargas Llosa, ¿verdad? Me conformaría con alguien que supiera escuchar, alguien que supiera de lo que habla. No como esos nietos necios, que pasan todo el día con unos audífonos puestos y un aparato chillándole entre los dedos. Recuerdo a un matrimonio de jubilados sin hijos, recluidos por propia voluntad en el asilo a partir del Alzheimer galopante del marido, con quienes llegué a hacer buenas migas en los almuerzos, a pesar de que yo vivía quejándome de todo y de todos, rumiando el día entero las mismas rabietas de siempre. La señora, una andina humilde y corpulenta que después de cuidar treinta años de su marido lo acompañaba también a esta última morada, se mostró agradecida de poder conversar de vez en cuando conmigo, sobre cualquier cosa en realidad, sobre nada, solamente para hacernos compañía por el rato. Aquellas charlas se fueron haciendo más y más frecuentes, no sé si porque nos caíamos bien o porque no había nadie más con quien hablar como se debe, y fue ella quien me enseñó a no desesperar tanto, a no pasar el día entero rugiendo, a resignarme un poco más a mi suerte. De eso saben mucho las mujeres. Pero todo se acabó cuando el marido empezó a celarla y a amenazarme con un puño triste cada vez que me cruzaba en el pasillo. No sé si me confundía con algún antiguo pretendiente de su mujer o si le daba envidia no poder ofrecerle lo que yo: una conversación sencilla y lineal que durara unos pocos minutos. La cosa se fue poniendo insoportable, pues yo no hacía nada por ahorrarle disgustos al viejo y poco tiempo después se retiraron ambos del ancianato. Más nunca he sabido de ellos. Las cuidadoras han cambiado desde entonces.
Quién sabe cuánto después desperté, todavía en mi cuarto, con el mentón enterrado en el pecho y las hojas del periódico repartidas a los pies. El mundo se había estremecido en mi ausencia. Tardé varios segundos en orientarme, sin lograr que coincidieran mi memoria y lo que me dictaban los sentidos, algo que me ocurría con mayor frecuencia cada vez. A lo mejor me habían contagiado de Alzheimer. Por suerte, las risas que se colaron bajo la puerta me recordaron dónde y cuándo me encontraba, siempre es preferible estar en control. Me puse de pie y un eructo repentino me dejó en la boca el sabor a azufre de la acidez, señal de que el café ya me hacía estragos en las entrañas; por suerte las cuidadoras no guardaban bajo llave los antiácidos, así que uno podía ir y tomarse cuantos quisiera sin tener que estar dando demasiadas explicaciones. Pero y si no, ¿qué? ¿Me iban a dejar morir de úlcera como castigo? Envalentonado por el fuego en las tripas, escondí el periódico y enfilé de nuevo a la salita, que estaba vacía excepto por el mismo Gutiérrez de siempre, empeñado en ver televisión con el aparato apagado. Tenía puesto un gorrito en la calva, como un pararrayos de cartón, que con sus mofletes largos y su mirada lejana, sus tantas ganas de ya no estar, le hacían ver más miserable y se me rajó de inmediato la rabia. «Coño, Gutiérrez, qué cagada», le dije, acercándome al televisor y dándole de pasada un apretón en el hombro. Creí escucharle un bufido de agradecimiento cuando apreté el botón del aparato y las imágenes volvieron a bailar en pantalla. «Así está mejor, ¿no?», le dije al viejo lagarto, perdido ya en el brillo de la caja boba. Sintonicé un programa sobre la deforestación de la selva amazónica y le puse el control remoto entre las manos. Así su ausencia total de este mundo volvería a pasar desapercibida, pero al menos parecería una decisión voluntaria. Y eso ya es algo. Actos de piedad como ése no podían tenerse con todos los del geriátrico, o no por lo menos sin causar un cierto revuelo. Unos pasos más allá me encontré a Irma, por ejemplo, del otro lado de la salita y en el más resignado silencio, amarrada por la cintura a una silla plástica con una sábana, una toalla o cualquier trozo de tela que resistiera sin desanudarse a sus intentos de fuga. Una técnica ridículamente efectiva para no tener que perseguirla por el asilo y que ponía en evidencia, más que ninguna otra, la implacable debilidad de nuestras voluntades. Al menos no la ponían a dormir. Irma tenía también un gorrito, un sombrero pirata de globos de colores, y en la mano una espada del mismo material, lista para el abordaje. No sé qué me dio más rabia: que los payasos le dedicaran sus afectos de gomaespuma o que las amorosas cuidadoras la amarraran después, como a las vacas, para que no anduviera jodiendo por ahí. «¿Y a nosotros tres qué?, ¿nos castigaron?» le pregunté desde lejos, haciéndole una señal de complicidad. Respondió con una sonrisa de maniquí que me dio escalofríos. Al principio dudé entre acercarme a ella o seguir mi camino a la cocina, pero las carcajadas que retumbaron por toda la casa, como esas grabadas en los programas de televisión, me convencieron al instante de que algo tenía que hacer, por inútil que fuera, para iniciar la necesaria resistencia. ¿O íbamos a aceptar que nos trataran peor que a los muebles? Y así de golpe, como se mata a las moscas, me vino todo el plan a la cabeza.
