Letras

Crack

Gabriel Pantoja

Ilustraciones: Luis Silva

1

no dije "caían naranjas del poema"

dije sí "rodaba el número sobre la mesa floja como gotera"

y si no dije

"caían, etcétera" y sí dije "etcétera, gotera y mesa"

¿es porque caí?

8
subí abrí
leí la piedra el vidrio
soñé había visto la luz de la esquina la chica
abrí los ojos las páginas de la sangre el removido
coágulo de la hora el 33
me vi
tirando del ojo los pájaros volaban hasta mí
yo que me inflamé en las duras rocas del idioma vi moverse como agua 
infinita la imagen luminosa de unas piernas rodantes
vi al dios objeto perdido
la novela memoria de dios
la criatura sobre la mesa
y los pájaros cantaban
bajé cosí
cerré la herida
y del hueco quedó la cría
el corderito golpeando detrás de la cerradura los platos entre 
las mesas repetidamente
quedó
las cinco de la tarde de todos los días
el día martes de todas las tardes.

20
sucede esto todo junto:
plaza chica colectivo novela sol de las cinco. dios piernas cancán 33 
páginas mentales de la escritura piedra. en el colectivo abro una novela. 
el colectivo cruza la plaza circular. veo a la chica. veo que el destino es un 
banquito y un ángulo. piernas largas como ríos vestidos de rojo a cuadros.
estaba viendo el mundo desde una montaña luminosa. yo soy mi hijo. 
porque está todo junto, tengo que separar. 
salgo del colegio. sucede plaza con chica y sol de las tardes. 
pronto dios piernas cancanes líquidos y tubo metálico 
del 33 con copias mentales del personaje principal de donde viene 
la piedra. yo: los rotos cristales de mí. escribo el diario de mi isla.
ahora el sueño de un golpe que se abre en forma de tres corderos y una 
puerta. hay esas luces de la plaza. hay un padre repitiéndome los gestos. yo 
veo el destino en la perturbación de las esquinas. en las láminas de un vidrio 
la cicatriz de un nacimiento. piernas y pájaros como ríos bermejos y a cuadros.
veo el mundo desde una mesa luminosa y simultánea. el laberinto de 
varias cabezas es mi unidad. con campos y animales y plantas.
soy mi futuro. soy esta última criatura. soy el que vuelve como el latido 
del golpe de una ley muriendo al encenderse en la punta de los martillos.
estoy llegando demasiado tarde a esa fiesta.
tengo treinta y cinco años. salgo del colegio.


36
que cuando salga de esto voy a caer en el poema, me temo.
y temo que esto sea idéntico a una guerra.
y una guerra contra la muerte. de ahí a que siguiera contando mi historia. 
mi historia empieza el día en que descubría que no hay. por la tarde me crucé
con la chica.
mi historia es una junción fotográfica. me muevo. el poema tiene lugar 
cuando vuelvo al punto del que partí aquietado: no había chica, tampoco. 
y este es el cuento de mi negación.
la historia continúa el día en que descubro que hace treinta y cinco años 
tengo quince años. y estoy en la plaza, con una idea: el sol cae deshaciendo 
las figuras que encontré junto a una mujer que acababa despertándome.
es un día nublado, y mi lenguaje roe un hueso lleno de ventanas donde 
veré caer la tarde y la historia y veríamos 
caer también las ventanas y sus criaturas.


Los poemas e ilustraciones pertenecen al libro Crack, publicado por Ediciones de la Terraza (Córdoba, 2015) bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional.


GABRIEL PANTOJA. Es psicoanalista. Trabaja en publicaciones relacionadas al psicoanálisis, escribiendo, seleccionando y corrigiendo artículos. También se desempeña como docente en distintas instituciones. “Crack” es su primer poemario publicado.


LUIS SILVA. Cursó la Licenciatura en Pintura en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba. Desde los años 90 desarrolla distintas actividades artísticas, muestras de dibujo y pintura. Participó en distintas exposiciones nacionales e internacionales de humor gráfico, historietas e ilustración. Colaboró en diferentes publicaciones como Aspid, El Ojo con Dientes/El Porteño, La Central, Noctámbulos, Ciudad X y también en medios digitales como El Ojo Con Dientes, Metropía Magazine y Diario Marca de Bell Ville. Diseñó y realizó los libros de cómics El Hombre Sopapa I y II. Actualmente, realiza trabajos freelance de ilustraciones, humor gráfico, arte y dicta clases de dibujo, pintura, cómics y caricatura en su taller particular. Vive y trabaja en la ciudad de Córdoba.

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Artilugios para navegar en mares metafísicos

Poesía / Instalación

Flora Francola

dejo migajas solo en el regreso 
(pequeñas partes de mí) 
para no perderme cuando quiera volver
Carlos Quevedo.

 

 

Recogimos nuestro cabello como campesinos arando la tierra seca, esperando que la lluvia cumpliera viejas promesas.
Esta noche llueve tanto y mis pies son submarinos en la avenida.
Nosotros que agradecemos al sol y a las nubes, que lloramos la misma sal del chubasco,
cómo podremos salvarnos cuando la tormenta haya terminado?




Agua destilada.

Subo a mordiscos por la corteza del roble,
peces plateados vienen persiguiéndome.
Un tumulto de fantasmas impide mi huida
Los primeros halos de luz bajan al subsuelo
atravesando agujeros en las paredes de piedra.
Perdón
cada tanto hago implosión,
ira y desasosiego
me voy haciendo más pequeña hasta quebrarme.
Lamento el tiempo que he robado.
Deseo devolverte un verde campo
o la orilla de un mar
un tazón de sopa, una taza de café
y sentarnos en torno al fuego.






