Letras

Un perro en la puerta de la casa velatoria

María Soledad Fernández

 

PRIMERA PARTE

1

Llego a la dirección que me pasó mamá por mensajito, hace un rato. “Liberaron el cuerpo. El velatorio es en 54 y 18, a las 7. No llegues tarde”. Mamá siempre tan dulce. No deja de aleccionarme ni siquiera en momentos como este. Ni a mis treinta y tantos que tengo. Cada comunicación es una oportunidad para marcarme las fallas, lo lejos que estoy de su “deber ser”. Llego apurada, son siete y veinte. “Seguro que me va a poner su típica cara de traste”, pienso. Pero no. Parece que esta vez zafo.

Me paro frente a la casa velatoria y observo las puertas cerradas; no hay nadie. Me pregunto si me equivoqué de dirección o si tal vez mamá me mandó a otro velorio. Puede ser, después de todo, quizás no quiere que despida a papá. No, imposible. “Las formas, Carolina, están ante todo”. Jamás hubiera permitido que el mundo hable de nosotros. De la familia.

Hay un perro en la vereda sentado justo en mi camino. Atravesado, obstaculizando el paso, lamiendo sus partes y ajeno a lo que lo rodea. Imagino que está siempre ahí, en cada velorio. Juzgando a los integrantes de las familias. Quién llora más, quién hace los chistes. O tal vez sólo quiso estar en este, en el que me toca vivir hoy.

Los perros me dan miedo, pero este parece manso. Es viejo. Ni se percata de mi presencia y tiene canas en la trompa. Me mira y sigue con lo suyo. Por un segundo lo imagino masticando un hueso humano y mi estómago se revuelve. O tal vez se revuelve porque es hoy y porque estoy en el velorio. Todo es muy confuso.

Miro la puerta cerrada, como buscando una respuesta. ¿Llegué temprano o se atrasaron ellos? Aunque, quién llega temprano a un velorio. La culpa es mía. Le sigo haciendo caso a mamá, como siempre. Seguramente me dijo que era una hora antes para asegurarse mi presencia. Eso es muy de mamá, el engaño para lograr sus objetivos. ¡Qué idiotez! No se va a ir a ningún lado (el muerto, obviamente). Está ahí en el cajón con total seguridad. Cerrado porque ella no quiere que lo vean así. Muerto.

Pienso en cómo se debe sentir estar ahí. Madera y terciopelo. ¿Será terciopelo? Por ahí ya no se usa. Por ahí es tan caro que lo forran con algodón o alguna otra tela barata e impermeable a los fluidos corporales. Sí, habrá fluidos. Todo se descompone en la vida. Menos el plástico. Pienso en las siliconas ¿las tetas quedarán en el fondo del cajón, entre los huesos, cuando ya no hay nada? Sonrío. Me permito hacerlo antes que me vea mamá. ¡Qué sé yo!

Imagino el aroma del cajón. Pino mezclado con barniz. Recuerdo que una vez lo deseé. Estar ahí, quieta, muerta. Era una solución sencilla a mis problemas. Tonta, cobarde, pero sencilla. No lo hice. No tuve el valor suficiente.

Siento el ahogo de la claustrofobia. Intento salir del cajón. Lo abro y me siento. El aire ahora es limpio. Quiero bajar del cajón pero el perro está esperando por mis huesos. La imaginación es mi primera enemiga. Si hubiera nacido sin imaginación, sin pensamientos mi vida hubiera sido otra con total seguridad, más feliz. Miro el perro. Respiro el aire que me rodea. La brisa veraniega me trae el aroma del tilo de los árboles. Tal vez en su cara haya una sonrisa. Quizás se la hayan quitado en la autopsia. No fue muerte natural. No. Hay que investigar las causas cuando no son naturales. Eso dice la policía. Eso dijo mamá.

Mi madre, 45 años casada con el mismo hombre. Ama de casa, madre de dos, integrante de la cooperadora del Rotary Club. Pilates tres veces por semana y clases de yoga para controlar su carácter. Tal vez eran clases de gestos y no de yoga. Quién sabe. Ella es un misterio. Me pregunto si llorará. Ella lo ama como se puede amar a alguien después de 45 años de convivencia. De discusiones. De peleas. Incluso hoy que está muerto. ¿Y yo? Lloro a mi padre…o quiero llorarlo en realidad. Quizás es la bronca. Quizás es la imagen del perro comiendo huesos humanos.

Mamá arregló todo. Así que tengo que esperarla a ella. A que llegue y la dejen pasar. Entonces y solo entonces voy a poder entrar y despedirme. Aunque ya no me escuche, obvio. Y tampoco quiera escucharme. Nunca lo hizo, al menos como yo hubiera querido. Entonces, ¿por qué lo haría ahora? Tan encerrado en ese cajón. Tan desfigurado que debe ser a cajón cerrado o tan feliz que su sonrisa sea ofensiva para un velatorio. Aun si el velorio es de él.

La tía Carmen llega.

 

2

La tía es hermana mayor de papá. Ahora camina lento con su bastón de aluminio de tres patas, pero supo ser una mujer hermosa, con presencia. Como mi hermana. La tía, era tan coqueta hasta que un día se tuvo que rendir a la ayuda mecánica del trípode. Ella que se cuidaba tanto.

La veo avejentada. ¿Sabrá algo de todo lo que pasó? En este momento creo que envidio al perro. A ese animal que se alimenta de huesos y que ignora lo que pasa a su alrededor. Que no entiende ni le importa el mundo más allá de sus necesidades perrunas, salvaje a veces, y básicas. Por sobre todas las cosas básicas. Instintivas. ¿Será eso lo que mató a papá?

La tía Carmen me mira. Tiene cara de desencajada, la misma que tuvo cuando la abuela hizo su primer edema agudo de pulmón. “Pensábamos que se moría”, repitió aquella vez. La abuela se salvó. Esa vez y tantas otras. Me pregunto ¿quién traerá a la abuela? ¿Podrá afrontar la muerte de su hijo? No es natural sobrevivir a un hijo. Aunque qué se yo. No tengo nada. Ahora tampoco tengo un padre.

