La reina y Anita

Hilda Cepeda Navarro

 

 

La luz de las once de la mañana baña todo el patio, se cuela por las hojas y refleja unas sombras en la arena amarilla y seca que comienza a agrietarse. Ella juega con las figuras sin formas que se dibujan en el suelo. Debajo del cerezo. Sus grandes ojos color miel, se despiertan, asombrados, sus largas pestañas quedan atentas como unas antenas, frente al pequeño mundo que descubre en el nacimiento de la mata que florea las cayenas rojas.

Siguió la pista de un camino curvo que hacían las hormigas grandes o las culonas rojas, como las llama la abuela. Llevan hojitas, cerecitas. Todas hacen grandes esfuerzos para empujar sus cargas, cuidadosas en su camino, ninguna se sale de su fila, una tras otra, hasta ese lugar secreto que descubrieron esos ojos almendrados, eran unos pequeños volcanes hechos de tierra rojiza.

Poco a poco, va retirando las ramas que caen al suelo y puede develar una gran ciudad. Grandes torres, caminos, colchones de hojitas. Todo está en movimiento, ninguna de las culonas está detenida, unas arrastran granos de arena, mientras otras cavan. Pero nada fue capaz de atrapar más su atención que lo que la reina de la comarca guardaba con recelo, amontonado, contra la pared del patio que da a la casa de Amarilis.

Los más rojos, redondos y enteros cerezos ya los tenía la comarca. Se le habían adelantado. Por impulso revisa sus bolsillos para ver los que ella pudo conseguir. Estaban pintones, entre verdes y amarillos, duros, golpeados por la caída. Cómo puede tener la reina tantos cerezos que brillan. Eran como irreales, tan grandes. Sus súbditos debieron trabajar muy duro para llevar hasta su rincón esos frutos.

Su boca se hizo agua, comenzó a imaginarse lo dulces y jugosos que estarían. Quizás si tomaba uno, ese que está justo en la copa, ese un poco golpeado, muy maduro, a lo mejor no les daría tiempo al pueblo comérsela. Sólo una no haría problemas. Ni lo notaran, además ellas tenían tantas.

Con firmeza apoyó su mano al muro. Con la otra retira el cabello negro que le cae sobre la cara. Debe precisar muy bien el movimiento para que ninguna de las trabajadoras note su desafío. Los pies juntos y descalzos. Alarga el otro brazo y toma por el tallito esa cereza robusta que la llamaba. En lo que la toca otra rueda como pidiéndole también ser llevada. El impulso hace que separe la mano que apoya en la pared y que tome las dos cerezas.

Ya en sus manos, las observa, por donde las morderá primero, será mejor meterlas por completo en la boca. Sin darse cuenta, en medio de su contemplación las celosas e inmaduras cerecitas de su bolsillo, saltan como enojadas por su indiferencia, todas comienzan a caer sobre las torres de las culonas. La reina pronto se da cuenta de lo sucedido y en un acto de reflejo, corre sobre el dedo gordo, desprovisto de vestido, que tiene frente a ella.

Justo cuando las dos jugosas cerezas habían pasado la barrera de leche. Sólo alcanzaron a ubicarse en las mejillas, cuando el grito por el ataque de la soberana, provino.

La tía sale a la puerta y ve a la niña con la cara roja y las mejillas inflamadas. Sólo puede ser que esté enferma. No hay tiempo para nada, hay que llevarla pronto donde el compadre, el de la calle Venezuela. Sin esperar a más la toma en brazos y sale corriendo con ella.

La furia de la soberana se siente en su dedo gordo, mientras que aún no ha podido morder las cerezas. Sólo las lleva en la boca, guardadas entre las mejillas. Llega al frente de una casa de colores lavados, una cerca de madera a medio cuerpo. La tía toca el candado, abre de inmediato la puerta y pasa a un largo patio, donde la espera un hombre extraño, con muchos collares, tez oscura, ojos rasgados.

La toma en sus brazos, ella tiembla, impresionada. “Tiene fiebre” dice, le ve a la cara, y se fija como se aguan sus labios, “mucha saliva”. La sienta, prepara una madera, pone la cabeza de Anita sobre la tabla, ella sólo puede ver como el con los ojos cerrados toma un mazo y apunta sobre ella. Sus ojos quedan atentos, hasta que se da el golpe certero en la madera. Un grito vino seguido de las grandes cerezas. Salieron disparadas por su boca, cuando abrió los ojos sólo pudo ver como su preciado botín, se alejaban y se perdían entre el matorral.

“Ya está curada”. Vuelve a casa, con la tía, debe quedarse en cama por unos días por recomendación del compadre. Anita llega solloza. La abuela la espera para abrazarla y premiar su valentía con un rico dulce de cerezas muy maduras que tomó de la mata, al amanecer, para preparar el postre preferido de la niña.

 

***

Hilda Beatriz Cepeda. Nació en Caracas. Estudió artes plásticas, mención escultura, danza, teatro y periodismo. Ejerció el periodismo en diversos medios e instituciones culturales. Es maestrante de Comunicación y Creación Cultural, en la Fundación Walter Benjamin, Buenos Aires.

 

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