Letras

El bolero de Jorge Donn

Hilda Cepeda

- ¿Qué haces acá? Te dije que no tenía lugar para ti.

- Vengo a mostrarle que soy bueno, quiero estar acá.

Es imposible no imaginarse este diálogo entre Jorge y Maurice. El primero, un bailarín argentino, de los más destacados del siglo XX; el segundo, el icónico maestro de la danza moderna, Maurice Béjart. Jorge Donn bailó desde los 8 años en la Escuela de Danzas del Teatro Colón. Desde 1955 y durante diez años seguidos estaría bajo la tutela de Aída Mastrazzi, Jorge Tomín, Michel Borowsky y Renate Schottelius. Con esta última maestra experimentaría la danza moderna, nada apreciada en esa época, pero su cuerpo era dúctil y él tenía, desde muy temprana edad, la ansiedad por moldearlo, lo cual se concretó durante su carrera en Europa.

Nació el 25 de febrero de 1947 en la localidad de El Palomar. Solía entregarlo todo en escena, muchos lo calificaban por una fuerza interior que lo destacó en el escenario, lo cual supo aprovechar su guía, Béjart.

Y es que la historia de Donn, inicia con su encuentro con Maurice Béjar. Tenía 16 años, cuando lo conoció, él maestro se presentaba con su compañía Ballet del Siglo XXI, en Buenos Aires, en el propio Teatro Colón. Allí Donn se le acercó para pedirle entrar a su clase, petición que aceptó Béjart. Le pidió que lo llevara con él, el coreógrafo le dijo que no era posible, ellos estaban completos y él era muy joven. El diálogo inicial a este texto se complementa con el maestro repitiéndole “Estamos completos”, pero la insistencia y la suerte dieron resultado. Tres meses después el escenario fue Francia, Donn estaba frente al maestro cuanado uno de los chicos del elenco enfermó, dándole paso. Tres años más tarde era el pupilo, inspiraba las piezas de uno de los coreógrafos más prominentes de la historia moderna de la danza: Maurice Béjart.

El Bolero

Donn formó parte del Ballet del Siglo XXI y así triunfó en Europa, junto a su maestro Maurice adquirió fama por su técnica y sus enérgicos movimientos. “La danza se hace de a dos, como el amor. Allí es donde se funde el creador y el intérprete”, dijo.

Béjar creó más de 30 piezas para Jorge, lo consideraba una fuente de inspiración. La carrera internacional de Donn, tuvo entre sus picos más destacados, la invitación que le hiciera en 1976, George Balanchine para que participara como primera figura en el New York City Ballet, ya para ese momento era el coordinador artístico de Béjar en Suiza.

Inquieto y con la fuerza de considerarse en un buen momento de su carrera, se separa de su guía en 1988 para formar su propia compañía: L’Europa Ballet, proyecto que siempre contó con el apoyo de Béjart, quien lo justificó por la necesidad de crecimiento e independencia de quien fuera su artista favorito. Béjart creó para Donn la famosa pieza El Bolero, la cual interpretó Donn en una escena de la película Les Uns et les Autres, de Claude Lelouch.

El preferido

“Si tengo un lugar en el mundo fue porque sufrí para tenerlo. Voy a seguir teniéndolo, aunque me cueste más de lo que preveo. Un prejuicio considera que un bailarín termina su carrera a los 40 años. ¿Quién pone ese límite? La sociedad. Bueno, yo no lo acepto. Siento que recién empiezo. Y estoy dispuesto a empezar”. Donn lo sostenía siempre, para este argentino, su condición era permanente, la de conquistar lugares con su arte. A menudo se le comparaba con un felino, quizás por sus caracterizaciones y su melena rubia.

Bérjat y Donn irrumpieron espacios con la danza moderna. Maurice planificaba la danza como un hecho popular, para nada reservada a las élites “El ballet como cualquier arte, no está hecho para especialistas”, afirmaba. La pasión de Béjart, lo hizo romper los estilismos de la danza, la quiso hacer popular y para eso uso la fuerza de Donn, quien no escatimaba talento para demostrar lo sublime de la danza moderna y su repercusión en el mundo de las artes.

En 1979, Jorge Donn recibe el Dance Magazine Award, el galardón más prestigioso de la danza. En el 89, la Fundación Konex lo nombra uno de los cinco mejores bailarines de la historia Argentina. A los 45 años, y de manera prematura, considerado así por los proyectos iniciados, por los afectos generados desde su arte y sobre todo por un legado que debió continuar, muere. Fue el 20 de noviembre de 1992, a causa de complicaciones por el Sida.

“Lo más importante que aprendí de la vida es a morir. Todos los días aprendo a aceptar un poco más mi muerte. Todos los días, por lo tanto, vivo un poco mejor”. Hasta el último de sus alientos bailó y creó. En junio de ese mismo año, participó en el Festival de Sens, aledaño a París.

Admirado en el mundo de la danza y las bellas artes, este bailarín argentino se ganó el respeto y la admiración de su público, y de los más destacados y expertos maestros de la danza en el mundo. Bérjat, su maestro, murió 15 años después. En sus biografías todos coinciden en afirmar que, luego del fallecimiento de su pupilo, su mirada se opacó. “No podría amar fuera de mi oficio”, expresó el mismo Maurice Bérjat, al referirse a sus afectos, en espacial a Donn.


HILDA BEATRIZ CEPEDA. Nació en Caracas. Estudió artes plásticas, mención escultura, danza, teatro y periodismo. Ejerció el periodismo en diversos medios e instituciones culturales. Es maestrante de Comunicación y Creación Cultural, en la Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires.

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La mujer esquimal

Martín Cascante

Yo me arreglo, vos despreocupate, dice Vidal, y me da las llaves de su quinta. Te tomás una semana, te instalás allá, mi señora no tiene problema. Lo necesitás, agrega. Yo lo dudo, me cuesta cada paso que tengo que dar desde que Paula me devolvió la libertad. Te estoy haciendo un favor, me había dicho ella de espaldas, arrastrando el bolso con sus cosas y tratando de embocar la llave en la cerradura. Te lo estarás haciendo a vos, le contesté. Ni se dio vuelta para mirarme. Hace frío, Paula, estás desabrigada, grité. No nos aguantábamos más, pero todavía me surgía cuidarla. Ahora, sin ella, me cuesta ordenarme. Justo a vos, que sos tan ordenado, reflexiona Vidal, y tiene razón.