Una mujer se acerca “Enseguida abrimos”, dice. Y veo que hace ese gesto, el de la condescendencia. Tiene la mirada de los que saben algo que uno no quiere que sepan. Como cuando

quedé embarazada a mis 17. Para mamá fue un horror. “La vida se te termina con un hijo…”, me gritó. ¿Será que a ella se le había terminado la vida cuando nací? Nunca me animé a preguntarle aunque no necesité respuesta. “Te arrastraste con cualquiera y ahora…”. Para mi estaba bien. Uno nunca sabe a qué se enfrenta cuando se transforma en rebelde. Eso me pasa por ser tan mansa. Siempre fui la nena de papá, la hijita bien, la de casa. La estudiosa de cuatro ojos. La feúcha y flacucha. Todo eso era hasta que él se fijó en mí. Y eso si fue toda una novedad ya que nadie lo hacía. Ahora tampoco, pero me la banco. Y bueno, en la primera vez ¡pum! No le erró y me dejó embarazada.

Desapareció en el segundo en que le dije “No me vino”. Nunca más lo vi. ¿Qué habrá sido de su vida?

La tía Carmen se seca unas lágrimas y no sé si acercarme o no. En los velorios hay como una competencia de dolor. Me pregunto si sufro más yo o ella. La tía perdió un hermano y yo perdí a mi padre. No sé cuál es el rol más importante. O cuál de los agujeros que deja es más grande: padre, esposo, hermano. Abuelo no. No quiso serlo.

No estoy acostumbrada a esto, a las condolencias, aunque sí a las pérdidas. Cuando mamá se enteró de mi preñez me llevó con un doctor que puso dos dedos en mi vagina, sin avisar. Hurgó ahí mientras a mí me dolía. Le dio un papel a mamá y después del depósito en la secretaría, me adormilaron un poco y lo próximo que supe fue que estaba despreñada. Desvirgada y despreñada. Así dijo mamá. Papá no dijo nada. Solo una mirada. La de “mi hija desapareció, se esfumó.” En ese momento me convertí en lo que soy, una mujer solitaria e incluso vacía.

Me acerco a la tía Carmen y la abrazo. Siento su corazón acelerado. Su mano que busca el pañuelo. Y el llanto descontrolado, de ella. No sé qué decirle o si decir algo. La sigo abrazando. No puedo llorar.

 

***

Primeros dos capítulos del libro Un perro en la puerta de la casa velatoria, publicado por Paisanita Editora (2019).

 

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María Soledad Fernández es médica generalista, magíster en salud pública, y escritora. Nació en la ciudad de La Plata, en el año 1976. Publicó los libros de relatos, Misceláneas de la oscuridad, en 2014, Relatos de la parca, en 2015, y El barro del destino, en 2016. Participó en diversas antologías y revistas literarias. La Máquina de diagnosticar, su primera novela salió en 2017 por Malisia Editorial. Un perro en la puerta de la casa velatoria, su segunda novela resultó ganadora del 2° Concurso de Narrativa Bernardo Kordon, organizado por Paisanita Editora y Editorial Conejos.

Fotografía: Leonel Arance

 

 

7 cuentos japoneses esenciales

Miguel Sardegna

 

1___ En el bosque, de Ryūnosuke Akutagawa

Varias personas envueltas en una violación y asesinato dan su versión de los hechos ante un tribunal. La eficacia del relato se apoya en la multiplicidad de los puntos de vista: cada uno de los involucrados cuenta su propia versión de los hechos, su propia versión de la “realidad”. Y esa realidad, ya se sabe, suele ser contradictoria. Impresiona, sobre todo, el último testigo convocado. No digo más, les dejo el placer de descubrirlo a ustedes.

En 1950, Akira Kurosawa se llevó el Oscar a la mejor película extranjera con Rashomon, que fundía dos cuentos de Akutagawa: este mismo, “En el bosque”, y “Rashomon”. Quizás hago un poco de trampa entonces, y no esté recomendando un cuento solo, sino dos.

 

2___ La oruga, Edogawa Rampo

“La oruga” padeció la censura y es quizás el alegato más fuerte en contra de la guerra que vamos a leer en nuestra vida.

El teniente Sunaga es herido en batalla y el único modo de salvarle la vida es amputarle las cuatro extremidades. En el proceso, también queda sordo y mudo. Vuelve a casa condecorado héroe. El único modo que tiene de comunicarse con su mujer, que dejó para ir al frente, es darle cabezazos al suelo. Su vida se asemeja a la de una oruga. Así comienza la historia, conté solo el punto de partida.

 

3___ Tiempo, Riichi Yokomitsu

Yokomitsu es un autor esencial dentro del panorama de la literatura clásica, y sin embargo es un desconocido fuera de Japón. El propio Kawabata lo admiraba, lo reverenciaba como se reverencia a un maestro.

En “Tiempo”, un grupo de artistas itinerantes deben fugarse de un hotel porque no tienen con qué pagar la cuenta. La imagen del dueño los persigue como una sombra mientras emprenden esa fuga, que tiene algo de Kafka y de budismo. Y de Kawabata también, claro, porque la peregrinación por la montaña y el uso de imágenes sensoriales traen el mismo perfume que La bailarina de Izu y varias de las Historias en la palma de la mano.

 

4___ En construcción, Mori Ōgai

Relata el breve encuentro en un restaurant de Tokio de un hombre japonés y una mujer alemana. Enseguida se nota que fueron amantes en el pasado, mientras él vivía en Alemania. El reencuentro es bajo condiciones totalmente diferentes. El hotel está siendo reconstruido según las nuevas costumbres. Hay sillas y mesas occidentales, y también tapias de madera, ruidos y golpes de martillo y de herramientas. El hotel todavía no pertenece por completo al occidente que pretende imitar, pero tampoco pertenece más al Oriente que fue. Japón está en construcción, y se presenta como una extraña mezcla de dos civilizaciones bien diferentes, que han sido combinadas y puestas en relación de manera artificial, del mismo modo que sucede con esa extraña pareja en la que no se percibe ya ningún vínculo. 