Baldosa floja.

Desde que empezó la lluvia
Tengo el poema
Anudado entre los dedos
Un recordatorio.
Sweater gris, farmacia
Garúa en zapatillas
Camino cuidadosa de no salpicarme los tobillos
Cuento billetes rotos
Ahora se humedecen
Una mujer se refugia en la boca del subte
Un señor vende paraguas en la esquina
Muchos cubren sus cabezas con abrigos
¿Is it true that the world is ending?
Me lloran los omoplatos
He caído de la cama en medio del sueño.
Horas en vela, el sonido de la tormenta
De las estaciones, el otoño es el regreso
El amor sin prisas, ocre, dorado
Tonos de hojas pintando el asfalto
El color del domingo que termina sobre la cara oeste de los edificios
Cabellos, cabellos desprendiéndose
Atravesados por el sol
Que atravesó también, densidades oblicuas de nubes cargadas
Han venido a diluviar sobre las aceras
Las baldosas aparentan estabilidad
Como algunas gentes
esperan a que calme la lluvia
Por un incauto, apresurado, distraído caminante.





La persistencia del olvido.

El mar es un recuerdo
violencia en la memoria
cuando regresa efervescente.
Azul es un recuerdo
el cuerpo suspendido
masa de agua oscilante.
La espuma no es olvido
las piedras han sido dolores
rasguños de sal.
El tiempo hace conmigo
lo que las mareas a los vidriecitos
-los deja opacos, sin filos-
La belleza de la marejada
me encuentra desprevenida
no pude nunca aprehenderla.
Empiezo a creer
que las olas
me enseñaron algo.




Símbolos patrios.

Hubo una guerra que no recuerdo
un suelo que muchos pisaron
las iglesias se llenaron de matrimonios, bautizos
Y nos vestimos de costosas telas y armadores
nadie habló del hambre de los niños
excepto por ese comercial de jamón
en temporada navideña.
¿Habrá jamón este año?
El hambre de aquellos era el silencio.
El hambre de hoy es silencio hasta la muerte.
Veinte años no son nada
mi madre cosiendo en el cuarto del fondo
mi abuelo, los cuentos de tío conejo
Y cantar el himno frente a la bandera en las fechas patrias
Fecha: indicación de un tiempo en que ocurre una cosa.
Patria: país al que se pertenece por vínculos históricos.
Patria: excusa para las guerras.
Patria: vacío de significado.
Ya no lloro por el faro distante
la nostalgia se cristalizó en la sal
en las orillas que se perdieron después de la lluvia.
esta noche habrá tormentas en cada ciudad donde he vivido.

 

 

 

 

Nací en una ciudad triste
suspendida del tiempo
como un sueño inacabado
que se repite siempre.
Cristina Peri Rossi.


La simetría del hematoma.
 
La improbabilidad
los pliegues de la palma de tu mano
tierra humedecida por la tormenta.
Que cuando llueve en tu casa,
diluvia un poco en la mía,
aunque yo no tengo casa
tu voz entre líneas dice
"aquí puedes descansar".
 
Minúsculas tortugas caminan
entre los dedos de mis pies
cristales de sal han quedado
en la comisura de mis labios
el tono violáceo confunde con pétalos de lavanda.
 
Al caer las hojas sin llegar a otoño
entre ramas de árboles veo volar-caer-
aviones donde venimos,
el avistaje, siete exoplanetas;
dicen que algunos pueden contener vida.
 
Inhalo el vapor que es esta noche
almíbar de caña es el aire
viscoso
se prende de mis hombros
habla muy de cerca.

 Es una noche de cielo celeste.
 
Si parpadeo muy lento,
mantengo cerrados los ojos
el ardor desde adentro de mis lagrimales
tumba mi cuerpo sobre la cama que tenía cuando niña,
la simetría del hematoma.
 
Algunos faros dejaron en penumbra la acera
llevo las manos a mi cabeza
palpo la extensión de diez metros de cabello
que crecieron en ochocientos cincuenta y un días
ahora se desprenden entre mis dedos.
 
Oscuro camino por el hombrillo
descanso sobre un jeep abandonado en la calle empedrada.
Los kilómetros que cuento para verte
las cuadras que no permiten escucharnos.
Madre, destino improbable, planeta desahuciado.
El futuro puede ser la orilla que no se ve
desde la metrópolis
Que no sabe de la sal del mar.




FLORA FRANCOLA, Paola Franco (1988). Licenciada en Artes por la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo, Venezuela. Forma parte de los seminarios de arte transdisciplinarios en la Universidad de Los Andes (Mérida y Táchira, Venezuela), Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez”, Fundación PROA, MACBA, MALBA y C.C. Matienzo (Buenos Aires). Redacta artículos y reseña sobre arte y cultura para los webzines: Acracia pour les Porcs, Bajo La Lengua y Casquivana.

Las imágenes forman parte de "Artilugios para navegar en mares metafísicos", la instalación/ lectura realizada en "Fiesta en Almagro" el 11/11/17.
Fotos: La Vaca Mariposa.

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Dos poemas

San Delmal

Héroes
Fueron las calles, era el asfalto el que nos llamaba y aunque el frío diezmaba, pasamos el punto de no retorno corriendo.

Eran las 4 de la madrugada, pero ¿qué importaba eso en el grito que le ladramos a la luna como si fuese la última noche de nuestras vidas?

Éramos héroes en nuestros corazones, héroes de una epopeya anónima, héroes de nuestro propio cuento y con solo esperanzas

y una bocanada de aire todo el mundo fue nuestro.

El nuevo mundo, ese que no tiene más nada que envidiar ni temer.