La primera mañana me despierto transpirado, por el calor. Hay una humedad que me pega las sábanas al cuerpo y que me dificulta respirar. Me froto los ojos y los abro. En ese momento sucede algo extraño. El ojo izquierdo me muestra el techo de machimbre, el ventilador herrumbroso de la habitación de la quinta de Vidal, en donde estoy acá y ahora. El derecho mira una playa de piedras oscuras, parpadea para defenderse de un viento frío que lo irrita y lo seca. Guiñándolo, me levanto de la cama. Necesito concentrar mis movimientos en este espacio, caminar hasta el baño para mojarme la cara. Cuando termino de pasarme la toalla vuelvo a abrirlo. Está en otro tiempo y en otro lugar.

Flotan unos témpanos a la deriva. La tarde se cierra sobre el mar y lo ennegrece. Una mujer esquimal está ahí. Mi ojo derecho la ve parada sobre una pequeña loma, donde terminan las piedras y la tierra sube para separarse definitivamente del agua. Me dice algo, me llama. Eso lo sabemos (mi ojo y yo) porque lo vemos en la forma de su boca. No puedo escucharla. Hace un ademán con las manos. Quiere que trepe hasta ella. Yo cierro el ojo izquierdo que todavía trata de mirarse en el espejo del baño de la quinta. La mujer esquimal sonríe, y sus pómulos rojizos brillan, resecos por la sal del océano.

Camino con alguna dificultad sobre las piedras mojadas. Son hermosas, pienso, cuánto le gustaría a Vidal que le llevase algunas para los canteros de la quinta. Llego hasta la lomita y empiezo a subirla, los pastos son de ese verde apagado que tienen las plantas que crecen en el frío. La mujer esquimal está cerca, me espera unos pasos más arriba, quieta y erguida, como un pequeño monumento.

Una ráfaga me pega en la cara. Me cubro con el brazo y vuelvo a abrir el ojo izquierdo. Recupero todos los sentidos. Se está haciendo de noche en la quinta, los grillos hacen un ruido insoportable. Me pasé el día sin salir de la habitación, el calor no afloja. Oigo el teléfono sonando en la planta baja. Apuro el paso en las escaleras para llegar a atenderlo. Los escalones son de madera sin lustrar y me clavo una astilla en un pie. Llego antes de que se corte la llamada. Es Paula. La saludo sorprendido, sosteniendo el teléfono entre la cabeza y el hombro. Hago equilibrio sobre un solo pie, trato de quitarme la astilla, que está clavada en el talón. Paula me aclara cómo consiguió ubicarme, aunque yo no se lo haya pedido. Dice que necesita unos papeles para presentar en el banco. No logro capturar la punta de la astilla. Si tuviera unas pinzas sería más fácil, pero no traje. Antes usaba las de Paula. Especulo que quizá Vidal tenga una arriba, en el baño. Paula se queja de que me escucha mal. Puede ser el viento del Ártico, me sale decirle. ¿De qué viento me hablás?, pregunta. Hay unas gaviotas volando en bandada, me están pasando cerca de la cabeza, le comento mientras me agacho un poco, instintivamente. Paula se queda callada. No creo que esté preparada para entenderlo si se lo explico.

Termino de subir la loma y me acerco despacio a la mujer esquimal. Su rostro oscuro, su pelo grueso y renegrido, contrastan con el gorro blanco de piel que lleva puesto. Yo la veo con mi ojo derecho, ella me mira con sus dos ojos rasgados y profundos.

La mujer esquimal empieza a caminar, paralelo a la playa. Tiene unas botas de cuero cosidas. Me gustaría hablarle pero no me salen las palabras. A ella no le importa, por ahora parece conformarse con esto: apenas un ojo que la mira y la sigue con dedicada atención. Me veo las piernas y caigo en la cuenta de que estoy en calzoncillos, caminando por una playa de yuyos escarchados y témpanos que flotan en el mar. Pero no siento el frío, no siento otra cosa que la imagen de la mujer esquimal que camina un paso delante de mí en medio del silencio.

Un golpe en la puerta me devuelve a la quinta. Bajo rengueando, llevo en la mano una pinza de depilar oxidada que encontré en el mueble del baño. Miro el almanaque que está pegado en la heladera, hace una semana que estoy acá y ni asomé la nariz al jardín. Todavía me sigo peleando con esta astilla. Vidal está parado afuera, contra el ventanal, haciéndose visera con las manos para mirar el interior de la casa.

Disculpá que te moleste, vine porque Paula está preocupada, me explica mientras pasa y se seca la transpiración de la frente con el antebrazo. Dejaste el motor de la camioneta en marcha, le advierto, mirando el humo blanco que sale por el caño de escape. Deberías cambiarle el aceite, agregó como consejo. Son dos minutos y me voy, no era la idea, dice con un tono de reproche y yo lo miro sorprendido, pero no le contesto para dejarlo hablar.

¿Qué hacés con el ojo vendado? ¿Te lastimaste?, dice mirándome por primera vez a la cara. Me llamó Paula y me dijo que te escuchó ido, incoherente. Yo hace dos días que te mando mensajes y no me respondés ninguno. ¿Estás tomando algo raro?, me interroga sin dejar de sostenerme la mirada.

Le explico que estoy bien y que seguramente Paula exagera, que lo de los papeles es un pretexto. Resulta que después de seis meses ahora el muerto tiene que dar señales de vida, digo y sonrío para mí mismo, para festejarme la ironía.

Me estoy riendo de nuevo, sin darme cuenta. Camino relajado, descalzo, encima de la nieve. Puedo verla brillar a la luz del último sol con el ojo derecho. La mujer esquimal se ríe también y me señala una construcción de chapas y maderas pintadas de naranja. Son menos de doscientos metros, trato de apurar el paso y caminar a la par de ella. Mientras, de a poco, empiezo a sentir la novedad del frío en cada parte de mi cuerpo.

De cerca las maderas naranjas aparecen un poco despintadas. La mujer esquimal avanza y abre la pesada puerta hacia adentro. Yo me quedo esperando hasta que con un gesto me invita a pasar.

