Letras

#Homero2019

Lectura compartida de clásicos de la literatura en Twitter

Marina Tabasso


Leer por Twitter es algo que ni hubiera pasado por mi cabeza, porque no usaba esa red social. ¿Prejuicios? Debo admitir que los tenía: me parecía difícil de usar, me daba la sensación de que era para gente que hablaba de política o que buscaba destacarse con pequeños textos ingeniosos.

Sin embargo, a instancias de una amiga de la secundaria, abrí mi cuenta para leer #Dante2018 y ya no dejé de participar en las lecturas colectivas.

Si bien leo con frecuencia, nada se compara con la experiencia de leer y compartir horizontalmente los frutos y las dudas de las lecturas: hablar con personas de las más variadas profesiones y de distintas edades, gente del mundo de las letras, re-lectores y lectores noveles. Y lo más valioso de todo esto, es que la lectura se va nutriendo con cada aporte, nos posibilita mirar desde la perspectiva de los demás, habilita el debate, despierta el lado artístico de participantes como @alix_creaciones que hace canciones para #Homero2019 o @Romiaveces, @Manuela901201 y @bbonifatti que han ilustrado La Ilíada, así como de la creatividad de los resúmenes, canto a canto, de @medicenlatigo…

Por otra parte, esta manera de leer genera vínculos. Los lectores empezamos a compartir cosas de la vida cotidiana, nos encontramos como si estuviéramos en una tertulia virtual (incluso vamos sabiendo en qué horarios aparecen los más cercanos) y, además del texto que nos convoca, nos ponemos a charlar de lo que vaya surgiendo.

Terminé por comprender que las redes sociales son lo que de ellas hacemos mediante el uso. Jamás, desde que leo en Twitter, tuve agresiones por parte de la comunidad de lectores, y eso que entre las personas que leemos hay un crisol de maneras de pensar.

Para expandir la lectura, me pareció buena idea armar grupos en Facebook –cada lectura tiene el suyo– y así darle el espacio a quienes no se animen a la red del pajarito. Lo que comenzó con la #Ilíada el 1 de enero de 2019, continúa desde el 1 de julio con la #Odisea y que consigue en Twitter como #Homero2019.

Quiero destacar, y por eso incluí algunos tweets en la presentación que proyectamos en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (@BNMMArgentina), la participación de miles de lectores que con respeto y entusiasmo ha sido parte de las lecturas colectivas. La idea brillante que tuvo Pablo Maurette (@maurette79) encendió las brasas y se propagó a los cuatro puntos cardinales. Para él mi agradecimiento y mi admiración.

¡Súbanse a la nave de Odiseo, lo van a disfrutar!

“#Homero2019 entienden la belleza y perfección que hay en todo el primer canto? Por Dios, me enloquece, es tanto, en un solo canto de la Ilíada hay más imágenes que en todo el siglo XXI, por favor, la intensidad que estoy viviendo, siléncienme... me emociona la perfección, es tan arrebatadora, qué bella la escena de Atenea deteniendo Aquiles enceguecido de ira, qué bello que sólo él la vea, ay por favor, qué felicidad venir de ahí, qué felicidad dibujar!”
@Romiaveces

“Ha sido una experiencia muy interesante, en la primera semana ya metí la pata, me abrumé con todo lo que se comparte, aprendí sobre traducción, reflexioné sobre lo que implica la oralidad vuelta texto pero sobre todo me maravillé de todo lo que puede hacer la lectura compartida.”
UCEM

“No saben cuánto me provoca leer lo que tienen que decir sobre la "Odisea". De todas las lecturas colectivas desde #Dante2018, en ninguna he estado tan motivado a saber lo que piensan como en esta nueva edición de #Homero2019 que comienza el 1ero de julio. Espero ansioso.”
Juan Horacio de Freitas

“Ustedes burlándose de Áquiles porque le dice a su madre llorando que le haga la vuelta con Zeus. Ah, pero cuando tienen gripe, van para que mamá les haga la sopita de pollo que calma el corazón y alivia el dolor.
#Homero2019”
Edu Salas

“Áyax y Diomedes fueron mis primeros guerreros favoritos en la literatura. No tenían el protagonismo de Aquiles o Héctor, pero en este libro eran invencibles. Desde entonces, eso fue para mí la épica: el homenaje poético a los valientes desconocidos. #Homero2019”
Jesús Súarez F.

“Sé que es discutible, pero para mí, en La Ilíada está todo: el honor, la virtud, la piedad, el heroísmo, la muerte, el sentido de la vida y la forma en que merece ser vivida, el amor, la amistad, el sabor de la victoria y la derrota. #Homero2019”
@Kludiett

“Amé el Canto III, lo que estoy disfrutando de esta movida. A aquellos que son especialistas y me iluminan con su saber, a aquellos que resuenan la poesía y te hacen apreciar las palabras y a aquellos que con su sentido del humor me hacen reír: GRACIAS #HOMERO2019”
Luz Schmaedke

“Vacaciones en compañía de miles con ansias comunes
Acariciando libros, tablets, celus.
Todos junto a Homero y guiados x vos Pablo, que nos hiciste conocer una nueva forma de leer y conectarnos, de amarnos hermanados en la lectura.
#Homero2019”
@MarthaHerrero2

“Entonces el ¿héroe? decide q es hora de pelear, ir tras Héctor y vengar la muerte de su amigo.
Bravoooo!! Al fin! Llevamos 18 cantos esperando q hagas algo, papanatas!
Me imagino q con tu enojo ya estás corriendo hacia el centro de la batalla RIGHT NOW, no?... No?...
NO”
@MaribasOK

La Ilíada, un canto al destino trágico marcado por los dioses. Un canto de sufrimiento, amor, venganza. Nos ha dejado la certeza que las pasiones humanas son eternas. Gracias P. Maurette y a todos los participantes que dejaron su impronta en esta lectura colectiva de #Homero2019”
Graciela Fiorini

“Para los q no lo hicieron y se quedaron con ganas de ver cómo les fue a los troyanos, léase el Libro II de La Eneida de #Virgilio2018, yo lo estoy releyendo y se disfruta mucho más post #Homero2019”
@mpazmolina

“Es un enorme placer seguir tus iniciativas de lectura. Y enriquecedora la mirada que cada uno aporta en tweeter. Leemos acompañados de todo el mundo. #Dante2018 #Cervantes #Homero2019”
Andy Carmona

Tienes que agregar la advertencia: “Cuidado #Homero2019 puede ser altamente adictivo”
@katsujinkenjf

Cada vez que leo a Homero referirse a los aqueos como “melenudos”, no puedo evitar pensar que sería un gran nombre para una banda de rock.
#NowPlaying #LosMelenudosAqueos #Homero2019
Babuino Caro

Y llegamos... Leeré el último canto deleitándome, con lentitud, saboreando cada línea, cada expresión, cada personaje… Un modo de despedirse de “La Ilíada”, se agradece la iniciativa de @maurette79 para #Homero2019 ... Iré sacando el polvillo de "La Odisea".
@CirceF_