No le debemos nada a nadie.

Fue tu boca en la tormenta y mi fuego bajo la lluvia, éramos los héroes de esa noche sin fin, en este mundo sin fin. Todo se adelantó a tu mirada y todo se resumió en mi risa, la batalla estaba casi ganada. Vos sonreías como una margarita y en mi pecho estalló la primavera. La noche se hacía más oscura y nuestros corazones se sumergieron en ella brillando.

Y tus manos,

y tus ojos

y tus labios,

vos resplandecías.

Tu cuerpo fosforescente encandiló a la Luna,

la batalla estaba ganada,

la noche era nuestra.

Fue el cielo iluminado de la imaginación

y la ferocidad con la que la protegimos,

el palacio de nuestra juventud a merced de la apología de las ganas,

todo,

todo sucedió en una noche entintada de rojo carmesí

y tus labios de rubí

y yo que a tu ilusión me subí

y la noche se desnudó en amanecer

justo detrás de mí.

 

 


Todo va a pasar


Todo va a pasar
El amor va a pasar
El odio va a pasar
las lágrimas van a secarse
y la certeza se va a transformar
en dudas y las dudas en montañas.

Todos nosotros pasaremos
y también las generaciones por venir
como las que pasaron.
El tiempo va a seguir su marcha
implacable
sobre esta nube de humo
que llamamos realidad.

Todo va a pasar.

La vida va a pasarse
por entre nuestros dedos
como si fuera un médano que se deshoja
y del que cada vez queda menos,
como si un terrón de azúcar
se disuelve en un mar de momentos.

Todo va a pasar
y lo que hoy es ya no será.

Ni vos vas a ser para mí
ni yo para vos
y todos los planes pasarán
como también los besos
y los momentos.
Tu naricita fría a la luz de un farol de la calle en julio mientras te aprieto fuerte contra mi pecho y nos reímos.
Eso va a pasar.
Mi paso apurado en el supermercado haciendo chistes por las góndolas más raras y tus caras de mamá enojada detrás de la sonrisa
por mi niñez tan a propósito.
Eso también va a pasar.
El aroma de la cocina en la que a todo le puse orégano y vino blanco mientras vos ponías la mesa y te reías de mí y de mis malos hábitos
de soltero durante tanto tiempo.
Eso pasará.
Tu cara entre mis manos, enmarcada en la fragilidad del momento absoluto que compartimos tantas veces bajo esas sábanas endemoniadas y en toda la casa, tu voz ahogada del momento de la explosión y esas manos que me estrujaban como si se te escapara la vida.
Eso va a pasar, pasará.
También las peleas interminables encadenadas unas a las otras sin fines ni comienzos, el me dijiste y te dije, ellos y ellas, extras de utilería en nuestra función; la sensación de cansancio, el hartazgo de los días y el estremecimiento del vacío con el que terminamos este viaje.
Eso claro que va a pasar.
Y cuando el tiempo pase,
entonces todo tomará otros colores
y ya no seremos nosotros
para nosotros mismos.
Serán nuestros recuerdos que floten
como un eco del más allá
sobre este hoy que corremos para no ser ayer.
Ahí estaremos nosotros,
estarás vos toda canosa y yo aún más petiso
con nuestra sonrisa de siempre y esos ojos
perdidos en la nada
esperando que baje la marea para meternos
de cabeza en el mar de esos momentos que siempre,
siempre están por venir

Y no importa todo lo que pase
 y todo lo que venga
porque siempre en esta vida
las sorpresas me robaron
las más lindas sonrisas.

 


SAN DELMAL. Poeta y músico. Puede escucharse por: sandelmal.bandcamp.com, o San Delmal en Spotify.

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Poemas

Bárbara Alí

Habría que empezar
a contar todo de nuevo:
justo cuando querés
hablar de una habitación
en forma de pecera
de tu boca haciendo fuerza
para abrirse, la mandíbula
trabada, los dientes apretados
el gesto de defensa
condensado en los ojos
aparecen las antenas
de los edificios más altos
cruzando el cielo
como un arañazo negro

Es que siempre el cielo
fue un lugar de huída
cuando la tierra
empezaba a agrietarse

No es casualidad
que mires el cielo

es el lugar
del deseo.


De "La mancha de los días" ( 2016, qué diría Víctor Hugo?)






Dicen que hay que desear
cuando la estrella fugaz
está cayendo
quizás porque
el

espacio vacío
que deja
lo que se                   va
es lo que más tarde
podría poblarse.



De "La mancha de los días" ( 2016, qué diría Víctor Hugo?)






La pantalla de la televisión
se pone roja por el fuego de los bosques del sur
las paredes de mi cuarto se tiñen de naranja
me enredo en las sábanas, las aprieto contra el cuerpo
si vieras qué rápido que corren las llamas
con qué velocidad avanzan sobre todo
tal vez entenderías
porqué a veces
cuando el silencio empieza a expandirse
mis ojos brillan, mi corazón se acelera
me arrojo a un precipicio
solo para que me busques
y me traigas
de nuevo
a  tierra.
*
Yo no sé mirar el fuego
y quedarme a una distancia prudente
hay cosas que permanecen con nosotros
desde la infancia
y adonde hay calor mi cuerpo se arroja
así de kamikaze
es este corazón.
*
En mis sueños
hay una fogata en el centro
y dos cuerpos que bailan
durante toda la noche
al ritmo de los tambores
en mis sueños copulan
el ritmo de los tambores
con el ritmo de los latidos
en mis sueños es el fin de la noche
y no hay animales que nos devoren
alguien nos dice al oído
que los lobos se fueron lejos
que sigamos bailando
que sigamos bailando.






