Letras

Griselda Perrotta

El último soldado

Decías algo del amanecer
yo doblaba las frazadas
Irnos sin rastros
Nosotros justo
que desde una cueva hacíamos temblar gigantes
Que los vimos
golpear su escritorio con las dos manos para advertir
e hicimos llama la chispa de tantos

Nosotros somos el rastro, dijiste
y fue lo último que escuché
Después vimos la puerta abrirse de una patada

Estamos solos, decías la noche anterior
Negaba pero tenías razón
Como cuando me agarraste la mano y corrimos
El sol saliendo también esa vez, recuerdo
Desde entonces todo fue noches
camas prestadas
andar con lo puesto
Cómo no enamorarnos en ese paso de apocalipsis
si el último bastión éramos nosotros
El último soldado

Cuando escapemos voy a contarte:
nunca adherí tanto a esta lucha
Me pregunto si alguien más sentía como yo
No elegimos el verano
Siempre
Las cosas grandes
son dadas por alguien más, pero
¿Dónde quedaba la duda?
En ese fervor grupal
masivo
común
No había tiempo para esas cosas
Tiempo
Tiempo y tu voz firme que entendíamos verdad
Duda inútil y estúpida
Como este arrepentimiento que es a medias y además tardío

Perdí la cuenta del tiempo
Aprendí el límite del dolor
Los mil matices de un gris que no deja de propagarse y se extiende
Ya ni escucho los lamentos
la queja
el derrumbe

Soy
el peso muerto de un cuerpo cortando el aire
Flores al costado de una tumba vacía
Vueltas en círculo y no encontrar
La llaga de una nación que grita Nunca Más pero no deja de repetirse
Su incendio mal apagado

No elegimos el verano, recuerdo
y entonces de vuelta escucho tu voz que es luz
hijos libres
bosques nuestros
Pero no todavía
No todavía

¿Cuántos colores son necesarios para tapar este gris?
¿Cómo?
¿Cómo es que afuera escucho gorriones,
cómo es que igual sale el sol si el gris no cesa?
Si no logramos romper los candados
¿Fuimos
acaso
la ilusión de un puente que acabó por ceder?

No se ruega por nosotros todavía
No suficiente

Mañana seremos carteles
listas
pintadas en las paredes
que nos invoquen y nos invoquen y nos invoquen
El porvenir a destiempo
Ceniza que se monta al río y avanza
Restos que nutren la tierra
y después barro
y valió la pena
Porque sabemos
que nadie fue tan feliz como nosotros cuando mirábamos el fuego
Y ninguna hoguera es en vano
Ninguna

Nadie esperaba esta lluvia
Fuimos el verano, es cierto
Pero el cansancio

¿Quién resiste la tibieza en los pies,
el viento fresco en la nuca?
No hay belleza en permanecer donde todo ha muerto

Mañana tal vez otros
Nosotros
Seremos tierra nutrida y el río correrá limpio para inundar las naciones
Los carteles no harán falta
Tendrá sentido el color

Tal vez otros mañana
No yo
Hoy
No todavía


Los desertores

Voy a delatarme
Dejar de inventar excusas que me pongan en la puerta de un Italpark abandonado
o peor
esa masa verde en que lo convirtieron

Aviones que despistan para impactar contra estaciones de servicio
Trenes sin frenos
Bengalas que se atoran en un falso cielo

La ciudad sabe
de este ácido en las entrañas
cada vez que una niña vende flores en Constitución y un señor las compra
Pero callamos

Merecemos el tridente atravesándonos la carne

No supimos poner a salvo las semillas
Ya no habrá lluvias ni abejas suficientes
sombra bajo los árboles

Lo inmediato consume
Lo correcto diluye
Somos un compilado eficiente de frases de señalador

Teníamos el parque de diversiones más grande de Sudamérica
y lo cambiamos por escenarios multifunción
donde tomar mates en ronda sobre una lona de Frida Kahlo

Pero aquí estamos
Los desertores
La piel de gallina en verano
El terror de no saber si nuestras hijas podrán gritar sus nombres mañana

No alcanzarán los pañuelos para recuperar lo que nos sacaron
lo que nos dejamos arrebatar
No alcanzarán los colores

Elijamos bien las causas
porque hay un vampiro en la puerta de cada hogar
al acecho de cada suspiro nuestro
Limándose las uñas con cal
mientras nosotros
tomamos mates en ronda y nos tatuamos pelotudeces

Basta de lamento si no estamos dispuestos a reparar puentes
a construirlos, si es necesario

Seamos los símbolos
los pañuelos
Se lo debemos a cada cuerpo al costado de una ruta
A los que nunca vamos a recuperar

