Letras

Un libro para Gastón

Mariano Quirós

La última vez que vi a mi amigo Gastón fue muy rara, entre otras cosas porque no era él. No era Gastón. De más está decir que fue una situación engorrosa: vi a mi amigo de la infancia sentado en el banco de una plaza y, sin dudar, me acerqué a saludarlo.

–¡¿Qué hacés acá...?! –pregunté, con esa mezcla de histeria y euforia con que celebramos los encuentros inesperados.

Pero, como dije, este tipo no era Gastón, cosa que se me hizo evidente incluso antes de lanzar aquel saludo. Y digo que se me hizo evidente porque era imposible que la persona a quien yo saludaba fuese Gastón, porque mi amigo había muerto hacía unos pocos días en un accidente de tránsito. Hacía dos días, para ser más precisos.

En un principio atribuí la confusión a mis problemas en la vista –de chiquito me diagnosticaron miopía y más tarde me sumaron astigmatismo, con lo cual confundir a la gente se me había vuelto una cuestión casi cotidiana–, pero un rato después, y probablemente empujado por la sugestión, adjudiqué mi error a un asunto más metafísico, como si mi amigo intentara enviarme un mensaje desde el más allá a partir de mis problemas oftalmológicos. Pero qué mensaje...

Como sea, al tipo con quien confundí a Gastón no le resultó graciosa mi torpeza ni pareció que le bastaran mis pedidos de disculpa. Y no era para menos, sobre todo porque en mi entusiasmo por saludar a mi querido amigo muerto me dejé llevar y solté un pequeño pero sonoro chirlo contra su hombro. Contra el hombro de este tipo, digo, que no era el hombro de Gastón.

–Qué te pasa... –preguntó el falso Gastón en un tono neutro, tirando a secote. Respondí que mil perdones, que me había confundido, y la verdad es que me había equivocado como nunca, porque el tipo este muy poco tenía que ver con mi amigo, físicamente quiero decir, porque Gastón era más bien bajito y morrudo, mientras que este perfecto desconocido era alto y, a diferencia de mi amigo –un chico siempre alegre y vivaz–, parecía más bien macilento y desganado.

Apuré el paso y seguí mi camino, con la idea de salirme rápido de aquel engorro y olvidarme pronto del falso Gastón, cuya mirada, y con ella el fastidio, yo sentía posados sobre mi espalda. Me prometí, como hago siempre, una urgente visita al oculista.

Pero antes tenía que visitar a la mamá de Gastón en el sanatorio. La pobre mujer, por supuesto, estaba deshecha. Además de su hijo, en el accidente también había muerto su marido. Ella había sobrevivido de milagro. O no tanto de milagro, sino más bien por una cuestión lógica: a diferencia de su marido y de su hijo, ella se había puesto cinturón de seguridad, de manera que al momento de producirse el choque mi amigo y su padre salieron despedidos del auto, mientras que ella, que si bien sufrió heridas de consideración –un brazo fracturado y unas cuantas costillas rotas–, quedó dentro, un poco apretada por la chatarra pero con vida.

–¡Por qué Dios me abandonó..! –así, con esa súplica, me recibió esta mujer, a quien yo había visto durante mucho tiempo como una especie de tía postiza. Esas mujeres que siempre están a gusto recibiendo en su casa a los amigos de su hijo.

Como no hay modo de responder a expresiones como aquella, no dije nada y me limité a darle un abrazo. Fue también un abrazo ligero, un abrazo en la medida de lo posible, porque la postración en que se encontraba no permitía estrecharla tanto como uno hubiese querido. Porque aunque es verdad que semejante dolor no se contiene con un mero abrazo, en esas circunstancias es lo más que podemos ofrecer.

En la habitación del sanatorio estaban también las dos hermanas de mi amigo y el marido de una de ellas. Repartí abrazos entre ellos, entre los que mezclé palabras de consuelo apenas murmuradas, con lo que no creo que hayan alcanzado a descifrarlas. Pero estaba claro que se trataba de un pésame. O por lo menos eso espero, porque cualquier otra cosa, cualquier otra frase que no manifestara condolencia, hubiese sonado fuera de lugar.

Abracé con más entusiasmo a la menor de las hermanas. Además de ser la más simpática, era también la soltera, de modo que no me inhibía la presencia del marido al momento de poner de manifiesto mi cariño. Aunque, bien pensado, no creo que el marido se enojara si se me ocurría ser más amable con su mujer.

Digo, la situación no daba para ese tipo de enojos. En todo caso, el problema era más bien mío. En definitiva que eso, abrazar mucho o poco a la hermana mayor de mi amigo muerto, no era lo importante. Lo importante, creo, era acompañar un poco a esas personas desgraciadas.

Ahora bien, ¿era deseada mi presencia? ¿No hubiesen preferido la madre de Gastón, sus hermanas y su cuñado un poco de tranquilidad? Porque seguramente no había sido yo la primera visita. Quizás estaban ya hartos de la gente, de las muestras de condolencia, de las palabras que sirven para muy poco..., qué situación horrible y tan incómoda.

Supongo que fue eso, la incomodidad, lo que me empujó a contarles del equívoco en que me había visto envuelto hacía escasos minutos, al saludar al falso Gastón. Incluso agregué al comentario una cierta efusividad, dije que de alguna manera aquella había sido la última vez que vi a Gastón. Y agregué que no, que no era Gastón. Tan graciosa me pareció mi propia historia que repetí varias veces: “La última vez que lo vi, no lo vi”.

Desde la cama, desde su convalecencia, la mamá de mi amigo me tendió el brazo que podía mover, una seña para que me acercara. Lo entendí como un gesto piadoso de su parte. Me salvaba, la mamá de Gastón, del abismo hacia el cual yo solito, sin ayuda de nadie, me había lanzado con esa historia tan traída de los pelos, aunque tan cierta sin embargo.

Cuando me tuvo a su lado, tomó mi mano izquierda con delicadeza. Me agradeció, en un hilo de voz, la molestia que me tomaba al visitarlas, a ella y a sus hijas, en un momento tan feo.

–Siempre fuiste el amigo intelectual de Gastón –dijo finalmente. No supe qué responder, en parte porque lo suyo no había sido una pregunta, pero más que nada porque el comentario, su comentario, no venía muy a cuento. Era, si se me permite, un dato de lo más superfluo. O un simple desvarío.

Pero, para mi desdicha, la mujer agregó:

–Estaré atenta a tu próximo libro.

Por supuesto, para nada me molesta que la gente se interese en las cosas que escribo. Qué más puede pedir uno. Pero, sin quererlo, me había metido en un problema: mi último libro, que se publicaría en cosa de unos días y sobre el cual ya había trabajado en las pruebas de galera, incluía un relato cuyos protagonistas eran, increíblemente, Gastón y su padre. Sí, a mi amigo muerto y a su padre, también muerto, los había convertido yo en personajes literarios. Y no precisamente personajes que salieran del todo favorecidos.