El primer paso consistía en desanudar la tela que sometía a la pobre Irma. Eso no suponía mayores esfuerzos, pero corría el riesgo de quedar atrapado en su carrera cuando se levantase. Así que al final lo hice con la mayor celeridad que pude, como esos tipos que desarman bombas, pero no hizo falta tomar tantas precauciones: el nudo aflojó, las telas cayeron y ella no pareció darse cuenta de nada. Se quedó sentada, indiferente a todo como un juguete sin pilas. Un coro de aplausos estalló entonces en la entrada, mientras la voz del televisor insistía en la urgencia de salvar el último pulmón vegetal que nos queda y nosotros: Irma, Gutiérrez y yo, nos convertíamos en animales de zoológico, que después de tanto tiempo encerrados olvidan lo que hay más allá de sus jaulas. Quién sabe cuánto tiempo pasaríamos así, de no haberme indignado de nuevo, cosa que no me cuesta casi nada, y tomando a Irma de un brazo la puse de pie con un solo templón, mientras le decía al oído un «Nos vamos, mi reina» que le devolvió la electricidad a sus piernas. «¿Pa’ dónde?», preguntó con inexplicable lucidez mientras me aferraba un brazo con sus garras de pterodáctilo. Como no supe qué contestarle, ni tampoco importaba demasiado, insistí con un carrasposo «Nos vamos» al que ella respondió dando un paso en firme que no dejaba lugar a dudas, arrepentimientos ni tonterías. Creo que a Irma le faltaba era un compañero en la huida, una mano amiga que la sujetara y le abriera las puertas, tal y como lo hice yo, mientras buscábamos camino hacia el fondo y luego hacia el patio de tierra, rodeando la casa por un costado y de regreso hacia el frente a través del garaje, en donde paraban las ambulancias cada vez que a algún abuelito se le vencía la concesión. Me pareció de hecho que Irma ya conocía la ruta, que la había ensayado montones de veces en sus carreras disparatadas, preparándose como los maratonistas para el día en que por fin la pudiera correr por completo. A lo mejor no estaba tan ida como pensábamos. Su risa incontenible, más bien una especie de tos, nos acompañó hasta el garaje, en donde encontramos la camioneta blanca de los payasos. También una reja gruesa, normalmente cerrada con candado, que nuestros coloridos visitantes habían dejado sin cerrar. ¡Ajá, payasitos! ¿Un descuido imperdonable, culpa del nerviosismo antes de la función?, ¿o más bien del miedo a quedarse encerrados con los dinosaurios? Quién sabe, quién sabe, qué importa. Abrimos la reja y atravesamos hasta la parte delantera de la casa, nos detuvimos a unos metros de la acera y la calle, separados solamente por un portón corredizo, de esos que rechinan y se lamentan cuando los obligan a moverse. Un paciente más del moridero, digamos. Allí, con el estómago ya empezando a doler, me asomé unos instantes a comprobar que la atención de las hienas siguiera puesta por completo en los payasos, pero también que no estuviera llegando ningún visitante. El colmo sería que junto al odio de las cuidadoras me echara encima también el de los familiares. El plan requería de audacia, sigilo y precisión, pero al carecer de todo eso creo que simplemente se impuso la suerte. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logré rodar el portón unos centímetros sobre el carril, lo suficiente para colarnos hacia afuera si aguantábamos un poco la respiración. Y aunque los brazos me quedaron adoloridos, estando afuera supe que valía la pena: ahí estaba por fin la ciudad a nuestros pies, con su aliento contenido de fin de semana, con sus carros corneteando a lo lejos como chicharras y sus aceras cuarteadas por las raíces de los ficus. Ahí estaba la libertad, pues, con toda su carga de decepción y de pesadumbre, con todo eso que lo obliga a uno a conformarse con respirar, con estar vivo un ratico más todavía. Una vez del lado de afuera del portón y sin tener idea de cómo iba a cerrarlo, me volví hacia Irma y le abrí las manos con lentitud, mientras le soltaba un «Bueno, mija, hasta acá nos trajo el río». Ella asintió con una risita y volvió a agarrarse con fuerza, así que forcejeamos unos instantes mientras yo me le volvía a escurrir. «Suéltame, Irma, que de acá en adelante sigues tú sola», le dije, pero nada, estaba empeñada. Sólo faltaba que aquella vieja de mierda me partiera un brazo allí mismo y tuviera que pedir a los gritos que me rescataran. Cuando por fin logré liberarme y dar un par de pasitos en reversa, Irma quedó paralizada en la acera, perpleja y todavía sonriendo. La espada hecha de globos se había perdido en algún lugar del recorrido, pero el gorrito pirata en su cabeza le daba el aspecto de una niña escapada de una fiesta. «Anda, pues, vete», insistí arreándola hacia la esquina a lo lejos. «Vete que tú eres libre, yo no. No te va a pasar nada cuando te agarren, pero a mí me