Tengo miedo de que el cansancio nos venza y dejemos de reconocernos
De que al saltar del balcón imaginemos alas
y nos contemos
mirando al suelo
que la televisión decía la verdad

Tengo miedo de que la lucha sea un entretenimiento de pocos
Mientras los monstruos
nos duermen al lado y los abrazamos

De que algún día
este océano
a nosotros también nos dé igual

 

***

Griselda Perrotta nació en Buenos Aires en 1976. Es traductora e intérprete de inglés, abogada y docente de la Carrera de Traductorado Público en la Universidad de Buenos Aires. Escribe narrativa y poesía. Varios de sus textos obtuvieron menciones en distintos concursos y fueron publicados en antologías y revistas literarias. Comparte material en su blog "Princesa de la viruta". Publicó "Frontera" (Peces de ciudad, 2017).

Foto de Elda Caridad.

 

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Patricio Foglia

Bing bang

Todo el tiempo ocurre el Big Bang
otra vez las esquirlas de vapor, en su dinámica
giran y giran, hasta convertirse en asteroides,
en planetas. Nadie sabe cuándo ni cómo.
En 1994, por ejemplo, estalló el universo.
Con terror, me tomé de la mano de mamá
y cuando me di vuelta, vi a mi padre
contemplando en perfecto silencio
la casa vacía y las estrellas.

*

Tenía ocho años cuando vi
a mi padre, pidiéndole que no se fuera
y a mi madre, de brazos cruzados
en sus ojos el fuego de la revolución.

Me acuerdo de mamá, meses después,
tomando una cerveza
mirando la noche y las luces
desde los ventanales del piso 12
de nuestro edificio.

Mientras, seguramente papá
se retiraba a su cuarto
como los grandes animales
que cierran los ojos cuando cae la nieve.

*

En algún momento va a pasar
y como se disuelven en el aire
las casas, los imperios
la noche en que mis padres se separaron
también se va a diluir, pero ahora
todavía caminamos frente al mar, en invierno
-- mientras, se agitan las ramas de los árboles
papá me dice que no tome frio
mamá dice es verdad
y me sube el cierre de la campera
y así nos amparamos
del viento del océano.

*

Por las escaleras de nuestra casa
subía mi madre tan enojada
que sus pasos formaban una escritura
cuentos breves como Monterroso
(cuando se despertó
el dinosaurio todavía estaba ahí)
y mi padre
se quedó mirando el verde
del pasto crecido y la humedad
que empezaba a expandirse en un rincón
como se abre de noche una flor negra.

*

Como un lodazal barre a su paso
con un pueblo entero, así
bajaban los gritos de mis padres
por las escaleras
como agua y tierra y la furia
de la gravedad o parlantes desconados
mientras suena Nevermind y Cobain
ya está cantando hello, hello
hello, how low?
hello, hello
hello, how low?
y aunque todavía faltan diez años
yo ya estoy agitando la cabeza
ya tengo 18 y soy uno más
uno entre tantos animales pesados
huyendo del barro, indómito, en la plenitud
de su instinto de supervivencia.

*

Sentí un alivio parecido al aire puro de las sierras
ese viento leve, esa frescura que corre
cuando todavía no se despliega una ciudad
el aire puro, como de valle,
de montaña verde, azul, verde, azul.
Perdonen la insistencia
pero fue lo que sentí
exactamente y en la cara
con los ojos cerrados
sin conocer Córdoba ni sus ríos
cuando mamá cerró la puerta
y ya estábamos afuera.

*

Pocas cosas se mudan con nosotros
nuestra ropa, ollas, dos o tres platos.
La mudanza es un bolso
pesado y negro.

Al poco tiempo desaparecen
la guitarra, los tomos de la colección
“El mundo del Arte”,
una cadena de plata del cuello de mamá.

Sobrevive, eso sí, en tapa dura
un libro de Alfonsina Storni,
su voz como una tarde
de lluvia intensa.

Yo seré a tu lado,
silencio, silencio,
perfume, perfume

Cierro los ojos. Escucho
el agua que cae, monótona
contra la ventana de vidrio
de mi nuevo cuarto.

 

***

Patricio Foglia (Buenos Aires, 1985). Publicó Temperley (En el aura del sauce, 2011; Subpoesía, 2013), Lugano 1 y 2 (Viajero Insomne, 2014), La escafandra (Mágicas Naranjas, 2015), Tokio (Caleta Olivia, 2016) y Todo lo que sabemos del cielo (Caleta Olivia, 2018). Compiló y prologó la antología de poesía y ciencia ficción Los fuegos de Orc (Mágicas Naranjas, 2016). Coordina el sitio malonmalon.com.ar. Colabora en el ciclo de lecturas El Rayo Verde, que organiza Osvaldo Bossi. Tradujo, junto con Natalia Leiderman, El pájaro rojo (Caleta Olivia, 2017), de Mary Oliver.