No es algo que me preocupe demasiado, entiendo que todos los escritores llevan hacia sus textos a personas de carne y hueso. Las llevan hasta allí y después hacen con ellas lo que quieren, lo que les venga en gana, siempre de acuerdo con sus necesidades, las necesidades del escritor, claro está.

Por otra parte, al momento de escribir yo el relato aquel donde Gastón y su padre no quedaban, que digamos, muy bien parados, no tenía modo de saber que mi amigo y su padre acabarían muertos en un accidente de tránsito. Ahora, llegado el caso, era como que yo simple y cruelmente me situaba contra personas que ya no podían pronunciarse.

Pero más aún: el problema estaba en el hecho de que la madre de Gastón efectivamente se interesaría en mi libro como no se había interesado nunca por ningún otro de mis libros. Antes, antes de la muerte de mi amigo, que yo escribiera cuentos y novelas era para ella como un dato pintoresco. Su hijo tenía un amigo escritor, una pequeña excentricidad, algo que contar en las reuniones con amigas. Cuentos y novelas que, por lo demás, ella no se gastaría en leer, le alcanzaba con estar al tanto de mi estrafalaria afición.

Pero ahora, con el hijo muerto, cualquier cosa del mundo de los vivos que le permitiera sentir la –cómo llamarla– presencia de su hijo, la empujaría con ansias en la búsqueda de eso.

Y ya que estaba con ánimo de sumarme preocupaciones, había una peor: en mi relato yo había sido injusto con mi amigo y con su padre. Y no, no es que quisiera congraciarme con ellos ahora que estaban muertos, no era por mero remordimiento. Me sentía ni más ni menos que como un vil traidor.

La madre de mi amigo –una vez hubo pronunciado aquella promesa tan desafortunada, la de estar atenta a mi próximo libro–, aun desde su horrible realidad, fue capaz de percibir mi consternación, porque en un pispás pasó de consolada a consolarme.

–Debemos ser fuertes –repetía la pobrecita, ajena por completo a mi penoso dilema (aunque bien pensado, ¿dónde estaba el dilema?).

Quedé un par de segundos en silencio, aferrado a la mano de la madre de Gastón, sin ánimo de pronunciar ya frase alguna, sin esforzarme en dejar a un lado las incomodidades y molestias del duelo.

Fue la hermana menor quien tomó la posta y, agarrándome de un brazo, me llevó fuera de la habitación. Gracias a Dios me libró del saludo final a la otra hermana y al cuñado, que habían quedado con caras largas, compungidos en un rincón.

La vida de esa familia había cambiado bruscamente, de un modo salvaje.

Ya fuera, en el pasillo del sanatorio, la hermana menor me tendió una libretita y una birome. Que escribiera el título de mi libro, pidió, así lo encargaba y, de paso, lo recomendaba entre la gente amiga. Cotejé la opción de escribir un título apócrifo, inventar algo sobre la marcha. Pensé también en anotar el título de alguno de mis libros anteriores. Pero la posibilidad de ser recomendado me empujó a escribir en la libretita no sólo el título de mi inminente nuevo libro, sino también el nombre de la editorial que lo publicaba y de las librerías donde seguro lo conseguirían.

A modo de despedida la hermana de Gastón me abrazó y me dio un tierno beso en la boca. Me pidió también que no las olvidara, que la presencia del amigo intelectual era siempre bienvenida. Y volvió a besarme.


MARIANO QUIRÓS. Resistencia- Chaco, 1979. Ganador del XIII Premio Tusquets Editores de Novela 2017 por la novela Una casa junto al Tragadero. Es autor de las novelas Robles (Premio Bienal Federal), Torrente (Premio Iberoamericano de Nueva Narrativa), Río Negro (Premio Laura Palmer no ha muerto), No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache). Su cuento Cazador de tapires recibió el premio Gabriel Aresti, convocado por el Ayuntamiento de Bilbao. Junto a los escritores Pablo Black y Germán Parmetler publicó el volumen de cuentos Cuatro perras noches, con ilustraciones de Luciano Acosta. Actualmente dirige junto a Pablo Black la colección literaria Mulita.



Foto: TELAM

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Una oficina de correos, medio siglo atrás

Pablo Di Marco

Acompáñeme, querido lector, quiero mostrarle algo. Por acá, sí. Corra el velo que tiene delante, así, muy bien. Pase, aquí lo tiene. ¿Quiere saber de qué trata todo esto? Sea paciente, permítame contarle. Como usted notará, estamos en una oficina de correos atiborrada de gente, como toda oficina de correos que se precie. ¿De qué país? De México. ¿Qué me dice, querido lector? ¿Que no estamos en la actualidad? Está usted en lo cierto, nos encontramos en el año 1967, principios de 1967, para ser más exactos. Como usted bien notará, los hombres visten de traje y corbata, y no hay teléfonos celulares ni acondicionadores de aire. Las aspas de los ventiladores de techo apenas logran desparramar alguna que otra brisa tibia. Sígame, lector, venga conmigo que quiero mostrarle a alguien en particular. No se preocupe, ellos no pueden vernos, somos casi invisibles. Acá estamos mejor ubicados. Centre su atención en el hombre de saco marrón de la tercera fila de asientos. No, ese no, me refiero al de bigotes, el que sostiene un paquete sobre los muslos. Sí, ese mismo. Ese hombre es escritor. Escritor y periodista. Tiene cuarenta años y… ¿Cómo? ¿Qué por qué le hago perder el tiempo espiando a un pobre infeliz? Por favor, lector, acompáñeme unos minutos más, apenas eso. Se lo ruego. Ya sé que no pareciera muy significativo visitar una oficina de correos de medio siglo atrás, pero le aseguro que lo que le mostraré será de veras interesante. Como le venía diciendo, nuestro hombre está a pocos segundos de ser llamado por el empleado del puesto 2.
     —¡El que sigue!  

Se lo dije. El que sigue es él. Mire cómo se levanta de su asiento y se acerca al mostrador. ¿Qué quién es la mujer que lo acompaña? Ah, disculpe, olvidé decírselo. Es su esposa. Se llama Mercedes y le aseguro que, de no ser por ella, la vida del “pobre infeliz” no valdría nada. Venga, hagamos silencio y escuchemos.
     —¿Qué quiere? —dice el empleado mientras el cliente apoya el paquete sobre el mostrador.
     —Buenos días, quisiera hacer un envío con destino a Buenos Aires.
El empleado abre el paquete que contiene varios centenares de hojas escritas a máquina.
     —¿Qué es esto?
     —Una novela.
El empleado endereza por primera vez el cuello y le echa una rápida mirada al cliente. Después lee la primera página:

Cien años de soledad
Gabriel García Márquez

¿Qué le ocurre, querido lector? Le ha cambiado la cara de un segundo al otro. Sshh… haga silencio, sigamos escuchando:
     —Le habrá llevado un tiempito escribir semejante mamotreto —dice el empleado, y recoge las hojas y se retira al fondo de la oficina.