 

5___ El signo de los tiempos, Sakunosuke Oda

La ciudad de Osaka aparece atravesada por la guerra, con escasez de alimentos y el surgimiento de un mercado negro. Geishas, vagabundos y comerciantes recorren sus calles, sobreviviendo a su manera. Odasaku (porque así lo llamaban sus amigos a Oda, y muy pronto nosotros también vamos a querer ser amigos de Oda) aprovecha para hablar de la literatura de su tiempo, de la propia y de la ajena. De ese monstruo enorme que era la censura, que tantas veces lo persiguió y lo alcanzó. El deber de un escritor, al fin de cuentas, es rendirle cuentas únicamente a sus propios fantasmas interiores, y escribir lo que debe escribir.

 

6___ Experto en funerales, Yasunari Kawabata

Desde muy temprano Kawabata fue perdiendo uno a uno a todos los miembros de su familia. Varias veces escribió que se sentía un huérfano. En el relato “Experto en funerales”, Kawabata recuerda unas vacaciones de verano en las que debió asistir a tres funerales en menos de un mes. En todos estos casos, el vínculo con el muerto era muy lejano, ni siquiera estaba seguro de haberlos conocido en vida, y sin embargo resulta cálido cada vez que ofrece condolencias, mueve a la compasión y al recogimiento.

En este punto no puedo evitar recordar sus palabras en el funeral de su amigo Riichi Yokomitsu. Son dolorosamente emotivas.

 

7___ Patriotismo, Yukio Mishima

Allí donde Kawabata prefiere silencio y ausencia, el poder de lo evocado y lo sugerente, Mishima en cambio se frota las manos y opta por la mayor crudeza. En “Patriotismo”, presenta el relato de un seppuku, el suicidio ritual, con el mayor realismo posible. En esa escena de muerte se juega el estilo literario de Mishima. Hay asco y repulsión. Pero junto con las arcadas del teniente Takeyama, la baba y las vísceras escapando de su estómago, hay también auténticas muestras de dignidad y de honor.

Un dato adicional: en 1960 el propio Mishima dirigió y protagonizó un cortometraje de treinta minutos basado en este cuento. Impresiona ver a Mishima cometiendo seppuku de mentira, sabiendo que después esa escena escapó de la ficción.

 

Ojalá este listado abra alguna puerta desconocida y los acerque a autores que todavía no leyeron. Noto ahora con un poco de espanto, poniendo el punto final en este catálogo, que dejé afuera demasiados cuentos valiosos. ¿Cómo elegir un solo cuento de Kawabata? ¿Cómo quedarnos con una sola de las obsesiones de Mishima? No me explico del todo por qué elegí estos cuentos y no otros, con iguales méritos y belleza. Y noto también algo todavía más perturbador: hay otros autores que también deberían estar acá. Quizás se pueda hacer otro listado, con otros siete autores, el verano que viene.

 

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Miguel Sardena nació en 1978 en Buenos Aires. Escribe novela, cuento y ensayo. Es coeditor en el sello También el caracol, donde dirige la colección de literatura japonesa “Bosque de bambú”. Publicó dos libros de cuentos: Horario de oficina (2015) y Hojas que caen sobre otras hojas (Editorial Conejos, 2017). Hojas que caen sobre otras hojas obtuvo el Primer Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires en la categoría libro de cuentos inédito, bienio 2010-2011. Su novela Los años tristes de Kawabata, que permanece inédita, obtuvo la Primera Mención en el Premio Clarín de Novela 2016.

 

 

En el bosque

Ryunosuke Akutagawa 

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

 

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… Lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

 

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

- ¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

 

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (Los sollozos ahogaron sus palabras.)

 

Confesión de Tajomaru

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… Luego… ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital, vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

 

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! ¡Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (Estalla en sollozos.)

 

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…»

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

 

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En el bosque es uno de los cuentos recomendados por Miguel Sardegna en 7 cuentos japoneses esenciales.

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Ryunosuke Akutagawa (Tokio, 1892-1927) Es uno de los escritores más problemáticos, inquietantes, versátiles y discutidos del siglo XX, bien conocido no sólo en Japón, sino también en Occidente, en donde muchas de sus obras fueron traducidas tempranamente. Escribió más de cien relatos, además de ensayos críticos, crónicas de viajes y páginas de diario, obras indispensables para reconstruir su compleja personalidad, tanto de hombre como de escritor.

 

El fin del mundo (crónica libre)

Ricardo Montiel


¿Adónde haré volar el pensamiento
mientras limpio los vidrios
o arrastro con ojos de trasnoche
el carrito de limpieza,

mientras, como el viento la gente
viene y va todo el día?

Empleado de Aeroparque


¿Por qué debería decirte algo que sea verdad?

Margaret Atwood

 

Hablar del fin del mundo en el avión: qué osadía. Y hay tantos pasajeros dormidos, roncando a boca abierta y torcida, como si viajar al fin del mundo generara somnolencia. O un profundo aburrimiento sin escalas. 

“Tengo ganas de acostarme y de dormir hasta el fin del mundo. Y en efecto me adormezco” (Albert Camus).

*

El fin del mundo no tiene fecha ni duración precisa. Es un lugar que puede visitarse todo el año. Se llega, si el tiempo es favorable y despejado, en 3 horas y 38 minutos desde Buenos Aires.

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Todo el que viene al fin del mundo, olvida la noche anterior cuando se preparaba para venir al fin del mundo, como si todo lo anterior al fin del mundo jamás hubiera ocurrido.

¿El fin del mundo es el fin de qué mundo?