van a joder si te acompaño». Se me antojaba indudable que la encontraran, tarde o temprano, más acá o más allá, y para ese momento era mejor que yo estuviera tranquilo y sin levantar sospechas en mi habitación. ¿Qué tanto podía correr una vieja con Alzheimer en, digamos, un par de horas? Sus sobrinas llegarían de visita en cualquier momento y la gracia estaba en que no dieran con ella sino después de revolucionar el asilo, armar un escándalo, hacer temblar a las cuidadoras y mandar a los payasos a la mierda. Era un buen plan. El asunto es que Irma seguía allí, de pie, esperando una señal divina, y entonces caí en cuenta de que razonar con el Alzheimer era declarar mi propia locura o al menos mi estupidez. Cogí las pocas fuerzas que me quedaban y tiré del portón lo más que pude, que no fue mucho, aguantando la punzada violenta con que la espalda empezó a castigarme. El metal chilló como un pájaro y se arrastró unos centímetros sobre el riel, hasta dejar apenas una rendija entre el asilo y la calle. No había forma de que Irma regresara al interior de la casa. Esperé unos minutos a que pasara un poco el dolor y me volviera el aliento antes de asomarme otra vez, a ver si Irma seguía en el mismo lugar; y de no haber estado tan hecho talco como ya estaba, habría bailado de orgullo al comprobar el éxito de la operación. De Irma no quedaba ni el rastro ni las huellas ni el olor a meados y a Jean Naté.
No pasaba lo mismo con mi acidez, que se había convertido en un dolor agudo en la boca del estómago. Deshice el camino por mi cuenta, hecho un guiñapo, justo a tiempo de ser emboscado por la turba feliz que comandaban los payasos y convidado a un pedazo de torta de manos de algún ingenuo familiar de no sé quién. Acepté el platito disimulando la fatiga, con una sonrisa triste de viejo miserable: no existe mejor disfraz a estas edades que el de la pobre momia infeliz. Pero me temblaban tanto las manos que empecé a tirar la torta al suelo y tuve que sentarme a descansar en un rincón. Lo más difícil estaba hecho, sólo hacía falta tomarme un antiácido y esperar a las sobrinas de Irma. ¿Cómo iban a explicar todo aquello las cuidadoras?, ¿qué cara pondrían los tan felices payasos? De sólo pensarlo ya me sentía un poquito mejor. Semejante jaque mate no sólo demostraría la negligencia y mediocridad de las cuidadoras, sino que además pondría final, quien sabe si para siempre, a la visita de aquellos energúmenos sonrientes. Y este viejo de mierda, este anciano, este carcamal, este dinosaurio tendría la última y gran carcajada. Pero mientras todo ocurría, la cosa debía marchar conforme al guion de los payasos, al cual me plegué como pude para no levantar las sospechas. Admití el horroroso gorrito de cartón, aplaudí cuando los otros lo hicieron, forzando una mueca alegre que fue lo más que pude conceder. Las cuidadoras intercambiaban miradas escépticas, mostrándose sorprendidas respecto a mi cambio de actitud; la más joven de todas, una que aún nos trataba como a auténticos seres humanos, me ofreció incluso bailar los pasitos de un ridículo pasodoble que habían puesto. La rechacé de inmediato aunque tuviera en el fondo unas ganas tremendas de celebrar, pero habría sido demasiado evidente y además sentía las piernas como de plomo. Preferí dar las gracias y mantenerme apartado. Si no puedes con ellos, tampoco te les unas demasiado.
La visita de los payasos se prolongó y retrasó el almuerzo, de modo que a la acidez vino a sumarse también el hambre. Me debatía entre el fuego en la panza, como si me la estuvieran lijando por dentro, y la angustia por el retraso en el plan, que me hacía voltear hacia la puerta cada vez que el timbre sonaba. Más familiares llegaban y se marchaban, como en una especie de estación de trasbordo, pero nada que aparecían las benditas sobrinas de Irma. Era el colmo que justo ese día llegaran inusualmente tarde. Los payasos siguieron siendo el centro de atención, aunque la merma en sus energías se hacía ya inocultable: preguntaban con mucho tacto la hora, recogían poco a poco sus cosas y así. Los familiares recién llegados, en cambio, se mostraban muy cómodos con el espectáculo, pidiendo más y más canciones y juegos; mientras los que tenían rato ya en el asilo disimulaban sus ganas de irse con una rodilla inquieta bajo la mesa, un vistazo repetido al celular o una mirada hacia la puerta, como advirtiendo conmigo la gran sorpresa que se avecinaba. Sin atreverme a pedir el antiácido, temeroso de que pudiera delatar de algún modo mi plan, me resigné al platito de torta en el regazo: ir al armario de las medicinas delataría que Irma no estaba ya en su silla de castigo, lo cual no podía ocurrir antes de que llegaran sus sobrinas. No había más opción para mí que aguantar el martirio, mientras los payasos terminaban al poco rato su función y se despedían uno a uno del público. Me estuve sentado, como una piedra en el huracán, con mi platito plástico y mis