“Qué felicidad abrir tuiter y, cada vez, encontrarte con una conversación literaria sobre #Homero2019”
Armando Reyes Arratia

“No lo creo!! Terminé La Ilíada #Homero2019 . En secundaria solo me contaron de este libro como parte de la historia universal. No creí que fuera una lectura tan agradable. Difícil sí, pero nunca aburrida. Gracias @maurette79 por hacer el esfuerzo colectivo”.
Yamil Ortega

“La cólera de Aquiles parece no aplacarse con nada. Mató a Héctor y a cuantos se cruzó por ahí; y sigue matando hombres y animales inocentes en los funerales. Como si la muerte lo pudiera redimir; pero al ver que nada calma su dolor, se aumenta su crueldad.
#Homero2019”
@norita_lee

“Siempre que acabo de leer un clásico que me tomó varios meses, me invade una sensación de nostalgia. Adiós Ilíada. Hola Odisea. #Homero2019”
Cristina Liceaga

La iniciativa de @maurette79 con #Homero2019 es, además de un interesante ejercicio de lectura, una forma de encuentro. Una posibilidad de conocer a otros lectores.
@eltwdematias

“Experiência incrível ler com um conjunto de pessoas de todos os cantos do mundo um clássico da literatura. Gratidão #Homero2019”
Mara Paulina Arruda

 

 

Imágenes: Romina y Manuela

 

***
Marina Tabasso. Virgiliana, Cervantina, Eterna Lectora.
(@eterna_lectora)

 

 

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Hormigas sobre la moral

A propósito de Degenerado, la nueva novela de Ariana Harwicz.
Ismael Rimoldi

¿Cómo será sentir una montaña de hormigas carniceras abalanzarse sobre uno? Sentirlas que se meten bajo la ropa, que nos clavan un millón de mandíbulas y que son tantas que la lucha es inútil. Al cabo de una hora, suponiendo que el corazón aún nos siga latiendo, ¿seguirá doliendo algo? Y mientras siguen devorándonos las carnes, ya sin ninguna reacción muscular pero con el maldito cerebro aún vivo, ¿qué se nos pasaría por la cabeza? ¿Nos serviría de consuelo algún pensamiento? ¿Alguna autovaloración del tipo “de todas formas fuiste un buen muchacho” o “al menos esta vez yo no tuve la culpa”?

Como si nos atacara con un lanzador de hormigas de esa misma especie, en su nueva novela Ariana Harwicz (Buenos Aires 1977, desde 2007 radicada en Francia) nos tira a la cara un aluvión de imágenes que en segundos nos están rapiñando lo más gordo del corpus moral que, queramos o no, nos constituye. Al menos eso parecen querer hacer, en un sentido, las palabras, vociferaciones, consideraciones alucinadas del nuevo personaje creado por una autora que ya se incrustó en el inconsciente de miles de lectores con su tríptico de mujeres alienadas por el clásico vínculo heterosexual y la maternidad (Matate, amor, 2012; La débil mental, 2014; Precoz, 2015; todos editados por Mardulce).

Pero esta vez la cabeza que sigue hablando en un cuerpo que ya no tiene retorno es la de un hombre. Un viejo. Que ni siquiera es padre, o al menos no se sabe si tuvo progenie alguna vez. Pero por qué no. Si podría ser un abuelo como tantos de esos de los que no se tiene noticia, hasta que se la tiene. El título y la ilustración de portada –que generó su polémica en la misma concepción de la edición– anticipan la calificación de novela no apta para todo público y nos describe al protagonista: Degenerado.

¿De cuántos degenerados hemos estado teniendo noticias últimamente? Al menos a un par ponemos en la categoría sin dudas. Días antes de que el libro de Harwicz saliera a la calle (en simultáneo en España y en Argentina, gracias a la impresión nacional por la que bregó la autora, realizada por convenio entre Anagrama y la distribuidora local, Riverside Agency), los medios argentinos empezaron a titular y describir hasta el morbo la historia del pediatra del Hospital Garrahan, detenido luego de incautarse su celular y otros dispositivos a la luz de una investigación internacional sobre una red de producción y circulación de imágenes porno de infantes y abuso de menores.

Debe ser el delito tipificado penalmente que mayor condena social genera, además de repulsión e incomprensión. Genera odio. Nadie duda en pedir la mayor de las penas legales a quien es capaz de someter a un niño o niña ni perdonaría nunca a quien es capaz de violar su intimidad e inocencia. Por fuera de la legalidad, muchos aplicarían –y aplican- el peor de los escarmientos sobre quienes traspusieron el último límite de lo que consideramos una conducta verdaderamente humana.

Pero Harwicz es escritora, no está explayándose sobre una temática puntual para el posterior análisis de peritos policiales ni pudo calcular que justo iba a publicar algo que encontraría eco en los noticieros. A lo sumo uno podría imaginar que, como escritora, sabe que en este mundo todo lo peor sucede todo el tiempo. Que lo peor para la ley y la moral no lo es para la cabeza de muchos. Que el hecho de vivir contiene también aquello que condena a la propia vida, que la mata o que la enloquece, como otra forma incluso más oscura que la propia muerte.

Si se quiere encontrar en la ficción más cercana algún relato directamente involucrado con la temática en boga de la crónica policial de estos días, bien vale la pena mencionar aquí a Fuera de lugar, la novela negrísima de Martín Kohan que parece haber sido premonitoria, aunque también se trata de un ejercicio narrativo, de la red que se estaría destapando en la realidad. Tan sólo por mencionar a otro autor argentino adoptado por Anagrama y que, justamente, presenta Degenerado, junto a la autora, de visita en Buenos Aires, y a Flor Monfort.

Pero lo que hace esta Harwicz en estado puro –relato sin respiro, delirio que shockea, gramática alucinada en una voz trastornada que alcanza una poética siniestra– es enfrentarnos con el peor de los monstruos que está entre nosotros y que hemos ayudado a crear, al menos quienes hayamos vivido parte del siglo XX. Un simple vecino que habita, en este caso, entre un nosotros de un pueblo francés, menuda locación para recordar a Céline y mofarse de los hipócritas que lo han leído. Claro que hay escalas. Sin embargo sabemos que hitos del horror humano como los campos de concentración, los pogroms, lo gulags o los vuelos de la muerte sirven para denunciar la segregación y la demencia de las obediencias debidas allí cuando germinan en cualquier momento. Al mismo tiempo, es sabido, esos sucesos nos ponen en evidencia como comunidad, como lo que somos capaces de hacer en grupo, de acordar e impulsar, aunque más no sea temporalmente, o de intentar acallar de la memoria luego de los hechos.