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Los tramos de sueño, al llegar al fin del mundo, no exceden la hora. Y eso al parecer es suficiente. Y al abrir los ojos te das cuenta de que el paisaje ha cambiado, como si hubiera cambiado la ventana, o te hubieras desplazado mientras dormías. Ahora todo está cubierto de blanco. Todo refleja como un espejo de sal. Todo está quieto. El fin del mundo es portentosamente silencioso, como la espectralidad de sus picos humeantes: el mejor lugar para oír con claridad a tus demonios. Y, quizás, el mejor estado de ánimo, si los pies se conservan en el mar.

*

En el fin del mundo no hay bolas de fuego, ni escuadrones celestiales de asalto. Sus pobladores limpian sus barcos bajo la densa nevada o el sol oblicuo que alarga sus sombras. Son largas las sombras en el fin del mundo, pero son sombras pasajeras, esporádicas como los pingüinos. Los pobladores del fin del mundo sonríen cuando les preguntas por qué eligieron vivir aquí. Sonríen sin sombra, y luego dicen el color de las montañas. Es la sonrisa del hielo, pero con pies en el mar.

*

Fin del mundo: donde puedes recostarte en la nieve con los pies en el mar.

 

Las montañas nevadas, el bosque y el mar son un solo paisaje, casi vertical, una avalancha de paisajes mezclados y en suspenso, como una resistencia a ir más allá de su propio fin. En el fin del mundo la ciudad es como un gran campamento. Los pequeños y grandes edificios –de estos últimos hay pocos– se aíslan entre los turbales, sobre terrenos inclinados sin linderos, donde la arquitectura es cálida y abstracta, como la casa que dibujábamos de niños.    

*

En el fin del mundo inicia la Cordillera de los Andes.

En el fin del mundo iniciaría mi infancia.

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En el fin del mundo no hay plazas ni bustos conmemorativos. El último artefacto militar está oxidándose en la orilla, a punto de volcar y de hundirse para siempre. El ícono supremo del fin del mundo es la naturaleza, que ha ganado finalmente la partida, así como la ambigüedad sin conflictos entre lo público y privado: los pobladores del fin del mundo se apropian de los espacios residuales, en donde hacen arder una fogata, en donde fuman y se besan y cantan una canción de fin de mundo (It´s the End of the World as We Know it [And I Feel Fine], de R.E.M) en ese espacio residual que en realidad es un patio, el patio escarchado de una casa o el nevado cementerio, porque en el fin del mundo también se entierran a los muertos, también se muere y se sufre por las pérdidas humanas, y también se dice que los zorros colorados, a los que les está prohibido hablar o alimentar, cuando alguno se aparece en tu camino, es porque alguien en el más allá piensa en ti.

*

En el fin del mundo,

en el eco de los pájaros

hablan los ausentes.

*

Sin embargo, en el fin del mundo se reitera Soda Stereo (Nada personal, Signos, Doble vida). Cajeras de supermercados, mozos repartiendo chocolate caliente, taxistas y lúgubres guarda parques recitan a Cerati y compañía, haciendo del silencioso fin del mundo un musical de los ochentas. Como la plaga de castores que amenaza los bosques del fin del mundo (traídos de Canadá para la industria peletera), Soda Stereo no tiene depredadores naturales. Ni los lobos ni los osos del reguetón han llegado a los oídos ni a las caderas del fin del mundo. Todo parece indicar que «siempre seremos prófugos» seguirá sonando a viva voz durante un buen tiempo, en la ciudad donde no hubo –según registros de su cárcel desaparecida– un solo caso de fuga exitosa.

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El fin del mundo está a 10.373, 1 kilómetros de la cocina donde está mi madre, que ahora mismo ve a la devastada Maracaibo en la ventana. Y fuma, quizás pensando que el mundo, después de todo, sí podría acabarse.

 

En el fin del mundo la cárcel ya no existe. Sus celdas son ahora habitáculos de museo, donde aún se conservan inscripciones en los muros, talladas con algún instrumento punzante: 

 

También el dolor tiene su belleza austera, su ruda bondad. El arte más bello florece en los dolores inconsolables. Las acciones fueron meditadas y cumplidas desafiando al dolor y la muerte. Del dolor, sólo del dolor nacen las profundas cosas y surgen los grandes caracteres como las flores de la espina. En la alegría el hombre es descuidado, imprevisor, infecundo; las bellas cualidades del alma y de la mente, o no existen o no se manifiestan en los hombres felices: una desventura las hace centellear como el acero al ser golpeado por el pedernal.

 Anónimo

 

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Infinidad de postales, imanes para la heladera, alfajores y una amplia bibliografía temática y, para el bebé, enteritos de franjas azules y amarillas, las mismas del uniforme de los presos, entre otros artículos, puedes hallar en las celdas-souvenirs. 

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Pero la cárcel no se limita a los pabellones de castigo, construidos hace un siglo por los mismos presidiarios, sino que extiende su recuerdo a las ventanas de las tabernas, donde ahora los presos asoman sus cuerpos, libres ya del alcantarillado de las celdas, en ademán de dar el salto a la libertad figurativa. 

*

De tan postergada, la libertad acaba siendo figurativa, un muñeco de una sola expresión. Pero los presos del fin del mundo también son actores contratados, que saben como nadie parodiar una golpiza, un instante de verdugueo que incluye foto y agradecimiento, sin costilla fracturada ni comida en el suelo, sin sangre salpicada pero sí muchas sonrisas.

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El fin del mundo es el parque de atracciones de un pasado penoso, y, por lo tanto, sumamente rentable.