Foto de Elda Caridad.

 

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ENTRE NOS/OTROS, poéticas de lo inesperado

Hugo Palmar

Curador de la edición No. 32 de Muu+

 

“Uno se forma siempre ideas exageradas de lo que no conoce”.

Albert Camus. El extranjero.

 

Aunque se hable de las migraciones y mediáticamente se trate el hecho como problema actual, lo cierto es que siempre han existido y constituyen esencialmente nuestra humanidad.

Desde sus orígenes a la actualidad, tal como experimentamos el concepto de estado-nación moderno, la hospitalidad es un acto político que responde a una economía de principios soberanos, donde la acogida al prójimo (al semejante) está dada por una medida, un conocimiento objetivo de ese otro: documentos, sellos, pasaportes,  procesos de “integración”, leyes, idiomas, turismo, trabajo ilegal,  ficciones que  “des-otran”  y que dan  sentido a una identidad que vuelve siempre a sí misma, y que a pesar de las experiencias históricas, actualmente resurgen en ideales  nacionalistas a la defensa de lo propio y reproducción de dicho sentido. 

Para esta edición de Revista Muu+ Artes y Letras nos hemos planteado la hospitalidad, entendiéndola como un acontecimiento, epifanía (1) inmensurable cuando inesperadamente aparece el Otro, rompiendo la medida justa de nuestros intereses, de lo propio e idéntico que buscamos preservar de nosotros mismos.

Pensar la hospitalidad como la entrega y rendimiento absoluto hacia ese Otro que nos hace responsable con su presencia, exige una subjetividad distinta, construida precisamente a partir de éste.

Llevando el pensamiento hacia otros territorios ¿Cómo podríamos ser hospitalarios ante nuestra propia alteridad? es decir, ¿cómo podríamos ser un Otro para nosotros mismos?

¿Qué hay sobre la otredad animal, fuera de la mirada soberana y racional que domina y se apropia de ese otro tan otro que no posee rostro? ¿Qué límites del cálculo político y soberano se desbordan en la trama de un texto que nos hace cuerpo, memoria, deseo y devenir en diferentes contextos?

En palabras de Jacques Derrida, "La hospitalidad no es un concepto que puede prestarse al conocimiento objetivo". Responde más a un conocimiento ético que político, cuyo lugar de posibilidades se haya en el lenguaje poético, entendiendo el lenguaje como un espacio habitable que nos confronta inicialmente también con el Otro, el extranjero, o bien nos hace otros, colocándonos infinitamente en ese lugar de alteridad.Siguiendo estas líneas de pensamiento, he convocado un grupo de artistas y jóvenes poetas para ser parte de esta edición aniversario de la Revista Muu+, bajo el título: ENTRE NOS-OTROS, Poéticas de lo inesperado.

Carolina Arias (Argentina), Ángel Leiva (Venezuela), Marcela Bosch (Argentina), Max Provenzano (Venezuela/Portugal), Lesly Chacón (Venezuela), Keyser Siso (Venezuela/España), Raily Stiven Yance (Venezuela), Euro Montero (Venezuela), José Miguel Navas (Venezuela), Darwin Winklaar (Aruba/Holanda), Freddy Yance (Venezuela), Leo Felipe Campos (Venezuela/Colombia), Nicolás Correa (Argentina).

En imágenes o textos escritos, el arte vuelve y nos advierte sobre nuestra vulnerabilidad y la necesidad de ser y estar entre nos-otros, replanteando la identidad como una contrariedad que deviene y se transforma continuamente. Crear en todo el sentido poético, espacios para un pensamiento otro que nos habilite otras formas de ser en el mundo.

Brujas, octubre de 2018.


HUGO PALMAR (Ciudad Ojeda, agosto de 1977) inició su carrera artística junto al colectivo LA TINTOTA en la ciudad de Maracaibo. He participado en distintas exposiciones colectivas nacionales e internacionales, Caracas, Maracaibo, Ciudad Bolívar, Bruselas, Sao Paulo, Aruba, Ámsterdam, Harlem, Tilburg, Washington DC, Miami.

Ha realizado tres exposiciones individuales: "YO SOY", Cevaz Gallery Maracaibo 2006; "micropolítica" INSIGHT Foundation for the Arts Aruba 2010; y QUE TENGAS UN CUERPO, Superpolítico y Apátrida, Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, Maracaibo, Venezuela 2015.

Mención Honorífica 8vo Salón Regional de Jóvenes Artistas, Museo de Arte Contemporáneo del Zulia MACZUL 2012. Beca Fundación PROA Buenos Aires, Seminario Internacional de Arte e Integración Social 2012. Programa Federal Para las Artes, ART BOOMERANG CÓRDOBA ARGENTINA 2012 – 2014 Entrenamiento dirigido por el Curador Daniel Fischer.

