Después de la cuarta salsa hay sexo

Leo Felipe Campos

Pinky ha visto a Silvia bailando frente a la tarima durante treinta y seis jueves seguidos, la ha mirado caminar en puntas hasta la barra, la barra, la barra. Y con ustedes, en el piano, flash de agua y alcohol, el humo, la manito agitando sus anillos de fantasía, pantalones blancos, cabello suelto, delineador plateado y una calavera en el pulgar; escarcha, lentes, las caderas tic tac, clac y permiso: un paso al lado, la luz baja, llegando a estirar el brazo con una pulsera coqueta y detrás esa sonrisa de neón, repicando las rodillas al tiempo que saca el pecho de estrella, figura de la noche Silvia, falda larga azul y zapatos bajos, blusa de poliéster, borracha y constante, al menos con la idea que tiene del placer para sí, batiendo una vez más sus palmas y señalando al barman, que al igual que Pinky, el vocalista del grupo, la ve venir con puntualidad estricta, sola o acompañada. Camisa abierta de algodón que se moja y cae como una ola de surfista. Sin cartera, sin pudor, sin vergüenza, sin dejar de tararear ni de golpear el trago con su anillo para llevar el ritmo y disfrutar de la música —metales, cueros y coros— y del ambiente del lugar: cuerpos bailando, estrujándose y pisándose accidentalmente, en medio de piruetas y frenos y hebillas que se rozan, franela de nylon sin escote, jean negro, peineta invisible, y jugar a la dama sola, a la mujer dura, Silvia cintura de goma, a la bailarina que sigue el show desde su rincón a ojos cerrados, vente, cosita rica biribón bom-bom, y si supieran que tiene miedo: de morir apuñalada, de perder su trabajo, de conocerme y morderme, de no ser capaz de terminar a tiempo el plano y la maqueta de su vida de cuarentona, de llorar y de volver a hablar con su padre y su hermana, con quienes decidió cortar la comunicación hace poco menos de un año. Con el primero por diferencias políticas. Con la segunda porque vivía diciéndole puta y, así, comprenderán que cualquiera se distancia.

Bien, yo conozco a Silvia. Bailé con ella una noche de fiesta en el segundo piso de la casa. Vivimos cerca. Esa noche ocurrió por primera vez lo de su hermana, una pelea estéril, innecesaria. Creo que fue porque Silvia me sugirió, en una rueda de piernas cruzadas que caracoleaba alrededor de unas velas y dos neveritas con hielo, algo muy parecido al título que escogí para esta confesión. En realidad, más que el título, me ofreció el origen, sin saberlo. El punto iniciático, la piedra angular que nos tiene ahora enredados entre timbales, o al menos me tiene enredado a mí.

—Después de la sexta salsa hay sexo, siempre —dijo.

Y bebió un trago.

 

Ahí comenzó nuestra apuesta y desde entonces, hace treinta y seis jueves, no hemos parado de ir una vez a la semana al Timbal de Fuego, un local que no vale la pena describir porque repite palmo a palmo los lugares comunes de la postal universal del Caribe.

Llegamos para sacudir las piernas y sudar, para sacar la lengua con cada clave, con cada golpe seco de la ráfaga de toques sobre el cuero de la tumbadora y el chispazo de la campana en cada solo de trompetas, con una, con otra, con otra, con otra y con otra pareja, hasta el final de cada madrugada, a las cinco de la mañana del viernes, cuando alguno de nosotros debe abandonar el espacio, habiendo controlado y calculado las canciones y aproximaciones del otro con alguna persona en la pista.

Las reglas, después de cinco semanas de improvisaciones y ajustes, terminaron siendo las siguientes:

Primero: dos canciones, no importan el ritmo o la armonía, ni el año de su composición ni la popularidad o la extensión, para determinar si la pareja escogida puede seguir jugando en función de nuestra apuesta.

Segundo: el máximo de piezas seguidas para salir del local abrazando a ese nuevo conocido, directo a la cama, en cuyo caso uno de nosotros escolta al otro en el trayecto y el que pierde paga la cuenta, es de seis. Nunca de seis y media, ni de siete.