Los científicos hablan cada vez más del efecto mariposa
el aleteo de una mariposa en una parte del mundo
puede provocar un tsunami en la parte opuesta
mi vecina del piso de abajo me toca el timbre
me dice que tiene una gotera justo en medio de su cama
que viene de mi cuarto y yo sé
que hay algo que crece allí
y no lo puedo contener, hay algo que llueve por las noches
hay algo que llueve , quizás viene de muy lejos
quizás el efecto mariposa de una vida pasada
quizás probar hacer constelaciones familiares
¿Qué animal habré sido? ¿qué animal te gustaría ser en otra vida?
yo quisiera tener alas y volar al ras de un océano
o mejor tener una nave espacial para irme lejos
cuando el pasado nos atrapa y no hay ningún aleteo
Los científicos hablan cada vez más del efecto mariposa
y entonces pienso que tendré que empezar a ser
como esas plantas que viven del aire
esas que se posan en los cables telefónicos
y crecen así con poco y nada
bien sueltas, amantes del viento.




Vengo soñando con incendios
con llamas altísimas que se corcovean
como mi cuerpo con tu cuerpo
primero es el chispazo pequeño
de golpe zaz, un click, un caballo negro
empieza a atravesar a galope la noche
las llamas crecen se extienden se comen todo
nada va tan rápido como el fuego, te dije
nada avanza y se sobrepone tan velozmente
sobre la dura cascara que recubre todas las cosas
¿lo sentís? ¿no ves cómo van quedando atrás
los días iguales enfilados como cubos blancos
y vacíos uno después del otro?
Por eso me gusta tanto el fuego
más que por su luz, por lo que se lleva
por lo que deja por un rato en la sombra
¿No surgieron de una explosión
todos los planetas la tierra las estrellas?
¿No nace, siempre, todo
de lo que mata, de lo que muere?
¿Quién de los dos mata? ¿quién muere?
Desde que te fuiste fumo en mi cama
en la habitación a oscuras
me llevo el cigarrillo a la boca
y pitada tras pitada
veo como algo se enciende
pienso en todo lo que no te dije
en todo lo que pensé en dejar para después.
Quizás mi boca sea
ese límite pequeño
donde todo se prende y se apaga
tan rápido e intermitente
como nosotros.



Poemas inéditos, de un libro que se llamará "Lo que quise decirte antes del  fuego".



BÁRBARA ALÍ nació en Buenos Aires, el 3 de febrero de 1984. Es Licenciada y Profesora en Letras (UBA). Actualmente cursa la Maestría en Crítica y Difusión de las Artes (UNA). Es docente de Lengua y Literatura en escuela primaria y media. En el 2014 obtuvo una mención en el Concurso Pablo Neruda (organizado por la Fundación Pablo Neruda- Chile- y la Universidad Nacional de Córdoba).  Participó en la Antología Poética El Rayo Verde 2015.
La mancha de los días es su primer poemario publicado.

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Soy profesor de lengua y literatura

Javier Roldán

soy profesor de lengua
y literatura
en colegios del conurbano

no tengo automóvil
y por eso mi vida se desplaza
de colectivo a tren de tren a colectivo
de espera en espera

y hay días más diáfanos que otros
en que una clara lucidez
me permite ver

por ejemplo
en la parada del colectivo
a ese nene
que aupado por su mamá
la observa fascinado
le acaricia el pelo
la besa

ella le sonríe
mirándolo bien de cerca
se pone bizca
le da muchos besos

o veo por ejemplo
a esos dos pibes
con esa delgadez fibrosa
tan propia
de la rutina laboral

esos pibes
que esperan el tren
en Los Polvorines
y conversan con el idioma
de los sordomudos
ese idioma de señas
que hace que se miren
con mucha atención
se sonrían mutuamente

el nene
la mamá
los muchachos
prescinden
del lenguaje
hablado o escrito
de su sonido engañoso
de su sentido taimado

trabajo
de profesor de lengua
y literatura
en colegios del conurbano
y a veces me siento
traicionado por las palabras


Gravedad

Te llamo por teléfono
te pregunto cómo te fue en las vacaciones.

Te llamo para decirte:
"Houston, me copia?"



Me contás

que corriste por la costanera

mirando de a ratos el mar
que fuiste a dos fiestas aburridas
que viste una película en el cine del shopping.



Te pregunto:

"Houston, me copia?"



Me hablás

de la falta de oxígeno

del cordón de asteroides de chatarra

sofisticada y tecnológica

que rodea a nuestro planeta.



Y mientras te escucho

puedo vernos

suspendidos en el infinito

en nuestros blancos trajes espaciales.



Nos veo a ambos
con un fondo de millones de estrellas

intentando reparar

la nave espacial que nos llevó hasta allí

hasta el punto exacto en el que orbitamos.



Si bien es doloroso saber imposible
el retorno de ambos a la tierra

podemos detenernos y mirar

desde afuera

desde lejos

esa esfera que fue nuestro hogar

durante todos estos años.



"Qué es lo que más te gustó de estar acá conmigo?" te pregunto.

"El silencio" decís "vos me enseñaste a disfrutar del silencio"



Y cuando estoy por responderte

que tus ojos son la superficie

en la que he visto más galaxias reflejarse

la voz metálica de Houston resuena en mi escafandra:

"Recuerden que tienen un problema"



Entonces bajo la vista

y veo que el problema es esta cuerda

que aún nos mantiene unidos
de traje espacial a traje espacial

y que se resiste a ser cortada

más allá de cometas

más allá del agua congelada en los polos de la luna.



Te digo:

"Houston, me copia?"



