Letras

Tratado de la Errancia (un fragmento)*

Fernanda García Lao

 

“Cuando los egipcios comenzaron a escribir sobre algo semejante al papel, dotaron a la humanidad de una memoria de fabricación humana”

Lancelot Hogben

 

Cuaderno N° 1 

Introducción

Quiero aportar mi visión en el fértil terreno de la huida. Es una visión histórica, lamentablemente. Los ejes del estudio serán la población femenina escapista, el año 1904 –en el que observé interesantes éxodos, fugas, muertes y demás formas de abandono– y yo. Me asumo botón de muestra. En tal año se produjo mi nacimiento, y desde el principio sentí una especie de furia generacional que me incitaba al camino. Después descubrí que no estaba sola, un montón de féminas padecían la misma fiebre. Las primeras habían nacido en el XIX. Después la temperatura bajó, hasta ese hielo que nos invade: la maternidad, la moda y el amor conspiran contra las vagabundas.

El abordaje no será lineal, ni académico. Mi recorrido será anárquico aunque sensible, de resultados inciertos. En un primer momento, intentaré ser científica, sistemática. Me imagino un transatlántico. Después el estilo será personal, abierto. Un naufragio.

Las fuentes han sido múltiples, pero todas de segunda o tercera mano. Nada fresco, ni real. Todo descartable. Aunque debo confesar que soy mi fuente favorita y mi vida ha sido hasta aquí un intento de fuga frustrado. Pero he tenido mucho tiempo para imaginar. No menosprecien la mente de una mujer estrafalaria.

Al terminar este tratado, me iré. O estaré muerta. Pero acá no me quedo.

En Villa Amelia, sin fecha posible. 

 

Estudio básico preliminar del comportamiento nómade, sin atender al género

  1. Por qué. La pobreza, el hambre, la codicia, los problemas judiciales, las desavenencias conyugales, la curiosidad insaciable o el inconformismo atroz encienden los motivos de la huida. Sin embargo, lo circunstancial es una mera excusa. Habría que considerar el factor genético. El nomadismo sería hereditario. O contagioso.
  2. Quiénes. Los primeros exploradores, conquistadores o cruzados fueron principalmente traficantes, aristócratas, hidalgos, criminales, rufianes y bribones. De ese material humano execrable descendemos. La suma de carroñas foráneas dio como resultado esta humanidad, aparentemente seria y responsable. Sin embargo, varios siglos después se ha invertido el asunto. El sujeto que parte pertenece a otra especie: un desacomodado económica, espiritual o políticamente. Un buscador de cielos, un fanático de lo imposible. Los rufianes operan sin moverse de su condominio.
  3. Cómo. En la Antigüedad se viajaba tan lamentablemente que la gente con tendencia al descanso y el confort desistía y desconocía el mundo. El conocimiento es agotador. Los que sí atravesaban el océano en precarios cascarones confiaban en obtener fortuna. A cambio, padecían infecciones, olían a pis, tenían liendres, tifus, peste y sufrían accidentes de todo tipo: por herida cortante, naufragio, traición, caída, hurto del compañero o asalto del pirata de turno. Con el advenimiento del progreso, los traslados se hicieron más tibios, en aparatos desodorizados. En la actualidad, hay un ejército de serviciales mucamos que hacen cómodo el periplo, a un costo razonable. El viajero ha perdido independencia en el trayecto. Es un condenado al tour, a la visita guiada, a la memoria acotada del estudiante de turismo. El viajero es castigado al recorte histórico y a la generalidad vana.
  4. Progresión. Tras los vándalos transpirados y sin escrúpulos, llegaban los colonos y sus mujeres. Los primeros saqueaban y los segundos comerciaban lo saqueado. Ellas pasaban el trapo. Así crecieron las naciones. Las industrias más desarrolladas durante el siglo XX han sido la armamentística y la desinfectante. Un muerto requiere mucha higiene. La sangre deja huellas.
  5. Las viajeras de mi interés son las que parten sin razón. Su disfrute es el viaje en sí. Tienen un individualismo muy superior al de sus pares varones. No van en grupo. No esperan elevar su estatus, sino perderlo. Viajar para ellas es sinónimo de liberación, significa desprenderse del destino de pastoreo para el que han sido criadas. Las viajeras son ovejas descarriadas. Incluso antes de hacer la valija.

 

Adaptaciones de género

“Cualquier tipo de vagabunda –de ciudad, de campo, de desierto– se viste como si fuera un hombre para pasar inadvertida, adopta posturas masculinas, disimula la voz e incluso el cuerpo. Suele utilizar seudónimos, travestimos en el decir y modificaciones en el ánimo. Todo por temor. Los hombres se comportan como lobos con las rebeldes”. (Extraído de un diario que encontré bajo la reposera).

 

Categorización sociológica-científica

La siguiente categorización obedece al comportamiento femenino reproductor, en un determinado país, en un determinado año.

  1. Reproductoras residentes. Mujeres con tendencia a la preñez recurrente, instaladas en un mismo domicilio durante largos períodos. Generalmente, hipotecadas y anorgásmicas.
  2. Reproductoras migratorias. Mujeres con tendencia a la preñez recurrente, que mudan de domicilio, ciudad o país de origen. A ellas se deben las explosiones demográficas en latitudes inhóspitas.
  3. Reproductoras parciales. Mujeres de preñez breve, una o dos veces, que no se hacen cargo del resultado de sus escarceos y esquivan a sus crías. Esto no significa que las abandonen, las atienden, pero con cara de póquer.
  4. Transeúntes. Mujeres que no llegan a reproducirse por sus constantes vaivenes, tanto emocionales como físicos. También llamadas Hembras Turista o Chicas de No Fácil.
  5. De estado no definido. Mujeres con desordenes hormonales. Peludas o peladas.
  6. Mujeres sin órganos reproductores. O sin domicilio.
  7. Vagabundas migratorias. Mujeres cuyo espíritu advenedizo las lleva recorrer enormes distancias, sin establecer domicilio fijo.

 

Entre las vagabundas migratorias se distinguen:

            La viajera brava (Solenopsis desterrata)

            La viajera loca común (Paratriquina longicornis)

            La viajera boticaria (Tapinoma melancocephalum)

 

  1. La Solenopsis devora sus recuerdos y también la fase inmadura de estos, es decir, los sueños. Olvida sistemáticamente las variables de familia o primer amor. Así, avanza sin culpa y sin equipaje. Es ligera o maleducada.
  2. La Paratriquina es aún más independiente y despojada. Suele instalarse en desiertos o zonas rocosas. Practica tanto el silencio como la observación. Se adapta al paisaje. Consume alucinógenos. A veces.
  3. La Tapinoma es considerada una fugitiva oportunista. Su presencia se observó en guerras y desastres, invadiendo el lugar. Sexualmente muy activa. Cerebralmente calculadora y arribista. Suele utilizar artificios para embaucar a su víctima. En general se observó que la Tapinoma tiene predilección por los hombres frescos o recién bañados, sin importar el lugar de procedencia, de preferencia con rasgos exóticos (orientales, beduinos, peruanos).

 

 *incluido en la novela Vagabundas

 

 

***

Fernanda García Lao nació en Mendoza (Argentina, 1966) pero vivió y estudió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, VagabundasFuera de la jaula y Nación Vacuna, así como los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo y El tormento más puro. Como poeta, editó Carnívora y Dolorosa. En coautoría con Guillermo Saccomanno ha publicado la novela erótica Amor invertido y un libro de relatos, Los que vienen de la noche. Ha colaborado en Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Página/12 y Revista Ñ, entre otras publicaciones. Sus libros han sido traducidos al francés, al inglés, al italiano. Fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Desde 2010 coordina talleres de escritura y clínica de obra.