Aquí en Degenerado el hecho parece ya haber sucedido. Tanto el hecho generado por él, como la historia del siglo que lo degeneró a él. Esto la diferencia, también, de Matate, amor, la primera novela de Harwicz –de culto para miles de seguidores, condición que fue reafirmada con el tremendo unipersonal de Érica Rivas dirigido por Marilú Marini, que agotó entradas función tras función en 2018 y podría haber seguido haciéndolo–, en la que la autora nos tenía en vilo ante cuchillos que se afilaban para preparar la cena familiar. Ahora el suspenso de estas 120 páginas queda del lado del lector, que pasa a ser otro de los vecinos o conciudadanos del tribunal popular que quedará formado. El menor o mayor grado de empatía con el viejito vecino quedará por cuenta de cada uno –aquí no están esas madres pre revolución feminista–, ya que lo que trama el relato y el monologuismo del protagonista es un camino inevitable de juzgamiento, hasta los bordes de un foso que nos asoma a los restos de la estructura moral, si es quedó algún hueso de ella en el punto final.

Harwicz –nominada al Man Booker International en 2018, un año después de su compatriota Samanta Schweblin, junto a quien integra, con Mariana Enríquez, esta suerte de camada reciente de escritoras argentinas noir o góticas que se están traduciendo al mundo– retoma también, para regocijo nuestro, lo que parece ser su dispositivo esotérico de escritura: como si fuera una médium literaria, la autora escribe como poseída por el demonio que habita en sus personajes. Ellos nos hablan a través de lo que la autora escribe. Ellos le dictan todo lo que les pasa, y nosotros nos quedamos solos frente al monstruo que nos habla. Una cabeza parlante, un cerebro aún activo que nos dispara palabras aún después de que todo el resto de su ser, o del nuestro, ya ha sido degradado.

Es un dispositivo jugado. Harwicz sigue asumiendo el mismo riesgo de sus novelas anteriores sin medirlo, no porque le resulte gratuito llegar hasta los extremos, sino porque no concibe la escritura sin esa libertad. Explora en Degenerado hasta el límite de las posibilidades un nudo y un estilo, para consolidar su marca propia, y a la vez se aleja de los tópicos de su primer tríptico. Celebramos entonces la nueva apuesta de esta autora y también la de una editorial que, en su cincuenta aniversario, la suma a su catálogo con el mismo espíritu de búsqueda que le dio origen.

 

***

Ismael Rimoldi. Nació en Córdoba, reside en Buenos Aires. Periodista y lector compulsivo.

Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) estudió Guión Cinematográfico, Dramaturgia, Artes del Espectácu­lo y Literatura Comparada. Ha publicado las nove­las Matate, amor (Premio al Mejor Libro del Año de La Nación, nominada en su versión inglesa, Die, My Love, a los premios Republic of Consciousness y Man Booker International 2018 y en su versión alemana, Stirb doch, Liebling, al Internationaler Literaturpreis 2019), La débil mental, Precoz y, en colaboración con Sol Pérez, el ensayo Tan intertextual que te desmayás. Sus libros se han traducido al alemán, árabe, croata, francés, georgiano, hebreo, inglés, italiano, polaco, por­tugués, rumano y turco, y se han convertido en obras teatrales representadas en España, Argentina, Ecua­dor, Uruguay e Israel. Vive en Francia desde el año 2007.

 

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Hombre al agua

Jorgelina Etze

Nuevas formas crecen
Son tan atractivas
Quiero descansar de todo ayer.
“Hombre al agua” Soda Stereo


Recuerdo el susto.
Y el frío. Un frío punzante. Como si miles de alfileres me perforasen la piel, los ojos, la sangre.
Pero la caída no. La caída no la recuerdo.
Bueno, ahora sí la recuerdo. Pero al principio no. La caída había desaparecido de mi memoria.
Luché, claro. Y traté de entender. Pero solo podía pensar en “Hombre al agua” y la canción sonaba en mi cabeza como un mantra.
Mientras pataleaba intentando mantenerme a flote, noté el silencio. Un silencio espeso, apretado, pastoso. Un silencio que se pegaba en la piel y que envolvía. Que se tragaba, incluso, los sonidos de aquella lucha desesperada.
Al final, agotado, me abandoné a la corriente. Total, en esas circunstancias, mi destino ya no estaba en mis manos.
Nadie tiene el destino en sus manos, la verdad. Vamos tomando decisiones a ciegas. Tanteando en la oscuridad cuando, para ser honestos, nada depende de nosotros.
Tal vez me resigné porque, en realidad, sentí que no estaba tan mal eso de ir a la deriva. La experiencia podía convertirse en una aventura extraordinaria. ¿Iban a encontrarme alguna vez? ¿Llegaría a una tierra lejana? ¿Qué era esa eterna noche?

Cada tanto veía luces.
Algunas eran muy intensas. Parecían reflectores. Entonces tenía la seguridad de que iban a encontrarme. ¡Si se hubieran movido un poco! Si hubiesen logrado enfocarme…
Pero siempre quedaba al límite de aquella luz. La arañaba, la acariciaba, trataba de tocarla y no podía. La luz, cegadora, se escapaba entre mis dedos como arena o como agua. Se escurría y, después, siempre quedaba solo y flotando en la oscuridad.
Otras veces, muchas veces, las luces eran tenues. Fugaces. Podrían haber sido estrellas o luciérnagas. Chispas que se perdían en el viento.
Tal vez ni siquiera eran luces. A lo mejor eran recuerdos. Fantasmas. Rastros de otras luces. De otros tiempos. Destellos que me recordaban que estaba vivo, que, a pesar de todo, que, en contra de todas las probabilidades, yo seguía latiendo.


Una vez escuché voces. No podía ver nada, pero sabía que estaban ahí. Muy cerca.
Supuse que provendrían de algún barco que navegaba en la zona. Porque tenía que haber barcos, ¿no?
Sí. Las voces venían de un barco. Tenían que venir de un barco.
La alternativa de que hubiera otros como yo, abandonados a la corriente, me aterraba.
Las voces se oían desesperadas. Mejor dicho, una de las veces se oía desesperada. Era la voz de una mujer mayor, casi una anciana.
Sé que insistía en algo, pero no recuerdo en qué.
La otra voz era fría, firme, calma.
─Es un reflejo ─decía─. Nada más.
Fue entonces que la mujer lloró. Pero ya no escuché más. No pude porque las voces se perdieron. Se alejaron.
Y volví a quedarme solo.