Cómo vuela la hora, lo escucho decir a Vidal. Está terminando de lavar la bombilla. Después guarda la azucarera en la alacena, dice que se va. Me dejaste solo con el mate, se queja. Sobre la mesa hay un cenicero con cinco colillas. Yo no fumé. Lo acompaño hasta la puerta, la cierro y paso el pestillo. Dijo que iba a estar dos minutos y se pasó toda la tarde acá, qué ganas de molestar. Veo por la ventana cómo Vidal se sube a la camioneta y acelera hasta perderse en el camino. La nube blanca que deja el aceite quemado en el parque se queda un momento formando una niebla y después empieza a disiparse. Tengo hambre. Mastico un pedazo de pan gomoso que traje el día que llegué. Me sirvo un vaso de leche fría. Debería ir a comprar algo, buscar un almacén.

Pero no tengo ganas de salir, no me quiero ir de esta cabaña en la que siento un calor seco, placentero, diferente al que me agobia en el verano de la quinta. La mujer esquimal mueve los rescoldos de la chimenea y me invita con una infusión. Me arrodillo al lado de ella, frente a la mesita baja. No distingo el sabor de la bebida. Un humo constante sube de la superficie de la taza. La mujer esquimal termina de beber antes que yo y toma del fondo del tazón unas hojas húmedas que empieza a masticar. El frío que trae el viento se filtra entre las juntas, y la mujer esquimal me ayuda a terminar el té caliente sosteniéndome la taza.

El teléfono suena de nuevo. Es domingo, son las siete de la mañana. No me gusta nada, vocifera Paula, no me gusta nada que te hayas ido a esconder en esa quinta. Es lo mejor que puedo hacer ahora, Paula, me justifico por si hiciera falta. Para mañana necesito los papeles, me emplaza. Acá no hay papeles, Paula, acá no hay nada de lo que hay allá. ¿Allá dónde?, me grita. Te querés evadir, dice subiendo más el tono, como si hubiese encontrado una verdad. Le pido por favor que me deje tranquilo. Prefiero no verte, le digo mientras espío el otro nuevo mundo.

La mujer esquimal enciende una pipa y ahora sí, aparece un humo denso que veo y que huelo y que me llega bien adentro de los pulmones. Aspiro el tabaco dulce mientras me tapo el ojo izquierdo con la mano; no quiero ni que Paula ni Vidal ni nadie arruinen este momento. La mujer esquimal me pasa una mano por detrás del cuello y me trae hacia ella, me apoya la nariz en la mejilla. Después me besa despacio en los labios. Yo mantengo los ojos cerrados y dejo que cada roce me anticipe el porvenir.

Pero los bocinazos me ponen de nuevo de este lado. Hago el cálculo: hoy se cumplen dos semanas, o tres, no estoy seguro. Escucho el motor de la camioneta destartalada de Vidal que otra vez se detiene en la entrada de la quinta. Del lado del acompañante baja Paula.

Los espero con la puerta abierta, les evito la molestia de tener que golpear. Caigo en la cuenta de lo mal que me hace verlos, de cuánto me doblegan solamente con estar. Levanto los brazos como si se tratara de un asalto, me rindo. Cuando están cerca, moviendo los labios, descubro que no los escucho, que apenas puedo adivinar lo que están tratando de decirme. Retrocedo y me dejo caer en una de las sillas. Vidal se queda parado en el umbral de la puerta, Paula viene hacia mí y se sienta en mis piernas, puedo verla haciéndolo pero lo mismo sería que se me posara una pluma de pájaro sobre el pantalón. Los papeles, mi amor, los papeles, no importan los papeles, llego a leer en los labios de Paula con el ojo izquierdo. La veo juntar los dedos de sus manos para apoyarlos sobre mis mejillas, pero no respiro su aliento ni me mojan las lágrimas que le enturbian los ojos. Me miro los dedos asustado, los muevo para saber si estoy vivo, los muevo y estoy recorriendo con ellos la espalda desnuda de la mujer esquimal, que está tendida boca abajo, con la cabeza de costado mirándome hacer. Respiro en su pelo los olores de la leña quemada. La paz que irradia toca todo lo que nos rodea. Mi mujer esquimal me susurra cosas en un idioma que no entiendo, la estoy escuchando y ahora todos mis sentidos viven acá, en esta casucha de maderas naranjas donde no hay más lugar que para nosotros dos. Me duermo con el rostro hundido entre sus cabellos negros y tupidos.

El calor húmedo me despierta. No quedan rastros del fuego, no lo escucho crepitar ni me llega el aroma a ahumado que antes me colmaba la nariz. No me animo a abrir los ojos, ninguno de los dos. Hasta que me decido a empezar por el derecho, confiado en que me va a mostrar a la mujer esquimal, dormida, o quizás contemplándome en silencio. Pero aparecen las formas que dibujan los nudos en la madera. Aparecen las vigas, el ventilador de techo muerto. Y adelante, la ventana hasta la que llegan las copas de los árboles más viejos de la quinta. No tiene sentido dilatar más el momento, abro el ojo izquierdo y giro la cabeza. Los dos me muestran una única escena, la de Paula vestida, de espaldas a mí, durmiendo al otro lado de la cama.


MARTÍN CASCANTE (Buenos Aires, 1975) Es economista, profesión bajo la que ha escrito trabajos de investigación y dictado conferencias en Argentina y en el exterior. Tiene estudios en literatura, su vocación, y se formó como escritor en el taller de Vera Giaconi. Fue finalista en concursos de cuentos en España y Argentina.

La noche en otra parte es su primer libro de cuentos, distinguido con el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, de manos de un jurado compuesto por Carlos Chernov, Ana María Shua y Liliana Heker; y publicado por la editorial La Parte Maldita (Buenos Aires, 2018)


Imagen: Obra de Tamuna Sirbiladzehttp (www.charimgalerie.at)

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Marea alta

Un cuento de Anahí Flores

Rita despierta con la voz de su hija balbuceando desde el cuarto de al lado. Dejá que yo voy, le dice a Fabiano que, ella cree, levantó la cabeza en la oscuridad. Al salir de la cama se engancha en el mosquitero. Oye las olas a pocos metros de la cabaña, recuerda que no están en casa. Camina con los brazos hacia delante, tanteando la humedad marina en el aire. Hay un mosquito cerca, manotea para espantarlo y tropieza con una silla que choca contra la pared.

Esa misma tarde, Rita estaba de pie en la orilla y las olas le cubrían y descubrían los pies como si los estuvieran barnizando. Se fue hundiendo de a poco y quedó enterrada hasta los tobillos. Después de un rato, movió los pies y los miró con atención, quería ver si saldrían diferentes tras haber sido engullidos por el agua y la arena.