Es artista, museólogo comunitario, abogado, chef Internacional. Actualmente vive y trabaja en Brujas, Bélgica.

Curador de las ediciones: 13, 14 y 16 de Revista Muu+


(1) En el pensamiento de Emmanuel Levinas, la relación con el otro corresponde a una relación asimétrica, en la que el otro se nos presenta como un acontecimiento que nos revela a través de su “rostro” lo infinito.

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Heroína. Entrevista a Nicolás Correa

Adriana Morán Sarmiento

Foto: Mailen Albamonte Pizarro

-En una charla que tuvimos en junio de 2013, te preguntaba ¿Qué es la nacionalidad?, y vos respondiste: La patria chica. Hoy te pregunto: ¿qué es la patria?

- Hoy pienso en matria: la matria chica. Y lo interesante de esto que sospecho es que no solo se refiere a un espacio construido con una estructura íntima y particular, donde comulgan diferentes mitologías personales, sino más bien a una red sensible de identidades solidarias.

En esta red sensible de identidades, en la que Nicolás Correa vive, escribe, edita; creó el personaje Heroína, “un trans atravesado por la fe, la cárcel y la guerra”. Un reflejo de las inquietudes literarias que arrastra Nicolás desde hace algunos años: encontrar la voz del personaje, esa voz auténtica que lo hace perpetuo. En "Heroína: La Guerra Gaucha", una novela publicada por Kintsugi Editora, una sobreviviente de la guerra de Las Malvinas confiesa -recuerda, escupe- las miserias de vivir bajo el yugo de “la patria”.

-Dice Heroína: "Siempre dije que yo por la patria, puse hasta el culo." ¿Qué es poner el culo por la patria?

-A ver si puedo arriesgar una respuesta, porque es bien difícil explicar el personaje. En este sentido, Heroína hace referencia a poner el cuerpo, puntualmente, en la guerra. Y acá hace referencia al comercio con el cuerpo, aunque no hay comercio en Heroína, porque no hay elección. De alguna manera, en esa imposibilidad de elección, el personaje encuentra la ironía para abordar una problemática doble, y mayor. 

-¿Cómo fue el proceso para darle voz a Heroína? Una voz cada vez más fuerte, en un tiempo donde las voces que militan por la diversidad también se han fortificado.

-Heroína me costó mucho. Tan así que fue un texto que para ser cuento es largo y para ser novela es corto, pero siempre abordado por la misma problemática: como encontrar la forma para narrar la voz de Heroína. Ese es mi mayor interrogante a la hora de construir relato: ¿cuál es la forma de lo narrado? Desde Íncubo estoy tratando de descubrir las formas, mucho más que los contenidos. 

-¿Y cómo te ha ido con ese proceso de descubrimiento? 

-Estoy más cómodo en cuanto experiencia estética porque cada material me exige una forma propia. Esto le imprime una dinámica impensada a la hora de ensayar la escritura.

-¿A quién le habla Heroína?

-Nunca logré descubrir a quién le habla. 

-¿Se te hace más fácil contar una historia de amor, en esta etapa de tu vida?

-Supongo que la historia de amor, en este caso, es una historia de amor imposible. Por eso es productiva. Eso la volvía interesante como marco para el relato.

-Otra frase que rescato de la lectura es: "Hay tiempo para contar el dolor, eso me lo digo siempre que me miro al espejo". ¿Hay un tiempo en la literatura para contar el dolor? ¿el terror? ¿la ficción? ¿el amor? ¿la política? en definitiva... ¿hay un tiempo justo para contar una historia?

-Intuyo que, si hay un tiempo para contar el dolor, es un tiempo particular y personal y eso no puede estar teñido por una cuestión de época. En tanto experiencia estética, si se encuentra la forma, todo puede ser narrado, pero esa forma corresponde a un tipo de experiencia. Ahora, si lo que hablamos es de "clima de época" o "coyuntura" o "horizonte de lecturas", son cuestiones en las que no me interesa pensar.

-¿Entonces, en qué pensás para encontrar "la forma"? ¿cuáles son esas experiencias que sí te interesan? 

-En este caso particular, pensé en la voz del personaje. El texto lo reescribí por completo dos veces, en la tercera reescritura encontré algo cercano a la forma definitiva, con mayor o menor fortuna, claro. Para llegar a eso me apoyé en mis lecturas madres: las escenas nucleares y la recursividad de Duras, la voz que construye Sara Gallardo en Eisejuaz, el tono de Puig, los saltos temporales de Faulkner, los diálogos y la elipsis de Hemingway.