Y mirando a miles de kilómetros de distancia
el ganges

la muralla china

el río de la plata

me decido y llevo mi mano al gancho

que une la cuerda a mi cuerpo

y lo abro


... tus pupilas se dilatan ...



Porque quién quiere ser el primer astronauta

en perderse para siempre

solo

en el infinito del cosmos?

quién quiere quedarse

aunque sea

por unos minutos de años luz

sin interlocutor estelar?



Intento calmarte y explicarte el plan

que nos permitirá

un aterrizaje feliz y definitivo.



Pero se produce un silencio de radio

y pasados unos segundos
escucho tu voz en el teléfono
diciéndome

que estás resolviendo un problema laboral

que no podés seguir hablando

que más tarde me llamás

más a la noche

y cortás.



Me decís:
"Houston, cambio y fuera"



Y así quedo
de este lado de la línea telefónica

todavía enganchado

por esta cuerda plateada y resistente

a la que el reflejo de la aurora boreal

vuelve engañosamente tornasolada.


JAVIER ROLDÁN. Nació en el Oeste del Gran Buenos Aires, en Merlo Gómez. Trabaja como docente en colegios secundarios del conurbano. Concurre al taller del maestro Osvaldo Bossi. Lee, mira películas y series, escucha radio AM todas las mañanas como lo hacía su abuela Chicha. Hace un tiempo está de novio con un indio guaraní que omonda akue hi py´a.
Publicó el poemario La extraña dama (Alto pogo, 2015)

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CRUDAS. Selección de poemas

Paz Busquet

¿CÓMO MUERE UN AGUILUCHO?

El aguilucho impacta
en el parabrisas y astilla el vidrio.
El centro redondo del golpe
ocurre al costado de otro círculo más grande.
Se abren rajaduras como rayos.
Se dibuja esa historia en pedazos
diminutos de cristal.
¿Cómo muere un aguilucho?
¿Se apaga de a poco
hasta el final rígido del cuerpo
que ya no se mueve?
¿Se rompen sus sistemas?
¿Estallan los órganos y los ojos
en el impacto?
¿Se muere igual que vos?
¿Que un hermano, un genocida,
una nena en el invierno?
¿Que un viejo, una víbora,
un niño padre, un niño negro?


 

250 PATOS

Martín pone trampas
para completar el sueldo del padre.
Entra a la laguna, recorre los pozos
con la helada hasta los muslos.
Vende el cuero 2,50 sin pelar 4,50 peladas.
La trampa lastima a la nutria,
agoniza toda la noche.

Aunque en la cacería de los pateros
no hay sangre, no todo termina con la bala.
Una vez los vi: 250 patos, dos horas.
Necesitaron tres fotos para incluir
a todos sus muertos.


 

EL VIAJE AL PUEBLO A CABALLO

Fuimos al pueblo a caballo, a buscar
la casa en la que te concibieron.
Dijiste: Desde ese banco mi abuelo ciego
miraba las vías del tren.

La casa estaba en ruinas.
Recorrimos los presuntos cuartos.
Sacamos fotos a los espacios ausentes:
una cama allá, una mesa acá
y la bañadera al fondo.

Resultó que fotografiamos la casa de al lado.
Da igual, son relatos.

Y todo empieza con un error.


 

VOCES

De chica escribía cartas a mis hermanas,
me hacía pasar por seres.
Les dejaba fotos, regalos, historias.
Mentía para ellas, llegué a robar.
Nadie me había pedido nada,
y sin embargo... esperaba encontrar
los seres que había inventado,
que las miles de cartas fueran ciertas.

No sé por qué busqué extraños
que hicieran hablar a mis voces,
rincones donde esconder deseos
ajenos presentes todos en mí,
si para salvarme de la multiplicidad
o para no privar a mis hermanas
del poder de la correspondencia.


 

OLVIDO

En el monte hicimos fuego
y me quemé. El dedo ardía y ardía.
Entonces escuché tu grito.
Te caíste y se abrió tu pierna en el muslo.
Te dormiste, tu mejilla apoyada en el pasto.
Soplé y soplé. No quise que las moscas
comieran del tajo. Te canté
nanas de cuna y te cosí.
Del sueño no recordabas arder,
sufrir el corte.
Tampoco yo volví.


 

NACIDAS

Mi madre, la mujer de pechos blancos.
¿Te los imaginabas así?, pregunta.
Quiero probar la leche que le das a mi hermana.

Traigo un vaso y mamá ordeña su pecho
y mi hermana y yo comemos.

Y tus manos y tu mesa y el banquete
se derraman.


 

Y YO SIN RITUAL

El chico nuevo, el flaquito
que preguntó dónde acomodar las cosas
el papel higiénico, la cuna rosa
las sábanas en cuotas de su bebé.
Llegó con la hija entre brazos
en la mano agarrada la de su mujer.
Recién papá, recién casado.
El mismo que se cayó pialando,
golpeó, rebotó todo el cráneo en el poste.
¿Te acordás o no del cabezón?
La frente violeta roja como la piel
de la liebre abierta por la bala
el pelo manchado con sangre, se pega
espesa y endurece el coágulo.
Tan joven y sin experiencia
no quiere perder la primera vez que
trabaja y la primera mujer,
el primer hijo primer moretón.
Una caída única chico nuevo.
Papá. Los colores de ese hematoma,
la cabeza en la almohada
el olor limpio de las sábanas blancas.
Y yo sin ritual, sin religión.


PAZ BUSQUET. 1985. Nació en Buenos Aires en Agosto de 1985. Es Licenciada y Profesora en Comunicación Social por la UBA. Publicó poemas en la antología Marisma I (Melón, 2013) y escribió para la revista El Pasajero. Actualmente trabaja como docente y como investigadora en el Instituto Gino Germani. Crudas es su primer libro de poemas.