La niña ahora grita sílabas sueltas. A Rita le cuesta entenderle cuando habla en sueños. Mamá está yendo, dice. Al girar hacia el cuarto de su hija queda de espaldas al mar. Mientras espanta otro mosquito, o tal vez el mismo, piensa que esta primera noche en la isla deberían haber dormido los tres en la cama grande. Hubiera evitado levantarse a esta hora. Entra al cuarto a oscuras, intenta recordar el ambiente. Lo reconstruye sin ver: a la izquierda la cómoda, al fondo la cama, cree. Su hija dejó de hablar, es posible que no haya llegado a despertarse.

Avanza con las manos hacia delante, como una sonámbula. Cerca de la cama, su pie choca contra algo blando. Da un paso atrás, imagina un bicho del tamaño de una foca bebé. Reconoce la respiración de su hija dormida. Se agacha tanteando el tul mosquitero que va hasta el piso. La niña está atrapada entre la cama y el tul, como un pez en una red.

Levanta el tul. Los ojos se le acostumbraron a la oscuridad. Reconoce la silueta pequeña sentada en el piso. Te caíste de la cama, le dice, aunque sabe que a esta hora las palabras no tienen efecto. Le corre los bucles que le caen sobre los ojos. La agarra con la intención de devolverla a la cama. Nota que la piel de los bracitos está áspera, tal vez por el día de sol. Cree que le pasó hidratante después del baño, pero la huele y no siente el perfume. Se levanta con su hija en brazos y se inclina sobre la cama para acostarla. Antes de apoyarla, la niña la abraza como un pulpo. Esta no es mi hija, dice Rita en voz alta. Enseguida se arrepiente, ojalá nadie la haya escuchado. Se endereza con la niña a upa, tratando de aflojar la tensión de esos brazos que le rodean el cuello. Tiene el impulso de dejarla caer en el mismo lugar donde la encontró pero soltarla no sería suficiente, la niña quedaría colgando como un collar de plomo. Le viene la imagen de una canasta de mimbre con un huérfano en la puerta de una iglesia. No le contará nada de esto a Fabiano por la mañana. No reconoce tanta fuerza en su hija. Aunque toca ese cuerpo que conoce de memoria, la duda no se le va de la cabeza. Además siente un frío inusual en la piel de la niña, como si acabara de salir del agua. Encendería el velador, pero se contiene.

Vuelve hacia su cuarto con la niña a upa. Aunque la pared de la cabaña la separa del exterior, tiene la impresión de estar en la orilla. Huele el mar, ha subido la marea. Su hija le parece más liviana, como si estuviera caminando con agua hasta el pecho y la pequeña flotara entre sus brazos. Se quedaría ahí, las dos meciéndose en el agua hasta dormirse como gemelas antes de nacer, pero sigue caminando. Vuelve a chocar la silla con la que había tropezado. Un mosquito le zumba cerca del mentón. Hunde la cara entre los bucles de la niña. El pelo huele a algas.

Llega a la cama grande. Sube el mosquitero con una mano, con el otro brazo apoya a la niña en las sábanas. Intenta levantar el torso pero está adherida a su hija igual que un caracol a una piedra en el fondo del océano. Hace fuerza y la desprende, cree oír un plop. La niña rueda en la cama hacia el padre. Ella quisiera que Fabiano diese alguna señal de extrañeza, pero él duerme y se deja abrazar.

Ya con los brazos libres, Rita piensa que tal vez exageró, la cabeza hace estas cosas de madrugada. ¿Cómo confundió esos bucles que adora con algas? Tiene ganas de abrazarlos a los dos, pero no quiere arriesgarse a despertarlos. Siente picazón en la rodilla, es un mosquito. Se apresura a meterse bajo el tul. Sentada en la cama y ya despreocupada, se rasca la rodilla. Nota que de entre los dedos le sale arena, una arena fina, casi polvo.

En la playa, las olas rompen con más fuerza que antes, como si intentaran advertirle algo.


ANAHÍ FLORES (Buenos Aires, 1977) se dedica a escribir y dar talleres de escritura creativa. Sus libros publicados son: Criaturas (Alto Pogo, 2018), Ciertas horas de la primavera (La carretilla roja, 2017), Se durmió y otros poemas (Bajo la Luna, 2015, gracias al tercer premio del Fondo Nacional de las Artes), Todo lo que Roberta quiere (Textos Intrusos, 2013), Catalinas Sur (Eloísa Cartonera, 2012) y Limericks cariocas (Caki Books Editora, Río de Janeiro, 2011). Entre 2003 y 2010, publicó seis libros sobre la filosofía del Yôga, en Buenos Aires, São Paulo y Río de Janeiro. Algunos de sus cuentos y poemas se encuentran en revistas como Próxima, La Balandra, el suplemento de cultura del Diario Perfil. También en libros como En frasco chico (Colihue, 2004), Bendito sea tu cuerpo (Ventana Andina, Perú, 2008), La mujer rota (Literalia Ediciones, México, 2008), Lecturas + prácticas del Lenguaje (Mandioca, 2015), El cuento, una pasión argentina (Ediciones Desde la Gente, 2016), entre otros.


Foto: Mailén Albamonte Pizarro

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La soledad de las superficies

Néstor Toledo

Le quedaban un par de horas antes de volver. El día estaba agradable, soleado y ventoso, y pensó que podía permitirse el privilegio de almorzar al aire libre en vez de hacerlo en la claridad aséptica de los hangares. Una hora lejos de las fulgurantes luces blancas de led, un premio mínimo aunque valioso por una mañana perdida en trámites y averiguaciones. El envase de cartón que resguardaba su porción de chow-fan comprada en un puesto callejero entibiaba su mano y de pronto sintió el aroma del pasto recién cortado, ese olor vegetal y fresco preñado de reminiscencias infantiles. Del otro lado de un breve cerco de rejas había un pequeño parque. Lo bordeó hasta dar con la entrada.

No era muy extenso, salpicado de arbustos y árboles retacones. Algunos bancos de cemento inflado se desparramaban entre el verde, como un rebaño fosilizado por una lluvia volcánica. Eligió uno de espaldas a la avenida, donde su vista pudiera perderse en el horizonte de nubarrones erguidos sobre el río. Alguien trajinaba con una cortadora de pasto autónoma, lo entrevió por un instante agachado en el fondo del parque.