 

 

“Las mías deben ser historias de redención”

Entrevista a Pablo Di Marco por Adriana Morán Sarmiento 

Pablo Di Marco es un apasionado de los Beatles, los libros y el café. Es escritor, corrector y entrevista gente del mundo del libro para una columna que se publica en una revista colombiana. Si fuera librero recomendaría “volver a leer aquellas poesías, cuentos y novelas que alguna vez hicieron que nos enamoráramos de los libros”, dice.

Pablo escribe en los cafés de Buenos Aires, “aprendí a convivir con el bullicio”, dice; por lo que es muy posible encontrarlo sentado en alguna mesa, escribiendo y tomando un espresso. Otras veces está acompañado, porque es alrededor de la mesa, con una taza de café en la mano, que comparte con amigos las mejores historias.

En 2010, Las horas derramadas ganó el XXI Certamen Literario Ategua, en España y fue publicada por Trifaldi (Madrid, 2015). Este año será publicada en Argentina por Dualidad Editorial. Con Tríptico del desamparo, Pablo ganó en 2012 la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera” en Colombia; después fue publicada en España por Ediciones Palabras de agua (2014), en 2018 por una editorial argentina (Odelia Editora), y este año será editada nuevamente en Colombia por Sílaba editores. También es autor de Espiral, finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España. En 2019 se publicó en Colombia Un café en Buenos Aires, conversaciones con escritores, editores y libreros, que recoge algunas de las entrevistas que realiza el autor para Libros y Letras desde 2013.

 

En Las horas derramadas y en Tríptico se narran dos historias de amor, sinceras y perdurables; pero también son historias de derrota, de pérdida de fe, de caer y levantarse… ¿son historias de redención?

Hay un ejercicio de escritura que me divierte: Darle forma a un personaje rico, tirarlo al último pozo del infierno, y sentarse a ver qué sucede. ¿El personaje se deja vencer? ¿O se rebela? Yo creo que quien sobrevive y logra regresar del infierno será más sabio que el que jamás abandonó el paraíso. Así que intuyo que sí, las mías deben ser historias de redención. 

 

¿Eres de los que se obsesiona con la historia? Por ejemplo ¿te sentiste Gabriel Desalvo en algún momento?

Escribir una novela me lleva unos tres años. Y lo que más me gusta de ese largo proceso es la posibilidad de tener a mano una vida paralela en la que refugiarme cada vez que la “vida real” se vuelve densa. Así que la respuesta es sí, muchas veces me sentí uno de mis personajes, y está buenísimo que así sea. Un autor también es un actor. Un actor que no deberá subir a ningún escenario, pero que deberá sentir, pensar, y hablar como sienten, piensan, y hablan sus personajes. Y el único modo de lograr eso es volverse ellos, ser ellos. No sigamos, porque estoy a un paso de decir: “Yo soy madame Bovary”, jaja.

 

¿Reconociste a Irene en alguna mujer? ¿Tenés la casa llena de espejos?

Irene es totalmente inventada, y en medio de tanto invento, también le metí cosas mías. Me encanta darle forma a protagonistas femeninas. Esa es una de las mejores cosas que me regala la escritura: la posibilidad de vivir otras vidas, escapar de mi cotidianidad, imaginar, mentir, inventar, jugar. Y si voy a vivir otra vida, ¿qué mejor que habitar otro sexo? De todos modos, con Irene me sucedió algo particular: ya tenía al personaje muy delineado en mi mente cuando, viajando en subte, vi delante de mí a una mujer que… era Irene. Te lo juro Adriana, era Irene de pies a cabeza tal cual yo la había imaginado. Tan solo tenía una cosa extraña. Esta Irene “real” usaba unos grandes y gruesos anteojos negros. Me pregunté por qué usaría semejantes anteojos oscuros en el subte. Y me respondí: porque tiene problemas de vista. Y de inmediato comprendí que mi Irene debía tener esa misma problemática. Y eso enriqueció muchísimo tanto al personaje como a Tríptico del desamparo. ¿Me preguntabas si tengo espejos en casa? No, solo los imprescindibles. Los espejos son una obsesión solo literaria. Mis personajes pierden el rumbo muy a menudo, al extremo de que llega un punto en el que se desconocen a sí mismos. Y lo único que pareciera recordarles quienes fueron, es la visión de su propia imagen ante el espejo. Esto ya parece una sesión de terapia, Adriana…

  

Dijiste varias veces que el verdadero trabajo de una novela comienza cuando ponés el punto final, ¿te apasiona más el trabajo de corregir?

Cuando termino de escribir la primera versión de una novela, sé que lo que tengo delante es apenas un buen bloque de mármol. Y que el verdadero trabajo empieza recién en ese momento, con la corrección. Es ahí cuando ese bloque se pica, lima y pule hasta llegar a la forma adecuada. Sí, me apasiona corregir, es la parte del proceso que más disfruto y valoro. Con el correr del tiempo aprendí que en la corrección radica la verdadera escritura.

 

¿Qué tanto nutre tu trabajo de corrector en tu escritura?

  Yo tengo una relación amor-odio con mi trabajo de corrector. Por un lado a veces me da bronca que me quite tanto tiempo para escribir mis libros (después de estar varias horas revisándole textos a otros autores, lo último que puedo hacer es ponerme a escribir mis cosas). Pero por otro lado soy muy consciente de lo mucho que aprendo durante mi trabajo. Revisarle textos a otros es un gran entrenamiento.

 

En la película La vida de Pi, en la que un niño naufraga con un león, hay dos versiones de la historia, la del naufragio con animales y otra más creíble. Al final, un periodista le pregunta al protagonista cuál es la historia real y éste le contesta que es la que él escoja, “después de todo, es una historia de fe”. Algo así sucede con los finales de tus novelas… hay fantasía y también cruda realidad. ¿Qué opinas?

¿Sabés que no vi esa peli? Qué pena. Pero entiendo a lo que apuntás. El argumento de un libro no es tan importante como parece, porque el argumento es siempre una excusa para hablar de otra cosa. Por eso me aburre la usual pregunta: “¿De qué se trata tu libro?”. En general importa poco de qué se trata un libro. Se puede utilizar a la guerra para hablar del amor, así como el amor puede ser una gran excusa para hablar de la guerra. El alma de un libro muchas veces está más presente en la subtrama que en la trama, está más en las entrelíneas que en lo que se ve en primera instancia, está más en lo que susurran los personajes secundarios que en lo que declama el protagonista. Y yendo a lo que me decís de la fantasía y la realidad… en mis novelas me gusta jugar con una realidad que en un determinado momento es atravesada por lo fantástico. De todos modos creo que podríamos hablar un buen rato sobre qué es real y qué fantástico. Me parece que para mí esa frontera es más permeable que para la mayor parte de la gente.

 

Eres un apasionado de Alejandra Pizarnik, ¿hay algo de ella en tus novelas?

Me interesan todas las facetas de Alejandra: el mito, la artista, la suicida, el ícono, su luz, su sombra. Me atrae todo lo que la rodea, pero sobre todo me atrae su poesía. Digo esto porque a veces siento que el personaje se impuso a la poeta. Alejandra fue muchas cosas, pero ante todo fue una artista, una escritora que exprimió las palabras hasta agotarlas. Y es tanto lo que me atrae Alejandra que hace un par de meses terminé de escribir una novela que la tiene de protagonista. Antes te dije que escribir una novela me lleva unos tres años. Esta me llevó casi cinco. Fue toda una experiencia vivir una vida paralela de cinco años en compañía de Alejandra. Aprendí, me divertí y sufrí como un condenado.

 

—“De tanto elogio desmedido terminamos vaciando el contenido de ciertas palabras”. Leí esta frase en la entrevista que te hizo Marvel Aguilera.