Foto. Audisea

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Gorgona

Maumy González

Escucho el sonido amortiguado del arrastre de sus pies sobre el granito. Mamá va y viene de un lado a otro de la casa. Miro el reloj. Son las cuatro de la mañana y no tengo ganas de levantarme. Agradezco la mínima frontera que me regala la puerta del cuarto. Estar acá otra vez, compartiendo el espacio con mamá, me hace doler la cabeza. No es cualquier dolor, es psicosomático. Debería tener paciencia. En su lugar siento escalofríos y esta bendita migraña que repta como una serpiente negra. Me rodea el cuello, apretando, hasta quedar cómoda, los colmillos ponzoñosos clavados en mi nuca. Cada vez que regreso a esta casa es lo mismo.
Me sacudo las sábanas y busco el borde de la cama. Me siento. La pesadez del cuerpo me recuerda que no soy hija única, Meche también debería estar acá. Hace unas semanas la llamé para avisarle que mamá estaba mal otra vez, que la fiebre no se le iba y andaba haciendo cualquier cosa en el delirio, pero mi hermana volvió a hacerse la diva. A veces la odio por eso. Quédate con ella, me dijo, no la dejes sola, pobrecita. Yo no puedo viajar ahora desde Berlín.
Vuelvo a escuchar las pantuflas de mamá. Nombra a Meche, como viene haciendo hace días. Otra vez debe dar vueltas por la sala. Así la encontré ayer, al regreso de la oficina, caminando entre los muebles con un tazón en la mano. La saludé pero ella ni respondió, se fue refunfuñando al cuarto.
Escucho las pantuflas, se detienen cerca de mi puerta. Espero que mamá sea consciente de la hora, aunque parece no registrar ningún detalle. Veo el cambio de sombra en el resquicio bajo la puerta, las pantuflas vuelven a moverse. Decido que será mejor levantarme, prepararle un té y hacer que regrese a dormir aunque sé que no será fácil convencerla.
Busco la bata. Afuera mamá regresa a la conversación imaginaria con Meche. Le habla como si la tuviera cerca. Malagradecida, dice. No encuentro la bata y no quiero encender la luz. Revuelvo las sábanas. Mamá sigue hablando. Tenía cuatro jarrones de cristal de Murano, dice, y ahora no tengo ninguno, ella se los llevó. Encuentro la bata y escucho las pantuflas regresar. Yo sé que fue ella, dice mamá. No la quiero en mi casa.
Las pantuflas se detienen.
Abro la puerta y encuentro a mamá de frente. Tiene una copa de champagne en la mano. Da un paso atrás apenas salgo y aprieta la copa contra el pecho. Le preguntó qué le pasa. Ella dice que nada, no le pasa nada. Es tarde, le digo y me acerco. Ella da otro paso atrás. ¿Quiere que le prepare un té?, ofrezco. Un té, repite, pero lo quiero en la taza que me trajo tu padre de España, no esas mugres de bazar que me trajiste el otro día.
Arrastra las pantuflas hacia el comedor.
La casa está a oscuras. No logro entender la manía de mamá de levantarse a esta hora de la madrugada a dar vueltas en medio de la penumbra. Aun sin fiebre suele hacerlo. Pienso en la edad y veo la confirmación en sus canas revueltas sobre los hombros, en la espalda encorvada que gira como para estar segura de que la sigo.
Enciendo la luz del comedor. Veo las copas sobre la mesa, también hay vasos, jarrones, tazas. ¿Qué es esto?, pregunto. Mis cosas, dice mamá. Tenía que revisar que no faltara nada. ¡¿A las cuatro de la mañana?! Ella deja la copa sobre la mesa. Cualquier hora es buena para pasar revista, dice. Quería conseguir el jarrón de Murano que nos trajimos de Italia con tu padre, el rojo con bordes dorados. Estas son mugres de vidrio, chasquea la lengua, de esas que te gustan a ti.
La dejo en el comedor y sigo hasta la cocina. Le doy un vistazo mientras pongo a calentar el agua y busco el saquito de tilo. Mamá revisa las tazas de cerca, haciéndolas girar con cuidado, como si buscara una grieta. Me va a costar estar lista dentro de un par de horas para ir a la oficina. Sé que debo tener paciencia, mamá no está bien. La fiebre y la edad le hacen decir cosas desagradables. Y, sin embargo, la serpiente sigue ajustada a mi nuca, inyectándome una sensación viscosa. Trato de hacer foco en algo distinto. Me pregunto si mamá se habrá tomado el antibiótico que le recetaron y levanto una de las tantas tazas que hay sobre la mesa.
En esa no, dice mamá, es horrible. Me la arranca de la mano. Esta de acá, agrega y me alcanza otra. Un tazón blanco con diminutas flores azules en el borde. El movimiento que podría haber sido más fluido lo entorpece el temblor de sus manos y mi fastidio. No logro reaccionar a tiempo y el tazón se hace trizas contra el suelo. Mi tazón de porcelana, dice ella agarrándose el pecho con los dedos crispados, de arácnido, que parecen atajar la rabia para que no se le desborde. Una rabia añeja, envuelta entre hilos de seda como para devorar despacio.
Igual que siempre, dice mamá, los labios pálidos apretados contra los dientes, pura torpeza. Parece que tuvieras mierda en las manos. Mierda, repite bajito y arrastra los pies hasta el otro lado de la mesa, alejándose de donde quedó el reguero.