La luz del sol en la cara, el viento desde el río infinito, el aroma sabroso y especiado de la comida. Sonrió involuntariamente, con la boca llena. Dejó vagar la mirada por el parque; había esculturas estrafalarias dispersas, no demasiadas. Deterioradas por la intemperie y la falta de mantenimiento. Quizás vanguardistas, aunque no estaba al tanto de las corrientes artísticas: ¿retromecanicismo, postcubismo ecológico? Todos esos términos parecían adecuados, pensó. El viento enredaba las palabras del operario que en el borde del parque renegaba con su máquina. Mientras masticaba y estudiaba de a una las esculturas, prestó atención a la charla desflecada del hombre. Le hablaba al aparato, al robot podador, sostenía una charla unidireccional con la máquina, con epítetos graciosos, pequeños insultos cariñosos, preguntas que se contestaban a sí mismas.

Tuvo la noción de movimiento cercano y enfocó en el entorno la mirada momentáneamente extraviada en la conversación. Una de las esculturas se movía lentamente, a unos metros de él. Era distinta a las demás, más concreta, compacta y colorida. Parecía desenroscarse lentamente y la observó con diversión mientras se demoraba en los últimos bocados de la bandeja. En el Palais de Glace y en Recoleta había visto muchas esculturas cinéticas, pero ésta era diferente. Tenía determinación, intención. Sobre sus elongados miembros asimétricos, impares, caminó directamente hacia él, con soltura, con deliberación. Cruzó el césped soleado hasta el banco y se detuvo a unos pasos de distancia. Se sintió observado por la escultura como por un ser viviente, aunque no tuviera ojos discernibles. El aspecto era ligeramente vegetal, pero los movimientos eran fluidos, elegantes y resueltos. Como de músculos de madera, reflexionó. Aunque la figura no recordaba ningún ser que hubiera visto o imaginado en su vida, su forma tenía cierta lógica concreta que el movimiento ponía en evidencia. Los colores no eran pintura aplicada, sino que formaban parte del material de la escultura y la dividían en regiones netas, como la librea de un ave vistosa. Una parte de la figura se estiró hacia él (¿la cabeza?), ladeándose graciosamente, y él a su vez estiró la mano, sin pensarlo. Entonces un apéndice se desplegó del cuerpo y acarició la piel del dorso de su dedo índice, con timidez pero con absoluta intencionalidad. No lo esperaba: se sobresaltó y retiró la mano.

—No se asuste, no hace nada. —La voz del operario vibró detrás de él, levemente alegre.

Se dio la vuelta con fastidio, esperando enfrentar un rostro sardónico, pero el operario estaba perfectamente serio. Era un hombre de edad avanzada, vestido con un mono de la Municipalidad sucio de tierra y gastado en las rodillas. Su propio traje de trabajo también estaba gastado, sucio de pintura y sellador sintético, y entre los dos brilló la camaradería punzante e instantánea que se establece siempre entre hombres en overol. El robot podador miraba desde abajo.

—¿Qué tipo de escultura es?

—No sabría decirle. Nunca fue terminada.

—¿En serio? ¿Por? ¿Quién la hizo?

La escultura parecía amedrentada y se desplazó lentamente alrededor del banco, pero sin intentar acercarse nuevamente.

—Un artista llamado Luis Tannespi. El Gobierno abrió un concurso para esculturas que usaran tecnologías avanzadas, prometieron subsidiar el desarrollo. Pero un día recortaron los fondos. Y la mayoría de las obras nunca se terminaron.

—¿Qué pasó, por qué suspendieron todo?

—Las esculturas iban a estar ubicadas en lugares interesantes de la Ciudad, ¿vio? Para las Olimpíadas. Pero cuándo se cancelaron por lo de los atentados, todo fue para atrás. Fíjese, el tipo tiene en su página una explicación bien completita. Busque, busque.

Él sacó el teléfono del bolsillo y esperó un instante que la antena triangulara los satélites dentro del alcance. Tardó un poco en encontrar la página del artista, pero allí estaba, llena de imágenes de esculturas de todo tipo y material. Parecía ser muy productivo y se sintió abrumado por la cantidad de obras y premios que acreditaba. Pero le resultó más provechoso el material relacionado que la IA del teléfono iba apilando al margen. Notas periodísticas, entrevistas, fotos de baja resolución. El operario miraba por encima del hombro y trataba de guiarlo como mejor podía. “Rubén Siamang y otros artistas reclaman al Gobierno los fondos para la concreción de las obras designadas”; “El Gobierno no devolverá las esculturas incompletas: discusiones sobre su ubicación”. Fue desplazándose de tópicos a medida que pasaba por encima de las páginas. “Tecno-artista rompe los límites entre la vida y la materia inanimada”; “Comité de bioética indaga a Tannespi”; “Esculturas que desafían los prejuicios”. Tannespi había sido acusado, al parecer, de manipular genéticamente tejidos de plantas y animales para sus esculturas, usando técnicas no-estándar. El artista se defendió exigiendo al Comité que incluyera en su indagatoria a las empresas dedicadas a la producción de mascotas y plantas de diseño, así como las de biojuguetes. Una foto ya vieja de Tannespi con un ajado Peluchoso en brazos: el biojuguete miraba a la cámara con expresión azorada mientras sostenía un cartel que decía “Estoy vivo, no me tirés a la basura”. Sólo en Suecia le habían llevado un poco el apunte: Tannespi vivía allí desde hacía varios años.

Seguían algunos links a revistas de divulgación científica. Miró sólo los encabezados. “Biomateriales que desafían los límites entre lo vivo y lo inerte”; “Celulosa, colágeno y silicona autoensamblantes: ¿madera inteligente?”; “Propiedades autorreparativas de biomateriales basados en celulosa y quitina”.