Sí, me acuerdo. Le dije eso a Marvel mientras íbamos por la cerveza número veinte una tarde de cuarenta grados. Es llamativo que tantos escritores, editores y periodistas culturales hayan olvidado que ninguna palabra es gratuita, que las palabras tienen un significado, un peso y un valor. Y que a ciertas palabras hay que ganárselas con talento y esfuerzo. Hoy basta con embocar un par de oraciones con el sujeto y el predicado más o menos bien puesto para que te traten de genio, alcanza con tener un par de amigos trabajando en el lugar correcto para convertirse en el “secreto mejor guardado de la literatura latinoamericana”. Pero tanto elogio hueco tiene un precio a pagar: cada vez son menos los interesados en leer una reseña, la mayoría descree de lo que dicen las contratapas de los libros. El mundo del libro, de tanto hablarse a sí mismo, terminó por darle la espalda a los lectores. Tenemos demasiadas reseñas que son un insulto al lector, se publican demasiados libros que son una falta de respeto al lector. Y esto sucede, en buena medida, porque le perdimos el respeto al peso, al valor, al contenido de las palabras. 

 

¿Preferís estar lejos de los elogios tanto como de las redes sociales? ¿Qué piensas sobre construir tu obra, tu vida, sobre o a cuestas de las redes sociales?

Qué tema las redes, ¿no? Son una herramienta, y como toda herramienta puede ser utilizada para bien o para mal. Hoy pareciera que no basta con escribir el mejor libro posible. Hoy también hay que crear un perfil de escritor, saber venderse a editoriales, etc. Y todo ese lado B de la escritura muchas veces reduce al escritor a un payaso relacionista público de sí mismo. Yo no soy inocente de nada, más de una vez me encontré haciendo cosas que critico, pero hasta donde puedo intento ser cuidadoso. Yo utilizo las redes para avisar que me publicaron un libro, difundir una entrevista, avisar de alguna presentación, o publicitar el trabajo de gente que quiero y admiro. Me parece ridículo usar las redes para crear un personaje que no soy.

 

Del otro lado de la mesa, como entrevistador ¿Qué es lo que más te atrae de poder “escudriñar” en el otro?

Los escritores solemos sentirnos únicos, y también solemos sentirnos solos. Entrevistar a otros escritores me sirvió para darme cuenta que mis miedos, anhelos, ambiciones y frustraciones se parecen bastante a los de los demás escritores. Quienes escribimos somos gente con una psiquis bastante particular. Casi todos nos creemos tipos muy talentosos, pero a su vez solemos ser muy ignorados, muy ninguneados. Y esa situación nos vuelve muchas veces hoscos y rencorosos. Es como si creyéramos que el mundo nos debe algo por el simple hecho de que fuimos capaces de escribir un libro. En fin, entrevistar a tantos escritores, entre otras cosas, me ayudó a sentirme menos solo, me permitió comprenderlos mejor, no juzgarlos con tanta dureza. Algunos de ellos casi que te diría que me despiertan ternura. A fin de cuentas, si vas a fracasar, mejor fracasá escribiendo. Prefiero morirme escribiendo una novela que morirme en una oficina. Y quién sabe, en una de esas, en medio de tanto fracaso, por ahí el destino se distrae y el mundo termina adorando a alguno de nuestros libros.

 

Además, entrevistas libreros y editores…

Es que muchas veces el centro está en los márgenes. El mundo del libro es demasiado amplio como para circunscribirlo a los escritores. Es muy rico entrevistar a libreros y editores, y también es interesante entrevistar a buenos lectores. El escritor suele estar desesperado, no quedar mal con ningún editor, el editor quiere seducir al periodista, el periodista es condescendiente con las grandes editoriales. Todos parecieran deberle algo a alguien. Pero el buen lector es libre, y esa libertad le permite opinar con adorable impunidad. Y a mí, como entrevistador, esa adorable impunidad me alegra el día.

 

Tienes una larga relación literaria con Colombia, libros publicados, premios, visitas, amigos… ¿consideraste homenajear esa relación en algún libro, como hiciste con Venecia en Tríptico?

Colombia se lo merece, claro que sí. Una de mis objetivos con Tríptico fue homenajear a la cultura de un país que amo: Italia, así que bien podría hacer lo mismo con Colombia. Es raro, decir que en Colombia tengo amigos es decir poco, lo que yo tengo en Colombia son amores, amores de esos que dejan huella. Ojalá algún día pueda devolverle a ese país tanto amor. La próxima publicación de Tríptico de la mano de una editorial tan bella como Sílaba Editores me tiene muy feliz.

 

Al Pablo el lector, ¿qué lecturas le gustan?

Las que me llevan a otro mundo y me permiten vivir otra vida. Hay cada vez menos de eso, ¿no? Hoy estamos repletos de libros sin más protagonista que el autor del libro. Pareciera que los escritores están tan desesperados por hablar de ellos mismos que se olvidaron de su principal tarea: inventar, jugar, mentir, crear.  

 

¿Cómo sería tu librería perfecta?

La librería perfecta debería tener a mi disposición una Enciclopedia Británica. Sí, una enciclopedia, Adriana. Vos me conocés, tengo alma de señor mayor… También debería tener un lindo barcito que prepare un riquísimo espresso. Y, por supuesto, sus libreros debieran ofrecerle mis libros a cada incauto que entre, jaja.

 

—¿Eres un escritor valiente?

Me encantaría poder decirte que sí, pero la verdad es que a veces me siento bastante cobarde. Escribir es ponerte cara a cara ante tus propios límites. Y me parece que en más de una ocasión opté por el camino más cómodo, ese que te dice que así está bien, que no es necesario esforzarse más. Sé que soy bastante obsesivo con la escritura de mis libros, pero a veces también creo que pude ser mejor que esto. No sé. 

 

***

Adriana Morán Sarmiento. Publicó Yo soy el mensaje. Ensayos de gestión cultural (UNICA, 2009); Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito (Edición independiente, Buenos Aires, 2009) y Crónicas repetidas (Exposición de la actual narrativa rioplatense, 2014).
Dirige La Vaca Mariposa Libros y Revista Muu+ Artes y Letras.

Fotos de Gisella Lifchitz.

 

 

Poemas

Robin Myers

 

Lo demás

¿De qué se trata en realidad, esta necesidad de compararlo todo,

de hacer que cada cosa se parezca a otra cosa, de abrirse paso a fuerza de metáforas

hacia un tipo de calma que no sea parecida a un andamio construido alrededor del aire, sino concretamente eso?

Me senté en una iglesia en Masaya, Nicaragua, mientras caía la tarde,

elegí el banco por la forma en que la luz bañaba el suelo, filtrándose a través

de los vitrales con reflejos rojos.

Pensaba, al observarla, que esa luz se parecía un poco a una mancha de sangre

que se fuera extendiendo sobre algo blando y luego se dejara al sol; quizá se pareciera más

al jugo de sandía derramado sobre sábanas blancas. Pero al final,

honestamente, se parecía más a una luz roja reflejada en el suelo de una iglesia en Masaya, Nicaragua,

mientras caía la tarde. Y te pido perdón por apartar esa luz de sí misma,

por anunciarte que esta noche la luna es más delgada que una moneda sumergida en el agua,

por decirte que cuando te reís te parecés a un fósforo al momento de encenderse.

Yo, si pudiera, viviría de un fogonazo cegador a otro,

si aquello no entrañara alguna forma de desesperanza, un debilitamiento

de la fe, si es que puedo tomar prestada esa metáfora; un desarmarnos a nosotros mismos como un rompecabezas,

junto con cada vínculo que establecemos y perdimos; la plenitud, sin duda,

es algo secundario y más penoso. Puesto que cada vez que respiramos

es en verdad igual a la vez anterior; caso contrario, tengo que creer

que eso que se transmite, se comparte, o al menos se recuerda, es hacia dónde va esa respiración,

por qué sucede, por qué la necesito; es todo, todo lo demás.

 

 

Partir el pan

Comemos.

Él se tensa

sobre el hueso arqueado de su estatura.

Yo estoy desaforada, maltrecha, colorada,

poco fiable mi estómago.