Mientras flotaba no tenía memoria de lo que había dejado atrás.
Eso estuvo bien. Si por un tiempo no hubiera olvidado, habría enloquecido: no tengo dudas.
A medida que me adaptaba, que me convertía en hombre/pez, los recuerdos se iban deshaciendo. Se fundían en una niebla opaca que me daba tranquilidad, que me narcotizaba al ir descubriendo mis formas nuevas.
A pesar de la oscuridad, veía claramente. Me sorprendió mi capacidad de ver en la noche. Podía verlo todo. Todo.
Sospeché que no era con mis ojos con lo que veía. La idea me pareció ridícula y la descarté de inmediato.
Levanté la mano. Brillaba. Brillaba como las escamas de los peces o como la pirita en el lecho de los ríos cuando le pega el sol.
Mis manos aún eran mis manos. Mis dedos eran dedos y no había membranas. Pero estaban traslúcidas. Y podía ver los huesos, los nervios, las venas.
Noté, fascinado, el temblor imperceptible de la sangre al fluir. Y una iridiscencia en la piel que, estoy seguro, antes no estaba ahí.
Algunas algas jugaron con mi cara, me hicieron cosquillas. Quise alejarlas pero no pude: las tenía enredadas en el pelo. ¡Eran mi pelo!
Hipnotizado observé a mis rulos flotando alrededor.
Parecían humo en el agua cuando se enroscaban y desenroscaban mientras flotaban a mi lado.
No sé por qué, mi cabeza vegetal me hizo reír.
Entre las algas de mi pelo y el tornasol de mi piel, sentí que me convertía en un ser mágico o, tal vez, mitológico.
Imaginé que me convertía en un tritón y, entonces, sentí una tibieza nueva. Una calidez extraña pero confortable.
El líquido me protegía, me preservaba y, a medida que pasaba el tiempo, descubrí que casi no necesitaba respirar. Tampoco comer.
Flotaba envuelto en un capullo y, supuse, que así debía sentirse uno mientras crecía en el vientre materno. Con todas las necesidades satisfechas, conectado al mundo y a la vida por un hilo.
¿Dónde estaría ese hilo ahora? ¿A qué ancla me encontraría sujeto para no desaparecer?
Mi olfato también cambió. Se hizo más agudo, más sensible. La eternidad tiene un olor mineral que se instala en el agua y en las piedras.
Nunca lo había sentido antes, pero, desde mi viaje, nunca dejé de notarlo.
También percibía otros olores. A veces, a flores. A veces, a químicos. Y siempre un olor nuevo que no podía identificar.
Ahora sé que ese es el olor de la tristeza.

Una sola cosa me hacía falta en aquellos días. Extrañaba el contacto físico. Lo añoraba, lo necesitaba con desesperación.
Precisaba el toque de otro ser humano. Algo que me recordara que yo seguía siendo. Que todavía no me había convertido en agua, en plancton o en oxígeno.
Me hacía tanta falta el contacto que, algunas veces, tuve la sensación de que me tocaban. De que me acariciaban la mejilla, la frente o el pelo.
Se trataba de algo sutil, efímero como el toque de una mariposa, pero ahí estaba. Y me daba consuelo.
En una ocasión, sentí que me sostenían de la mano. Como si alguien no me quisiera dejar ir. Como si con eso intentaran regresarme a algún sitio, a algún tiempo.
Pero nada cambiaba: yo seguía flotando.
¿Cómo había llegado a ese lugar? ¿Por qué?

No sé cuánto duró el viaje. Fue un tiempo indefinido que yo percibía tan eterno como fugaz.
A veces, creo que fueron meses, años tal vez, de viajar abandonado a la corriente. Otras veces, en cambio, estoy seguro de que tan solo fue un instante.
No lo sé. Tal vez nunca lo sepa y, la realidad es que no importa. No importa si fue un siglo o un parpadeo. Fue una experiencia mística, haya durado lo que haya durado.

Y en un día como cualquier otro o, tal vez, en un instante como cualquier otro, la negrura por fin cedió.
Vi formas nuevas que dibujaban la silueta de una ciudad donde el cielo se terminaba. Y, atrás de lo que parecían edificios, como si a lo lejos un fuego verde ardiera arrasándolo todo, se veía un resplandor que atraía.
Que llamaba.
De pronto, ya no me sentí a la deriva. Mis piernas se transformaron en un timón y mi corazón, o tal vez mi cabeza, fijó el rumbo.
A medida que me acercaba, que las formas se definían y que los colores se afirmaban, se afianzaba en mí una certeza: tenía que ir a esa ciudad, alcanzar esa costa.
Sabía, como se saben ciertas cosas, que todo aquello tenía un sentido. Y que era real.
Era real.
Fue entonces cuando empezaron a prenderse luces en la costa. Una a una comenzaron a encenderse, a brillar.
Eran faros. Cientos de faros marcando el camino que me llevaría al otro lado, a mi nueva casa.
Y, entonces, amaneció.
Y abrí los ojos.
Y mi cuerpo ondulaba sobre las olas que, inexorablemente, me arrastraban a la playa. A esa playa vacía y refulgente que se abría frente a mí como una promesa.
Y los faros gatillaron la memoria.
Y recordé todo. Todo.
Las luces, los estadios repletos, los viajes, los acordes, los gritos, los flashes.
Recordé el amor amarillo, la ciudad de la furia, el picnic en el 4° B y tu corazón delator.
Recordé una luna roja, los signos, el rito.
Y recordé lo que sangra.
Y el dolor de cabeza, ese terrible dolor de cabeza. Y las sirenas.
Y la caída. ¡Por fin pude recordar la caída!
La costa se acerca. Casi puedo tocarla.
Ya no floto, no. Ahora mis piernas me sostienen en este otro lado.
Mis pies se acostumbran. Pisan esta arena fina que no es fría ni caliente. Que es suave, perfecta, brillante.
Y eterna.
Salgo del agua y un sol diferente calienta mi piel. Esta piel que hasta ahora estuvo fría y transparente y que ahora parece nueva, renacida.
Miro atrás buscando algo. No sé qué. Al fin entiendo que ahí ya no hay nada. Nada para mí, al menos.
Sé que tengo que llegar al otro lado, que hay algo nuevo, que el camino sigue allá.
Y debe ser cierto porque alguien me llama.
─Gustavo ─escucho.
Y me reconozco.
Y entiendo.
“Hombre al agua” nunca fue un mantra. No.
Fue una premonición.
Todo el tiempo, todo aquel tiempo, fue una premonición.

 

 

***

Jorgelina Etze. Lomas de Zamora, 1974. Abogada, cuentista y novelista. Forma parte de “La Abadía de Carfax“, círculo de escritores de horror y fantasía. Dicta talleres de lectura y escritura creativa en Burzaco y en Adrogué, Buenos Aires. Publicó "No hay una sola forma de morir" (Ed. PasoBorgo 2013. Cuentos), "Cosas de chicos" (Ed. Altazor. 2016. Novela) y participón en "Cuentos de la Abadía de Carfax IV" (editorial PasoBorgo, 2015) y "Gracias Totales" Tributo narrativo a Soda Stereo (Ed. Altazor. 2017)

 

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Noche de guardia

Pablo Martínez Burkett

 

Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.
ADOLFO BIOY CASARES – En memoria de Paulina

 

Sé que habrá escuchado anécdotas sobre las guardias nocturnas. Hechos de violencia, accidentes automovilísticos, domésticos y también sexuales. No digo que no sucedan, pero la gran mayoría de los casos son para consultorio externo: una receta de ansiolíticos, un dolor inasible, un catarro de domingo y cosas así. No tendrían que pasar más allá del triage salvo las ofrendas que nos depositan las ambulancias.