—Ahí, ése. Más abajo. Éste. —En la pantalla, el dedo curtido del operario señaló una entrada algo más avanzada en la lista marginal. Una entrevista breve seguida de un extensísimo amasijo de comentarios de visitantes. Una foto de Tannespi en su taller, rodeado de cubetas de cultivo celular y ensambles de luces coloreadas. Los ojos brillaban en el rostro enjuto. “Quiero hacer una escultura que disfrute el contacto, y que transmita ese placer, que celebre el contacto. Lo táctil es sagrado en el mundo natural, pero los seres humanos ya lo olvidamos, nos tocamos sólo para el sexo y la agresión”. Le parecieron frases hechas que buscaban el impacto, pero era difícil saber cuánta distorsión había introducido el periodista. La explicación del proyecto de la escultura era confusa y escueta. No llegó a comprender si se trataba efectivamente de tejidos vivos modificados o simplemente de algún material extravagante. Los comentarios de los lectores eran en ese sentido mucho más jugosos. Había de todo: alabanzas y felicitaciones efusivas, comentarios pretendidamente profundos, preguntas estúpidas, chistes sin gracia, insultos. Algunos discutían si la escultura podría ser considerada un ser vivo: no se alimentaría, crecería, reproduciría ni moriría. Otros sostenían que si fuera capaz de percibir el entorno mediante sensaciones y de elaborar sentimientos, expectativas o deseos respecto a esas sensaciones entonces debía ser considerada como un ser viviente. La respuesta obvia era que las plantas no tienen deseos ni sentimientos, a pesar de estar vivas (no es cierto, protestaba Lady-Radix). Entonces podía ser que aunque no estuviera viva, tuviera alma (sugirió Devota-de-Gaia). Dejemos de escribir boludeces (contestó KingCloaca).

Se cansó de leer y guardó el teléfono en el bolsillo: a las palabras se las lleva el viento frío y mudo de la Red, que barre por igual con la mierda y con el oro. El operario se alejó, visiblemente frustrado, seguido parsimoniosamente por el robot podadora.

La escultura permanecía inmóvil bajo el sol, a unos pasos de distancia. Si era cierto que había sido diseñada para buscar y compartir el placer del contacto físico, entonces no tenía muchas oportunidades de cumplir su propósito en este parque marginal y solitario, pensó. Pero está inacabada, recordó. ¿Un ser así podrá sentir soledad? La probable soledad de los materiales. Insoportable soledad. La sed imperecedera del destino nunca consumado. Sintió pena por la escultura y se arrepintió de haberse negado al contacto. Extendió la mano y la escultura pareció interpretar su gesto correctamente. Se desenroscó y vino a su encuentro.

Sentado al borde del banco, dejó que la escultura tomara su mano entre sus apéndices y la palpara y acariciara a gusto. Se sintió repentinamente bien: el contacto no era excesivo o pesado. Era la caricia justa para sentirse, en cierto modo, ligeramente reconfortado. La superficie de la escultura (¿acaso se podía hablar de piel o tegumento?) era suave aunque no resbalosa, seca pero flexible. Era agradable sin serlo demasiado, a diferencia del pelaje. Si fuera de peluche, no me quedaría otra que abrazarla, pensó divertido. Un instante después, su otra mano se extendió para acariciar un costado de la escultura (¿el hombro? ¿el cuello?). Sintió placer, contento. No era como acariciar una mascota ansiosa de cariño, la escultura era lenta y reflexiva. Se preguntó cada cuánto tiempo aparecería alguien con quién pudiera establecer contacto. Los pensamientos se le enturbiaban. Un ser inacabado y sólo, incompleto. Una obra de arte nunca terminada. Como un hijo precoz abandonado por desidia institucional, por falta de compromiso… ¿Cuánto hacía que sólo se rozaba con la gente en los medios de transporte, que se limitaba a intercambiar emoticones por la Red? ¿Cuánto hacía que nadie le daba un abrazo con cariño? Pensó en su madre anciana, sola en su departamentito de Morón, en su hermano huido a Australia. La soledad de las superficies nunca tocadas, truncas en su destino de ser acariciadas. Esa necesidad dolorosa, el hambre de una caricia que nunca llega para reconocerte como lo que sos, esa brutal amputación.

Llegaba el momento de ponerse en marcha de nuevo, de volver a los hangares. Dejar a la escultura sola nuevamente, romper el contacto. Aunque sabía que no lo haría, se prometió volver al parque otro día. Saber que mentía aunque deseaba ser honesto le hizo latir el corazón con fuerza, como a un pájaro que muere. Se puso de pie muy lentamente, demorando a su pesar la separación. La escultura entendió su movimiento y replegó sus apéndices con amabilidad, pero no volvió a su lugar. Mientras él se alejaba con un nudo en la garganta, permaneció junto al banco.

Cuento publicado en Unbral y océano y otros cuentos (Ediciones Ayarmanot, 2014) 


NÉSTOR TOLEDO. Nació en 1980 en Sarandí, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Trabaja como paleontólogo en el Museo de La Plata, ayudante de cátedra en la Universidad de La Plata y becario del CONICET. Imagen: Escultura de Choi Xooang (Seúl, 1975)

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Fotocopia

Facu Soto

12

Mi papi un día me chupó. Yo era re chiquita y jugábamos a ser Pongo, el perro de la peli. Jugábamos en la cama y mi papá ladraba como un perro y cuando me agarraba me pasaba la lengua por la cara. Yo no lo podía agarrar nunca a papi, porque caminaba en cuatro patas en la cama, re rápido. Decía que le picaban las pulgas y que me las iba a contagiar. Y cuando yo lo agarraba se tapaba todo con la frazada. Qué estúpido. Y me pasaba la lengua por la cara y ladrando.

83

Me levanté y fui en piyama a la habitación de Lucy. Estaba seguro de que ella se había quedado a dormir. Pero el cuarto estaba vacío. La cama la había puesto en el patio, con almohadones, como si fuese una reposera. No había libros, muñecas ni nada. Me preparé un café y lo tomé sentado en la escalera, mirando las plantas. El limonero se había secado. Saqué la llave que colgaba de la puerta y raspé el tronco. No tenía savia. Julián me lo había regalado. Hacía unos días decidimos dejar de vernos, por lo menos por un tiempo. Llevábamos muchos años de estar juntos y cada vez peleábamos más. No quise que el limonero se viera seco. Busqué los adornos de navidad, que estaban en una bolsa negra, debajo de la escalera. Decoré con las bolas de colores y las guirnaldas desflecadas, con papel metalizado las ramas secas. Le puse las luces y las enchufé. Están encendidas, titilando, hasta el día de hoy.

