Suite, de Gabriel Magnesio

Por: Ismael Rimoldi

Cuáles son las voces que puede utilizar un cronista en su andar por el planeta. Cuál el orden de su descripción. El presente eterno del recorrido que camina, de la conversación que mantiene, del erotismo que nos presenta, no se altera, salvo para contextualizar con algo del pasado del lugar o del personaje. Como una novela rayuelesca de su propio recorrido, el cronista y fotógrafo franco argentino Gabriel Magnesio configuró Suite, su primer collector en papel de imágenes y textos en blanco y negro, crónicas y fotorreportajes publicados e inéditos de sus últimos años de trabajo, editado por el sello independiente parisino Tamagö.

Llegar a donde difícilmente otro llegue. Incluso ahí mismo donde llega todo el mundo. Y describirlo, contarlo, descubrirlo para esos ojos que no lo verán nunca, por estar lejos o por mirar de otra manera. Al aluvión de instantáneas que nos dispara Magnesio en este libro no se accede, como parece a simple vista, sólo a través de sus fotos, sino más bien por la densidad de sus textos: Europa ampliada, el espacio Schengen, está caminado por el eje vivencial París/Berlín, los lugares de residencia del autor, pero desde la noche insomne, el Kit Kat Club, el Bergheim, Le Couloir, allí donde es más fácil desvestirse que hablar; los sórdidos rincones y las terrazas VIP en las que aparece John Galliano justo cuando dice algo que se grabará para su desgracia.

Magnesio sólo escucha la voz de los famosos como el contexto, el ruido de fondo. En vez de eso les da sonido y primer plano a los anónimos en medio de todo el show. Como a Mamadou, el inmigrante malí que define a París como un “útero desmedido”. Como al clochard Jacques o al chino Wang. Están los internados en un hospital del suburbio berlinés. Está Mónica León, reconocida trans salteña reina de la Gay Pride parisina y militante por los derechos de l@s trabajad@s sexuales. Este libro, puesto “en mémoire de la Géneration Bataclan”, es también un grito desde la oscuridad vital de estas naciones gerontes, desde la vitalidad de una juventud que no sería tal si no jugara con el filo de la muerte, de su orfandad y del movimiento continuo. Sin embargo, a fuerza de expresionismo, Magnesio logra que el valor periodístico de su trabajo no esté en la denuncia sino en la descripción. Schengen es aquí la descripción de Babel pero sin la culpa ni la amenaza bíblicas. Y no sólo Schengen.

En Suite hay mil lugares. Y mil personajes. Como Edvardas Burokas, héroe lituano sobreviviente de los gulags de Stalin. En su compañía descubrimos aquellos otros Espacios de la Memoria, como la antigua prisión de la KGB en Vilna, que funcionaba según el héroe cuando “el socialismo era una opción política que seducía en los países donde no existía”, y hoy es museo de las víctimas de ese genocidio. Allí donde en tiendas de viejo pueden comprarse gabardinas condecoradas con la hoz y el martillo y las esvásticas de la Wehrmarcht en el mismo pecho, donde jóvenes líderes de bandas punks rusas “lucharían por la URSS en una tercera guerra mundial” y viejos y no tanto esperan su dosis de vodka barato para arrancar el día, allí donde la caída del muro redibujó el mapa postal y cerebral de pueblos siempre sufridos y donde explotaron las zonas rojas y los migrantes buscan sobrevida y los boliches son atacados por fanáticos enceguecidos. Berlín con la diáspora turca más importante del mundo. El triángulo de Choisy en París, el barrio chino más grande de Europa. El puerto alemán de Kiel y “los insomnes que miran bovinos la planicie infinita, inclinados por (la cerveza) Svyturys”. Las diosas de la pasarela besando a Karl Lagerfeld en el Grand Palais. Todo eso y mucho más se va narrando en un ballet infinito, saltando de una locación a otra, de una voz a otra, a veces de un idioma a otro, muchas veces sin solución de continuidad, como queriendo confundir al lector, o tal vez como queriendo hacerle conocer cómo es un torbellino por dentro.