Ese es mi ámbito: soy especialista en emergencias. Soy el jefe del Servicio de Guardia del Hospital Cullen de Santa Fe. Me gusta trabajar bajo presión, con las pulsaciones al tope, tomando decisiones apremiantes: contener una hemorragia fatal, suturar una herida o inmovilizar una fractura expuesta cuando no, resucitar un infartado.

Sé que habrá escuchado anécdotas sobre las guardias nocturnas pero ninguna como esta. La noche del famoso apagón hizo falta más que ingenio para resolver los ingresos. Más que médicos parecíamos curanderos de la Edad Media. Fui al primero que llamaron cuando dos parejitas entraron corriendo por la Guardia a los gritos. Traían un niño atropellado. Las chicas lloraban y a los muchachos no les faltaba mucho. Murmuraban que había sido un accidente, sin querer, que se les apareció de golpe, camino a Paraná, por la Ruta Nacional 168, en el medio de la Isla Berduc. Que vieron un centelleo, como relámpagos azules y que el chico salió de la nada, de golpe, corriendo, como un enloquecido, que alcanzaron a frenar, pero que se cayó desvanecido, frente a los faros del coche. Hicieron todo mal, empezando por mover al herido que al menos, no parecía tener una lesión cervical pero dijeron que cuando quisieron llamar a Emergencias ninguno tenía señal. Para revisarlo nos iluminábamos con los celulares. Inferí que el chiquito padecía algún tipo de hidrocefalia. O algún hipertiroidismo por la protusión del globo ocular. Para decirlo más simple: tenía los ojos saltones y la cabeza como un zapallo. Quise hacerle una revisación corporal completa y quitarle el traje de lycra fue prácticamente imposible. Quizás se tratara de algún disfraz de superhéroe. Nunca fui muy apegado a las historietas así que no supe distinguir cuál personaje era. Pobre angelito, respiraba mal aunque no parecía tener lesiones en el tronco. Los signos vitales eran estables pero en el ritmo cardíaco había algo anómalo que no lograba precisar. Rogué que la evaluación neurológica no revelara nada grave. Mientras lo palpaba a tientas, no sé por qué, empecé a sentir ansiedad. Digo ansiedad pero la primer palabra que me vino a la mente fue miedo, mucho miedo. Como los animales que presienten los terremotos. Había algo que no estaba bien. Una especie de motor empezó a roncar muy fuerte. Pensé que sería el generador auxiliar pero enseguida recordé que aquí no hay sistema de back-up. ¿Qué era ese ruido infernal? Todo se tiñó de una luz azul que te hería la vista. En la oscuridad del pasillo vi que avanzaban con determinación tres siluetas cuyo contorno era semejante al de mi paciente. Alcancé a percibir un par de destellos. Después la boca se me llenó de sangre y después un vértigo y después nada. Cuando desperté en la Terapia Intensiva tenía quemaduras de segundo grado en el pecho. De mi paciente y los intrusos violentos, ni noticias. Los muchachos y chicas que trajeron al accidentado se fueron sin dejar rastro. Nadie me cree. Dicen que me electrocuté al patear un cable en la oscuridad. ¿De qué cable me hablan? ¡Si no había luz!

 

***

Pablo Martínez Burkett. (Santa FE, Argentina, 1965) Abogado de profesión y escritor por vocación. Desde 1990 vive en Buenos Aires. Cultiva el llamado fantástico rioplatense con predominio del terror y la ciencia ficción oscura. Tiene más de una docena de premios en concursos pero hace mucho que abdicó de participar en tales eventos. Sus cuentos han sido publicados en las principales revistas que cultivan el género a ambas márgenes del Atlántico. Escribió para programas de radio, ha participado en numerosas antologías y ha sido traducido al inglés, francés, italiano, portugués y rumano. Ofició de jurado en unos cuantos concursos. Sus libros de relatos son: Forjador de penumbras (Galmort, 2011 y la segunda edición USA por Eriginal Books, 2014), Los ojos de la divinidad (Muerde Muertos, 2013) y Mondo Cane (Muerde Muertos, 2016). 

 

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Casas perdidas

Lautaro Vincon

 

También mueren los lugares donde fuimos felices.
JULIO RAMÓN RIBEYRO, Prosas apátridas

 

1
Sabían que iba a llover porque la cancha se había llenado de aguaciles. Aparecían cada vez que se avecinaba una tormenta. Luciano pateó el último penal. Alejandro le gritó que iba a fallar. La pelota dio una comba, rozó el ángulo del arco, se estrelló en la red. ¡Gol!, gritaron las chicas desde las gradas. Yanina sintió celos del entusiasmo que ponía Marina. ¿Tenía que ser tan obvia en festejarlo justo a él?
Los chicos tomaron la pelota. Ambos equipos se saludaron y se separaron. Las nubes negras tomaban forma, se agrupaban. Los truenos rasgaban la quietud de la tarde. Hacía pocos días que había terminado el verano. Según un informe del Servicio Meteorológico, había sido el marzo más caluroso de los últimos cincuenta años. La lluvia, como vaticinaban, traería aire fresco y un alivio para conciliar el sueño por las noches.

Luciano y Alejandro se acercaron a Yanina y Marina, que los esperaban en la puerta de la cancha.
—Si se larga me tengo que ir. Mi vieja no quiere andar pagando un remís después —dijo Marina. Les convido caramelos Fizz de la tira que había comprado en el kiosco.

Empezaron a caminar por la vereda, hacia la casa de Luciano. Habían quedado en que, luego del partido, se reunirían para hacer el trabajo práctico de Ciencias Naturales; algo sobre células haploides y diploides.
—No sos la única —dijo Alejandro—. A mí me dijeron que me trajera paragüas pero me lo olvidé. Y mi viejo no va a querer venir a buscarme si me quedo. Me va a recagar a pedos. Si quieren, nos juntamos otro día.
—Pensé que aprovechábamos hoy. No va a haber nadie en casa. Podemos terminar el trabajo y boludeamos un rato. Seguro que no va a llover mucho.
—Dicen que se viene el mundo abajo, Lucho.
—¿Qué sabés vos, boludo?
—¿Ves los noticieros? —preguntó Marina.
—Le pifian siempre.
—Hagan como quieran —dijo Alejandro—. Yo, hoy, no puedo.
—Te sigo. ¿Y vos, Yani?
—A mí no me dijeron nada.
—Si querés, podemos adelantar una parte nosotros y les dejamos el resto a ustedes —dijo Luciano—. ¿Les va?

Alejandro y Marina asintieron. Los cuatro se saludaron rápido. Las primeras gotas empezaban a caer cuando Yanina y Luciano doblaron en la esquina.
La casa de Luciano quedaba a cuatro cuadras de la cancha. Cuando llegaron, la llovizna había tomado forma hasta transformarse en goterones gruesos que picaban cuando golpeaban en la espalda o en la cabeza. El viento fresco volaba las hojas de los árboles y levantaba ráfagas de tierra.