Buscamos, cada vez que nos peleamos,

elegantes comidas extranjeras:

ensalada de algas, traslúcidas,

con engarces de sésamo;

espesos ñoquis a la crema de zapallo,

tan dulces que a la vez me calman y me caen mal;

carne argentina, su delicada sangre apenas más clara

que el vino.

Tomamos.

No tomamos lo suficiente.

Nos amamos,

pasamos hambre,

somos mezquinos.

Irrelevante la comida, extravagante,

prescindible, cara.

El cuerpo agradecido

por tener qué tragar

y desechar.

Volvemos en auto a casa.

Casi no hablamos.

Nos dormimos,

despertamos

con la panza vacía.

 

 

El retorno

Ésta es la calle donde

naciste. Ésta es la llave que se te cayó en la nieve,

y éste es el abrigo que te pusiste para ir a buscarla.

Éste es el cielo visto desde la ventanilla del avión, la mañana que te fuiste

del país. Éste es el lugar del que pensabas que jamás te irías.

Éste es el sándwich que comiste en la escalinata de una iglesia,

las migas que les diste a las palomas. Ésta es la funda de la almohada

que todavía tiene pelos tuyos. Esto es el verano.

Éste es el continente que cruzaste,

la carta que pusiste a lavar con la ropa por error,

el cuchillo con el que te cortaste picando una cebolla.

Ésta es la maravilla de poder reconocer a un amigo por su tos

en el cuarto de al lado. Esto, aunque estás durmiendo, es un ratón

debajo de las tablas de madera del piso, y ésta es la luz que las recubre,

y éstas son las sombras que salpican la columna vertebral

de alguien que está de espaldas.

Esto es casi lo que querías decir.

Esto es alguien que toca una pieza de Brahms en el piso de abajo,

el vaso de agua que tiembla sobre el piano, el agua derramada.

Esto es enojo, es una clase de manejo, un año de tu vida;

es la parada del colectivo, la sábana, la ola de calor;

éstos son los fuegos artificiales que mirabas

a lo lejos, mudos como claveles.

Ésta es una soga que tenés en la mano

y estos son tus dedos, ardidos y despellejados, que la rodean.

Esto no es una excusa. Esto es el mar, adentro

de un caracol. Esto es el mar.

Esto es, según parece, a lo que hemos llegado.

Ésta sos vos, si decidís volver.

Ésta sos vos si nunca regresás.

 

De Lo demás (traducción de Ezequiel Zaidenwerg)

 

No me acuerdo de cómo fue nacer.

Pero me acuerdo de otras cosas.

 

Primero, atravesar el mar

y después el desierto,

una hamaca en la noche,

un termómetro de vidrio,

una nevada absurda,

una chica,

 

y la cara de mamá,

abierta como el agua

al abrocharme el mameluco

todos los días de mi vida,

 

en el sentido en que la infancia

es una vida.

 

*

Por un tiempo intenté escribirlo todo:

 

pájaros vistos al pasar en caminatas,

comidas compartidas o no,

novelas manoseadas,

vísceras de animales impresas por las ruedas

en el pavimento,

nombres,

las cosas que pasaron por la cara

de mi papá los meses

de su enfermedad,

los vecinos y las cosas que les escuchaba

gritarles a sus hijos,

sorpresas meteorológicas,

qué día era,

qué hora.

 

Era insoportable.

No se acababa nunca.

 

Todo es un catálogo de mierda, le espeté

a mi amigo el biólogo,

como si le estuviera mentando a la madre.

Me miró desde el jardín,

sonriente, lleno de tierra.

 

Todo,

dijo.

 

*

 

Capa por capa, dice la gente,

como si la historia de acá

fuera nieve sobre tierra sobre roca

sobre qué se yo qué más,

una especie de torta

inevitable.

 

Como si los muros

no fueran más que piedras, no

las manos agrietadas que las apilaron

o fueron obligadas

a partirlas, a partirse

los huesos

para partirlas.

 

Somos injertos.

 

De Tener (traducción de Ezequiel Zaidenwerg)

 

***

Robin Myers, poeta y traductora, creció en Estados Unidos y está radicada en la Ciudad de México. Entre sus libros de poesía están Lo demás y Tener, ambos traducidos por Ezequiel Zaidenwerg. Ha traducido al inglés a Cristina Rivera Garza, Isabel Zapata, Juana Adcock, Mónica Ramón Ríos, Gloria Susana Esquivel y Ezequiel Zaidenwerg, entre otrxs poetas y narradores latinoamericanxs.

 

Eleonora Requena

 

CLIFFHANGERS I

Equilibrado entusiasmo de la mesa, en tanto no se le sobrecargue ni se le sobre exija

De las cuatro patas, una es la más corta, el balance consiste en no mover un dedo

Sería preferible una mesa japonesa y condescender a reclinarnos ante ella

Mientras la mesa cojea de la tercera pata, la botella, las copas y el florero amenazan al mantel con derramarlo

Con los codos en simétrica postura tambaleo sobre la opacidad de las palabras llanas

Eran mis afanes explicar el uso (y abuso) de las palabras, de pronto me acusó un absceso inane y me quedé sin aire

Anótense los límites del equilibrio precario, táchense (guárdense) los restos desafortunados

 

 

RUDIMENTOS

Puertas adentro, un dispositivo celerífero funciona con óptima eficiencia, al menor asomo de una frase, hurga con la aguja el brote, lo sujeta con la pinza y lo desprende de raíz, mutis de nuevo

Si le leo la mano al sueño, su escurridizo acertijo, si me muestra algo de lo que no supe, entonces lo sabré

Al rostro le ha crecido un maderamen: calloso en la base, tierno en los extremos, insensible pero irreversible, la transformación provoca un gran desasosiego

Cavaban hasta hacer visible la boca de un abismo, era preciso abrir el orificio, exponer su gástrico crujido, rodearlo luego, hilar el borde imberbe del hechizo, todos en círculo, atentos al menor zumbido

Nunca como en el sueño supe cuáles nombres hacían justicia a un decir ajeno pero propio en la profunda y dócil medianía, tomaba rápidas notas de lo que iba saltando sobre lo que creía era una hoja en blanco, como una taquígrafa de juzgado, una tras otra

Basta de cháchara, ni hablar de los sueños, esos que en sus coros me reiteran: cállese o hable bajito, no se brinque de improvisto, disimule al menos

 

   • 

(al margen) ¿qué dejarías por fuera si el terror ya tiene nidos

confortables?

 

   • 

escribe fuerte y claro

ahora que nadie va a leerte

 

   • 

pero bien podría hacerse un claro en esta mesa empegostada

de licores derramados

trapear un poco y fundar de nuevo, justo ahí, en el declive

¿qué origen no tiene un sótano de ruinas?

 

   • 

de acuerdo

hice mi parte en todo esto

pinté la amarga noche

y unos versos

 

   • 

me dejaste

una rosa de los vientos

y esta grieta abierta (abriéndose)

 

   • 

sólo duplico las frases apuntadas en mi libreta

he decidido no escribir poemas

 

 

DIEZ NOTAS AL MARGEN DE UNA PÁGINA EN BLANCO

1. Viejos ardides, nuevos artilugios

2. Se trata de una trama entre dos ausentes

3. Prefiero la periferia a los bordes

4. Aquí sobra todo el espacio

5. Nada se escapa de estas cuatro esquinas

6. La sequía es un fenómeno atmosférico

7. ( )

8. Los sorbos de whisky son la aliteración

de lo no dicho, no escrito, callado

¿previo a un grito?