-Parece que con esta novela te desprendés de ese personaje que viene haciendo de las suyas desde hace varios años y que dio pie a la Trilogía de la antigua serpiente. ¿La liberás definitivamente?

-¡Qué pregunta atinada! Vos sos testigo de esta forma que se fue descubriendo desde el 2011. Me cuesta soltar el texto y pensar que es algo definitivo. Me cuesta no volver a ella cada vez.

-¿Pero la liberás o tendremos más de Heroína? 

-Es imposible que responda a esto, solo puedo decir que uno siempre está volviendo sobre lo mismo, solo encuentra distintos modos de escribirlo. 

-¿Cuáles son los verdaderos demonios de Heroína?

-Un animal demasiado solitario se come así mismo, dice Sara Gallardo en Eisejuaz, y supongo que algo de eso hay en Heroína.

-¿Y los tuyos?

-Tengo tantos demonios que no los puedo contar. 

 

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Poema

Euro Montero

  

l

viene de la voz quebrada

el ombligo no miente

 

apenas dan cuenta los pasos

 

su camino es de infortunios 

donde el cielo se descalza

 

 

ll

hombres como él llevan un rostro

que se echa a la burla

 

la mano resguarda su sombra al ras

 

herida entre dos tierras

dos silencios que no menciona

 

 

lll

a ningún lado va sino al adiós

nadie lo espera

 

bajo sus pies arrastra un crujir de muerte

 

lo saben intruso sin repuestas

inmigrante

 

 


Euro Montero (Maracaibo, Venezuela, 1995). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia (L.U.Z). Obtuvo el tercer lugar en el concurso nacional de poesía joven Lydda Franco Farías 2016 con su poemario Rotos todos los cielos. Ganador de la primera mención especial del Concurso de Poesía “Andrés Bello”. Finalista del ll Concurso de Poesía Joven “Rafael Cadenas”. Participó como poeta invitado en el Tercer y Cuarto Festival de Poesía de Maracaibo, en la Primera Semana Zuliana de la Narrativa y en el Primer Simposio “Luis Guillermo Hernández” de Pensamiento Literario Venezolano. Asistió a talleres literarios dictados por los poetas Santos Lopez, Harry Almela, Adelfa Geovanny, entre otros. Poemas suyos han sido publicados en los portales La parada poética y El cautivo.

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Extranjero & amante

Sobre la escritura Poética en la distancia

José Miguel Navas

I

Quiero nuevos paisajes


  “atrás quedó
     el deseo clausurado”
         
Pablo, Quiero un nuevo paisaje. Quiero nuevos árboles, distintos a estos que me cubren,
quiero nuevas sombras. Necesito nuevos paisajes.

En tu país nos llaman -los afectados- . No soy Fuerte -lo sabes-, pero quizás en la libertad
del primer mundo lo sea. y Seamos por supuesto amantes, acompañando nuestra amistad
con buenas comidas, tragos, vino y sexo rudo.

Isis se ha ido a Miami ha dejado atrás a Carlota, la ha cambiado por la libertad de andar en
bicicleta de noche, ella toda libre,  toda mujer.

Entonces Pablo, llévame hacia ese paisaje que me narras, en ese lugar ajeno de venecos,
donde asumo otra categoría mejor dicho dos, un sudaca - afectado -.


Ando guardando billetes, de forma metafórica. Acá solo funciona el digital y el extranjero.
  
                      Yo solo espero,
                                              por ese nuevo Paisaje.


 

II

Poema en Kiev O Caracas 12 de Febrero del 2014

Me hablas de política internacional
mientras penetras mi cuerpo
eres un falso activista por la paz
tú a mí me destruyes
afuera un país se quiebra
yo me salvo en tu espalda
me tienta la sabiduría de la entrepierna
miles de personas queman Kiev
la plaza enorgullece los egos
yo te habito en la desnudez
País gigante
continente absurdo
hoy el coño nos ha llevado a un exceso de tristeza
repitiendo la historia de una raza lastimada
huimos de una crisis ajena a nosotros
yo te penetro para alcanzar mi nuevo hogar
aprieta mi sexo hasta escapar del país
esa noche televisamos La Primavera Árabe en tu cama
tratados de Paz nos quitan el sueño
mientras el Dólar aumenta y tu cuerpo enferma
mi Madre cansada nos ruega alivio fracasamos
en el intento de la cura del Cáncer
Facebook no cesa
ella descalza camina hacia cualquier frontera donde el placer exista
fantasma te logro agarrar
me hice hombre de tanto buscarte para darme cuenta que:
ya Papa y Mama no existen
reproduzco en Youtube una manifestación en Kiev
mis lágrimas sin Azúcar
cruzan el Atlántico en mis sueños
el Petróleo corre por tus venas
actualizas tu estado de Facebook
esperas comentarios de lastima
rezas a quienes no te escuchan
cegado ajeno fastidiado de la política me llamas a tu pecho
y un rio se rebosa
los niqueles de mi cuerpo te sostienen
mientras un País entero Duerme.