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Y entonces la cárcel se asociaba al terror, por estar ubicada en el fin del mundo. El fin del mundo se asociaba al castigo. Hoy se asocia a la oportunidad de reinvención, en plena libertad relativa. En la mirada de los llegados al fin del mundo, hay brillo de prófugo inatrapable. Dicen los chismosos del fin del mundo que son jóvenes presos que cumplieron su condena en otra parte, luego de que la cárcel del fin del mundo cerrara, y ahora, medio siglo más tarde, estos setentones han vuelto, presos pero de un síndrome de Estocolmo incurable, o de una gigantesca sed de venganza. Chismosos más supersticiosos aseguran que se trata de fantasmas, que la ciudad vertical del fin del mundo está atestada de ellos, la gran mayoría, de presos que murieron de desolación, o que fueron fusilados por la espalda, cuando intentaban escapar. Lo cierto es que los mismos llegados al fin del mundo, cuando les comentas estos chismes, primero hacen un largo silencio –erizado por el vuelo de cauquenes, que aquí llaman “el pájaro fiel”, o ave de una sola pareja–, seguido de un nosotros solo huimos del quilombo. 

 

Actualmente, hay gente acampando en los glaciares, improvisando formas ingeniosas de higiene, nomadismo y alimentación, como si seriamente se entrenaran para un hipotético fin de mundo, donde el calentamiento deje algunos oasis nevados. En eso confían los llegados al fin del mundo: hombres y mujeres que han decidido dejar atrás los partidos, el nombre y apellido del nuevo mandatario, la neurosis del banco central y del subte.

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Al final, ¿cabremos todos en el fin del mundo?

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Lamentablemente, el fin del mundo es confundido con una pista de esquí.

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El cielo del fin del mundo es un cielo de laboratorio, en que se ponen a prueba toda clase de experimentos atmosféricos, seguramente para comprobar el desempeño de los cielos disponibles (mediterráneo, ecuatorial, entre tantos otros) para cuando haya que emularlos en su máximo esplendor, llegado el momento, no falle ninguno. Un cielo de África es posible contemplar en el fin del mundo, aunque con un sol atenuado –como la lluvia–, que apenas levanta, haciendo del día una larga mañana. Quizás, el fin del mundo sea siempre una larga mañana, y la noche el descanso del laboratorio atmosférico, el cual ha anunciado que erradicó la humedad, y que en breve pondrá a prueba –haciendo jornada nocturna– una aurora del hemisferio norte, porque el fin del mundo, para colmo, acontece en el sur.

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En el fin del mundo llueve torpemente. Las gotas son piedras arrojadas con pereza, tan espaciadas entre sí que es posible ver llover bajo la lluvia, apenas salpicándote los hombros. La lluvia cae con esmerada lentitud, como viniendo de nubes cansadas, de milenios de oficio monótono. En el fin del mundo llueve con indicio de huelga, de renuncia o de virtual sequía, pero luego es la nieve la que insiste. Tan lenta es la lluvia, que uno puede contemplar su recorrido, como en una gotera que emblanquece, se aligera y navega como una pluma en el aire.

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“El tiempo, inestable aquí, da al paisaje y a la vida contrastes violentos. Yo he visto el más bello día interrumpirse varias veces en bruscas mutaciones teatrales. Sopla el viento sur, núblase el cielo, arrecia el chubasco, llueve la escarchilla, cae la nieve. Luego parece aquietarse el aire; pero llega de pronto un soplo del norte barriendo las nubes; el sol reaparece; deshiélanse las cumbres en hilos de agua clara; píntase el arco iris sobre los canales. Después, sigue soplando el viento” (Ricardo Rojas).

 

En el fin del mundo escasean las iglesias. Se desconoce el objeto de culto. Si lo hay, puede que sea personal y secreto.

En la garganta de los perros se aloja una catedral.

Cada tanto los aullidos reanudan el misterio.

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Aullidos débiles, ahogados, que surgen como señales de un camino, como guiando de rumor en rumor, bajo la densa nevada nocturna, que borra los colores del semáforo, el alumbrado y las luces de los polirubros. El fin del mundo es un lugar policlimático, demográficamente poliprovincial y politurístico, donde los perros aúllan como sus antepasados, andan sueltos y no se sabe qué comen, cuando comen o quién les da de comer. Son mansos como una alfombra peluda. Y, a diferencia de los gatos, se les ofrece resguardo en el mal tiempo. Los perros van y vienen por la ciudad vertical del fin del mundo. Beben agua del deshielo. Duermen juntos en las entradas de los hoteles. Son veloces en las calles como sabiendo su estrategia, esquivando la dádiva que ofrecen los humanos. Y entonces aparece el aullido, y se les ve trepar en manada a los glaciares, o al profundo este u oeste, porque el fin del mundo es vertical pero más ancho que alto, como un albatros de alas extendidas. 

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En el fin del mundo persiste el pastoreo turístico. Abundan los jubilados bien pagos y tecnologizados, y los guías que estos contratan, aun en el intuitivo fin del mundo, se siguen comportando como maestros de primaria. Hay un morbo planetario por conocer el fin del mundo, pero bajo estrictas precauciones y paseos guionados. Turcos dependientes del Google Maps, amigas y amantes holandesas, matrimonios brasileños y del sur de Chile, japoneses y toneladas de chinos se agolpan como hinchas de fútbol en las cubiertas de los catamaranes, varados ante una multitud de lobos marinos que, hasta en el último recodo de la nada –exclaman rugiendo, revolcándose de fastidio en las rocas– nos roban la siesta.  

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En la Secretaría de Turismo del fin del mundo no recomiendan confrontar sin guía el fin del mundo. Pero el aprendizaje didáctico del fin del mundo es costoso, tanto como un sueldo mínimo o un mes de alquiler en Buenos Aires. Insistirán en que no asumas el riesgo, incluso te advertirán que Defensa Civil está ocupada, ocupadísima rescatando imbéciles que se las dieron de valientes. Pero tú querrás desobedecer. Si no arriesgas en el fin del mundo, ¿cuándo? Además, entre las cosas que podrías llevar contigo al fin del mundo, ¿agregarías a tu maestra de primaria? 