De verdad quisiera tener paciencia. Trabajar mis frustraciones, que no me molesten los desprecios de mamá porque sé que debo aceptarla como es. Pero ahora es a mí a quien la rabia le hace temblar el saquito de tilo entre los dedos. Lo dejo sobre la mesa. Levanto los trozos de porcelana. No quiero que mamá me vea, quisiera esconderme pero ella sigue mirándome.
El agua hierve. Mamá vuelve a rebuscar entre copas y tazones. Dejo los restos del tazón sobre la mesada y apago la hornilla. ¿Por qué te llevaste mis jarrones?, dice ella. Usted los regaló hace tiempo, le digo. La escucho moverse. No puedo haberlos regalado, dice, eran mis favoritos. Recuerdo sus otras cosas favoritas: el vestido verde agua que le regaló papá y ella cortó en pedacitos; los zarcillos que heredó de la abuela y se perdieron en alguno de sus viajes; los jarrones de Murano que le dio a Meche, ni bien supo que se iba a estudiar al extranjero, diciendo que no soportaba verlos. ¿No recuerda que los regaló?, insisto. Prepara el bendito té, dice ella, y no rompas ninguna otra cosa.
Vuelco el agua caliente en la primera taza que elegí. Trato de disimular mi propio temblor al dejársela sobre la mesa. Me aprieto la sien. No voy a lograr que la migraña se vaya, que desaparezca la serpiente, el escalofrío que va y viene. Mamá mira la taza pero no la toca. Nada más que mugre, dice. Bébase el té, le digo, va ayudarla a dormir. Ella dice que no quiere dormir y vuelve a preguntar dónde están sus jarrones. Le recuerdo que se los regaló hace tiempo a Meche. No, dice ella, la voz le sale como un siseo. Yo no regalé nada, tú los rompiste.
Mi energía se diluye, soy un trozo de hielo al sol. Llevo dos semanas lidiando con la terquedad de mamá para cumplir el tratamiento y la fiebre no mejora. Parece que disfrutara el delirio. Meche fue quien se llevó los jarrones a Berlín, insisto, tratando de usar mi mejor tono comprensivo. Mentirosa, dice ella y le da un manotazo a la taza con el tilo que también va a dar al suelo. Veo el líquido, los nuevos trozos no son blancos sino verde agua, su color favorito.
Preferiría no estar acá pero mamá no tiene a nadie más que pueda cuidarla. ¿Por qué te llevaste mis jarrones?, dice. Me mira fijo, como si viera más allá de mí. Me doy cuenta de que tiene la frente empapada. La toco. Está demasiado caliente. Le pregunto si se tomó la pastilla. ¿Qué pastilla? El antibiótico que le recetaron, mamá. Sabes que no me gusta tomar pastillas, dice ella. ¡Qué va a saber ese médico! ¿No le viste la cara? Un muchachito nomás. Va a tener que darse una ducha tibia, le digo. ¿Estás loca? A ver si me agarro una pulmonía, no me jodas. Arrastra los pies sobre el charco de tilo, entre los trozos verde agua de la taza, se moja las pantuflas. Cuidado que puede cortarse, le advierto. Si me corto es culpa tuya, dice ella y sigue arrastrando los pies camino al cuarto.
Una puntada me sacude la nuca. Imagino la serpiente que clava sus colmillos con más fuerza. Voy tras mamá. Le digo que debería hacerme caso, meterse bajo la ducha. Ella sigue diciendo que no. Se sienta en la cama y se saca las pantuflas. No ponga los pies sobre el suelo pelado, mamá. ¿Quién eres tú para decirme qué hacer? Llámala a Meche, dile que venga. Meche vive en Berlín, le digo, ¿no recuerda que no puede venir? ¿Cómo que no?, dice ella. Dijo que si me enfermaba venía. Que venga, te digo. Otra vez tiene los labios aplastados contra los dientes.
No me queda suficiente paciencia para insistir. Doy media vuelta, prefiero regresar al charco del comedor. Lo limpio, recojo los pedazos. Mamá sigue murmurando en el cuarto. Escucho el sonido de sus talones contra el suelo frío. Sé que regresa al comedor descalza, justo como acabo de decirle que no lo haga. Se para detrás de mí. ¿Dónde están mis jarrones?, dice. Tiembla y un hilito de saliva se le escapa de la boca, le cuelga de la comisura, se alarga, vibra. Mamá está tan pálida que es una aparición.
No puedo dejar de mirar su cara arrugada, el mentón enclenque. Imagino que algún día seré como ella, me dan náuseas. Por favor, mamá, le digo, vamos a darle una ducha rápida, tiene que meterse bajo el agua tibia para que le baje la fiebre. Trato de hablar con calma, con aire de que entiendo su malestar. Qué ducha ni que nada, dice ella. Dime dónde están los jarrones. ¿O los rompiste, como las tazas? Tan caros, tan lindos, se estruja los dedos. Mamá, si no quiere ducharse vaya a la cama. Le hago otro té y se acuesta. Ella se lleva la mano a la boca, se seca la baba con el dorso. Todo esto es tú culpa. Tanto que te cuidé y mira como saliste. Tu hermana es otra cosa, tan diferente. Meche se fue a Berlín hace años. Dijo que escribiría pero nunca lo hizo. Rara vez llama, soy yo quien lo hace para contarle cómo estamos. Tendrías que haberte ido tú, dice mamá y se va hacia el cuarto.