achaques, hasta que el tiempo pasó y al final se largaron, en la misma camioneta blanca, y las malditas sobrinas de Irma nunca llegaron. Tanto esfuerzo para nada, pensé, mientras las cuidadoras empezaban a retomar sus funciones. La normalidad se iría poco a poco apoderando de todo, empezarían los olores del almuerzo, alguna sopa de sobre con fideos y verdura, y se darían cuenta muy pronto de que Irma había desaparecido: lo triste es que entonces no habría rastro de los payasos ni de la fiesta, a excepción del gorrito en mi cabeza y el pedazo de torta en mi regazo, que ya empezaba a llamarle a las moscas la atención. Aferrado a esas evidencias como pude, cualquiera me habría creído el más entusiasta del ancianato, el viejo que más extrañaría a los payasos. «Ay, señor Fernando», me dirían al pasar, con ese dejo de lástima que tanto les combatí a mis propios hijos y nietos. Eso hasta que encontraran a Irma y sumaran dos más dos, y entonces vinieran derechito a joderme. El plan, amigos míos, había fracasado.
Mientras mis tripas ardientes se empeñaban en hacerme confesar, en postrarme ante las cuidadoras y suplicarles el perdón en un par de antiácidos, crecía también algo cruel adentro mío que me cerraba la boca, aunque el plan no tuviera ya ni el más mínimo sentido. Nadie se enteraría a tiempo del descuido de las enfermeras que había dado con Irma a la calle. Nadie lo vincularía con la visita de los payasos. Nadie cambiaría su manera de vernos ni de tratarnos, sino más bien al contrario, la realidad seguiría implacablemente parecida a lo que es. Y de cara a volver poco a poco a la rutina, a los alivios químicos tres veces al día, al sopor de la siesta y los dolores irremediables de la ciática, me fui convenciendo de que el triunfo de los payasos era implacable. Que consistía justamente en esa resignación en que convierten la vida, ese tierno convencimiento de que el mundo es lo que dejan al marcharse: una espera interminable entre un instante feliz y el que le sigue, entre una sonrisa repentina y la próxima que pueda, quién sabe cuándo, estar por venir. Sépanlo ustedes como yo ahora lo sé: la misión de los payasos no es hacernos soñar ni darnos ánimos para la vida, qué va, sino hundirnos en lo cotidiano, sentenciarnos a ser quienes somos, imponernos una larga resaca a cambio de pocos, poquísimos, minutos de fiesta. Los payasos son los más crueles esbirros de quienes gobiernan el mundo. Los médicos, los payasos, las malditas cuidadoras: parte de un orden único, total, irreversible.
Después de llegar a esa desoladora conclusión, resultaba imposible hacerme el tonto y acostarme a dormir la siesta, suplicando a las cuidadoras piedad para durar hasta el día de los pañales y la comida en la boca. ¿Cómo iba a vivir así, andando bajito como el volumen del televisor de Gutiérrez? Yo seré un viejo necio, artrítico y diabético, un carcamal, un fósil, un dinosaurio, pero también un hombre y lo quiero seguir siendo hasta el final. Y entonces, de golpe, me vino a la cabeza el último plan, ya no una huida del asilo sino de mí mismo y de todo. El primer paso era hundir lentamente los dedos resecos, salchichas con mucho tiempo en la nevera, en esa crema pastelera en el platito y volver a subirlos, impregnados, empalagados, supurantes de aquella dulcísima porquería que iba luego a explotar en mi lengua un sabor tan lejano, tan postergado y tan de la infancia, que costaba trabajo aceptar la alquimia siniestra que lo volvería veneno apenas entrara en la sangre. Las ramas secas se retiraron de mi boca, dejándole a la lengua la otra parte del plan y volvieron a sumergirse y a subir otra vez, arriba y abajo, adentro y afuera, a medida que el mazacote bajaba por la garganta en un gesto rápido, de despedida, que volvió a ocurrir hasta acabar con el platito, hasta congelar el incendio en el estómago y esperar a que empezara el hormigueo a trepar lentamente por la espalda, a volverse poco a poco temblores: primero los pies, quizá después una muñeca, un párpado, finalmente un sudor frío en la nuca y las manos, un hielo profundo en la calva, un subidón violento de la marea interior que lo colma todo, en muy pocos minutos, parece mentira, tan rápido todo, más y más hacia arriba hasta alcanzar la cabeza y allí estallar en migraña violenta, ciega y rabiosa, poniendo cemento sobre la lengua y los brazos y lentamente en el pecho, hasta que empieza a costar respirar, hasta que el pecho se encoge y, por fin, el mundo se disuelve en el alivio de la nada, sin ya nada más que contar, sin chances tampoco de arrepentirse: el plato cae de las manos y da con los restos de la torta en el suelo, segundos antes de que el tronco sin raíces se desplome, sin gritos previos, sin lamentaciones, con una mueca un poco dulce en el rostro, una sonrisa que a última hora salió mal. Con el volumen bajito, como por accidente, así termina para siempre la función. Se van los payasos, se corre el telón.
Los niños aplauden.