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Proyecto de novela

Pongamos que se llama Rebeca. Y entonces Rebeca viaja al fin del mundo, y le dice al marido que no es que ella no lo ame, sino que simplemente lo necesitaba, necesitaba irse sola al fin del mundo, necesitaba irse por un tiempo, así, a secas, sin dar demasiadas explicaciones. Pero el marido no entiende cómo las frases que él profiere a ella no la convencen, no la hacen cambiar de parecer, y se queda pegado al auricular, mientras Rebeca deambula bajo días nevados, sola y reflexiva y feliz, por momentos sumamente feliz. Y un día, mientras bebe una taza de chocolate caliente, conoce a Jesús, y Jesús la invita a cenar esa misma noche, ella acepta y en el trayecto al restaurante, él sólo habla de las bondades de la centolla, de las formas de prepararla y de las decenas de marcas en lata, dos de las cuales él sugiere a Rebeca, casi imperativamente, comprar y llevar a Buenos Aires. Pero Rebeca, al ver el molusco moverse en la pecera tras la vitrina, siente una mezcla de náusea y compasión, además de preguntarse si volvería a Buenos Aires, y de por qué los hombres les hablan a las mujeres como si fueran vendedores. De modo que Rebeca se marcha, y Jesús se queda pegado a la centolla, quizás ya habiendo intuido lo que pasaría, o quizás no. Luego Rebeca se muda del hotel en que estaba a un departamento, en que quizás le suceden cosas o no le sucede nada, pero en que vive por un tiempo indefinido, hablando cada vez menos con el marido por teléfono.

 

El fin del mundo incita a coger con las persianas elevadas, viéndote en el reflejo de las ventanas vecinas, igualmente expuestas pero cerradas como la tuya, donde coinciden el derrumbe de los techos nevados, el intenso claroscuro del cielo, el riesgo de quedarte atrapado en la antípoda, y de ser olvidado para siempre, y a la vez liberado para siempre. Y esa hipótesis de aislamiento te calienta. La buena calefacción ayuda.

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El fin del mundo es vertical y es una isla. Desde cualquiera de sus calles puedes ver el aeropuerto (sus picos de témpano azul), bordeando la bahía lejana, como un espejismo por el cual desertar. En ese sentido el fin del mundo es flexible: permite que traigas el peso de tu cuerpo, la suciedad de tu cara, lo que ha quedado de ti. Permite tus huellas en sus dóciles facciones, tus pasos vacilantes de nacido, tus miles de selfies y desechos, y luego nada impide que huyas, eres libre de huir o regresar.

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Cuesta asimilar los primeros días en el fin del mundo. Luego ya no quieres irte, y sabes que lo extrañarás desgarradoramente, como antes extrañabas a tu amor de montaña, lo único que te movilizaba a viajar con tus padres. 

 

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La inscripción en el muro y el texto de Ricardo Rojas fueron tomados de Celdas, Textos de presos y confinados en Ushuaia (1896-1947), de Alicia Lazzaroni, Editora Cultural Tierra del Fuego, 2018.

Fotografías: Ricardo Montiel y Daniela Furer

 

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Ricardo Montiel (Maracaibo, 1982) es autor de los libros Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015) y Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia - Rangún, 2018). Forma parte de la antología de relatos y ensayos La revolución peatonal (El Caminante, 2015, y ha colaborado para medios impresos y digitales de Argentina, Costa Rica, España, México, Colombia y Venezuela. Coedita la revista digital Merece una reseña, y vive en Buenos Aires desde 2007. 

 

 

Libélula

Maumy González

 

Le gusta mirarse el pie de apoyo cuando está en punta. La vida se le diluyó en un rigor casi lapidario hasta lograr esa curvatura del empeine. Le fascina la forma en que se integra con la canilla y el muslo, luego con la pelvis y el otro muslo y de ahí hasta la otra punta.  La zapatilla que baja y sube. Un salto, de nuevo la punta y luego, por un instante, la planta en el suelo. Sus clientes disfrutan de mirarla así: pura piel, abierta y elástica, demostrando un nivel de maleabilidad que los excita. Vuelve a apoyarse sobre una punta, sosteniendo la línea del arabesque hasta los brazos. Mira la pantalla gigante que tiene enfrente y que mandó a instalar para estar atenta a sus propios movimientos y no perderse el efecto en los mensajes. A un costado titila la luz blanca de los nuevos textos. La música está tan alta que no escucha los avisos. Ve pasar un mensaje tras otro, casi todos escritos en un inglés chapuceado. Le piden eso: puntas de pie, delicia, estírate.

Se imagina libélula, con alas finísimas que hace vibrar a la altura de sus omóplatos. Siente que la zapatilla tiembla. Ahí está su pie, un apéndice en el que se concentra con furia pero del que trata de anular el dolor. Ha perdido uñas, le han crecido callos. Entierra los pies en las zapatillas, los anestesia en esos capullos de satén. Al danzar, suele perder la noción de sí misma, en el espacio, en el tiempo, no importa cuándo ni dónde. Quizás está exigiéndole demasiado a ese pie. Gira, diosa, escribe alguien y ella toma impulso. Vuelve a saltar, muestra el cuello, los brazos extendidos, movimientos sutiles en los que las secuencias son apenas un soplo. Sabe que debe escoger posturas mucho más insinuantes, exponerse para no perder visitas, pero eso sería forzar la fluidez de la danza y no quiere sacrificar la estética. En medio de las cabriolas del allegro da un vistazo a los avatares en la pantalla, de paso lee los nicknames de los clientes, la mayoría son ideogramas orientales. Se produce con cuidado para ellos. Cavado y piernas bien depiladas, ni un vello indiscreto. Muchas zapatillas de punta para escoger las que mejor se adapten a su estado de ánimo. Tiene de distintos colores: nude, malva, rosa chicle, azul nubarrón. Sólo necesita las zapatillas, el resto no le hace falta, ni siquiera usa tutú. Sí mantiene el rodete, bien tirante, sin cabellos fuera de lugar. Danza y el aire le eriza la piel, el rubor le arrebola la cara, la humedad le invade la entrepierna. Muchas veces su propia vulva la sorprende en la pantalla, como si fuera una flor carnívora a punto de devorarla. La luz blanca al costado sigue titilando. Durante las últimas sesiones, como hoy, sus clientes han aumentado. Los primeros meses sólo había unos cuantos y ella se deprimía. Tanta exposición por nada. Entonces, se sentía cebra, un animal tosco, sin gracia. Se imaginaba en medio de una sabana inmensa, donde un león la acechaba bajo el resplandor del sol que resquebrajaba la tierra, agazapado entre árboles raquíticos, sin lugar adónde huir. Después de esas sesiones terminaba exhausta. No le quedaban más que ganas de ducharse e ir a dormir. Sin embargo, aquellas veces debía seguir bailando. Acercarse al teatro y pasar la noche danzando para la Compañía, asumiendo su papel de eterna sombra de la primera bailarina. Enfrentarse al exterior, a ese afuera donde el mundo es mundo y la gente que conoce, si supiera lo que hace ahora, la miraría con asco.