Despacio, envuelvo los pedazos de las tazas en papel periódico. La serpiente se ajusta más fuerte. Alarga el cuerpo negro, me clava los colmillos, agujerea. Recuerdo a mamá en medio de la sala cortando el vestido verde agua. Éramos dos niñas, Meche y yo. Acabábamos de llegar del colegio y nos quedamos en la entrada, con los morrales y las carpetas todavía colgando. Había retazos del vestido por el suelo, encima de los muebles. Mamá siguió con las tijeras hasta que no quedó nada más que cortar. Meche se quedó tiesa, con la cabeza gacha. Yo me fije en ella, luego en mamá que se volvió a nosotras con la cara roja y los cabellos revueltos. Movía la cabeza como si no nos conociera. ¡No me gusta que mires así!, gritó y me dio una cachetada que casi me tira al suelo. Después me ordenó recoger el desastre y se fue, digna, hasta su cuarto. Ya se le va a pasar, dijo Meche mientras me ayudaba. Nunca se le pasó. Comenzó a quejarse de las habladurías de los vecinos, de los chismosos de la familia y, en especial, de mí. Me enferma que me mires, repetía. Lo siguiente era un pescozón, o una paliza, según el humor con el que estuviera. Meche la detuvo algunas veces, era la única que podía. Recuerdo los hematomas, la gama de colores que adquirían con el tiempo. Pasaban del berenjena al violeta verdoso, luego a un amarillo enfermo hasta desaparecer. Mamá dejó de pegarme cuando yo dejé de verla.
No es una relación pareja, me digo ahora. Debería repetirlo hasta convencerme. El dolor de cabeza es insoportable. Vuelvo a imaginar la serpiente, se retuerce. Mamá me llama desde el cuarto. Dice que necesita otras pantuflas. La dejo hablar sola mientras preparo una nueva taza de tilo. Sólo queda un saquito. No encuentro las otras pantuflas, insiste mamá.
Voy hasta el cuarto con el tilo. Ella bufa, se sienta en el borde de la cama. Había unas pantuflas por ahí, dice señalando a cualquier parte. Dejo la taza en la mesita de noche. Bébase el tilo, mamá. No quiero té, dice ella. Sacude sus dedos de arácnido. Tiene un mechón gris pegado a la sien. Quisiera poder acomodarle el pelo, lograr que se duche.
Ya le busco las pantuflas, le digo y me agacho. Busco en las esquinas, en el closet, bajo la peinadora. No hay pantuflas. Ella se vuelve a estrujar los dedos. Quédese con las mías, le digo. Me levanto y se las dejo a un costado. ¿Dónde están las pastillas?, pregunto. Por ahí, dice ella señalando la mesita. La mano le tiembla. Revuelvo entre las cosas de la gaveta, no están. Busco junto a la lámpara y el tilo que se enfría sin que ella lo haya probado. Doy con el blíster bajo un libro. Está casi entero, saco una pastilla. Tómesela con el té, le ofrezco. Ella abre la boca. Logro que se la trague con un par de sorbos de tilo. No me mires así, dice. Deja la taza y se aparta hacia la cabecera de la cama. Déjame sola, se pasa la mano por la cabeza, quiero cambiarme.
No le hago caso y me siento junto a ella. Estoy cansada, quiero que se duerma. Siento el piso frío y lleno de polvo. Veo las pelusas entre los zapatos. Los pies de mamá son pequeños, recubiertos por una piel fina y llena de pecas. ¿Quiere que le acomode las colchas para que esté más cómoda?, le digo. Quiero que me dejes sola, dice ella.
No sé porqué, al hablar conmigo, mamá pronuncia las palabras con ese siseo desagradable. Intento argumentar sin dejar de mirarle los pies. Déjame en paz, dice ella, y me cachetea. Ni siquiera siento el golpe. Imagino el movimiento de la mano, la curva en el aire y la boca torcida de mamá, sus labios casi blancos apretados contra los dientes. Boca de asco, de retorcijón de tripas. El dolor que siento en la nuca se desborda. No hay aire en la habitación. Mamá está mal, pienso. Me tiembla la barbilla. Necesito alejarme, tomar un analgésico e irme a dormir pero ya no tengo sueño.
Voy a mi cuarto. Revuelvo el bolso, saco blusas, ropa interior, faldas y pantalones. En uno de los bolsillos encuentro un blíster vacío. No me quedan analgésicos y todavía falta mucho para que salga el sol. No sé cuándo saqué el cinturón del bolso. Lo veo más que sentirlo. Una extensión de mi mano hecha de cuero negro, finito. Puedo manejarme sola, le escucho decir a mamá desde el otro cuarto. La serpiente, o lo que sea este engendro imaginario que me aniquila el cerebro, no me deja pensar. Entro al baño, reviso el botiquín todavía con el cinturón en la mano. Tampoco ahí encuentro analgésicos.
¿Dónde están los zarcillos que me regaló tu abuela?, dice mamá. Me asomo. Ella rebusca, encorvada sobre la mesita de noche, moviendo los dedos con torpeza. Sus mechones revueltos proyectan sombras que reptan por la pared. No me gusta que me mires, vuelvo a recordar. La puntada en la nuca late. Aprieto el cinturón. En aquella época, mamá hablaba y yo me convertía en piedra. No podía mover ni un músculo. Luego venía la cachetada. Son una reliquia esos zarcillos, insiste ahora, ¿también me los robaste? Retuerzo el cinturón, es ligero, un apéndice obediente que se mueve casi solo, alargado, como una serpiente. Fijo la vista en los talones de mamá. Sé que, como a la Gorgona, no hay que mirarla a los ojos.


MAUMY GONZÁLEZ. 1974. Narradora venezolana residente en Argentina. Autora de la colección de cuentos Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014) e Imagina la felicidad (Qué diría Victor Hugo?, 2017), colabora en la prensa de autores independientes, coordina talleres de narrativa y lleva el blog La Aquateca. Es Secretaria de Difusión de La balandra. “Gorgona” forma parte del libro de cuentos Imagina la felicidad.

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