9. No hay texto, ni pretexto

10. Sí, no se entiende nada, ya sé

De Textos por fuera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Eleonora Requena (Caracas, Venezuela, 1968) Autora de Sed (1998), mandados (2000), Es de día (2004), La Noche y sus agüeros (2007), Ética del aire (2008), Nido de tordo (2015) y Textos por fuera (2020). Su trabajo está incluido y/o reseñado en: Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX, Madrid, Edit. Pretextos, 2019, Cantos de Fortaleza, antología de poetas venezolanas, Madrid, Kalathos, 2016, Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes. Bogotá, Común Presencia Editores, 2014, The Princeton encyclopedia of poetry and poetics, 2012, Las Palabras necesarias, muestra antológica de poesía venezolana del S.XX, LOM, Santiago de Chile,  2010, El Hilo de la voz, antología crítica de escritoras venezolanas del S.XX, Caracas, Angria, 2003, entre otros. Obtuvo el Premio de la V Bienal Latinoamericana de Poesía José Rafael Pocaterra (2000) y el Premio Italia 2007 para la Poesía, certamen “Mediterráneo y Caribe”, auspiciado por el Instituto Italiano de Cultura de Venezuela y el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Boloña.  Ha participado en encuentros literarios en Colombia, Perú, México, República Dominicana, Estados Unidos e Israel. Coordina talleres literarios, actualmente reside en Buenos Aires.

 

Frankenstein y la teoría general de la decadencia

Norberto José Olivar

 

1

La gente caminaba en fila india por el islote que divide los canales de la Circunvalación 2. Salían de entre los ranchos frente al abandonado club de profesores de la universidad. Iban sonámbulos, curtidos de sol y mugre. Cargaban cuñetes y baldes. Se dirigían a sacar agua de un colector al pie de una fuente ruinosa. No era el pozo de la samaritana. Estas aguas servían para bombear pocetas aunque el olor a mierda no desaparecía.

Yo pasé por delante de estos zombis mientras regresaba de la clínica La Sagrada Familia. Acababan de diagnosticarme agnosia. Venía en una camioneta negra conducida por un joven que se decía mi cuñado. Se llamaba Jimmy. Era un sujeto grande, doble, de cabeza afeitada y barba vikinga. Dijo que me dejaría en la fuente de soda Irama para que almorzara y estuviera todo el rato que quisiera. El reloj del tablero marcaba las once y media de la mañana.

¿Agnosia? ¿Qué vaina es esa?, preguntó el mesonero de Irama al decirle que recién me enteraba de esta malignidad circulando en mi sangre. Me trajo un café recién colado, a mano porque llevábamos más de una semana sin electricidad, y se plantó frente a mí a que le explicara bien lo de la agnosia.

No lo sé, respondí, es como una especie radical de asombros y olvidos.

Sigo sin entender, replicó.

Digamos que me estoy volviendo Frankenstein.

El mesonero se tronchó de risa y repitió que no entendía un carajo, pero le parecía genial que ahora me creyera Frankenstein. Como ya le había puesto al tanto de mi rara infección, aproveché para que me diera su nombre, Rubén, dijo sin dejar de reírse. Le pedí que me apuntara los nombres de la gente que iba entrando y que, se suponía, yo debía conocer. Decidí, entonces, que si me preguntaban cómo estaba, o cómo me sentía, respondería que andaba muy enfermo de una bacteria denominada Frankenstein, que este bacilo pestilente no tenía cura y era mortalmente contagioso. Así correrían lejos de mí y yo estaría tranquilo. Ni cuenta se darían que no les había llamado por sus nombres porque no los recordaba para nada. Ideaba este plan justo a la entrada del abogado Henry Marín (apuntó Rubén de inmediato). El abogado, grande y gordo, con un pañuelo enrollado al cuello para que le recogiera los sudores, me preguntó, derrochando gentileza, cómo me sentía. Le dije, con efecto dramático, lo de Frankenstein, y dijo que no me preocupara demasiado, «ahora ninguna enfermedad tiene cura, profesor, hay que andarse a todos lados con mascarillas y guantes, y para remate no hay medicinas para un cipote, seguro que si entra la ayuda humanitaria, algunas goticas traerán para ese mal». Me aseguró que seguiríamos sin luz. El dictador había explicado que la ausencia de energía se debía a un ataque electromagnético perpetrado por ciberespías, desde el Pentágono, con drones transoceánicos capaces de volar por la exósfera a la velocidad de la luz. Después se fue a su mesa y me dejó en paz. Enseguida llegó el profesor de inglés (Rubén me sopló que se llamaba José, pero que yo le decía Torito). El pobre flaco caminó hasta su mesa habitual. Rubén añadió que desde que comenzó este «apagón continuado» sus alumnos habían dejado de venir, pero él llegaba puntual y esperaba. Siempre esperaba.

La fuente de soda tiene horario solar. No había menú completo porque los pollos, las carnes y las leches se pudren. Todo se reduce a café negro y sánduches con quesos rancios. Unos pocos siempre llegan. O llegamos. Nos sentamos a nuestras mesas y hacemos nuestras cosas, «o simulan hacerlas», comenta Rubén con cierta ironía triste. Y aquí estamos, ciertamente, sudando a cántaros a pesar de que están abiertas las puertas. En esto me instruye Rubén en cuestión de segundos.

Yo recuerdo, por ejemplo, unos cuadernos en los que estoy trabajando, pero no a la gente que me rodea, con la que vivo, ni los lugares. Es una agnosia antojadiza. Este café, o fuente de soda, es un descubrimiento muy extraño. Además, puedo consumir lo que quiera y no estoy obligado a pagar nada. Rubén me hizo saber, con un aire de intriga, que la propietaria me había exonerado por razones que nadie conoce, me dice y se ríe como si en el fondo no creyera que no lo recuerdo.

Sebald dice que el ser humano para olvidar lo que no quiere saber, por puro pánico, continúa sus días como si nada pasara, impone sus rutinas, o se inventan otras nuevas por encima de la catástrofe, desde un café de sobremesa hasta los ritos culturales más elevados. Estas son palabras de Sebald y me alegra recordar a Sebald. Bebemos café, pues, para no enloquecer, para mantener el juicio a flote.

No es amnesia sino agnosia. Son distintas. La primera es olvido total. La segunda, como mudarse de país. Vivo al tanto de la ignominiosa calamidad que me rodea, de la exaltada bestialidad que me acecha. De la triste vulgaridad que flota en todas partes. Lo que no entiendo es cómo recuerdo lo que recuerdo y cómo este bacilo de Frankenstein ha podido entrar en mi sangre.

2

Seguimos sin luz.

Frente a la fuente de soda pasa una horda de motorizados intimidantes, con máscaras calaveras. Hacen rugir los motores a lo largo de la calle F. Rubén se ha quedado petrificado mirándolos mientras cruzan frente a nosotros. Le pregunto quiénes son y dice que La Sombra, ¿La Sombra?

«Mejor te traigo un café y la agenda que olvidaste hace días».

El local es una sauna que huele a café recién colado. Rubén me deja una taza humeante sobre la mesa. Va y se recuesta en la puerta que da a la calle F. Fuma como si buscara el rastro de los motorizados. Me pregunto en qué piensa un mesonero que fuma abstraído en la puerta de donde trabaja. Yo bebo un sorbo pensando en la teoría del doctor Carmelo Chapero: si el café tiene la misma temperatura del ambiente uno deja de sudar. Calculo la temperatura del café y decido esperar un poco buscando esa igualación. A la sazón, ya he perdido la noción del tiempo. En fin, abro la agenda de tapas de cuero marrón y veo el título, trazado a mano, en la guarda de cartulina: «Frankenstein, versión lacustre». Mi estremecimiento fue tal que derramé el café. Rubén puso cara de fastidio y fue por otro. Esta taza recargada me la bebí en dos sorbos (olvidé la verificación de la Teoría Chapero).