Prefiere no pensar sino seguir la música. Los compases y su cuerpo durante cada sesión desarrollan una simbiosis. Incluso le parece que el escenario se licuara. Gira, una y otra vez, sobre el pie de apoyo, abre y cierra los brazos como una extensión de las alas de la libélula, mientras la otra pierna hace de látigo para impulsarla en cada vuelta. La repetición y el esfuerzo algunas veces la hacen llorar. Tal vez algún cliente lo interprete como una debilidad pero no es así. De niña, cuando comenzaba a aprender las primeras figuras, cada vez que la maestra le clavaba los dedos en las costillas ella apretaba la mandíbula, el esfuerzo la hacía estremecer y aun así no perdía la posición. Dejaba de sentir y lloraba sin ser del todo consciente. Se veía a sí misma desde otro lugar, desprendida de su propio cuerpo. Las lágrimas son similares al sudor, una exudación más con la que debe lidiar al final de cada sesión.

La melodía llega al clímax y la libélula se detiene: los pies en paralelo apuntando a los costados, las piernas juntas, los brazos en un óvalo perfecto. Podría ejecutar los movimientos hasta dormida. Mira la pantalla de reojo, la cabeza ligeramente hacia arriba. Siguen pasando los mensajes pero no presta demasiada atención a los textos. Mueve el brazo despacio, esa mano es el límite de la espiga que se extiende y de a poco busca acercarse al techo. Un saltito y hace el soussus. Puntas de pie, tensas las canillas y los muslos; se siente recta, no hay espacio entre sus piernas, se transforman en una sola. Luego se mueve, plantas, puntas, un resorte en sincronía sedosa. Sabe que no debe pisar sino flotar. Así, dibuja puntos imaginarios sobre el suelo. Uno, dos; uno, dos, repite. Lleva una mano hacia adelante, alada, ligera. Fija los ojos en la cámara, tratando de enfocarse en las pupilas y no en lo erizado de sus pezones oscuros y gruesos agigantados en la pantalla. La luz blanca no para de titilar mientras la melodía agoniza. Ha sobrepasado el cupo de clientes, reconoce la luz verde del aviso. Se nota que la improvisación esta vez ha causado efecto. Más dinero a su favor. Se pregunta si es realmente eso lo que la impulsa. No está segura. El dinero, como la opinión de los otros, es algo que con el tiempo ha dejado de importarle. Ella es la bailarina, la habitación su caja de música. Ahí es única; una libélula, diáfana, libre, casi etérea.

 

***

Maumy González. 1974. Narradora venezolana residente en Argentina. Autora de la colección de cuentos Todas las mañanas un muerto (La Letra Eme, 2014) e Imagina la felicidad (Qué diría Victor Hugo?, 2017), colabora en la prensa de autores independientes, coordina talleres de narrativa y lleva el blog La Aquateca. Es Secretaria de Difusión de La balandra. “Libélula” fue publicado en la antología Bailarinas (Desde la gente, 2018).

El contorno de las cosas

Yair Magrino

  

Comienzo con la imagen que dispara este relato: mi primo Félix fumando con la mitad de su cuerpo recluido en la oscuridad. La luz entraba por una claraboya y dividía el salón de visitas. Mi primo Félix se reclinó en el asiento y su cuerpo entró por completo en la sombra. Yo estaba del lado de la luz (¿Lo estaba?). Pienso si estos detalles serán una forma de metáfora arquitectónica. Miré a uno de los policías que me registró en la entrada. Él también fumaba. Parecía exhausto. Miraba la claraboya como si pudiese obtener, de ese rectángulo mal ubicado, un paisaje, una forma de fuga. Debe estar harto de oír los reclamos a los abogados; harto de las lágrimas de las mujeres después de haber pasado por la sala de visitas higiénicas; harto de las oraciones para el gauchito Gil en las que piden fuerza para no claudicar o soportar la pérdida de la libertad. El policía volvió su cara a las mesas dónde estábamos sentados. Pensé: nos odia. Me corregí de inmediato: odia a los que están recluidos en las sombras. Es un error, pensé, que gente así tenga colgada de la cintura una pistola por la calle. Miré el reloj. Comprobé que habían pasado quince minutos. Félix mantuvo el silencio todo el tiempo.

La imagen que dispara este relato no es suficiente para que yo escriba. Félix, fumando en la oscuridad, alargando el silencio con el humo de su cigarro. Debo añadir las primeras palabras que me dijo después de varios años sin vernos. Me preguntó si había visto una película de Peter Bogdanovich. Luna de papel dijo que se llamaba. Me sorprendió que Félix  la conociera. Le dije que sí y ahí, el que mantuvo el silencio fui yo. Porque el ejercicio de recordar es de ese modo. Para volver hacia uno mismo es necesario el silencio.