Tercero: si luego de esas seis canciones no se logra cautivar al oponente y, como consecuencia, desnudarlo, chuparlo y todo lo que a continuación solemos imaginar que puede llegar a ocurrir allí, en ese momento, acaba el turno de uno y comienza el del otro. Está claro que para nosotros es más importante el medio que el fin.

Penúltima regla: solo se puede probar con un máximo de tres parejas por noche y está prohibido repetir con la misma persona en las siguientes semanas, una vez que hayamos logrado llevarla al mete-saca-mete-saca-mete-uh.

Finalmente, lo que significa un consuelo pobre: si ninguno logra el objetivo de horizontalizar a una pareja de baile en máximo seis canciones, al final de la jornada nos toca meternos juntos en casa de alguno de nosotros, borrachos y con el ánimo enterrado, empelotados y a trepar de modo olímpico; un ejercicio agotador, doloroso y, por lo general —lo digo porque lo hemos hablado— carente de goce.

Antes.

Porque ahora estamos viviendo un conflicto: nos empieza a gustar ese empate con significado de derrota definitiva. La semana pasada nos atrevimos a romper las reglas por primera vez. Me asustaba ver cómo ya no nos esforzábamos por brillar en la pista. Por el contrario, bailábamos con desgano, con la mirada puesta en nosotros.

Con la boquita aguada, inventábamos sortear la veintena de parejas que se movían sobre la pista para caminar hasta la barra y pedir un trago y otro, para interrumpir el juego. Nos separábamos de los cuerpos ajenos. Y lo peor, si por casualidad alguna pareja nos enganchaba, decidíamos hacernos a un lado en menos de dos compases, buscábamos una excusa que llegamos a llamar calambre, otras baño, otras aire fresco. Y empezábamos a bailar juntos, nos retábamos entre empujones y besos, entre apretujones y vueltas, entre poses infantiles frente al iPhone para inmortalizar la escena.

Notamos que de alguna manera el sexo entre nosotros se estaba convirtiendo en algo más importante que la salsa. Que otra vez, el medio y su fin volvían a ser lo que antes eran. Una porquería, porque sabemos que en el Caribe, no es un mito, menear el culo, clavarle como ganchos los índices en la cintura y lamerle el cuello sudado a esa persona que se contonea enfrente, África mía, tan cerca y tan caliente, mordisco y mano abajo, de la cadera hacia las nalgas, rozando no el delirio, sino el límite de la gracia, a pocos metros de la música en vivo, suele generar taquicardia y ser mejor que la penetración sistemática, o al menos más adrenalínica, en la mayoría de los casos.

 

Total que aquí estamos: jueves número treinta y siete en el Timbal de Fuego que siempre esconde una humedad satisfactoria. Diría que todo comenzó hace un mes y medio, cuando el saldo marcaba dieciocho triunfos para Silvia y once para mí, con siete empates que al principio fueron repugnantes. Eso sí, el récord de velocidad y precisión era mío, con apenas dos canciones y media antes del sexo. Fue con una cubana que se parecía a Cleopatra, lo que motivó a Silvia a ponerle un asterisco a mi marca. No me importa.

Sea como sea, a estas alturas está claro que ella tenía razón. La mayoría de las veces nos sobraban canciones para follar con desconocidos. No hacía falta llegar a la sexta. Y si bailábamos sin parar, luego de una media hora sin lograr seducir al juguete extraño en la pista de baile, es porque probablemente no habríamos podido amarlo nunca de cualquier otra manera, ni comprándole una casa.

Antes de seguir debo aclarar que además de los europeos y los asiáticos, que no podrían hacer un ocho adecentado con sus caderas ni frente a una amenaza de muerte, y además de los que bailan salsa como si fueran una pistola contra el tiempo, que asisten al sabor del dancing como quien mira un programa de repostería en la televisión sin tener hambre; están también los que se contienen y a veces hasta se reprimen. Esos son los que desean desnudarse en plena pista, pero no se atreven porque alguna doctrina profunda que mezcla pudor y culpa se los impide. Son terribles y se reconocen, por lo general, hacia el final de la segunda canción, luego de algunos abrazos en los que parecen ceder, con el codo izquierdo a mitad de su columna y la mano derecha acariciándole la nuca, en el caso de los hombres, y con ambas manos sujetando sus hombros, en el de las mujeres. Pero no ceden. Se separan apretando las pestañas y construyen una mueca que parece ofrecer una disculpa, algo como esto: (mueca que parece ofrecer una disculpa).