 

III

Esteban corre

 

I
Elegimos un lugar para huir
para enfrentarnos a nosotros mismos

II
subimos las escaleras del hotel
avergonzados
detrás el mundo y su juicio
delante la verdad
sobre los pecados de la ciudad

III
nos vencemos
estamos arruinados
somos la minoría en una historia
pasamos ocultos por el mundo
quedamos suspendidos en los bares del centro
nosotros el germen que nos tienta
esta vastedad
una isla contenida
tierra enferma
probamos la orilla
y acabamos en ella


José Miguel Navas. Venezuela, 1992. Poeta y licenciado en Comunicación social, es investigador de poesía escrita por mujeres haciendo énfasis en la obra de Wafi Salih y María Antonieta Flores. Ha publicado los poemarios La Próxima textura (2014), La Rosa Abstracta (2015) y Esteban corre (2017). En 2015 fue invitado a la Feria Internacional del libro de La Habana. Invitado en varias ocasiones en el Festival de Poesía de Maracaibo. Es facilitador de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Con su poemario “Fanny” obtuvo el Premio de Poesía “Descubriendo poetas segunda edición” Ciudad de Puerto Ordaz Venezuela en 2018.

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Después de la cuarta salsa hay sexo

Leo Felipe Campos

Pinky ha visto a Silvia bailando frente a la tarima durante treinta y seis jueves seguidos, la ha mirado caminar en puntas hasta la barra, la barra, la barra. Y con ustedes, en el piano, flash de agua y alcohol, el humo, la manito agitando sus anillos de fantasía, pantalones blancos, cabello suelto, delineador plateado y una calavera en el pulgar; escarcha, lentes, las caderas tic tac, clac y permiso: un paso al lado, la luz baja, llegando a estirar el brazo con una pulsera coqueta y detrás esa sonrisa de neón, repicando las rodillas al tiempo que saca el pecho de estrella, figura de la noche Silvia, falda larga azul y zapatos bajos, blusa de poliéster, borracha y constante, al menos con la idea que tiene del placer para sí, batiendo una vez más sus palmas y señalando al barman, que al igual que Pinky, el vocalista del grupo, la ve venir con puntualidad estricta, sola o acompañada. Camisa abierta de algodón que se moja y cae como una ola de surfista. Sin cartera, sin pudor, sin vergüenza, sin dejar de tararear ni de golpear el trago con su anillo para llevar el ritmo y disfrutar de la música —metales, cueros y coros— y del ambiente del lugar: cuerpos bailando, estrujándose y pisándose accidentalmente, en medio de piruetas y frenos y hebillas que se rozan, franela de nylon sin escote, jean negro, peineta invisible, y jugar a la dama sola, a la mujer dura, Silvia cintura de goma, a la bailarina que sigue el show desde su rincón a ojos cerrados, vente, cosita rica biribón bom-bom, y si supieran que tiene miedo: de morir apuñalada, de perder su trabajo, de conocerme y morderme, de no ser capaz de terminar a tiempo el plano y la maqueta de su vida de cuarentona, de llorar y de volver a hablar con su padre y su hermana, con quienes decidió cortar la comunicación hace poco menos de un año. Con el primero por diferencias políticas. Con la segunda porque vivía diciéndole puta y, así, comprenderán que cualquiera se distancia.

Bien, yo conozco a Silvia. Bailé con ella una noche de fiesta en el segundo piso de la casa. Vivimos cerca. Esa noche ocurrió por primera vez lo de su hermana, una pelea estéril, innecesaria. Creo que fue porque Silvia me sugirió, en una rueda de piernas cruzadas que caracoleaba alrededor de unas velas y dos neveritas con hielo, algo muy parecido al título que escogí para esta confesión. En realidad, más que el título, me ofreció el origen, sin saberlo. El punto iniciático, la piedra angular que nos tiene ahora enredados entre timbales, o al menos me tiene enredado a mí.

—Después de la sexta salsa hay sexo, siempre —dijo.

Y bebió un trago.

 

Ahí comenzó nuestra apuesta y desde entonces, hace treinta y seis jueves, no hemos parado de ir una vez a la semana al Timbal de Fuego, un local que no vale la pena describir porque repite palmo a palmo los lugares comunes de la postal universal del Caribe.