Fumé yo también y traté de acomodar los dos hechos que su pregunta había disparado. Uno: antes de ir preso, Félix y yo intentamos acercarnos, recuperar, en cierto modo, el tiempo perdido. Dos: ver su nombre impreso en el copete del diario Clarín; su cara, a medias cubierta por una campera deportiva; la acusación de haber matado a su novia.  Uno: Félix aceptó en varias oportunidades la invitación de cenar en mi casa. Yo preparaba comidas que venían del pasado: pasta fasule, bifes a la portuguesa, etcétera. Dos: la vergüenza –tal vez injustificada- de haber leído el diario, de haber leído su nombre y visto su cara a medias cubierta por una campera deportiva (era blanca y azul), mientras yo me tomaba unas semanas de descanso en las sierras cordobesas. Uno: reconocer la falta del box set con la filmografía completa de Bogdanovich que había comprado en Berlín una noche post-cena con Félix. Yo sabía ya, a esa altura, que Félix estaba desbocado. Dos: ¿Habrían pasado dos años? ¿Estuvo siempre en Olmos o lo trasladaron desde Batán? ¿Cuánto tiempo le quedaba?

Dijo que no sabe cómo consiguió la película. Venía en una cajita de madera, dijo, no la pude vender. No sentí rencor. Tal vez por cobardía, repetí para mí un axioma que robé de un libro de José Bianco: soy amigo de las circunstancias, sucumbo ante ellas. Félix dijo que lo que más extraña es coger, que se sabe defender, que no la pasa tan mal, pero extraña sentirse lobo.  No dijo eso. Fue más vulgar. Me cuenta un detalle. Y es tal vez ese detalle el que dispara este relato, no la imagen de Félix fumando en la oscuridad, alargando el silencio con el humo de su cigarro. Me dijo que Luna de papel nunca fallaba. Había funcionado con su novia, la que mató. Me contó, después de un largo silencio que no supe llenar, que a veces, cuando algún amigo le mandaba plata, pasaba a la sala de visitas higiénicas. Media hora te dan, dijo, y siempre me sobran diez minutos. Hay algo triste, dijo, después de vaciarte y pagar. A Félix no le gusta pagar pero dijo que no le queda otra.  En esos diez minutos que me sobran, dijo, cierro los ojos, vuelvo al sillón de mi casa, repaso, una a una las escenas del comienzo de Luna de papel hasta que golpean la puerta y vuelvo a la celda. No me escuchan, dijo, pero no me importa. Por unos minutos, yo vuelvo a ser lobo.

Después fue un silencio incómodo hasta que hicieron sonar un silbato o una chicharra. Nos dimos la mano. Le prometí que volvería. Félix me preguntó para qué. Le di la mano. No me animé a preguntarle si necesitaba algo. Temía que dijera que sí. Desandé el camino, atravesé los portones enrejados y las puertas blindadas hasta la salida del penal de Olmos. Ya era la media tarde y la luz del sol caía, como en la sala de visitas, dividiendo la calle en dos. Decidí caminar hasta el auto persiguiendo esa línea ficticia, como si fuese una soga por la que camina un malabarista. Apareció un auto de frente. Sin darme cuenta, elegí una de las mitades de la calle. Del otro lado, la luz del sol le daba contorno a las cosas, a los árboles, a los autos estacionados. De mi lado, hacía frío.

 

 

***

Yair Magrino. Buenos Aires, 1982. Es integrante del Grupo Alejandría. Dirigió el ciclo artístico multidisciplinario Club Zuviría. Autor de los libros Porcelanas (Ed. Milena Caserola) y Apuntes de Taxidermia (Colección Alejandría). Publicó cuentos en Canadá y en México. Algunos de sus cuentos integran las antologías del Concurso Binacional ARBOL (Secretaría de Industrias Culturales) y del Concurso de Relato Breve Osvaldo Soriano (UNLP). Wonderboy (ed. Alto Pogo, 2015) es su primera novela. Editor de Clubcinco Editores, sello dedicado a la reedición de literatura argentina contemporánea. En 2016 ganó la Beca de Fondo Nacional de las Artes. En 2018 lanzó Sorojchi editores, dedicado a la difusión de autores latinoamericanos En 2019 publicó su poemario "Pittsburgh" por Santos Locos.

 

Poemas

Rosana Laura Canosa

 

Confesión

Ando estrenando miserias
tengo que mudarme de país
o de vereda
romperme la inercia
o algún hueso

me enamoro de los filos de las cosas

la medialuz
la oscuridad
la sombra pergeña un margen de horror

no encuentro resquicio
por donde escapar
a un tiempo sin hojas cuadriculadas

sigo a una hormiga que va mordiendo mi albahaca
escucho cómo se desgarra
la carne verde

me maldigo
pero quiero eso

que me desarmen
a dentelladas

*

Época de esquila
en casa de mis abuelos

la luz empuja por el este
repica en el empedrado del galpón
trepa por la lana que cubre mi infancia

mi adolescencia
también fue época de esquila

yo era la oveja

desnuda
con frío
despojada de mi piel

sangrando por algún tajo
allí donde las tijeras
habían llegado demasiado lejos

*

Ballena 52

Condenada por la genética
a nadar
a los gritos
sin que nadie te escuche llorar a tus muertos

no enganchás la frecuencia

gritás otra herida
aullás otra verdad
gemís otra caricia

tu manada anda cerca
pero nada es más relativo que la distancia
cuando seguís cantando para los sordos
emputecida

 

 

***

 

Rosana Laura Canosa. Nació en el sur del Gran Buenos Aires en 1971. Es traductora pública y correctora de textos. Escribe desde los ocho, cuando su abuela le dijo que podía hacer todo lo que quisiera. Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas digitales y en una antología. Hace talleres de narrativa y de poesía. Parece que este año se publica su primer poemario.  Se lo va a dedicar a su abuela.

 

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