El bolero de Jorge Donn

Hilda Cepeda

- ¿Qué haces acá? Te dije que no tenía lugar para ti.

- Vengo a mostrarle que soy bueno, quiero estar acá.

Es imposible no imaginarse este diálogo entre Jorge y Maurice. El primero, un bailarín argentino, de los más destacados del siglo XX; el segundo, el icónico maestro de la danza moderna, Maurice Béjart. Jorge Donn bailó desde los 8 años en la Escuela de Danzas del Teatro Colón. Desde 1955 y durante diez años seguidos estaría bajo la tutela de Aída Mastrazzi, Jorge Tomín, Michel Borowsky y Renate Schottelius. Con esta última maestra experimentaría la danza moderna, nada apreciada en esa época, pero su cuerpo era dúctil y él tenía, desde muy temprana edad, la ansiedad por moldearlo, lo cual se concretó durante su carrera en Europa.

Nació el 25 de febrero de 1947 en la localidad de El Palomar. Solía entregarlo todo en escena, muchos lo calificaban por una fuerza interior que lo destacó en el escenario, lo cual supo aprovechar su guía, Béjart.

Y es que la historia de Donn, inicia con su encuentro con Maurice Béjar. Tenía 16 años, cuando lo conoció, él maestro se presentaba con su compañía Ballet del Siglo XXI, en Buenos Aires, en el propio Teatro Colón. Allí Donn se le acercó para pedirle entrar a su clase, petición que aceptó Béjart. Le pidió que lo llevara con él, el coreógrafo le dijo que no era posible, ellos estaban completos y él era muy joven. El diálogo inicial a este texto se complementa con el maestro repitiéndole “Estamos completos”, pero la insistencia y la suerte dieron resultado. Tres meses después el escenario fue Francia, Donn estaba frente al maestro cuanado uno de los chicos del elenco enfermó, dándole paso. Tres años más tarde era el pupilo, inspiraba las piezas de uno de los coreógrafos más prominentes de la historia moderna de la danza: Maurice Béjart.

El Bolero

Donn formó parte del Ballet del Siglo XXI y así triunfó en Europa, junto a su maestro Maurice adquirió fama por su técnica y sus enérgicos movimientos. “La danza se hace de a dos, como el amor. Allí es donde se funde el creador y el intérprete”, dijo.

Béjar creó más de 30 piezas para Jorge, lo consideraba una fuente de inspiración. La carrera internacional de Donn, tuvo entre sus picos más destacados, la invitación que le hiciera en 1976, George Balanchine para que participara como primera figura en el New York City Ballet, ya para ese momento era el coordinador artístico de Béjar en Suiza.

Inquieto y con la fuerza de considerarse en un buen momento de su carrera, se separa de su guía en 1988 para formar su propia compañía: L’Europa Ballet, proyecto que siempre contó con el apoyo de Béjart, quien lo justificó por la necesidad de crecimiento e independencia de quien fuera su artista favorito. Béjart creó para Donn la famosa pieza El Bolero, la cual interpretó Donn en una escena de la película Les Uns et les Autres, de Claude Lelouch.

El preferido

“Si tengo un lugar en el mundo fue porque sufrí para tenerlo. Voy a seguir teniéndolo, aunque me cueste más de lo que preveo. Un prejuicio considera que un bailarín termina su carrera a los 40 años. ¿Quién pone ese límite? La sociedad. Bueno, yo no lo acepto. Siento que recién empiezo. Y estoy dispuesto a empezar”. Donn lo sostenía siempre, para este argentino, su condición era permanente, la de conquistar lugares con su arte. A menudo se le comparaba con un felino, quizás por sus caracterizaciones y su melena rubia.

Bérjat y Donn irrumpieron espacios con la danza moderna. Maurice planificaba la danza como un hecho popular, para nada reservada a las élites “El ballet como cualquier arte, no está hecho para especialistas”, afirmaba. La pasión de Béjart, lo hizo romper los estilismos de la danza, la quiso hacer popular y para eso uso la fuerza de Donn, quien no escatimaba talento para demostrar lo sublime de la danza moderna y su repercusión en el mundo de las artes.

En 1979, Jorge Donn recibe el Dance Magazine Award, el galardón más prestigioso de la danza. En el 89, la Fundación Konex lo nombra uno de los cinco mejores bailarines de la historia Argentina. A los 45 años, y de manera prematura, considerado así por los proyectos iniciados, por los afectos generados desde su arte y sobre todo por un legado que debió continuar, muere. Fue el 20 de noviembre de 1992, a causa de complicaciones por el Sida.

“Lo más importante que aprendí de la vida es a morir. Todos los días aprendo a aceptar un poco más mi muerte. Todos los días, por lo tanto, vivo un poco mejor”. Hasta el último de sus alientos bailó y creó. En junio de ese mismo año, participó en el Festival de Sens, aledaño a París.

Admirado en el mundo de la danza y las bellas artes, este bailarín argentino se ganó el respeto y la admiración de su público, y de los más destacados y expertos maestros de la danza en el mundo. Bérjat, su maestro, murió 15 años después. En sus biografías todos coinciden en afirmar que, luego del fallecimiento de su pupilo, su mirada se opacó. “No podría amar fuera de mi oficio”, expresó el mismo Maurice Bérjat, al referirse a sus afectos, en espacial a Donn.


HILDA BEATRIZ CEPEDA. Nació en Caracas. Estudió artes plásticas, mención escultura, danza, teatro y periodismo. Ejerció el periodismo en diversos medios e instituciones culturales. Es maestrante de Comunicación y Creación Cultural, en la Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires.

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