El pobre infeliz, parado ante el mostrador, le asiente en silencio a la nada. Sí, “pobre infeliz”, querido lector. Es así como usted lo ha llamado y yo no soy nadie como para contradecirlo. Mientras tanto, su esposa no desprende su mirada de las páginas de la novela, que ahora hacen equilibrio sobre una vieja balanza. Ella sabe muy bien que ese “mamotreto” es lo único que los puede librar de las deudas y la incertidumbre de los últimos años. Claro que lo sabe, lo sabe muy bien, porque lo vio en las cartas. Y las cartas a ella nunca le han mentido. No importa el rechazo de la editorial de Barcelona, la novela debe llegar sí o sí a ese editor de Buenos Aires. Y una vez que eso suceda Cien años de soledad será colosal, y su marido se volverá, de un día al otro, en el mayor escritor del continente. Aunque nadie lo crea.
     —Son ochenta y tres pesos —dice el empleado, de regreso.

El infeliz revisa sus bolsillos. Cuenta treinta, cuarenta, cincuenta… No tiene más que eso. La esposa revisa su cartera y suma algunas monedas. Entre los dos juntan cincuenta y tres pesos. El capital entero de la pareja son esos cincuenta y tres pesos.
     —Ochenta y tres —repite con firmeza el empleado, como si la empresa de correos fuese su propiedad. 
     —¿No hay un servicio más económico?
El empleado niega y le devuelve el mamotreto con displicencia.
El infeliz se seca con la mano el cuello transpirado, la vergüenza le impide mirar a su esposa a la cara.
     —Si no tiene para pagar el despacho háganse a un lado, que hay una larga fila de gente detrás de ustedes.

El infeliz levanta el paquete con ambas manos, la novela le pesa toneladas. Será otra vez, o será en otra vida. O quién sabe, tal vez alguien le preste los miserables treinta pesos que le hacen falta. Aunque… a él ya nadie le fiará una sola moneda. Es un hombre quebrado. Es posible que sus amigos tengan razón. Lo más conveniente sería abandonar la escritura y conseguirse un trabajo estable que le proporcione un sueldo fijo.
     —Háganse a un lado. ¡Que pase el que sigue!
     El infeliz comienza a retirarse cuando su esposa Mercedes lo detiene y le dice al empleado:
     —La mitad.
     —¿Dijo algo, señora? —pregunta el empleado.
     —Dije que despacharemos la mitad —responde la mujer con firmeza mientras separa la novela en dos partes—. Tenga. ¿Ahora nos alcanzan los cincuenta y tres pesos?

Sí, querido lector. Los cincuenta y tres pesos fueron suficientes para enviar aquella mitad. Días después el editor de Buenos Aires pagó el envío de la otra parte, y la novela se publicó pocos meses después, en junio de 1967. En pocos días agotó una tirada de ocho mil ejemplares, y en pocas semanas agotó una segunda tirada de diez mil. Y, tal como las cartas se lo habían anticipado a Mercedes, Cien años de soledad fue colosal y Gabriel García Márquez… no es necesario que lo cuente, esa es una historia que ya todos conocemos. Ahora hagámonos a un lado que ya hemos visto suficiente. Retrocedamos en silencio y volvamos a correr el velo, que la historia no debe ser manoseada.

¿Una cerveza? Por supuesto, querido lector. Acepto, claro que acepto. Y no solo una, también aceptaré dos. Pero no brindaremos por el tal García Márquez —que ya ha recibido demasiados homenajes— sino por la historia. No por la historia que nos ofrecen los titulares de los diarios sino por la otra, la que se desliza de cuando en cuando ante nuestros propios ojos y no siempre vemos. Esa pequeña historia que carga consigo cada pobre infeliz que toma un café en soledad, llora en silencio en el último asiento de un colectivo, o despacha con las monedas justas un paquete por correo. Y también brindaremos por Mercedes. Por supuesto que también brindaremos por Mercedes. Usted y yo sabemos bien por qué.


Que este pequeño relato sea mi homenaje no solo a los cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, sino también a cada escritor que le dedica años de su vida a la escritura de un libro que tal vez nadie leerá. Y, por supuesto, a las “Mercedes” que acompañan y sufren junto a cada uno de esos escritores. 




 


* Pablo Hernán Di Marco. Es autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo (ganadora de la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”, Colombia) y Espiral (finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España). Vive en Buenos Aires.

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Shunga. Capítulo I

Martín Sancia Kawamichi

La muerte de Oriko

    La habitación parecía iluminada por una hoja seca.
    Era septiembre.  
     —Adiós —dijo Kotaro, y su voz le sonó a insectos atrapados, frotándose entre sí. Quiso repetir la frase pero se detuvo. Bajó el párpado derecho de Oriko, que cedió con facilidad, y dejó el izquierdo abierto, como si aún la pupila no terminara de morir y, a diferencia de lo sucedido con el otro ojo, fuera necesario esperar. Se quedó varios minutos mirando el iris. Luego se puso de pie. No supo qué hacer en esa posición, de modo que volvió a arrodillarse. Bajó el párpado que faltaba. Miró objetos duros: los labios de una muñeca de cerámica, un cuenco ensangrentado, una tetera, un cofre. Dijo, y ahora sintió que los insectos habían abandonado su voz:
    —Ella fue siempre lo más importante para mí.
    Se rascó uno de los brazos, aunque no le picaba. Se rascó las rodillas. Tosió. Ocho veces seguidas. Se puso nuevamente de pie, salió de la casa, volvió a entrar. Miró otros objetos duros: una miniatura china, los bordes de una vasija, un daruma de madera.
    Y luego le pidió a Taru, su criado de confianza, que fuera a buscar a las hijas de Kichiro Izumi.
    —¿La actrices?
    —Sí, ellas. Desde que dejé de ser un niño, llorar se me hace imposible. No encuentro el camino para hacerlo. —Acarició la mejilla derecha de Oriko.  —Pero mi casa, que también seguirá siendo de mi esposa, la llorará cada instante que me quede de vida. Las hermanas Izumi van a entender mi pedido. 
    Taru tenía curiosidad por saber de qué pedido se trataba, pero jamás hacía preguntas.
    Kotaro agregó:
    —Quiero que trabajen para mí. Que lloren por toda la casa la muerte de Oriko como ella merece ser llorada, de mañana, de tarde y de noche. Cada día, sin descanso, mientras yo viva.
    Los ojos de Taru no pudieron disimular que aquello que estaba escuchando le resultaba desmedido. Kotaro continuó
    —Voy a pagarles por su llanto. ¿No son actrices, acaso? Que se turnen. Que se repartan el trabajo como ellas quieran. Pero que en mi casa no se deslice un solo segundo sin que alguien esté llorando por Oriko en alguna parte, en el rincón que sea.     