3

La verdad es que esta agnosia es muy extraña, debo tener algo así como una amnesia dramática, o quizás solo sean vestigios de mi memoria proletaria y yo sea ya, sin darme cuenta, un hombre nuevo. Leo en la agenda lo siguiente: La posmodernidad explicada a putas. Arranca así: «Nadie va a sobrevivir excepto los filósofos y las putas, todos serán consumidos». Y cierra con una frase no menos genial: «Todos somos mutantes, no habrá ya juicio final». Justo cuando estoy tratando de recordar en qué pensé cuando escribí esta nota, o al menos de qué va, llegó un señor, de bastón y guayabera azul manga corta. Se sentó a mi mesa como si nada. Rubén se acerca solícito y me habla al oído. Me dice que el caballero se llama Miguel Ángel Campos y que somos colegas de la universidad. Pues mi colega me cuenta que su hija Angélica acababa de aprobar el «EUNACOM», y ya podía ejercer la medicina en Chile. Esto lo hacía feliz, pero su gesto era de amargura. Su hija haría lejos de él, la vida que se le negó aquí. Como el momento se hizo incómodo, me puse a explicarle que recién me diagnosticaban agnosia y que, la verdad sea dicha, estaba confundido entre recuerdos, olvidos y extrañezas. Por ejemplo, recordaba a retazos un proyecto de reescritura de Frankenstein, pero no sabía nada de mi vida familiar. Le dije: «pongamos el caso de tu cara, no te recuerdo para nada. Rubén me ha dicho tu nombre y que somos colegas». Miguel Ángel Campos me miró con una sonrisa de no sé qué y me dijo que mi enfermedad era una maravilla, que a él mismo le gustaría olvidarse de un montón de cosas. Me preguntó si era contagiosa. Le contesté que altamente. Entonces pidió un café, me hizo beber la mitad y luego me quitó la taza y la acabó él. Dijo que ojalá se hubiera contagiado, pero aún no se olvidaba de nada. Me preguntó qué cómo iba, por cierto, con ese proyecto de la reescritura de Frankenstein. No tengo la menor idea, dije. «Frankenstein va de cualquier cosa», replicó él mismo, «desde el abandono en que nos ha dejado Dios hasta el asombro por las cosas insignificantes de la vida, o del hombre nuevo sobre la faz de la tierra. Es la novela total más corta que se haya escrito».

¿El hombre nuevo de la revolución?, pregunté.

Nunca. El hombre nuevo nacerá de los escombros. Como dice Fadanelli, será mitad filósofo, mitad puta. Al final todos seremos mutantes. Y como dice la canción, no habrá juicio final porque no tiene caso. Como sea, está clarísimo que no seremos los mismos, no después de haber pasado por esto.

¿Y el hombre nuevo de la revolución?, insistí.

Solo es un patán de siete suelas salido del estercolero donde siempre estuvo agazapado esperando.

Rubén nos interrumpió con dos tazas pequeñas de café. Las enviaron sin pedirlas. Creo que había transcurrido el tiempo que acostumbro entre taza y taza. Parece que mis mañas han sido cronometradas en este lugar.

Miguel Ángel sacó un manojo de cuartillas sobre un cuento de mi supuesta autoría. No sé si te acuerdas de este relato. Lo publicó El Nacional. Lo imprimí para leerlo. Es terrible que un profesor universitario ni siquiera pueda enterrar a su madre con cierta dignidad. Creo que esto sucedió con tu propia madre (¿mi madre estaba muerta?). Como puse cara de extrañeza absoluta, Miguel Ángel añadió que, por lo general, lo que escribo son asuntos autobiográficos (¿soy autoficcionista?). Cogí el manojo de hojas y de golpe recordé el relato. Miguel Ángel dijo que me quedara con el impreso. Leí con asombro aquellas cuartillas sobre mis penurias para enterrar a mi pobre madre, pero también sobre el hambre que pasamos juntos.

Me quedé mirando la puerta de la fuente de soda y caí en la cuenta de la cantidad de gentes que llegan a pedir comida. Pero en Irama ya no hay comida, solo café y calor. Entonces llegó Jimi, El Vikingo. Me dijo que había que llevar pan para la cena. Me explicó que ahora vivíamos todo juntos en casa de nuestra suegra. Nuestras esposas eran hermanas. Yo tenía dos hijos y un perro salchicha bastante anciano. Y toda esa gente esperaba a que llegáramos con algo de comer.

Fuimos a la panadería River, pero ninguna tarjeta pasó, todas las líneas bancarias estaban muertas, de resto, solo aceptaban dólares. En ese momento recordé el cuento sobre el cadáver de mi propia madre y pensé que si de verdad mis textos eran autobiográficos, podíamos ir hasta el restaurant chino, Gran Cosecha, en la Plaza Indio Mara, y hablar con la madre de mi ex alumno, un tal Rovilla, que debía trabajar en la cocina.

Habrá que empezar por saber si el Rovilla existe, replicó Jimi, El Vikingo, cuando le expuse mi plan. Añadió que no perdiéramos tiempo.

Llegamos a la casa con dos bolsas plásticas de arroz chino. Todos se sentaron a la mesa con cierta emoción. Solo la mujer que Jimi, El Vikingo, señaló como mi esposa, parecía tener serias sospechas sobre el origen de aquel banquete.

4

La barbarie se respira como polvo radiactivo.

Después de que la familia engulló el banquete chino, Jimi, El Vikingo, me dijo que por lo ordinario yo salía al porche a fumar un tabaco. No recordaba esta costumbre. De modo que saqué una silla y fumé. La noche era amarilla y caliente. Noté que la gente pasaba por delante de mí como si yo fuera invisible. Eso me hizo sentir a mis anchas. Me entretuve observando a todos los que iban y venían. Las mujeres, aun las más jóvenes, tenían el pelo blanco (incluyendo las mujeres de la casa). Eran seres frágiles, de rostros atormentados, «privadas ya de la despreocupación de la juventud», recité en voz baja Sings by The Roadside de Ivo Andrić, perpetuando de alguna forma el recuerdo de las chicas que él describió, en Sarajevo, tras la calamidad de la Segunda Guerra, mientras yo intentaba lo mismo en la calle de mi casa, reescribiendo sus líneas que ahora servían para mi propia guerra. Pensé que reescribir sin apropiarse del dolor de las palabras es como usar el traductor de Google. Solo la apropiación de este dolor evita que se transforme en plagio.

La calle quedó íngrima. Parece que todos se fueron a dormir o simplemente se guardaron por algún terror nocturno que desconozco. Jimi, El Vikingo, me pide que entre ya a la casa. Le contesté que, en vista de que la luz nunca llegará, había decido dormir en el porche. Me riñe, con cierta alarma, que eso no conviene. La Sombra pasa de madrugada y dispara a los que duermen a la intemperie. Ante mi cara de asombro intenta explicarme que la revolución dice que sí hay luz, por tanto todos debemos dormir en nuestras habitaciones como si los aires acondicionados o ventiladores estuvieran encendidos. Agobiarse por el calor es una pésima costumbre burguesa, dijo tajante. Y añadió: Mañana hay que buscar gasolina y agua como sea, así que es mejor dormir bien para soportar el día que nos tocará en suerte. No repliqué en absoluto y me eché donde estaba mi mujer durmiendo ya de lo más tranquila, como si nada.

 

***

 

Norberto José Olivar nació en Maracaibo en 1964. Ha publicado Los guerreros (Secretaría de Cultura, 1999), El misterioso caso de Agustín Baralt (Fundación LMM, 2000), El hombre de la Atlántida (Comala, 2003), La ciudad y los herejes (UNICA, 2004), La conserva negra (Rojo y Negro, 2004), Morirse es una fiesta (Rojo y Negro, 2005), El fantasma del Caballero (Rojo y Negro, 2006), Monsieur Ismael en la antología Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (Alfaguara, 2006), Un Cuento de piratas (Rojo y Negro, 2007), Un vampiro en Maracaibo (Alfaguara, Premio de la Crítica a la novela 2008 y Premio Municipal de Novela 2010), Cadáver exquisito (Alfaguara, 2010, finalista del Premio Rómulo Gallegos 2011). En 2011 obtuvo el VI Premio Internacional de Relato de Radio Exterior de España con Odio a las iguanas, incluido en la antología El hombre que se ríe de todo (ediciones Irreverentes, España, 2011), además recibió Mención Especial en el 66 Concurso Anual de Cuentos de El Nacional por Historia natural del fracaso (La Vaca Mariposas 2011) y publicó El príncipe negro. Notas de un hombre lobo con la editorial Lugar Común / Relectura. En 2012 fue finalista del Premio internacional de cuentos Juan Rulfo con El hombre de los seis espíritus. Publicó la novela El polvo de los muertos bajo el sello Alfaguara en 2013.