Luciano abrió la puerta. Yanina entró detrás de él. Lo esperó mientras le buscaba un toallón para que se secara. Ella tenía el pelo empapado. Luciano volvió y se lo alcanzó. Yanina se envolvió la cabeza. En un momento de distracción, Luciano aprovechó para espiarla de reojo. Se le notaba el corpiño turquesa abajo de la chomba del colegio. Yanina le preguntó dónde colgaba el toallón. Luciano le dijo que no se hiciera problema. Se lo entregó. Él desapareció por unos segundos. Nuevamente, ella quedó sola en la entrada.

El desorden era peor del que imaginaba. Los rincones, y los dos sillones del hall, estaban llenos de cajas a punto de rebalsar. Parecían haber dejado una mudanza por la mitad. Yanina recordó la vez que, con su familia, se habían mudado desde Villa del Parque hasta Avellaneda. Sus padres habían tardado varios meses en desembalar hasta la última de sus pertenencias.

Alcanzó a ver libros, trozos de maquetas, diarios, disquetes, reglas y escuadras que sobresalían de las cajas.
—Qué linda casa que tenés —dijo cuando Luciano volvió.
—Gracias. Vení. Pasá. No te vas a quedar toda la tarde ahí.

La lluvia era un murmullo que golpeaba contra las tejas del techo.

El comedor estaba en silencio. Parecía deshabitado, como si nadie hubiera estado en la sala durante un tiempo. En el suelo, una fina capa de polvo. Los almohadones de las sillas y de los sillones no tenían los huecos característicos que delataban el uso cotidiano, como tampoco se percibía el olor a comida que siempre flota en cualquier hogar por más ventilación que haya.
Luciano le ofreció gaseosa a Yanina. Ella eligió una Coca-Cola.

La computadora estaba en el estudio del padre de Luciano. Yanina lo siguió hasta la habitación. Era amplia. La alfombra tenía el dibujo de un castillo medieval. Enfrentado a la puerta, un ventanal por donde ingresaba la luz. Luciano dijo que su padre necesitaba buena iluminación porque era arquitecto. Yanina comprendió entonces el uso que le darían a los materiales sobre el escritorio y en las cajas apiladas del hall. A su alrededor había tableros y bocetos, hojas blancas superpuestas con planos dibujados a mano alzada, un portalámparas lustrado, planos enrollados y libros de diseño sobre los estantes amurados, dos tachos de basura llenos de bollos de papel. Sorprendida, Yanina se detuvo a mirar el cuadro de la pared detrás del escritorio: un hombre que flotaba y tocaba una puerta. Luciano, sin perderse un movimiento de ella, comentó que el artista era Le Corbusier, un suizo devenido en francés. Yanina dijo que no lo conocía. Luciano le pidió ayuda para cargar la computadora. Tomó el CPU y el monitor de encima del escritorio mientras Yanina llevaba el mouse en una mano y el teclado en otra.

Otra vez en el comedor, se sentaron en los sillones mientras la computadora se iniciaba. Yanina, que había preferido no beber en el estudio por miedo a volcar una gota, dio un trago largo a su gaseosa. Luciano buscó las consignas anotadas en la carpeta. Decidieron, al unísono, que ellos responderían las veinte preguntas con la información que encontraran en Internet y le dejarían el armado de las cuatro cartulinas a Alejandro y Marina.

Dos horas tardaron en recopilar los artículos y copiar las respuestas. La lluvia no amainó, incluso se intensificó. Podían verla por la puerta corrediza del comedor que daba al jardín. A través del vidrio se distinguían los canteros con flores de un amarillo pálido. Yanina no podía reconocerlas. Nunca había entendido mucho de plantas. Clavada en la tierra, una tijera de podar. Como había pasado con el cuadro del estudio, Luciano siguió su mirada.
—Son jazmines.
—Si no lo decías, no tenía ni idea.
—Yo sé mucho porque mi viejo no deja de repetir las cosas mil veces. A veces se pone insoportable.
—¿Y tu mamá qué dice?
—Para ella, cuanto más aprenda yo, mejor. Es profesora particular a domicilio. Por eso no está ahora. Y mi viejo hasta la noche no llega, se queda en la oficina.

Yanina pensó en su propia madre, encerrada todo el día en la casa, limpiando, haciendo los mandados. Y en su padre, empleado de la cerrajería. Jamás le habían estado encima para que ella aprendiera más de lo que necesitaba. Con lo que le mandaban en el colegio tenía de sobra.

Se puso de pie. Se acercó a la puerta corrediza. Luciano se colocó a su lado. Las gotas rebotaban en las baldosas del jardín.
—El año que viene, mi viejo quiere poner una parra. Una planta de uvas. Mi vieja no lo deja. Dice que en el verano, con estos calores, se va a llenar de bichos. Él le dijo que lo piense, les puede dar sombra. Si mi vieja se lo discute mucho, va a salir con lo de siempre: al final, la casa es suya, total la construyó él.
—¿Tu papá hizo la casa?
—Sí. Armó los planos y controló toda la construcción. No es la primera.
—Wow. Qué bueno debe ser vivir en un lugar que armaste vos mismo desde cero.
—Mi viejo está bastante obsesionado con eso. Le da un poco de cosa que todo sea nuevo. Dice que las casas nuevas son casas perdidas porque no tienen ningún recuerdo de alguien anterior.
—¿Eso qué tiene que ver?
—Decíselo a él. ¿Sabés lo que hizo una vez? Le compró los huesos de un esqueleto a un estudiante de la Facultad de Medicina. Después, los enterró en una de las casas que estaba supervisando. Nos contó que era para dejarle recuerdos al lugar.
—¿Como un fantasma?
—Qué sé yo. Empezó a hacerlo en todos los encargos que tenía.
—¿Acá también lo hizo?
—Sí. En la otra cuadra encontró una gata muerta. La habían atropellado. Un gatito le daba vueltas. Lo trajo para cuidarlo pero se nos murió a los dos días. Lo enterró ahí, en el cantero.

Los dos miraban la lluvia que se calmaba pero que todavía sacudía los jazmines.
—A veces, si miro fijo, lo veo saltando entre las flores.

Yanina echó una carcajada. Luciano la imitó. Cuando ella reía así, a él se le ponía la piel de gallina. En el colegio, sobre todo, no podía sacarle la vista de encima. No sabía cuándo había empezado a gustarle. Recorrió la distancia de dos pasos que los separaban y le encajó un beso. Al principio, temió que Yanina retrocediera y todo acabara en un malentendido. Estaba equivocado. Yanina abrió los labios. Su aliento era dulce, el azúcar de la Coca-Cola y los Fizz. Luciano rodeó su cintura. Yanina se abrazó a él. Se besaron durante un rato, hasta separarse. Recuperaron el aliento. Se miraron y sonrieron. Apenas tenían catorce años. Sin aclararlo, ambos sabían que lo mejor sería esperar un tiempo para hacer otras cosas.
Por fin, la lluvia desapareció. Se podía respirar un aire libre de humedad.