Llegamos para sacudir las piernas y sudar, para sacar la lengua con cada clave, con cada golpe seco de la ráfaga de toques sobre el cuero de la tumbadora y el chispazo de la campana en cada solo de trompetas, con una, con otra, con otra, con otra y con otra pareja, hasta el final de cada madrugada, a las cinco de la mañana del viernes, cuando alguno de nosotros debe abandonar el espacio, habiendo controlado y calculado las canciones y aproximaciones del otro con alguna persona en la pista.

Las reglas, después de cinco semanas de improvisaciones y ajustes, terminaron siendo las siguientes:

Primero: dos canciones, no importan el ritmo o la armonía, ni el año de su composición ni la popularidad o la extensión, para determinar si la pareja escogida puede seguir jugando en función de nuestra apuesta.

Segundo: el máximo de piezas seguidas para salir del local abrazando a ese nuevo conocido, directo a la cama, en cuyo caso uno de nosotros escolta al otro en el trayecto y el que pierde paga la cuenta, es de seis. Nunca de seis y media, ni de siete.

Tercero: si luego de esas seis canciones no se logra cautivar al oponente y, como consecuencia, desnudarlo, chuparlo y todo lo que a continuación solemos imaginar que puede llegar a ocurrir allí, en ese momento, acaba el turno de uno y comienza el del otro. Está claro que para nosotros es más importante el medio que el fin.

Penúltima regla: solo se puede probar con un máximo de tres parejas por noche y está prohibido repetir con la misma persona en las siguientes semanas, una vez que hayamos logrado llevarla al mete-saca-mete-saca-mete-uh.

Finalmente, lo que significa un consuelo pobre: si ninguno logra el objetivo de horizontalizar a una pareja de baile en máximo seis canciones, al final de la jornada nos toca meternos juntos en casa de alguno de nosotros, borrachos y con el ánimo enterrado, empelotados y a trepar de modo olímpico; un ejercicio agotador, doloroso y, por lo general —lo digo porque lo hemos hablado— carente de goce.

Antes.

Porque ahora estamos viviendo un conflicto: nos empieza a gustar ese empate con significado de derrota definitiva. La semana pasada nos atrevimos a romper las reglas por primera vez. Me asustaba ver cómo ya no nos esforzábamos por brillar en la pista. Por el contrario, bailábamos con desgano, con la mirada puesta en nosotros.

Con la boquita aguada, inventábamos sortear la veintena de parejas que se movían sobre la pista para caminar hasta la barra y pedir un trago y otro, para interrumpir el juego. Nos separábamos de los cuerpos ajenos. Y lo peor, si por casualidad alguna pareja nos enganchaba, decidíamos hacernos a un lado en menos de dos compases, buscábamos una excusa que llegamos a llamar calambre, otras baño, otras aire fresco. Y empezábamos a bailar juntos, nos retábamos entre empujones y besos, entre apretujones y vueltas, entre poses infantiles frente al iPhone para inmortalizar la escena.

Notamos que de alguna manera el sexo entre nosotros se estaba convirtiendo en algo más importante que la salsa. Que otra vez, el medio y su fin volvían a ser lo que antes eran. Una porquería, porque sabemos que en el Caribe, no es un mito, menear el culo, clavarle como ganchos los índices en la cintura y lamerle el cuello sudado a esa persona que se contonea enfrente, África mía, tan cerca y tan caliente, mordisco y mano abajo, de la cadera hacia las nalgas, rozando no el delirio, sino el límite de la gracia, a pocos metros de la música en vivo, suele generar taquicardia y ser mejor que la penetración sistemática, o al menos más adrenalínica, en la mayoría de los casos.

 

Total que aquí estamos: jueves número treinta y siete en el Timbal de Fuego que siempre esconde una humedad satisfactoria. Diría que todo comenzó hace un mes y medio, cuando el saldo marcaba dieciocho triunfos para Silvia y once para mí, con siete empates que al principio fueron repugnantes. Eso sí, el récord de velocidad y precisión era mío, con apenas dos canciones y media antes del sexo. Fue con una cubana que se parecía a Cleopatra, lo que motivó a Silvia a ponerle un asterisco a mi marca. No me importa.

Sea como sea, a estas alturas está claro que ella tenía razón. La mayoría de las veces nos sobraban canciones para follar con desconocidos. No hacía falta llegar a la sexta. Y si bailábamos sin parar, luego de una media hora sin lograr seducir al juguete extraño en la pista de baile, es porque probablemente no habríamos podido amarlo nunca de cualquier otra manera, ni comprándole una casa.