    Durante el camino Taru pensaba en cómo sería la casa de ahora en más, sin Oriko. ¿Cómo sería vivir acompañado por el llanto de tres extrañas?
    La casa en la que el viejo Kichiro residía  junto a sus hijas era una construcción modesta cercada por charcos de agua. A Taru le llevó cerca de una hora de caminata dar con ella. Golpeó la puerta dos veces con un llamador estrafalario que le costó descifrar, y esperó.  
    El viejo tardó en acudir.
    —No están—dijo Kichiro, después de escuchar a Taru. —Las tres tuvieron que irse con el gigante Kazuma.
    Taru pensó que el hombre divagaba.
    —¿Gigante?
    Kichiro advirtió la sospecha:
    —Le dicen así, no son locuras de viejo. Es muy alto y fuerte como un buey. Se dedica a la usura. Hace un año, cuando enfermó mi esposa, tuve que pedirle dinero prestado, y como no pude devolvérselo se llevó a mis tres hijas para que trabajen en su casa.
    El viejo tosió. Tenía sangre en la nariz y el pecho delataba un gran esfuerzo para respirar.
    —Ahora estoy solo. Mi esposa murió hace seis meses y ellas se fueron hace dos.
    Taru le preguntó dónde vivía Kazuma.
    —Siguiendo por este sendero. Es la única casa de este lado del arroyo.
    —Gracias.
    —Tenga mucho cuidado: es un hombre peligroso.
    —Sí—dijo Taru. —Yo también los soy.
    —Pero él además tiene sus monos.
    Taru creyó que había escuchado mal:
    —¿Dijo “monos”?
    —Sí, monos—confirmó el viejo. —Cuatro nihonzaru entrenados para hacer lo que él quiera. No necesita de hombres que protejan sus espaldas, como sucede con otros usureros. Con sus monos le basta.
    Taru agradeció la información (que juzgo exagerada) y abordó ese sendero tembloroso que parecía haber sido trazado por un prófugo.
    Y mientras caminaba pensó en Oriko, su bella señora. Recordó la tarde en que la había espiado mientras se bañaba, hacía diez años, cuando él tenía solo trece y su señora veintidós. El viejo Riku, antiguo criado de Kotaro, le había dicho:
    —Al atardecer suele ir al río sola. Camina descalza, se ensucia los pies en el barro,  luego se quita la ropa y nada sin mojarse el rostro ni los cabellos, hasta que la luz declina.  Créeme: no existe nada más bello que Oriko desnuda. 
    Taru dejó pasar una semana hasta que decidió ir al río. Para poder camuflarse entre la vegetación se puso una yukata verde y se cubrió los cabellos con un tejido de alfalfa. Y se movió entro los bambúes y los arbustos en cuatro patas, como si fuera un gato.
    La vio cuando ya comenzaba a resignarse a que esa no sería su tarde. Tal cual le había dicho Riku, estaba descalza, caminando por el barro. Iba cubierta por un kimono floreado y cantaba una canción infantil. Taru, siempre en cuatro patas, avanzó hacia ella para obtener la mayor cantidad de detalles que ese espectáculo furtivo podía ofrecerle. Trató de controlar la respiración; de observar en  quietud.
    La canción de Oriko decía:

Huye niña triste
con la madrugada.
Antes que el rocío
coma tu alma.

    Oriko se quitó el kimono floreado y miró el río unos segundos. Taru quiso ir de a poco: primero le miró el hombro izquierdo, que tenía forma de mordisco, y al mirar el derecho tuvo un mal presentimiento. ¿Qué pasaría si Oriko, por la razón que fuera, decidía ahogarse? ¿Iría a socorrerla así vestido, con esa yukata y esa peluca de alfalfa? ¿O la dejaría morir? Pero sus presentimientos, tanto los malos como los buenos, eran solo caminos que él tomaba para no pensar. Y en ese momento necesitaba eso: no pensar.
    Oriko ingresó al río antes de que los ojos de Taru hubieran llegado a mirar el resto de su espalda, y comenzó a nadar. Taru cerró los ojos. Se llevó la mano a la entrepierna pero la detuvo sobre el estómago. Se apretó la panza. Imaginó una vasija llena de dientes, una flor quemada. Abrió los ojos. Dejó sus dos manos a un costado de su cuerpo, como sombras húmedas. Y cuando Oriko abandonó el agua y mostró su desnudez de frente, esa desnudez con la que la mayoría de los hombres del pueblo soñaba, Taru confirmó algo que solo había sospechado dos veces sin tomarlo demasiado en serio: las mujeres no le gustaban. Oriko desnuda era, para él, como cualquier otra cosa del paisaje. A tal punto que pronto se distrajo mirando solo el agua cubierta por las escamas del atardecer, tan rosadas y distintas a la sangre del alba, mientras fuera del río, aún desnuda, Oriko se secaba.   
    —Ayuda, por favor
    Taru abandonó sus recuerdos y dejó de caminar. Miró hacia los yuyos que bordeaban el camino sinuoso.
    —Ayudaaaa.
    Tomó una piedra (no llevaba ningún arma que pudiera utilizar si lo atacaban) y caminó hacia la voz. Tuvo que avanzar unos metros entre la vegetación parásita y las nubes de insectos que emergían con cada paso y que lo rodeaban sin picarlo. Hasta que descubrió al hombre. Tenía más o menos la edad de su amo, alrededor de cuarenta años, y estaba tirado en el suelo, cubierto de sangre, con las manos y las piernas destrozadas. Le habían arrancado las orejas, el labio superior y los dos párpados.
    Taru se agachó. Le ofreció al hombre un poco de agua de su cantimplora pero el hombre no la aceptó:
    —Quiero morir—le dijo.
    Y luego le pidió que le cubriera los ojos. Necesitaba cerrarlos. Que alguna cosa, la que fuera, reemplazara a sus párpados.
    Taru pensó primero en piedras, pero lo desechó porque enseguida optó por lo que tenía ahí a la vista, rodeándolo por todas partes, y arrancó dos puñados de yuyos y con ellos cubrió los ojos, que sin párpados tenían el aspecto de dos moluscos voraces que quisieran matarse entre sí.
     —Gracias—dijo el hombre, y al segundo ofrecimiento de agua, le respondió a Taru nuevamente que no. Y agregó: —Por favor, rescata a mi hija. Yo ya no puedo, no tengo cómo hacerlo. Pero ella no debe morir. La culpa fue mía. Fui yo quien se metió en problemas con Kazuma. Ella no tiene que pagar mis errores… Ya perdió su lengua. No quiero que pierda la vida.
    Lo que le estaba deparando el día era demasiado: la muerte de Oriko, el pedido de su amo, el viejo Kichiro que le habló de un gigante con cuatro monos y ahora ese hombre mutilado, con yuyos sobre sus ojos sin párpados, que le contaba que su hija había perdido la lengua.
    —¿Cómo se llama tu hija?
    —Madoka. Y su apellido es Tazaki. 
    —¿Y por qué dices que perdió su lengua?
    —Porque es así. Kazuma se la quitó. Por eso te ruego que la ayudes. Es una buena mujer y no merece lo que le está sucediendo. Yo sí. Yo merezco terminar de este modo. Déjame morir y ayúdala, así harás justicia tanto con ella como conmigo.
    —No puedo dejarte morir.
    —Me matarías si supieras lo que hice.
    Taru iba a decirle que él era  incapaz de matar a un indefenso, pero prefirió cambiar el rumbo de la charla. 
    —¿Conoces a las hijas de Kichiro?
    —Sí, por supuesto que las conozco. Y no solo las conozco: he abusado de ellas. Están con mi hija, en el mismo árbol. Un álamo blanco. 
    —¿Un álamo blanco? No entiendo. ¿Por qué están allí?
    —Es largo de contar. Ve y rescátalas. Pero cuidado con los monos. No querrás seguir vivo si uno de ellos te ataca.
    —¿Ellos fueron los que te hirieron?
    —Sí.
    Taru notó que la entrepierna del hombre pujaba levemente la tela de la entrepierna.  
    —Tu pene está endurecido—le dijo.
    El hombre respondió:
    —Sí. Es una enfermedad. No tengo un minuto de sosiego. Y ahora que hablaste de las hijas de Kichiro se ha endurecido un poco más. Lo confieso: quiero morirme recordándolas. Las he disfrutado desnudas, he abusado de sus cuerpos. He hecho con ellas lo que he querido. Por eso terminé de este modo. Y por eso mi hija va a morir.
    Quiso ver la erección del hombre y le bajó los pantalones.
    Se sorprendió: era un sexo tan pequeño como una nariz de niño.
    Como un ojo.
    Y, recién entonces, lo supo culpable, capaz de una crueldad ilimitada.
    Un pene así solo podía hacer daño.
    Y no merecía vivir.
     Puso un pie sobre su cuello y apretó, mirando la excrecencia endurecida y absurda, para que su odio hacia el hombre continuara creciendo y su pie apretara cada vez con más fuerza, sin una astilla de piedad, hasta que sintió el crujido, que sonó a huesos y a barro, y el hombre dejó de respirar.