Son la excepción estúpida, el absurdo. Un error en la pista.

Pese a ellos, no hay ya nada que probar. Sin contar los tres empates que Silvia y yo escogimos para este último mes, una decisión desacertada que nos ha desviado del objetivo inicial de la apuesta, puedo asegurar que hubo dos errores en aquella frase de Silvia en la terraza, sobre todo si nos apegamos a las estadísticas. Primero, el sexo es más seguro después de la cuarta que de la sexta canción. Segundo, no es siempre. Pero casi.

Ahora mismo hemos visto cómo Pinky, el vocalista, y el barman achinado y fuerte con su cabello liso y puyudo, están ganando dinero a costillas de nosotros. Se han dado cuenta de nuestro juego y han empezado a apostar con los otros músicos y mesoneros, a favor de uno y otro, según la noche, y han llegado a la conclusión de que la salsa en el Caribe es un trabajo más erótico que musical. Me lo dijo el negro de la trompeta el jueves pasado en una reflexión frente al lavamanos, durante el descanso y todavía con la nariz empolvada. Sonaba el Quinto Sabroso de Joe Cuba.

Silvia está soltando a su pareja en este momento.

 

Después de la cuarta salsa hay sexo y lo he comprobado nueve veces con mujeres distintas. Otras dos veces, una después de la segunda, una después de la quinta. Cuando no es así, me voy con ella, que sigue llevando la delantera. Todo buen bailarín lo sabe: se puede llegar solo a la pista, pero siempre es necesario tener un cómplice, una pareja segura de repuesto, un número de teléfono activo las veinticuatro horas, el martillo que rompe el cristal en caso de emergencia. Y Silvia, en este caso, con esa falda negra y su chaleco anaranjado por encima del ombligo, moviéndose alegre y segura al son de la guataca indestructible de la Fania, es más que una culebra con buen ritmo; es una figura mágica que ha logrado secuestrarme el deseo de miércoles a viernes, reforzando ese mito calenturiento del Caribe según el cual el swing es como el talento: se tiene, o no se tiene.

Ahora está en la barra. Idilio, Barrunto, Mi gente y Llorarás. Me comienza a parecer sublime y encantadora. No lo he dicho, también es mucho mejor bailarina que yo.

Si Estados Unidos exporta su imaginario de hamburguesas, rascacielos y parques temáticos, si Argentina tiene sus vacas y Egipto sus pirámides, si Japón es pura tecnología y España la poesía ultracontemporánea del Fútbol Club Barcelona, nosotros tenemos la salsa en la noche, que nació entre Cuba, Puerto Rico y el Bronx hace cuarenta años, y también tenemos cuerpo para bailarla, algo que, es verdad, no sirve para sentir orgullo, pero sí como preámbulo erótico para encuerarnos en la cama. Además, tenemos a Silvia. ¿No es eso más importante que una bandera o aquello que llaman vanguardia?

Para mí, sí.

Ahí viene. Silvia, con sus Converse de goma y los hilos del pantalón roto en los bolsillos de atrás. Gitana. Carga un trago en cada mano y camina directo hacia este cuerpecito gastado y eléctrico, en el vórtice que componen también las miradas de Pinky y el barman achinado, equivocados como estarán de ahora en adelante, los próximos cuatro o cinco jueves, mientras nosotros resolvemos seguir pactando, pero no porque queramos que pierdan su dinero, sino porque ya comenzamos a pensar en una nueva apuesta que aumente el reto, o en una hipótesis improbable que nos estimule a bailar más y a empatar menos.

 


Cuento publicado en “Gancho al hígado”, editorial Tusquet, Bogotá, 2018.


 

LEO FELIPE CAMPOS nació en San Félix, pero se trasladó a Caracas donde se graduó de Comunicador Social. Ha sido actor de teatro, periodista deportivo y asistente de dirección en cine y televisión. Es fundador y editor de dos revistas venezolanas Platanoverde y 2021 Pura Ficción. Publicó “Los paralelos”, su primer cuento en el 2006 por Amauta Editorial. En 2009, publicó con Ediciones PuntoCero su primera novela “Sexo en mi pueblo”. Actualmente reside en Bogotá.

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