Cuento ganador en 2014 del 1er. lugar en la mención Narrativa del II Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt en Maracaibo.

 

********************

GABRIEL PAYARES. Escritor venezolano (Londres, 1982). Licenciado en letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y magíster en literatura latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (USB). Ganador del Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores Latinoamericana con su primer libro de relatos, Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila, 2009), así como de numerosos galardones nacionales de narrativa: la 5ª y 7ª ediciones del Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (primer lugar en 2011 y segundo lugar en 2013), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2011) y el primer lugar del Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Universidad Nacional Experimental Rafael Maria Baralt, Unermb, 2014). También fue escogido como parte de los escritores menores de cuarenta años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura (2011; en el marco del convenio Cuba-Venezuela) y recibió con su relato “Las ballenas” una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de estos relatos se recogen en sus libros Hotel (Punto Cero, 2012) y Lo irreparable Tiempos de ciudad (Fundación para la Cultura Urbana, 2010), Nuevas rutas. Jóvenes escritores latinoamericanos (Coedición Latinoamericana, 2010), Antología sin fin. Novísimo cuento venezolano (Escuela Literaria del Sur, 2012) y De qué va el cuento. Antología de cuentos venezolanos 2001-2012 (Alfaguara, 2013). Desde 2014 cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en Buenos Aires.

Foto: Manuel Sarda

Pin It
Publicación virtual de

La Vaca Mariposa

¿Quiénes somos?

Haciendo Muu+

Contacto

Envíame un mail