* Martín Sancia Kawamichi. Nació en julio de 1973. Estudió cine en el CIEVYC y literatura en el IES Nº 1 “Dra. Alicia M. de Justo”.  Publicó, como Martín Sancia, dos libros infantiles:  Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… y otras historias (Ed. Sudamericana, 2009) y  Los poseídos de Luna Picante ( 2do. Premio Sigmar 2014) Durante años colaboró con cuentos y textos breves en la revista Beatrizos. Su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014.

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El pabellón de los animales domésticos

Héctor Prahim

Cuando la autodestrucción entra en el corazón,
al principio parece apenas un grano de arena.
John Cheever, Diarios

 

Sé que vamos a pelear, Daniela, por más que anoche lo hayamos hecho como hace mucho no lo hacemos, con el impulso antropofágico intacto y el último ardor de posguerra listo, en ese viejo sofá donde me toca dormir en estas vacaciones. Las últimas vacaciones, los tres, o los cuatro. Sé que vamos a discutir, flaca, sin tregua, como jirafas que intercambian golpes con sus cuellos por un pedazo de río de arena, lo sé por esa forma que tenés de inclinarte en la reposera y de tocarte, una y otra vez, el piercing de tu ombligo. La vamos a pasar mal por más que hayamos estado toda la mañana bien, como estuvimos bien a la madrugada, cuando salimos al patio a oír el ruido del mar que rugía por sobre los techos de las casas, y yo te abracé y vos te pusiste a hablar de esos animales marinos que suelen vivir a tres kilómetros de profundidad y salen por la noche. Y al instante, como si nada, sucede en esta playa, porque se te ocurre decir: Pancho se queda con nosotros. Ahí empieza el asunto, eso da comienzo al conflicto. Lo peor es que te das cuenta, pero ya está, ya fue, ya empezó, y mi sistema de autodefensa se activa, sin mí. Entonces cierro el libro, vuelvo la vista al muelle, a la fila de pescadores que sostienen sus cañas contra la baranda y contesto, Pancho es mío. Vos te estirás hacia adelante, subís el respaldo de la reposera como un pavo real, empezás a decir que soy egoísta, el egoísta de siempre, egoísta porque ni siquiera pienso en Maxi. Yo te digo pará, no digas eso porque no es verdad. Pero para entonces la verdad importa poco, aunque importe demasiado, como nunca antes. Ahí mismo me mirás de costado, con tu hermosa sonrisa irónica, esa sonrisa que conozco bien y que siempre espero como un masoca. Y decís, ¿adónde lo pensás meter? No sé, contesto, pero se viene conmigo. Trato de mostrar firmeza, aunque me vuelvo un poco paranoico, porque por más que quiera a ese perro como lo quiero, no va a venir conmigo. Entonces me hacés que no con el dedo, luego con la cabeza, y al instante sé que el asunto va a seguir así por largo rato. Sé que ya no vas a poder disfrutar de nada, ni ver nada, ni a derecha ni a izquierda, ni arriba ni abajo, solo el objetivo, sin sentimientos, como un misil transoceánico con mi nombre pintado sobre el lomo. Es así, Daniela, eso es lo que viene a continuación, frialdad en estado puro, cambio drástico del humor en estado puro. No falla, ojalá fallara, ojalá pudieras ver a esos adolescentes de ahí adelante, esos que tratan de estaquear una carpa playera contra el viento. Deben ser tan adolescentes como cuando vos y yo nos fuimos a vivir juntos, ¿te acordás?, y alquilamos esa casa de forma cúbica, sin personalidad, arriba del lavadero de autos, y no nos importaba el ruido de rodillos, ni de secadoras, ni de aspiradoras, ni la música alta o los motores, porque éramos felices a pesar de todo, porque reías y yo soñaba y combatíamos el ruido saliendo con nuestro carrito de bebé, paseando como turistas todo el santo día. Luego vino la quietud, el falso confort o bienestar, tan distante y distinto a la velocidad adquirida por estos días, por estos tiempos, es que pensamos eso, y pensamos mal, pensamos que la velocidad nos iba a salvar de algo, porque veníamos con los pies descalzos, cansados de caminar sobre maderas flojas, podridas, de un puente colgante a punto de caer, y al final, el puente resistió, pero nosotros necesitábamos caer, enteros o en pedazos, y caímos en caída libre, en ofrenda, manoteando el aire al derecho y al revés, y nos desvanecimos sin remedio, y comprendimos tarde, pero comprendimos, que funcionaba a la inversa, como en la aceleración y la desaceleración supersónica, como en la altitud plena, y ya no nos sanó nada. Me pongo de pie. Trato de enderezar la sombrilla. Vos te llevás los anteojos de sol hasta la frente, fruncís el ceño, y decís, ¿qué estás haciendo? Estoy a punto de decirte que de alguna manera aprendí a perder, a resignar. Pero mejor no, no voy a resignar nada hoy, hoy quiero un poco de sombra, salir de la zona habitable de mí estrella, de la que fue mí estrella, aunque sea por un rato, a pesar de la oscuridad excesiva que ya hay acá, en vos, en mí, en toda la gente de esta playa, a pesar del día soleado. Pero hay excepciones, claro, no podemos decir que haya oscuridad en ese perro o en Maxi o en los demás chicos o en los demás perros que juegan con las olas. Si habría en este lugar un detector de mentiras lo confirmaría, como confirmaría que se puede mirar hacia la oscuridad cerrada pero no hacia la luz intensa. Y es simple, te contesto eso, te contesto que sólo quiero un poco de sombra. Vos hacés a un lado la reposera, volvés a levantar la cara al sol. Puede que hace rato te hayas ido de acá, o puede que todavía permanezcas, en piloto automático, en velocidad crucero. Y preguntás, ¿qué día vas a pasar a buscar a Maxi? Todavía no sé, contesto, los domingos, supongo. Al instante escucho que se acerca una avioneta, promociona, por encima del ruido del motor, Locura compartida, en el cine teatro Coral. No me digas nada, estás pensado que yo estoy pensando que esa es la obra justa para nosotros. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga. ¿No? En realidad estoy pensado en otra cosa, en la terapia, quizás no sirvió de nada, o quizás sí, la individual, fue más útil que la de pareja. ¿No te parece? No te parece. Bajás los breteles del corpiño, comenzás a ponerte bronceador como si el sol se viniera a pique en los próximos segundos, y decís, algún que otro sábado voy a querer salir. Me parece perfecto, digo. No queda otra que asentir, mover la cabeza como esos perritos que van pegados arriba del tablero de los autos, conformarme con mirar a las gaviotas que pican la arena fina sin dejar de volar. Frente a mi silencio, agregás, si mi vieja no lo puede cuidar, lo vas a tener que cuidar vos. No tengo problema, digo, pero mirá que hay sábados que me toca trabajar, casi siempre por emergencias en los aires acondicionados de alguna clínica, o en alguna casa, y tengo que pasar tardes enteras trepado a una escalera practicando autopsias a compresores grasientos. Lo sabés, no sé por qué tengo que repetírtelo si lo sabés. Pero de pronto, nos salva el campanazo, Maxi se acerca, se acerca y dice, ¿me comprás eso, ma? y señala con el mentón unos barriletes escalonados en el aire, y pasa la pelota de tenis de mano en mano, delante de Pancho que se sienta en sus patas traseras y sigue el movimiento con la cabeza. El señor de los barriletes, decís, si vuelve para este lado te compro uno, ¿dale? Dale, Daniela ¿Lo oís?, claro que lo oís. Los adolescentes, acaban de poner la inconfundible, la frenética, la extraordinaria voz de Kurt Cobain en el radiograbador, hay electricidad atmosférica en los espíritus, y saltan y mueven los brazos y patean la arena. Yo empiezo a seguir el ritmo con el pie, y estiro mi mano hasta la mano de Maxi y tomo la pelota, la hago rebotar en la arena húmeda. El perro la sigue con el hocico en el ascenso y en el descenso, hasta que en un nuevo rebote salta y la atrapa en el aire. Panchito quiere jugar, digo. Pero Maxi no me mira, te dice a vos que tiene hambre. Al momento destapás la conservadora, le alcanzás un sándwich, le preguntás si quiere jugo. Él asiente, muerde el sándwich. Le decís que por favor mastique bien antes de tragar, y hechás jugo en polvo dentro de una botella de Coca-Cola cargada con agua. De verdad me pregunto, ¿por qué no podemos estar como Pancho? Alegres. Al menos eso es lo que parece, ¿no?, mi perro, sí, mi perro, porque fui yo el que lo encontró hace como dos años. ¿No te acordás? En una de las tantas noches que salía a dar una vuelta después de discutir con vos o con tu otro yo, o con quién fueras en ese momento. Hacé memoria, por favor, dale. Es mío, lo encontré la vez que salí y manejé el Siena sin tener rumbo fijo, hasta que decidí ir hasta el garaje. Estacioné en la calle, subí a pie por la rampa hasta el primer nivel, hasta mi furgoneta fundida. Ahí guardo, sin que vos lo sepas, aunque ahora no creo que te importe demasiado, varias colecciones de soldaditos, mis soldaditos. Habré pasado más o menos una hora limpiándolos, luego volví a vagar por la ciudad. Paré en una estación de servicio, entré a la cafetería a tomar algo. Me demoré con los taxistas hablando de fútbol, de política, mientras un televisor colgado en la pared repetía un capítulo de Dr. House. Cuando salí al estacionamiento vi que alguien había dejado una caja de zapatos arriba del capó del Siena. Bueno, ahí estaba Pancho cachorro, muerto de frio, en estado de deshidratación, ese que ahora corre y tira tarascones a las olas. Maxi lo adoptó al instante, y vos nunca supiste si aquello había sido un gesto de paz o una provocación encubierta, como las tuyas, como la de hace un rato. ¿Te acordás del hotel donde fuimos de luna de miel?, ese que tenía los retratos coloridos de Warhol que tanto me gustaban ¿Te acordás? Entonces había un congreso de médicos o algo por el estilo, y los médicos se emborracharon y bailaron desnudos en la pileta. Pero bueno, eso ya pasó, con lo que respecta a nosotros ahora, no hace falta que expliques nada. A buen entendedor pocas palabras. Es que insististe tanto con que teníamos que alquilar una casa de veraneo en vez de ir a ese otro hotel costero tan bonito, el sindical ese que tiene los cuadros de campos de trigo que tanto te gustan, que al final, la casa que conseguimos, a doce cuadras del centro y a tres de esta playa, es triste, colorida pero triste. Me parece justo que no quieras que esté en tus recuerdos futuros, buena decisión, yo trataré de hacer lo mismo, aunque me juego que al hotel vas a volver, como tal vez vuelvas a esa casa triste. Pero mejor no ponerse melancólico. No quiero victimizarme, me hago cargo de mi parte, y listo. Mejor pensar en otra cosa, por ejemplo en la noche que me levanté por un vaso de agua, y al prender la luz de la cocina vi cucarachas, dos se metieron rápido en la rejilla del desagüe, una tercera permaneció en el borde de la azucarera, movió sus antenas hasta que desapareció detrás del exprimidor eléctrico. Vacié la azucarera en el tacho de basura. Y sabés, abrí la alacena y descubrí una cuarta patinando en la pila de platos. Apagué la luz y salí al patio. Prendí un cigarrillo y lo fumé bajo una gran luna, bajo el ruido del mar, el mismo ruido que nos reconfortó en la madrugada de hoy. Luego oriné sobre el pasto, y volví a entrar. Encontré a Pancho acurrucado en el sofá. Le acaricié la cabeza y seguí, fui a la habitación donde vos y Maxi dormían en la cama matrimonial. Me acosté sin taparme y moví los ojos en la oscuridad hasta que me quedé dormido. A la mañana siguiente no mencioné ni una sola palabra sobre las cucarachas. ¿Cómo decírtelo? Ahora, Pancho deja la pelota a mis pies, alza las orejas, sale a correr por la playa. Maxi te pasa el sándwich y dice que no quiere más. Un último mordisco, insistís, dale, no comiste nada. Maxi va tras el perro. ¡Despacio, te podés caer!, gritás, y volvés la vista hacia mí. Pancho se queda con nosotros, decís. Y de vuelta al casillero inicial, de vuelta sacarle la espoleta a la granada para ver qué pasa, otra