Yanina dijo que estaba apurada. Quería volver antes de que anocheciera para evitar los retos de su madre. Luciano la acompañó hasta la puerta. La saludó con un beso en la mejilla. Se quedó mirándola hasta que ella dobló en la esquina.

 

2
Yanina regresa a Avellaneda durante un fin de semana largo. Hace años que sus padres se divorciaron. Su madre vive en el mismo lugar de siempre. Continúa con su rutina, excepto que ya no tiene cerca a su marido ni a su hija, lo que significa menos ropa que lavar y menos comida que comprar. Aprovecha para hacer un curso de portugués. Mientras almuerzan, intenta mostrarle lo que aprendió a su hija pero Yanina se rehúsa porque dice no entender el idioma. La conversación se pasea entre preguntas triviales y asuntos medianamente importantes, siempre relacionados con los planes de ambas a futuro. Yanina está pensando en terminar la carrera de Química y viajar al exterior para conseguir un trabajo acorde a sus estudios. Me encontré a la mamá de Marina, dice su madre, me contó que el que se fue es Luciano, tu compañerito, ¿te acordás? Yanina nunca conoció bien a Luciano. Después de ese beso en una tarde tormentosa, se mudó de nuevo con su familia y jamás volvió a saber de él. Yanina descubrió que lo que le había contado sobre su padre enterrando huesos ajenos en casas recién construidas era una mentira: muchos años atrás, antes de que ellos nacieran, una autora alemana utilizó la misma historia como idea central en un cuento. La memoria de Yanina se remueve. Le pregunta a la madre qué es de la casa donde vivía Luciano. Pusieron un jardín de infantes, dice ella, pero los impuestos eran muy caros y lo cerraron en menos de cinco años; ahora es un baldío.

Al acabar el almuerzo, Yanina se decide y sale a dar una vuelta por el barrio. Camina hasta la cancha de fútbol, que sigue intacta. Como si tuviera el plano grabado en su cabeza, dobla en cada esquina sin equivocarse, sin siquiera controlar la altura de las calles. Tal cual mencionó su madre, la casa de Luciano, que según él había construido su padre, es una ruina. La puerta desapareció, igual que el techo. Solo quedan de pie las paredes. Yanina ingresa sin reparar en que alguien pueda estar viéndola. Las calles están vacías a la hora de la siesta.

El hall y el comedor siguen en el mismo lugar. La única diferencia considerable son los dibujos en las caras internas de las paredes; manos infantiles, animalitos, números y letras. En los rincones, telarañas y manchas de humedad. El estudio del padre de Luciano está irreconocible. Sin todos los objetos desperdigados es una sala más. El hueco del ventanal fue recubierto con cemento. Donde estaba el cuadro de Le Corbusier hay un sol sonriente. En todo el tiempo que transcurrió, Yanina no pensó en Luciano. Los recuerdos la atacan en oleadas. Atraviesa el comedor y se detiene frente a la puerta corrediza, una de las pocas cosas que no desaparecieron, quizá para que los chicos pudieran pasar fácilmente al patio. Descorre la hoja de vidrio. No avanza hacia el jardín, prefiere quedarse en el límite del comedor. Parada donde está, contempla el cantero sin flores. Caída de lado quedó una hamaca de plástico rojo. Yanina parpadea con fuerza. Se restriega los ojos con el dorso de la mano. El gatito parece imitarla en sus movimientos. Se lame una pata. La mira. Maúlla.

 

***

Lautaro Vincon (Buenos Aires, 1991) Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”. Facebook: /vinconlautaro

 

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La reina y Anita

Hilda Cepeda Navarro

 

 

La luz de las once de la mañana baña todo el patio, se cuela por las hojas y refleja unas sombras en la arena amarilla y seca que comienza a agrietarse. Ella juega con las figuras sin formas que se dibujan en el suelo. Debajo del cerezo. Sus grandes ojos color miel, se despiertan, asombrados, sus largas pestañas quedan atentas como unas antenas, frente al pequeño mundo que descubre en el nacimiento de la mata que florea las cayenas rojas.

Siguió la pista de un camino curvo que hacían las hormigas grandes o las culonas rojas, como las llama la abuela. Llevan hojitas, cerecitas. Todas hacen grandes esfuerzos para empujar sus cargas, cuidadosas en su camino, ninguna se sale de su fila, una tras otra, hasta ese lugar secreto que descubrieron esos ojos almendrados, eran unos pequeños volcanes hechos de tierra rojiza.

Poco a poco, va retirando las ramas que caen al suelo y puede develar una gran ciudad. Grandes torres, caminos, colchones de hojitas. Todo está en movimiento, ninguna de las culonas está detenida, unas arrastran granos de arena, mientras otras cavan. Pero nada fue capaz de atrapar más su atención que lo que la reina de la comarca guardaba con recelo, amontonado, contra la pared del patio que da a la casa de Amarilis.

Los más rojos, redondos y enteros cerezos ya los tenía la comarca. Se le habían adelantado. Por impulso revisa sus bolsillos para ver los que ella pudo conseguir. Estaban pintones, entre verdes y amarillos, duros, golpeados por la caída. Cómo puede tener la reina tantos cerezos que brillan. Eran como irreales, tan grandes. Sus súbditos debieron trabajar muy duro para llevar hasta su rincón esos frutos.

Su boca se hizo agua, comenzó a imaginarse lo dulces y jugosos que estarían. Quizás si tomaba uno, ese que está justo en la copa, ese un poco golpeado, muy maduro, a lo mejor no les daría tiempo al pueblo comérsela. Sólo una no haría problemas. Ni lo notaran, además ellas tenían tantas.

Con firmeza apoyó su mano al muro. Con la otra retira el cabello negro que le cae sobre la cara. Debe precisar muy bien el movimiento para que ninguna de las trabajadoras note su desafío. Los pies juntos y descalzos. Alarga el otro brazo y toma por el tallito esa cereza robusta que la llamaba. En lo que la toca otra rueda como pidiéndole también ser llevada. El impulso hace que separe la mano que apoya en la pared y que tome las dos cerezas.

Ya en sus manos, las observa, por donde las morderá primero, será mejor meterlas por completo en la boca. Sin darse cuenta, en medio de su contemplación las celosas e inmaduras cerecitas de su bolsillo, saltan como enojadas por su indiferencia, todas comienzan a caer sobre las torres de las culonas. La reina pronto se da cuenta de lo sucedido y en un acto de reflejo, corre sobre el dedo gordo, desprovisto de vestido, que tiene frente a ella.

Justo cuando las dos jugosas cerezas habían pasado la barrera de leche. Sólo alcanzaron a ubicarse en las mejillas, cuando el grito por el ataque de la soberana, provino.

La tía sale a la puerta y ve a la niña con la cara roja y las mejillas inflamadas. Sólo puede ser que esté enferma. No hay tiempo para nada, hay que llevarla pronto donde el compadre, el de la calle Venezuela. Sin esperar a más la toma en brazos y sale corriendo con ella.