 

María Lucesole

 

Elegimos una dirección, sin querer, al azar.

De repente vemos pasar cinco colectivos de larga distancia con gente dormida adentro.

Carboni 18, Elvira 33, Arévalo 14.

Acelero y dejo que la velocidad del camión que va adelante me succione.

Ahora ya no miro; tengo la vista abandonada en el parabrisas, la mano cayendo desde la ventanilla

hacia la ruta.

Acabamos de separarnos, pero todavía seguimos sentadas una al lado de la otra

recorriendo un laberinto de maizales, una calle de tierra barrida por las lámparas del auto.

Cuando estacione en la puerta de su casa vamos a empezar a quedar en el pasado, pienso.

 

*

 

Me pasaría meses en esta cama

debajo del ventilador

con la gata yendo y viniendo

a la hora de la siesta

El agua de una película

de Gustavo Fontán

va enrojeciendo.

La copia el cielo del patio

detrás de mi padre

que me habla desde el lado de afuera

de la ventana

mientras escupe en las manos

semillas de mandarina

cubierto por el río tornasolado

de los alambres del mosquitero.

 

A la tarde estuve buscando piedras

que habían caído en la pileta

a causa de la construcción,

rastrillé la tierra

para emparejar el terreno del patio.

 

Siempre que vuelvo nombro las plantas,

al menos mentalmente.

 

Hablé

nunca hablo y cuando lo hago

tendría que haberme callado

es el mundo

que todavía me influye

porque es tu reemplazo.

 

Termina el verano y no pude

entender

qué es el pasado

y cuál era la forma

de hacerlo desaparecer

que esquivé secretamente.

 

 

De Las plantas verdes de los veranos

 

 

PRIMER POEMA

A veces todo me parece de otro siglo:

las casas de tejas con enredaderas, las mujeres con bebés

cruzando la calle, los árboles sin hojas, el cielo de las cinco

en un pueblo de paso.

Como si todo hubiera dejado de existir hace tiempo

como si todo perteneciera a un pasado olvidado

y de las cosas sólo quedaran los conceptos que a veces recupero

asombrada, como ahora,

y cuando eso sucede me dan ganas de llorar

con una duración proporcional al tiempo

en que los conceptos tardaron en vaciarse de materialidad

y me dan ganas de correr aunque eso signifique

la soledad eterna en medio de la naturaleza eterna.

A mirar y escuchar la montaña y el cielo el resto de mi vida

hasta que todo vuelva a ocupar su lugar de contenido total

hasta que todo tenga otra vez su original consistencia

y esté el mundo y esté yo dentro

de un paisaje sólido, visible, inconfundido.

Esa desesperación, la sombra de un árbol

esfumándose entre las últimas luces de un pueblo en invierno,

eso es dios para mí.

 

UN CUARTO BLANCO

Ya llegué, hice lo que quería hacer

y lo que tenía pensado hacer

ahora estoy frente al mar en un cuarto blanco

el día está demasiado neblinoso

no entiendo cómo todavía no aprendí a conocerme y dominarme.

 

Como en el poema de Huidobro, las olas lejanas desde acá arriba

parecen helechos verdes y blancos.

Con esta tranquilidad abriría la ventana y saltaría hacia los helechos.

 

Mi posibilidad de amar quedó ahí

como marcas de una playa que pisé hace décadas,

como rastros

de todo lo que tuve y por lo tanto tengo.

 

De En todas las cosas la niebla

 

9 de abril

Primer día en mi nuevo trabajo: reemplazo a mi amiga Julia en el consultorio del padre. Todo el día siento cómo los pacientes la extrañan. Miro todos los objetos de la sala de espera, en especial las fotos que saca Carlos, el papá de Julia, el médico acupunturista.

Miro periféricamente, una forma de mirar que aprendí haciendo talleres de teatro y que a veces no me sirve para nada. Siento una relación de incomprensión mutua con el mundo. Como si me pidiera blandura cuando soy hosca y dureza cuando me ablando.

Pausa de tipeo: este es el tedio de los pueblos a las cinco de la tarde. Esta quietud, este silencio insalvable que luego será una persecución implícita en el resto de los días en los que el mismo pueblo haya sido dejado atrás como el paisaje extraño de un sueño, pero más como la sensación que esa extrañeza que mirar el paisaje produce, como la foto en la pared que entristece y sostiene a Drummond de Andrade. La parte del tiempo que más pesa es su volumen, mucho más que la linealidad o la altura, su volumen de materia invisible repleta de secretos indescifrables que abarca todo lo posible de abarcar.

Observo con precisión ciertos objetos, leo los poemas que Carlos escribe y cuelga en las paredes. Desde la misma perspectiva miro de reojo cómo va atardeciendo.

Ahora ya casi está todo el cielo oscurecido, momento de cambio en que el cielo no tiene rastros del día pero todavía no es de noche. No es posible acá hacer el cambio de perspectiva que propone Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles: agacharse y mirar por debajo de las piernas hacia el horizonte, para ver el mundo dado vuelta.

No por eso siento la falta de libertad. Creo que aprendí a ser libre en muchas circunstancias y a no sentir hastío por estar en el mismo lugar, en la misma posición, durante horas. Eso me parece un gran aprendizaje. Como dice Rodolfo Walsh en Operación Masacre: “Hizo lo más inteligente que un hombre puede hacer: quedarse quieto”.

Me gusta de este nuevo lugar que se vaya agotando la luz del día y nadie intente reforzarla con otras luces, artificiales.

 

*

  

31 de enero

Prendí la televisión de la casa que ahora habito, porque necesitaba un murmullo detrás, para sentir calidez, una sensación que a veces tengo y que represento en imagen con un mantel naranja a cuadros que había en mi casa de la infancia, puesto siempre en la cocina y con un velador encendido arriba cuando se empezaba a hacer de noche y mamá estaba ahí con algunos papeles, trabajando.

¿Fumaba mamá? Sí, fumaba sus Jockey suaves al lado del cenicero de bronce, y tenía el pelo largo y negro.

No puedo evitar escribir como si las cosas hubieran desaparecido.

Todavía tengo que lavar alguna ropa a mano, otra en el lavarropas. Siento que en mi poesía desapareció mi voz, y es tanta la desesperación, o tan presente, que creo que la voz al final desaparece por eso. Necesito que esa idea me deje libre. No estoy feliz y no tengo mi voz para expresarlo, tal vez por eso no puedo lograr esa felicidad efímera que, en soledad, es el sentido de mi vida. Esta sensación pertenece a una palabra que no existe, puedo recordarla, es el momento de contacto con lo divino. Eso espero, en esta noche, en esta casa que ahora habito y que tiene contra sus ventanales nubes alargadas de una extensión casi irreal.

 

*

 

Madrid, 31 de octubre

 

¿De qué sirvió el viaje?

No puedo explicarlo pero cumplió

su intención principal:

aviones invisibles dejando sus rayas duraderas

en el cielo limpio.

 

 

De Flechas lanzadas desde ninguna parte

 

  

***

 

María Lucesole nació en Lobos (Buenos Aires) en 1988. Desde 2006 vive en Capital Federal.