vez el infierno cotidiano para el prójimo. Lo del perro lo vemos después, contesto, lo único que te pido es que no metas a nadie en el departamento. Ya hablamos de esto, te quejás y alzás los brazos, los dejás caer. ¿En qué momento empezamos a desconocernos? ¿Qué estábamos haciendo que no nos quisimos dar cuenta? Sabés, hace mucho que perdí la inspiración, Daniela, más o menos para el tiempo en que se te dio por ponerle ajo a toda la comida, una cantidad industrial de ajo, y yo, lo reconozco, empecé a hacer ruido con la boca al comer, al sorber. Siempre fueron los extremos, nunca dejaron de ser los extremos, las lucecitas que se prenden de noche en el tablero de control para avisar que todo se está yendo a la mismísima mierda, como lo hacía la voz de Cobain hace un rato, y nosotros no le dimos importancia, o mejor dicho le dimos mayor importancia al deseo autodestructivo asistido y golpeamos con el dedo el vidrio para que las lucecitas dejaran de parpadear y seguir. En algún momento vas a querer estar con alguien, digo, estás en todo tu derecho, lo único que me preocupa es que Maxi vea cosas que no tiene que ver. ¿De dónde sale todo este ataque de moralina? ¿Por qué tengo que decirte esto? Y vos preguntás, ¿qué fecha del mes me vas a traer la plata? Me pongo de pie. Observo a los adolescentes que pasan a la carrera en dirección al agua. Apenas cobre, contesto. ¿Y en vacaciones?, decís. ¿Qué pasa en vacaciones? ¿Qué con quién se queda? Eso después lo charlamos, contesto, y algo me hace recordar la noche que me enojé con vos porque no dejabas de dar vueltas, no decidías que ponerte para salir, y me fui al centro solo. Entré a un bar, me senté al lado de la ventana y pedí un fernet. Como a la hora te vi pasar con Maxi en el tren de la alegría. La Pantera Rosa bailaba en la parte de atrás. La tarde anterior había visto a esa misma Pantera en ese mismo bar, la cabeza estaba sobre una mesa junto a tres botellas de cerveza, el hombre demacrado dentro del resto del traje, trataba de meter una moneda en la ranura de la Rocola. Pagué el fernet y salí, preferí caminar por calles de departamentos apretados, de PHs en alquiler con patios y terrazas compartidas. Deseé estar en mi furgoneta, con mis soldaditos de siempre. Al llegar a la casa, Pancho me recibió a lambetazos, le llené un plato de trocitos de hígado y prendí la tele, me puse a mirar El verano de Kikujiro, y convertí aquello en el pabellón de los animales domésticos. Vos llegaste con Maxi en un taxi una hora después. Maxi sonrió y mostró un globo y una bolsa de caramelos. Pancho reventó el globo de un mordisco. Lo que siguió ya lo conocés bien, discusión, pura discusión. La avioneta pasa de nuevo, esta vez promociona ese restaurante grande de la peatonal. Decís, no quiero que te lo lleves a dormir, por lo menos por ahora, después de los seis años sí, y en Navidad se queda conmigo. El viento hace flamear el banderín del puesto de los guardavidas como si indicara la peste, y avanza en oleadas, en forma de media luna alargada sobre la llanura arenosa. ¿Qué exhibirán las ciudades sustentables del futuro en las vitrinas de la vida conyugal, mi amor? ¿Acaso chapas dobladas, astillas de vidrio, ladrillos reducidos a cenizas? ¿Acaso souvenirs de viejos polígonos de bombas? Si tiene que ser así, que así sea, y listo. Que al menos en los cumpleaños nos vea juntos, digo. Me siento, bajo la mirada. Siempre es así, yo sugiero y vos ordenás, yo digo hoy podemos comer ravioles, vos decís hoy vamos a comer ravioles. Vuelve Maxi, toma el balde en el que suele juntar caracoles y se aleja unos metros. Me estiro hacia atrás, quedo apoyado en los codos. Alguna vez lo voy a ir a buscar a la salida del jardín, digo. Avisame antes, decís, y enterrás medio pie en la arena. Ah, y quiero que te lleves el jueguito ese de porquería. El hielo termina de formarse bajo mis pies, una vez más la conversación está por caer en un punto ciego. Eso significa discutir el resto de la tarde, Daniela, no quiero eso, no quiero tener que girar la barrena para hacer un agujero en el hielo, y sentarme en una banqueta a pescar hasta que el camino se despeje y podamos seguir. De verdad, tener que llevarme la Play es como una última frontera. Digo, de ninguna manera me la llevo, eso es de él. Vos te volvés a enderezar en la reposera, abrazás tus piernas. Maxi viene con el balde vacío. ¿Qué pasó?, le decís, ¿y los caracoles? También viene Pancho, se sienta, jadea con la lengua afuera. Nuestro hijo lo mira por unos segundos, amaga pegarle con el balde. Eso no, decís, no se maltrata a los animalitos. Lo decís y tu voz viaja intacta en la oscuridad y llega hasta mí vía coaxil, la misma voz tierna que supo enroscarme la víbora, con todo gusto, hace mucho. Trago saliva, me pongo de pie, levanto la pelota y las paletas, marco una línea en la arena con el talón. Maxi, digo, te juego un partido. Vos también debés de acordarte de algo, porque guardás los anteojos de sol en el estuche y pasás tus dedos por los ojos. Sacás la cámara digital del bolso, y decís, cuando lo lleves, no lo des comida chatarra. Hago girar la paleta en mi mano. Asiento con la cabeza. Maxi intenta darle a la pelota. El viento arranca una sombrilla, la lleva a los tumbos unos metros más allá. Pancho ladra hacia las olas. Vos te cubrís los hombros con una toalla. Te ponés de pie. Prendés la cámara. El objetivo lente se extiende. Apuntás hacia el mar, hacia el retazo de mar que se debe mover despacio bajo la bruma en esa pantalla digital. Girás primero la cabeza hacia nosotros, luego la cámara, y por diez segundos parecés contemplar la imagen a través del visor, como si te dieras cuenta, como si nos diéramos cuenta que estamos a punto de hacer algo significativo para nuestras vidas. Y al momento pasa, como en un único acto de magia, porque tenés, porque siempre tuviste más pelotas que una horda de cosacos. Y lo decís, decís ¡Sonrían, dale, sonrían!, y luego disparás.