Antes de seguir debo aclarar que además de los europeos y los asiáticos, que no podrían hacer un ocho adecentado con sus caderas ni frente a una amenaza de muerte, y además de los que bailan salsa como si fueran una pistola contra el tiempo, que asisten al sabor del dancing como quien mira un programa de repostería en la televisión sin tener hambre; están también los que se contienen y a veces hasta se reprimen. Esos son los que desean desnudarse en plena pista, pero no se atreven porque alguna doctrina profunda que mezcla pudor y culpa se los impide. Son terribles y se reconocen, por lo general, hacia el final de la segunda canción, luego de algunos abrazos en los que parecen ceder, con el codo izquierdo a mitad de su columna y la mano derecha acariciándole la nuca, en el caso de los hombres, y con ambas manos sujetando sus hombros, en el de las mujeres. Pero no ceden. Se separan apretando las pestañas y construyen una mueca que parece ofrecer una disculpa, algo como esto: (mueca que parece ofrecer una disculpa).

Son la excepción estúpida, el absurdo. Un error en la pista.

Pese a ellos, no hay ya nada que probar. Sin contar los tres empates que Silvia y yo escogimos para este último mes, una decisión desacertada que nos ha desviado del objetivo inicial de la apuesta, puedo asegurar que hubo dos errores en aquella frase de Silvia en la terraza, sobre todo si nos apegamos a las estadísticas. Primero, el sexo es más seguro después de la cuarta que de la sexta canción. Segundo, no es siempre. Pero casi.

Ahora mismo hemos visto cómo Pinky, el vocalista, y el barman achinado y fuerte con su cabello liso y puyudo, están ganando dinero a costillas de nosotros. Se han dado cuenta de nuestro juego y han empezado a apostar con los otros músicos y mesoneros, a favor de uno y otro, según la noche, y han llegado a la conclusión de que la salsa en el Caribe es un trabajo más erótico que musical. Me lo dijo el negro de la trompeta el jueves pasado en una reflexión frente al lavamanos, durante el descanso y todavía con la nariz empolvada. Sonaba el Quinto Sabroso de Joe Cuba.

Silvia está soltando a su pareja en este momento.

 

Después de la cuarta salsa hay sexo y lo he comprobado nueve veces con mujeres distintas. Otras dos veces, una después de la segunda, una después de la quinta. Cuando no es así, me voy con ella, que sigue llevando la delantera. Todo buen bailarín lo sabe: se puede llegar solo a la pista, pero siempre es necesario tener un cómplice, una pareja segura de repuesto, un número de teléfono activo las veinticuatro horas, el martillo que rompe el cristal en caso de emergencia. Y Silvia, en este caso, con esa falda negra y su chaleco anaranjado por encima del ombligo, moviéndose alegre y segura al son de la guataca indestructible de la Fania, es más que una culebra con buen ritmo; es una figura mágica que ha logrado secuestrarme el deseo de miércoles a viernes, reforzando ese mito calenturiento del Caribe según el cual el swing es como el talento: se tiene, o no se tiene.

Ahora está en la barra. Idilio, Barrunto, Mi gente y Llorarás. Me comienza a parecer sublime y encantadora. No lo he dicho, también es mucho mejor bailarina que yo.

Si Estados Unidos exporta su imaginario de hamburguesas, rascacielos y parques temáticos, si Argentina tiene sus vacas y Egipto sus pirámides, si Japón es pura tecnología y España la poesía ultracontemporánea del Fútbol Club Barcelona, nosotros tenemos la salsa en la noche, que nació entre Cuba, Puerto Rico y el Bronx hace cuarenta años, y también tenemos cuerpo para bailarla, algo que, es verdad, no sirve para sentir orgullo, pero sí como preámbulo erótico para encuerarnos en la cama. Además, tenemos a Silvia. ¿No es eso más importante que una bandera o aquello que llaman vanguardia?

Para mí, sí.

Ahí viene. Silvia, con sus Converse de goma y los hilos del pantalón roto en los bolsillos de atrás. Gitana. Carga un trago en cada mano y camina directo hacia este cuerpecito gastado y eléctrico, en el vórtice que componen también las miradas de Pinky y el barman achinado, equivocados como estarán de ahora en adelante, los próximos cuatro o cinco jueves, mientras nosotros resolvemos seguir pactando, pero no porque queramos que pierdan su dinero, sino porque ya comenzamos a pensar en una nueva apuesta que aumente el reto, o en una hipótesis improbable que nos estimule a bailar más y a empatar menos.

 


Cuento publicado en “Gancho al hígado”, editorial Tusquet, Bogotá, 2018.


 

LEO FELIPE CAMPOS nació en San Félix, pero se trasladó a Caracas donde se graduó de Comunicador Social. Ha sido actor de teatro, periodista deportivo y asistente de dirección en cine y televisión. Es fundador y editor de dos revistas venezolanas Platanoverde y 2021 Pura Ficción. Publicó “Los paralelos”, su primer cuento en el 2006 por Amauta Editorial. En 2009, publicó con Ediciones PuntoCero su primera novela “Sexo en mi pueblo”. Actualmente reside en Bogotá.

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