Es poeta, Profesora de Letras, Bibliotecaria, correctora literaria y educadora popular. Codirige, junto a Jeymer Gamboa, la revista de poesía Campotraviesa, que circula en papel desde 2014; y organiza, junto a Elisa Palacio, Alejandro Jorge y Ana Inés López el Festival Rural de Poesía de Lobos desde 2016. Publicó la novela corta Irse (Buenos Aires, Campotraviesa, 2011); los libros de poesía: Las plantas verdes de los veranos (Buenos Aires, Tammy Metzler, 2014), El primer color de la noche (Buenos Aires, Nulú bonsai – La fuerza suave, 2015), En todas las cosas la niebla (Paraná, Gigante, 2016), Fui a una manifestación (Invernadero, 2019); y los diarios: Flechas lanzadas desde ninguna parte (Buenos Aires, Lomo, 2017). Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés por Noel Black y publicados en la antología compilada por Alexis Almeida: It’s in the future (Canadá, The Elephants, 2018).

 

Dípticos

 Néstor Mendoza

 

contemplación

I

Narciso

Desconozco mi perfección, la ignoro: solo algunas noches, en siestas entrecortadas, acaricio repetidamente la piel de mis manos y mi cara, en un vano intento de comprender la fascinación de los otros. Ellos me ven y desean tocarme como si tocaran la sábana nupcial de los dioses. Este es mi cuerpo, pretendido cuerpo que vaga entre estos campos y no logra impedir que muchos ojos se posen y traten de adueñarse de él. ¿Por qué tantos me observan? ¿Saben que no soy hombre sino un retrato de carne? Ha llegado la contemplación y el engaño de la fuente. Lo que busco no existe. Amo una ansiedad sin cuerpo, una nariz líquida, empozada, cabellos que se pierden con cada manotazo que doy. Lo que deseo está en mí.

II

Eco

Cuerpo todavía soy, no voz. Lo que mi boca pronuncia se instala en los oídos de quienes me escuchan. Una acción mía me quitará este privilegio —el castigo es rutina entre los dioses—; de pronto, mi lengua pierde la fluidez del arroyo; llega la antorcha que interrumpe el discurso, se va mi canto diario de palabras. Ahora poseo la intermitencia de los finales pronunciados. Lo veo en el bosque, a Él, a la bella criatura que no puede verse a sí misma, que no conoce la elegancia de sus perfiles. Cumplo mi tarea fija de observación: desde este lado tapado del árbol sigo sus pasos. El amor se va abultando con el ojo; se infla, hinchado se eleva. Mis sonidos quieren entrar como carne y como besos. Mis ruidos aspiran a ser matriz tibia, dispuesta, para Narciso. Se avecina el rechazo, lo sé, el ocultamiento y mi inevitable transformación. El aire no me consuela y su fuerza me desliza por vías y montañas. Estoy en todos lados. Mi cuerpo adelgaza —se ha perdido ya— y gobierna el sonido. En el aire, los jugos del cuerpo, todos se pierden.

 

*

 

FRATRICIDIO

I

Polinices

Sangre del mismo padre compartimos, hermano. Un mismo semen y una misma guerra inservible. Uno de los dos caerá a la vista del otro: no perdonaré la falta que hiciste a tu reino. Salí de casa armado, preparado, mis piernas tiemblan pero mi espada no. Su filo solo quiere llegar a tu corazón. Te mataré, hermano. Tu muerte como esa pradera recorrida en juegos de infancia. Este día iba a llegar. Con guerra o sin guerra, con argumentos o sin ellos. ¿Debería ser así? Me supongo que este es el destino escrito en los cuadernos de los dioses: vernos aquí, uno frente al otro, dispuestos a matarnos para satisfacer los caprichos del Supremo. He venido con mi pistola, la pulo y le saco brillo. Y pensar que fue un regalo de nuestro padre. Nos mataremos con las mismas armas heredadas. Quién lo diría, Etéotes, quién lo diría, coño. Pues aquí me tienes, hermano, aquí me tienes. Salí con el favor y la bendición de mi mujer, tu cuñada; y el de mis hijos, tus sobrinos. ¿Eso qué importa ahora? Hoy la armadura me pesa más de lo habitual. Quizá se resista a ser cómplice de tu deceso. No importa, el metal es inocente. Yo no.

II

Etéocles

Polinices, ¿sabes por qué ataco estas murallas? ¿Sabes que chupamos los mismos senos maternales, que corrimos tras las mismas cabras, que deseamos tantas veces a Fresia por aquel orificio que abrimos en la pared? Un año separa tu nacimiento del mío, pero eso no es suficiente para el perdón entre hermanos. La guerra es así, la muerte como suma de cuerpos apilados, no reclamados, o llorados tardíamente. Ven, hermano; debo cumplir, acatar: que mi espada entre y que solo quede en mis manos la empuñadura y mis dedos fuertemente sujetados a ella. ¿Ves? Seremos, al fin, dos bailarines, varones, hermosos, rodeados por tanta música de metales y cascos. Antígona nos llorará sin distinciones.

 

*

 

RAPTO

I

Paris

Sé que traiciono, pero es la única forma de posesión que conozco. Convenceré a la reina de que abandone sus dominios y deje el lecho del amante no deseado. Esa belleza se desperdicia. Hemos bebido y comido en exceso, demasiadas atenciones no impedirán el rapto. Su cuerpo que elevo y se ajusta, que no escapa y no pretende escapar. Ese cuerpo sin seda, ya arrebatada; sin peinado, ya deshecho. De un reino a otro la llevo. Los remeros no saben que debajo de la cubierta viene la causa de nuestras desapariciones.

II

Helena

No tuve la culpa de que la muerte se justificara con mi belleza. El ladrón desafió al monarca. Con él iré a la siguiente tierra. De qué sirve lo hermoso en estas comarcas de destrucción. Si un templo pierde sus columnas y su fe, ¿todavía será capaz de sostenerse? Me abrazas y con ese gesto comparas mi pecho con los cerros de tu pueblo y mi vestido con la bandera de tu pueblo. Me recuesto y tu aliento mueve ligeramente los vellos de mi cara. Pelusas blancas, hilos que nadie ve: solo tú que duermes tan cerca, sin armadura.

 

*

*

 

ZOOFILIA

I

Zeus

Miradme todos los que habitan debajo de mis transformaciones.

Lo retuve con la zona más firme del águila. El amor ha dibujado una bisagra entre el joven y yo. El ascenso ocurre lentamente, no hay apuros para la separación. Nuestros cuerpos están apretados entre las nubes. Me guía su perfecto trazo de muslos y cuádriceps, su bien marcado paso entre mortales. Mi deseo es típico de esta época de dioses y sometidos. Podrían derribarme, con flechas o piedras lanzadas al viento; convertido en animal soy un pedazo débil, tan humano, el empeño de seducir.

Los pastores troyanos caminan con el mismo ritmo que sus ovejas. Hasta ellos irán mis mutaciones.

II

Ganímedes

Las garras en mis hombros. Su pico en mi cabeza. La ascensión con alas prestadas, postizas, en las plumas del dios-águila. Se puede ver una ligera lucha o resistencia: una rebelión. Me ha elegido. Eligió mi juventud resumida en brazos y piernas fuertes, agrandados en los molinos y los juegos de lanzamiento de discos. Sus espuelas se hunden en las costillas pero no lastiman. El dolor no existe. Soy su capricho, el sustituto que servirá y llenará copa tras copa. No sé diferenciar entre ser su amante o su esclavo: quizá ambas condiciones sean oficios frecuentes en el hogar de los inmortales.

Este dios prefiere amar envuelto en plumas de cisne o de águila, con pico alargado y con patas de pájaro. De esa forma penetra, de esa manera traiciona. 

 

 

***

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985). Estudió la carrera de Educación en la Universidad de Carabobo, en Valencia, y cursó estudios de Literatura Latinoamericana en el Instituto Pedagógico de Maracay. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y España. Ha publicado los poemarios Ombligo para esta noche (2007); Andamios (2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (2015); Ojiva (2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer, y Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana, publicada en 2019 por la editorial Pre-Textos de España.

Foto: José Antonio Rosales.

 

 

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