*Héctor Prahim. Sus relatos han sido publicados en antologías como la colección de la editorial PelosDePunta, en diarios nacionales e internacionales. Colabora con las revistas Solo Tempestad, Dos Disparos Magazine, Chile, Almiar, Margen Cero, España, y El Narratorio, narrativa hispanoamericana.  Recibió el Premio Antonio Porcelli “Concursos Participativos 2017”, Premio Municipal de Relatos Manuel Mujica Láinez 2014, Premio Certamen Nacional e Internacional de relatos el Escriba 2011, Mención de  Honor Concurso Anual de Relatos Crepúsculo 2009 Fundación Tres Pinos, Premio de Relatos Yo te cuento Buenos Aires. La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires 2008.

Foto Matías Grippo.

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Para escribir: corazón y cerebro

Domingo de Ramos, por Alba Paloma Carrillo

El poeta peruano Domingo de Ramos piensa que la poesía, como arte, desnuda el sentir por el uso directo y sin filtro de la palabra y que podría ser capaz de curar heridas profundas al exteriorizar la tristeza. Habla con firmeza respecto a que la técnica no hace al escritor.

No cree en Dios, pero conoce de él como si postulara a ser Papa. Habla como si todo fuese sencillo, como si la vida y los dolores no costaran tanto esfuerzo como se piensa. Reconoce intensamente en sus amigos ese apoyo que le dieron cuando no tenía una editorial en la cual publicar y los reconocimientos le eran esquivos. Cuenta sus anécdotas más preciadas como si las estuviera volviendo a vivir.

Con esa gracia contó la historia de la vez que conoció con sus amigos la tumba de César Vallejo, en Francia, una anciana los persiguió hasta la salida por pretender brindar con él y tomar las flores del mausoleo del difunto de la señora para ponérselas al poeta Vallejo.

En una tarde de larga charla, Domingo de Ramos respondió sin prisas.

¿Sientes que escribir te cura?
Me curo profundamente y siento que en algo curo al que lee, al que no tiene voz, al que no escribe, al que se identifica con lo que puedo describir como mi propio proceso. Pero yo no soy una isla soy un ser humano, no un extraterrestre, tengo los sentimientos de cualquiera, pues los sentimientos de alguien muy sofisticado o de alguien muy sencillo son más o menos los mismos. Quizás no curo, quizás degenero, pero antes y después existe alguna diferencia.

¿Cómo reacciona el que te lee?
No creo que leerme sea tan duro como para que alguien se suicide, pero creo que la congoja es normal. Lo que deseo cuando escribo es llegar a conmover a alguien o aunque sea una reflexión, pero tiene que percibir algo el lector, porque el artista para ser tal tiene que golpear, eso es arte, si no lo logra es cualquier cosa menos arte.

¿En cualquier persona hay un poeta?
Sí, potencialmente todos somos poetas.

¿Qué podría desencadenar a ese potencial poeta?
El sistema, el mundo que habitamos hace que el ser humano se cosifique, que deje su lado humano y se convierta en una cosa, en un ladrillo más. Quizás es hartarse, el hacerse artista es la rebelión de eso, es el espíritu que se revela.

¿La poesía es un arte más democrático que otros?
Lamentablemente no, pues para las personas que se dedican a él significa un sacrificio, no tanto por las personas que no tienen medios, pero es que el artista tiene que sacrificar en algunos casos hasta su familia, pues su energía debe canalizarla hacia la creación. Mantener una familia significa más de la mitad de su energía y es igual en cualquier arte, la poesía también requiere mucho sacrificio.

¿Se puede escribir en felicidad?
No, definitivamente.

¿Sientes que en alguna medida se fue tu dolor después de escribir?
Sí y no, porque lo escrito nace de uno y de lo que lo rodea. Lo que escribo es un coctel de lo que he sentido en ese momento de dolor y la realidad, entonces el dolor se exterioriza y hay diferencia, pero también está la realidad, que es infinita y ella no cambia.

¿Qué es lo más difícil de hacer poesía?
Lo que he vivido como poeta es que, al menos en el país, no incentivan el arte como se debiera. Se habla de un crecimiento económico, pero no se ve que vaya de la mano con el desarrollo y apoyo a la cultura. En otros países tienen más incorporada la necesidad de que a la par que crece la economía del país, se tiene que ver reflejado en su desarrollo de las artes. Esto siempre resultará negativo para un espíritu que le guste cultivar la belleza.

Entonces ¿Crees que no existe desarrollo si no hay un real respeto por la cultura?
Totalmente, y lo peor es que sucede, pues yo puedo ir por el mundo mostrando lo que hago, quizás representando a mi país, pero lo hago yo, de manera individual y el Estado no apoya eso. Quisiera que la sociedad entienda que un pueblo que se respeta, siempre pondrá el desarrollo cultural por delante. Es un pueblo que se condena a quedarse como productores de  lo mismo, de lo que ya existe.

¿Y qué es lo más reconfortante de hacer poesía?
La satisfacción de escribir para un alguien que no sabes cómo va a reaccionar, que quizás se sienta tocado por tus palabras. Es como si cuando escribo arrojara una botella al mar, y que al recogerla una persona y leer lo escrito se fuera a sentir diferente. Pensar eso creo que me hace sentir bien.

Te hemos visto transitar por distintas temáticas ¿Qué tipo de poesía es la que más te llena?
No podría delimitar eso. El poeta es sensible a todo, percibe todo, y todo lo involucra en su escritura, uno no escoge, el tema o el contenido sale sin que uno lo prevea. Es un proceso tan diferente a la elección que el mismo poeta puede terminar asombrado de lo que ha escrito.

Tenemos en Latinoamérica escritores tan correctos en su escritura y reconocidos por ello… ¿la técnica hace al poeta?
No, la técnica no es el principio del creador, el creador nace de sí, si no eres creador la técnica no te va a servir para nada. Tiene que ir de la mano pues debes tener la facultad de crear y conocer la técnica, que es importante si deseas que tu escritura se desarrolle, evolucione. Ambas cosas tienen que existir para escribir: corazón y cerebro.

¿Existe alguna diferencia fundamental entre un escritor que hace prosa y el que hace poesía?
Ninguna esencial creo yo, son sólo géneros y ambos escriben.

¿Por qué poesía entonces?
Porque la poesía es el verbo. El verbo existe para señalar las cosas como son, y la poesía es eso, son las cosas dichas tal como son y se sienten. Hasta los cristianos lo dicen, el verbo fue lo primero que creó Dios para ese mismo fin.


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