84

Lucy me atendió el celular. Le conté que había terminado con Julián. Ah, me dijo. No pude darme cuenta si estaba contenta, triste o indiferente. Arreglamos que iba a ir a casa el viernes a la noche, para llevarse la plata de la mensualidad. Puse la mesa a la tarde, para después leer tranquilo, tirado en el sillón. No vino y no me avisó que no iba a venir. Cuando la llamaba no atendía.

85

Jugando al Memotest saqué la cuenta: si lograba verla ese día y de ahí en adelante, calculando que yo pudiese vivir hasta los setenta, me quedaban más o menos treinta años. Si lograba verla, aunque sea, una vez por mes, para darle el dinero de la mensualidad. Teniendo en cuenta que ella tenía trece y que yo le pasaría la plata hasta los dieciocho; la vería setenta y dos veces más en mi vida. Y si calculaba, que cada encuentro duraba una hora promedio, setenta y dos horas era el tiempo de interacción, casi asegurado, haciendo bien las cosas, que podía estar con mi hija. O sea, tres días enteros.

86

Separé la ropa que Lucy ya no usaba. Saqué tres bolsas de consorcio a la calle. Alguien se las iba a llevar.

88

Quedamos en encontrarnos en Acoyte y Rivadavia. Quería comprarle ropa. Como no apareció, fui a buscarla. Lucy atendió el portero, era su voz. Pero se hizo pasar por otra y me dijo que Lucy no estaba. Le dejé un anillo, envuelto en un paquetito rosa, al novio de su mamá. No estoy seguro si lo recibió.

Selección de textos de la novela Fotocopia, de Facu Soto (Paisanita Editora 2017)


FACU SOTO (Rodolfo Facundo Soto) nació el 30 de marzo de 1972 en Buenos Aires. Es escritor, periodista y psicólogo. Fue jugador de fútbol en Los Dogos. Lleva editados varios libros en distintos géneros, donde escribe sobre la sexualidad, sobre la búsqueda, sobre los encuentros. Algunos de los últimos, por citar algunos, son El club de la paja (Eloísa Cartonera, 2016), El brillo de tus braquets (27 pulquis, 2016) y El cielo en la mesa (Subpoesía, 2016).


Fotos: Aldana Antoni

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Crack

Gabriel Pantoja

Ilustraciones: Luis Silva

1

no dije "caían naranjas del poema"

dije sí "rodaba el número sobre la mesa floja como gotera"

y si no dije

"caían, etcétera" y sí dije "etcétera, gotera y mesa"

¿es porque caí?

8
subí abrí
leí la piedra el vidrio
soñé había visto la luz de la esquina la chica
abrí los ojos las páginas de la sangre el removido
coágulo de la hora el 33
me vi
tirando del ojo los pájaros volaban hasta mí
yo que me inflamé en las duras rocas del idioma vi moverse como agua 
infinita la imagen luminosa de unas piernas rodantes
vi al dios objeto perdido
la novela memoria de dios
la criatura sobre la mesa
y los pájaros cantaban
bajé cosí
cerré la herida
y del hueco quedó la cría
el corderito golpeando detrás de la cerradura los platos entre 
las mesas repetidamente
quedó
las cinco de la tarde de todos los días
el día martes de todas las tardes.

20
sucede esto todo junto:
plaza chica colectivo novela sol de las cinco. dios piernas cancán 33 
páginas mentales de la escritura piedra. en el colectivo abro una novela. 
el colectivo cruza la plaza circular. veo a la chica. veo que el destino es un 
banquito y un ángulo. piernas largas como ríos vestidos de rojo a cuadros.
estaba viendo el mundo desde una montaña luminosa. yo soy mi hijo. 
porque está todo junto, tengo que separar. 
salgo del colegio. sucede plaza con chica y sol de las tardes. 
pronto dios piernas cancanes líquidos y tubo metálico 
del 33 con copias mentales del personaje principal de donde viene 
la piedra. yo: los rotos cristales de mí. escribo el diario de mi isla.
ahora el sueño de un golpe que se abre en forma de tres corderos y una 
puerta. hay esas luces de la plaza. hay un padre repitiéndome los gestos. yo 
veo el destino en la perturbación de las esquinas. en las láminas de un vidrio 
la cicatriz de un nacimiento. piernas y pájaros como ríos bermejos y a cuadros.
veo el mundo desde una mesa luminosa y simultánea. el laberinto de 
varias cabezas es mi unidad. con campos y animales y plantas.
soy mi futuro. soy esta última criatura. soy el que vuelve como el latido 
del golpe de una ley muriendo al encenderse en la punta de los martillos.
estoy llegando demasiado tarde a esa fiesta.
tengo treinta y cinco años. salgo del colegio.


36
que cuando salga de esto voy a caer en el poema, me temo.
y temo que esto sea idéntico a una guerra.
y una guerra contra la muerte. de ahí a que siguiera contando mi historia. 
mi historia empieza el día en que descubría que no hay. por la tarde me crucé
con la chica.
mi historia es una junción fotográfica. me muevo. el poema tiene lugar 
cuando vuelvo al punto del que partí aquietado: no había chica, tampoco. 
y este es el cuento de mi negación.
la historia continúa el día en que descubro que hace treinta y cinco años 
tengo quince años. y estoy en la plaza, con una idea: el sol cae deshaciendo 
las figuras que encontré junto a una mujer que acababa despertándome.
es un día nublado, y mi lenguaje roe un hueso lleno de ventanas donde 
veré caer la tarde y la historia y veríamos 
caer también las ventanas y sus criaturas.


Los poemas e ilustraciones pertenecen al libro Crack, publicado por Ediciones de la Terraza (Córdoba, 2015) bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional.


GABRIEL PANTOJA. Es psicoanalista. Trabaja en publicaciones relacionadas al psicoanálisis, escribiendo, seleccionando y corrigiendo artículos. También se desempeña como docente en distintas instituciones. “Crack” es su primer poemario publicado.


LUIS SILVA. Cursó la Licenciatura en Pintura en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba. Desde los años 90 desarrolla distintas actividades artísticas, muestras de dibujo y pintura. Participó en distintas exposiciones nacionales e internacionales de humor gráfico, historietas e ilustración. Colaboró en diferentes publicaciones como Aspid, El Ojo con Dientes/El Porteño, La Central, Noctámbulos, Ciudad X y también en medios digitales como El Ojo Con Dientes, Metropía Magazine y Diario Marca de Bell Ville. Diseñó y realizó los libros de cómics El Hombre Sopapa I y II. Actualmente, realiza trabajos freelance de ilustraciones, humor gráfico, arte y dicta clases de dibujo, pintura, cómics y caricatura en su taller particular. Vive y trabaja en la ciudad de Córdoba.