La furia de la soberana se siente en su dedo gordo, mientras que aún no ha podido morder las cerezas. Sólo las lleva en la boca, guardadas entre las mejillas. Llega al frente de una casa de colores lavados, una cerca de madera a medio cuerpo. La tía toca el candado, abre de inmediato la puerta y pasa a un largo patio, donde la espera un hombre extraño, con muchos collares, tez oscura, ojos rasgados.

La toma en sus brazos, ella tiembla, impresionada. “Tiene fiebre” dice, le ve a la cara, y se fija como se aguan sus labios, “mucha saliva”. La sienta, prepara una madera, pone la cabeza de Anita sobre la tabla, ella sólo puede ver como el con los ojos cerrados toma un mazo y apunta sobre ella. Sus ojos quedan atentos, hasta que se da el golpe certero en la madera. Un grito vino seguido de las grandes cerezas. Salieron disparadas por su boca, cuando abrió los ojos sólo pudo ver como su preciado botín, se alejaban y se perdían entre el matorral.

“Ya está curada”. Vuelve a casa, con la tía, debe quedarse en cama por unos días por recomendación del compadre. Anita llega solloza. La abuela la espera para abrazarla y premiar su valentía con un rico dulce de cerezas muy maduras que tomó de la mata, al amanecer, para preparar el postre preferido de la niña.

 

***

Hilda Beatriz Cepeda. Nació en Caracas. Estudió artes plásticas, mención escultura, danza, teatro y periodismo. Ejerció el periodismo en diversos medios e instituciones culturales. Es maestrante de Comunicación y Creación Cultural, en la Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires.

 

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Choperas

María Silvia Biancardi


— Lo pintamos un poquito y le saco como trescientos pesos de alquiler —dice José—. Podría andar muy bien como verdulería—. Mercedes lo mira por encima de los anteojos. Cuelga el bolso de las lanas en la silla.
—Sí, acá hace falta una —responde mientras se sienta en el borde de la cama y ordena las agujas bajo sus brazos. Se calza los anteojos que apenas le rozan la nariz y empieza a tejer. Escucha los murmullos que vienen del pasillo y el golpeteo de una aguja sobre la otra. Con cada vuelta de tejido terminada lo mira de reojo. Lo ve levantar una mano y tomar aire para hablar.
—¿Por qué le hicimos ese baño?
—No me acuerdo, José.
—Yo quería hacer varias piecitas, ¿te acordás? Pero se vino la hiper y terminamos esta nomás. Igual se la puede alquilar para verdulería.

Mercedes afirma con la cabeza y siente cómo la saliva le raspa la garganta al tragar. La puerta se abre y una voz saluda. Deja el tejido en la silla y se acerca a la joven de guardapolvo que le pregunta cómo fue la noche. Mercedes le explica que todo estuvo tranquilo, que se despertó hace un ratito nomás y que tomó toda la medicación sin problemas.
Controles de rutina. Extracción de sangre. Conversaciones entre doctores. Mercedes permanece inmóvil a un costado de la escena. Ve a José darse vuelta y mirar el respaldo de la cama. Siente una mano en su hombro y se sobresalta.
—¿Está bien? Le preguntaba si en algún momento le pidió tomar algo.
—No, está en su mundo.
—Es importante que esté tranquilo.

Mercedes ve a la doctora que continúa moviendo las manos y la boca. Lo único que escucha es un silbido en sus oídos. Empieza a sentir calor.
—Es claro, doctora —se apura a responder.

Los dibujos que traza José en el aire, su mirada clavada en los tubos que están en el respaldo, los labios apretados. Mercedes no necesita instrucciones para interpretar esas señales. Las lee como una receta de cocina de un menú que ya preparó muchas veces. Acompaña a la doctora hasta la puerta y se acerca a José.
—¿Vos mandaste a poner estas choperas?
—¿Qué choperas?
—Las que están acá atrás.
—No, no hice nada —vuelve a sentarse en la cama y toma el control remoto. Apura los canales de noticias y se detiene en los dibujos animados.
—No me dijiste nada de las choperas. Estabas por abrir un barcito. No es mala idea.

Mercedes se estira y le acomoda la bata, extiende las sábanas y le peina la barba con los dedos.
—Tenés que descansar, José.
—Una cerveza traeme, Mechi, no seas mala.
—No hay, estás internado, no dejan entrar alcohol.
—Dejate de boludear, ¿estás preparando todo para poner un bar y no tenés cerveza?

Mercedes sube el volumen del televisor. Saca el tejido de la bolsa y vuelve a calzarse las agujas. Avanza tres puntos y escucha el crujir de la cama.
—¿A dónde vas? —Mercedes abandona el tejido en la silla y apaga el televisor—. Voy a tener que llamar a una enfermera si no te quedás quieto.
—Voy a comprar cerveza, ni una me diste y tenés todo preparado —Mercedes lo toma de los hombros y lo acaricia. Toma sus piernas y las vuelve adentro de la cama.
—Estás internado. Lo que ves ahí atrás son tubos donde los médicos enchufan cosas, oxígeno, yo qué sé. Acá no hay choperas ni es nuestra pieza. ¿Entendés?

José vuelve a la cama sin quitar sus ojos de Mercedes. Sonríe. Le toma la mano y la besa. Ella revisa el goteo del suero y le acomoda la almohada.
—Es muy buena idea la del barcito, te pasaste. Una cervecita nomás, para festejar. Tengo la boca seca. Vos sabés lo que te pido, Mechi.

Mercedes siente que su cabeza es una pista de baile. El latido en las sienes y el silbido en los oídos aumentan. Inspira profundo y responde en un susurro:
—Una nomás.

Se acerca hasta la silla. Revuelve su bolso. Extiende su mano hasta José, que le devuelve una sonrisa.
—¿Brindamos?
—Por el nuevo bar, chin chin.

En el aire, el golpe silencioso de los puños acompaña el festejo. Mercedes simula beber. Lo ve a José empinar su mano y llevar la nuca hacia la espalda. Con una punta de la sábana, se seca la boca.
—¡Qué fresquita!
—Pasame el vaso que lo enjuago —dice Mercedes. José estira su mano vacía. Ella la acerca, recoge aire y cierra los puños a la altura de su pecho. Algunas lágrimas le nublan la vista. Se limpia con la manga de la camisa, mientras cuida que su puño se mantenga recto, no sea cosa que se caiga alguna gotita al piso.

 

***

María Silvia Biancardi. Vive en la ciudad de Junín (provincia de Buenos Aires). Es docente de Lengua y Literatura. Estudió Letras y actualmente cursa la maestría en Escritura y Alfabetización en la UNLP. Coordina la editorial Rama Negra de su ciudad, que edita y difunde autores del noroeste bonaerense. También coordina talleres de escritura en centros culturales y en la Unidad Penitenciaria N° 13 de Junín. Forma parte del taller de escritura a distancia de Anahí Flores.

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