Otro libro aparte, si se quiere, lo conforman los pies de página. A la casi extravagante erudición del autor volcada en los cuerpos centrales de sus crónicas, que disparan la curiosidad a múltiples universos literarios, geopolíticos, catálogos de perfumes y consumos, se le suma el valor de las notas al pie, con una estructuración ordenada y más convencional de datos de contexto, aunque también intercaladas con fogonazos de un inconsciente expuesto que da más pistas sobre este autor. Y también sobre otros, como el tesoro escondido entre estos apuntes de fragmentos de cartas de Juan R. Wilcock, uno de los más geniales escritores argentinos aunque mejor reconocido en Italia y el extranjero.

Es que otro de los costados de este libro poliédrico, escrito joyceanamente para desazón del lector pasivo, lo conforma aquello que, a contrapelo de las últimas reivindicaciones latinoamericanistas puras, recrea uno de los tópicos culturales argentinos, el de la argentinidad europea.

Gabriel, nacido en Montpellier y criado en Córdoba, es tal vez protagonista involuntario de ello. Por la genética de su propia vida e historia, que lo devuelve constantemente al regurgitador pero inevitable útero parisino del que habla Mamadou. Por el repaso que hace de la biografía de Wilcock, aquí con el pseudónimo de Johnny, y la de Witold Gombrowicz. Por la entrevista al granadero que cuida la casa de San Martín en le 113 de la Grand Rue. Por el reportaje a Carlos Regazzoni, emigrado temporario más reciente, y su vínculo con Saint-Exupéry. Y por haber sido uno de los últimos confidentes (y el autor del último retrato fotográfico que se le hizo) de Pepe Fernández, aunque no lo llame por su nombre, sabiendo que a la familia de uno de los célebres retratistas de Borges y otros famosos, confidente de Silvina Ocampo, amor imposible de María Elena Walsh, le sigue incomodando que se hable de su homosexualidad. Aún cuando tal atributo haya posibilitado esas cartas del poeta Johnny, como se devela, veladamente, en Suite.

Buenos Aires es “el puerto” a secas, en general innombrado, pero presente como fantasma en la esperanza del que arriba y en la queja del condenado a vivir en el destierro. Como en la prosa del polaco Gombrowicz: “En las fiestas de aquí, veréis como al son de música mecánica un obrero, que es una pura melodía de Mozart, se acerca a una muchacha que es un vaso de Benvenuto Cellini, pero de este acercamiento de dos obras maestras no surge nada”.

En cuanto a las imágenes, complemento inseparable de sus líneas en este libro en blanco y negro, el sexo está expuesto, más que explícito. Las chicas se desabrocharon las camisas, se levantaron la remera, se desnudaron íntegras, descubrieron L'Origine du monde ante la lente de Gabriel. Entre otras influencias condensadas, a la escuela del Emmanuelle Carrére protagonista de la trama que narra y del Martín Caparrós observador del detalle que da cuenta, Magnesio le sumó en su Suite el fotorreportaje del cotidiano crudo de Wolfgang Tillmans y la valoración corporal de Helmut Newton y Mario Testino.

Así, junto a decenas de pares de tetas -incluido el de la musa cambiante pero omnipresente-, coños y varones expuestos, están las pinturas del Louvre; es que son todas obras de arte. El puzzle puede asustar pero se arma íntegro al ponerlos juntos en esta danza: las piezas encastran y son parte del todo. A los ojos, textos y fotos se muestran punk con contrapuntos fashion. La sobriedad del diseño no quita lo under.

Cámara en mano, apuntes mentales volcados antes de que la obra siga con otro acto, así Magnesio -que cuando termina de leer un libro lo abandona en alguno de los 37 puentes de París, consciente de lo efímero de las cosas- va trazando sus mil y una noches y días recorridos, mirada y cerebro despiertos al descubrimiento, cuerpos y amares experimentados y registrados. En esta Suite que decidió editar en forma independiente y fuera de las convenciones correctoras, abruma, extravía, rescata desde un lugar inaccesible. El lector que se exija descubrirá a un cronista singularísimo que no se detiene, que ya tiene otro libro listo, que se entregó a vivir para contarlo, que no transa más que con su propio e insaciable instinto, aunque se mantenga agnóstico de sí mismo.



Suite
Gabriel Magnesio
Crónicas / Fotografía / Periodismo. 2016

Gabriel Magnesio (Francia, 1979). Periodista y fotógrafo. Ha publicado en más de una veintena de revistas –Newsweek, Vogue, Playboy, SoHo, Puercoespín. Vive entre París y Berlín.

Disponible en:

 

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