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Artilugios para navegar en mares metafísicos

Poesía / Instalación

Flora Francola

dejo migajas solo en el regreso 
(pequeñas partes de mí) 
para no perderme cuando quiera volver
Carlos Quevedo.

 

 

Recogimos nuestro cabello como campesinos arando la tierra seca, esperando que la lluvia cumpliera viejas promesas.
Esta noche llueve tanto y mis pies son submarinos en la avenida.
Nosotros que agradecemos al sol y a las nubes, que lloramos la misma sal del chubasco,
cómo podremos salvarnos cuando la tormenta haya terminado?




Agua destilada.

Subo a mordiscos por la corteza del roble,
peces plateados vienen persiguiéndome.
Un tumulto de fantasmas impide mi huida
Los primeros halos de luz bajan al subsuelo
atravesando agujeros en las paredes de piedra.
Perdón
cada tanto hago implosión,
ira y desasosiego
me voy haciendo más pequeña hasta quebrarme.
Lamento el tiempo que he robado.
Deseo devolverte un verde campo
o la orilla de un mar
un tazón de sopa, una taza de café
y sentarnos en torno al fuego.






Baldosa floja.

Desde que empezó la lluvia
Tengo el poema
Anudado entre los dedos
Un recordatorio.
Sweater gris, farmacia
Garúa en zapatillas
Camino cuidadosa de no salpicarme los tobillos
Cuento billetes rotos
Ahora se humedecen
Una mujer se refugia en la boca del subte
Un señor vende paraguas en la esquina
Muchos cubren sus cabezas con abrigos
¿Is it true that the world is ending?
Me lloran los omoplatos
He caído de la cama en medio del sueño.
Horas en vela, el sonido de la tormenta
De las estaciones, el otoño es el regreso
El amor sin prisas, ocre, dorado
Tonos de hojas pintando el asfalto
El color del domingo que termina sobre la cara oeste de los edificios
Cabellos, cabellos desprendiéndose
Atravesados por el sol
Que atravesó también, densidades oblicuas de nubes cargadas
Han venido a diluviar sobre las aceras
Las baldosas aparentan estabilidad
Como algunas gentes
esperan a que calme la lluvia
Por un incauto, apresurado, distraído caminante.





La persistencia del olvido.

El mar es un recuerdo
violencia en la memoria
cuando regresa efervescente.
Azul es un recuerdo
el cuerpo suspendido
masa de agua oscilante.
La espuma no es olvido
las piedras han sido dolores
rasguños de sal.
El tiempo hace conmigo
lo que las mareas a los vidriecitos
-los deja opacos, sin filos-
La belleza de la marejada
me encuentra desprevenida
no pude nunca aprehenderla.
Empiezo a creer
que las olas
me enseñaron algo.




Símbolos patrios.

Hubo una guerra que no recuerdo
un suelo que muchos pisaron
las iglesias se llenaron de matrimonios, bautizos
Y nos vestimos de costosas telas y armadores
nadie habló del hambre de los niños
excepto por ese comercial de jamón
en temporada navideña.
¿Habrá jamón este año?
El hambre de aquellos era el silencio.
El hambre de hoy es silencio hasta la muerte.
Veinte años no son nada
mi madre cosiendo en el cuarto del fondo
mi abuelo, los cuentos de tío conejo
Y cantar el himno frente a la bandera en las fechas patrias
Fecha: indicación de un tiempo en que ocurre una cosa.
Patria: país al que se pertenece por vínculos históricos.
Patria: excusa para las guerras.
Patria: vacío de significado.
Ya no lloro por el faro distante
la nostalgia se cristalizó en la sal
en las orillas que se perdieron después de la lluvia.
esta noche habrá tormentas en cada ciudad donde he vivido.

 

 

 

 

Nací en una ciudad triste
suspendida del tiempo
como un sueño inacabado
que se repite siempre.
Cristina Peri Rossi.


La simetría del hematoma.
 
La improbabilidad
los pliegues de la palma de tu mano
tierra humedecida por la tormenta.
Que cuando llueve en tu casa,
diluvia un poco en la mía,
aunque yo no tengo casa
tu voz entre líneas dice
"aquí puedes descansar".
 
Minúsculas tortugas caminan
entre los dedos de mis pies
cristales de sal han quedado
en la comisura de mis labios
el tono violáceo confunde con pétalos de lavanda.
 
Al caer las hojas sin llegar a otoño
entre ramas de árboles veo volar-caer-
aviones donde venimos,
el avistaje, siete exoplanetas;
dicen que algunos pueden contener vida.
 
Inhalo el vapor que es esta noche
almíbar de caña es el aire
viscoso
se prende de mis hombros
habla muy de cerca.

 Es una noche de cielo celeste.
 
Si parpadeo muy lento,
mantengo cerrados los ojos
el ardor desde adentro de mis lagrimales
tumba mi cuerpo sobre la cama que tenía cuando niña,
la simetría del hematoma.
 
Algunos faros dejaron en penumbra la acera
llevo las manos a mi cabeza
palpo la extensión de diez metros de cabello
que crecieron en ochocientos cincuenta y un días
ahora se desprenden entre mis dedos.
 
Oscuro camino por el hombrillo
descanso sobre un jeep abandonado en la calle empedrada.
Los kilómetros que cuento para verte
las cuadras que no permiten escucharnos.
Madre, destino improbable, planeta desahuciado.
El futuro puede ser la orilla que no se ve
desde la metrópolis
Que no sabe de la sal del mar.




FLORA FRANCOLA, Paola Franco (1988). Licenciada en Artes por la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo, Venezuela. Forma parte de los seminarios de arte transdisciplinarios en la Universidad de Los Andes (Mérida y Táchira, Venezuela), Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez”, Fundación PROA, MACBA, MALBA y C.C. Matienzo (Buenos Aires). Redacta artículos y reseña sobre arte y cultura para los webzines: Acracia pour les Porcs, Bajo La Lengua y Casquivana.

Las imágenes forman parte de "Artilugios para navegar en mares metafísicos", la instalación/ lectura realizada en "Fiesta en Almagro" el 11/11/17.
Fotos: La Vaca Mariposa.

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